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Historia corta • Lectura de 4 minutos

La Chica que Regresó

Por Michael McCarthy

—Escúchame —le digo a la chica que me encontró aquí, a un lado del foso. —Necesito que me escuches. No tenemos mucho tiempo.

Lore

—Escúchame—, le digo a la chica que me encontró aquí, a un lado del foso. —Necesito que me escuches. No tenemos mucho tiempo—.

Se inclina hacia delante, sin ningún rastro de miedo en sus ojos. —Dime qué debo hacer—.

Me agrada. Una débil sonrisa se dibuja en mi rostro, por primera vez en lo que parece haber sido... una eternidad. —Así no—, le digo mientras señalo la flecha que tiene en su mano. La sostiene como si fuera una lanza.

Apenas era una niña cuando el Vacío me arrebató a mi familia; yo tampoco sabía lo que hacía. Pero los demás fueron muy imprudentes. Sacrificios, ofrendas, tributos... no importa el nombre, nunca iban a dar resultado. No es un dios apaciguado por regalos y oraciones. Solo quiere devorarlo todo.

—¿Quieres asesinarlo? ¿Quieres destruirlo?—, le pregunto a la chica.

Ella asiente.

—Entonces, mátalo de hambre—.

La sensación de agujas en mi piel se hace más fuerte, como una reacción a estas palabras. La presencia amenazante se aproxima más hacia nosotras, mi segunda piel se contrae, tensándose como la cuerda de un arco. Respiro profundamente una vez más antes de su llegada.

La arena comienza a desplazarse, contrayéndose y derramándose, como en un reloj de arena. Escalofriantes pulsos de luz se filtran hacia el cielo conforme las criaturas emergen en la noche shurimana, profiriendo alaridos y babeando. Comienzo a cargar energía dentro de las cápsulas de mis hombros para prepararme.

Aprieto mis dientes, y la dejo salir.

Brotes brillantes de calor y dolor encuentran a sus objetivos rápidamente y caen sobre las criaturas, deteniéndolas en seco y lanzándolas por los aires. El aire está lleno de un hedor ácido y del silbido de quitina derritiéndose.

Pronto, no queda ninguna de ellas. Aguardo a que el escozor de las agujas se detenga, pero no ocurre.

La chica está en cuclillas a mi lado, preparada. Tal vez no pueda comprender qué es lo que está viendo.

—¿Te duele?—, me susurra mientras acerca su mano a las escamas brillantes de mi brazo.

Lo retiro por reflejo. Ella ni siquiera parpadea.

—A veces—, confieso.

No muy lejos de ahí, gran parte de su aldea duerme desprevenida. Sin duda, la curiosidad sacó lo mejor de esta pequeña. Tantas historias, fábulas de terror y de fantasía sobre las bestias del Vacío, cazando en el silencio de la noche y llamándose entre ellas.

Ella solo quería verlo por sí misma. Quería ver qué acecha más allá de las rocas, ver a lo que su gente le teme y, al mismo tiempo, venera.

Mi piel se vuelve a tensar. Los alfileres, el escozor constante...

Abro y cierro los ojos. —No me dijiste cuál es tu nombre.—

Se pone de pie orgullosa, con la flecha aún en su mano. —Me llamo Illi. Vine para proteger a mi familia del monstruo—. No tiene más de diez años de edad.

—Bueno, Illi, algunas veces huir es la mejor opción—.

—Pero tú no huyes—, dice ella, entrecerrando los ojos —¿O sí?—

Una chica lista. Negué con la cabeza. —Ya no más—.

—¡Entonces yo tampoco lo haré!—, proclama Illi. Valiente, además.

No tiene idea de a lo que se enfrentan. Ninguno de ellos la tiene. Todas las cosas que su gente había hecho para deshacerse de las criaturas solo lograban incitarlas más.

—Debes decirles, Illi. Debes hacer que lo comprendan. No más bailes bajo la luna nueva. Y no más animales atados a palos. El Vacío no es piadoso; o se alimenta o muere—.

El día que comprendí esto fue cuando descubrí que tenía una oportunidad. Tal vez fue por eso que sobreviví, mientras que muchos otros perecieron.

Pero la supervivencia siempre tiene un precio. Lo he estado pagando desde que encontré el camino de regreso.

—Mira...—, la niña susurra. —Vienen por nosotros—.

No necesito mirar. Sabía que vendrían. Por instinto, la coraza cubre mi rostro. Illi me observa fijamente.

—No tengas miedo—, le digo con un tono de voz tan retorcido y monstruoso que podría estar diciéndole justo lo contrario.

—¿De qué?—, pregunta. Esbozo una sonrisa que ella no puede ver.

Solo hay unas cuantas personas que han visto mi piel, o lo que sea que ahora cubra mi cuerpo. Todos excepto dos de ellos están muertos.

La gente de Illi parecen ser cazadores hábiles. Solo los hábiles sobreviven. Puedo comprender de dónde proviene su valentía. Sus antorchas brillan en la noche.

—¡Papá!—, gritó de repente hacia los aldeanos. —¡La encontré! ¡La chica que regresó!—

Se dirigen hacia nosotros ahora, con las armas preparadas y fuego en sus ojos. —¡Illi!—, grita su padre, colocando una flecha en su arco. —¡Aléjate de esa... cosa!—

Me voltea a ver, confundida. Por cada chica como Illi, hay otras diez que correrían lo más lejos posible de mí. O peor aún. Sé lo que dice la mayoría de las personas sobre mí. He visto su miedo garabateado en las paredes de barro, grabado en las rocas del barranco.

Cuidado con la chica que regresó como un monstruo.

No saben nada sobre mí. Para ellos, solo soy algo a lo que no se quieren enfrentar: una encarnación viviente, andante y combativa de aquello a lo que más temen. Supongo que por eso añadieron la marca a mi nombre.

Hace diez años, yo solo era Kaisa; muy parecida a Illi, llena de esperanzas por un futuro tan ilimitado como las estrellas en el cielo nocturno. Ese futuro murió el día en el que el Vacío me arrastró.

Las agujas han vuelto. Illi suelta mi mano justo cuando mis armas luminosas se materializan sobre mis brazos. —Ve con él—, le digo. —Ve con tu padre—.

—¡Illi, corre!—, su padre suplica. Él jala hacia atrás la cuerda de su arco con manos temblorosas.

—¡No!—, grita ella, volteándose hacia mí. —Ya no huyo—.

La guío hacia delante, sin perder de vista a los aldeanos. —No, Illi, tú naciste guerrera. Ellos te necesitan—.

Después de avanzar unos pasos, se voltea. —¿Qué les digo?—

—Diles... Diles que se preparen—.

El Vacío me ha quitado tanto, pero me rehúso a dejar que se lo lleve todo. Estos momentos en los que la bondad y la humanidad resplandecen, en los que la inocencia y la confianza extinguen el miedo, son los que me llenan de esperanza y me indican que podremos derrotar los ríos de veneno eterno que corren debajo del mundo.

La primera vez que escapé del abismo lo hice por mí misma.

Tal vez algún día lo haga por ellos.

Referencias

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