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Historia corta • Lectura de 5 minutos

La Emoción de la Cacería

Por Graham McNeill

Incluso después de las tres campanadas siguientes al cierre de las Puertas del Sol, Piltóver seguía llena de vida, vida que se interponía en su camino. Caitlyn corrió a través del Muelle Creciente, tejiendo un camino entre los juerguistas de medianoche que deambulaban por el elegante paseo de cafés y restaurantes. Los clubes sociales empezaban a vaciarse, al igual que los teatros dentro de la Galería del Dibujante, así que las calle estaba a punto de volverse más atestada. Si no atrapaban a Devaki pronto, lo perderían.

Lore

Incluso después de las tres campanadas siguientes al cierre de las Puertas del Sol, Piltóver seguía llena de vida, vida que se interponía en su camino. Caitlyn Caitlyn corrió a través del Muelle Creciente, tejiendo un camino entre los juerguistas de medianoche que deambulaban por el elegante paseo de cafés y restaurantes. Los clubes sociales empezaban a vaciarse, al igual que los teatros dentro de la Galería del Dibujante, así que las calle estaba a punto de volverse más atestada. Si no atrapaban a Devaki pronto, lo perderían.

—¿Lo ves?—, gritó Mohan desde atrás.

—Si lo viera, ¡ya estaría bajo mi mira!—

El rifle hextech que colgaba del hombro de Caitlyn estaba cargado y listo para disparar, pero necesitaba un objetivo y Devaki era más veloz que un conejo asustado. Había robado tres talleres de clanes (o hasta lo que sabían) en las últimas cinco semanas y Caitlyn lo tenía identificado por dos más. Trabajando con la corazonada de que algo grande sucedía en estos delitos, Mohan y ella habían estado vigilando uno de los talleres de la casa Morichi y, por suerte, Devaki había aparecido. Aunque no supieron de quién se trataba hasta que los encendedores de la ciudad habían terminado su recorrido calle abajo hasta encender las lámparas brillantes, lo que permitió que Caitlyn viera su reflejo en una de las ventanas de un café al otro lado de la calle. Devaki la había visto exactamente en el mismo instante y había salido disparado como una rata de alcantarilla sorprendida.

Caitlyn derrapó hasta detenerse en la siguiente intersección. Las llamas enjauladas sobre las farolas acanaladas bañaban las decenas de ciudadanos sorprendidos que la observaban bajo una luz tibia y ámbar. Sus ojos celestes saltaban de persona en persona, buscando la silueta distintiva de Devaki.

Un joven cruzó la calle en su dirección, sus mejillas ruborizadas por el júbilo de la noche. Le hizo señas con la mano.

—¿Busca a un hombre que se dio a la fuga?—, preguntó. —¿Un tipo con un sombrero grande?—

—Sí—, respondió Caitlyn. —¿Lo viste? ¿A dónde se fue?—

El joven señaló a la izquierda y dijo: —Por ahí, iba rápido—.

Caitlyn siguió su mirada y observó a varios entusiastas del teatro abandonando la Galería del Dibujante, una estructura con forma de bóveda con vitrales y columnas herradas. Se mezclaban con vendedores de comidas y bailarinas que buscaban una víctima adinerada. Mohan por fin la alcanzó, todo sudado y respirando con dificultad. Se inclinó hacia adelante y se apoyó con las palmas sobre las rodillas. El abrigo azul de su uniforme estaba corrido; su sombrero, inclinado hacia atrás sobre la cabeza.

—Sabía que intentaría perdernos en la multitud—, dijo mientras tragaba bocanadas de aire.

Caitlyn se tomó un momento para estudiar a su generoso ayudante. Su ropa había sido confeccionada a la medida y seguro no le había salido nada barata, pero los puños ya estaban raídos y los codos desgastados. Sus ojos se estrecharon mientras observaba los colores de la última temporada y un cuello que había pasado de moda hace un año.

Adinerado, pero no le está yendo muy bien.

Mohan se volvió hacia la ocupada calle y agregó: —¡Vamos, Caitlyn! Continuemos o lo perderemos—.

Caitlyn se arrodilló para observar la calle desde una perspectiva diferente. Los adoquines estaban resbaladizos por la lluvia de la tarde y habían soportado ya muchas pisadas. Desde este ángulo, vio las marcas de los tacones sobre las piedras que solo un hombre corriendo podría dejar. Pero no se dirigían a la izquierda, sino a la derecha.

—¿Cuánto te pagó Devaki para que nos dijeras eso?—, le preguntó Caitlyn al joven con ropa poco elegante. —Si fue menos de un hex de oro, te engañó—.

—De hecho, fueron cinco—, respondió el joven con las manos en alto antes de darse vuelta y correr hacia la multitud, riendo.

—¿Pero qué...?—, dijo Mohan mientras Caitlyn corría en la dirección opuesta. Había perdido segundos valiosos, pero sabía exactamente hacia dónde se dirigía Devaki. Pronto dejó atrás a Mohan, su compañero ocasional, fanático de las tartas azucaradas que la esposa del inspector de distrito preparaba para los oficiales de su esposo.

Caitlyn recorrió un camino serpenteante que atravesaba la ciudad, a lo largo de callejones poco transitados y rutas torcidas entre los tejados de grandes almacenes con fachadas de ladrillo. Cortó camino a través de calles ocupadas, escuchando los gritos de disgusto de aquellos a los que quitaba de su camino. Entre más se acercaba al gran cañón que cruzaba Piltóver, más estrechas se volvían las calles, pero apostaba a que conocía los atajos de Piltóver mejor que Devaki. Luego de una decena de curvas y giros, emergió en una calle tortuosa de adoquines ondulados que seguían la línea dentada del risco. Conocida localmente como la Calle del Descenso gracias a la ruidosa transportadora hexidráulica al final de esta que se funcionaba hasta tarde en la noche, estaba sumida en las sombras.

La cabina de marco de hierro no se había abierto, la rejilla con patrones romboides seguía cerrada en la misma posición. Un grupo de quince zaunitas, muchos de ellos embriagados, se reunía cerca de la caseta de boletos. Ninguno era el hombre que Caitlyn buscaba. Se volvió para acuclillarse, descansando el cañón de su rifle en un cajón que mostraba la marca del clan Medarda. Propiedad robada, sin duda, pero no tenía tiempo para revisarla.

Caitlyn colocó el interruptor del fulminante del rifle en posición vertical. Un zumbido sutil empezó a escucharse desde la culata mientras se preparaba para disparar. Presionó la culata de su rifle con fuerza contra su hombro y calmó su respiración. Apoyó la mejilla contra la parte posterior hecha de nogal de su rifle mientras cerraba un ojo para apuntar a través del lente cristalino.

No tuvo que esperar demasiado.

Devaki dobló la esquina, su gran abrigo ondulaba a su espalda y su sombrero dibujaba una gran silueta. Parecía no tener prisa, pues creía haber dejado atrás a sus perseguidores. Sostenía un maletín con esquinas de cobre en su mano metálica; un elemento vulgar que Vi Vi aseguraba se había hecho en uno de los salones de amplificación clandestinos de Zaun cuando era un joven tonto.

Caitlyn centró la mira mira en la monstruosidad neumática y apretó el gatillo. Un destello abrazador de naranja explotó de la boca del rifle y la mano de Devaki se desvaneció en una explosión precisa. Gritó y cayó derribado, su sombrero se cayó de su cabeza al tiempo que el maletín besaba el piso. Devaki alzó la mirada, sus ojos llenos de dolor y sorpresa al ver a Caitlyn. Intentó correr, pero eso era justo lo que Caitlyn esperaba. Con su pulgar alternó un interruptor localizado en la culata y volvió a apretar el gatillo.

Esta vez el rayo de luz golpeó a Devaki en la espalda y explotó en una red red de energía chisporroteante. Devaki arqueó la espalda y cayó al suelo, donde siguió retorciéndose. Caitlyn bajó el rifle y se lo colgó del hombro mientras avanzaba hacia el caído Devaki. Los efectos de la electrorred se estaban apagando, pero no se levantaría pronto. Caitlyn se inclinó para recuperar el maletín que había soltado y sacudió la cabeza al tiempo que chasqueaba la lengua.

—¿C...c... cómo?—, dijo Devaki a través de los espasmos que castigaban su cuerpo.

—¿Cómo supe a dónde ibas?—, replicó Caitlyn.

Devaki asintió, el movimiento errático y forzado.

—Tus robos anteriores no tenían mucha importancia por sí solos, pero cuando los analicé como parte de un plan mayor, parecía como si estuvieras reuniendo los componentes para construir una versión del mosquete hexileno de Vishlaa—, respondió Caitlyn.

Se arrodilló junto a Devaki y colocó una mano sobre su cuerpo rígido.

—Y como todos sabemos, esa arma fue prohibida por ser demasiado peligrosa, ¿no es así? Nadie en Piltóver se atrevería a tocar ese tipo de hex prohibida, ¿pero quizás alguien en Noxus sí? Pagarían mucho por eso, supongo. Solo que, para poder sacar de la ciudad algo como eso, tendría que ser a través de uno de los contrabandistas menos respetados de Zaun. Esta es la única ruta rápida hacia Zaun que sigue funcionando a esta hora de la noche. Tan pronto vi que no intentarías ocultarte en Piltóver, supe que lo único que tenía que hacer era llegar al transportador antes que tú y esperar. Ahora tú y yo vamos a tener una buena charla, y vas a contarme para quién trabajas—.

Devaki se quedó callado y Caitlyn sonrió mientras se inclinaba sobre su cuerpo tendido.

—Lindo sombrero—, dijo.

Referencias

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