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Historia corta • Lectura de 7 minutos

La Fuga de la Prisión Puboe

Por Matthew Dunn

Rakan es el peor.

Lore

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Rakan Rakan es el peor.

No está escuchando. Está concentrado en sus plumas doradas plumas doradas, como si hubieran cambiado de cuando las limpió por la mañana. Voy a tener que repetir el plan. Aunque, ahora que lo pienso, tal vez era demasiado complicado para una misión de rescate. Lo simple es mejor.

—Me matarán si me atrapan—, le digo.

—¡¿Quiénes?!—. Ante la sola idea de que alguien me haga daño, se ve preparado para matar.

—Los guardias—, le digo. —Siempre son los guardias—.

—¡Entonces los distraeré!—. Infla el pecho. —¿Cuándo?—.

—Busca un destello verde antes de que el sol se ponga. Luego distrae a los guardias para que se alejen de los muros del oeste mientras atravieso las murallas corriendo, hacia las celdas—.

—Les daré un espectáculo en cuanto el sol se ponga—, dice, como si fuera su idea. —¿En dónde nos encontramos?—.

—En la puerta. Arrojaré una hoja dorada hacia el cielo. Pero tienes que estar ahí en diez respiraciones—. Arranco una pluma de su capa. Se siente tibia en mis manos. El recuerdo de estar en sus brazos en la Cascada Aphae me inunda. El sol filtrándose a través de las hojas, alcanzando los bordes de nuestras plumas, unas sobre otras. Fue un día maravilloso.

—Estaré en la puerta en el momento en que arrojes la cuchilla—, me jura.

Tomo su mano y me acerco a él. —Lo sé—.

En su rostro aparece esa sonrisa arrogante y segura. Quiero abofetearlo. O besarlo. O ambos.

—Ahora, querido, si yo fuera tú, me ocultaría detrás de la línea de los árboles, para pasar desapercibido—.

Nuestro abrazo es tan cálido que desearía que durara toda la noche. Pero el sol está ya muy cerca del horizonte y nuestro estimado cónsul no va a escapar de una mazmorra vigilada por una horda de acólitos de las sombras sombras por sí solo.

Rakan me dice que tenga cuidado mientras se aleja, viendo hacia el cielo. Cada vez que se va, mi corazón se hunde. Estoy segura de que no será la última vez que lo vea. Aunque, algún día, podría ser.

—Recuerda, corazón de fuego—, susurro a sus espaldas. —Puesta del sol—.

Me deslizo entre los parapetos de la fortaleza sin ser vista. Años evitando las miradas humanas me enseñaron sus puntos ciegos.

Seis acólitos protegen la puerta que lleva a las mazmorras. Traen consigo ballestas de disparo doble, espadas metidas en sus cinturones y quién sabe qué más en las faltriqueras de sus cinturas. Me escabullo por el muro interno, detrás de ellos, para quedar a distancia de ataque. Me arranco cinco plumas plumas y las junto ordenadamente en la palma de la mano, manteniéndolas entre mi dedo índice y mi pulgar, preparada para mandarlas a volar.

Se escucha un sonido desde afuera de los muros. El estallido de un gong. Gritos. Hombres confundidos. Debe ser Rakan.

Los guardias de la prisión también lo escuchan. Se me estruja el corazón de la preocupación. Espero que mi amor esté bien. Yo sé que va a estar bien. Más le vale que esté bien u obligaré a un nigromante a revivirlo para poder asesinarlo yo misma. Sabe que soy capaz de hacerlo. Me las arreglaré.

Los guardias abandonan sus posiciones, distraídos. Rakan se adelantó, pero es el momento perfecto. Puedo entrar sin tener que noquear a ninguno de ellos.

Casi llego a la puerta de las mazmorras cuando veo a otro guardia escalando el parapeto, apuntando letalmente con su rifle. Nadie le apunta con nada a mi Rakan. Le arrancaría el corazón a cualquiera que se atreviera a lastimar siquiera una sola de sus plumas. Haría un lindo collar de corazón palpitante.

Me detengo. Los prisioneros no se irán a ninguna parte. Tengo tiempo para convertir a este guardia en un colador.

Retrocedo hacia el parapeto. La primera pluma pluma que aviento rebana el cañón de la pistola. Cae al suelo con un estruendo. Las otras rebanan su pecho, atravesándolo. Se desploma como una bolsa de nabos.

—¡Intruso!—, grita uno de los guardias de la puerta.

Me agacho y ruedo mientras las flechas de ballesta chocan contra el muro de piedra detrás de mí y atraviesan los postes de madera. Sin erguirme, corro hacia los acólitos que se están desplegando para colocarse en mejores ángulos. Salto. Disparan hacia donde creen que la gravedad me llevará, en lugar de hacia donde estoy: planeando en el aire.

Lanzo otro puñado de plumas y las convierto en cuchillas cuchillas a mitad del vuelo.

Cinco de los guardias se desploman, las plumas clavadas en sus pechos. El acólito restante estrecha los ojos y yergue los hombros, listo para pelear. Desenvaina su espada antes de que mis pies toquen el suelo.

—Tu alma me servirá para siempre—, gruñe. Puedo sentir la magia sombría que cubre su espada, la esencia de cada vida que ha tomado.

Me río. —He matado a más personas en los últimos veinte pasos que tú en toda tu vida—.

El acólito duda antes de embestir salvajemente hacia mí. Su pequeña espada deja rastros fluctuantes de oscuridad. No tengo tiempo para esto, el sol se está ocultando. Me doy la vuelta.

Con el chasquido de mis dedos, mis plumas plumas se liberan de los cadáveres detrás del acólito, volando de vuelta hacia mí.

Escucho la espada caer al suelo un momento antes del ruido sordo de su cuerpo. Estoy segura de que la Orden de las Sombras encontrará alguna forma de utilizar el alma de estos hombres en una resortera o algo así. No sé bien realmente cómo trabajan estos tipos, pero bien por ellos por ser tan económicos. Uno no debería desperdiciar la esencia de la vida.

Tomo la pluma de Rakan y la lanzo hacia el aire. Se queda suspendida en el cielo, un mensaje dorado que llamará la atención de algunos. Pero solo hay uno que sabe qué significa.

Mientras tanto, tengo una cita en las mazmorras con el cónsul.

Se ve terrible sentado en una jaula. Demacrado. Débil. Derrotado. Pensando que soy uno de los guardias, no levanta la vista. Él y su compañera son Sodjoko, pero su séquito está conformado por vastayas de otras tribus. Sus ojos destrozados me agradecen más que sus palabras. Saben bien que no es momento para la gratitud. Aún no estamos fuera de la fortaleza.

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Mientras guío a los prisioneros hacia la puerta del este, quedo perpleja ante la terrible falta de guardias. Casi todos los puestos están desiertos. ¿No se supone que esto es una fortaleza? ¿Quién se encarga de sus horarios?

Dejamos atrás la armería y los cuarteles. Ahí está la puerta. Parece que Rakan encontró a los guardias. Docenas de ellos. Lo están rodeando. Mis plumas se erizan. Collar hecho de corazón palpitante, ¡allá voy!

Rakan nos alcanza. Su sonrisa pasa de satisfecha a desconcertada mientras habla con el cónsul. Akunir es uno de los más viejos amigos de mi padre y nuestro embajador más importante. Tengo mucho que discutir con él cuando hayamos acabado con esto.

—Todos, corran hacia la línea de árboles—, ordeno.

Están en pánico, pero agradecidos de que Rakan haya eliminado a los tiradores. Así podremos sobrevivir al cruce por el campo. —¡Corran!—, grito.

Akunir es demasiado lento. Rakan empieza a guiarlo hacia el bosque.

El cónsul se aferra a Rakan. —No, por favor, protejan a Coll—. Rakan se vuelve hacia ella.

Yo niego con la cabeza. Rakan lo comprende. Arrastra al cónsul detrás de él.

Asiento hacia el más fuerte de los juloah. Él levanta a Coll en sus brazos. Ella lo llama Jurelv y él jura, por sus cuernos, mantenerla a salvo.

Logra dar diez pazos antes de que la primera flecha lo alcance, pero no se detiene. Lleva a Coll hacia el bosque. Los acólitos de las sombras corren tras ellos.

—¡Xayah Xayah!—, grita Rakan. —¡¿Tubiarco o arquiubo?!—.

Me encantaría tener tiempo para jugar, pero no lo tengo.

En lugar de eso, me uno a la pelea.

Y no es agradable.

Para los acólitos.

Estábamos a salvo bajo el follaje del bosque cuando se llegó el momento en que el cuerpo de Jurelv no pudo seguir ignorando sus heridas.

Coll se arrodilla al lado de su cadáver. Su sangre cubre las hojas. Ya hemos rezado para que su espíritu encuentre a nuestros ancestros y se una a ellos en paz y con alegría. Su familia estará en duelo durante muchas lunas.

Estoy acostumbrada a la muerte. Ya no me afecta en la forma que alguna vez lo hizo. A Rakan le afecta mucho; tengo que ser fuerte para él.

Al menos el cónsul está a salvo. Después de retirar la mano del hombro de su esposa, se dirige a mí.

—Tengo amigos en el sur—, dice. —Los Kinkou deben de ser informados—.

—Los humanos rompieron el pacto—. Siento mi presión sanguínea elevarse. —¿Cómo es que no ves que esto es una grave infracción? Para ellos, la magia es poder. Para nosotros, es la vida. Nunca respetarán nuestros límites—.

—Los humanos son una raza dividida, Xayah. Solo Zed Zed y sus sombras rompieron el pacto. No representan a todos los humanos—.

—Eres ingenuo. Tus amigos en el sur te traicionarán. Y luego a todos nosotros—.

—Los Kinkou son honorables. Ellos me creerán. Confío en ellos—.

—Entonces no eres ingenuo, eres un idiota—. Akunir queda impactado ante mi atrevimiento para hablarle de esa forma. Yo rechazo el concepto de ser diplomático. La diplomacia no le devolverá la vida a los muertos.

Coll se pone de pie. Su rostro está nublado por el dolor y el enojo. —Volveré al norte, Akunir. Les informaré lo que nos hicieron—.

Honestamente no pensé que ella fuera así.

El brillo se desvanece de los ojos de Akunir. —Coll, no—.

—Daré la noticia del destino de Jurelv a sus parientes y viviré el duelo con ellos. Después, llamaré a las armas y prepararé a la tribu para pelear—.

—¡No puedes hacer eso!—, proclama el cónsul.

Coll lo ignora. —Renuncio a mi compromiso hacia ti. Renuncio a tu compromiso hacia mí—.

—Coll... por favor—. Su voz se quiebra.

—No—, dice ella.

El cónsul se acerca para sujetarla, pero Rakan lo detiene.

—Hablaré con mi compañera—, dice Akunir a Rakan. A sus guardias.

Pero Coll ya se ha alejado. Me observa y ya no veo más a la esposa de un diplomático. Veo a una guerrera. Ella reúne a sus fieles, todos excepto a dos del séquito del cónsul.

—Gracias, Xayah—, me dice Coll antes de encaminarse hacia el norte y adentrarse en el bosque.

Akunir y sus guardias la observan alejarse y, sin mediar palabra, se dirigen hacia el sur.

Rakan se acerca a mí. Siento su corazón palpitar al mismo ritmo que el mío.

—Prométeme que nada nos separará de esa forma, mieli—, le digo.

—No somos como ellos, miella—, Rakan me asegura. —Nunca seremos como ellos—.

Miro a Coll mientras desaparece entre los árboles.

—¿Hacia dónde vamos ahora, Xayah?—.

—Quedémonos aquí un momento—, murmullo.

Entierro la cabeza en su pecho. Él me envuelve con su capa y con sus brazos. Mi cabeza se mueve al ritmo de su respiración. Podría quedarme aquí por siempre.

—Dímelo una vez más—, le pido.

—No somos como ellos—, dice. —No somos como ellos—.

Sonríe y besa mi frente. Los votos que hicimos en la Cascada Aphae surgen en mi mente. Su corazón late por mí y el mío por él. Mi hogar está en sus brazos, en su aliento, en su sonrisa.

No hay nadie mejor que Rakan.

Referencias

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