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Historia corta • Lectura de 51 minutos

La Sombra y la Fortuna: Capítulo Cuatro

Por Graham McNeill

Ella no está muerta, extraños compañeros de cama, en movimiento otra vez

Una luz verde y nociva volvía espeso el final del puente. El Carcelero Implacable escondía sus rasgos cadavéricos debajo de una capucha horrorosa, pero la luz de su linterna reveló los restos de carne desfigurada, demacrada y despojada de toda emoción salvo un placer sádico.

Se movía suavemente, como todos los de su clase, gemidos de dolor brotaban de su túnica a medida que avanzaba. Thresh levantó un poco su cabeza, y Lucian vio cómo el esbozo de una sonrisa se ampliaba con anticipación dejando relucir unos dientes afilados.

—Mortal —dijo Thresh, saboreando la palabra como si fuera una golosina.

Lucian se arrodilló y recitó el mantra de claridad para preparar su alma para la batalla que estaba a punto de comenzar. Se había preparado para este momento unas mil veces, y ahora que el momento había llegado, su boca estaba seca y sus manos empapadas en sudor.

—Mataste a Senna —recriminó mientras alzaba la cabeza y se erguía—. La única persona que me quedaba en este mundo.

—¿Senna...? —se preguntó Thresh. El sonido que emitía era húmedo, espumoso, como si lo profiriera el cuello estrujado de una víctima del nudo de una horca.

—Mi esposa —contestó Lucian, aunque sabía que no debía hablar, ya que cada palabra podría volverse un arma que el espectro podría usar en su contra. Las lágrimas nublaron su vista; el dolor tiraba por la borda toda preparación y pizca de lógica. Levantó el relicario que colgaba de su cuello y lo abrió en un intento de hacerle comprender al espectro la profundidad de todo lo que había perdido.

Thresh sonrió; sus dientes filosos centelleaban mientras tocaba el cristal de la linterna con una uña amarillenta.

—Sí, la recuerdo —dijo engolosinado—. Un alma vital. Todavía fértil y cálida. Lista para ser atormentada. Tenía la esperanza de una vida nueva. Florecía en ella. Fresca, nueva, como una flor en primavera. Es tan fácil deshojar y marchitar a los soñadores.

Lucian alzó sus pistolas.

—Si la recuerdas, quizás también te acuerdes de estas —profirió.

La sonrisa dentada debajo del hábito harapiento nunca flaqueó.

—Las armas luminosas —dijo.

—Y la luz es la perdición de la oscuridad —exclamó Lucian, mientras canalizaba cada resto de odio a sus pistolas antiguas.

—Espera —rogó Thresh, pero Lucian no esperó.

Soltó un par de disparos deslumbrantes.

Una conflagración de fuego purificador envolvió al Carcelero Implacable; sus aullidos eran música para los oídos de Lucian.

Pero pronto los aullidos se transformaron en risas burbujeantes.

Un halo de luz oscura se disipaba alrededor de Thresh para luego terminar dentro de su linterna sin que el fuego lo tocara en lo más mínimo.

Lucian volvió a disparar una lluvia de rayos radiantes que, a pesar de asestar en el objetivo, no tuvieron efecto. Cada disparo se disipaba sin infligir daño alguno contra la niebla brillante de energía negra que emanaba de la linterna.

—Sí, recuerdo esas armas —dijo el espectro—. Despojé sus secretos de la mente de Senna.

Lucian se congeló.

—¿Qué acabas de decir?

Thresh rio con un chirrido ruidoso y tísico.

—¿No lo sabes? ¿Nunca sospechaste ni un poco luego de que la orden renacida supiera de mi existencia?

Lucian sintió un terror frío en su estómago. Un temor que nunca quiso reconocer por miedo a volverse loco.

—Ella no murió —continuó Thresh, mientras alzaba la linterna.

Lucian vio a espíritus torturados retorciéndose en su interior.

Thresh sonrió. —Le arranqué el alma y la conservé.

—No... —dijo Lucian—. Yo la vi morir.

—Todavía grita desesperada dentro de mi linterna —dijo Thresh, mientras se iba acercando con cada palabra sofocada que emitía. —Cada segundo de su existencia es agonía pura.

—No —sollozó Lucian, al tiempo que sus pistolas antiguas caían contra las piedras del puente.

Thresh lo rodeó con las cadenas serpenteantes que surgían de su cinturón de cuero para deslizarse por el cuerpo del caído purificador. Los ganchos atravesaron su gabardina en búsqueda de la carne suave que se encontraba debajo.

—La esperanza era su debilidad. El amor, su ruina.

Lucian observó los rasgos desfigurados de Thresh.

Sus ojos eran agujeros que no contenían más que un vacío infinito y oscuro.

Ya no quedaba rastro de lo que sea que Thresh haya sido durante su vida terrenal. Sin compasión, sin misericordia, sin humanidad.

—Todo es muerte y sufrimiento, mortal —dijo el Carcelero Implacable, mientras su mano buscaba el cuello de Lucian—. No importa a dónde intentes huir: tu único legado es morir. Pero antes que la muerte, estoy yo.

El aire pesaba en la garganta de Miss Fortune mientras corría hacia el templo. Sus pulmones luchaban para tomar aire, y el hielo volvía lento el trabajo de las venas. Unos espirales de neblina enervante llegaron a la roca del templo, impulsados por la presencia de los dos señores de los muertos. Destellos brillantes de luces resplandecían detrás de ella, pero no miró atrás. Sintió el estruendo de pezuñas pisando fuerte sobre la roca; podían verse chispas fulgurantes en la oscuridad.

Se imaginó el aliento de los jinetes espectrales en la nuca.

El espacio entre sus omóplatos ardió de solo pensar que podría alcanzarla una lanza espectral.

Un momento, ¿cómo pueden producir chispas si son fantasmas?

El pensamiento le resultó tan absurdo que la hizo reír, y reía aun cuando azotó contra las puertas torcidas de madera del templo. Rafen y su banda agotada ya se encontraban ahí, golpeando con puños y palmas la puerta.

—¡En el nombre de la Gran Barbuda! ¡Déjennos entrar! —rogó.

Miró hacia arriba cuando Miss Fortune llegó a su lado.

—Las puertas están cerradas —explicó.

—Me di cuenta —dijo jadeando, mientras tiraba del pendiente que Illaoi le había dado. Colocó su palma sobre la puerta, presionando con fuerza el coral contra la madera.

—¡Illaoi! —gritó—. Estoy lista para pisotear a esa maldita anguila. ¡Ahora abre la condenada puerta!

—¿Anguila? —interrogó Rafen—. ¿Qué anguila? ¿De qué estás hablando?

—No importa —contestó, mientras golpeaba hasta hacer sangrar su mano contra la madera—. Creo que era una metáfora.

La puerta se abrió hacia afuera, como si su entrada nunca hubiera sido bloqueada. Miss Fortune retrocedió para permitir que sus guerreros entraran primero y luego dio la media vuelta.

Hecarim alzó y blandió su guja buscando su cráneo.

Una mano la tomó por el collar y la tiró hacia atrás. La punta del arma cortó un centímetro de su garganta.

Cayó duro contra sus espaldas.

Illaoi se encontraba parada en la entrada, sosteniendo su ídolo de piedra delante de ella a manera de escudo. Una neblina blanca se aferraba a él como si fuera electricidad.

—Los muertos no son bienvenidos aquí —declaró.

Rafen y los demás cerraron la puerta y trabaron ambas anclas oxidadas con un palo pesado de roble estacionado. Un fuerte impacto estremeció la puerta.

La madera se rajó y volaron algunas astillas.

Illaoi se dio la vuelta y pasó al lado de Miss Fortune, que aún estaba desparramada sobre un mosaico de fragmentos de caracolas y arcilla.

—Te tomaste tu tiempo, niña —dijo la mujer, mientras Miss Fortune se ponía de pie. El templo estaba lleno, con al menos doscientas personas, quizás más. Reconoció una parte representativa de los habitantes de Aguasturbias: su población nativa, piratas, comerciantes y una variedad de gentuza de mar, además de viajeros desafortunados o poco inteligentes que atracaron con el Harrowing estando tan cerca.

—¿Crees que aguante esa puerta? —preguntó.

—Quizás sí, quizás no —contestó Illaoi, al tiempo que se dirigía hacia una estatua con muchos tentáculos ubicada en el centro del templo. Miss Fortune trató de entender lo que representaba, pero se rindió luego de la enésima vez que sus ojos se perdieron en los muchos espirales y curvas circulares.

—Esa no es una respuesta.

—Es la única que tengo —dijo Illaoi, mientras colocaba a su ídolo en un hueco cóncavo de la estatua. Comenzó a moverse alrededor de ella, para luego dar una serie de golpes rítmicos sobre sus muslos y pecho con sus puños. La gente dentro del templo la imitaba. Golpeaba sus palmas contra su piel desnuda, además de pisotear y hablar en un idioma que la capitana desconocía.

—¿Qué están haciendo?

—Le devolvemos algo de movimiento al mundo —respondió Illaoi—. Pero necesitaremos más tiempo.

—Pues lo tendrán —prometió Miss Fortune.

Lucian sentía cómo los ganchos espectrales penetraban su carne. Eran mucho más fríos que el hielo del norte y el doble de dolorosos. La mano del carcelero se cerró en su garganta y su piel ardió con el tacto del espectro. Sintió cómo le quitaba su fuerza, y cómo desaceleraba el latido de su corazón.

Thresh levantó a Lucian y alzó su linterna, lista para recibir su alma. Las luces en su interior se lamentaban y retorcían inquietas; rostros y manos fantasmales presionaban el cristal desde adentro.

—Anhelé tu alma durante mucho tiempo, cazador de las sombras —dijo Thresh—. Pero recién ahora está lista para ser segada.

La visión de Lucian se nublaba, y sentía cómo su alma abandonaba sus huesos. Luchaba, intentaba resistir, pero el segador implacable cosecha almas desde que el mundo es mundo, y de este arte sabía más que nadie.

—Esfuérzate más —dijo Thresh, con un apetito monstruoso—. Las almas arden aún más cuando dan pelea.

Lucian intentó hablar, pero las palabras no salían de su boca, solo una corriente de aliento cálido que transportaba su alma.

Una guadaña brillante flotaba sobre Lucian, una segadora de almas bañada en sangre. Su hoja tembló con anticipación.

Lucian...

Esa voz. Su voz.

Mi amor...

El filo asesino de la cuchilla de Thresh giró para buscar un ángulo que facilitara separar el alma del cuerpo.

Lucian contuvo la respiración al ver un rostro resuelto en el cristal de la linterna. Uno entre miles, pero uno que tenía más de una razón para abrirse paso hasta el frente.

Unos labios carnosos y ojos almendrados y anchos le imploraban que viviera.

—Senna... —suspiró Lucian.

Déjame ser tu escudo.

Supo de inmediato qué quiso decir con eso.

El vínculo entre ambos era tan fuerte como en la época en que cazaban criaturas de las sombras juntos.

Con la última porción de fuerza que le quedaba, Lucian agarró y arrancó el relicario que colgaba de su cuello. La cadena reflejaba un brillo plateado a la luz de la luna.

El Carcelero Implacable vio que algo andaba mal y bufó enojado.

Lucian fue más rápido.

Tomó la cadena como si fuera una honda, pero en lugar de soltar una bala de plomo, la usó a modo de látigo para atrapar el brazo que sostenía la linterna. Antes de que Thresh pudiera deshacerse de ella, Lucian sacó el punzón plateado de la vaina que se encontraba dentro de su abrigo y lo hundió en la muñeca del espectro.

El Carcelero Implacable chilló del dolor, una sensación que probablemente no había experimentado en mil años. Soltó a Lucian y se revolcó en agonía. De pronto, las miles de almas que estaban atrapadas en su linterna encontraron la forma de atacar a su atormentador.

Lucian sintió cómo su alma retornaba a su cuerpo. Tomó grandes bocanadas de aire, como un hombre a punto de ahogarse que logró subir a la superficie.

De prisa, mi amor. Es demasiado fuerte...

Su vista retornó, mucho más clara que nunca. Lucian recogió sus pistolas del suelo. Alcanzó a ver el más breve destello del rostro de Senna en la linterna y lo grabó en su corazón.

Su rostro no volvería a desdibujarse de sus recuerdos nunca jamás.

—Thresh —dijo, mientras le apuntaba con ambas pistolas.

El Carcelero Implacable alzó la vista. El vacío de sus ojos ardía iracundo al ver cómo sus almas capturadas lo desafiaban. Miró a Lucian a los ojos y extendió su linterna, pero las almas rebeldes disiparon toda protección que en su momento habían ofrecido.

Lucian disparó una ráfaga abrasadora y perfecta.

Las balas atravesaron la túnica fantasmal del Carcelero Implacable y quemaron su forma espiritual, volviéndolo un infierno ardiente de luz. Lucian avanzó hacia Thresh; sus armas gemelas estaban en llamas.

El Carcelero Implacable, que aullaba agonizante, se alejaba de la despiadada cortina de fuego de Lucian, ahora que su forma espectral no tenía el poder de resistir el ataque de estas armas de poder ancestral.

—La muerte ha venido por ti —aseveró Lucian—. Acéptala y ten la certeza de que la haré cumplir su final.

Thresh aulló por última vez antes de saltar del puente y caer a la ciudad como un cometa en llamas.

Lucian lo observó caer hasta que la Niebla Negra se lo tragó.

Se desplomó de rodillas.

—Gracias, mi amor —dijo Lucian—. Mi luz.

Las paredes del templo se sacudían por la violencia del ataque. La niebla negra supuraba entre las tablas desiguales y las rendijas del cristal descartado de las ventanas. La puerta se estremeció en su propio marco. Unas garras desesperadas rasgaban la madera. El eco de incontables gritos, como un vendaval de aullidos, golpeaba contra el techo de vigas disparejas.

—¡Allí! —gritó Miss Fortune al divisar a una infinidad de criaturas de neblina que observaban con ojos carmesí a través de la parte rota de la pared que alguna vez fue una serie de cajas para té de Jonia.

Se arrojó justo en medio de los espectros. Fue como saltar desnuda en medio de un hueco de hielo cavado en un glaciar. Hasta el más mínimo roce con los muertos absorbía calor y vida.

El pendiente de coral ardía y quemaba su piel.

Empuñó su espada robada y comenzó a atravesar a las criaturas con ella, y volvió a sentir el mismo ardor de la última vez. Sus balas no servían contra los muertos, pero la espada demaciana podía herirlos. Retrocedían; se alejaban de ella, chillando y bufando.

¿Será que los muertos conocen el miedo?

Parecía que sí, ya que huían despavoridos del filo brillante de la espada. Pero no permitiría que se escaparan: apuñaló y acuchilló a la niebla, sin importar dónde apareciera.

—¡Eso es! ¡Corre! —gritó.

Una niña gritó pidiendo auxilio, y Miss Fortune salió de inmediato a su rescate, antes de que la niebla pudiera alcanzarla. Se lanzó y la atrapó entre sus brazos rodando por el suelo para ponerla a salvo. Unas garras frías se clavaron en su espalda. Miss Fortune resolló mientras un frío asolador se abría paso a través de sus extremidades.

Lanzó una puñalada detrás de sí, y algo muerto chilló horriblemente.

Una mujer que se refugiaba detrás de un banco volcado se estiró para alcanzar a la niña. Miss Fortune la soltó para que corriera a su resguardo. Tuvo que esforzarse para ponerse de pie; la debilidad le recorría el cuerpo como una infección rabiosa.

Se escuchaban disparos y el choque del acero por doquier, acompañados de aullidos y gritos de terror.

—¡Sarah! —gritó Rafen.

Alzó la vista justo para ver cómo la barra de roble que aseguraba la puerta se resquebrajaba de palmo a palmo. Rafen y una docena de hombres apoyaban sus espaldas contra la puerta en un intento por contener el ataque, pero la puerta comenzaba a ceder, hundiéndose hacia adentro con cada golpe. Las rajaduras comenzaron a esparcirse, dejado entrar a las ansiosas manos de la niebla. Las falanges neblinosas arrebataron a un hombre cuyos gritos, que rogaban piedad, se cortaron de forma abrupta para desaparecer en la espesa negrura.

El brazo de otro hombre que se disponía a ayudarlo también desapareció en la niebla..

Rafen revoleaba y clavaba su daga a través del hueco.

Las garras arrancaron la inútil arma en su mano.

Un cuerpo aullante se abrió paso por la puerta derruida y hundió sus manos en el pecho de Rafen. El lugarteniente rugió de dolor; su rostro se volvió pálido.

Miss Fortune fue tambaleándose hacia él, ya casi sin fuerzas. Su espada rebanó los brazos espectrales y la criatura chilló mientras desaparecía. Rafen se derrumbó sobre ella, cayeron juntos y quedaron tendidos en la nave.

Rafen jadeaba intentando respirar; su semblante estaba tan débil como el de ella.

—¡No te me vayas a morir, Rafen! —resolló.

—Se necesita más que un muerto para matarme —gruñó—. El muy bastardo solo me sacó el aire.

Se rompió un cristal en algún lugar del techo. Sobre sus cabezas se fusionaban espirales de neblina oscura que formaban una masa sofocante de dientes, garras y ojos hambrientos.

Miss Fortune intentó ponerse de pie, pero no podía con sus fatigadas extremidades. Rechinaron sus dientes de impotencia. Apenas unos pocos integrantes de su compañía seguían en pie, y la gente que se refugiaba ahí dentro no sabía pelear.

Los muertos estaban entrando.

Miss Fortune se dio la vuelta y miró a Illaoi.

La sacerdotisa estaba rodeada por su gente, quienes continuaban circundando la estatua con su ritual de golpes de puños y palmas. No parecía que estuviera surtiendo efecto alguno. La extraña estatua seguía inmóvil e impotente.

¿Qué esperaba? ¿Que cobrara vida y expulsara a los muertos como si fuera un gólem de hierro de Piltóver?

—¡Lo que sea que estés haciendo, hazlo más rápido! —gritó Miss Fortune.

Una parte del techo se desprendió y voló hacia la tempestad que rodeaba al templo. Una columna arremolinada de espíritus penetró el lugar, aterrizando como si fuera un tornado. Espectros y otras cosas que desafiaban a la comprensión humana se desprendían del vórtice fantasmal para atacar a los vivos.

Finalmente, la puerta cedió y terminó por abrirse. Las maderas estaban secas y podridas debido al contacto de los muertos. El estridente sonido de un cuerno de cacería colmó el templo, y las manos de Miss Fortune se apresuraron a cubrir sus oídos para protegerse de los ecos ensordecedores.

Hecarim irrumpió en el templo, pisoteando a los hombres que apuntalaban la puerta con sus cuerpos. La guja en llamas de la Sombra de la Guerra los despojó de sus almas, y el fuego helado de su filo iluminó el templo con un resplandor nefasto. Sus caballeros de la muerte entraron cabalgando detrás de él, y los espíritus que ya estaban dentro del templo se retiraron en reconocimiento a la infame gloria de Hecarim.

—Dije claramente que los muertos no son bienvenidos aquí —bramó Illaoi.

Miss Fortune alzó la vista para ver a la sacerdotisa erguida a su lado, robusta y majestuosa. Una luz pálida se aferraba a sus extremidades y lanzaba chispas sobre el ídolo de piedra que sostenía con sus manos temblorosas. Las venas de su cuello sobresalían como si fueran calabrotes, su barbilla estaba tensa y el sudor le corría como un arroyo por el rostro.

Lo que sea que Illaoi estuviera haciendo, le demandaba mucho esfuerzo.

—Estas almas mortales son mías —proclamó Hecarim. Miss Fortune no pudo evitar retroceder ante las palabras de hierro que emitía su voz.

—No, no lo son —refutó Illaoi—. Esta es la casa de Nagakabouros, cuya postura es opuesta a la de los muertos.

—Los muertos tendrán lo que reclaman —afirmó Hecarim, mientras apuntaba su guja al corazón de Illaoi.

La sacerdotisa sacudió su cabeza.

—Pues no será hoy —respondió—. —No mientras pueda moverme.

—No puedes detenerme.

—Tan sordo como muerto —se burló Illaoi, y sonreía mientras un brillo prominente surgía detrás de ella—. No dije que yo iba a detenerte.

Miss Fortune se dio la media vuelta y vio que la estatua de espirales irradiaba un brillo deslumbrador. Una luz blanca emanaba de su superficie; las sombras huían de su alcance. Se cubría sus ojos a medida que el resplandor aumentaba, como tentáculos retorciéndose. La luz disipaba a la Niebla Negra por completo al tocarla, y dejaba a la vista a las almas retorcidas que se encontraban dentro de ella. La sinuosa luz expulsaba a los muertos; purgaba la magia maligna que les negaba su descanso eterno desde hace muchísimo tiempo.

Miss Fortune esperaba gritos, pero en lugar de eso los muertos lloraban de alegría mientras sus almas eran liberadas para continuar su camino. La luz se propagaba por las paredes agrietadas, y Miss Fortune gritó luego de que la tocara y retirara el entumecimiento mortal de su cuerpo con una ráfaga de calor y vida.

La luz de Nagakabouros cercó a Hecarim, y ella vio el miedo que le provocaba pensar en la transformación que esta le ocasionaría.

¿Qué podría ser tan espantoso como para elegir permanecer maldito?

—Puedes ser libre, Hecarim —dijo Illaoi. Su voz se notaba cansada, casi al límite de lo que podía soportar, debido a todos los que había liberado—. Puedes seguir adelante, vivir en la luz como el hombre que siempre soñaste ser antes de que su dolor e insensatez te doblegaran.

Hecarim rugió y esgrimió su guja hacia el cuello de Illaoi.

La espada de Miss Fortune la interceptó y el choque produjo un fulgor de chispas. Sacudió su cabeza.

—Vete de mi ciudad —exclamó.

Hecarim retrajo su guja para un segundo ataque, pero antes de que pudiera hacerlo, la luz lo alcanzó y perforó su velo de oscuridad. Bramó de dolor; su roce ardiente provocó que se desplomara. La silueta del jinete centelleó, como si fueran dos fotografías en un estuche agitándose con la luz de las velas sobre el mismo telón.

Miss Fortune alcanzó a ver un destello fugaz de un jinete alto, cubierto por una armadura de plata y oro. Un hombre joven, apuesto, imponente, de ojos oscuros y con un futuro glorioso por delante.

¿Qué le pasó?

Hecarim rugió y huyó del templo.

Sus caballeros de la muerte y la oscuridad se fueron con él; una hueste de espíritus chillones y andrajosos lo siguió.

La luz de Nagakabouros se propagó por toda Aguasturbias como el amanecer inminente. Nadie que la haya visto podría recordar una vista tan placentera. Era como los primeros rayos de sol luego de la tormenta, como el primer atisbo de calor luego de un invierno amargo.

La Niebla Negra cedió ante ella; se enturbiaba en un torbellino agitado de espíritus estremecidos por el miedo. Algunos muertos se enfrentaban entre sí en una especie de lucha frenética para volver de donde habían venido mientras que otros buscaban entusiastas el abrazo liberador de la luz.

El silencio reinó una vez que la Niebla Negra se retiró hacia el océano, en dirección a la isla maldita donde demandaba autoridad.

Finalmente, rompió el alba en el horizonte, al tiempo que soplaba un viento purificador en la ciudad y la gente de Aguasturbias soltaba un respiro colectivo.

El Harrowing había terminado.

El silencio se adueñó del templo. La falta absoluta de sonido era un contraste severo con el caos de hacía unos momentos.

—Ya terminó —dijo una aliviada Miss Fortune.

—Hasta la próxima vez —contestó Illaoi, agotada—. El hambre de la Niebla Negra arde como una enfermedad.

—¿Qué fue lo que hiciste?

—Lo que tenía que hacer.

—Sea lo que sea, te lo agradezco.

Illaoi sacudió la cabeza y posó su poderoso brazo sobre el hombro de Miss Fortune.

—Agradécele a la diosa —dijo Illaoi—. Hazle una ofrenda. Algo grande.

—Lo haré —contestó Miss Fortune.

—Más te vale. A mi dios no le agradan las promesas vacías.

La amenaza solapada la exasperó, y por un momento pensó en atravesarle el cráneo con una bala; pero antes de que pudiera sentir siguiera el cosquilleo de sus pistolas, Illaoi se desplomó como una gavia rota. Miss Fortune trató de sujetarla, pero la sacerdotisa era demasiado corpulenta como para sostenerla ella sola.

Se fueron de bruces juntas contra el piso.

—Rafen, ayúdame a quitármela de encima —suplicó.

Juntos apoyaron a Illaoi contra un banco roto. Rezongaron debido al esfuerzo de tener que levantar su peso colosal.

—La Gran Barbuda surgió de entre los mares... —dijo Rafen.

—No digas estupideces, anciano —reprochó Illaoi—. Ya te dije que Nagakabouros no vive bajo el mar.

—Entonces, ¿dónde vive? —preguntó Rafen—. ¿En el cielo?

Illaoi sacudió su cabeza y le pegó un puñetazo en el corazón. Rafen refunfuñó y se dobló del dolor.

—Ahí es donde la encontrarás.

Illaoi sonrió ante lo tangencial de su respuesta. Entonces, sus ojos se cerraron.

—¿Está muerta? —preguntó Rafen, mientras se frotaba el pecho adolorido.

Illaoi levantó su brazo y lo abofeteó.

Luego, comenzó a roncar como un estibador enfermo de los pulmones.

Lucian estaba sentado al borde del puente y observaba a la ciudad emerger luego de disiparse la Niebla Negra. Había odiado a Aguasturbias a primera vista, pero dejaba entrever una belleza oculta a medida que la luz del alba bañaba sus techos de cerámica con un resplandor tibio de color ámbar.

Una ciudad renacida, como cada vez que se desvanecía el Harrowing.

Un nombre apropiado para un momento tan tétrico: el Horror, el Harrowing; pero uno que cargaba con apenas una fracción de la tristeza de sus orígenes. ¿Entendería alguien realmente la verdadera tragedia de las Islas de la Sombra?

Y si así fuera, ¿les importaría?

Se dio la vuelta al escuchar pisadas a sus espaldas.

—Es una vista algo bonita desde aquí arriba —dijo Miss Fortune.

—Pero solo desde aquí arriba.

—Sí, este es un nido de sabandijas —reconoció Miss Fortune—. Te encuentras a gente buena y a gente mala, pero he estado tratando de deshacerme de los peores.

—Según me cuentan, comenzaste una guerra —dijo Lucian—. Hay quienes dicen que quemaste la casa entera para matar una sola rata.

Vio un rastro de coraje aparecer en su rostro, que pronto desapareció.

—Creí que estaba mejorando la situación de todos —dijo la capitán mientras se sentaba a horcajadas sobre el parapeto —. Pero las cosas no hacen más que empeorar y tengo que hacer algo al respecto, desde ya.

—¿Es por eso que te aventuraste en la Niebla Negra?

La mujer lo pensó por un momento.

—Al principio tal vez no —respondió—. Dejé escapar una anguila de su anzuelo cuando maté a Gangplank, y si no la atrapo y vuelvo a engancharla, va a morder a mucha gente.

—¿Una anguila?

—Lo que quiero decir es que cuando derroqué a al Rey de los Piratas, no sabía bien qué pasaría cuando él no estuviera. Tampoco me importaba mucho —reconoció—. Pero ya vi lo que sucede ahí abajo, cuando no hay alguien que tome el control. Aguasturbias necesita a alguien fuerte en la cima, y no hay razón para que ese alguien no sea yo. La guerra apenas ha comenzado, y la única manera de que termine rápido es que yo la gane.

El silencio entre ellos se estiró.

—Mi respuesta es no.

—No pregunté nada.

—Ibas a hacerlo —replicó Lucian—. Quieres que me quede y te ayude a ganar esta guerra, pero no puedo. Tu lucha no es mi lucha.

—Podría serla —argumentó Miss Fortune—. La paga es buena y estarías matando a muchos malvados, y salvando un montón de almas inocentes.

—Solo hay un alma a la que me interesa salvar —respondió Lucian—. Y no la salvaré en Aguasturbias.

Miss Fortune asintió y le ofreció su mano.

—Entonces me despido y te deseo una buena cacería —dijo, ya de pie y sacudiendo el polvo de sus pantalones—. Espero que encuentres lo que estás buscando. Solo ten en cuenta que puedes perderte en la venganza.

Lucian la observó volver rengueando hacia el templo en ruinas, al tiempo que los supervivientes salían, intermitentes, a la luz del día. Pensó que entendía lo que lo motivaba, pero no tenía la más pálida idea de lo que sentía.

¿Venganza? Su misión iba más allá de la venganza.

Su amada estaba bajo el tormento de un espectro imperecedero, una criatura de tiempos ancestrales que entendía el sufrimiento más que nadie.

Miss Fortune no comprendía ni una fracción de su dolor.

Lucian se incorporó y alzó su vista hacia el mar.

El océano se había calmado. Era una vasta extensión de color verde esmeralda.

Ya había movimiento de gente en los muelles; gente reparando barcos y reconstruyendo sus hogares. Aguasturbias nunca se detuvo, ni siquiera después de las secuelas que dejó el Harrowing. Le echó un vistazo al bosque de mástiles que se mecían; buscaba un barco que no estuviera muy dañado. Quizás podría convencer a un capitán desesperado de que lo llevara a su destino.

—Voy por ti, mi luz —dijo—. Y te liberaré.

El pescador refunfuñaba mientras renegaba con el cabrestante de la popa para tirar del grandulón y sacarlo del agua. La soga estaba desgastada, y él sudaba en el aire helado mientras jalaba de la manija.

—Por los pelos de su mentón barbudo, sí que eres un bastardo enorme, seguro que sí —se quejaba, mientras lo enganchaba de la armadura con un arpón y lo colocaba en la cubierta ondulante. Estaba atento por si aparecía algún depredador, de la superficie o de las profundidades.

No pasó mucho tiempo luego de que la Niebla Negra se retirara para que muchos barcos se lanzaran al mar. Las aguas estaban atiborradas de saqueadores, y si no eras rápido, te quedabas sin nada.

Fue el primero en divisar al hombre a la deriva, y tuvo que luchar contra seis rufianes de alcantarilla antes de poder llegar hasta él. Que lo partiera un rayo si unas escorias del muelle lograban robarle este botín.

El hombre grande había estado flotando en una cama de lo que parecían los restos de un krakensierpe gigante. Sus tentáculos estaban maltrechos e hinchados con gases nocivos, los cuales fueron los que mantuvieron a flote la figura del grandulón y su armadura.

Soltó al hombre aquel en la cubierta y lo recostó junto a la borda antes de echarle una mirada de diagnóstico a su cuerpo.

Una pesada cota de malla de hierro compuesta de anillos y escamas, botas resistentes y forradas en piel, y una magnífica hacha colgaba del cinturón de su armadura.

—Oh, sí. Voy a ganar algunos krakens contigo, preciosidad —dijo, mientras bailaba una giga alegre en su barco—. ¡Algunos krakens, claro que sí!

El grandulón tosió y escupió agua salobre.

—¿Todavía sigo con vida? —preguntó.

El pescador detuvo su alegre giga y deslizó una de sus manos en busca del cuchillo largo de su cinturón. Lo usaba para destripar pescados. No veía por qué no podía usarlo para degollar a una persona. No sería la primera vez que un rescatista ayudaba a alguien a encontrar a la Gran Barbuda para reclamar su botín.

El grandulón abrió los ojos.

—Vuelve a tocar ese cuchillo y te cortaré en más pedazos que a ese maldito krakensierpe.

Trivia

Para una mirada detallada, vea La Sombra y la Fortuna.
  • La Sombra y la Fortuna fue un lanzamiento popular durante el Harrowing de 2015.
  • La historia tiene lugar directamente después de los eventos de "Mareas de Fuego".
    • Esta historia tiene lugar antes de que Lucian Lucian descubriera que el alma de su esposa Senna todavía estaba atrapada dentro de la linterna de Thresh Thresh, lo que significa que la historia sucede entre la historia inicial de Lucian como se indica en su historia principal.
    • Olaf Olaf reconoce a Sejuani Sejuani como la única líder verdadera del Fréljord por encima de otros contendientes (su barco llamado "Beso de Invierno" hace referencia a su lealtad a la Winter's Claw profileicon.png Garra Invernal)
  • Esta es la primera aparición de Illaoi Illaoi antes de su lanzamiento en el juego.
  • El verdadero nombre de la Gran Barbuda, o la Madre Serpiente, se reveló aquí como "Nagakabouros".
  • Se han lanzado nuevas historias principales de Hecarim Hecarim, Kalista Kalista, Karthus Karthus, Mordekaiser Mordekaiser, y Thresh Thresh junto con el lanzamiento de "La Sombra y la Fortuna" para vincular mejor la historia del Harrowing y Aguasturbias.
  • Esta historia, y el Harrowing en sí, son los primeros eventos de temporada que no se lanzaron al mismo tiempo que los mismos eventos anteriores, durante y alrededor de Halloween. Riot ha declarado que todos los futuros Harrowings podrían ocurrir cada vez durante el año y no estarán sujetos a la fecha de la temporada de Halloween. Esto se debe al hecho de que el Harrowing en sí mismo, sabiamente, se ha convertido en una amenaza mucho más frecuente y más grande que antes.

Referencias

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