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Historia corta • Lectura de 4 minutos

La Puerta Sombría

Por Ian St. Martin

—Cuéntame otra historia.

Lore

—Cuéntame otra historia—.

—Después, Abel—, dijo Celwyn, dejando el libro de historias en una mesa y colocando una manta alrededor de los hombros de su hijo. —Ya te conté dos historias. Ahora es momento de dormir—.

—Pero—, suspiró el chico, tirando de la manta hasta casi cubrir sus ojos —¿y si los monstruos me atrapan?—,

Celwyn sonrió. Se regañó un poco a sí mismo por contarle a su hijo las historias, una colección de las antiguas fábulas de Valoran, repletas de héroes valientes que triunfaban sobre hechiceros malvados y bestias monstruosas. Eran parte de un libro de historias que el propio padre de Celwyn le había leído cuando era un niño... aunque tal vez no era tan joven como Abel.

La última historia que le leyó, La Puerta Sombría, había sido la favorita de Celwyn cuando era niño, en la que un joven escudero obtiene la victoria contra un rey vil que buscaba cubrir el mundo entero con sombras. Celwyn recordó con ternura que a él mismo lo había asustado. Tal vez tendría que haber esperado un poquito más antes de leérsela a su propio hijo.

—Fue tan solo una historia—, dijo Celwyn, sentándose con suavidad en el borde de la cama de Abel. —Incluso si tienes pesadillas, los monstruos del cuento jamás podrán hacerte daño, ¿está bien? Todo es imaginario. No son reales—.

Se inclinó para besar la frente de Abel, pero el chico se apartó.

—¿Qué pasa?—, rio Celwyn. —¿Ya eres demasiado grande para que te dé un beso?—.

Su risa se ahogó cuando Abel siguió hundiéndose en la cama.

Un escalofrío recorrió la espalda de Celwyn mientras su hijo se hundía cada vez más, como si un foso se hubiera abierto debajo del colchón. Abel gritó conforme la manta envolvía con fuerza su cuerpo. Esta comenzó a brillar, tornándose resbaladiza y húmeda a medida que se transformaba en una lengua roja y manchada.

Celwyn logró desprenderse de la conmoción que lo había paralizado. Se abalanzó sobre su hijo, forcejeando por tomar a Abel y sacarlo de ahí.

Pero la lengua lo sostuvo con más fuerza, deslizándose con mayor profundidad.

Los bordes de la cama se fragmentaron con un estrepitoso crujido. Listones dentados de madera se alzaron, volviéndose amarillos y filosos, calcificándose en colmillos. Toda la estructura se transformaba en unas fauces gigantescas y abominables, preparadas para devorar por completo al hijo de Celwyn.

—¡Abel!—, gritó, tambaleándose mientras comenzaba a hacer arcadas. Espirales de niebla oscura brotaron de su nariz y labios, elevándose para arremolinarse sobre la cama transformada como si fuera una tormenta que se avecinaba.

Las fauces se flexionaron, bostezando de par en par y liberaron un grito ensordecedor, de esos que hielan la sangre. No era el rugido de un gran depredador, ni el aullido de una bestia que invoca a su especie para la cacería. Para Celwyn se escuchaba como el llanto al nacer... casi como si estuviera agonizando.

—¡Papá!—, Abel gritó antes de desvanecerse de la vista.

Las fauces se cerraron.

Celwyn se irguió, jadeante, dando grandes bocanadas de aire mientras pasaba su mano por su cara bañada en sudor frío. Sus ojos dieron vueltas sin poder ver nada en la oscura habitación. Se encontraba en medio de la noche en Piltóver, y las lámparas de las calles de la ciudad apenas eran visibles a través de las cortinas de la ventana.

Después de unos momentos, su corazón dejó de latir con fuerza y sus pensamientos comenzaron a tranquilizarse. No podía recordar la última vez que había tenido una pesadilla, como tampoco podía evocar una tan vívida y real como había sido esta.

Su mente se trasladó inmediatamente a su hijo. Debía levantarse de la cama, solo para estar tranquilo, para ver cómo estaba Abel. Para ver si estaba...

—¿Papá?—,

Celwyn se sobresaltó al escuchar la voz. Sus ojos lentamente se habían ajustado a la oscuridad, lo suficiente para ver la pequeña figura de su hijo, de pie en el borde de la cama.

—¿Abel?—, Celwyn parpadeó. —Abel, ¿qué estás...?—.

—¿Por qué?—, preguntó el chico.

Celwyn frunció el ceño. —¿Qué haces levantado? ¿Estás bien?—.

—¿Por qué tuviste ese sueño, papá?—.

—¿Qué?—, preguntó Celwyn, completamente despierto.

—¿Por qué lo hiciste?—, repitió Abel, el tono de su voz se tornaba suplicante. Celwyn solo podía ver la silueta del rostro de su hijo con las cortinas abajo... pero no recordaba haberlas bajado. —¿Acaso no sabes que eso es lo que lo alimenta?—.

De repente, Celwyn sintió mucho frío. Miró por encima de la cabeza de Abel y vio una alta sombra proyectada sobre el muro.

Una sombra que no le pertenecía a su hijo.

Abel se estremeció y su silueta se fundió con la sombra en el muro. En un instante, la imagen del niño había desaparecido, extinguiéndose rápidamente en la creciente oscuridad. Celwyn extendió la mano hacia él, y observó cómo un fino tentáculo de niebla negra brotaba de los labios de Abel, justo como había ocurrido en su sueño.

Con un siseo húmedo y áspero, la sombra empezó a desprenderse del muro. Un terror puro se apoderó de Celwyn al ver emerger a una criatura criatura. Era como una sombra viviente, apenas con forma humana; su cuerpo se estrechaba bajo el torso como la punta de una cuchilla. El monstruo se onduló y se agitó, como si Celwyn lo estuviera observando a través de aguas oscuras, con un par de ojos fríos devolviéndole la mirada, penetrando su alma.

La adrenalina inundó a Celwyn con el instinto animal de huir brotando en cada fibra de su ser. Pero por más que lo intentó, por más que su cuerpo se lo exigió, su mente lo traicionó. Estaba paralizado, incapaz de ser algo más que un testigo ante algo que siempre pensó que solo existía en las fábulas antiguas que los padres leen a sus hijos.

Un monstruo. Uno de verdad.

Las fauces de la criatura se abrieron un poco, revelando unos dientes largos y retorcidos. Después le habló, de alguna manera repetía los pensamientos de pánico de Celwyn con su propia voz.

¿Qué eres?—, preguntó con voz áspera. —¿De dónde surgiste?—.

Se acercó más, flotando sobre él. Gotas de medianoche cayeron de su forma, sangrando hacia la nada como tinta en el océano. Los brazos del monstruo se alargaron, sus extremos se retorcieron y se aplanaron, formando grandes y malévolas cuchillas enganchadas en sus garras.

Celwyn palideció, sin lograr apartar la mirada de la criatura de pesadilla mientras se inclinaba, poniendo su horrible semblante a su mismo nivel.

Susurró una sola palabra a Celwyn antes de enterrar sus cuchillas directamente en su corazón. La respuesta a sus preguntas, pronunciada suavemente con la voz de un hombre que se ahoga en las profundidades más oscuras.

—.

El amanecer llegó, acompañado del barullo y ruido de la próspera ciudad mercantil. La luz del sol bañaba la metrópolis, resplandeciente en todas las ventanas, incluida la del dormitorio de Celwyn.

Una voz surgió del otro lado de la puerta, acompañada de los golpecitos de la pequeña mano de un niño. —¿Papá?—. La perilla giró lentamente, Abel abrió la puerta lo suficiente para echar un vistazo. —¡Ya es de día!—.

El chico entró a la habitación de su padre y las sombras se retiraron conforme él abría más la puerta. Se alejaron de la luz del día, pero por alguna razón lo hicieron con mayor lentitud y renuencia que de costumbre.

—¿Papá? ¿Dónde estás?—, llamó Abel, con el miedo crepitando en su voz mientras inspeccionaba la habitación.

No había señal alguna de su padre, ni de nadie más en la penumbra. Aun así, el niño no podía quitarse la idea de que algo, concentrado en la esquina más oscura del cuarto, lo observaba.

Abel tosió sin percatarse de la pequeña voluta de niebla que le seguía, se dio la vuelta hacia el pasillo y cerró la puerta detrás de él.

Referencias

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