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Historia corta

La Hermandad de la Guerra, Parte II: Los Muertos Inquietos

Por Ian St. Martin

—No puede respirar.—

Lore

No puede respirar.

Sus ojos están abiertos, pero alrededor solo hay una oscuridad pesada y sofocante. La aplasta. La asfixia. Inhala lenta y rasposamente. Su nariz se llena de olor a sangre y vísceras, un hedor de matadero. Hay algo más: algo fino, cáustico y punzante que se mete en los pulmones.

El peso a su alrededor cambia. Escucha cómo cae algo pesado: es el sonido amortiguado de extremidades sin vida que se desploman en el lodo. La oscuridad comienza a disminuir y revela la textura de su prisión. Harapos ensangrentados. Armaduras destrozadas. Carne fría y maltratada.

Cuerpos. Está enterrada bajo una pila de cuerpos.

La urgencia por luchar, por escapar y sobrevivir, la invade por completo. La adrenalina fluye por sus venas exhaustas. Forcejea, se retuerce de un lado a otro para formar un espacio entre ella y la masa. Divisa una fisura delgada por la que entra un tenue hilo de luz. La esperanza alimenta su frenesí. Araña y rasguña. La vista se le nubla y tiene dificultad para respirar mientras agranda el hueco.

Estira la mano y logra sacarla. Siente el aire frío y respira a bocanadas, pero esa cosa tóxica y amarga también esta allí. Siente náuseas cuando llega a su lengua y baja por la garganta. Saca un brazo y empieza a arrastrarse para salir.

Su cabeza y su brazo están libres. Intenta recuperar el aliento, pero sus pulmones son dos faroles en llamas. Ve el suelo enlodado; algunas áreas arden con llamas azules y plateadas. Hay cuerpos esparcidos por todos lados. El tronco de un árbol caído se estira para buscar sus ramas perdidas, sus hojas aúllan en otras lenguas. La batalla terminó.

Vislumbra formas que deambulan en la niebla pálida y asfixiante. Diversas criaturas se reúnen alrededor de los restos: pájaros perversos y perros demacrados. Los muertos ahora son carroña. Los derrotados, comida.

Hay un cuerpo justo delante de ella, el mismo que había escuchado caer de la cima del montículo. Un muchacho tumbado en el suelo con la armadura rota, sin la protección que alguna vez le brindó.

Un perro se alimenta con él. El muchacho se estremece como una marioneta a causa del hocico que va y viene. Intenta gritar para alejar a la bestia, pero siente como si tuviera la garganta repleta de navajas. La niebla lo cubre todo con su manto corrosivo y agrio. La cabeza del muchacho cae hacia un costado. Su mirada vidriada y sin vida se encuentra con la de ella.

Entonces, parpadea.

Arrel se incorporó y apoyó las manos en el suelo para detener el mareo. El aroma a tierra mojada y a pasto se impuso sobre el de la sangre y el aire agrio del sueño. El agua de lluvia goteaba a través de los orificios de la carpa sobre su cabeza.

Miró hacia un costado y allí estaba sentado Segundo, que la observaba con atención y con su casco en el hocico. Contempló al dragarto por un momento. Intentaba quitarse de la cabeza las imágenes de las fauces de una bestia hambrienta repletas de sangre. Hizo un gesto y el animal se acercó. Dejó caer el casco en sus manos mientras la solapa de la carpa se abría unos centímetros.

—Señora—, llamó una voz familiar desde afuera. —Es hora—.

Arrel se colocó el casco, respiró lentamente e ignoró el dolor punzante que sintió en los pulmones antes de levantarse. La tela húmeda de su saco de dormir chapoteó bajo sus pies cuando se inclinó para salir de la carpa hacia la lluvia que reinaba afuera. Primero caminó detrás de la rastreadora, uniéndose al resto de la manada que esperaba afuera, y todos siguieron sus pasos obedientemente.

Erath se apartó de la carpa, mirando a Arrel con cautela. Su sueño no había sido uno silencioso y las pesadillas habían empeorado desde que se marcharon de Fae'lor.

—¿Se encuentra bien?—, preguntó.

—Desmonta la carpa—, respondió la rastreadora. Arrel paseó la mirada por el pequeño claro en las colinas boscosas que habían elegido para montar el campamento, ahora envuelto en una lluvia ligera que brillaba y resplandecía con todos los colores del arcoíris. Algunas gotas impactaban en el suelo como era de esperarse; otras titilaban en el aire como pequeñas estrellas y se disolvían en una mota de luz con el repique suave de una campana lejana.

Odiaba Ionia Crest icon.png Jonia, y ese odio perseguía a Arrel hasta en los sueños. Podía jurar, al rememorar las imágenes, que el cuerpo de Riven Riven estaba entre los muertos. Qué fácil sería todo si eso fuera cierto.

Arrel miró a Erath por encima de su hombro. —¿Ha conservado el rastro?—.

El escudero de espada asintió con la cabeza una sola vez. —La espada de la forjadora de runas espada de la forjadora de runas aún le canta—.

—Entonces me adelantaré—, dijo Arrel, poniéndose en marcha.

—No será necesario—, replicó Erath. —Teneff y yo encontramos una aldea cercana y planeamos detenernos allí para conseguir suministros—.

Arrel gruñó, apretó los puños y se detuvo. —Debemos evitarlos. No somos bienvenidos aquí—.

—Nuestras provisiones escasean—, explicó Erath. —Teneff y yo iremos solos. Ella piensa que Marit, Henrietta y tus dragartos llamarán la atención, y eso es lo que último que deseamos. Regresaremos pronto y luego nos pondremos de nuevo en marcha—.

Después de unos momentos, Arrel asintió.

Erath no sabía el nombre de la aldea. Como casi todo en Jonia, simplemente supuso que sería un nombre misterioso y poético, como un secreto susurrado entre amigos que él no podía escuchar ni comprender.

Había pensado que la lluvia los ayudaría a ocultarse mejor. Cuando se fueron de Fae'lor, se deshicieron de casi todo el equipo noxiano para evitar ser reconocidos tanto por los locales como por el imperio mientras llevaran a cabo su misión. A pesar de ello, eran extranjeros en una tierra desconocida. Mientras seguía a Teneff por la calle principal de la aldea, Erath sintió los ojos de todos sobre él, disuadiéndolo de cualquier pretensión de camuflaje.

—Mantente cerca de mí—, dijo Teneff con una voz brusca que afectaba la calma que Erath intentaba mantener, aunque sin éxito. Ambos estaban armados, pero eso no era algo inusual para alguien en Navori. Aunque Erath comenzaba a darse cuenta de que no todas las armas podían verse.

—Espera—, susurró Teneff, y ambos retrocedieron para apoyarse en la pared de una casa de té. Más adelante, había un enfrentamiento entre un puñado de guerreros con uniformes rojos y un anciano jonio. Una pequeña multitud se había congregado para observar.

—¿Qué están haciendo aquí?—, preguntó Erath con la mirada fija en los soldados noxianos.

—Tenemos un puesto de avanzada al sur no muy lejos de aquí—, respondió Teneff en voz baja. —Podrían ser solo una patrulla, o una cuadrilla de represalia si una incursión de la Hermandad nos atacó durante la noche—.

Se acercaron un poco más y rodearon al grupo de personas que observaban la confrontación. Erath se bajó aún más la capucha; sus dedos acariciaron el pendiente de hueso que colgaba de su cuello y luego se deslizaron hasta la espada corta que llevaba en el cinturón. Se detuvieron cuando los gritos se convirtieron en palabras audibles.

—Vengo del festival—, intentaba explicar el anciano con cierta dificultad para pronunciar el va-noxiano. —En Weh'le—.

—Weh'le—, repitió el líder de los soldados. —Eso es bastante lejos—. Dirigió la vista a un paquete envuelto en papel que el anciano sostenía en las manos.

—T-té—. El jonio apretó el paquete contra su pecho para protegerlo. —Es té, té de flor—.

El soldado entrecerró los ojos. —¿Fuiste hasta Weh'le de ida y vuelta solo por té?—.

—He escuchado hablar de ese festival—, comentó otro de los noxianos. —Es su festival de los muertos—.

—¿Honran a los héroes de guerra?—. El líder de los noxianos se acercó un poco más al hombre. —Recordar un poco, desenterrar algunos dolores antiguos... A la gente se le pueden ocurrir ideas locas cuando hacen eso—.

—Como prenderle fuego a una estacada anoche—, sugirió otro soldado.

—Nada de eso—, replicó el jonio. De repente, el paquete que llevaba brilló con una tenue luz azul. Los noxianos asumieron enseguida posiciones de combate y apuntaron sus espadas al jonio.

—Eso es magia—, rugió el líder. —¡Es un arma!—.

—¡No! Es..., es...—, al anciano le costaba trabajo encontrar las palabras correctas. —¡Ezari! Ezari, mi... hijo. Mi esposa es muy anciana para ir. Lo traigo para que lo vea—.

—Más mentiras—, gruñó un noxiano.

—Sí, sí, igual que antes—, acotó otra soldado entre dientes, con ojos vidriosos por las cicatrices de un recuerdo detestable. —¡Todos ustedes fingen ser amables, pero apenas nos damos vuelta murmuran alguna maldición y luego bum! ¡Boyod estalla en llamas, las piernas de Iddy desaparecen y el corazón de mi amigo Kron se convierte en sal dentro de su pecho! ¡Eso es lo que ustedes hacen!—.

—Esto se está poniendo feo—, murmuró Erath. —¿Qué hacemos?—.

—Nada—, respondió Teneff, todavía conservando la calma. —No es nuestra pelea—.

—Entrega el arma—, gruñó el líder noxiano, la empuñadura de su hacha rechinaba en su mano.

—No es un arma—, alegó el anciano. Miró hacia la multitud, pero los ojos de todos estaban clavados en las espadas de la docena de soldados noxianos y no hicieron nada para ayudarlo.

—Ya lo oíste—, gritó otra soldado. Avanzó y le arrebató el paquete. Ambos forcejearon y Erath escuchó el sonido del papel rompiéndose.

El jonio gritó y una angustia sin palabras inundó sus labios al mismo tiempo que el té se desparramaba por el suelo. El hombre intentó salvar una porción del té, pero la lluvia ya se lo estaba llevando.

—Ezari...—, masculló el anciano mientras caía de rodillas y observaba cómo el té se desintegraba en el lodo. Cada gota de lluvia que tocaba las hojas pulverizadas provocaba un latido de azul brillante, aunque con cada una el color se hacía más y más débil hasta que finalmente desapareció.

—Intenten hacer algo—, le dijo el líder a la multitud mientras los noxianos cerraban filas y comenzaban a retroceder. —Por favor. Quemaré todo esto hasta reducirlos en cenizas—.

—¡Xiir!—, chilló el jonio con la cara hacia el cielo lluvioso. —¡Xiir!—.

Erath sintió que alguien le tocaba el hombro.

—Nos vamos—, dijo Teneff, sin apartar los ojos de los soldados mientras caminaban hacia el lado opuesto.

—¿Ves a esos jonios?—, dijo Erath. —Nuestros camaradas no saldrán con vida de esta aldea—.

—No es nuestra pelea—, repitió Teneff. —Puedes compadecerte por ellos con el estómago vacío, escudero de espada. Ahora tenemos que volver al camino—.

—La palabra que gritaba—, dijo Erath, mirando por encima de su hombro mientras seguía a Teneff. —¿Qué significa?—.

—Xiir—, repitió Teneff. —Es una maldición que usan con aquellos que venimos de las 'Tierras Cautivas'. Significa plaga—.

Tifalenji los esperaba justo en las afueras de la aldea. La espada de la forjadora de runas estaba desenvainada y débiles rastros de luz esmeralda envolvían su superficie.

—¿Qué fue todo eso?—, preguntó.

—Anoche atacaron el puesto de avanzada que tenemos no muy lejos de aquí—, respondió Teneff. —Seguramente fue obra de la Hermandad Navori. Parece que el líder de guerra envió tropas a buscar pistas o simplemente a causarle problemas a los locales—.

La forjadora de runas sopesó sus palabras por un momento. —¿Los vieron?—.

—No—, respondió Teneff. —Ante esa situación, no parecía buena idea quedarse y buscar algún trueque—.

—Muy sabio de tu parte—, asintió Tifalenji. —Vámonos—.

Erath recibió las riendas de Talz, el enorme basilisco del grupo, de manos de la forjadora de runas. Con una palmada en el costado del lomo, divisó a Arrel y sus dragartos. Le parecía que la rastreadora no tenía buen semblante, pero había aprendido que era mejor no entrometerse.

—¿Dónde está Marit?—, preguntó Teneff.

—Dijo que esperarlos era aburrido, así que se adelantó—, respondió Tifalenji.

Caminaron en silencio por un largo rato, mientras atravesaban un lodazal profundo con la lluvia resplandeciente sobre sus cabezas. Erath rememoraba lo ocurrido en la aldea y la secuencia de eventos que había tenido lugar. La ira, el odio y el miedo que había visto en los rostros de los soldados noxianos. Dirigió su mano al pendiente de hueso que colgaba alrededor de su cuello.

—¿Teneff?—.

La veterana se dio vuelta para mirarlo. —¿En qué estás pensando?—.

—En todos esos aldeanos, todos esos jonios. ¿Cómo podemos convencerlos de unirse al imperio de esa manera?—.

La mirada de Teneff se ensombreció y se detuvo para que Erath pudiera alcanzarla. —No juzgues a tus compañeros noxianos, muchacho, hasta que no hayas pasado por lo que ellos pasaron y visto lo que ellos vieron—.

Erath miró a Teneff.

—Cada uno de ellos vino aquí a traerles la promesa del imperio a todos aquellos a los que llamarían hermanos—, continuó —así como nosotros lo hicimos en Valoran y en Shurima. Esta tierra es... diferente. Representa un gran desafío para el alma de cada soldado al servicio de Noxus. Todos luchamos para iluminar a estas personas, para acercarnos a ellas y enriquecernos mutuamente, pero no siempre es fácil. Jonia no es para nada fácil—.

—Aquí todo es tan diferente—, convino Erath. —¿Los jonios de verdad se transforman en flores cuando mueren?—.

Tifalenji gruñó. —Una flor espiritual. Las almas de los muertos las habitan. Cuando florecen, llaman a los vivos, o al menos eso es lo que me han contado—.

—Eso coincide con lo que yo sé—, aportó Teneff.

—¿Solamente los jonios pueden habitar las flores?—, le preguntó Erath a Teneff.

—No lo sé, ¿por qué?—.

Erath metió la mano dentro de su jubón y sacó su pendiente. —Durante la guerra, todos los guerreros de nuestra tribu vinieron aquí. Pasaron años sin tener noticias de ellos, hasta que un día una mujer vino con esto—. Sostuvo la astilla del hueso en sus manos y la levantó para mostrársela a Teneff. —Dijo que era todo lo que quedaba de mi padre. Me pregunto si no estará en alguna de esas flores. ¿Seguirá aquí su espíritu? ¿Podré encontrarlo?—.

—Incluso si estuviera—, intervino Tifalenji —no tenemos tiempo para caprichos. Necesito que te concentres. Recuerda por qué estás aquí, escudero de espada. El propósito que cada uno de nosotros debe cumplir. Aleja de tu mente cualquier otra cosa—.

Erath bajó la cabeza. A diferencia de Tifalenji y las cazadoras, su propósito aquí parecía un poco escurridizo, algo difícil de definir por fuera de algo tan absoluto como la deserción. Deslizó un pulgar por la superficie del pendiente. —Sí, señora—.

Teneff miró por encima de su hombro. —Si tu padre murió aquí, entones murió como un héroe de Noxus. Eso es lo único que importa—.

Erath asintió con la cabeza, colocándose de nuevo el pendiente alrededor del cuello con suavidad.

¿Alguna vez parará de llover?

Erath sacó un pie del lodo, luchando para que el barro no succionara la bota, aunque no parecía tener éxito. Balanceándose en una pierna, se inclinó para tirar de su bota, temblaba de frío y era completamente ajeno a todo lo que lo rodeaba.

El color brillante de la lluvia hacía que todo pareciera un sueño tembloroso y mareante. Escuchaba los cantos de criaturas provenientes de ramas de árboles con los colores del atardecer; eran sonidos que no parecían ser de un animal. Tal vez era el canto de los propios árboles, cuyas hojas iban y venían del naranja al índigo.

Todo era tan irreal.

La única cosa verdaderamente real para Erath en ese momento era el gruñido de su estómago vacío. Deseó haber podido hacer un trueque con los aldeanos antes de que los soldados hubieran arruinado sus posibilidades. Toda la escena lo había perturbado y su mente estaba llena de pensamientos abruptos e incómodos. ¿Así era como se luchaba una guerra aquí? ¿Su padre había luchado así?

Las botas de Erath tocaron terreno firme y respiró con alivio ante la posibilidad de liberarse del lodo. Estiró los músculos de sus brazos mientras guiaba a Talz hacia un trecho de piedra blanca más adelante.

Mientras caminaba, Erath inspeccionó el suelo y reconoció formas y líneas que le resultaban un poco familiares. Había algo intencional en la roca bajo sus pies. Un ingenio incluso. Sus ojos se ensancharon.

Estaban caminando a través de un par de manos ahuecadas talladas en piedra y medio enterradas en la tierra. Casi todo se encontraba bajo la superficie, pero solo las palmas eran tan grandes como para contener un patio dentro. Si esas eran las manos, Erath se preguntó cuán grande sería el cuerpo y de dónde podrían venir.

—Me gustaría saber cómo alguien pudo haber hecho algo así—, dijo Erath.

—Me interesa más saber quién destruyó algo así—, replicó Tifalenji con el semblante serio, mientras su mirada vagaba por las marcas y fisuras que alguna vez fueron dedos gigantescos. —O qué—.

—Esperen—, alertó Arrel, un coro gutural de gruñidos provenía de sus dragartos.

Señaló con el dedo.

Algo yacía en el medio de las manos. Era una figura pequeña que gimoteaba suavemente bajo la lluvia. Erath se quitó el agua de los ojos, entrecerrándolos a medida que se acercaba más al bulto. Cada vez que parpadeaba, la figura cambiaba de color.

—Con cuidado—, advirtió la forjadora de runas. Con cautela, escudriñaba los alrededores mientras desenvainaba su espada lentamente provocando un sonido metálico.

La curiosidad empujó a Erath hacia adelante. La criatura era pequeña, casi del mismo largo que la hoja de su bracamante. Vislumbró plumas y escamas, frondas cortas y enruladas que se mecían débilmente en el aire y protuberancias que algún día podrían convertirse en lo que parecían ser alas. El escudero de espada se arrodilló y dijo la misma frase que había repetido una y otra vez desde que puso un pie en Jonia.

—Nunca había visto algo así—, murmuró Erath. Extendió su mano hacia la criatura. —Hola, pequeñín. ¿Tienes hambre?—.

—No, no, no—, exclamó Teneff, y su mirada saltaba de un lado a otro como la de la forjadora de runas. —No, no, no—.

Erath parpadeó. —Pero ¿y si está herido? Es solo un bebé—.

—Exacto—, asintió Teneff. Erath escuchó el sonido de su cadena desenvolviéndose en su brazo. —¿Dónde piensas que está la madre?—.

Algo se separó de los árboles a un costado. El aire ya frío se volvió gélido. Erath contuvo la respiración cuando vio emerger una forma colosal y la lluvia comenzó a caer hacia arriba.

Al igual que la criatura pequeña e indefensa que habían encontrado, esta también tenía rasgos de pájaro, bestia y monstruo marino. Al estar totalmente desarrollada, cada una de estas facetas había adquirido proporciones monstruosas. En la —madre—, las frondas del bebé eran tentáculos tan gruesos como el brazo de un hombre; las suaves protuberancias, garras afiladas. La mitad de su cuerpo parecía mutar de estado sólido a gaseoso, como si solo existiera parcialmente en la misma realidad que Erath.

Un chillido ensordecedor surgió de un bosque de dientes y ojos que solo podría tratarse del rostro de la criatura. Erath gritó de dolor y se cubrió los oídos con las manos. La criatura batió las filas de alas multicolores en su espalda, embistiendo a Erath para que se alejara de la cría.

—¡Atrás!—, rugió Teneff dirigiéndose a Erath. —¡Cuida a Talz!—.

Erath había desenvainado su bracamante, pero obedeció la orden y observó a Teneff girar su cadena hasta que se convirtió en un borroso arco negro con púas. Sigilosamente, Arrel se había colocado detrás de la bestia. Los dragartos babeaban ansiosos a la espera de ser liberados. Tifalenji cantaba una misteriosa letanía que le hacía sangrar la nariz mientras su espada temblaba con luz esmeralda.

La bestia chilló una vez más y fue atacada desde tres flancos.

Arrel hizo una serie de rápidos gestos con las manos y sus dragartos saltaron sobre la criatura. Los colmillos y las garras se clavaron en su pellejo ondulante. Se retorció, doblándose y moviéndose para liberarse de ellos. La manada cayó al suelo, pero Tercero se incorporó con un ala en sus fauces.

—¡Fr-ah deh-AHK!—, bramó Tifalenji, y su espada dejó un reguero de brillante luz jade al blandirla. Un par de tentáculos se desprendió en un mar de sangre azul incandescente, difuminándose en manchas de luz enturbiada hasta desaparecer por completo con un chasquido. Los muñones supurantes se contrajeron por un instante antes de brotar de nuevo: cada apéndice perdido era reemplazado por tres nuevos, como las ramificaciones de un árbol.

Teneff atacó. La bestia gimió, dio un coletazo y aplastó con sus garras la pesada hombrera en el hombro izquierdo de la cazadora. Teneff escondió la cabeza detrás de su armadura mientras una lluvia de chispas caía sobre ella. Soltó su cadena en un remolino de eslabones crujientes y consiguió golpear el cuerpo de la bestia, pero los escurridizos tentáculos la superaron. Los apéndices serpenteantes tiraron de la cadena en un intento por desestabilizar a Teneff, pero ella clavó los talones al suelo y no cedió un centímetro. Hundió la espada corta que tenía en la otra mano una y otra vez en el costado de la bestia, hasta que la hoja se volvió resbalosa de tanta sangre.

La bestia batió las alas y lanzó a Teneff hacia atrás. Su tensa cadena, todavía incrustada en el cuerpo de la bestia, se rompió con un chasquido y, como consecuencia, el hombro de Teneff giró en un ángulo anormal. Con un rugido de dolor, soltó los eslabones con púas y la cadena cayó sobre la piedra.

Erath corrió hacia Teneff, pero ella lo rechazó con la mano estirada. Lo miró, su rostro cubierto de sangre debido a un profundo corte en la frente. Tifalenji se abalanzó contra la bestia con otro encantamiento brotando de sus labios, pero un conjunto de tentáculos la golpeó desde el aire.

Cada fibra del cuerpo de Erath lo instaba a moverse, a hacer algo. Miró a Talz y se enfocó en su mandíbula. Era hora de hacer su trabajo.

Trepándose por el costado del basilisco, Erath agarró con fuerza las riendas y hundió los talones en los flancos de Talz. Con un gruñido gutural, la bestia avanzó pesadamente. Erath cabalgó hacia adelante y se colocó entre la criatura y Teneff. Un tentáculo golpeó su rostro y, en un torbellino de metal, sacó su bracamante y lo rebanó.

La sangre retumbaba en los oídos de Erath mientras desviaba otra extremidad cercenada y se preparaba para atacar de nuevo. Avanzó un poco más, internándose en un enjambre de tentáculos.

—¡Apártate de mi sirviente, bestia!—, gritó una voz detrás de la criatura.

La delgada y ágil silueta de Doña Henrietta surgió de entre los árboles. La bestia reptiliana se precipitó hacia adelante, ansiosa por bañar su joyería con la sangre de una nueva presa. Sentada en su montura, la figura enmascarada de Marit rio con el mismo entusiasmo; la hoja de su guja silbaba al cortar el aire a su paso.

Con otro chillido ensordecedor, la criatura se dio vuelta para enfrentarse a Marit con un giro desarticulado y deshuesado.

—¡Sí, a eso me refiero!—. Sacudió la guja hasta que la tuvo agarrada del extremo. Se inclinó hacia atrás y giró la lanza para formar un gran arco antes de blandirla hacia adelante. La hoja rebanó todo un costado de la bestia; el corte desprendió un conjunto entero de tentáculos y dos alas. La criatura retrocedió y, de un salto, Marit se puso de cuclillas sobre la montura de Henrietta. Al usar su arma para mantener el equilibrio, brincó por los aires para aterrizar en el lomo del monstruo.

Con la mano libre sujetada a un tentáculo, Marit trepó por el lomo de la bestia hasta llegar a su cabeza, mientras esta se sacudía y corcoveaba frenéticamente para liberarse de ella. Con un grito de batalla, hundió la punta de su guja en la base del cráneo del monstruo y respondió a los chorros humeantes de sangre brillante que brotaban de la bestia con un giro brusco. El siseo estridente de la criatura cesó de golpe cuando sus extremidades se aflojaron y se desplomó en el suelo. La lluvia cayó normalmente de nuevo.

Los noxianos se recompusieron y se congregaron alrededor del cadáver de la criatura. Erath se bajó del lomo de Talz, reacio a guardar la espada por miedo a que la bestia se levantara.

Marit arrancó su guja con un gruñido amortiguado por la máscara de cuero. —Me estoy cansando un poco de ser tu salvadora personal, forjadora de runas—.

—Esa criatura—, dijo Tifalenji. —Vino del otro reino—.

—¿Te parece?—, dijo Marit levantando una ceja. —Bueno, por lo menos la parte que está en este reino está muerta—.

La forjadora de runas miró a la jinete. —Cuando todo esto termine, te fabricaré un arma tan salvaje como tu espíritu—.

Marit le devolvió la mirada. —Me gusta esa promesa—.

—Bien hecho, Marit—, Teneff inclinó la cabeza.

—Sí—, asintió Erath enérgicamente. —Gracias—.

Arrel no dijo nada.

—Por supuesto—, los ojos de Marit sonrieron e hizo una reverencia teatral. —No soportaría esta aventura ni un minuto más sin la servidumbre—. Volvió la vista al cadáver del monstruo. —¿Esta cosa será comestible, o estará llena de un veneno espantoso?—.

—¿Quieres probar?—, se burló Arrel. —Adelante. Después de todo, tú la mataste—.

—Ya veo—, Marit inclinó la cabeza. —¿Qué tal el pequeñín?—.

Todos giraron la cabeza para mirar a la criatura más pequeña. Mientras levantaba la cabeza, el minúsculo monstruo trinó. Tembló por un momento antes de explotar en una nube de copos de nieve que emitieron cada uno un sonido; luego, silencio.

Erath contempló el lugar donde había estado la criatura y soltó una larga exhalación por la nariz. —¿Alguien me puede repetir por qué queremos este lugar?—.

—El velo aquí es delgado—, dijo Tifalenji, limpiándose el hilo de sangre del labio superior con el puño mientras envainaba su espada. —Lo extraño pulula en esta tierra. No le prestes atención—.

—Esta tierra es extraña—, masculló Erath.

Marit se subió con cuidado al cráneo de la criatura muerta y chasqueó los dedos para llamar a Henrietta. Clavó su guja en la tierra y se aferró al extremo de la empuñadura para usarla como una pértiga y así balancearse a la montura de su corcel.

—¿Cuánto tiempo llevas arriba de esa montura?—, bromeó Teneff. —¿Por qué no le das a Doña Henrietta un descanso?—.

Marit rio con burla. —No tocaré el suelo de Jonia más que lo absolutamente necesario, gracias—.

—Me parece mucho tiempo para aguantar las ganas de orinar—, sonrió Teneff.

—Mmm, tengo algunos frascos guardados por algún lado si necesitas un lote fresco—. Marit comenzó a buscar entre las bolsas de su montura. Los hombros de Erath se sacudieron mientras contenía la risa.

—¿Se pueden comportar?—, dijo Tifalenji con tono exasperante, mientras miraba a ambas mujeres.

Teneff sacudió la cabeza. —No tienes sentido del humor, forjadora de runas—.

—Ni un ápice—, aseguró Marit. Miró a Erath y sus ojos se entrecerraron con malicia.

—Sirviente, todavía no te odio del todo, así que, ya que estamos en tema, te advertiré algo sobre el cuidado de Doña Henrietta. Su orina es extremadamente ácida; no importa qué tan desesperado o sediento estés durante nuestros viajes, busca saciar tu sed en otro lado, ¿entendido?—.

—¿Por qué?—, rio Erath. —¿Es por eso por lo que tu rostro está así?—.

Marit se puso tensa. Sus ojos se ensancharon por un instante y sus dedos buscaron la empuñadura de su guja. —No—, dijo fríamente, y enrolló las riendas de Henrietta alrededor de su mano libre y se alejó sin decir otra palabra.

Erath palideció. —Yo...—.

—Déjala ser—, dijo Teneff sacudiendo la cabeza. —Tan solo mantente alejado de ella por un tiempo—.

El corazón de Erath se entristeció mientras arrastraba los pies hacia Talz. Después de todo este tiempo, había comenzado a sentir que era parte del grupo, que tenía un sentido de pertenencia. Ahora sentía que todo eso se le escurría de las manos, como el té del anciano jonio.

Había estado tan cerca y lo había arruinado.

La caminata de la siguiente semana fue tranquila, o por lo menos tan tranquila como las extravagancias de Jonia podían ser para un extranjero. La lluvia había cesado y Erath disfrutaba de caminar por terreno seco para variar. La ausencia del frío que calaba hasta los huesos y de otras miserias que el lodo causaba en un soldado le permitió ver el esplendor natural de Jonia, con toda su gloria maravillosa e impresionante.

Todo parecía moverse en cámara lenta, desde la danza de los pájaros hasta el suave balanceo de los árboles multicolores. Incluso la persecución entre el depredador y su presa, vislumbrada solo por un momento entre los árboles, parecía desenvolverse con gran armonía. Era como si todos bailaran al ritmo de una melodía silenciosa que Erath no podía comprender: un mundo más grande que él habitaba, pero no podía ver.

Habían seguido el curso de un río inmenso desde que atracaron en Navori y no se habían alejado de sus orillas por mucho tiempo. No solo era una fuente de agua potable y comida, sino también una guía hacia el interior de la región, mientras las cazadoras seguían la inquietante canción que emitía la espada de Tifalenji.

—Pronto anochecerá—, dijo Teneff, dirigiéndose a la forjadora de runas.

Los ojos de Tifalenji se dirigieron a la luna creciente, resplandeciente e hinchada, apenas visible en el cielo enrojecido. A Erath le pareció ver por un momento una expresión de frustración en su rostro, antes de volverse impasible e ilegible como siempre. —Entonces nos detendremos aquí—. Miró a Erath. —Prepara el campamento—.

—Segundo—, murmuró Arrel. El dragarto se acercó a ella. —Encuentra a Marit y tráela de vuelta—.

Segundo se mostró entusiasmado y corrió hacia el atardecer. Marit había cabalgado adelante del grupo desde aquel incidente luego de matar al monstruo, algo que angustiaba a Erath cada vez que pensaba en eso.

—Iré a buscar madera para la fogata—, dijo Erath, tomando un hacha que colgaba del lomo de Talz.

—Presta atención a cómo lo haces—, le advirtió Teneff. —Los árboles aquí están vivos—.

Erath frunció el ceño. —¿No están todos los árboles vivos?—.

—Quiere decir en el sentido de que te matarán—, dijo Arrel.

El ceño fruncido de Erath se acentuó.

Ya había caído la noche, que envolvía al mundo con un destellante manto aterciopelado, cuando Erath terminó de recoger suficiente leña. Después de la batalla contra la criatura, había optado por recoger ramas dispersas por el suelo en vez de cortarlas de los árboles y arriesgarse a despertar a alguna ánima maligna que quisiera una de sus extremidades a cambio.

Regresó al campamento y encendió una fogata. Cuando vio que las brasas se convertían en un fuego vigoroso, se cargó al hombro una olla y una red de pesca y se dirigió al río. Había visto que los sacos de provisiones estaban enflaqueciendo, así que esperaba regresar al campamento con un pescado.

En cuclillas a la orilla del río, los minutos se alargaron mientras contemplaba la superficie negra y vidriosa. Se le aceleró el pulso cuando percibió movimiento en el agua. Arrojó la red, la ajustó y después la arrastró de nuevo a la orilla. Dentro de la red una carpa saltaba y se retorcía.

Con un triunfante resoplido de alivio, Erath llenó la olla con agua del río y tiró adentro la carpa.

Regresó al campamento con un paso más ligero que cuando se fue, mientras le agradecía al pez por su devoto servicio al imperio noxiano.

—Está lista—, anunció Erath mientras distribuía la sopa en el jarro de hojalata de cada guerrera. Con cuidado, se cercioró de llegar hasta el fondo de la olla con el cucharón cada vez que servía. Tras entregar el último jarro, se sirvió lo que sobraba y se sentó junto al fuego.

Por un largo rato, nadie habló, cada uno feliz de poder disfrutar de una comida caliente y de la calidez crepitante del fuego. Erath no era la excepción. Estaba contento de poder alimentarse y descansar los pies adoloridos y los músculos cansados.

Por ese breve periodo de tiempo, no importaba nada más.

Cada uno de los noxianos hizo lo posible por relajarse. Arrel estaba rodeada por sus dragartos, enspeccionaba con cuidado las garras y dientes de cada uno de ellos. Tifalenji se había alejado un poco del grupo. Sentada con las piernas cruzadas bajo la luz de la luna, cantaba y envolvía su espada levitante en magia. Teneff había sacado una pipa maltrecha con la que fumaba despacio y soltaba temblorosos aros de humo grisáceo que crepitaban a la luz del fuego.

—¿Todavía tienes eso, Ten?—. Marit la contempló desde el lomo de Doña Henrietta, donde estaba sentada. —Sabes que esa cosa te matará—.

Teneff negó con la cabeza. —Esto no será lo que me mate. Además, no me permito morir antes de terminar con esto—.

Erath sintió que los pensamientos de todos confluyeron y se aclaró la garganta. Teneff lo miró.

—Esta persona que estamos buscando—, dijo Erath.

—Riven—, acotó Arrel con suavidad.

—¿Todas la conocían?—.

Tifalenji permitió que su espada cayera en sus manos. —Solo por su reputación—.

—Derramé sangre con ella cuando llegamos por primera vez a estas costas—, dijo Teneff con la vista fija en las llamas. —Una chica ruda. Por su aspecto, no pensarías que era capaz de arrastrar por las orejas a un par de legionarios hasta ponerlos a su altura. 'Su espada requería de mucha fuerza para siquiera levantarla—.

—Ni hablar de sus bailes—, añadió Marit.

Erath observó por el rabillo del ojo que la forjadora de runas miraba a Teneff atentamente ante la mención de la espada. El incómodo pensamiento de que sabía muy pocas cosas sobre Tifalenji, y de cuánto dependía de ella ahora, creció en su mente.

—Al principio, era callada—, dijo Marit —bastante retraída—.

—Pero cuando luchas codo a codo con alguien—, continuó Teneff —se forja un lazo de hierro y sangre…—.

—Te conviertes en su hermana—, culminó Arrel.

Ensimismadas en sus pensamientos, las tres cazadoras se quedaron en silencio.

—¿Por qué se quedó aquí?—, preguntó Marit con un dejo filoso en sus palabras. —Después de todos estos años, de todo lo que pasó. ¿Por qué nos traicionó?—.

—No sabemos qué pasó—, respondió Teneff.

Marit resopló. —No te hagas la tonta, Ten. No te queda bien—.

—¿Crees que no deseo que rinda cuentas de sus acciones?—, Teneff se paró y rodeó a Marit. —¿Por qué más estaría aquí?—.

—Ha estado aquí por años—, replicó Marit, sin moverse. —Años. Tuvo muchas oportunidades de reportarse y nunca lo hizo. Es una desertora y la suya es una debilidad que no podemos permitir. Una traición que no podemos perdonar. Estamos aquí para buscar venganza—.

—No lo llames venganza—, dijo Arrel. —Esto será justicia—.

—Llámalo como quieras—, replicó Marit. —Riven tomo una decisión y nosotras somos la consecuencia—.

Erath estaba exhausto, pero aun así no podía conciliar el sueño. Había visto el poder que alcanzaban las cazadoras cuando trabajaban juntas. ¿Quién era esta persona que podía dividirlas sin siquiera estar presente? ¿Quién era Riven y por qué había marcado tan profundamente a cada una de ellas?

Las preguntas se arremolinaban en su mente, aunque poco a poco comenzaron a hundirse bajo una promesa de descanso, hasta que una voz lo despabiló.

—¡Arriba!—.

Erath se incorporó. Era Teneff, que montaba guardia.

—¡Levántate!—, le ordenó una vez más, ciñendo la espada corta a la armadura. —¡El río se está desbordando!—.

Los noxianos se pusieron de pie. Erath se volvió para mirar la orilla del río y se le heló la sangre.

Algo había irritado a la corriente, que pasó de ser un flujo tranquilo a un alboroto de rápidos agitados. Erath vio formarse rostros humanos en las olas espumosas del agua, agitándose y pronunciando furiosas maldiciones silenciosas antes de disolverse en la corriente. Todo el tiempo avanzaba en su dirección y devoraba la orilla centímetro a centímetro.

El río no se estaba desbordando. Estaba vivo.

—¡Ve hacia los árboles!—, gritó Tifalenji.

Teneff ya estaba corriendo. Marit solo tuvo que cambiar a una posición de galope arriba de Doña Henrietta antes de salir disparada hacia los árboles. El primer pensamiento de Erath fue Talz.

Corrió hacia el basilisco, agarrándose de lo que podía en el campamento mientras la tierra debajo de él se convertía en un pantano fangoso. El agua ya les llegaba a los talones cuando llegó adonde estaba el gigantesco reptil. Miró hacia atrás justo en el momento en que otra gran ola arrastraba a Arrel.

Parecía que tenía manos.

Tras desenterrar las estacas que inmovilizaban a Talz, Erath se subió al lomo antes de que el basilisco comenzara a galopar. Se aferró a las riendas y al flanco de la bestia con todas sus fuerzas mientras el agua subía detrás de ellos. Decidió mejor treparse al lomo, con las piernas colgando y la cabeza gacha, mientras todo el equipo, las herramientas y lo que quedaba de comida se perdía en el camino.

Llegaron a los árboles y Erath saltó a uno de ellos mientras el agua los golpeaba. Talz se irguió sobre sus patas traseras para mantener la cabeza fuera del agua, pero cada ola nueva lo golpeaba más arriba en el lomo y el cuello. Erath miró hacia atrás. Teneff y Marit estaban bien, pero Arrel y sus dragartos estaban atrapados en el pantano en el que se había convertido el campamento, y el río los estaba succionando lentamente.

Erath se aferró más fuerte cuando otra ola lo golpeó como una lluvia de piedras. El árbol a su lado se torció y casi se quiebra. Miró el árbol y después a Arrel. Descendió hacia el agua, la cual le llegaba a la cintura.

Tomó el hacha del costado de Talz y comenzó a talar el árbol debilitado. Estaba seguro de haber escuchado un quejido lastimero de las hojas cuando el tronco finalmente se quebró y cayó perpendicular al río. Erath vio cómo un grupo de formas se acercaba al árbol.

Los dragartos de Arrel nadaban en círculos alrededor de ella, arrastrándola hacia el árbol caído. Pero solo eran tres.

Las aguas comenzaron a retroceder cuando las primeras luces del alba se filtraron con tonos cobrizos y dorados a través del follaje. Brillaban sobre la superficie del agua. Un sonido espeluznante, como un canto fúnebre interpretado por un hombre ahogado, llenó el aire mientras la corriente volvía a su cauce.

Marit galopó de regreso, Teneff bajó del árbol, y todos se reunieron alrededor de Arrel y el árbol caído. Había recorrido la orilla, rastreando las aguas inmóviles junto al resto de la manada.

—¡Segundo!—, gritaba para después hacer una pausa. —Segundo...—.

—Se lo llevó la corriente, Arrel—, dijo Teneff. Dudó un momento antes de apoyar una mano en su hombro. —Lo siento—.

Las manos de Arrel temblaban. Cerró los puños y su mandíbula se tensó.

—Estamos perdiendo el tiempo aquí—, graznó la rastreadora, sacudiéndose la mano de Teneff. Se incorporó e hizo un gesto certero para llamar a los otros dragartos que seguían vigilando la orilla. Cuarto demoró un segundo más que los otros, pero una mirada de Arrel lo hizo regresar al trote.

Erath se estremeció cuando la luz del sol se desvaneció. Extendió la mano y sintió cómo caían sobre la palma de su mano unas cuantas gotas grandes. El respiro de la lluvia había llegado a su fin.

En cuestión de minutos, el sol quedó oculto detrás de grandes nubes de tormenta negras. Fuertes vientos convertían a la lluvia en una bamboleante cortina de agua helada, y Erath sentía cómo el frío calaba sus huesos. No podía ver nada que estuviera a más de un medio metro de distancia de él. Incluso Marit se vio obligada a desmontar de Doña Henrietta.

Tifalenji mantenía su espada arriba. Con un susurro, la espada estalló con luz esmeralda, la cual mantenía a raya a los vientos huracanados de la tormenta. Teneff tomó un pedazo de soga de Talz y lo ató alrededor de la cintura de cada uno para mantenerse unidos.

Inclinados contra el azote del viento y la lluvia, los noxianos avanzaron detrás de Tifalenji, una pequeña esfera de luz verde en medio del torbellino. Erath perdió la noción del tiempo mientras caminaba fatigosamente. No pudo saber si habían pasado minutos u horas cuando Tifalenji habló en voz alta.

—Debemos parar—, rugió por encima del viento.

—¡Miren!—, Marit apuntó con su guja. —¡Hay una luz más adelante!—.

Erath podía vislumbrar un racimo de luces muy débiles, como una constelación en los cielos.

—Estamos en medio del campo—, advirtió Teneff. —Podrían ser bandidos, o un campamento de la Hermandad, no podemos saberlo—.

—Entonces los matamos a todos—, dijo Marit entre dientes. —La bruja de runas tiene razón. No tenemos provisiones y, si no buscamos refugio, esta tormenta terminará con nosotros—.

Teneff escupió agua de lluvia y asintió. Juntos pelearon contra la tormenta, un pie a la vez, hasta que llegaron a las luces.

Los árboles más adelante formaban un dosel que absorbía lo peor de la tormenta. Una aldea se materializó frente a ellos, pequeña y aislada en medio del bosque. Parecía una extensión del mismísimo bosque: las viviendas altas y estrechas parecían entrelazadas y talladas en los árboles. Podían verlas detrás de una pared de ramas entrelazadas que se interponía en su camino, como si la propia tierra hubiese formado una estacada. Las ramas se estremecieron, apartándose lo suficiente para formar un pequeño pasaje.

Una docena de hombres y mujeres se abrieron paso por la abertura. Vestían túnicas hiladas a mano y sus rostros estaban ocultos debajo de grandes capuchas que los protegían de la tormenta. Las cazadoras notaron las hachas y las espadas en sus manos; las hojas planas y anchas estaban astilladas y gastadas. Notaron también los restos maltratados de armadura que portaban.

Las cazadoras formaron una fila, con Erath y Talz detrás de ellas.

—Esas son armas noxianas—, observó Teneff.

—Y esos son noxianos—, agregó Arrel.

Al unísono, todas adoptaron posturas de combate. Los dragartos de Arrel gruñeron.

—Bajen las armas—, ordenó el líder de la aldea en un perfecto va-noxiano. Se bajó la capucha para revelar una cara llena de cicatrices; su cabello y su barba estaban veteados de gris. —No queremos una pelea—.

—Bueno, son desertores—, dijo Marit con desprecio. Escupió en el suelo.

—Recuerden lo que tenemos detrás—, refunfuñó Teneff por lo bajo.

—¡Percátense de lo que tenemos adelante!— gritó Marit.

—¡Alto!—. Erath se abrió pasó entre las cazadoras. Había algo en el hombre, en su voz. Se acercó con manos temblorosas. Contempló al líder noxiano con ojos sorprendidos.

Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

—¿Padre?—.

El hombre condujo a Erath a una de las chozas, a salvo de la tormenta, mientras el resto de los espectadores, noxianos y jonios por igual, los miraban con una mezcla de conmoción, enojo y miedo. Erath lo siguió en trance, esforzándose por creer que ese era Jobin, su padre.

Vivo.

—Parece que no has comido mucho últimamente—, dijo Jobin. Ambos se sentaron alrededor de un brasero. Jobin destapó una olla humeante, sirvió unas cucharadas de arroz en un par de recipientes de madera y le entregó uno a Erath. —¿Qué estás haciendo aquí, hijo mío?—.

Hablaron largo y tendido: del viaje de Erath, del hogar. Omitió muchas cosas, reticente a contárselas a un hombre que él daba por muerto.

Cuando terminaron, los ojos de Jobin brillaban a la luz del fuego. —Mírate. Ya eres todo un hombre. Mi pequeño enhasyi—. Hizo una pausa. —¿Cómo está tu madre?—.

—Todavía te llora—, contestó Erath, intentando no delatar la amargura en su voz. Se sacó el pendiente de hueso del cuello. —¿Quién es este?—.

—Soy yo—. Jobin levantó una mano y le mostró un dedo al que le faltaba una falange. —Un sacrificio que todos enviamos con la intención de darles paz—.

—Paz—, Erath exhaló la palabra.

Tras atravesar por semanas un reino de magia salvaje, siniestro y de ilusión, tenía que preguntar lo obvio.

—¿Eres real?—.

Jobin se inclinó hacia adelante. —¿Qué?—.

—¿Eres real?—, repitió Erath. —¿O eres un hechizo que hace aparecer a mi padre frente a mí aunque en verdad esté muerto? Si esto es un engaño, te lo agradecería de cualquier manera, en serio, por todo lo que significa esta alternativa—.

Por unos minutos, ninguno habló. El silencio se prolongó.

—El mundo solía ser tan pequeño—, dijo Jobin finalmente. —Tú nunca lo llegaste a ver. Cuidábamos nuestros rebaños, hacíamos trueque con nuestros vecinos y criábamos a nuestros hijos. Llevábamos una vida simple y éramos felices. Luego vino el imperio, y nuestro pequeño mundo se hizo mucho más grande, y mucho más oscuro—.

Dirigió su vista a la puerta de la choza. —Estar aquí, ver este lugar, me hizo rememorar aquellos tiempos—.

—¿Y por eso valió la pena la traición?—, preguntó Erath.

—¿Contra qué?—. Jobin lo miró de nuevo. —¿Contra un gobernante distante e inalcanzable que mueve marcadores en un mapa? Esos marcadores son personas, Erath. Noxianos, jonios. Nunca debimos haber empezado esta guerra—.

—Pero somos más fuertes juntos—, insistió Erath. —Noxus no nos encadenó; por el contrario, nos liberó. No más rebaños enflaquecidos cada año, no más asaltos de esos mismos vecinos. Y podemos hacer lo mismo aquí. Te fuiste hace mucho tiempo; ya no es el Noxus que recuerdas. De verdad somos parte de algo más grande—.

—No creo que haya cambiado mucho—. Jobin negó con la cabeza. —Vinimos aquí creyendo lo que tú crees, que este lugar necesitaba a Noxus. 'Rath, creo que no necesitan nuestra ayuda, ni a nuestro gobierno, pero podemos coexistir. No tuve que matarlos para que nos convirtiéramos en familia. Cuando comprendí eso, supe que ya no podría regresar—.

Erath procesó las palabras de su padre y agachó la cabeza. —Todo lo que me enseñaste fue una mentira—.

—Lo siento, hijo mío—. Jobin posó su mano sobre el hombro de Erath. —Yo también vivía engañado. Pero siempre hay tiempo para cambiar. Para probar algo mejor. Hay un lugar para ti, aquí—.

—Una mentira—, repitió Erath. Levantó la vista lentamente. —¿Por qué tengo que creerte ahora?—.

Jobin estaba claramente consternado. —Hijo mío...—.

—No—, la mirada de Erath era fría como el hielo. —No tienes derecho. ¡Tú perdiste un dedo, yo te perdí a ti! ¿Y ahora te sientas aquí y me das un sermón, escondido en el bosque? Teníamos una excusa antes de unirnos al imperio: no conocíamos el mundo exterior. Pero ya no somos ignorantes. Ahora, o trabajas para unir al mundo y mejorarlo, o huyes—.

Erath se puso de pie.

—Yo no huyo—.

Erath y Jobin salieron de la choza. El escudero de espada miró hacia arriba y observó, a través del follaje de los árboles, que las nubes se disipaban. La lluvia también había disminuido.

—Reflexiona sobre lo que hemos hablado, hijo mío—, dijo Jobin.

—Ya lo hice—, replicó Erath, alejándose para colocarse al lado de las cazadoras.

Jobin tragó y se aclaró la garganta. —Les dimos refugio. Ahora que la tormenta pasó, les ofreceremos una porción de nuestra cosecha. Solo les pedimos a cambio que nos dejen en paz y que olviden que alguna vez encontraron este lugar—.

Teneff miró a la forjadora de runas. Ella inclinó la cabeza y las cazadoras se retiraron para deliberar entre ellas.

—La única pregunta que debemos hacernos—, dijo Marit —es si los matamos a todos o no—.

—Su padre es parte del grupo—, Teneff señaló a Erath con la cabeza.

—Su padre es un traidor—, replicó Marit.

—No es el único—, acotó Arrel. —Casi la mitad de esta aldea es noxiana... o lo era—.

—¿No quieres ensuciar a tus dragartos?—. Marit deslizó un dedo por el filo de su guja.

—¿Cómo nos ayuda matar cobardes y aldeanos a encontrar a Riven?—, replicó la rastreadora.

Erath miró a Tifalenji. La forjadora de runas tenía las vidas de esos aldeanos, y la vida de su padre, en sus manos. Respecto de la vida de su padre, Erath no sabía qué quería que ella decidiera, y eso era lo que más le pesaba en su corazón. Las cazadoras también la observaron, intentaban descifrar sus intenciones en su semblante impávido.

Teneff posó una mano en su cadena. —¿Qué haremos, entonces?—.

—Nos vamos—, declaró Tifalenji. —Nuestra misión es encontrar a una desertora, y estas personas no son ella—. Miró a Marit. —No vamos a discutirlo—.

—Como quieras—, Marit se encogió de hombros y caminó de vuelta a su montura. Tifalenji miró severamente a Erath.

—Bajo otras circunstancias, no les perdonaría la vida—.

—Entiendo—, respondió Erath.

—Ahora apúrate—, ordenó Tifalenji. —No tenemos mucho tiempo y ya sabes lo que tenemos por delante—.

Las cazadoras se reunieron y comenzaron a andar. Erath echó una última mirada hacia atrás cuando pasaron a través de la estacada abierta y luego tocó el brazo de Teneff. —¿Qué nos espera adelante?—.

Su semblante se volvió sombrío y sus ojos, distantes. —El lugar donde todo esto comenzó—.

Marcharon en silencio, aunque los pensamientos atribulados de Erath lo hacían sentir como si se estuviera desplazando a través de una multitud. No podía conciliar al hombre que lo había criado con el que había descubierto viviendo en esa aldea. Un hijo se cría a imagen y semejanza de su padre, pero ¿termina siendo la misma persona?

El pendiente de hueso alrededor de su cuello golpeaba contra su pecho.

El paisaje cambió, se tornaba cada vez más árido y seco, al igual que los temperamentos de las cazadoras. Estaban tensas, reaccionaban ante cualquier sonido y todas tenían sus armas desenvainadas y fuertemente asidas por manos de nudillos blancos. Erath podía oler un aroma un tanto agrio en el aire.

Los noxianos subieron una colina y desde allí contemplaron una gran extensión de planicies secas y polvorientas. Había un hito erigido al borde de la planicie, una especie de tótem de piedra con una inscripción en jonio. Erath no podía leerlo, pero la intención del mensaje estaba clara.

Era una advertencia para mantenerse alejados de ese lugar.

Se encontraron con un anciano sentado junto al hito. Tarareaba tranquilamente para sí mismo y sacudía un collar de campanillas que llevaba alrededor de sus hombros. Sus ojos se ensancharon cuando los noxianos se aproximaron y, con la ayuda de un bastón, se puso lentamente de pie.

—Viajeros—, los llamó con la mano. —No tengo intenciones de pelear, ni sirvo a ningún amo. Vigilo este lugar, el umbral de un sitio terrible, para alejar a aquellos que quieran atravesarlo—.

Las cazadoras se quedaron en silencio. Erath nunca las había visto tan tensas. Tifalenji dio un paso hacia adelante.

—No deseamos hacerte daño, guardián—, dijo. —Pero no intentes impedir nuestro avance—.

—Les suplico—, el jonio juntó sus pequeñas manos —que no sigan. No pueden imaginarse el dolor del que ha sido testigo este lugar—.

—No es necesario—, respondió Teneff, mientras pasaba a su lado.

Erath la siguió, dejando atrás al jonio abatido. —Cantaré por ustedes—, dijo el guardián. —Por su dolor—.

Con solo dar un paso en la planicie polvorienta, Erath sintió como si se hubiera transportado a un lugar extraño, incluso para Jonia. El lugar carecía por completo de vida. El suelo tenía un tinte verduzco y enfermizo. El aire era tan ácido que le quemaba la nariz y la garganta. Sentía un hormigueo en los ojos y los labios.

Un profundo sentimiento de pérdida emanaba de la tierra como una bruma que envolvía a Erath.

Teneff se detuvo y asimiló el paisaje con lentitud.

—Aquí fue donde sucedió—.

—Fue aquí—, exhaló Tifalenji y las runas de su espada palpitaron. Parpadeó. —Ella estuvo aquí—.

—Peleamos por años—, dijo Teneff. —Habíamos llegado a un punto muerto. Dijeron que tenían una manera de abrirse camino y nos trajeron a un zaunita loco zaunita loco que elaboraba preparaciones—.

—Fuego químico—, murmuró Arrel.

—Algo tan corrosivo que acababa con todo a su paso—, agregó Marit. —Estábamos protegiendo la carga explosiva, llevándola hacia las filas delanteras, cuando todo salió mal—.

Erath pasaba su mirada de una cazadora a otra a medida que las palabas brotaban de cada una.

—Nos emboscaron...—.

—...eran tantos...—.

—Riven pidió ayuda...—.

—No podían saber dónde estábamos—.

—Dispararon...—.

—...y los frascos se incendiaron—.

Marit se llevó las manos detrás de la cabeza y desabrochó las hebillas de su máscara. Las correas se aflojaron hasta soltarse y Erath tragó saliva.

Todo su rostro y su cráneo estaban cubiertos por una masa de tejido blando de un rojo brillante, sin pelo. Erath había visto criaturas cuya muerte fue causada por quemaduras y conocía cómo lucía la carne después, pero esto era otra cosa. Venas negras atravesaban el tejido como telarañas. Erath no podía ni imaginarse el dolor que habría sentido, incluso ahora.

Solo sus ojos estaban ilesos. Marit miró a Erath y sostuvo la mirada en silencio.

Arrel se sacó su propio casco. Erath pudo ver heridas alrededor de sus labios y su cuello. La rastreadora tosió y escupió una flema con sangre.

Lo habrá respirado, comprendió Erath.

—Fue un verdadero caos—, dijo Teneff. —Compañeros y enemigos, todos hirviendo, gritando hasta la muerte. Nunca más volví a ver a Riven. Creía que había muerto aquí, como el resto—. Miró a Erath. —¿Lo comprendes? Si la encontramos, el pensamiento de que podemos sacar algo bueno de todo esto...—.

Dejó de hablar, sus ojos estaban fijos en el horizonte. Erath miró también y vio a un grupo de figuras aparecer en la colina. Eran jonios, ataviados en armaduras livianas, con espadas de todo tipo. Sus rostros estaban ocultos detrás de máscaras y capuchas del color del hierro oscuro.

—El océano está en calma antes de la tormenta—, gritó uno de los jonios. —¡Pagarán por sus acciones, xiir! Si alguien debe controlar estas tierras, seremos nosotros—.

—La Hermandad Navori—, dijo Teneff mostrando los dientes, como si esas palabras fueran una maldición.

—Un escuadrón completo—, añadió Marit, su voz calma y equilibrada pero a la vez filosa por la violencia inminente.

—La aldea que robaron—, dijo el guerrero de la Hermandad mientras abría los brazos. —Todos estaban muy ansiosos por contarnos de ustedes. Por ayudarnos a cumplir nuestra promesa—.

A Erath se le heló la sangre.

—Tendríamos que haberlos matado—, gruñó Marit con rabia en el rostro mientras se ponía de nuevo la máscara. Una llovizna comenzó a caer desde el cielo grisáceo.

—Esta maldita lluvia—, dijo entre dientes Arrel.

El guerrero de la Hermandad dio un paso hacia adelante. —Prometimos encontrarlos, a ustedes los xiir, donde sea que estuvieran en las Tierras Originarias. Prometimos cazarlos, perseguirlos y limpiar nuestra tierra natal de aquellos que destruyeron el equilibrio entre los reinos gemelos—.

Los jonios gritaron con las armas en alto, muchos de ellos atravesados por magia que los hacía estremecer.

—Hacemos estas promesas a todos los que ustedes se llevaron antes de tiempo, a los que perdieron extremidades por su culpa, a los que ya no tienen sueños tranquilos, sino recuerdos terroríficos y fragmentados. ¡Mantendremos estas promesas mientras nuestros corazones sigan latiendo!—.

Una docena de guerreros descendió de la colina y se detuvo a unos pasos de los noxianos con las armas listas.

—Díganme—, dijo el jonio. —¿Qué prometen ustedes?—.

Teneff respiró, cerró los ojos lentamente y luego los abrió. —Prometo... que esto te dolerá—.

—Prometes sangre, entonces—, el guerrero sonrió debajo de su capucha. —Aceptamos—.

Teneff rugió y blandió su cadena con gancho. Golpeó a uno de los miembros de la Hermandad en la sien. La fuerza del lanzamiento lo tiró al piso. Teneff lo inmovilizó con el pie sobre su pecho, liberando el gancho con una lluvia de sangre. El arma salpicó más sangre cuando la volvió a girar.

Arrel extendió la mano y sus dragartos atacaron. Primero derribó a una de ellos, sujetándola del cuello. El dragarto sacudió la cabeza de la mujer salvajemente. Tiró de ella hacia adelante y hacia atrás hasta que dejó de moverse. Después, se dirigió a otro atacante.

Ambos grupos se enfrentaron cuerpo a cuerpo. Tifalenji clavó su espada en el torso de un jonio. Escupió una maldición y la cuchilla se encendió, prendiendo fuego al hombre en un torbellino de llamas color jade. Marit arremetía en el medio. Su guja se veía borrosa de tantos cortes, estocadas y tajos que profería en conjunto con las fauces punzantes de Doña Henrietta.

Erath observó los primeros golpes. Este lugar había despertado algo en ellas, había desatado una ira dormida en su interior por años. Hasta la forjadora de runas se había involucrado, porque sabía que eliminar a los jonios era la única manera de lograr su propósito. Las riendas de Talz se deslizaron de su mano y en su lugar agarró su bracamante.

Teneff chocó espadas con el líder de la Hermandad, y sus rostros quedaron a centímetros de distancia.

—Esta tierra te causa dolor—, se burló el líder. —Los xiir que perdieron, ¿les gustaría volver a verlos?—.

Como si hubiera recibido una orden, un joven jonio que se había quedado a mitad de camino en la colina comenzó a cantar. Era una melodía cadenciosa e inquietante, una canción que ningún ser viviente sería capaz de componer. Los noxianos se quedaron quietos por un instante, debido a la absoluta injusticia que evocaba.

Erath perdió el equilibrio cuando la tierra comenzó a temblar. Del suelo emergieron unas cosas pequeñas, como brotes que latían con una oscuridad intermitente y enfermiza. Después de un momento, Erath se dio cuenta de que eran dedos.

Pronto brotaron manos y brazos de la tierra. Siluetas insustanciales de hombres y mujeres andrajosos surgieron de la tierra, vestidos con harapos noxianos incorpóreos. Todos irradiaban la misma oscuridad fría y espectral.

—Los muertos aquí no descansan en paz—, dijo el jonio entre dientes, mientras forcejeaba con Teneff.

Disparates—, gruñó Teneff.

El guerrero de la Hermandad retrocedió de un salto y desenvainó una espada. —¡Y ustedes se unirán a ellos!—.

El joven continuaba cantando y más fantasmas pálidos surgían del suelo. Erath se vio rodeado y dio cuchilladas en un gran arco. Los espíritus se esfumaban al mero contacto con su espada y se convertían en un viento enfermizo. Volvió a atacar y consiguió abrir un orificio para ver la batalla más grande.

La Hermandad estaba sufriendo muchas bajas debido a la furia de las cazadoras, pero los muertos eran demasiados, forzados a volver a la vida por esa canción demoníaca. Erath retrocedió, presintiendo que ni los jonios podrían controlar el mal que estaban desatando. Tenían muy poco tiempo antes de que los desbordaran, y debía terminar ahora mismo.

Se dirigió a la colina. Un guerrero de la Hermandad se interpuso en su camino, blandiendo un par de dagas largas. Con el grito de una maldición jonia, arremetió contra Erath. El escudero de espada esquivó la primera daga que se dirigía a su estómago, pero vio el destello de la segunda en busca de su garganta. Intentó retroceder, pero perdió el equilibrio y cayó al suelo.

El jonio se tiró arriba de él. Su máscara se deslizó y dejó al descubierto un rostro joven y determinado que intentaba clavar una de las dagas en el pecho de Erath. Había perdido su bracamante en la caída. Luchó contra el hombre. Sujetó sus muñecas mientras la punta de la daga perforaba su cuerpo. Con un grito de dolor y de rabia, Erath rodó para ponerse encima de su oponente mientras sacaba su cuchillo.

Erath usó todo su peso para acercar el cuchillo al estómago del jonio. Con un gruñido, giró la cuchilla con fuerza y sintió cómo la fuerza del jonio abandonaba su cuerpo. Extrajo su cuchillo de un tirón, recogió su bracamante y pasó por encima del hombre moribundo.

La lluvia y la sangre convirtieron el suelo en un lodazal. Erath corrió, esquivó espadas y hordas de noxianos perdidos que lo estaban alcanzando. La piel se le entumecía cuando lo tocaban, como si llenaran sus venas de agua helada. Respiraba con dificultad mientras garras traslúcidas rasguñaban su costado.

El cantante tenía los ojos cerrados: los párpados se movían involuntariamente mientras lloraba sangre. Hilos escarlatas brotaban de su nariz, boca y labios; estaba de pie, en un completo estado de trance. No vio venir a Erath. El escudero de espada se impulsó hacia adelante, abriéndose paso entre manos frías que trataban de sujetarlo. Se dobló hacia el frente, con un grito agonizante, cuando uno de los espectros se trepó sobre su espalda. Se incorporó con arrojo, deshaciéndose del espíritu macabro. Sin aire y con la vista achicándose como un túnel que se derrumba, salió a la carga y, con sus últimas fuerzas, atacó con su espada.

La canción jonia terminó mientras el joven caía. La sangre brotaba a borbotones de la herida que Erath le infligió del cuello al esternón. Los fantasmas chillaron y sus formas se alargaron antes de regresar violentamente a la tierra. En cuestión de segundos, lo único que quedaba de ellos era una niebla pálida y enfermiza, junto con los ecos de los gritos de los muertos inquietos.

Erath dio la vuelta y, tambaleándose como un borracho, regresó a la pelea que continuaba al pie de la colina. Quedaban muy pocos guerreros del escuadrón de la Hermandad Navori. Estaba claro que habían decidido morir antes que escapar, excepto uno. Los dragartos de Arrel lo persiguieron y lo despedazaron. Doña Henrietta se estaba dando un banquete, su joyería estaba bañada en sangre carmesí. La sangre chisporroteaba y crepitaba cada vez que tocaba las runas de la espada de Tifalenji.

Erath llegó justo a tiempo para ver a Teneff batirse con el líder de los guerreros. Había rodeado el cuello del enemigo con su cadena y hundía su cabeza en el lodazal, con una bota apoyada sobre su espalda, mientras lo miraba sofocarse.

Todas tenían mil heridas. Teneff alzó la vista para mirar a Erath mientras se acercaba. Se enderezó rápidamente, quebró el cuello del jonio y se apartó tambaleando. Cayó al suelo apoyando una rodilla, abrumada por el cansancio de la larga lucha cuerpo a cuerpo.

Erath miró hacia abajo. La tierra burbujeaba y despedía nubes gaseosas donde la sangre se había escurrido. La piel, enrojecida y despellejada, le quemaba por el polvo.

—Qué locura—, vociferó Marit, limpiando la sangre de su guja. —¿Los jonios dicen venerar a los muertos y se atreven a hacer esto?—.

—No somos sus muertos—, murmuró Arrel. —Aun así...—.

—Qué locura—, repitió Marit.

—No podemos quedarnos aquí—, resolló Tifalenji. —La toxina todavía está en la tierra. Y quién sabe qué otra desgracia haya invocado su necromancia—. Estaba parada al lado de Teneff.

—Casi deseé ver a Riven entre ellos—, dijo, mirando a la forjadora de runas. —Y yo deseé que estuvieras equivocada—.

La forjadora de runas le ofreció la mano. —No lo estoy—.

Después de un momento, Teneff tomó la mano que le ofrecía.

Por una vez, la lluvia era una bendición. Fresca y purificante, arrastró la sangre y la tierra envenenada de sus cuerpos mientras ellos dejaban atrás el lugar del ataque químico. Ahora todos podían ver brillar la espada de la forjadora de runas mientras le murmuraba.

—Está cerca—, susurró Tifalenji, con la vista fija en las runas. —Muy cerca—.

Miró a Marit y Arrel, y asintió con la cabeza. Las dos comenzaron a adelantarse.

Erath sentía el corazón desbocado mientras caminaban. Poniendo cuidado de no tocar la herida de la daga, sacó el pendiente de su jubón y deslizó un pulgar por su superficie. —Nos delató. Mi padre nos delató—.

—Tal vez lo obligaron—, dijo Teneff. Después de un momento, sacudió la cabeza. —No importa en realidad—.

—Solo era un niño. Me dijeron que había muerto, que se había ido, que no volvería, que jamás lo volvería a ver. Pero después sí lo vuelvo a ver, y todo lo que sabía de él resultó ser una mentira—. Se le quebró la voz cuando miró a Teneff. —¿Qué debo hacer con eso?—.

Teneff reflexionó por un momento. —Puedes dejarlo ir—.

Erath se secó una lágrima con el puño. —¿Cómo va a ayudar eso, después de todo?—.

—No es una cuestión de ayudar a todos—. Ella tomó su hombro. —Solo a ti. Mientras Noxus perdure, siempre tendrás una familia, Erath—.

Erath hizo una pausa. Dejó que las palabras y los recuerdos de los últimos días resbalaran de su cuerpo. Con un suspiro, tiró del pendiente hasta que el cordón alrededor de su cuello se quebró. Lo miró fijamente y despacio dio vuelta la palma de su mano hasta que la astilla de hueso cayó al suelo.

Sin mirar atrás, apuró el paso para alcanzar a las demás, mientras el pendiente se hundía en la tierra.

Trivia

Referencias

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