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Historia corta • Lectura de 5 minutos

La Cuchilla Milenaria

Por Michael McCarthy

Kayn, parado con seguridad a la sombra de los Noxtoraa y rodeado de soldados muertos, sonrió frente a la ironía. Estos arcos triunfales de piedra negra fueron erigidos para honrar la fuerza de Noxus, para infundir miedo y para demandar lealtad de todo aquel que los cruzara. Ahora el lugar era una lápida, un monumento a la fuerza y la arrogancia falsas, así como un símbolo de los guerreros caídos cuyo miedo los traicionó.

Lore

Kayn, parado con seguridad a la sombra de los Noxtoraa y rodeado de soldados muertos, sonrió frente a la ironía. Estos arcos triunfales de piedra negra fueron erigidos para honrar la fuerza de Noxus, para infundir miedo y para demandar lealtad de todo aquel que los cruzara. Ahora el lugar era una lápida, un monumento a la fuerza y la arrogancia falsas, así como un símbolo de los guerreros caídos cuyo miedo los traicionó.

Kayn disfrutaba el miedo. Contaba con él. Era un arma y, así como sus hermanos en la Orden de la Sombra habían dominado sus katanas y sus shuriken, Kayn había dominado el miedo.

Pero al sentir el suelo noxiano debajo de sus pies por primera vez en años, entre los soldados enemigos asesinados que pronto quedarían olvidados, se sintió inquieto. Impregnaba el aire como la presión antes de una tormenta, rogando por ser liberada.

Nakuri, su compañero aprendiz de la Orden, cambió la empuñadura de su espada y se preparó para una pelea más personal. A su favor, casi lograba ocultar el temblor de su voz. —¿Qué va a ser, hermano?—

Kayn no respondió nada. Sus brazos permanecían inmóviles a sus costados. Sabía que él controlaba la situación. Aun así, percibió una sensación intermitente de déjà vu, como algo salido de un sueño. Llegó como un destello y después se esfumó.

Una voz se elevó desde el espacio vacío entre ellos, una voz oscura y llena de odio que resonaba con los adoloridos llantos de mil campos de batalla, retando a cada uno de ellos para que actuara.

—¿Quién demostrará ser digno?—

Zed Zed había convocado a su mejor estudiante.

Los espías de la Orden habían confirmado los desalentadores rumores. Los odiados noxianos habían descubierto una antigua guadaña de origen darkin, tan poderosa como cualquier magia en Jonia. Un solo ojo de odio carmesí mira desde la base de la espada, tentando a los hombres más poderosos a blandirla en batalla. Evidentemente, ninguno había demostrado ser digno. Todos aquellos que la tocaban eran consumidos rápida y dolorosamente por su malevolencia, por lo que había sido envuelta en cotas de malla y arpilleras, y resguardada por una caravana de custodia destinada al Bastión Inmortal.

Shieda Kayn sabía qué se le pediría. Esta sería su prueba final.

Había llegado a los márgenes de la ciudad costera de Vindor antes de siquiera considerar el significado de la travesía. Llevar la pelea al enemigo en su propio territorio era osado. Pero también lo era Kayn. No había otro que pudiera igualar sus talentos, ninguno a quien Zed confiara el destino de Jonia, por lo tanto no había duda: Kayn estaba destinado a la grandeza.

Tendió su trampa poco antes del atardecer. La caravana que se aproximaba apenas podía verse a la distancia, mientras las polvaredas se elevaban en el cielo anaranjado; había tiempo suficiente para deshacerse de los tres guardias en la noxtoraa.

Se movió en silencio a través de la larga sombra de los arcos mientras el primer guardia patrullaba. Kayn invocó su magia sombría y entró por el muro de piedra oscura como si fuera un pasaje abierto solo para él. Kayn podía ver la silueta de los guardias, agarrando fuertemente sus picas con ambas manos.

Los embistió desde el edificio envuelto en sombra y arrebató la vida del segundo guardia con sus propias manos. Antes de que el tercero pudiera reaccionar, Kayn se disolvió en zarcillos de pura oscuridad y salió disparado por el camino empedrado para reaparecer frente a su víctima. En un destello, torció la cabeza del hombre y le rompió el cuello con facilidad.

El primer guardia escuchó los cuerpos caer, inertes y flácidos, y volteó hacia Kayn.

El asesino sonrió, tomándose su tiempo para saborear el momento. —Paraliza, ¿no es cierto?— siseó, escurriéndose hacia la sombra de la noxtoraa una vez más. —El miedo...—

Se incorporó desde la temblorosa sombra del soldado.

—Este es el momento en el que corres, noxiano. Di a los demás de lo que fuiste testigo aquí—.

El soldado soltó su pica y corrió velozmente hacia la seguridad de Vindor. No llegó muy lejos.

Ataviado en túnicas tan oscuras como las de Kayn, Naruki saltó por detrás de la noxtoraa y hundió su katana en el estómago del soldado que huía. El otro aprendiz cruzó su mirada con la de Kayn. —¿La aclamada fuerza de Noxus? Qué desilusión...—

—Sabía que eras impetuoso, hermano— soltó Kayn. —¿Pero esto?— ¿Seguirme hasta acá, esperando compartir mi gloria?—

No hubo tiempo para continuar con la exhortación. Podían escuchar la caravana de soldados aproximarse.

—Fuera de aquí, Naruki. Me encargaré de ti después. Si es que sobrevives—.

Las largas sombras del crepúsculo escondieron los cuerpos hasta que los soldados estuvieron casi debajo del gran arco.

—¡Aguarden!— gritó el primer soldado, desenvainando su espada. —¡Dispérsense! ¡Ahora!—

La confusión se instaló entre los demás mientras descendían de sus caballos y, por vez primera, Kayn observó su cargamento. Era justo como Zed lo había descrito. Envuelta en cota de malla y arpillera y atada a la parte trasera de un robusto corcel vindoriano.

La paciencia era una virtud que Naruki no poseía y descuidadamente se abalanzó contra el soldado más cercano. Kayn siempre seleccionaba a sus blancos con cuidado, por lo que golpeó con precisión al jinete que encabezaba la vanguardia, derribándolo con su propia espada.

Giró de nuevo hacia el vindoriano, pero la guadaña no estaba ahí.

No. Había llegado demasiado lejos para fracasar.

—¡Kayn!— Gritó Naruki mientras eliminaba a un soldado tras otro. —¡Detrás de ti!—

Un noxiano desesperado había liberado el arma; el ojo rojo brillaba con una rabia inhumana. Los ojos del soldado se agrandaron al tiempo que blandía el arma contra sus propios compañeros. Claramente no tenía el control, trataba en vano de soltar la guadaña.

Los rumores eran ciertos.

Conjurando de nuevo su magia sombría, Kayn se sumergió en la carne corrompida por el darkin del noxiano retorcido. Durante el más breve de los momentos, pudo ver a través de los ojos de este ser intemporal y observó milenios de dolor y sufrimiento infligidos, gritos y lamentos. Esta cosa era la muerte renacida una y otra vez. Era la maldad más pura y tenía que ser detenida.

Kayn emergió de lo que quedaba del noxiano, la carne del soldado se había transformado en escamas de un rígido caparazón que se quebró en esquirlas negras y polvo asfixiante. Lo único que quedó fue la guadaña, su ojo ahora cerrado. Kayn fue por ella mientras Naruki despachaba al último de sus enemigos.

—¡Hermano, detente!— gritó el aprendiz, mientras la sangre se deslizaba por su katana. —¿Qué estás haciendo? ¡Tú viste lo que puede hacer! ¡Debe ser destruida!—

Kayn lo enfrentó. —No. Es mía—.

Ambos se acercaron, sin ninguna intención de retroceder. Más allá de los límites de la ciudad, las campanas de alarma comenzaron a repicar. El momento pareció prolongarse.

Naruki cambió la empuñadura de su espada. —¿Qué va a ser, hermano?—

Entonces, la guadaña le habló a Kayn. Parecía que resonaba en su mente y, sin embargo, los ojos del otro aprendiz demostraban que él la había oído también.

—¿Quién demostrará ser digno?—

Kayn conjuró dedos de la oscuridad que tomaron el arma, la levantaron hacia la noche y la entregaron en sus manos. Se sentía como parte de él, como si siempre hubiera sido parte de él, como si hubiera nacido para blandirla. La balanceó con un ademán ostentoso y apuntó la cuchilla hacia la garganta de Naruki.

—Haz lo que debes hacer—.

Referencias

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