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La Conspiración de Pólvora Oscura

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Historia corta • Lectura de 5 minutos

La Conspiración de Pólvora Oscura

Por David Slagle

Él llegó al campamento momentos antes de que el consejo de estrategia diera comienzo, flanqueado por una pequeña guardia de honor, cada uno seleccionado por la Legión Trifariana. Permanecieron en la entrada conforme lo observé acercarse.

Lore

Él llegó al campamento momentos antes de que el consejo de estrategia diera comienzo, flanqueado por una pequeña guardia de honor, cada uno seleccionado por la Legión Trifariana. Permanecieron en la entrada conforme lo observé acercarse.

Algunos hombres proyectan una sombra mayor a ellos mismos, pero muy pocos podrían traer consigo una oscuridad como esta, una que nos rodeara acechándonos, hambrienta. De alguna manera, los cuervos que parecían seguirlo por el campamento eran un sombrío recordatorio del destino de todos los guerreros, las telas harapientas en sus picos coincidían con el estado de nuestros propios estandartes. Sin embargo, mientras se abría paso por los restos de nuestra tienda de guerra, me percaté de que no me había preparado para cuán mortal se veía.

Su cabello era gris, enmarcado por un cielo carmesí sofocado por cenizas. Su armadura, desgastada por innumerables batallas, dio paso a un abrigo funcional, y mantenía sus brazos bajo sus pliegues, justo como imaginé que lo haría alguien de su linaje. Sonreí porque él seguía siendo, en su corazón, un caballero. No había señales de su rango más allá de las cicatrices de un soldado que ha visto una buena cuota de sangre. Había ya mucha gente reunida para el consejo. Exigían más miedo y respeto, dominando a sus grupos de guerra con poderosas exhibiciones de fuerza. Cada uno de ellos parecía ser más que capaz de derrotar al hombre frente a nosotros.

Pero, de alguna manera, ese hombre era el que nos guiaba a todos. El Gran General de Noxus.

Mientras lo observaba, pude sentir que había algo que no podía detectar, sin importar qué tan de cerca mirara. ¿Tal vez era algo verdaderamente desconocido? Quizás acudían tantos al bando de este hombre precisamente porque había algo desconocido y misterioso sobre él. Cualquiera que sea la respuesta, Jericho Swain estaba frente a nosotros y era demasiado tarde para que yo retrocediera.

Cinco batallones habían marchado a la Planicie de Rokrund, pero había sido cuestión de semanas para que los habitantes de la zona nos destrozaran. Nos atacaron a través de las zanjas que habíamos hecho apresuradamente con pólvora extraída de montañas que parecían más desoladas que las que habían en casa. Fue una catástrofe tras otra, hasta que Swain no tuvo otra opción más que intervenir. Me había asegurado de eso.

Durante meses, me había preparado. Había enviado a caudillos a las profundidades de las minas. Había trazado cada detalle, cada giro considerable de las tierras... y los destinos sobre los que Noxus se balanceaba, los susurros que formaban cada momento...

Mi oído se estremecía ante el recuerdo de las palabras de la LeBlanc OriginalSquare.png dama pálida. Desde el momento en que ella estuvo al mando, dándole voz a nuestra conspiración.

Todo estaba preparado. Me había asegurado de que así fuera. Aquí, justo donde la tierra se abre en laberintos de barrancos de los que es imposible escapar, yo y solo yo determinaría el futuro del imperio.

Después de todo, ¿no era para lo que Swain había convocado al consejo?

—Mis generales de confianza—, dijo Swain finalmente. El poder de su voz resonó como el desvainar de una espada. Hizo una pausa, como si nos diera un momento para probarnos a nosotros mismos contra su afilada espada. —Díganme cómo Noxus debe prevalecer—.

—Hay doce barcas de guerra aquí, en las montañas—, comenzó Leto, señalando un lugar en el mapa ya desgastado por su relieve —cada uno está representado por un basilisco. Envíelos antes que a los grupos de guerra y estaremos marchando sobre los cadáveres del enemigo. Esas bestias atacarían solamente con lanzas oxidadas si se lo permitiéramos—.

Sonrió, satisfecho con su propio ingenio, pero Swain estaba más preocupado por el vino que servían en su copa.

¿Será veneno?, parecía que sus ojos preguntaban, mientras miraba a toda la mesa. Observé mi reflejo en su armadura. No traicionaría mi voluntad.

—Apenas podemos controlar a los basiliscos por nuestra cuenta—, murmuró Swain, prestando atención a la gran cosecha joniana. —Imaginen solamente un explosivo arrojado por un zapador al alcance de las bestias. Y después díganme, en su imaginación, quién huye primero... ¿Los basiliscos con las colas entre las patas? ¿O sus aclamados batallones?—

—Entonces quemaremos la tierra—, Maela solicitó antes de que Leto pudiera contestar, las palabras volaban agresivamente desde su boca. —Prender fuego al terreno que han establecido para tomar la delantera. Sacarlos de esas malditas minas—.

Swain suspiró. —Estamos aquí por la tierra que quemarías. Aunque supongo que es esperar demasiado suponer que conoces el uso del salitre—. Arremolinó el vino en su copa, delatando un dejo de decepción. —Lo único que has hecho hasta ahora es enterrar a tus propios hombres en ella—.

—Los Espadas Rojas siguen siendo peligrosos—, Jonat escupió con impaciencia, emergiendo de las sombras, donde la oscuridad casi parecía brillante en comparación con su piel shurimana. —Entraremos a las minas después del crepúsculo y eliminaremos a sus líderes. Limpio o desastroso. No tiene importancia—.

—Es una estrategia admirable—, dijo Swain riendo. —Pero esos líderes no son soldados. Aún no. Nuestro enemigo solo sigue a quien brame con más fuerza. Asesinen a uno y habrá tres bramando por la mañana—.

Me reí, asintiendo hacia el líder de los Espadas Rojas, que fruncía el ceño. —Por un momento temí que encontrarías una manera en la que realmente ganáramos, Jonat—.

El silencio inundó la mesa. Las velas comenzaban a extinguirse al lado de los mapas.

Este era mi momento. La LeBlanc OriginalSquare.png mujer pálida estaría satisfecha. Diría su nombre mientras envío a nuestro Gran General al olvido.

—La verdad es que no puedes ganar esta batalla—, continué. —Nadie puede contra la muerte. Ni siquiera el gobernante de Noxus. Darkwill nos lo enseñó—.

Swain y los demás observaron mientras yo extraía cautelosamente el pedernal de mi túnica. El fusible ya estaba en mi otra mano. Leto, el antiguo héroe del Asedio de Fenrath, se estremeció.

—Granth, ¿qué estás haciendo?—, gruñó, observando a la carga de demolición que yo había colocado cuidadosamente debajo de la mesa, hacía menos de una hora. —¿Te atreverías a amenazar al Gran General? Esto es traición—.

Aun así, ninguno se atrevía a acercarse a mí. Sostuve el pedernal contra el fusible, preparado.

Excepto... que alguien se estaba riendo. Me tomó un momento percatarme de quién era.

—Y es así como el General Granth es el único que tiene la facultad de hacerlo—, dijo Swain, alisando las arrugas de su abrigo. —Él lo comprende. El resto de ustedes ven una batalla y se preguntan qué deben hacer para evitar ser derrotados. Pero algunas batallas no pueden ser ganadas. Algunas veces, la única estrategia es arder. Quemarlo todo, sabiendo que morirás, pero que veinte mil más marcharán detrás de ti. Y que, detrás de ellos, hay un poder mayor—.

Dejó que su abrigo se abriera, para revelar... para... revelar...

—Granth y yo—, dijo con una cruel sonrisa —siempre buscamos lo que debe sacrificarse para poder ganar—.

Maela embistió contra mis temblorosas manos. Leto también. Pero fue el agarre inhumano de Swain el que sujetó mi garganta, levantándome del suelo, dejando de lado el fusible sin encender.

—Si tan solo pudieras decirle tú mismo cómo fallaste—, susurró el Gran General, su voz resonaba con la furia de siglos. —Si tan solo ella también pudiera considerar la sabiduría de los muertos—.

Intenté gritar y confesarlo todo. De alguna forma suplicar por misericordia.

Pero no queda nada ahora, excepto por el suave murmullo de susurros. Confieso mis secretos, esta historia, a tus oídos. Desvaneciéndose como el batir de alas, mientras el cuervo emite sus graznidos...

Referencias

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