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Narración

La Ofidia

Por Anthony Reynolds Lenné

No, no, ese lugar no está ocupado. Toma una silla, y prepárate para sumergirte en la historia, amigo... Aunque esa podría no ser la mejor expresión, dado mi relato. Je.

Lore

No, no, ese lugar no está ocupado. Toma una silla, y prepárate para sumergirte en la historia, amigo... Aunque esa podría no ser la mejor expresión, dado mi relato. Je.

Sí, he visto algunos naufragios. De hecho, presencié uno, cuando era igual de joven que ustedes. Su nombre era la Ofidia, esa nave fue arrastrada debajo del Estrecho Quebrado. Yo fui el único sobreviviente. Si ustedes me compran un trago, les contaré la historia.

¿Con esta? No, esta moneda no puede gastarse, camarada. Es mi Kraken de la suerte, para pagar el Tributo.

El Tributo. Sí saben sobre el Tributo. Todos conocen el Tributo. —Paga el Tributo o enfréntate a la furia del mar—.

Ay, por la Gran Barbuda... ¿Entonces tampoco han escuchado sobre Nautilus? ¿El Titán de las Profundidades?

¡Cantinera! Sírvanos una ronda, amable cantinera. Esta es una historia que necesita de una cerveza, como dicen... y mi colega aquí va a invitar.

Ah, es de la buena, eso es.

Fue hace casi treinta años, estábamos regresando de una cacería. Yo era un arponero, tenía la mejor puntería de las Flotillas del Matadero. Habíamos atrapado a un leviatán con una aleta como hacha, era uno de los grandes, y llevábamos a la bestia del vuelta al puerto. Fue justo antes del amanecer. Las luces de Aguasturbias parpadeaban a la distancia, llamándonos. Había peces navaja y tiburones frenéticos siguiéndonos de cerca porque el aleta de hacha dejaba rastros de sangre en el agua.

Y nuestro capitán... Bueno, a ninguno de nosotros nos agradaba. Era del tipo poco confiable. Él jura y perjura que pagó el Tributo antes de que saliéramos. —Un Kraken de oro—, dijo —porque es todo lo que tengo para dar—.

Pero ninguno de nosotros lo vio arrojarlo por la borda, nadie lo vio. Así que naturalmente sospechábamos, porque sabíamos que era una vieja rata tacaña de muelle. Pero, de cualquier forma, zarpamos.

Y fue ahí cuando el Titán nos atacó.

Sin advertencia alguna, su ancla sangrienta nos impactó desde las profundidades. Nos golpeó atravesando la quilla, hasta la cubierta principal. Nos agarró con fuerza y comenzó a hundirnos... Ah, fue un gran caos, colega. Los marineros caían por la borda. Las aguas estaban agitadas y los carroñeros se alimentaban. Agarré al capitán y le grité: —¡Mentiroso! ¡Este es el castigo de la Gran Barbuda para los que no pagan!—

La embarcación se hundía rápidamente. Pero después, la madera cedió, sí, y el ancla se deslizó de vuelta a las profundidades. Si todo hubiera terminado ahí, otros más hubieran logrado escapar.

Pero no había terminado. Nautilus aún no terminaba con nosotros.

La nave se hundió hacia estribor, de forma repentina. Era el peso del Titán mismo, arrastrándose hacia la cubierta. Probablemente alguna vez fue un hombre, pero lo que aquella noche vi emerger de las olas no lo era. Yo tenía al capitán agarrado de la garganta. —¡Esto es tu culpa!—, rugí mientras estrangulaba al maldito, sus ojos muy abiertos. Vio que Nautilus venía por nosotros...

Así que empujé al capitán por la cubierta inclinada, y esa cosa lo atrapó con una sola mano, ¡aunque parezca increíble! Era tan grande que sus dedos se cerraron por completo sobre su cuerpo, y el capitán no era ni remotamente un hombre pequeño.

—¡Ahí está tu Tributo!—, grité, y salté por la borda.

No sé cuánto tiempo estuve en el agua. Debe haber sido solo segundos, pero se sintió como una eternidad. Pero los carroñeros del mar no pudieron atraparme, alabada sea la Serpiente Madre. Me impulsé hacia uno de esos pináculos de piedra, ahí en el Estrecho, y observé cómo la Ofidia se hundía.

Nautilus aún sostenía al capitán, quien se retorcía intentando liberarse, como un gusano atrapado, pero no había forma de escapar. El Titán solo estaba ahí de pie, inmóvil como una estatua. Vi cómo se sumergieron en la oscuridad.

¿Por qué me perdonó? Desconozco la respuesta. Tal vez fui el único que hizo una ofrenda. O tal vez Nautilus quería dejar a alguien con vida para que contara la historia. Pero en las noches más oscuras de Aguasturbias, cuando las neblinas asesinas inundan el lugar, puedes escucharlo salir de la superficie, lento y firme, como si arrastrara esa maldita ancla a su paso...

¿Quieres mi consejo, camarada? Siempre ten una moneda en tu bolsillo, y siempre paga el Tributo. Y nunca confíes en un capitán que te diga que lo hizo a menos que lo hayas visto con tus propios ojos.

Después de todo, podrías no tener la misma suerte que yo.

Trivia

  • Esta historia fue lanzada durante el evento La maldición de los ahogados que introdujo a Pyke Pyke. También se usa como la historia corta para Nautilus Nautilus, y su reintroducción en el nuevo canon.
    • Fizz Fizz es el embaucador en gran parte responsable del hundimiento de la Ofidia, ya que tomó el diezmo que estaba destinado a la Gran Barbuda.

Referencias

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