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Historia corta

La Segunda Tumba

Por Jared Rosen

Rell pensaba en los vacuos con frecuencia.

Lore

Rell pensaba en los vacuos con frecuencia.

No quería hacerlo, por supuesto. Pero los pensamientos eran invasivos y el camino era largo, y por lo general, no tenía otra cosa que hacer más que dejarse llevar por esos recuerdos infelices mientras cabalgaba en su corcel de metal cambiante, de un rumor al otro. Horas y horas de silencio, y después, siempre, la matanza.

Esta vez, se encontraba en las afueras del territorio noxiano, siguiendo los rumores de otro niño vacuo que era escondido cerca de la frontera.

"Vacuo". Rell hizo una mueca de dolor. Incluso la forma de esa palabra le dolía, y se maldijo en silencio mientras se mentalizaba y se sacudía el peso de esa palabra. Luego, el dolor se convirtió en ira. Y la ira se convirtió en furia.

Noxus había creado a los vacuos... y la había creado a ella. Ahora, en su inmensa cobardía, los noxianos no soportaban mirar. Era mejor llevarse lejos, muy lejos, a los vacuos, para que Noxus volviera a recuperar su gloria.

Rell odiaba este país horrible, lleno de sus estúpidos y feos habitantes. Odiaba sus montañas lúgubres con minas a cielo abierto, sus minerales consumidos en las guerras extranjeras de Boram Darkwill. Odiaba su suelo podrido y agrietado, usado hasta el cansancio para las plantaciones de racionamiento y luego dejado a merced del viento. Ahora, lo único que crecía era el musgo verdoso y amarronado que parecía cubrir cada centímetro de tierra desierta, poblada en su mayoría por lagartos carnívoros del tamaño de una casa.

Qué lugar horrendo y primitivo, pensó Rell. Tan obsesionado con sus meritocracias, tan consumido por la expansión constante que no podía y no quería ver en lo que se había convertido. La Rosa Negra y sus experimentos eran tan solo un síntoma de una enfermedad mayor. Rell lo destrozaría todo... Salvaría a los vacuos y luego destruiría al imperio ladrillo por ladrillo, aunque tuviera que hacerlo sola. Tal y como había hecho con la Academia.

Entonces el pedrusco la golpeó y, por un momento, todo estuvo en silencio.

Rell no había conocido a sus compañeros por mucho tiempo. La mayoría de los más prometedores fueron obligados a luchar contra ella en "enfrentamientos de exhibición" para "probar su fuerza". No se dio cuenta sino hasta mucho, mucho tiempo después de que, sin importar la forma en la que hubieran quedado, los instructores se los llevaban rápidamente para extraerles su magia con sellos con forma de piedra que absorbían su esencia y los dejaban vacuos para siempre.

Recordaba a algunos de los niños, pero el resto era una mezcla de rostros surcados por un dolor extremo, desde las propias peleas hasta el largo proceso horroroso de injerto de sellos que le transferían su poder a ella.

Los otros estudiantes muy pronto comenzaron a temerle... incluso a odiarla... y, por eso, Rell siempre estaba sola.

Todos excepto uno.

Gabriel era un chico cuyos ojos dulces y voz suave no eran un producto de Noxus, sino de otro lejano lugar que Rell apenas podía imaginar. Él la comprendía y tenía una magia extraña que le permitía convertir la tierra en pequeños animales y aves de su tierra natal, que bailaban y jugaban para divertir a Rell. Aunque él parecía triste por estar tan lejos de su familia, ambos se refugiaron en su amistad, y Gabriel pasó muchas noches consolando a Rell mientras ella se recuperaba de los abusos sufridos en la Academia.

Era cuestión de tiempo hasta que los enfrentaran en combate, y, aunque Rell parecía tener esperanzas, Gabriel sabía lo que se avecinaba. Pero, por lo menos por un tiempo, los dos pudieron fingir.

Rell se despertó con el estrépito de un batallón que se había acercado con cuidado a ella para comprobar si estaba muerta.

Por desgracia para ellos, no lo estaba.

Rell se levantó con las placas de metal fragmentado de su corcel y su titánica lanza en la mano mientras minerales crudos y fundidos emergían del suelo para integrarse a la monstruosa arma. Su montura cobró su forma, latiendo con el calor de mil hornos. El crudo hierro se contorsionó, adoptando la silueta afilada de un semental, y Rell saltó a su lomo.

Contó cinco oponentes, incluyendo un minotauro posado sobre una pila de grandes piedras puntiagudas —probablemente del mismo tipo del pedrusco que la golpeó—, y luego uno más. Un hombre delgado con una capa blanca y polvorienta intentó escapar torpemente a través de la vasta nada de las tierras noxianas.

El instructor Lukas. El hombre que había traído a Gabriel a la Academia, y el hombre que se lo había llevado.

Aunque Rell lucharía contra cualquiera que se interpusiera en su camino, tenía una regla especial para sus antiguos instructores: sin preguntas y sin respuestas. No haría una excepción con este.

El semental de Rell cargó hacia adelante como si hubiera escapado de una oscura y distante pesadilla, y, como el martillo de un dios despechado, la lanza de Rell chocó contra el primer soldado que se puso en su camino. El arma estaba diseñada para aplastar, no para perforar, y mientras los ojos del soldado se abrían de terror, la última cosa que pasó por su cabeza fue su casco.

Una segunda luchadora intentó empalar la montura de Rell, pero su lanza se quebró entre las placas humeantes de la armadura, y Rell la lanzó hacia atrás con fuerza... un bulto deforme de chatarra metálica y carne aterrizó a varios metros de distancia.

Dos ballesteros, ahora mucho menos confiados que antes, intentaron batirse en una rápida retirada. Rell saltó por los aires, su propio corcel transformándose a su alrededor en un grueso traje de impenetrable armadura, y cayó sobre ellos mientras la tierra se abría bajo su furia infinita.

Las rocas del minotauro podrían haber funcionado en otra ocasión, pero ahora, incluso los pedazos gigantes de piedra volcánica se hicieron añicos contra la armadura de Rell mientras ella caminaba lentamente hacia él. Una guerrera oscura, totalmente imparable, que derribó a la gran criatura de un solo golpe.

Giró para dirigir su atención a su antiguo instructor.

Lukas sintió el suave llamado de su antigua estudiante antes de que trozos de escoria sobrecalentada lo arrancaran de la tierra musgosa hacia un torbellino de escombros irregulares alrededor de Rell. Era una tormenta de metal, calor y odio, y todo lo que pudo mascullar con pánico antes del final fue: —¡Gabriel está en el campamento!—. Rell aplastó a Lukas de inmediato, su cuerpo roto se hundió tanto en la tierra que incluso los basiliscos tendrían problemas para desenterrar su cadáver.

Luego la tormenta terminó, la escoria se dispersó y todo estuvo tranquilo una vez más.

Tal como había dicho el instructor en sus últimas palabras, Gabriel estaba oculto dentro de una tienda en un barranco herboso donde la tierra había cedido y se había formado una hendidura ancha y profunda en el terreno. El lugar perfecto para ocultar un campamento.

Había muerto mucho antes de que Rell lo descubriera. Desnutrición.

El proceso de vacuidad no solo le sacaba la magia a la víctima, sino que cercenaba su alma, dejando tan solo una cáscara con ojos vidriosos sin voluntad, que apenas hablaba, sin la capacidad de recordar ni de soñar. Unos pocos debían ser alimentados, pero algunos batallones adscritos a la Rosa simplemente decidían desatender esta función debido al rencor que sentían por el trabajo.

Rell contempló a Gabriel... a esa forma envuelta en lienzos que alguna vez hizo pequeños animales de tierra para que ella se riera y se olvidara del dolor. Hundiendo su lanza en la tierra, forzó su oscuro metal a través de sus manos, luego hacia arriba y, por último, alrededor de Gabriel hasta que su cuerpo estuvo cubierto por completo. Una tumba simple para marcar la sepultura de su amigo, pero a la vez indestructible y decorada con animales toscos congelados para siempre en metal.

Cerró los ojos mientras se alejaba cabalgando, intentando recordar a Gabriel como era antes, pero todo lo que Rell podía ver eran los basiliscos alimentándose de los muertos, y su puño cerrado alrededor de la garganta de una mujer pálida.

Referencias

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