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Historia corta • Lectura de 5 minutos

La Margarita Más Alta

Por John O'Bryan

Evelynn se escabullía por las calles abarrotadas, las sombras de su cuerpo se fusionaban sutilmente con la noche. Sus ojos brillaban en la penumbra, aunque solo el observador más agudo hubiera podido verlo. Borrachos, marineros y rameras conversaban en una vía principal cercana, ignorando que estaban siendo acechados por un demonio en la oscuridad. Por otro lado, el demonio los veía con perfecta claridad, juzgándolos con la más exigente de las miradas.

Lore

Evelynn se escabullía por las calles abarrotadas, las sombras de su cuerpo se fusionaban sutilmente con la noche. Sus ojos brillaban en la penumbra, aunque solo el observador más agudo hubiera podido verlo. Borrachos, marineros y rameras conversaban en una vía principal cercana, ignorando que estaban siendo acechados por un demonio en la oscuridad. Por otro lado, el demonio los veía con perfecta claridad, juzgándolos con la más exigente de las miradas.

Evelynn observó fijamente a un hombre que estaba tendido en la alcantarilla, sosteniendo una botella de vino. Por lo general, el demonio no prestaba atención a alguien en esa condición. Pero hacía días que no se alimentaba y estaba lo suficientemente desesperada para considerar al hombre, aunque solo fuera por un momento. Sería tan fácil. Lo único que debía hacer era atraerlo a uno de los numerosos callejones, lejos del brillo de las luces de las calles.

Ese pensamiento se esfumó cuando vio una cucaracha pasar por el rostro del borracho. El hombre estaba demasiado ebrio para sentir. Su excitación sería vaga y apagada, sin la imperiosa atracción que disfrutaba ver en sus víctimas antes de acabar con ellas. Hasta podría desollar uno de sus brazos por completo antes que emitiera un grito.

Y ese era el problema. Durante el curso de sus innumerables festines, Evelynn había aprendido algo acerca de su paladar: prefería, no... necesitaba que sus víctimas sintieran cada pinchazo, mordida, cada pedazo de carne que arrancaba con sus garras. Un hombre en estas condiciones sería aburrido e insatisfactorio, no valdría la pena.

Descartó al ebrio y continuó andando por el fangoso malecón, pasando al lado de la ventana de una taberna húmeda, iluminada a la luz de las velas. Una mujer gorda abrió la puerta mientras eructaba y se tambaleó hacia la oscuridad, con una pierna de pavo a medio comer aún en la mano. Por un momento, Evelynn consideró a la mujer, y cómo podría atraerla y acogerla, para después sumergirla en un infierno indescriptible.

El demonio observó a la mujer devorar lo que quedaba de la carne, sin siquiera saborearla. Había algo arraigado en su interior, una profunda melancolía que contaminaría la experiencia.

Evelynn prefería provocar ella misma el dolor.

Siguió su recorrido, deslizándose en las sombras de la ciudad, cruzándose con dos borrachos más, un mendigo pidiendo limosna y una pareja a mitad de una discusión. Todos le resultaron poco atractivos. Lastimarlos sería como arrancar una flor ya marchita. Ella prefería sus margaritas altas y saludables porque eran las más satisfactorias de arrancar.

Un temible pensamiento se apoderó de ella. Tal vez había cometido un error al elegir ese miserable lugar aislado como su zona de cacería. Tal vez, en cualquier momento, la emocionante sensación de su última víctima se desvanecería, para dejar solo la nada... ese espacio completamente vacío dentro de ella donde los sentimientos debían estar.

Fue entonces cuando lo vio...

El caballero transmitía felicidad mientras salía de uno de los bares lujosos. Era elegante sin ser llamativo y tarareaba una vivaz melodía para sí mismo mientras caminaba por la calle, un ramo de flores bajo el brazo.

Las dos azotavides en la espalda de Evelynn se retorcieron con emoción. Incluso a la distancia, podía percibir que el hombre estaba satisfecho consigo mismo. Se dirigió hacia el caballero, teniendo extrema precaución de no perder el rastro de su víctima ni de alertarlo de su presencia.

El hombre caminó durante media hora hasta que, al fin, cruzó un pasillo hasta llegar a una casa de piedra de tamaño modesto. Al final del camino, entró a su hogar, atravesando una pesada puerta de roble. Evelynn mantuvo la mirada impasible sobre las ventanas de la casa del hombre mientras se alumbraban de una en una con el resplandor de la luz de las velas. Una mujer esbelta y austera, con un vestido de noche de cuello alto, entró y saludó al hombre con un acogedor abrazo. Fingió una ligera sorpresa ante las flores que él había comprado y las colocó en un jarrón limpio, al lado de un viejo ramo.

El interés del demonio aumentó.

Un momento después, dos niños muy pequeños irrumpieron en la habitación y arrojaron sus brazos alrededor de las piernas del hombre, dejando ver sus pequeñas sonrisas resplandecientes, con pequeños dientes. Aunque el panorama fuera el epítome de la dicha hogareña, Evelynn sabía lo que encontraría si investigaba solo un poco más.

Aguardó pacientemente, mirando las velas apagarse una a una, hasta que solo quedó alumbrado el salón. El hombre estaba solo, acomodándose en una silla para fumar su pipa. Evelynn salió de las sombras, sus oscuras y finas extremidades se abrían paso hacia carne fresca. Sus demoníacas azotavides desaparecieron de su espalda para revelar una forma femenina, con curvas demasiado generosas como para ignorarlas.

Sus caderas se meneaban levemente mientras se contoneaba desde el patio hasta la ventana. Estaba muy cerca del vidrio cuando vio al hombre erguirse sobre su silla al verla, casi dejando caer la pipa de la boca. Evelynn le hizo señas con un solo dedo para que la acompañarla afuera.

El hombre se dirigió hacia la puerta principal y la abrió vacilante, curioso por investigar a la inusual belleza merodeando afuera de su ventana. Se acercó a ella en el patio, con mucha cautela pero aún más, con expectativa.

—¿Quién... eres?—, preguntó inseguro.

—Soy lo que tú quieras que sea—, aseguró el demonio.

En cuanto Evelynn cruzó su mirada con la del hombre, se adentró en las profundidades de su alma y encontró justo lo que estaba buscando... esa pequeña herida de inconformidad que infectaba incluso a la persona más feliz.

Ahí está, pensó. Todo lo que él desea y no puede tener.

—Mi familia...—, dijo el hombre, incapaz de terminar su pensamiento.

El demonio se acercó a él.

—Shh. Está bien—, susurró ella al oído del hombre. —Sé qué es lo que deseas y la culpa que sientes por quererlo. Déjala ir'.'

Evelynn dio un paso hacia atrás, solo para encontrar al hombre irremediablemente cautivado.

—¿Puedo... tenerte?—, preguntó el hombre, avergonzado por su descaro, pero superado por un extraño deseo de poseerla justo ahí, en el patio.

—Por supuesto, cariño. Es por eso que estoy aquí—, dijo el demonio.

Él le tocó el rostro con la punta de los dedos, acariciando su mejilla. Evelynn sujetó firmemente su mano contra su piel y dejó escapar una suave y sensual risita. El dulce, tierno y feliz hombre sería suyo esta noche. Él tenía mucho dolor para dar y ella lo tomaría todo.

Detrás de ellos, el sonido de pies arrastrándose provenía desde el umbral de la puerta abierta de la casa.

—¿Está todo bien, amor?—, preguntó la esposa del hombre.

—Todo estará maravilloso, querida—, contestó el demonio por el estupefacto hombre.

Esto acababa de volverse incluso más dulce y las expectativas más tentadoras. Había una margarita en su máximo apogeo lista para ser arrancada y un capullo por florecer mientras observaba.

Referencias

 v · e
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