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Historia corta

La Mansión Tapiada

Por Graham McNeill

Ella sintió al ladrón acercarse con cada paso cuidadoso que daba.

Lore

Ella sintió al ladrón acercarse con cada paso cuidadoso que daba.

Era hábil, le concedía eso, pero su percepción había aumentado a niveles que ningún mortal podía siquiera imaginar. Sus pisadas en los tejados cercanos, aunque suaves e ingeniosas, vibraban en el aire estancado dentro de su sombría residencia como la cuerda arrancada de un laúd en un templo silencioso.

Su presencia la había despertado de un sueño sobre el océano: la oscuridad se alzaba en un tsunami que arrasaba con el mundo y lo hundía para siempre en negras aguas muertas. Parte de ella disfrutaba de la extinción que esta ola traería, incluso cuando sabía que había tenido algo que ver con su llegada.

El sueño se desvaneció mientras sus ojos multifacéticos se abrían y comenzó a concentrarse en cada uno de sus sentidos. Sensaciones coloreadas por aromas y sonidos, el movimiento presente en los temblores del aire. Todavía cansada y desgastada de su último viaje reciente a las islas neblinosas, su irritación aumentó ante el pensamiento de tener que lidiar con un intruso más.

El sótano de su guarida estaba envuelto en tinieblas, pero podía ver los pesados barriles, los tapices podridos y las heladas tablas del suelo, con tanta claridad como si la luz del día entrara por las rejillas tapadas.

Un susurro de patas resbaladizas retumbó por toda la mansión, un crujido de cientos de cuerpos brillantes escabulléndose de sus escondites, anticipando sus deseos. Los muros chorreantes y los techos curvos vibraban con movimientos ondulantes y el destello de miles de ojos sin pestañear.

Pronto, pequeñas, dijo ella, su voz ahumada y llena de tonos aristocráticos. Déjenme jugar con este un rato.

Podía sentir su apetito por la carne humana, agudizado por la necesidad.

Reflejaba su propio deseo.

Se irguió de su lugar de descanso, su forma de ensueño una mezcla cambiante entre humana y araña. Extendió sus delgadas extremidades y captó el sinfín de aromas del intruso a través de las terminaciones de sus garras tarsales. Se pasó la lengua por sus dientes afilados, aprendiendo más de él con cada inhalación.

Un alma besada por la arena... piel de humo y el mínimo rastro de reyes antiguos en su sangre.

Un nacido en el desierto…

Sentía cómo se acercaba, plenamente consciente de qué lo había atraído a su mansión clausurada en esta fría noche. Y quién era más probable que lo hubiera enviado.

Como los anteriores, él también encontraría la muerte.

Como los otros, Elise lo cautivaría antes de comérselo vivo.

Luna menguante en un cielo negro como el carbón. Nubes bajas y vientos fríos.

La atmósfera perfecta para una misión como esta.

Una campana repicó cerca del muelle de la capital. Los vientos helados traían el sonido de soldados noxianos combativos desde los campamentos distantes, más allá de la Puerta de Vigilia de la ciudad.

Nyam se movía por los tejados con pisadas suaves y firmes; su túnica amplia y su capa de lana gris lo volvían invisible. Se mantenía agachado, justo debajo de las cumbreras tejadas de los edificios. Consideraba cuidadosamente cada paso que daba sobre la fina capa de nieve.

Una teja floja, un pedazo de hielo... solo eso se necesitaría para que esta noche terminara en muerte, su cuerpo destrozado en la calle adoquinada.

Pero Nyam había saqueado tumbas en las arenas profundas de su tierra natal y trepado los templos acantilados del camino al Mercado Central en búsqueda de tesoros. Había evadido trampas en las ruinas de reyes y dioses, así que los tejados hundidos de Noxus (desiguales, altos y llenos de puntos de apoyo para manos y pies) no representaban mayor reto para un ladrón como él.

Había aprendido a correr por los caminos del cielo cuando era un niño, atravesando los altos techos de Bel'zhun para evitar las bandas errantes de niños que lo golpeaban por la fisura que separaba sus encías y labio superior hasta llegar a la nariz. Lo llamaban Nyam Sin Cara; su deformidad de nacimiento les daba a los nacidos en Shurima y a las ratas pálidas de Noxus un blanco compartido para descargar su ira.

Incluso después de haber robado lo suficiente para que un embalsamador le cosiera el labio en su décimo verano, no dejaron de burlarse de él... Pero esos años brutales y difíciles le habían hecho bien. Había aprendido a aceptar la soledad, a amar las alturas vertiginosas y a convertirse en una sombra en una tierra que solo conocía la luz dorada de su antiguo sol.

Pero, por sobre todas las cosas, había aprendido a luchar: primero con sus puños, después con una espada de obsidiana que tomó del sarcófago de un cadáver tan grande que debió haber sido uno de los legendarios Ascendidos. Enfundada a la espalda, había sido un cuchillo para el dios muerto, pero para Nyam era una espada.

El lugar del que le había hablado su financiador estaba justo adelante, alzándose imponente como una gran sombra de su antigua gloria, las ventanas cerradas y el ático abuhardillado podrido en aquellas partes donde las tejas se habían soltado y caído al suelo.

Esa es mi entrada.

Nyam llegó hasta el gablete con estalactitas de un techo y se posó en el borde con perfecto equilibrio mientras desenredaba un tramo de cuerda de su cinturón. Desplegó los ganchos de un rezón y, con facilidad, lo arrojó hacia una abertura entre una hilera de chimeneas resquebrajadas. El rezón aterrizó precisamente donde él quería y tiró de la cuerda para asegurarla.

Cuando estuvo seguro de que el gancho estaba bien fijo en la mampostería, se deslizó del techo.

El aire frío lo golpeó en la cara mientras se balanceaba con las piernas flexionadas para amortiguar el impacto. Sus botas eran suaves, pero hizo una mueca al escuchar cómo el sonido del aterrizaje reverberaba por todo el edificio decrépito como un martillo sobre un yunque. La nieve caía de los aleros. Nyam permaneció inmóvil por un momento, atento a cualquier señal de que lo hubieran escuchado.

Nada. La antigua casa estaba silenciosa como una tumba.

Poco a poco, subió por la cuerda hasta llegar al techo.

Nyam recogió la cuerda y se escondió en las sombras detrás de una chimenea. Su respiración formaba vapor en el aire. Se sacó el guante de gruesa piel de drüvask de la mano izquierda y se estiró para colocar la palma desnuda de su mano en la piedra.

Hacía muchas lunas que esta chimenea no experimentaba el calor del fuego.

Solo unas pocas chimeneas en este distrito echaban humo. Otras partes de la capital brillaban, rojizas por la luz del fuego. Hogueras de cocina, piras de guerreros más allá de las murallas y braseros colocados en los templos dedicados al Lobo Lobo.

Pero no aquí.

Esta zona de la ciudad se veía abandonada, las ventanas vacías de las estructuras de piedra oscura parecían nunca haber conocido la luz. Los fuertes vientos que se arremolinaban en las calles angostas habían congelado las cortinas andrajosas. Más abajo, solo unas pocas velas ardían en candelabros cerca de las ventanas, y solo había visto una linterna colgada afuera en la entrada de una taberna de aspecto desolado.

La pálida luz de la luna se proyectaba sobre las calles vacías, donde la nieve yacía intacta. Era un misterio para Nyam cómo podía existir un espacio abandonado en una ciudad donde cada centímetro era tan valioso, pero aquí era adonde su superior lo había dirigido.

La mansión de la casa Zaavan.

Nyam se deslizó por la cuerda hacia adentro a través de un agujero amplio en el techo.

Copos de nieve se arremolinaban a su alrededor mientras descendía, eran como motas de diamante brillando con la pálida luz de la luna. Se tomó un momento para que sus ojos se acostumbraran a la penumbra de la mansión y vio que había entrado en lo que parecía ser un gran recibidor con una amplia chimenea de mármol con vetas de oro.

Había leños cubiertos con nieve dentro de ella y un balde de carbón congelado volcado al lado, como si los habitantes de la casa lo hubieran tumbado apurados por irse, y nunca hubieran regresado.

En la habitación había muebles cubiertos con telas: sillones largos, divanes amplios arrimados contra las paredes y sillas vacías. A juzgar por la rigidez helada de la tela, Nyam sospechó que habían pasado muchos años desde que habían cerrado esta habitación.

Desperdigadas sobre el piso de madera habían tejas y vigas del techo rotas. Pisó con cuidado sobre los escombros para comprobar que no crujieran ni chirriaran. Despacio, dejó caer su peso y soltó la cuerda.

Nyam se quitó la capucha y se pasó la mano por la cabeza afeitada, la piel oscura y con vello incipiente, tatuada y perforada con agujas de marfil como si portara una corona de espinas.

Se agachó y colocó la palma de la mano en el suelo. Cerró los ojos para que los huesos de la mansión le hablaran. Las viejas vigas gruñían en el frío como ancianos moviéndose entre sueños, las paredes estaban silenciosas y la respiración de la casa flotaba densamente, atrapada como el aire de una cueva de peste donde los enfermos esperaban la muerte.

Todos los instintos de Nyam le señalaban que la casa estaba abandonada, un palacio maldito congelado en el tiempo.

Y sin embargo...

Un siseo débil, como si mil voces susurraran al unísono, una suave sensación de movimiento a su alrededor. Un cosquilleo le recorrió la espalda y reprimió un escalofrío, convenciéndose de que solo eran los dedos helados del viento norteño.

Dejó que su vista vagara por la habitación, sin detenerse en ningún punto en particular para permitir que su visión periférica capturara cualquier movimiento. No vio nada, solo el remolino de copos de nieve y el aleteo débil de la tela.

Pero la sensación de que había algo más allí con él no lo abandonaba.

La carta escrita con elegante caligrafía había sido clara: entra a la mansión Zaavan, encuentra la biblioteca y roba el artefacto indicado. Las instrucciones describían una gran biblioteca en el ala este de la mansión, una habitación flanqueada por puertas altas de ébano negro, justo después del entrepiso arriba de un atrio octagonal.

Nyam se levantó y caminó hacia las paredes, donde el piso de madera no crujiría tanto bajo su peso, y siguió su perímetro hasta llegar a una amplia puerta en el otro extremo de la habitación. Estaba abierta de par en par. Del otro lado llegaban ráfagas de viento.

Pasó su delgada contextura por el marco de la puerta y se encontró en un largo comedor.

Una mesa angosta ocupaba toda su longitud; todavía estaba puesta para una suntuosa cena, con platos de cerámica pintados y cubiertos de plata brillantes dispuestos para invitados que jamás llegarían.

Las bandejas estaban llenas de fruta congelada y cubierta de polvo, además de cortes de carne helados. El estómago de Nyam rugió, recordándole que habían pasado muchas horas desde la última vez que había comido algo. ¿Todavía sería comestible la carne preservada por el frío?

Nyam no intentaría averiguarlo.

En el centro de la mesa había una bandeja de plata abovedada; una curiosidad repentina lo hizo querer ver qué había debajo.

Nyam se acercó y levantó la campana.

Una masa arremolinada de criaturas emergió de una mezcla podrida de carne y... cientos de arañas color negro brillante se escabulleron, tratando de huir de la luz. Ninguna era más grande que la uña de su dedo pulgar; no obstante, Nyam retrocedió lleno de horror mientras las arañas se movían por la mesa como una marejada.

La campana de la bandeja se deslizó entre sus dedos y cayó al suelo.

En el silencio de la casa, el ruido del metal era ensordecedor.

Hizo una mueca y su mano fue directo a la espada en su hombro. Maldiciendo su estupidez, Nyam se movió velozmente hacia una ventana con cortina para ocultarse en las sombras y mimetizarse con la oscuridad.

La quietud era su aliada, así que permaneció inmóvil, a la espera de cualquier señal que indicara que habían oído su error. Se esforzó para escuchar cualquier señal de alerta... un vigilante malhumorado, o incluso tal vez el propietario de esta casa.

Si era posible, la casa parecía estar aún más silenciosa, como si algo más estuviera justo al lado de él, observando y esperando en la oscuridad.

Sus ojos revisaron las paredes, desde el suelo hasta las cornisas.

Nada.

Los segundos se convirtieron en minutos y, finalmente, Nyam dejó escapar un suspiro de alivio. La casa estaba vacía y abandonada, una antigua gran mansión ahora reducida a ruinas.

—Silenciosa como una tumba en el desierto—, dijo.

Elise se desplazó desde el sótano hasta la planta baja de la mansión, moviéndose rápidamente por las paredes y columnas acanaladas hasta llegar al entrepiso, cada una de sus múltiples extremidades en perfecta sincronía. Su horda arácnida bulliciosa la siguió, ansiosa por adelantarse y devorar a este intruso, pero ella la contuvo por ahora.

Las arañas sisearon ante su restricción, como si fueran niños revoltosos, resentidas porque les habían negado el banquete.

La forma arácnida de Elise era negra como la noche, segmentada y letal, con el abdomen surcado por rayas rojas como la sangre. Sus piernas filosas y delgadas se movían con liviandad sin hacer ruido.

Se arrastró con flexibilidad a través del piso damero del entrepiso en dirección al comedor.

Un golpe de metal retumbó desde adentro al mismo tiempo que su pinza delantera llegaba a la puerta. Se detuvo, así como también su horda escurridiza, balanceándose suavemente sobre sus muchas patas.

El sonido desató un torrente de amargos recuerdos de su vida pasada…

… de dolor, humillación y venganza sangrienta.

Un hombre celoso y mezquino casi había acabado con su vida en esa habitación.

Recordó la sensación del veneno traicionero de su marido recorriendo sus venas, desgarrando su carne desde adentro hacia afuera y paralizándola en su agonía.

Una oleada de odio, el filo de una cuchilla…

Una mirada arrogante ahora llena de miedo…

Una cascada roja mientras giraba el cuchillo en su corazón.

Elise apartó ese recuerdo de su mente. Incluso ahora, siglos después, el dolor de esa noche todavía la atormentaba. A pesar de haber bebido el antídoto para el veneno, había estado al borde de la muerte por semanas después de su traición. Pero, por más agonizantes que hubieran sido esas semanas, habían marcado el comienzo de su renacimiento.

Como humana, había sido hermosa. Ahora, era gloriosa.

Elise se detuvo. Saboreó la tensión creciente en el ladrón... pero, detrás de eso, intuyó miedos enterrados hace mucho tiempo y una voluntad de sobrevivir a tormentos pasados, los cuales también resonaron en ella.

Intrigada, bajó la pinza mientras escuchaba acercarse al ladrón.

Elise se alejó del comedor y cruzó rápidamente el entrepiso hacia un conjunto de altas puertas negras.

Nyam abrió despacio la puerta del comedor, gesticulando al oírla crujir.

Pero si nadie había aparecido cuando dejó caer la bandeja de metal, nadie vendría por esto.

La puerta se abrió hacia un atrio octogonal de techos altos, con un domo con vitrales en el cielo raso. El entrepiso rodeaba los bordes del atrio, aunque sus vigas habían colapsado en varias partes y la escalera curva que llevaba al vestíbulo estaba en ruinas más abajo. Fragmentos de vitral yacían esparcidos por todo el vestíbulo. Al levantar la vista hacia la penumbra, Nyam pudo ver que las roturas del domo habían sido selladas con una especie de resina fibrosa blanquecina o goma.

Gruesas telarañas atravesaban los tramos superiores del atrio y Nyam vio bultos de aspecto mojado agarrados con firmeza dentro de ellas, retorciéndose con un grotesco movimiento interno.

¿Sacos de huevos? ¿Aves capturadas? ¿Nidos?

Fueran lo que fueran, no era su problema. En poco tiempo, estaría fuera de este lugar con su premio y en camino a una billetera abultada, una terma limpia y una comida caliente.

Directamente enfrente del comedor había un par de puertas imponentes de madera color negro azabache, lustradas y brillantes como espejos oscuros.

—Allí está la biblioteca—, susurró. —Tal como decía la carta—.

Nyam se deslizó por el entrepiso. Con cuidado, puso a prueba la integridad del suelo con cada paso que daba antes de pisar con todo su peso. La madera crujió y chirrió, pero aguantó.

Llegó hasta las puertas y revisó la manija, haciendo una mueca de asco cuando apartó la mano y la encontró llena de un residuo gomoso y amarillento.

—Que la arena tenga piedad—, dijo en voz baja, limpiándose la mano en los pantalones.

La puerta se abrió con un clic y Nyam olvidó su disgusto cuando escuchó un sonido suave, como de arena cayendo entre las rocas. No podía descifrar qué podía ser... ¿alimañas en las paredes, tal vez?

Las ratas eran muy comunes en Noxus. No se podía esperar que tantas personas viviendo hacinadas no provocaran una infestación en cada edificio. Pero esto no eran ratas.

Tras empujar la puerta, Nyam entró a la biblioteca.

Alguna vez había sido un lugar maravilloso.

Las estanterías eran altas, confeccionadas con amor y cuidado a partir de una madera pálida con una veta fina y contorneada. Habían vaciado con violencia cada estante: tomos encuadernados en cuero, rollos de pergamino y fajos de papeles estaban esparcidos en el suelo en completo desorden; libros que seguramente valían una pequeña fortuna yacían entre rollos de pergamino antiguos que habían sido rasgados como vales de pagaré del ejército descartados. Artefactos de diseño extraño e inusual estaban hechos añicos, mientras que estatuas de ónix y jade yacían hechas pedazos. Un candelabro negro se balanceaba de una soga fina en el centro de la habitación.

Y allí, en el extremo más alejado de la recámara, había un armario de madera oscura y hierro frío que emitía una luz tenue.

—Allí—, dijo Nyam, eligiendo un camino entre los libros destrozados para llegar al armario.

Se preguntó por qué alguien destruiría semejante tesoro escondido de sabiduría e imaginación. Este caos tenía las características de un ataque de furia enceguecida. A juzgar por el polvo que se había acumulado en las tapas repujadas y los lomos dorados, esa furia se había desatado mucho tiempo atrás.

Se agachó para levantar un libro con las páginas quebradizas por el tiempo. En algunas partes de la gruesa tapa de cuero se veía el mismo residuo brillante de la manija de la puerta. Lo abrió y vio la caligrafía dura y angular de la antigua lengua de Noxus, un idioma que solo los patricios aristocráticos usaron alguna vez. Nyam no podía leerlo; a sus ojos les costaba trabajo seguir la marcada escritura en la luz tenue.

Después de dejar el libro de nuevo en el suelo, Nyam avanzó y escuchó otra vez el sonido suave de arena sobre rocas. Se detuvo, intentando localizar la fuente del ruido, pero parecía venir de todos lados.

¿Qué es eso?

Por fin, llegó al armario; la madera negra brillaba extrañamente con una pátina de humedad que parecía provenir del interior, como si algo estuviera goteando allí adentro. Con cuidado de no tocar el líquido, se inclinó para olerlo.

Sal y vigas podridas, algas marinas descompuestas y... ¿sangre vieja?

—Agua de mar contaminada—, dijo, perplejo.

Se arrodilló para examinar el armario desde abajo, buscando cualquier mecanismo de trampa, y deslizó las manos desnudas por la madera mojada en busca de cerrojos, interruptores o pestillos. Su percepción del entorno se desvaneció. Concentró toda su atención en el armario y en cualquier sorpresa letal que pudiera estar aguardándolo. Parecía que las puertas estaban aseguradas con la más simple de las cerraduras.

—Seguramente algo tan valioso debe estar protegido por algo más que un cerrojo—, susurró con incredulidad. —Es casi como si quisiera ser robado—.

Nyam deslizó las puntas de sus dedos por las manijas, luego sacó un espejo de su bolsa y lo usó para mirar dentro del mecanismo del cerrojo. Ninguna aguja con resorte, ningún recipiente de vidrio con gas letal en su interior, ni tampoco ninguna maldición inscrita ni runas mágicas.

Satisfecho porque la cerradura era común y corriente, levantó la mano y sacó una de las agujas de marfil más largas de uno de los pliegues de piel perforados de su cuero cabelludo. La introdujo en la cerradura y con cuidado levantó los pivotes de hierro del interior.

Después de asegurar el último pivote, Nyam deslizó la aguja de nuevo a su cuero cabelludo y flexionó los dedos.

Su estómago rugió con un hambre punzante.

De pronto, se sentía famélico, listo para despedazar carne cruda directo del hueso y vaciar barriles enteros de cerveza. El apetito que sintió en el comedor regresó multiplicado por diez y, por un instante, consideró regresar para tomar uno de los cortes de carne de la mesa.

Alejó el sentimiento, sorprendido de lo visceral que había sido.

Nyam abrió el armario y su estómago de nuevo convulsionó con poderosos espasmos de hambre.

Dentro, había un reloj de arena de cristal colocado en un delicado armazón de latón. El reloj tenía dos palmos de altura. En su interior se arremolinaban tumultuosas nubes de luz azul, moviéndose sin parar de adelante hacia atrás y de arriba hacia abajo. Gotitas de agua roja parecían brotar del vidrio humeante, formando un charco brillante color escarlata que era la fuente de la humedad que se filtraba del armario.

Nyam dudó antes de sacar el objeto porque sabía que estaba impregnado de la magia más oscura.

Se volvió a poner los guantes y, con cuidado, levantó el reloj de arena. Se sentía tibio al tacto, como una pata de carne asada recién sacada de un horno de barro, y cerró los ojos mientras su mente se inundaba de horrores sangrientos…

Un cuchillo de carnicero partiendo huesos para la olla…

Cadáveres descuartizados colgando de ganchos para drenarles la sangre…

Unas fauces dentadas, alimentando un hambre que jamás podría saciar…

Luces de alma arrancadas de los vivos y de los muertos…

¡INCLUSO EN LA MUERTE, TENGO HAMBRE!

Nyam bajó el reloj de arena, abrumado por el golpe de las imágenes sangrientas y asqueado consigo mismo porque había incrementado su anhelo.

—No sé lo que eres, pero cuanto más rápido me vaya de aquí y me deshaga de ti, mejor—.

Desabrochó los ganchos que sujetaban su capa y se la sacó, para luego envolver el reloj de arena con ella.

Nyam cerró el armario y giró para irse.

La sorpresa lo dejó boquiabierto.

Cada superficie de la biblioteca estaba envuelta con brillantes hilos de telaraña; las líneas extendidas iban de los estantes hasta el suelo. Las ventanas parcialmente cerradas se volvieron opacas y quedaron fijas en sus marcos. Los libros y rollos de pergamino esparcidos quedaron atrapados debajo de ondulantes dunas de seda blanca.

El sonido crujiente de arena sobre rocas se intensificó y Nyam desenvainó su espada negra mientras veía el techo retorcerse con miles de arañas carmesí y negras azabache.

Algunas de ellas se acercaron a él como una marea negra, estrujando sus cuerpos gordos entre las grietas de las paredes y el suelo, aplastándose entre ellas para llegar a él primero.

Rammus Rammus, no me abandones—, murmuró Nyam. —Protege a este hijo de Shurima…—.

Un movimiento más grande lo llevó a mirar hacia el candelabro.

Se desplegaba desde el centro, y un cuerpo enorme y segmentado se desenvolvió para revelar una monstruosa araña con un pulsante abdomen negro con rayas de un vivo carmesí. Fijó su vista en Nyam mientras bajaba del techo.

Incluso mientras descendía en su cordón de seda, su contorno parecía plegarse hacia adentro, cambiando de forma para que crezca otra, como una larva que emerge de su crisálida. Las patas traseras del monstruo se plegaron sobre su espalda, mientras que sus patas delanteras se retorcieron y extendieron hasta convertirse en largas piernas humanas.

Su cuerpo se estiró para asumir las voluptuosas curvas de una mujer vestida de rojo y negro, envuelta en seda y damasco. Su piel pasó de los colores de la medianoche a los de un violáceo atardecer desafortunado, mientras las rayas carmesí del abdomen del monstruo se convirtieron en una melena tirante roja como la sangre.

Pero eran sus ojos, dos piscinas de luz rubí enmarcadas por una corona quitinosa, los que mantenían a Nyam con los pies clavados en el suelo.

El pie estrecho de ella tocó el suelo y caminó hacia él como una acróbata que aterriza después de una actuación perfecta en el aire.

—Eso no te pertenece—, dijo.

Nyam intentó hablar, pero su lengua se había convertido en un pedazo de cuero turgente, mientras sus dedos no soltaban la empuñadura de su espada. Su belleza era sobrenatural e intoxicante, repugnante y dolorosamente apetecible al mismo tiempo.

Él anhelaba el abrazo de sus delgadas extremidades, incluso cuando sabía que tocar su horrendo cuerpo significaría la muerte. Dio un paso hacia adelante, intentando reprimir el creciente terror de su palpitante corazón.

Ella sonrió y expuso sus dientes afilados chorreantes de veneno.

¿Cómo sería tenerlos clavados en mi brazo, sentir el veneno fluyendo por mis venas?

Nyam sacudió la cabeza y apartó la vista. La inhalación que no sabía que tenía contenida llenó sus pulmones, mientras los halagos y las seducciones desaparecían.

—Me parece que tampoco es tuyo—, dijo, encontrando al fin su voz.

—Es cierto, pero me costó mucho recuperarlo, así que tu argumento es irrelevante—.

—El hombre que me paga es muy poderoso—, advirtió Nyam.

—Como también lo es la persona a quien le prometí este objeto—, dijo la mujer.

Nyam comenzó a rodearla, dirigiéndose a las puertas negras. Ella se acercó más y las arañas le abrieron el paso. Las extremidades en su espalda se flexionaron cuando giró los hombros.

—¿En serio esperas salir de aquí con vida?—, preguntó.

—¿Piensas detenerme?—, replicó él, blandiendo la espada que alguna vez perteneció a un dios muerto. —He aplastado los cráneos de muchos que se interpusieron entre mi persona y la huida—.

—No lo dudo. Pero tu recuento de muertes es insignificante cuando lo comparas con el mío. Soy la dama Elise y tú solo eres la última mosca que capturó mi telaraña—.

Nyam salió corriendo, dirigiéndose a toda velocidad hacia las puertas de la biblioteca.

Sintió explotar los cuerpos de las arañas bajo sus botas, escuchó el crujido de sus duros caparazones y olió el hedor agrio de su icor. Había esperado ganar ventaja con esta corrida súbita, pero ahora veía con horror lo mal que había juzgado a esta mujer.

Ella ejecutó un salto mortal hacia las puertas, impulsándose desde la pared en un elegante arco. Una explosión de seda salió disparada hacia el reloj de arena envuelto en la capa que Nyam tenía en las manos.

Él giró para alejarlo, pero la telaraña pegajosa estaba adherida al borde de la capa y tiraba…

Nyam gritó con furia cuando le arrancó el reloj de arena de las manos. Voló por los aires hacia atrás y se estrelló fuertemente contra la madera del armario; el armazón de latón se abolló por el impacto. El artefacto aterrizó en la suavidad hilada de las telarañas que cubrían el piso y giró sobre sí mismo.

—¡Tonto!—, dijo Elise, mientras una brizna de humo azul oscuro emergía de una grieta ancha en el reloj. —¿Qué has hecho?—.

Cada vez salía más humo: más denso, más oscuro, apestando a sangre vieja y miedo. Se arremolinaba con relámpagos rojos, una tormenta de luz fría y hambre.

Una silueta terrible comenzó a formarse, ancha e hinchada, una figura vasta ataviada con una armadura oxidada y decadente. Una calavera con cuernos tomó forma, con fauces colmilludas que se abrían chirriantes con un apetito repugnante.

—¿Qué es eso?—, dijo Nyam, inmovilizado por el terror que lo inundaba hasta la médula.

—Un LoR Non-Champion Non-Spell Indicator.png6 engullealmas—, contestó Elise. —Una criatura con un hambre infinita que se dará un festín con tu espíritu para toda la eternidad. Un ente de las Islas de la Sombra…—.

Nyam hizo la Señal del Sol sobre su corazón mientras una horda de formas más pequeñas se congregaban alrededor de la criatura: espíritus miserables a medio digerir con brazos faltantes, mandíbulas dislocadas, torsos partidos en dos y calaveras carcomidas. Filamentos de luz color rojo sangre los unían a la entidad gigante que se alimentaba de ellos incluso cuando los esclavizaba.

Nyam sintió su dolor, el horror de ser devorados lentamente. Pero lo que es aún peor, sintió su terrible necesidad de escapar de ese tormento.

—Carne mortal para un festín—, dijo el engullealmas, su voz gastada como una sierra desafilada que intenta cortar un hueso.

—¡Ladrón!—, gritó Elise, intentando romper el hechizo de terror que lo tenía atrapado. —¡Ladrón!—.

Él no respondió, paralizado ante la visión de este espectro sobrenatural, algo tan contrario a la vida que su mente mortal no podía aceptar su existencia.

Ella podía sentir la brutal crudeza del hambre del espíritu, una exigencia firme y voraz, sin el refinamiento de sus propios apetitos.

Le daba asco.

Elise le tocó el hombro al ladrón y él levantó la vista.

—Prepara tu espada y pelea, o ambos moriremos—, dijo ella mientras el engullealmas daba un pesado paso hacia adelante con una sonrisa grotesca surcando su rostro de carnicero. —¡Ahora!—.

Su tono no permitía oposición y el ladrón alzó su espada con cierta inestabilidad.

El engullealmas levantó su brazo carnoso y las abominaciones esclavizadas se lanzaron contra ellos.

Las patas en la espalda de Elise se desplegaron como guadañas de siega y el ladrón blandió su espada. Los espíritus retrocedieron, chillando de dolor al sentir los cortes de las armas.

Elise no desperdició el respiro momentáneo.

—¡Corre!—, gritó, girando y saliendo disparada hacia la puerta. El ladrón la siguió, pisándole los talones, pero los espíritus esclavizados del engullealmas eran mucho más rápidos de lo que ella creía.

Sus garras hacían jirones la carne humana; el ladrón chilló de dolor cuando un espíritu le hizo un corte en el hombro y la cadera. Una fría luz azul se vertió dentro de él y perdió el equilibrio; más espíritus los cercaban, lanzándoles garras heladas mientras peleaban y se abrían camino, codo a codo, hacia las puertas de la biblioteca. Elise apretó los dientes al sentir cómo un entumecimiento congelado se extendía de cada herida y fluía dentro de ella como un veneno soporífero.

—¡Arriba!—, gritó Elise, arrastrándolo hacia adelante. —¡Muévete!—.

Cruzaron las puertas dando tumbos y ella lo tiró al suelo antes de voltearse hacia la biblioteca. Miles de arañas continuaban llegando al entrepiso desde los niveles inferiores, escabulléndose por las paredes y surgiendo de entre los tablones deformados del piso.

Elise cerró con fuerza las puertas de la biblioteca y dijo: —Sellen la entrada, pequeñas—.

Las arañas inundaron la pared, tejiendo telarañas sobre la marcha. Pegajosas extensiones de seda obstruyeron la delgada fisura entre las puertas, llenaron los ojos de las cerraduras y sellaron las puertas. En los bordes del marco, se vislumbraba una luz azul palpitante.

Las telarañas aguantaban por el momento, pero ya comenzaban a deteriorarse: la sustancia resinosa se derretía como si fuera cera. Débiles volutas de neblina etérea se colaban por los huecos, junto con manos fantasmagóricas e indicios de rostros sollozantes. La propia telaraña de Elise sería mucho más resistente, pero tejerla consumiría tiempo y energía que no tenía.

Se inclinó hacia adelante y un puñado de arañas treparon a sus palmas extendidas. Mientras las sostenía a la altura de su rostro, se imaginó lo que necesitaba, y las arañas saltaron de sus manos y desaparecieron entre las grietas de las paredes.

—Te agradezco—, dijo el ladrón, jadeando por el miedo. —Me salvaste...—.

—No lo hice por ti—, replicó Elise, irguiéndose por completo.

—¿Entonces por qué?—.

—Porque si un engullealmas se alimenta, se vuelve más fuerte—, dijo ella, caminando hacia el comedor. —Ahora, levántate. La telaraña no aguantará mucho tiempo más—.

Elise abrió por completo la puerta del comedor y caminó rápidamente junto a la mesa donde su esposo la había traicionado. No había pisado ese lugar desde aquella noche.

El ladrón rengueaba mucho y una luz pálida y sepulcral se extendía por su cuerpo desde donde las garras de los espíritus lo habían perforado. Él no lo sabía, pero su sentencia de muerte ya estaba firmada.

A decir verdad, estaba condenado desde el momento que había decidido robarle.

—Extraño el sol—, dijo con los ojos vidriosos. —La arena...—.

—Nunca más volverás a verlos—, dijo Elise. —A menos que eso sea lo que te esté esperando en el más allá—.

—¿En el más allá?—.

—Cuando mueras—, explicó Elise.

—No, solo estoy exhausto. Herido...—, insistió el ladrón, su voz debilitándose con cada palabra. —Y congelado… He estado mucho más malherido en el pasado y logré sobrevivir—.

Elise sacudió la cabeza, y una de las patas en su espalda se clavó en el cuello del ladrón.

Un espasmo de veneno se introdujo en su cuerpo; Nyam se encogió de dolor por la súbita estampida caliente del veneno, pero luego se puso de pie con dificultad y levantó su espada. La cuchilla se sacudía por la poca fuerza con que la sostenía, y Elise sintió el calor de la magia forjada en los pliegues del metal antiguo.

—¿Qué hiciste?—, demandó él.

—Te di una pequeña dosis de veneno que te permitirá seguir con vida un poco más—.

—¿De qué estás hablando?—.

—El toque de las Islas de la Sombra es letal—, replicó Elise. —Con cada segundo que tu especie pasa en ese lugar maldito, el alma se escurre, como la sangre que brota de una herida que nunca cicatrizará. Ese toque está ahora dentro de ti, drenando tu vida con cada último aliento—.

Él se apoyó en la mesa para mantener el equilibrio y Elise vio que finas líneas negras recorrían su rostro.

—No—, dijo el ladrón. —A ti también te tocaron los espíritus—.

—Mi cuerpo tiene magia—, dijo ella —causada por el veneno de un dios antiguo—.

—¿Eres inmortal?—.

A pesar de todo, Elise dejó escapar una amarga sonrisa.

—No, pero se necesita algo más que un engullealmas para derrotarme—, dijo, y susurró a continuación: —Eso espero...—.

Nyam siguió a Elise al interior de la recámara donde se habían visto por primera vez en la mansión tapiada. Para él, cada paso era una carga; cada respiración, una batalla. Todo lo que podía hacer era poner un pie delante del otro.

Muy congelado…

Chocó contra una silla cubierta con una sábana y su vista nublada se aclaró lo suficiente para ver la cuerda colgante que había usado para descender desde el techo.

¿Tengo la fuerza suficiente para trepar?

Elise estaba de pie debajo del agujero en el techo; la luz de la luna bañaba su figura y volvía a estar hermosa. Su piel brillaba con un resplandor interno, lustroso y vibrante, y tenía la mirada encendida por la determinación.

—Tan... hermosa—, dijo el ladrón, su voz parecía provenir de una cueva profunda. Ella se dio vuelta para mirarlo y el corazón de él dio un brinco.

—¿Cómo te llaman?—, le preguntó.

—Nyam—, respondió y su vida pasó frente a sus ojos. —Nyam Sin Cara…—.

Ella inclinó la cabeza hacia un costado. —¿Sin cara? ¿Por qué te llaman así?—.

Él se levantó el labio para mostrarle las marcas de su encía hendida y la cicatriz mal cosida. Ella asintió y extendió la mano para recorrer con la punta de sus dedos su mejilla y mentón.

—Todos tenemos cicatrices, Nyam—, dijo Elise, y él sintió una calidez extraña y vigorizante en su interior. —Ahora, prepara esa linda espada tuya. La necesitarás—.

Nyam se dio vuelta justo a tiempo para ver cómo la horda espectral del engullealmas irrumpía en la habitación. Cargaron contra ellos como una masa aullante de pesadillas, chillando con frenética urgencia.

El corazón de Nyam estaba completamente desbocado y rugió con furia mientras blandía su espada. La hoja penetró en las neblinosas profundidades de sus cuerpos. Sus gritos eran de dolor y de dulce alivio. Él olvidó su propio dolor y el hielo en sus venas se derritió ante el calor del contacto venenoso de Elise. Era, una vez más, un soldado del sol, listo para pelear y morir una muerte heroica.

Incluso mientras peleaba, vio cómo Elise saltaba y se lanzaba contra los espíritus, con una velocidad y agilidad increíbles. Su vista se opacó, desprovista de color, pero la silueta de ella parecía difuminarse entre cada parpadeo: una transformación entre una sinuosa belleza humana y la letal elegancia de una araña mortífera.

Nyam peleó con todas sus fuerzas, con la esperanza de que ella viera lo valiente que era, y de que eso la complaciera.

Pero el fuego en su sangre no podía durar para siempre: cada golpe de las garras y cada toque letal lo volvían cada vez más lento. Nyam intentó emitir un grito desafiante, pero sentía la garganta congelada y llena de escarcha. La espada le pesaba, pero no la soltaría.

Cayó de rodillas, un frío que jamás había sentido se apoderó de él.

Los espectros lo rodearon, pero no intentaron matarlo. Sentía que unas manos heladas lo arrastraban. Vio cómo rodeaban a Elise, una multitud de extremidades fantasmales la arrastraban también. Ella siseó y les escupió, pero fue inútil.

Nyam buscó en su interior el fuego que ella le había dado, pero ya lo había gastado todo.

—Elise…—, susurró.

Un veneno caliente recorría con furia el cuerpo de Elise mientras la horrible horda los arrastraba a ella y al ladrón hasta el engullealmas. Su fuego mantenía a raya a los espíritus letales, pero no podría sostenerlo por mucho tiempo.

De vuelta en la biblioteca, Nyam Sin Cara se arrodilló frente a los espíritus apenas con vida, su alma casi consumida por completo. A pesar de eso, sostenía su espada negra como si, de alguna manera, fuera a asestar su último golpe.

El espectro gigante se cernió sobre Elise, sus rasgos bestiales torcidos en una mueca de voracidad monstruosa. Sabía que ella era especial, que era más que una simple mortal, y se estaba tomando su tiempo para saborear el momento antes de escurrirle la vida.

Qué tonto…

—Carne de alma brillante—, dijo el engullealmas. —¡Sabroso festín!—.

—Qué pena que nunca lo sabrás—, dijo Elise.

El engullealmas soltó una carcajada rugiente y mojada. —Serás una cáscara tras mi paso—.

Elise negó con el dedo. —¿Has escuchado el dicho de que el hombre con la cabeza en las nubes nunca ve el escorpión a sus pies? ¿No? Bueno, siempre me pareció que había que cambiar al escorpión por una araña...—.

El espectro la miró confundido; luego, se estiró para levantarla y acercarla a sus terribles fauces.

La mano con garras se detuvo antes de que pudiera tocarla.

El engullealmas giró para ver que decenas de arañas habían levantado el reloj de arena del suelo y lo arrastraban hacia arriba en una extensión tirante de seda. Una luz enfermiza todavía goteaba de las muchas grietas en el vidrio, pero, con cada segundo que pasaba, se iba apagando, mientras cientos de arañas diminutas tejían sus telarañas alrededor del reloj como tejedoras en un telar.

—Gracias, pequeñas—, dijo Elise. Sintió cómo el poder del engullealmas se debilitaba y el miedo se abría paso entre sus pensamientos de un festín.

—¡Ahora, Nyam!—, gritó ella. —¡Golpea!—.

El ladrón levantó la cabeza y con sus últimas fuerzas hincó su espada en el abdomen del engullealmas.

La criatura profirió un alarido ensordecedor que hizo temblar las paredes con su furia. Los pocos paneles que quedaban en las ventanas explotaron y miles de fragmentos de vidrio se precipitaron al suelo como dagas brillantes.

—¡No regresaré allí!—, rugió.

—Silencio, todo terminará pronto—, dijo Elise.

El engullealmas intentó asirla con sus garras fantasmales, pero la puerta de su prisión ya estaba cerrada. Su silueta se estiró, retorciéndose en el aire mientras desaparecía dentro del reloj de arena, junto con su horda esclavizada. Serpentinas de fría luz danzaban alrededor del espectro mientras los otros espíritus chillaban de terror porque sabían que deberían cargar con todo el peso de su ira enjaulada. Los libros y los rollos de pergamino giraban en un torbellino mientras el engullealmas luchaba contra lo inevitable, pero fue inútil.

La última barra de su prisión terminó de colocarse cuando las arañas sellaron la última grieta del reloj de arena.

El rugido de la criatura se detuvo de repente y un silencio vacío llenó la biblioteca. Elise dejó escapar un suspiro tembloroso.

La espada de Nyam se deslizó de su mano mientras él se desplomaba en el suelo. Respiraba entrecortadamente y sus ojos se agrandaron por la sorpresa de haber sobrevivido.

Elise pasó por encima de los libros caídos hasta donde se encontraba el reloj de arena todavía hilado en telaraña. Aún podía sentir el hambre terrible en su interior: el horror de los espíritus atrapados y el poder feroz que presionaba contra el vidrio. La presión sobre las telarañas era inmensa y el trabajo de sus arañas no aguantaría mucho tiempo más.

—Necesitaré un recipiente más fuerte que este—, dijo Elise.

Las cavernas debajo de las torres eran frías, gratamente rebosantes de telarañas, y sus paredes brillaban por la humedad. A Elise no le gustaba internarse tan profundo debajo de la tierra, pero la oscuridad era el sello distintivo de la mujer pálida con la que iba a encontrarse, así que debía soportar la molestia.

Como siempre, su encuentro era secreto; se comunicaban con señales y sellos místicos que guiaban a Elise a través de los laberínticos corredores.

Debido al motivo de su encuentro, no se sorprendía de las precauciones que la mujer tomaba.

El Gran General de Noxus Gran General de Noxus era un hombre vengativo y caprichoso, cuyos planes dentro de más planes eran completamente impenetrables. Era mucho mejor mantenerse en el camino del secreto, ya que se decía que tenía ojos y oídos en todos lados.

—¿Lo tienes?—, preguntó una voz voz desde las sombras.

Ni uno de los muchos sentidos depredadores de Elise había detectado la más mínima señal de la llegada de la mujer, pero ella intentó no demostrar su sorpresa.

—Sí—, respondió y le extendió una bolsa de seda.

Unas manos pálidas surgieron de la oscuridad para tomar el objeto, la piel casi transparente, con finas venas azules retorciéndose como gusanos justo debajo de la piel.

—Se te entregará el pago usual en tu mansión—, dijo la mujer, con un tono de voz antiguo y refinado, y un acento de una era pasada. —Serán jóvenes y apuestos, ingenuos y devotos, justo como te gustan—.

Elise sintió la mezcla ahora familiar de hambrienta anticipación y autodesprecio, pero apartó ese sentimiento; la introspección no era algo que le gustara.

—Excelente—, acotó. —Me vendría bien un poco de rubor juvenil otra vez—.

—Estás tan encantadora como siempre—, dijo la mujer, metiendo la mano en la bolsa de seda para extraer la prisión destellante del engullealmas.

Una calavera recientemente blanqueada, sellada con la telaraña reforzada de la propia Elise.

Perfecta en todo sentido, excepto por la hendidura en el hueso de la mandíbula superior.

Referencias

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