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Historia corta • Lectura de 51 minutos

La Sombra y la Fortuna: Capítulo Dos

Por Graham McNeill

Algo estúpido, El sudario rojo, La sombra de la guerra

Miss Fortune cerró los cañones de sus pistolas y las dejó sobre la mesa junto a su espada de hoja corta. Un sinfín de campanas frenéticas y gritos de alarma provenían de la ciudad sumida en el pánico, y ella sabía perfectamente lo que eso significaba.

Era el Harrowing.

Para hacerle frente a la tormenta que se avecinaba, dejó las persianas de las ventanas de su nueva villa abiertas de par en par, como retando a la muerte a que viniera por ella. Vientos murmurantes traían consigo el hambre de la neblina y un frío que congelaba hasta los huesos.

Posada en lo alto de los acantilados al este de Aguasturbias, la villa perteneció alguna vez a un líder de pandilla muy odiado. En el medio del caos de la caída de Gangplank, lo sacaron de su cama y le aplastaron los sesos sobre el adoquín.

Ahora aquel lugar le pertenecía a Miss Fortune, maldita la cosa si corría la misma suerte. Con la punta del dedo, recorrió las curvas del pendiente que Illaoi le había dado durante el hundimiento de Corvo. El coral se sentía cálido, y a pesar de que en realidad no creía en lo que representaba, era una baratija más o menos bonita.

La puerta de su recámara se abrió y dejó caer el pendiente.

Sabía quién estaba detrás de ella sin siquiera voltear. Solo un hombre se atrevería a entrar sin llamar a la puerta primero.

—¿Qué haces? —preguntó Rafen.

—¿Qué parece que estoy haciendo?

—Parece que estuvieras a punto de hacer algo muy estúpido.

—¿Estúpido? —dijo Miss Fortune, mientras posaba sus manos sobre la mesa—. Se derramó mucha sangre y perdimos a mucha gente buena para deshacernos de Gangplank. No puedo permitir que el Harrowing me arrebate...

—¿Te arrebate qué?

—Me arrebate esta ciudad —afirmó mientras levantaba sus pistolas y las acomodaba en sus fundas hechas a la medida que portaba en la cintura—. Y no vas a detenerme.

—No estamos aquí para detenerte.

Miss Fortune se dio la vuelta para ver a Rafen en el umbral de su recámara. Una veintena de sus mejores guerreros esperaban en el vestíbulo, armados hasta los dientes con mosquetes, pistolas con tambor, paquetes resonantes de bombas de metralla y alfanjes que parecían sacados de un museo.

—Parece que tú también piensas hacer algo muy estúpido —dijo ella.

—Así es —asintió Rafen, mientras caminaba hacia la ventana abierta y cerraba de un golpe la persiana—. ¿En verdad crees que vamos a dejar que nuestra capitana enfrente eso sola?

—Casi muero tratando de derrotar a Gangplank, y aún no he terminado. Y no espero que me acompañen, no esta noche —dijo Miss Fortune, parada ante sus hombres y descansando sus manos en las empuñaduras de nogal grabadas de sus pistolas—. Esta no es tu lucha.

—Por supuesto que lo es —se quejó Rafen.

Miss Fortune respiró hondo y asintió.

—Hay una posibilidad muy grande de que no vivamos para contarlo —dijo sin poder ocultar el atisbo de sonrisa que se formaba en sus labios.

—Esta no es la primera vez que luchamos contra el Harrowing, capitana —exclamó Rafen, mientras golpeaba la calavera en el pomo de su espada—. Y que me condenen si es la última.

Olaf estaba a la vista del Beso del Invierno cuando escuchó los gritos. En un principio, los ignoró, ya que los gritos no son novedad en Aguasturbias; pero luego vio cómo hombres y mujeres huían despavoridos del muelle, y entonces se interesó.

Salían en desbandada de sus botes y huían hacia las tortuosas calles tan rápido como podían. No miraban atrás y tampoco se detenían, ni siquiera cuando algún compañero tropezaba o caía al agua.

Olaf había visto hombres huir del combate, pero esto era otra cosa. Esto era un terror brutal, de la clase que solo había visto grabado en los cadáveres que desechaban los glaciares donde se dice que habita la Bruja de Hielo.

Las persianas se cerraban en todo el pantalán y los símbolos extraños que había visto en cada puerta estaban siendo espolvoreados frenéticamente con polvo blanco. Cabestrantes enormes levantaban estructuras de madera que se formaban con los cascos atrancados de los barcos que se encontraban en lo alto de los desfiladeros.

Reconoció a un tabernero que atendía un bar de mala muerte donde la cerveza era más fuerte que el orín de trol. Lo llamó.

—¿Qué sucede aquí? —gritó Olaf.

El tabernero sacudió la cabeza y señaló al océano antes de cerrar la puerta de un golpe. Olaf dejó el diente del krakensierpe en el pantalán de piedra y dio media vuelta para ver por qué había tanto escándalo.

Al principio pensó que se avecinaba una tormenta, pero se trataba de una niebla muy gruesa y oscura que provenía del mar, aunque se aproximaba a una velocidad desconcertante y a paso fluido.

—Ah, ya veo —dijo mientras se desabrochaba el hacha del cinturón—. Esto parece interesante.

La sensación que le causaba el mango de cuero de su arma de guerra le sentaba bien a su palma encallada a medida que la pasaba de mano en mano, moviendo sus hombros para aflojar los músculos.

La niebla negra barrió con los barcos más lejanos y los ojos de Olaf se ensancharon cuando vio cómo unos espíritus sacados de las más oscuras de las pesadillas se retorcían entre la neblina. Un caballero del terror enorme, una monstruosa quimera parte caballo de guerra y parte hombre, los guiaba junto a una parca negra que irradiaba un fuego verde. Los señores de la muerte dieron rienda suelta a una hueste de espíritus que cubrieron el muelle, mientras ellos volaban hacia el puerto de Aguasturbias a una velocidad alarmante.

Olaf había escuchado a los nativos susurrar sobre algo llamado el Harrowing, un tiempo de perdición y oscuridad, pero no esperaba contar con la dicha de enfrentarlo con hacha en mano.

La multitud de espectros destrozaron las miserables casuchas y los buques comerciantes y corsarios por igual con garras y colmillos; los despedazaban como un osezno cargando una presa en su hocico. Las lonas y los cordajes cedieron tan fácil como tendones podridos. Los mástiles más pesados se astillaron mientras los barcos caían uno encima de otro para quedar hechos añicos.

Unos cuantos espectros aulladores volaron hacia el Beso del Invierno y Olaf rugió de furia cuando vio cómo la quilla del navío saqueador viraba y se partía. Sus vigas se congelaron en menos de un segundo. El barco se hundió con una gran rapidez, como si estuviera cargado de rocas, y Olaf vio como sus compañeros freljordianos se veían arrastrados al fondo del mar por criaturas con extremidades cadavéricas y bocas como anzuelos.

—¡Olaf hará que deseen haberse quedado en sus tumbas! —vociferó mientras salía a la carga avanzando por el muelle.

De la nada, unos espíritus emergieron del océano y dirigieron sus garras congeladas hacia él. El hacha de Olaf se balanceó y formó un surco brillante en forma de arco que atravesó a la hueste. Los muertos daban horripilantes chillidos cuando su filo los iba desgarrando; la hoja de Hielo Puro era más letal que cualquier encantamiento.

Aullaban en su segunda muerte y Olaf cantaba la canción que había escrito para el momento de su muerte con un vigor casi lujurioso. La letra era sencilla, pero igualaba cualquier saga escrita por los errantes poetas de las tierras del hielo. ¿Cuánto tuvo que esperar para cantar aquella canción? ¿Cuántas veces temió no tener la oportunidad de hacerlo?

Una neblina reluciente que formaba unas mandíbulas asesinas lo rodeó, espectros y formas etéreas era aquello. Telarañas de escarcha cubrieron su cota de malla y el toque mortal de los espíritus voraces quemaron su piel.

Pero el corazón de Olaf era poderoso y bombeaba sangre que ardía con una furia ajena a cualquiera que no fuera el Berserker. Se sacudió el dolor del toque espectral, y sintió cómo la razón se desvanecía y la furia se acumulaba.

Una espuma carmesí se formaba en las comisuras de su boca a medida que mordía el interior de sus mejillas y dejaba la carne viva. Rugió y blandió su hacha como un desquiciado, sin importarle el dolor. Solo quería asesinar a sus enemigos.

Que ya estuvieran muertos no le importaba en lo más mínimo.

Olaf alzó su arma, listo para asestar otro hachazo, cuando un ruido ensordecedor de columnas astilladas y vigas de techos cayendo al suelo estalló a sus espaldas. Giró para enfrentar a su nuevo enemigo, mientras una ventisca de madera destruida y piedras caía como cascada sobre el muelle. Fragmentos afilados cortaron su rostro y trozos de piedras del tamaño de un puño aporrearon sus brazos. Grasa derretida y fluidos de animales caían como una llovizna nauseabunda mientras un gemido horrendo provenía de la niebla oscura.

Y fue entonces cuando lo vio.

El espíritu del krakensierpe se levantó de entre los restos de los Muelles del Matadero. Titánico y lleno de furia, sus tentáculos fantasmales se elevaron para luego caer y golpear con la fuerza de rayos lanzados por un dios iracundo. Una calle entera quedó en ruinas en un abrir y cerrar de ojos, y la furia enloquecida de Olaf finalmente salió a flote cuando contempló a un enemigo digno de reclamar su vida.

Olaf alzó su hacha en señal de saludo a su asesino.

—¡Eres una belleza! —gritó, y salió a la carga buscando su perdición.

La mujer era hermosa, con unos ojos anchos y almendrados, labios gruesos y los pómulos muy marcados, como es común en Demacia. El retrato en el relicario era una obra maestra diminuta, pero no captaba la profundidad de la fuerza y determinación de Senna.

Casi nunca miraba su foto, pues cargar con su dolor tan cerca del corazón lo hacía débil. El dolor era una grieta en su armadura. Lucian no podía permitirse sentir el peso de su pérdida, así que cerró el relicario de un golpe. Sabía que debía enterrarlo en la arena de la cueva debajo de los acantilados donde se hallaba, pero no podía sepultar su memoria en la tierra como lo había hecho con el cuerpo de ella.

Evitaría su dolor hasta que Thresh fuera destruido y pudiera vengar con ello la muerte de Senna.

Solo entonces podría lamentar la pérdida de su esposa con lágrimas y ofrendas a la Dama del Velo. Dama del Velo.

¿Cuánto tiempo había pasado desde aquella terrible noche?

Sintió el acecho del abismo de tristeza insondable que lo perseguía, como si fuera a emboscarlo, pero lo suprimió con la misma saña que lo había hecho tantas veces. Recurrió a las enseñanzas de su orden, repitiendo mantras que él y Senna aprendieron para protegerse de las emociones. Solo así podía alcanzar un equilibrio interno que le permitiera enfrentar los terrores mortales que escapan a toda imaginación.

El dolor menguaba, pero nunca se iba.

En ocasiones, abría el relicario de mala gana y sentía cómo crecía la distancia entre él y el recuerdo de su esposa. Descubrió que ya no podía recordar el contorno de su rostro, la suavidad de su piel o el color particular de sus ojos.

Mientras más avanzaba en su cacería, más atrás quedaba el recuerdo.

Lucian alzó la cabeza, dejando escapar un suspiro de sus pulmones para reducir el ritmo de sus latidos.

Las paredes de la cueva eran de caliza pálida, hundidas en los acantilados sobre los que se edificó Aguasturbias. El movimiento del agua y las piedras que trajeron los nativos formaban un laberinto bajo la ciudad, desconocido para muchos. Las paredes rocosas pálidas lucían un sinfín de grabados de espirales, olas ondulantes y formas que podrían describirse como ojos abiertos.

Comprendió que estos eran símbolos de la religión de los nativos, pero el que los haya grabado no había visitado el lugar en muchos años. Lo descubrió al seguir los símbolos secretos de su propia orden, símbolos que lo guiarían a lugares de refugio y auxilio en cualquier ciudad de Valoran.

Apenas unos reflejos tenues de luz relucían en el techo de la cueva, pero a medida que sus ojos seguían el espiral de grabados, una luz radiante se propagó desde su palma.

Déjame ser tu escudo.

Lucian bajó su mirada; el recuerdo de sus palabras era tan claro como si estuviera junto a ella.

El relicario brilló con una llama verde centelleante.

Colocó la cadena del relicario alrededor de su cuello y desenfundó sus antiguas pistolas gemelas.

—Thresh —suspiró.

Las calles de Aguasturbias estaban desiertas. Las campanas del océano resonaban aún y los llantos de terror hacían eco desde el fondo del mar. Pueblo Rata estaba totalmente cubierto por la Niebla Negra y las tormentas huracanadas azotaban al desolado Puerto Enlutado. El fuego ardía a lo largo de todo el Puente del Carnicero y una niebla reluciente se aferraba a los acantilados sobre el Puerto Gris.

La gente en los extremos superiores de la ciudad se escondía en sus hogares y rezaba a la Gran Barbuda para que el Harrowing los pasara de largo, que el dolor cayera sobre algún otro desafortunado.

En cada ventana ardía una vela guardiana de color ámbar gris, todas relucientes a través de botellas verdes de cristal marino; de las puertas, persianas y tablones que cubrían las entradas colgaban raíces ardientes de la Emperatriz del Bosque Oscuro.

—¿La gente sigue creyendo en la emperatriz? —preguntó Miss Fortune.

Rafen se encogió de hombros, con los labios tensos y los ojos ceñudos, buscando amenazas en la bruma que se formaba. Sacó un trozo ardiente de la misma raíz de debajo de su camisa.

—Todo depende de dónde deposites tu fe, ¿qué no?

Miss Fortune desenfundó sus pistolas.

—Tengo fe en estas y en nosotros —afirmó—. Pero tomaré un ramito de raíz si te sobra alguno. ¿Qué más traes?

—Este alfanje me ayudó a sobrevivir los últimos seis Harrowings —dijo mientras daba toquecitos a su pomo. —Le ofrecí una botella de ron añejado a la Gran Barbuda y, a cambio, un hombre me vendió este cuchillo, me juró que su hoja es de acero solar puro.

Miss Fortune miró el cuchillo enfundado y, sin siquiera ver la hoja, supo que habían estafado a Rafen. La calidad del arriaz era muy inferior como para ser hoja demaciana, pero no estaba segura si debía decírselo.

—¿Qué hay de ti?

Miss Fortune le dio una palmada a la faltriquera donde guardaba sus balas.

—Todos se han bañado con ron Oscuro de Myron —dijo, asegurándose de que cada uno de los treinta hombres la escuchara—. Si los muertos quieren pelear, los enfrentaremos con nuestros propios espíritus.

El desconsuelo agobiante no daba mucho lugar para reír, pero de todos modos alcanzó a ver algunas sonrisas, no esperaba más en una noche así.

Dio la media vuelta y avanzó hacia Aguasturbias. Bajó por unas escaleras retorcidas, esculpidas con las rocas de los acantilados; cruzó puentes secretos con sogas a punto de ceder y callejones olvidados que no habían sido pisados en años.

Guio a sus hombres hasta la gran plaza de uno de los barrios pobres del muelle, donde las viviendas se balanceaban juntas, como si sus aleros retorcidos se murmuraran secretos. Cada fachada era una armazón de maderas flotantes, y patrones de escarcha se aferraban a las vigas torcidas. Vientos helados soplaban a través de los retales de madera flotante, cargados con llantos y gritos que provenían de la distancia. Braseros en llamas, que colgaban de los cientos de cables encordados entre los edificios, sahumaban hierbas extrañas. Los charcos de agua ondeaban y mostraban imágenes de cosas que en realidad no estaban allí.

En días normales este lugar era un mercado próspero, repleto de puestos, vendedores de carne inquietos, taberneros ambulantes cargados de bebidas, comerciantes vocingleros, piratas, cazarrecompensas y restos de naufragios crujientes de todas partes del mundo. Este lugar estaba a la vista de casi todo Aguasturbias, y eso era justamente lo que ella quería.

La neblina se aferraba a cada risco de madera.

Los restos de los mascarones lloraban lágrimas congeladas.

La niebla y las sombras se reunían.

—¿La Plaza Robacarteras? —dijo Rafen—. ¿Cómo llegamos hasta aquí? Este era mi territorio cuando era apenas un ladronzuelo. Creía que conocía cada rincón de este lugar.

—No todos —dijo Miss Fortune.

Las casas que quedaban en pie reposaban en silencio y estaban oscuras; resistió el impulso de mirar a través de las sábanas rotas y ondulantes que habían clavado en cada una de las portillas.

—¿Cómo es que tú conoces todos estos caminos y yo no?

—Doña Aguasturbias y yo somos tal para cual —aseveró Miss Fortune, mientras su vista se angostaba al divisar la niebla oscura que se acercaba a la plaza—. Ella me susurra sus secretos como si fuéramos viejas amigas, así que conozco muchos callejoncitos de los que tú no tienes idea.

Rafen gruñó mientras el grupo se desplegaba en la plaza vacía.

—¿Y ahora qué?

—Ahora a esperar —respondió Miss Fortune una vez que llegaron al centro de la plaza, donde se sentían más expuestos.

La niebla negra se agitaba con cosas que se retorcían en sus oscuras entrañas.

De pronto, una espectral calavera incorpórea surgió de las tinieblas, sin ojos y con dientes afilados. Su mandíbula podía abrirse más de lo que cualquier otra estructura ósea pudiera permitir, y un gemido ansioso se formaba en su garganta.

Las balas de Miss Fortune atravesaron las dos cuencas de sus ojos y la calavera desapareció con un chillido de frustración. La capitana hizo girar el tambor de ambas pistolas para que los ingeniosos mecanismos dentro de ellas las recargaran.

Por un momento, reinó el silencio.

Al cabo de un rato, la niebla negra brotó exhalando insoportables chillidos y los espíritus de los muertos hicieron su aparición en la plaza.

Por segunda vez esa tarde, Olaf se abrió paso en las entrañas del krakensierpe. Blandió su hacha como un leñador enloquecido, cortando a diestra y siniestra con un júbilo desenfrenado. Las enormes extremidades de la bestia eran tan frágiles como la misma neblina, y sin embargo, el hielo de su hoja las cortaba como si fueran carne.

Los tentáculos se agitaban y golpeaban sobre las piedras del pantalán, pero Olaf era muy rápido para un hombre de su tamaño. Los guerreros lentos no sobrevivían en el Fréljord. Daba tumbos y hachazos a su paso, y así amputó un trozo importante de una extremidad, que desapareció tan pronto como se vio cercenada del cuerpo del monstruo.

Incluso bajo las garras del sudario rojo, Olaf pudo ver el cráneo de la criatura en medio del caos de extremidades fantasmales que lo rodeaban.

Los ojos de la criatura estaban encendidos con la furia del espíritu de su vida.

Un momento de conexión sublime se apoderó de ellos.

El alma de la bestia lo conocía.

Olaf se rio de buena gana.

—¡Este es el que te quitó la vida, y ahora nos unimos en la muerte! —rugió—. Si me llegaras a matar, combatiríamos por siempre más allá de los reinos conocidos por los mortales.

La posibilidad de luchar eternamente contra un enemigo tan implacable llenó de fuerza sus músculos adoloridos. Embistió contra las fauces de la bestia sin importarle el dolor; cada sacudida de los tentáculos del krakensierpe quemaba su piel mucho más que las ventiscas que soplan esquirlas en las costas de Lókfar.

Saltó por el aire con su hacha por todo lo alto.

Vio el rostro de la muerte gloriosa.

Un tentáculo lo sorprendió y lo atrapó por el muslo.

Lo revoleó de forma vertiginosa, levantándolo por los aires.

—¡Vamos! —bramó Olaf, mientras levantaba su hacha hacia el cielo como homenaje a su destino compartido—. ¡Hasta la muerte!

Una criatura espectral con garras afiladas y una boca llena de colmillos congelados emergió de la masa turbulenta de espíritus. Miss Fortune puso una bala en su rostro y se esfumó como si lo arrastrara un vendaval.

Un segundo disparo, y otro espíritu desaparecía.

Dejó brotar una sonrisa en medio de su miedo mientras buscaba refugio detrás de una baliza de roca erosionada con la efigie del Rey del Río, para recargar sus pistolas. Arrastrada por el impulso, se inclinó y le dio un beso justo en medio de su mueca dientona.

Todo depende de dónde deposites tu fe.

¿Los dioses, las balas o la habilidad innata?

La sonrisa se esfumó de su rostro cuando una de sus pistolas se atascó con un pedazo de metal. Los sermones de su madre surgieron desde lo más profundo de su memoria.

Miss Fortune dejó su refugio, y comenzó a disparar su pistola cargada y a blandir su espada contra las criaturas de la neblina. Su disparo hizo caer a otro espectro y el filo de su espada lo cortó como si aquello fuera de carne y hueso. ¿Acaso los espíritus de los muertos tenían un componente físico que podía lastimarlos? Parecía imposible, pero estaba hiriendo algo en su interior.

No tenía tiempo para pensarlo demasiado y sospechaba que si seguía haciéndolo, el poder al que había accedido desaparecería.

Hombres y mujeres gritaban a medida que la tormenta impiadosa de espíritus colmaba la Plaza Robacarteras. Los espectros rasgaban con garras que congelaban su sangre o atravesaban sus pechos para arrancar sus corazones con un terror indescriptible. Siete habían muerto, quizás más, y sus almas torturadas habían abandonado sus cuerpos para voltearse en contra de sus camaradas. Sus hombres luchaban heroicamente con espadas y mosquetes al grito de la Gran Barbuda, sus seres queridos e incluso dioses paganos de tierras lejanas.

Rafen estaba en una rodilla, con su rostro ceniciento; respiraba como una prostituta de muelle luego de un turno largo. Restos de niebla se aferraban a él como telarañas y la raíz llameante alrededor de su cuello ardía con un brillo carmesí.

—De pie, a esta batalla le falta mucho para concluir —dijo.

—No me digas cuándo termina la batalla —se quejó, al tiempo que volvía a erguirse—. He pasado por tantos Harrowings que no te alcanzarían los dedos para contarlos.

Antes de que Miss Fortune pudiera decir algo, Rafen se inclinó a un costado y le disparó a algo detrás de ella. Un espíritu mezcla de lobo y murciélago chilló mientras se desvanecía, y Miss Fortune devolvió el favor al acabar con un ente de garras y colmillos afilados que se abalanzaba sobre su lugarteniente.

—¡Todos al suelo! —gritó Miss Fortune, antes de sacar unas bombas de metralla de su cinturón y lanzarlas a la neblina huracanada.

La explosión que generaron fue ensordecedora; el fuego y el humo invadieron el lugar. Astillas de madera y fragmentos de rocas rebotaron por doquier. Trozos de vidrio roto cayeron como si fueran una lluvia brillante de dagas. Una niebla punzante colmó la plaza, pero fabricada por vivos y libre de espíritus.

Rafen sacudió la cabeza y se llevó un dedo al oído.

—¿Qué había en esa bomba?

—Pólvora negra mezclada con esencia de copal y ruda —respondió Miss Fortune—. Es una de mis reservas especiales.

—¿Y eso tiene efecto sobre los muertos?

—Así lo creía mi madre —volvió a responder.

—Me basta y me sobra —dijo—. Sabes, quizás podamos llegar a...

—No lo digas —le advirtió Miss Fortune.

La neblina comenzó a amalgamarse con la plaza, primero en zarcillos e hilillos delgados, y luego en contornos luminosos de monstruos: cosas con piernas compartidas, mandíbulas llenas de colmillos y brazos que terminaban en ganchos o pinzas. Los espíritus que pensaron que habían asesinado.

Recobraban sus formas y volvían.

¿Qué decía la gente acerca de los planes y los contenidos de una letrina?

—Parece que los muertos no son nada fáciles de matar —se quejó Miss Fortune, tratando de no demostrar el miedo que sentía.

Fue una tonta al pensar que insignificantes chucherías y fe ciega podrían con los espíritus de los muertos. Quería mostrarle al pueblo de Aguasturbias que no necesitaban a Gangplank, que podían forjar su propio destino.

En lugar de eso, iba a terminar muerta mientras la ciudad quedaba en ruinas.

De pronto, un retumbo grave se hizo eco en la plaza. Luego otro.

Truenos ensordecedores crecían dentro de la tormenta amenazante.

Tanto así que semejaba el martilleo sobre un yunque. Golpearon de forma veloz y estruendosa hasta que su violencia sacudió el suelo.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó Rafen.

—No lo sé —respondió Miss Fortune, mientras la figura de un jinete espectral bañado en plata negra emergía de la neblina. Montaba un caballo de guerra de proporciones extrañas, y su yelmo tenía la forma de un demonio pavoroso.

—Un caballero de la muerte —dijo Miss Fortune.

Rafen sacudió su cabeza, su rostro estaba pálido.

—Ningún caballero —dijo—. Es la Sombra de la Guerra...

Referencias

 v · e
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