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Historia corta • Lectura de 4 minutos

La Lanza de Targón

Por Anthony Reynolds Lenné

Una figura solitaria esperaba al convoy armado, de pie recortado contra el sol. Su capa pesada y el largo penacho sobre su yelmo ondeaban en el viento seco y cálido del desierto. Una lanza alta se sostenía a su lado.

Lore

Una figura solitaria esperaba a la escolta armada, su silueta delineada contra el sol. Su pesada capa y la larga pluma sobre su casco ondeaban con el ardiente y seco aire del desierto. A su lado, una gran lanza lanza.

La escolta estaba compuesta por treinta personas. La mayoría de ellos eran mercenarios contratados: hombres y mujeres toscos, beligerantes, vestidos con cotas de malla, cuero y cadenas. Llevaban consigo ballestas, alabardas y espadas. Caminaban por el sendero polvoriento junto con mulas cargadas. Al ver al guerrero de pie frente a ellos, inmóvil, se detuvieron; los insultos crudos y los chistes se desvanecieron entre sus labios.

El líder de la expedición, ataviado con vestimentas negras, frunció el ceño al detener a su semental azabache. Mientras el resto provenía de tierras lejanas, él conocía este lugar y a sus habitantes, pues alguna vez fue uno de ellos. A pesar de haberse criado entre la gente de la montaña de los Face of the Mountain item HD.png Rakkor, hacía mucho tiempo que se había alejado de ellos. Ahora había vuelto, tras muchos años de ausencia, atraído por la riqueza invaluable que le esperaba en el templo de la clarividente, más arriba.

Conocía y respetaba las proezas bélicas de sus antiguos compatriotas, pero, ¿un solo guerrero? Ni siquiera los Ra'Horak podrían sobrevivir a ese pronóstico.

Aun así, la figura sobre el afloramiento rocoso no hizo el intento por apartarse del camino.

—El instinto asesino viaja en sus corazones—, dijo el guerrero con una voz dura como el hierro. —Yo soy de la montaña. Den la vuelta; si no, los destruiré con gusto. La elección es de ustedes—.

Los mercenarios sonrieron con arrogancia y se burlaron de él.

—Fuera de aquí, demente—, gritó uno de ellos —a menos que quieras que empalemos tu cabeza en una estaca y la clavemos para marcar nuestro camino—.

—Estás demasiado lejos de tu hogar, amigo—, dijo el líder de la escolta. —Marchamos hacia la montaña por nuestra cuenta. No es necesario que se derrame sangre aquí—.

El solitario guerrero rakkorano permaneció inmóvil.

—Solo somos peregrinos y nos queda un buen tramo por recorrer—, dijo el líder. —Además, ya no podemos regresar. Nuestras embarcaciones ya zarparon, ¿ves?—. Le hizo gestos por detrás.

Detrás de la escolta, a menos de un kilómetro de distancia, el mar resplandecía como escamas de dragón bajo la luz agonizante. Se vislumbraba un trío de galeras, sus velas se desenrollaban mientras giraban haca el norte, emprendiendo un largo viaje a casa.

—No tenemos malas intenciones, te lo puedo asegurar—, continuó el líder. —Solo buscamos la sabiduría—.

—Tu lengua es bífida, serpiente—, dijo el guerrero solitario. —Buscas la sangre de la clarividente la clarividente y ese será tu fin. Naciste en la montaña y ahora morirás bajo su sombra—.

La mueca del líder se acentuó, mientras se encogía de hombros y giraba con desdén.

—Ya veremos—, dijo él. —Mátenlo—.

En un instante, subieron las ballestas a sus hombros y el aire se llenó de flechas. Sin embargo, no lograron derribar al guerrero de los Rakkor; las flechas provocaban un sonido metálico al estrellarse contra su pesado escudo escudo circular. Después, comenzó a avanzar.

No parecía tener prisa. Andaba con una determinación sombría, su silueta aún definida frente al sol. La punta de su lanza descendía para dirigirse hacia sus enemigos. Otra ráfaga de flechas. Las apartó nuevamente con su escudo.

La primera de los mercenarios ruidosos se abalanzó hacia él, con una cimitarra dentada arqueándose hacia su garganta. Murió en un parpadeo, con la lanza del guerrero enterrada en su pecho. Los siguientes dos murieron igual de rápido. Una línea carmesí cortada a través de la garganta de uno, mientras que el otro caía con su cráneo roto.

—¡Acaben con él!—, gritó el líder de la expedición, desenfundando de su cinturón una refinada pistola hecha a la medida.

Una nube cubrió el sol, permitiéndoles ver con mayor claridad al guerrero. Su armadura estaba forjada con imágenes celestiales, parecía como si las estrellas brillaran en la resplandeciente tela de su capa azul marino. La luz estelar también destellaba en su mirada implacable, sombreada por las ranuras del visor de su casco. Por un momento, parecía que su armadura y la punta de su lanza brillaban con lo que solo podía describirse como poder divino, y un terror repentino inundó al líder de los invasores, pues había escuchado sobre ese poder durante su juventud, pero lo había descartado, considerándolo un mito.

El guerrero solitario se movía como un líquido, cada movimiento era suave, eficiente y mortal. Era imposiblemente rápido, más rápido que cualquier otro ser humano. Más mercenarios murieron, su sangre manchaba la seca tierra del desierto. Ninguno de ellos pudo asestarle un golpe al peleador letal. Se movía sin esfuerzo a través de la batalla, cercando inexorablemente al jinete. Uno por uno, los mercenarios fueron asesinados. En breves momentos, aquellos que seguían de pie dieron media vuelta y huyeron de este enemigo imparable.

El líder de los mercenarios apuntó su pistola hacia el guerrero solitario y disparó. En un acto imposible de creer, él se hizo a un lado en el último momento y el disparo apenas rozó el costado de su casco. El líder amartilló su pistola en miras de otro tiro... pero era demasiado lento.

El escudo del guerrero le dio directo en el pecho y lo derribó de su montura. Aterrizó con fuerza y se retorció de dolor cuando el pie del guerrero aplastó su torso, empujándolo contra el suelo.

Al alzar la mirada, el líder de los invasores se dio cuenta, conmocionado, de que conocía el rostro de su oponente. Un nombre emergió en su memoria, de aquellos días en los que aún vivía entre los Rakkor.

—Atreus—, dijo. —¿Eres tú?—.

Como respuesta, la lanza del rakkorano fue hacia abajo, perforando el pecho del líder.

—Atreus ya no está—, dijo el guerrero. —Yo soy Pantheon, ahora y siempre—.

La sangre borboteó de los labios del hombre moribundo, mientras su cuerpo temblaba. Cuando finalmente dejó de moverse, Pantheon retiró su arma y se marchó. El crepúsculo fue sucedido por la noche e incontables estrellas alumbraron el firmamento.

Un cometa cometa de fuego ardiente se estrelló contra las montañas distantes, unos cien kilómetros al este.

Pantheon entrecerró los ojos. —Entonces, ha llegado la hora—, le dijo a la oscuridad y comenzó el largo viaje de regreso al Mount Targon Crest icon.png Monte Targón.

Trivia

  • Esta historia se actualizó el 5 de noviembre de 2019 a la luz de la actualización visual y de juego de Pantheon.

Referencias

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