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Historia corta • Lectura de 4 minutos

La Portadora de la Luz

Por Graham McNeill

Los saqueadores atacaron antes del amanecer; cincuenta hombres vestidos con piel de lobo y cota de malla que portaban hachas sin brillo. Caminaban con prisa mientras entraban al poblado situado en las faldas de la montaña. Estos hombres habían combatido como hermanos durante años, vivían entre el latido que separa la vida de la muerte. Eran dirigidos por un guerrero vestido con una maltrecha armadura escamada, que portaba una gran espada pesada sobre su hombro. Debajo de su yelmo draconiano llevaba una barba y el rostro ajado, quemado por una vida de guerras bajo un sol más severo que este.

Lore

Los saqueadores atacaron antes del amanecer; cincuenta hombres vestidos con piel de lobo y cota de malla que portaban hachas sin brillo. Caminaban con prisa mientras entraban al poblado situado en las faldas de la montaña. Estos hombres habían combatido como hermanos durante años, vivían entre el latido que separa la vida de la muerte. Eran dirigidos por un guerrero vestido con una maltrecha armadura escamada, que portaba una gran espada pesada sobre su hombro. Debajo de su yelmo draconiano llevaba una barba y el rostro ajado, quemado por una vida de guerras bajo un sol más severo que este.

Las aldeas anteriores fueron fáciles de saquear; no era un gran desafío para hombres acostumbrados a combatir. El botín era escaso, pero en estas tierras tan extrañas, un hombre conseguía lo que podía.

Esta no sería la excepción.

Una repentina luz resplandeció más adelante; la luz del sol brillaba con fuerza.

Imposible. Faltaba una hora o más para el amanecer.

El líder levantó su callosa mano al ver una solitaria figura parada al otro extremo de la calle del asentamiento. Sonrió cuando notó que era una mujer. Al fin, algo valioso que saquear. Estaba envuelta en luz, y la sonrisa abandonó su rostro cuando pudo ver más de cerca que la mujer iba ataviada con una placa de guerra ornamentada. Su cabello rojizo caía desparramado de una diadema dorada y la luz del sol emanaba de su pesado escudo escudo y larga espada espada.

Más guerreros emergieron de la calle y se situaron a cada lado de la mujer, cada uno vestido con una armadura dorada y blandiendo una larga lanza.

—Estas tierras están bajo mi protección —afirmó.

Leona Leona levantó su espada mientras los doce guerreros de los Ra-Horak formaron un círculo con ella en su centro. Con seis a cada lado, hicieron girar sus escudos y los clavaron con fuerza en el suelo como si formaran uno solo. Leona hizo un pequeño giro y colocó su propio escudo en el vértice. Su espada se deslizó en la ranura ubicada debajo de la zona filosa del escudo.

Leona apretó sus dedos en el mango de cuero de su espada, y sintió una ola de poder aumentando en su interior. Un fuego enroscado que demandaba ser liberado. Leona lo contuvo en su interior, y dejó que se acostumbrara a su cuerpo. Sus ojos ardían como brasas encendidas y su corazón palpitaba con fuerza en su pecho. El ente al cual se había unido en la cima de la montaña deseaba incinerar a esos hombres con un fuego purificador.

El del yelmo de dragón es la clave. Mátalo, y el resto se rendirá.

Parte de Leona deseaba liberar el poder en su interior; anhelaba reducir a esos hombres a ceniza y huesos calcinados. Sus ataques habían matado a cientos de personas que llamaban hogar a las tierras que rodean al Monte Targón. Habían profanado los lugares sagrados de los Solari Solari, derribado piedras solares sacras y contaminado los manantiales montañosos con sus desperdicios.

El de yelmo de dragón reía y giraba su gran espada en sus hombros mientras sus hombres se apartaban de él. Pelear con un arma tan enorme y mantenerla en constante movimiento requería cierto espacio. Gritó algo con un sonido gutural que parecía más un ladrido de perro que humano, y sus guerreros respondieron con un rugido.

Leona exhaló profundamente cuando los saqueadores arremetieron, con sus barbas trenzadas salpicadas de saliva mientras se abalanzaban hacia los Ra-Horak. Leona dejó que el fuego se extendiera por su sangre, y sintió cómo la criatura ancestral fundía su esencia con la suya por completo; se convirtió en una con sus sentidos y la dotó de las percepciones de otro mundo.

El tiempo se detuvo para Leona. Pudo ver el brillo pulsante del corazón de cada enemigo y oyó el estruendoso palpitar de su sangre. Para ella, sus cuerpos estaban iluminados con el fuego rojo del ansia por la guerra. El de yelmo de dragón dio un salto hacia adelante, y golpeó el escudo de Leona con la fuerza del puño de un gigante de piedra. El impacto fue feroz, lo que abolló el metal y la arrastró un metro completo. Los Ra-Horak retrocedieron con ella y mantenían intacto el muro de escudos. El escudo de Leona destelló de luz y el manto de piel de su rival ardió con su calor incandescente. El de yelmo de dragón abrió los ojos sorprendido, mientras arrastraba su enorme espada para realizar otro golpe.

—¡Aseguren y empujen! —gritó Leona, mientras los otros saqueadores golpeaban su línea. Las lanzas doradas empujaron en el momento del impacto y la primera línea de atacantes cayó atravesados por el acero forjado en la montaña. Fueron pisoteados cuando los guerreros que los seguían continuaron el ataque.

El muro de escudos vaciló, pero contuvo la arremetida. Las hachas golpeaban, los nervios se inflamaban y las gargantas gruñían por el esfuerzo del ataque. Leona encajó su espada en el cuello de un saqueador con una cicatriz que le partía el rostro desde la coronilla hasta la mandíbula. El hombre gritó mientras caía de espaldas, con la garganta llena de sangre. Su escudo impactó con fuerza el rostro del hombre junto a él y perforó su cráneo.

La línea de los Ra-Horak retrocedió cuando el líder de los saqueadores volvió a golpear con su espada, esta vez astillando el escudo del guerrero situado junto a ella. El hombre cayó destrozado desde el cuello hasta la pelvis.

Leona no entregó al de yelmo de dragón la oportunidad de arremeter por tercera vez.

Lo atacó con su espada dorada y pudo ver un ardiente reflejo de su imagen en el filo de su arma rúnica. El fuego incandescente abrasó al líder de la banda, sus pieles y cabello se incineraron al instante y su armadura se fundió a su carne como una marca. Gritó con horrible dolor, y Leona sintió cómo el poder cósmico en su interior gozaba con la agonía del hombre. El del yelmo dragontino se tambaleaba, y por alguna razón seguía vivo y gritando mientras su fuego derretía la carne de sus huesos. Sus hombres retrocedieron durante su ataque mientras él caía de rodillas como una pira en llamas.

—¡A ellos! —gritó Leona, y los Ra-Horak arremetieron con todo. Sus poderosas lanzas apuñalaban todo a su paso con brutal eficacia. Empuje, giro, retirada. Una y otra vez, como los implacables brazos de una máquina trilladora. Los saqueadores dieron la vuelta y huyeron de las hojas ensangrentadas de los Ra-Horak, horrorizados por la muerte de su líder. Ahora solo querían escapar.

Cómo y por qué llegaron estos saqueadores a Targón era un misterio, ya que claramente no vinieron a conocer la montaña ni a intentar ascenderla. Eran guerreros, no peregrinos, y si les perdonaban la vida, solo se reagruparían para volver a matar.

Leona no podía cruzar los brazos y permitir que eso ocurriera. Buscó muy dentro de ella y absorbió del asombroso poder más allá de la montaña. El sol emergió detrás de las cumbres más altas cuando Leona elevó su mano hacia la luz.

Cayó arrodillada y golpeó con fuerza el suelo con su puño.

Y una lluvia de fuego lluvia de fuego cayó desde el cielo.

Referencias

 v · e
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