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Historia corta

La Hermandad de la Guerra, Parte I: Viejas Heridas

Por Ian St. Martin

—¿Te quedó claro lo que acabas de escuchar?—.

Lore

—¿Te quedó claro lo que acabas de escuchar?—.

Tifalenji se arrodilló en la oscuridad. No alzó la cabeza al escuchar la voz voz que se dirigía a ella, puesto que esa voz era parte de la oscuridad. Abarcaba toda la habitación, hinchándose tibia y repugnantemente dulce, con un aroma a flores podridas. Algo así no resultaba particularmente llamativo para alguien cuya vida estaba al servicio de los tejidos de las runas. Ni siquiera una forjadora tan joven como Tifalenji se atrevía a cuestionar aquello que la rodeaba ahora.

Ella sabía cuándo aceptar algo que sobrepasaba su entendimiento.

—Sí, me quedó claro—, respondió.

—Excelente—.

La oscuridad carraspeó, como si estuviera jalando aire. —Tu señora habló muy bien de ti. Ingeniosa—. Esa palabra la pronunció con una voz diferente. Era la voz de su maestra. —Y todos aquellos que son ingeniosos son muy útiles—.

Tifalenji tragó saliva. Sintió cómo el aire se desplazaba y la temperatura subía, como si la habitación se llenara de personas. Cuando se atrevió a mirar por el rabillo del ojo, vio los dobladillos de figuras con túnicas que formaban una fila alrededor de las paredes. La llamaban, y también a la fuente de la voz.

—Mira la luna—. De pronto, un rayo de luz, frío y plateado, se reflejó contra el suelo. —Mira su trayectoria, cómo se mueve—.

Su mente se aceleró al pensar lo que se avecinaba, los momentos que tenía a mano desparramándose uno a uno, como los granos de arena de un reloj.

—Recuerda tu misión sobre todas las cosas—. Una mano se extendió desde la oscuridad y tomó a Tifalenji por el mentón. —Aquello que te encomendamos que encuentres, aquello que queremos que nos lo traigas de vuelta, no puede ser reemplazado—. La mano levantó la cabeza de Tifalenji y ella alzó la mirada para encontrarse con un reflejo perfecto de su propio rostro, sonriendo con la sonrisa de alguien más.

—Por el contrario, tú sí eres reemplazable—.

Erath era un hijo de Noxus Crest icon.png Noxus. Como parte de la primera generación de su tribu que nació en el imperio, su entrenamiento comenzó el día que dio sus primeros pasos.

Fortaleza. Disciplina. Valor.

Fue educado entre pastores, cuidando rebaños y bestias de carga, manteniéndolos a salvo hasta que llegara el momento de la cosecha. Aprendió a matar, rápido y pulcro, con el pequeño cuchillo del cual le enseñaron a nunca despegarse. Era una lección que le sería útil cuando llegara el día en que Noxus lo convocara a su servicio.

Había sido educado para matar a sus enemigos, los enemigos del imperio, pero nunca a odiarlos. Porque un enemigo del imperio estaba a solo una ceremonia de convertirse en un hermano o hermana descarriado, recuperado con honor y resolución hacia los brazos de Noxus para pararse al lado de Erath en la línea de batalla. Para fortalecerlo.

Mátalos hasta que formen parte de la familia, le había dicho su padre en una ocasión cuando él le mostró a Erath los senderos violetas trazados por sus viejas cicatrices de batalla. Erath nunca había odiado a sus enemigos, pero aquí, al mirar todo aquello que lo rodeaba, sin siquiera saber quiénes eran sus enemigos, sintió lástima por ellos.

Las calles retumbaban con una procesión interminable, decenas de miles de soldados avanzaban por los bulevares y avenidas del Bastión Inmortal. Docenas de idiomas se sobreponían en los gritos del ritmo primigenio de los cánticos de batalla, llamados a las marchas y canciones de guerra. Era una exhibición del gran poderío desatado de la hueste noxiana, con las espadas y las manos que las blandían a lo largo y ancho del imperio. Los grupos de guerra tribales deambulaban por los caminos, envueltos en pieles y trajes ceremoniales, seguidos por cohortes de tropas estrictamente reglamentadas, revestidas con ennegrecidas armaduras de hierro, y un contingente de soldados navales con uniformes brillantes proveniente de Shurima.

Y muchos más detrás de ellos.

Numerosos pueblos, mas un solo imperio. El espectáculo, la auténtica demostración de poder, paralizó el corazón de Erath al verlo.

La tribu de Erath estaba desembarcando de la barcaza que los había transportado desde las planicies de Dalamor hacia el sur, hacia la capital. Tanto él como sus compañeros que remaban se maravillaron al avistar el Bastión Inmortal, el inmenso monolito central de piedra ancestral visible dos días antes de que llegaran. Apartó la mirada de la riña entre el líder Yhavi y un grupo de contramaestres para contemplar de nuevo el Bastión, ahora dentro de los límites de la ciudad. El sol estaba atrapado detrás de un trío de enormes torres en el centro del Bastión, encerrado como una joya resplandeciente.

El pensamiento sobre sus enemigos desconocidos regresó a la mente de Erath, quien sonrió. ¿Qué podría enfrentarse a esto?

Donnis, uno de los lanceros, sacó a Erath de sus pensamientos y apuntó hacia el líder, quien le hacía señas a Erath para que se acercara. Rápidamente se puso de pie frente a Yhavi, a quien le acababan de dar una resma de vitela con sus órdenes escritas en tinta.

—Pronto nos moveremos—, comenzó Yhavi, hablando en lengua tribal mientras revisaba su mandato.

—¿Ya dijeron dónde será el enfrentamiento?—, preguntó Erath, dejando que su entusiasmo se apoderara de él.

—No—, Yhavi frunció el ceño y entrecerró los ojos para leer mejor el texto noxiano antes de volver a ver al chico. —Pero eso a ti no te incumbe. No vendrás con nosotros—.

—No entiendo—, dijo Erath a la par que fruncía el ceño al igual que el líder. —Se supone que yo soy tu escudero de espada—. Erath había ganado el honor en una prueba de sangre antes de que la tribu partiera desde su hogar. Era el derecho de Erath cargar el equipo de guerra de Yhavi en la columna de marcha, pulir y aceitar su espada reliquia en la víspera del combate, armar al líder y vendar sus heridas y, en caso de que la calamidad llegara, resguardar el cuerpo de Yhavi si llegara a perecer. Si no era Erath, ¿entonces quién?

—Sí serás un escudero de espada—, dijo Yhavi. —Pero no el mío. Te asignaron a otro lado—. El líder percibió la confusión de Erath y su tono se volvió firme. —Por Noxus—.

Erath se irguió y apartó las dudas de sus pensamientos. Mantuvo sus facciones neutrales y firmes mientras golpeaba su pecho con su puño a manera de saludo. —Por el imperio—.

Yhavi le devolvió el saludo y bajó su cabeza en señal de aprobación. —Todos tendremos que responder cuando seamos llamados, con las espadas afiladas y nuestras mentes listas—.

Con una inhalación profunda, Erath se olvidó de su decepción. —Estoy listo—.

La expresión seca de Yhavi se desmoronó y le sonrió con calidez al chico. —Sé que estás listo, Erath. Si él te viera hoy, estaría orgulloso. Lo sé—. Erath bajó la mirada por un momento y Yhavi le dio un pequeño pergamino, sellado y atado ajustadamente. —Ve hacia la novena puerta del Bastión que está cruzando el canal que está adelante de nosotros. Los legionarios te detendrán. Muéstrales esto—.

La mención de la Legión Trifariana hizo que Erath se enderezara aún más. Estudió el pergamino. Era un papel blanqueado y brillante en comparación con la áspera vitela del mandato de los suyos. Nunca antes había visto el papel. Se sentía delicado entre sus dedos.

—Parece que el destino tiene un camino trazado para ti, enhasyi—, Yhavi le daba un trato preferencial a Erath al llamarlo con la expresión tribal de un guerrero preparado para dejar su marca en el camino de la guerra. Posó su mano repleta de cicatrices sobre el hombro de Erath antes de despacharlo a su destino. —Camínalo bien—.

Erath atravesó la bulliciosa multitud de la ciudad que se alistaba para la guerra. Para un chico criado en una solitaria aldea de pastores, la escala de todo a su alrededor era sorprendente. Enormes monumentos y edificios de piedra, hierro y vidrio se cernían sobre las calles transitadas por los ejércitos que marchaban hacia la siguiente campaña militar. Erath se movía entre las corrientes de humanidad, apenas pudiendo alzar los brazos entre la multitud. Nunca había considerado que existían tantos pueblos, tantos idiomas. Era casi abrumador, pero mantuvo su concentración en su tarea.

Muy pocos de su tribu hablaban noxiano, pero Erath podía darse a entender en va-noxiano, la jerga unificada del imperio, y además poseía un entendimiento irrisorio del lenguaje formal escrito de Noxus. Sabía lo suficiente como para adivinar los signos y los grabados que lo guiaban hacia la puerta nueve, solo un poco más adelante, en donde habría de reportarse con su nuevo comandante.

Tras cargar al hombro el bolso de arpillera en el que llevaba su equipo, Erath metió la mano en su jubón para tocar el dije de hueso que portaba alrededor de su cuello. Apretó el pendiente por un momento con un gesto tranquilizador antes de tocar sus órdenes, inscritas en la enrollada hoja de papel blanqueado. El valor de aquella cosa diminuta hizo que su mente fantaseara con respecto a quién sería su nuevo líder y qué tan importante sería su misión. Se quedó tan absorto en sus pensamientos que no se percató del momento en el que cayó bajo un par de sombras inmensas que se cernían en el patio de la puerta.

¡Khosis g'vyar!—.

Un golpe seco de hierro dejó paralizado a Erath. Alzó la mirada desde el suelo y vio los brillantes filos de alabardas gemelas, cada una de ellas más larga que su propia estatura, apuntadas hacia su corazón. Quienes blandían las lanzas era unos monstruos cubiertos con ennegrecidas armaduras de hierro. Monstruos que portaban capas del tono de la sangre fresca ondulando desde sus hombros, mirándolo amenazadoramente desde las máscaras imperturbables de sus cascos de guerra con púas.

A Erath se le hizo un nudo en la garganta. Legionarios trifarianos. Después, se dio cuenta de que las puertas no estaban enrejadas. Estos dos miembros de la élite guerrera noxiana eran las rejas.

Uno de los legionarios repitió como trueno el desafío, de alguna forma profundizado y proyectado a un nivel inhumano gracias a la máscara. Las palabras no le sonaban familiares, sino espesas, como si fuera un dialecto extraño.

¿Estaba hablando en va-noxiano? Erath entrecerró los ojos, tratando de recordar lo aprendido. El guerrero inclinó la cabeza y se aclaró la garganta como si estuviera retirando escombros de ella.

—¿A dónde vas, espadita?—, rugió el legionario de nuevo, con un tono entrecortado.

Erath respiró como un hombre que se estaba ahogando cuando finalmente llega a la superficie, capaz de comprender las palabras. No obstante, su lengua se mostró reacia, gruesa y tiesa detrás de su dentadura, a la cual trataba de controlar con desesperación para que dejara de castañear. Lentamente, metió su mano al jubón e hizo una mueca de dolor al ver tensos a los legionarios, hasta que por fin les mostró el pergamino.

Los guerreros intercambiaron una mirada y uno de ellos, aquel que había hablado, colocó su alabarda en su hombro. Avanzó hacia donde estaba Erath con las pesadas pisadas de sus botas y se detuvo a un paso del muchacho. Erath alzó la mirada, apenas pudiendo alcanzar el pecho del hombre, y extendió sus órdenes.

El legionario arrancó el pergamino de la mano a Erath; el papel se veía diminuto entre los grandes dedos cubiertos por guantes. Con un apretón veloz, destruyó el sello en su puño y el pergamino se desenrolló en medio de una pequeña lluvia de pedazos rotos de cera roja. Después de analizarlo por un momento, el legionario giró sobre su talón y golpeó el pulido suelo de piedra tres veces con la empuñadura de su alabarda. El estruendo de cada impacto repiqueteó desde el oscuro arco de la puerta.

En cuestión de segundos, Erath escuchó suaves y reverberantes golpes de pies con sandalias aproximándose. Una figura ataviada con una túnica emergió de la oscuridad de la puerta; sus rasgos escondidos bajo la sombra de una capucha roja. Se detuvo frente al legionario, impávida frente al amenazante tamaño de su armadura, y le arrebató el pergamino.

—Sígueme—, le dijo a Erath sin mirarlo. Dio la vuelta y avanzó a través del patio. Erath se apresuró para alcanzarla, mirando sobre su hombro para observar cómo el guardia legionario regresaba a su lugar junto a su compañero.

Erath siguió a la mujer encapuchada mientras atravesaban otro canal y se adentraban en la bulliciosa ciudad. Anduvieron a través de calles secundarias, evitando las grandes avenidas atestadas de tropas en movimiento y cercadas por filas de tiendas de campaña desplegadas por todos lados.

En poco tiempo, Erath comenzó a detectar olores fuertes en el aire. Paja, pasto cortado, excremento, aromas que eran familiares para cualquier pastor o vaquero de bestias. Escuchó los sordos aullidos de los animales. Pudo reconocer algunos, otros no.

El estrecho callejón por el que caminaban desembocó en un gran espacio abierto lleno de gente que pastoreaba animales. Inmensas manadas de bestias pastaban en parcelas confinadas. Hombres y mujeres revisaban los rediles de ovejas y contaban a las gallinas en sus corrales. Erath pensó que esa área había tenido un uso distinto en el pasado. Tal vez fue un parque o un jardín público, pero ahora había sido decomisada para usarse como parte de la gran movilización.

La comodidad que trae consigo el reconocimiento de lo familiar inundó a Erath, cuya mente se apaciguó al detenerse frente a una carpa ubicada en la periferia de la plaza. La mujer con la túnica le devolvió el pergamino y abrió la puerta de tela, al tiempo que le hizo un gesto para que entrara. Ella desapareció tan pronto él entró.

Adentro de la carpa, el aire era frío y denso, con un fuerte olor a incienso que hizo que los ojos de Erath se tornaran acuosos. Arrugó su nariz mientras permanecía de pie en la entrada, entrecerrando sus ojos para analizar el interior. La única luz que había allí provenía de una figura arrodillada en el centro de la carpa. Sus brazos tejían una hebra de runas verde brillante sobre una espada que pendía suspendida en el aire sobre ella.

Erath observó la magia, fascinado por la elegante danza de las runas que se grababan sobre la cuchilla de la espada y desaparecían, una por una. Recordó haber visto a los chamanes de su tribu cuando era niño, quienes convertían el aire en fuego en sus rituales. Evitó mirar directamente los símbolos, puesto que, aún desde el rabillo de su ojo, hacían rechinar sus dientes. La mujer inclinó levemente su cabeza mientras la última runa titilaba. Al ponerse de pie, atrapó su espada cuando esta caía.

—Me reporto a su servicio—, dijo de pronto Erath para llamar la atención y saludar. Extendió el pergamino hacia donde estaba la mujer. —Mis órdenes—.

Ella lo ignoró y se desplazó en trance para depositar su espada en el estante de armas. Encendió un farol en el centro de la carpa que bañó a ambos con una suave luz ámbar. Era alta. Su piel morena revelaba una tierra natal lejana de los fríos territorios del norte de donde provenía Erath. Vio cómo la misma luz verde de las runas destellaba en sus ojos que le devolvían la mirada.

—¿Sabes leer?—.

Erath vaciló. Su va-noxiano tenía un acento rítmico y melifluo, muy diferente a las voces bruscas y guturales que había escuchado en la capital. Los ojos de la mujer se entrecerraron.

—¿Sabes leer?—, preguntó una vez más. Se veía entre cansada y aburrida. Erath no supo distinguir cuál de las dos opciones.

Erath asintió. —Conozco algunas de las palabras escritas, señora—.

—¿Leíste esto?—, preguntó, sosteniendo el pergamino que recién entonces Erath se percató de que ya no estaba en su mano.

—No, señora—, Erath negó con la cabeza.

—Bien—, dijo con brusquedad mientras insertaba el rollo de papel adentro de su manga. —Yo soy Tifalenji y a partir de este momento mi palabra es la ley para ti. Mientras leas, pienses y hagas lo que yo te ordene, cuando te lo ordene, podremos ahorrarnos muchos momentos de incomodidad entre nosotros. ¿Entendido?—.

Erath asintió con una reverencia. —Sí, señora—.

—Cuando salgamos de la capital, no harás más reverencias—. Tifalenji tomó un libro de cuentas sobre la mesa y comenzó a hojearlo.

—¿Puedo hacerle una pregunta, señora?—.

Ella alzó la mirada. —No te acostumbres—.

—¿En qué le serviré?—, preguntó Erath. —¿Cuáles serán mis tareas?—.

Tifalenji cerró de un golpe el libro. —Necesitaba a alguien que tuviera experiencia en el cuidado y mantenimiento de las bestias, que fuera joven y de una estirpe de buen corazón. Eres de las planicies de Dalamor, ¿no es así?—.

—Sí, señora—, Erath se esforzó por ocultar el enojo en su voz. Casi había tenido que matar a su primo para ganar su prueba de sangre y así convertirse en el segundo de su líder, pero ahora resultaba que volvería a pastorear animales. —Fui pastor ahí—.

Ella le sonrió levemente y Erath juró haber escuchado cómo algo gruñía detrás de él, al alcance del oído. —Las criaturas que estarán bajo tu cuidado aquí son un poco más... exóticas—.

La solapa de la carpa se abrió tras romperse la tela. Erath dio la vuelta. Su mano se posó de inmediato en la empuñadura de su cuchillo.

—Yo no lo haría—, dijo Tifalenji, mientras Erath descubría cuál era la fuente del gruñido.

Cuatro dragartos se alinearon a la entrada de la carpa, eran bestias elegantes de musculatura tensa y marcada, con un caparazón huesudo y garras afiladas como navajas. Cuando era niño, Erath escuchó historias de cuando las tribus de las planicies fueron llevadas al imperio, de que el jefe de jefes fue honrado con un solo cachorro de dragarto, un regalo más valioso que tres carretas de plata. Nunca había visto uno de cerca y, por supuesto, menos a una manada.

Una mujer con una brillante armadura de guerra estaba de pie detrás de ellos, mirando con ojos amenazadores a través de la máscara blindada. Su cabello era de un impresionante rojo carmesí, atado sobre su cabeza, cayendo como una cresta por su espalda. Los dragartos se apartaron cuando ella entró a la carpa, un par a cada lado.

—Arrel—, Tifalenji inclinó su cabeza. —Llegaste justo a tiempo, rastreadora—.

Erath contempló a Arrel, aún sin poder dimensionar cómo alguien podría tener cuatro dragartos. —¿Usted es parte de la nobleza, señora?—.

Arrel miró de reojo a Erath, sus ojos eran grises y fríos como su armadura, para después concentrar su atención en Tifalenji.

—Nuestro escudero de espada—, Tifalenji le dijo a Arrel, antes de dirigirse a Erath. —No enviamos a la nobleza a Tokogol—.

—La frontera occidental—, dijo Erath. —¿Cuál es su impresión del estado de Tokogol, señora?—.

—Frío—, gruñó Arrel. Su voz era grave y su acento fuerte.

—Ya veo—, respondió Erath mientras asentía con la cabeza. —¿Y qué tal estuvo su viaje hasta aquí?—.

—Largo—. Arrel miró de nuevo a Tifalenji. —¿Siempre habla tanto?—.

Erath intervino. —¿La molesté, señora?—.

—Cuarto—, llamó Arrel. Uno de los dragartos dio un paso al frente y se colocó entre ella y Erath. Una violencia apenas contenida emanaba del aspecto de la musculosa bestia. Delgados hilos de saliva se escurrían de su hocico huesudo, coronado con espuma proveniente de los gruñidos de su garganta.

—Si me hubieras molestado, escudero de espada—, dijo Arrel —este dragarto ya te lo hubiera hecho saber. Y yo no soy tu señora—.

—Disculpas—, Erath dio un paso hacia atrás. —¿Cómo prefiere que me dirija a usted, entonces?—.

—A menos que fuera necesario, prefiero que no lo hagas—. Su semblante se tornó tenso, como si esa conversación le hubiera causado dolor de garganta. Con su muñeca hizo un ademán para indicar el fin de esa discusión.

—Aquí afuera hay un intendente encargado de reunir nuestros suministros—, dijo Tifalenji, quien le entregó a Erath una orden de requerimientos. —Ve a buscarlo—.

Erath exhaló y caminó con cuidado alrededor de Arrel y sus dragartos para salir de la carpa. Escuchó que Arrel preguntaba algo en el instante en que él se marchaba. Era la misma pregunta que seguía haciéndose.

—¿Por qué estoy aquí, forjadora de runas?—.

—¿Nunca antes habías visto un basilisco, muchacho?—.

Erath apenas escuchó al intendente. Su atención estaba dirigida por completo a la gigantesca y magnífica bestia que tenía frente a él. Era un saurio gigantesco: la carne verde del basilisco era dura como el hierro. Bandas de músculo firme y espeso se abultaban por todo su cuerpo, desde sus extremidades gruesas como troncos, hasta su larga y marcada cola. Erath pensó que esa bestia podía aplastar a un hombre sin darse cuenta de ello.

—¿Qué solías pastorear?—, le preguntó el intendente.

—Ovejas—, respondió Erath.

—Ah, no hay de qué preocuparse—, dijo el intendente mientras le daba una palmada en la espalda. —Cuando pienses en él, imagina que es una oveja gigante. Aún es un bebé, así que no te causará problemas. El tiempo aún no lo envilece—.

Erath miró al hombre. —¿Esto es un bebé?—.

El intendente se rio. —Los basiliscos adultos se ocupan de derribar los muros de los castillos, muchacho—.

Erath miró la orden de requerimientos que la forjadora de runas le había dado. Por fortuna, estaba escrita de manera coloquial, casi todo el texto eran números, y el intendente le ayudó a descifrar aquello que no podía entender. El basilisco llevaría a cuestas gran parte de un campamento, pero parecía que llevaban mucho más equipo del necesario para tres personas, incluso con los dragartos de Arrel.

—¿Todo en orden?—, Tifalenji apareció detrás de Erath. Se percató de que ahora llevaba puesta su armadura, con la espada de runas grabadas a la espalda y un morral de tela a sus pies.

—Estamos terminando de alistar todo—, respondió el intendente. —Ya está cargado casi todo, excepto las botas de agua. Nos encargaremos ahora mismo de eso y después podrán partir—.

—Bien—, dijo la forjadora de runas, mientras sopesaba la altura del sol. —Nos uniremos a las caravanas que salen por la entrada sur. Tenemos que estar en marcha y lejos de la ciudad antes del atardecer—.

—¿En marcha?—, preguntó Erath. Desde que llegó a la capital, Erath había observado cómo los ejércitos y las huestes de Noxus, incluida su propia tribu, se disponían a embarcar grandes naves de combate en los muelles. —¿No viajaremos con el resto por el mar?—.

La forjadora de runas negó con la cabeza. —No, aún no hemos acabado lo que tenemos que hacer en tierra firme. Hay alguien a quien tenemos que encontrar antes—.

Dejaron atrás el caos organizado de la capital. La imponente silueta del Bastión Inmortal permanecía en el horizonte mientras Erath, Arrel y Tifalenji se unían a una inmensa procesión de tropas que iba hacia el este a través de la estepa sureña de Noxus. Marchaban como si fueran una colosal serpiente de estandartes rojos y hierro oscuro, atravesando planicies que avivaban en Erath el recuerdo de Dalamor, su tierra natal.

—Somos demasiados—, le dijo una noche un sargento canoso a Erath, mientras esperaban en la fila para recibir su ración alimenticia. —Los muelles de la capital son inmensos y están activos día y noche. Sin embargo, no dan abasto para la movilización entera—.

—¿Por eso nos dirigimos al este?—, preguntó Erath.

El sargento resopló y sonrió mientras llenaban su taza de hojalata con un estofado y un trozo duro de pan integral. —Mientras los demás tienen que compartir con las ratas las entrañas húmedas de los barcos, nosotros podemos estirar un poco las piernas antes de que nos separemos hacia los embarcaderos a lo largo de la costa—.

—¿Y luego a dónde?—, preguntó Erath mientras asentía con la cabeza en señal de agradecimiento al cocinero que le servía su porción. —¿A dónde vamos todos?—.

—¿Nadie te ha dicho?—, el sargento de línea se rio de él. —Vamos a Ionia Crest icon.png Jonia, muchacho—.

Erath se detuvo en seco. Su comida casi se le cae de las manos. Palpó su pecho, en busca del abultado pendiente que portaba. Jonia.

—Estás estorbando en la fila—, le dijo el sargento con una mueca.

—La última vez...—, dijo Erath en voz baja. —La guerra. El imperio, ellos reclutaron a la mitad de los hombres de mi tribu para ir a la batalla—. Miró al sargento. —Ninguno regresó—.

—Me parece que esta es tu oportunidad para vengarte—. El sargento jaló hacia abajo el cuello de su túnica para dejar al descubierto una retorcida cicatriz roja que se expandía como un relámpago por todo su pecho. —Magia. Muchos de nosotros tenemos cuentas que arreglar allá, muchacho. Y hemos sido muy pacientes. Llegó la hora de la revancha—.

Erath sonrió por compromiso al sargento y se encaminó de vuelta hacia su alojamiento. De repente, el hambre se le había esfumado.

Continuaron la marcha a paso ligero y sin percances. Con el paso de los días, más segmentos de la columna de marcha se separaban y dirigían a los puertos asignados para movilizarse. Erath se sentía aislado de sus compañeras de viaje. La forjadora de runas Tifalenji se mostraba distante, mientras que Arrel era hostil. Por su parte, optó por concentrarse en la tarea por la cual fue transferido de su tribu y se dedicó a cuidar al enorme basilisco del grupo.

A pesar del inmenso tamaño y fuerza de la criatura, el intendente al que conoció en la capital estaba en lo cierto. Erath se dio cuenta de que era dócil y receptivo a sus cuidados, algo que esperaba que con el tiempo surtiera efecto también con los dragartos de Arrel, aunque no apostaba mucho por ese escenario. La manada orbitaba todo el tiempo alrededor de la noxiana armada en un despliegue de obediencia total ante su líder alfa.

Erath comenzó a llamar al basilisco Talz, que era el mismo nombre del viejo perro pastor de su infancia. El pesado saurio respondió a su nuevo nombre mientras Erath lo llevaba a pastar y lo mantenía en línea con el convoy.

Después de una semana de viaje, la forjadora de runas reunió al grupo y les anunció que, a pesar de que la columna principal continuaría hacia el este, ellos seguirían su propio camino por una ruta hacia el sur.

—Iremos a los Acantilados sangrientos—, dijo Tifalenji, mientras Erath observaba cómo el convoy se encogía a la distancia, sin perder la formación de una columna de guerreros noxianos en marcha hacia la costa.

—¿Qué hay ahí?—, preguntó.

—No es qué—, respondió la forjadora de runas —sino quién—.

Erath asintió al recordar que Tifalenji había mencionado a alguien más con anterioridad. Miró las provisiones adicionales que Talz cargaba sobre el lomo. —¿Quién es?—.

—Una arrogante k'naad—, dijo Arrel con tono sarcástico, mientras vertía agua de una botella en la palma de su mano para que sus dragartos bebieran. Era la primera vez que Erath escuchaba esa palabra y aunque desconocía su significado, podía intuir lo que quería decir. Arrel miró con desdén a Tifalenji. —Es una pérdida de tiempo, no la necesitamos—.

—Yo seré quien decida eso—, respondió con firmeza la forjadora de runas. Miró a Erath y habló entre dientes. —Su nombre es Marit, escudero—.

—A Marit le encanta recordarle a todo aquel dispuesto a escucharla que ella era parte de la nobleza antes de la revolución—, se quejó Arrel. —Despojaron a su familia de sus propiedades y de su poder, aunque al hablar con ella no podemos dar por hecho que esté al tanto de la situación—.

Arrel examinó el paisaje. —Ella nunca para de hablar sobre estas maravillosas tierras que eran de su familia—. Negó con la cabeza. —Qué pocilga—.

—Ella es un soldado de élite—, replicó Tifalenji. —Experimentada y puesta a prueba en batalla. Será un elemento valioso. Fin de la conversación—.

El camino hacia los Acantilados sangrientos atravesó planicies áridas y colinas bajas endurecidas al sol. El calor era una experiencia nueva para Erath, ajena al frío neblinoso de Dalamor. Se ocupó de racionar el agua que tenían mientras andaban bajo el sol resplandeciente en medio de un ardiente cielo azul sin nubes.

Arrel se detuvo y Erath le dio una palmada a Talz en el costado para que se detuviera mientras observaba a la rastreadora. Ella se arrodilló y puso una mano sobre la tierra. —Algo anda cerca—.

Desde la parte más alta del lomo de Talz, la forjadora de runas extrajo un catalejo de su cinturón. Extendió el tubo de latón y miró a través de él. —Hay jinetes más adelante—, confirmó. —Y no son noxianos—.

Erath pudo ver dos figuras diminutas que coronaban la cima de una colina. Solo pudo distinguir que montaban a caballo. Su pulso se aceleró y su mano se posó sobre la empuñadura de cuero del bracamante corto que llevaba atado a la cadera. Después de estar en el camino por tanto tiempo, en medio de una sucesión de días monótonos, la posibilidad de una pelea era recibida con emoción.

—Segundo, Tercero—, llamó Arrel y los dos dragartos saltaron al frente.

—Espera—, dijo Tifalenji, luego de conseguir ver detrás de los jinetes. —Hay más—.

Erath dio la vuelta y vio cómo aparecían más figuras detrás de ellos y después a sus costados. Apenas pudo escuchar la nota aguda de un cuerno mientras descendían de la colina hacia donde ellos estaban.

—Invasores—. Tifalenji desenvainó la espada de runas a su espalda. —Formen un círculo, ahora—.

El suelo comenzó a temblar, primero con un leve movimiento para después incrementar con firmeza hasta convertirse en un estruendo mientras los jinetes iban a la carga. Erath giró hacia donde estaba Talz, tratando de encontrar algo con qué atarlo al suelo e impedir que el basilisco huyera si se apanicaba, pero retrocedió cuando Tifalenji lo golpeó en la cabeza.

—¡Concéntrate!—, dijo entre dientes.

Erath se olvidó de Talz, desenfundó su bracamante y lo sostuvo con firmeza. Se distanció de Arrel y de la forjadora de runas con la intención de resguardar su tercio correspondiente del perímetro que formaron. Los invasores estaban a la vista, armados con capas y estandartes turquesa que ondulaban desde las puntas de sus lanzas con púas.

Los noxianos se prepararon para la carga. Un fuego esmeralda alumbró las runas de la espada de Tifalenji. Los dragartos de Arrel aullaron.

En el último segundo, los caballos se abrieron hacia ambos lados, acelerando y formando un círculo a su alrededor. El polvo que alzaban sus pezuñas recubiertas en hierro se transformó en una cortina espesa y arremolinada, la cual se elevaba para desaparecerlos del mundo. Erath apenas podía distinguir las siluetas que se azotaban a su alrededor.

El aire soplaba y Erath se hizo a un lado cuando una lanza se insertó en el sitio en el que él había estado parado. Escuchó cómo Arrel gritaba una orden y uno de sus dragartos saltó hacia el polvo. Tifalenji comenzó a cantar. Las palabras lastimaban los oídos de Erath mientras gusanos de luz verde se estremecían a lo largo de su espada.

—¡Say-RAH-dech!—, rugía mientras blandía su espada y lanzaba una ola de relámpagos jade a través del muro.

Erath no podía distinguir si le había dado a algo. O si el dragarto de Arrel seguía vivo. Todo era un caos. Ruido. Un lamento cortante partió el aire. El ciclón que los acorralaba se sacudió. Erath escuchó cómo algo se desgarró y dio un salto hacia atrás cuando un chorro de sangre oscura atravesó el muro de polvo, un chorro de ardiente carmesí que cubrió su cara y su pecho.

Se paralizó. Ayúdalos, idiota.

El polvo comenzó a asentarse y Erath se armó de valor. Se concentró en una sombra que estaba frente a él y se abalanzó con el bracamante en alto y el grito de guerra de su tribu en sus labios. Se lanzó por sobre las arenillas punzantes y al abrir sus ojos se dio cuenta de que aquello que tenía enfrente no era un caballo.

Lo que sea que fuera esa cosa, en un instante su jinete apuntó con su guja hacia su garganta.

—Vaya, vaya—, dijo una voz tranquila y sofisticada. —Mi querido corcel se dio un banquete el día de hoy, pero puede ser que aún tenga espacio para algo más—.

La punta de la lanza alzó a Erath por la mandíbula para que mirara a quien le hablaba. Era una mujer alta y delgada. Su rostro estaba escondido detrás de una máscara de hierro y cuero negro. Un estandarte noxiano colgaba de su guja, mientras que un segundo estandarte hecho jirones que Erath no reconocía cubría sus hombros como si fuera una capa.

Montaba con paso seguro una criatura bípeda ágil y musculosa, cuya cola daba latigazos. Una mezcla de lagarto y ave. Sus colmillos manchados de sangre surcaron su rostro despiadado en señal de desafío. Ahora que la nube de polvo se había disipado, quedaban al descubierto los invasores muertos a su alrededor, algunos de ellos descuartizados.

Erath sintió cómo lo analizaba la penetrante mirada detrás de la máscara. Los ojos de la mujer se entrecerraron en señal de satisfacción al enterrar su guja en el cuerpo de un invasor muerto, cortando su estandarte con un solo movimiento de su muñeca. En ese momento se dio cuenta de los otros que colgaban de su montura mientras Tifalenji y Arrel se acercaban.

—¡Pero si es la fría k'naad de Arrel!—, exclamó la noxiana, mientras se acercaba con seguridad hacia el grupo. —¿De qué cueva te sacaron? La última noticia que tuve de ti fue que estabas cazando recompensas en aquel miserable tugurio de Zaun—. Se estremeció melodramáticamente. —Esa ciudad es como una criatura sin dientes. ¡Espantosa!—.

—Marit—, dijo Arrel con brusquedad. Erath miró a la rastreadora. Incluso para Arrel, ese saludo había sido distante. También notó algo diferente en el gris acero de sus ojos.

—¿Y quiénes son tus amigos?—, Marit observó a Erath y a Tifalenji. —Me cuesta trabajo pensar que solo estás de paso—.

—Saludos—, dijo Tifalenji mientras inclinaba su cabeza en señal de respeto. —Tus instintos son lo suficientemente correctos. Estamos al servicio del imperio. Nuestro mandato—.

La forjadora de runas le entregó un pergamino a Marit. La mujer enmascarada lo desenrolló. Mientras leía, sus ojos oscuros miraron a Tifalenji en varias ocasiones.

Bajo pena de muerte—, Marit leyó dramáticamente, antes de devolverle el pergamino a Tifalenji. —Bueno, todo esto parece estar en orden. ¿Cuándo partimos?—.

—Ahora mismo—, respondió Tifalenji.

—De acuerdo—. Marit miró de reojo a Erath. —Un sirviente, ¿cierto?—.

Erath dudó. —Eh, soy un escudero de...—.

—Cuando te dirijas a mí, llámame 'mi señora', sirviente—. Marit señaló su montura. —Y este es mi glorioso corcel, Doña Henrietta Eliza Vaspaysian IV de Orogonthis—. Miró a Erath; entrecerró los ojos. —Pero tú pareces demasiado tonto, así que con llamarla Henrietta bastará—.

Henrietta sacudió su cuello largo y musculoso hacia donde estaba Erath mientras exhalaba un siseo agudo a través de sus colmillos relucientes.

—¿Qué come?—, preguntó Erath.

—Devora a las personas que me molestan—, dijo Marit mientras se encaminaba hacia su pabellón. —Ocúpate de sus necesidades y no hables a menos que se te indique—.

Erath abrió la boca para responder, pero Henrietta siseó de nuevo, así que tuvo que contener su enojo.

Juntos, trabajaron rápido, empacaron el campamento de Marit y lo cargaron en el lomo de Talz. El basilisco llevaba con soltura el peso, como si no se diera cuenta de que le habían añadido más carga. A partir de estas experiencias, para Erath era razonable que los basiliscos adultos derribaran fortificaciones.

—¿Está todo listo para seguir?—, preguntó la forjadora de runas.

Erath asintió y ella dio la señal para que avanzaran. Marit subió de un salto sobre una pulcra silla de montar en el lomo de Henrietta. Ató el estandarte noxiano en su guja y su segundo estandarte alrededor de su cuello, como si fuera una capa.

—¡Vamos, Talz!—, gritó Erath para que el basilisco se apresurara y dejara de comer las suaves pasturas de la tierra irrigada.

Marit inclinó su cabeza hacia un lado. —Esperen, ¿le puso nombre a nuestro animal de carga?—.

—Así es—, respondió Arrel.

Marit se rio. —Bueno, supongo que podremos usar las lágrimas del tonto para aderezar la carne del basilisco cuando tengamos que comérnoslo en el camino—.

—Aquellos jinetes—, intervino Tifalenji, mientras apuntaba a la dirección en la que los había visto desvanecerse en el horizonte.

—¿Sí?—, Marit se inclinó desde su montura. —¿Qué hay con ellos?—.

—¿No te preocupa que vuelvan a invadir en tu ausencia?—.

Marit hizo un ademán con la mano. —Tonterías. Estas son mis tierras ancestrales. Si eligen ser buenos custodios de ellas, no habrá problema. Si no, tendré que matarlos en cuanto regrese. Las preocupaciones sacan líneas de expresión—.

Salir de los Acantilados Sangrientos les tomó unos cuantos días de viaje. La forjadora de runas mantuvo la marcha del grupo a paso enérgico. Dormían por turnos y solo se detenían cuando fuera absolutamente necesario. Todas las noches, Erath la observaba, ya fuera en el camino o en el campamento, apartada del resto del grupo con la intención de su mirada dirigida hacia la luna.

Rodearon hacia el este cruzando la base de las montañas bajas antes de llegar a la parada obligada en el Portal de Drakken, justo con el primer destello del amanecer. Para Erath, los muelles estaban igual de atestados que cualquier otro, atrapados en el mismo caos organizado de la movilización armada que parecía tener lugar en toda la costa este de Noxus. Miles de guerreros, acompañados por innumerables armeros, cocineros, constructores, reparadores, sacerdotes y herreros a su servicio, abordaban las gigantescas naves de combate, listos para desenrollar las inmensas velas carmesí y zambullir sus remos para atravesar el mar.

Erath se dispuso a conseguir suministros tan pronto como llegaron allí. Si bien las naves contaban con provisiones suficientes para los soldados y los animales comunes, su grupo se distinguía por la variedad de criaturas exóticas de las cuales era el responsable. Por fortuna para él, el mandato que la forjadora de runas llevaba consigo les garantizó un paso veloz a través de las filas repletas y se impuso sobre los intendentes más obstinados. Antes del mediodía, estaban listos para abordar.

—Allí—, Tifalenji señaló hacia los muelles. —Ese es nuestro barco. El Atoniad—.

La mirada de Erath se posó sobre la nave. El Atoniad era una embarcación militar de inconfundible diseño noxiano, desde sus líneas contundentes y su enchapado con hierro ennegrecido, hasta sus tensas velas rojas, listas para ser desatadas y llevar a la nave hacia las olas. El barco más grande que había abordado fue aquel bote de río que transportó a su tribu al Bastión Inmortal. En comparación con el Atoniad, era como un palillo frente a un hacha de combate.

Hombres y mujeres en fila ya estaban abordando, acomodándose en las rampas de embarque, mientras que por las rampas más anchas subían los animales y las tarimas con herramientas, piedras y madera.

—No veo a muchos soldados—, dijo Erath.

—Viajaremos con trabajadores y mamposteros, sobre todo—, respondió Tifalenji. —El Atoniad se dirige a Fae'lor, no hacia las islas principales—.

—¿Fae'lor?—. Erath miró a la forjadora de runas. —¿Iremos a la gran fortaleza?—.

—A lo que queda de ella—, masculló Arrel.

La noticia de la tragedia de Fae'lor llegó hasta Dalamor. Erath recordó cuando se reunió con su tribu alrededor de una fogata y escuchó a los chamanes narrar cómo un cobarde grupo de jonios atacó la fortaleza noxiana de ese lugar. En su desesperación, los jonios usaron magia que estaba fuera de su control magia que estaba fuera de su control, lo cual causó estragos terribles para las defensas.

Quince días después, la tribu recibió el llamado para llevar sus lanzas a la capital.

Todas sus lanzas.

—Vamos a embarcar—, dijo Tifalenji. Señaló los puntos de acceso más anchos. —Lleva contigo las bestias y asegúrate de que embarquen, escudero de espada—.

Erath asintió y miró a Arrel. —¿Me llevo también a los dragartos?—.

Los cuatro dragartos miraron a Erath. De alguna forma, consiguieron gruñirle en simultáneo con la misma intensidad. Un coro de mandíbulas furiosas.

—Se quedarán conmigo—. Arrel tronó un dedo y la manada guardó silencio.

Erath tomó las riendas de Talz. Marit le entregó las riendas de Henrietta y le dio una última caricia a su corcel en el mentón.

—Asegúrate de que la señorita tenga su cuarto propio—, gritó Marit mientras Erath guiaba a las bestias hacia el barco. —En caso de que comparta el espacio con otro acompañante, pronto volverá a encontrarse sola—

El viento era frío e intenso, acompañado por la brisa salada. Doce naves más zarparon junto con el escuadrón del Atoniad. Sus velas rojas se hinchaban con un viento generoso y aminoraban los esfuerzos de los remeros bajo cubierta, al menos por ahora. Entre las habladurías compartidas por los soldados aburridos se esparció el rumor de que la noche anterior habían cruzado por rutas de piratas, aunque todos sabían que ningún corsario sería tan tonto como para enfrentarse a una docena de barcos de guerra imperiales atiborrados de proa a popa de asesinos marciales.

Erath dejó de ver al escuadrón en cuanto se percató de que Arrel se acercaba. Estuvo a punto de saludarla con una reverencia cuando recordó las instrucciones que le habían dado. Arrel ignoró la situación incómoda. Miró hacia abajo y se dio cuenta de que el chico se aferraba con fuerza a la baranda. —¿Es tu primer viaje?—.

El escudero de espada asintió. —Tres días a la mar, y luego otros tres más, dicen, hasta que lleguemos a Fae'lor—. Con su mano señaló la totalidad de las aguas grises que se extendían hasta el horizonte, interrumpidas solo por las siluetas cubiertas de sal de otras naves de guerra. —Nunca imaginé que hubiera tanta agua—.

Arrel gruñó, evasiva.

—Tú estuviste en la guerra anteriormente—, dijo Erath, a quien le incomodaba el tema. —¿Cómo es Jonia?—.

Arrel no le respondió de inmediato. La rastreadora miró el océano y bajó una mano para rascar la piel lisa y curtida detrás de la cresta de Segundo. Respiró lentamente. —Es un sitio de belleza y muerte—.

—Toda Jonia es un gigantesco dagarraco selvático decapitado—. Marit apareció detrás de ellos, pavoneándose para recargarse contra la barandilla. —La vez pasada lo decapitamos y ahora solo se revuelca y desordena todo. Es demasiado estúpido como para darse cuenta de que ya está muerto—.

—Yo he cazado dagarracos—, dijo Arrel. —E incluso decapitados todavía pueden destriparte—.

—¿Así que esto es una guerra?—, preguntó Erath. —¿Otra guerra con Jonia?—.

Marit se encogió de hombros. —Qué sé yo, pero el Gran General Gran General acaba de enviar muchas botas a través del océano solo para agitar espadas. Solo espero que esta vez tenga el temple suficiente como para permitirnos terminar aquello que comencemos—.

Arrel se alejó. Erath observó la insondable extensión de las olas que rompían. —¿Cómo se llama este océano?—, preguntó.

—A quién le importa cómo se llama—. Marit se inclinó sobre el hombro de Erath antes de marcharse. —Es nuestro—.

Erath nunca había estado tan agradecido en toda su vida ante el avistamiento de tierra firme.

La fortaleza de Fae'lor se hacía cada vez más grande en el horizonte frente a él. A pesar de que el viaje del Atoniad hacia la isla fue corto y rápido, Erath descubrió que la vida en el mar no era lo suyo. El agitado movimiento de la nave de guerra privó a su estómago de muchas comidas, las cuales ofrendó al océano como tributo revuelto en episodios de náusea. Todo estaba empapado y recubierto por una crujiente costra de sal que quemaba su piel.

Estuvo bajo cubierta la mayor parte del viaje, asegurándose de que las criaturas a su cuidado tuvieran una travesía cómoda, en la medida de sus posibilidades. Talz parecía estar bien. Comía con frecuencia y pasaba la mayor parte del tiempo dormido en su corral. No obstante, Doña Henrietta requería una atención más diligente. Al ser una bestia astuta y energética, la montura de Marit se encontraba infeliz confinada en la nave. Erath tenía mucho cuidado cuando la alimentaba; no quería convertirse en su platillo principal. Anhelaba sacar a Henrietta del Atoniad para que pudiera estirar sus piernas.

Cuando los vigías dieron el grito de tierra a la vista desde la proa del barco, Erath subió a ver. La cubierta principal estaba repleta de noxianos ansiosos por tener un espacio para mirar. En un principio, era poco más que una mancha a la distancia, levemente más definida que la línea difusa en la que se encontraban el agua y el cielo. Mientras más se acercaban, se volvía más reconocible. Erath vio lo que parecían ser bancos de niebla alrededor de la isla. Eran color marrón rubicundo que, visto con detenimiento, se volvía rojo.

Fae'lor estaba rodeada por barcos noxianos.

Había círculos concéntricos de embarcaciones circundando la isla, buques de defensa que se desplazaban constantemente. El Atoniad fue detenido por las patrullas de la línea de defensa exterior, un par de fragatas que se ataron a la embarcación de mayor tamaño con ganchos mientras escuadrones de soldados navales saltaban a bordo.

Erath miró sus semblantes adustos mientras inspeccionaban la nave de combate. Con armas en mano, leían cuidadosamente el mandato y la lista de embarque del capitán. Registraron cada cubierta. El escudero de espada observó cómo un trío de magos ataviados con túnicas rojo sangre revisaba cada soldado. Cantaban suavemente al mirar a los ojos a cada hombre y a cada mujer.

—¿Qué están buscando, señora?—, le preguntó a Tifalenji.

—Evidencias de disimulo—, respondió la forjadora de runas. —Engaños. Magia salvaje—.

Todo era extraño para Erath. —Pero todos aquí somos soldados noxianos, a bordo de una nave imperial. ¿No es un poco paranoico?—.

—Paciencia, muchacho—, dijo Tifalenji. —Cuando atraquemos en Fae'lor lo entenderás—.

Después de revisar cada centímetro del Atoniad, un contingente de la soldadesca permaneció a bordo mientras que el resto regresó a su fragata. La nave recibió autorización para avanzar al siguiente anillo de la barricada. Las inspecciones y revisiones se repitieron en cada puesto de control; la guardia rotaba cada vez que el Atoniad era detenido. A Erath lo picaron, empujaron y escudriñaron tantas veces que cuando por fin avistaron el puerto, se cuestionó si alguna de sus compañeras confiaba en él, o si, para tal caso, alguien lo hacía.

Pero tras observar mejor la isla de Fae'lor, lo entendió todo.

La fortaleza había sido destruida. Solo podía aventurar ecos de las grandes murallas que alguna vez estuvieron en su corazón. Las antiguas fortalezas impenetrables fueron reducidas a escombros y astillas que se alzaban del suelo como negros dientes rotos y podridos. Pero la devastación iba más allá de los muros y torres. La tierra misma estaba partida, arrasada y arrancada. Su superficie marcada con las huellas de un inverosímil desastre natural.

El Atoniad llegó a su atracadero y los noxianos retomaron las labores, tanto a bordo como en el muelle, tan pronto se detuvo. Los artesanos se apresuraron a ocupar sus lugares asignados, mientras los materiales y suministros eran descargados y llevados a la orilla. Erath descendió bajo cubierta, tratando de sobreponerse de la conmoción de haber visto la isla mientras se ocupaba de que Talz y Henrietta bajaran del Atoniad.

En claro contraste frente a los rebaños de ganado y otras manadas de animales más mundanos, Erath guio a sus bestias por una rampa ancha que les permitía salir de la bodega del barco. Mientras esperaba a que revisaran a quienes iban delante de él para entrar a Fae'lor, se paralizó al ver descender a varias tripulaciones sobre los restos de otra nave de guerra, como si fueran una horda de hormigas furiosas.

Inmensos cabrestantes y cadenas extraían del agua lo que quedaba del naufragio, un pedazo a la vez. Los equipos se movilizaban allí abajo. Sacaban en aluvión las siluetas pálidas e hinchadas de los muertos. La embarcación era del doble de tonelaje del Atoniad. Su casco se había roto en dos, como una vara sobre la rodilla de una persona.

¿Qué clase de poder habría hecho algo así?

Erath recordó cuando estuvo al abrigo de la sombra del Bastión Inmortal. Al ver al imperio marchar hacia la guerra, sintió la certeza de que no había nada en toda la creación que pudiera enfrentarse a ellos.

Por vez primera, al ver lo ocurrido con Fae'lor con sus propios ojos, sintió cómo la duda se escabullía en su corazón.

Por fin llegó al final de la rampa y pasó de pisar madera mojada para avanzar sobre la roca quebrada. El aire era denso, húmedo y polvoriento. Olía a especias, cosas que Erath no lograba identificar hasta que, por fin, cayó en la cuenta de que estaba allí.

Esto era Jonia.

Erath perdió la noción del tiempo y no se percató del momento en el que las riendas de cuero de Henrietta se deslizaron de sus dedos. Cuando reaccionó, la montura de Marit corría hacia el campamento.

—¡Oye!—. El escudero de espada se dispuso a perseguirla, pero antes, se dirigió a Talz. —No te muevas—, le advirtió, mientras sacaba su cuchillo y con él clavaba las riendas del basilisco al suelo antes de correr tras Henrietta.

—¡Ohh!—, le gritó al saurio errante mientras deambulaba por una fila de tiendas de alojamiento. Henrietta se detuvo y giró su largo cuello para ver a Erath. Bufó a través del metal brillante de su careta, a la que Marit se refería como —su joyería—. Cubría su cráneo y su rostro. Era un casco protector y también un arma, la cual acentuaba sus colmillos despiadados con afiladas cuchillas de hierro.

—Tranquila, señorita—, dijo Erath para persuadirla. Sus brazos estaban abiertos mientras avanzaba para abarcar la distancia que había entre ellos. —Tranquila—.

—¡Controla a esa cosa!—, gritó alguien de un grupo cercano. Tanto Henrietta como el escudero de espada miraron hacia esa dirección con hostilidad.

—¡Ha estado encerrada en un barco por días!—, gritó Erath a los soldados. Aprovechó que Henrietta estaba distraída y tomó sus riendas, envolviendo el cuero alrededor de su antebrazo. —Necesita ejercitarse. ¿Quieres ayudarme? ¡Entonces sal de mi camino!—.

Erath miró a los soldados dispersarse, para después darse cuenta de que la forjadora de runas lo estaba llamando. Regresó por Talz y guio a sus bestias, empujando al basilisco para que fuera al frente y conteniendo a Henrietta por detrás mientras se dirigía hacia donde Tifalenji lo esperaba con Arrel y Marit. Se percató de que había una nueva tensión entre las compañeras de la forjadora de runas; sus posturas eran más rígidas que de costumbre.

—No hay prisa—, dijo Marit con desdén y le arrebató las riendas de Henrietta. Arrel se acuclilló, con sus dedos tocó los escombros esparcidos por el suelo mientras sus dragartos daban vueltas a su alrededor.

—Esto fue magia antigua—, masculló la rastreadora. —El retorno de algo que estuvo dormido por mucho tiempo—.

—¿En dónde aprendiste a percibir la magia?—, escéptica, Marit alzó una ceja.

Aquí—, suspiró Arrel.

—Estupendo—, respondió Marit. Luego, miró a Tifalenji, esperando sus instrucciones. —¿Y bien?—.

—El último miembro de nuestra expedición está aquí, en Fae'lor—, dijo la forjadora de runas. —Solo tenemos que encontrarla—.

—Busca una arena de pelea—, dijo Arrel. —No estará lejos del aroma de la sangre—.

Erath asintió, acostumbrándose a deducir lo que podía de inferencias y palabras crípticas. —¿También tiene una bestia de la cual tendré que hacerme cargo?—.

—Ah, sirviente—, Marit negó con la cabeza. —¿Teneff? Ella es la bestia—.

Arrel tenía razón. Mientras Fae'lor estaba en medio de su reconstrucción, aún quedaba un campamento militar noxiano. Siguieron el sonido de los repiqueteos del acero, más agudos que el ritmo proveniente de los martillos de la forja, lo cual los llevó hasta el sitio en el que entrenaban los guerreros de la isla.

Más allá de las filas de carpas de alojamiento, había cavados unos pozos superficiales, cada uno de ellos en uso por un par de soldados que se batían en duelo. Peleaban con espadas desafiladas, varas de madera o con sus propias manos, pero una pareja en particular había capturado la atención de la multitud. El grupo se abrió paso a empujones entre los soldados curiosos para observar qué pasaba en la arena.

Dos noxianos se rodeaban mutuamente, cubiertos de pies a cabeza con sus armaduras. Uno de ellos blandía una espada de entrenamiento y un escudo. La otra, un pesado gancho de hierro engarzado a una larga cadena. Los soldados espectadores aplaudían mientras los combatientes medían su distancia e intercambiaban amagos.

El espadachín detectó una oportunidad. Dio un paso al frente y sacudió su escudo hacia el rostro de su oponente mientras por lo bajo lanzaba un ataque con su espada. Su contrincante dio un paso atrás para esquivar la espada, mientras lanzaba su cadena con gancho y atrapaba el brazo con el que el hombre sostenía su escudo. Latigueó con su brazo hacia abajo y torció al espadachín hacia el frente, para propinarle un cabezazo brutal. Cayó como piedra sobre el lodazal. La sangre brotaba a chorros de su nariz rota.

—Para mí, esto es primera sangre—, alardeó, y la multitud comenzó a vitorear.

—Eso fue una movida sucia, Teneff—, gruñó el espadachín, quien retiraba la sangre que corría de su nariz machacada con la mano mientras reía de manera retorcida. —Lleguemos a segunda sangre. No he terminado contigo—.

Primera sangre era el trato—, repitió Teneff, sin la intención de ceder. —Te necesitamos en la batalla, Cestus—.

El espadachín maldijo y se puso de pie, arrastrándose fuera de la arena. Teneff enrolló la cadena en su antebrazo. Cuando alzó la vista, vio que Erath y el resto del grupo la miraban. Confundida, sus ojos se ensancharon. —¿Marit? ¿Arrel?—.

Marit se rio. —Sigues quebrando cráneos, ¿eh, Ten?—.

Teneff escupió una flema al suelo. —Algunos de nosotros nunca dejamos de hacerlo—, dijo con una sonrisa, tomando la mano que Arrel le había ofrecido para salir de la arena.

Erath se apartó mientras ella salía. Teneff llevaba las marcas de un rompeescudos, un guerrero de la línea frontal que destaca cuando el enemigo está al alcance de su brazo. Las cicatrices se entrecruzaban por toda la piel que no estaba protegida por la armadura de hierro y cuero. Relatos de sangre y honor grabados en ella tras una vida en el campo de batalla. Erath se preguntó cuántas de ellas habían sido obtenidas aquí en Jonia.

—La última vez que vi a cualquiera de las dos—, dijo Teneff —todas estábamos...—.

—Aquí—, completó Marit. Por un momento, entre las soldados hubo silencio. Había un vínculo entre ellas; Erath lo veía claramente. Pero también había un vacío, algo inefable, incluso una ausencia. Él había vivido con soldados lo suficiente como para saber que lo mejor era no entrometerse.

—Bueno—, dijo Teneff, rompiendo el silencio. —Si todos ustedes vienen de Valoran, habrán estado comiendo porquerías del barco por días. Nuestro cocinero no es espectacular, pero sus comidas son mucho mejor que eso. Vengan—.

El sol comenzó a ponerse en el horizonte, pintando el cielo con rayos dorados, naranjas y escarlata, hasta tornarse índigo. Atravesaron el campamento y encontraron sitio para sentarse alrededor de una fogata mientras el viento se tornaba frío. Las mujeres hablaron entre ellas sobre lo que habían estado haciendo desde la última vez que pelearon juntas y de las viejas heridas que soportaron juntas. Erath permaneció en silencio y escuchó.

—¿Y tú, chico?—, dijo Teneff, concentrando su atención en el escudero de espada. —¿Eres un guerrero avezado? ¿Ya peleaste en una batalla principal?—.

Erath se enderezó. —Le serví a mi líder, sí—.

Su aspecto era serio, analítico. —¿En dónde?—.

—Fue una pelea fronteriza al oeste de las planicies de Dalamor—, respondió Erath. —Un ataque veloz, muy ágil—. Miró a cada una de ellas y se dio cuenta de que su respuesta era insuficiente. No estaba frente a la mirada ignorante de cualquiera, en busca de satisfacer alguna idea elegante de lo que era pelear en una guerra que jamás experimentarían. Ellas eran veteranas, guerreras que se encontrarían con él en la línea, que necesitaban saber qué cosas había presenciado y cómo se había conducido en esas circunstancias.

—Fue una expansión superficial a través de un valle fértil—, continuó. —Eran chicos grandes, ganaderos, pero habían sido enviados a labrar la tierra, no a teñirla de rojo. Cuando nos acoplamos al veloz ritmo del tambor y fuimos a la carga, cerramos filas y duplicamos la velocidad mientras rodeábamos su flanco derecho. Los abrimos rápidamente—.

—¿Alguno de los que quedaron después de eso labró la tierra?—, preguntó Arrel.

Erath negó con la cabeza. —Tratamos. Después de que vinieron sus mayores, trajimos a otros para ayudarles a empezar con el trabajo. La cosecha necesitaba ser sembrada, no había tiempo que perder—.

Marit inclinó su cabeza. —¿Y con cuántos de esos granjeros teñiste el suelo de rojo, eh?—.

—No lo molestes—, dijo Tifalenji.

—Yo estaba en la retaguardia—, Erath se encogió de hombros. —Cuando las líneas rotaron hacia mí, ya estaban hechos añicos. Nosotros nos encargamos de matar a quienes estaban demasiado heridos para salvarse y cavamos tumbas—.

Sin pedirlo, el recuerdo emergió en la mente de Erath. Lidiar con las consecuencias del quiebre de un muro de escudos, sentir cómo alguien tomaba su tobillo. Bajar la mirada, ver a un hombre con una lanza atravesada en el vientre, hablándole en palabras que él no comprendía, pero cuyo mensaje entendía con claridad.

Colocar la punta de su lanza sobre su garganta. El hombre inclinando su cabeza hacia atrás en señal de aceptación.

—¿Cuándo fue esto?—, preguntó Teneff.

—La primavera pasada—, respondió Erath.

—¡Un infante!—, exclamó Marit.

—Te dije que no lo molestes—, gruñó la forjadora de runas. —Él está aquí para pastorear bestias, nada más—.

Marit se rio y, entretenida, entrecerró sus ojos. Teneff miró a Tifalenji. —¿Y tú, escultora de runas? ¿En dónde has servido?—.

—Lejos de aquí—, respondió. Una extraña luz en su mirada convenció a Erath de que eso sería lo único que escucharían de sus experiencias.

Dormir era un lujo para los soldados. Todo periodo de descanso ininterrumpido era precioso, equivalente a un estómago lleno o a un par de botas bien hechas para los peleadores. Erath había tratado de ajustarse al eterno vaivén del Atoniad, pero solo había podido conciliar el sueño por momentos. De vuelta en tierra firme, con su capa extendida sobre un pedazo de terreno plano, cerca de los corrales de los animales, tras culminar con su faena, el escudero de espada recargó su cabeza contra su equipaje y saboreó la idea de dormir por las siguientes horas antes de que llegara la hora del desayuno.

Su siesta se sintió como si tan solo hubiera cerrado los ojos por un momento cuando escuchó una voz, fría y penetrante como el filo del cuchillo que sintió contra su cuello.

—Haz lo que te digo, en silencio, o te cortaré la garganta—.

Erath abrió los ojos. Aún faltaban horas para el amanecer. La luna era una delgada hoz sobre su cabeza mientras se ponía de pie. Le habían quitado su cuchillo. Caminaron. Erath tuvo el cuidado suficiente como para mantener sus movimientos lentos y sus manos a la vista mientras era guiado a las afueras del campamento.

Un grupo de siluetas estaba de pie más adelante. Escuchó el silencioso gruñido de los dragartos mientras se acercaban. Las indistinguibles siluetas resultaron ser Arrel y Marit, con la figura arrodillada de la forjadora de runas entre ellas.

—¿Qué estás haciendo en Jonia, muchacho?—, le preguntó la voz mientras lanzaba a Erath al suelo junto a Tifalenji. Se dio cuenta de que la voz detrás de él era la de Teneff.

—Yo...—.

—Él no sabe nada—, dijo con calma Tifalenji. Teneff retiró el cuchillo de la garganta de Erath y se acercó a la forjadora de runas.

—¿Y qué sabemos de ti, eh?—. Teneff miró a sus compañeras veteranas. —Los documentos pueden falsificarse, los mandatos pueden alterarse—.

—Mi mandato es genuino—, dijo Tifalenji, dirigiendo su espeluznante calma hacia Erath —al igual que el poder al que amenazan con oponerse—.

Marit inclinó la cabeza. —¿Acaso el chico sabe a quién dices que estás cazando? ¿A quién quieres que nosotras cacemos?—.

—Sabe solo lo necesario, nada más—.

—Entonces tal vez sea momento de que se entere—. Teneff miró hacia abajo a Erath. —Estás buscando a un fantasma. Una guerrera que murió de manera honorable como una heroína para Noxus. Nuestra compañera—. Hizo un gesto hacia Arrel y Marit. —¡Nuestra hermana hermana!—.

—Está viva—, dijo la forjadora de runas.

—¡Mentiras!—, bufó Teneff. —Dime por qué debería creerte y no matarte en este momento—.

—Porque los poderes a los que sirvo no cometen ese tipo de errores. Si dicen que está viva, entonces así es. Todas ustedes sirvieron a su lado, en nombre del imperio. Ahora, el imperio nos ordena que la encontremos y la llevemos de vuelta. Mi autoridad sustituye a la de las guarniciones aquí. No saben nada de nuestra misión y no tienen por qué conocerla—.

—¿Qué pruebas tienes de todo esto?—, exigió Marit.

—Su espada espada—, suspiró Tifalenji. Las mujeres se tensaron.

—¿Qué dices?—, bufó Teneff.

—¿Sabían que trató de destruirla?—, les preguntó la forjadora de runas. Inhaló profundamente y sus ojos se tornaron esmeralda. —Fracasó y la magia impregnada en la espada aulló durante la profanación. Mis maestros la escucharon y vieron quién fue responsable de ese acto, tan claro como si hubieran estado con ella en esa misma habitación. Así es como lo sabemos—.

—Si es que aún vive—, dijo Teneff —entonces es una desertora, el mismo crimen que nos pides que ahora cometamos. Su castigo es la muerte—.

Tifalenji se enfrentó a la mirada fulminante de Teneff. —Si triunfan en esta tarea y me ayudan a cazarla para llevarla de vuelta a Noxus en donde será juzgada, no habrá castigo para ustedes. Mírense, todo aquello que sacrificaron en este lugar, y díganme que su traición no las hiere. Díganme que le darían la espalda al cumplimiento de la justicia y que no les interesa que la infractora responda por la vida que ha llevado estos últimos años—.

Un silencio oscuro se cernió sobre el grupo. La tensión irradiaba de Teneff, Marit y Arrel. La amenaza de la violencia pendía del filo del cuchillo. Erath luchaba por controlar sus nervios; la rabia contenida por los secretos y la idea de que tal vez moriría aquí, en Fae'lor, sin ningún indicio del por qué.

—Iremos contigo—.

Todos miraron a Arrel. Era lo primero que decía desde que habían arrastrado allí a Erath. Marit rodeó a la rastreadora. —¿Ahora hablas en nombre de todas nosotras?—.

—Así es—, dijo Arrel de manera rotunda. Aclaró su garganta con cierto esfuerzo. El sonido le pareció casi doloroso a Erath. —Porque todas nosotras somos soldados. Y un soldado cumple con su deber. Pero, sobre todo, ella era nuestra hermana. Y las hermanas merecen respuestas—.

Marit posó su oscura e intensa mirada sobre Arrel, pero después cedió. —Respuestas—, repitió.

Teneff rechinó sus dientes y miró a las otras veteranas, quienes asintieron solemnemente. Tomó a la forjadora de runas por el cuello y la levantó, sin soltarla. —Al primer indicio de que lo que nos has dicho aquí son mentiras, bruja, te cortaré la cabeza—.

—Solo digo la verdad—, respondió Tifalenji. —Y sobre todo ahora que ya no podemos demorarnos más. Tenemos que cruzar hacia el corazón de las Tierras Originarias, y debemos hacerlo de inmediato—.

Tifalenji miró a Erath por primera vez. —Lo que les dije a ellas deberá de ser igual de verdadero para ti, escudero de espada. Si nos acompañas en este camino, nos asistes y nos sirves, serás recompensado—.

—Soy un guerrero leal de Noxus—, proclamó Erath. —Cumplo con mi deber y no necesito promesas sombrías ni la amenaza de una garganta cortada para hacerlo. El imperio ordena que le sirva y eso haré. Solo tengo una pregunta—.

Tifalenji miró a Erath con seriedad. —Dime—.

—¿Quién es?—, preguntó Erath. —¿A quién estamos cazando?—.

La forjadora de runas sacó su espada. —Tal vez haya cambiado de nombre ahora; puede que haya adoptado algún nombre local para su nueva vida en las Tierras Originarias—.

Aquellas runas que Erath había visto ser grabadas por la forjadora a lo largo de la espada, se elevaron del hierro hacia el cielo, como un camino que conducía hacia la mística tierra oscura que los esperaba.

—Pero en Noxus, su nombre era Riven Riven—.

Trivia

  • Los eventos de la historia completa de La Hermandad de la Guerra son una causa directa de la historia de Riven Riven en Awaken.

Referencias

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