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Historia corta • Lectura de 6 minutos

La Casa en el Callejón Emberflit

Por Rayla Heide

El tercer brazo de Viktor emitió un tenue rayo de luz que soldaba metal a su brazo izquierdo con firme precisión. El olor a carne quemada ya no le molestaba, tampoco el aspecto de su muñeca derecha abierta, con venas, músculos y tendones fusionados con amplificaciones mecánicas. Viktor no se estremeció. En vez de eso, sintió una sensación de éxito al contemplar la mezcla de materiales sintéticos y orgánicos.

Lore

El tercer brazo de Viktor emitió un tenue rayo de luz que soldaba metal a su brazo izquierdo con firme precisión. El olor a carne quemada ya no le molestaba, tampoco el aspecto de su muñeca derecha abierta, con venas, músculos y tendones fusionados con amplificaciones mecánicas. Viktor no se estremeció. En vez de eso, sintió una sensación de éxito al contemplar la mezcla de materiales sintéticos y orgánicos.

El sonido de niños gritando hizo que Viktor hiciera una pausa. Rara vez alguien se aventuraba por los confines nublados del Callejón de las Pavesas. Había elegido esa ubicación justo por esa razón, prefería que no lo interrumpieran.

Manteniendo el brazo derecho inmóvil, Viktor ajustó un dial plateado en su iridoscopio. El dispositivo contenía una serie de lentes reflejantes que enfocaban la luz y le daban una vista completa de la calle fuera de su laboratorio.

Había varios chicos empujando violentamente a un niño desnutrido contra las puertas de hierro de Viktor.

—Dudo que Naph aguante un minuto ahí dentro—, dijo una niña que tenía gemas falsas incrustadas encima de los ojos.

—Apuesto a que regresa con una cabeza de metal—, añadió un chico con el cabello de un rojo intenso. —Tal vez así su cerebro deje de estar tan vacío como la Calima—.

—Más te vale regresar con algo que podamos vender o nosotros seremos los que te demos una nueva cabeza—, dijo el chico más grande, tomando al niño pequeño por el cuello y forzándolo hacia adelante. Los otros niños dieron un paso atrás, observando.

El niño pequeño temblaba mientras se acercaba a la imponente puerta, que rechinó mientras se abría. Pasó por la puerta delantera incrustada con mecanismos conectados y se metió por una ventana abierta. Una alarma se activó cuando cayó al piso.

Viktor suspiró y presionó el interruptor que silenciaba la alarma.

El niño delgado observó su nuevo entorno. Frascos de vidrio que contenían órganos metálicos y orgánicos flotando en líquido verde y cubrían las paredes. En el centro de la habitación había una camilla de cuero manchada de sangre, con un taladro mecanizado encima. Docenas de autómatas permanecían inmóviles contra todas las paredes. Para Viktor, su laboratorio era el santuario de los experimentos más creativos e importantes, pero se podía imaginar que para un niño debía ser aterrador.

Los ojos del niño se abrieron sorprendidos cuando vio a Viktor en su banco de trabajo, con el brazo abierto sobre la mesa. Se escondió detrás de una caja cercana.

—No aprenderás nada de esa caja, niño—, dijo Viktor. —Pero arriba de ella, encontrarás un cincel de hueso. Dámelo, por favor—.

El niño estiró una temblorosa mano hacia la parte superior de la caja y tomó el mango de la herramienta metálica oxidada. El cincel se deslizó por el piso hacia Viktor, quien lo recogió.

—Gracias—, dijo Viktor. Tomó el instrumento y continuó trabajando en su brazo.

Escuchó la respiración acelerada del niño.

—Estoy reemplazando los tendones flexores de movimiento, es decir, los mecanismos descompuestos en mi muñeca—, dijo, trabajando en el brazo para ajustar un tornillo. —¿Te gustaría ver?—

El chico asomó la cabeza desde detrás de la caja.

—¿No te duele?—, preguntó.

—No—, contestó Viktor. —Cuando uno elimina la anticipación y el miedo al dolor, se torna completamente tolerable—.

—Ah—.

—También ayuda que mi brazo está mecanizado casi por completo. Puedes verlo—.

El chico se alejó de la caja y se sentó al otro lado de Viktor sin decir nada, con los ojos fijos en su brazo.

Viktor reanudó la tarea de soldar un nuevo engranaje en los tendones debajo de su piel. Cuando terminó, selló las capas de dermis en su brazo. Pasó el rayo de luz por la soldadura, cauterizando la carne y fusionando la incisión.

—¿Por qué hiciste eso?—, le preguntó el niño. —¿Tu brazo no te funcionaba bien?—

—¿Sabes cuál es la mayor debilidad de los seres humanos?—

—No…—

—Ignoran todo el tiempo la infinidad de posibilidades en favor de mantener el statu quo—.

El chico lo miró inexpresivamente.

—La gente le teme al cambio—, dijo Viktor. —Se conforman con bien cuando podrían tener excepcional—.

Viktor caminó hacia la cocina. Incorporó una mezcla de polvo negro y crema Dunpor en una sartén, y calentó el líquido con su láser.

—¿Quieres un vaso de leche dulce?—, le preguntó Viktor. —Tal vez sea una debilidad mía, pero siempre disfruté el sabor a anís—.

—Eh... ¿me va a cortar la cabeza y reemplazarla con una de metal?—

—Ah. ¿Así es como me ven ahora?—, preguntó Viktor.

—Más o menos—, contestó el chico. —Escuché que a un chico le reemplazaron la cabeza solo por tener tos—.

—¿Recibiste esta información directamente?—

—No, era el primo de mi vecino Bherma. O tío. O algo así—.

—Ah. Bueno, en ese caso.—

—¿Reemplazar la cabeza de alguien haría que dejara de tener tos?—, preguntó el chico.

—Ahora estás haciendo las preguntas correctas—, dijo Viktor. —No, me imagino que no sería de mucha ayuda. La tos viene de los pulmones, sabes. Y respecto a tu pregunta anterior, no voy a cortarte la cabeza y reemplazarla con una de metal. A menos, claro, que tú quieras eso—.

—No, gracias—, contestó el chico.

Viktor sirvió el líquido espeso en dos tazas y le dio una al chico, quien miró fijamente la bebida durante un tiempo.

—No contiene drogas—, dijo Viktor y tomó un sorbo de su propia taza. El chico se tragó la leche dulce.

—¿Aún están los demás observando afuera?—, preguntó el chico con la dentadura manchada.

Viktor dio un vistazo por el iridoscopio. Los tres niños seguían esperando en la entrada delantera.

—Sí, siguen ahí. ¿Quieres darles un susto?—, preguntó Viktor.

Los ojos del chico se encendieron y asintió.

Viktor le dio un gramófono y dijo: —Grita tan fuerte como puedas con esto—.

El niño dio un exagerado y desgarrador chillido en el gramófono. Resonó en todo el Callejón de las Pavesas y los otros niños saltaron de terror y luego se dispersaron para esconderse. El chico miró a Viktor y sonrió.

—Me parece que el miedo es, en general, una emoción limitante—, dijo Viktor. —Dime algo que te atemorice, por ejemplo—.

—Los quimobarones—.

—Los quimobarones son temidos porque proyectan un aire de dominancia y de constante amenaza de violencia. Si nadie les temiera, la gente los enfrentaría. Y entonces, ¿qué sería de su poder?—

—Eh...—

—Desaparecería—. —Exacto. Piensa en cuántos quimobarones existen comparados con cuántas personas viven en Zaun. El miedo lo usan unos cuantos para controlar a los débiles porque ellos entienden cómo funciona el miedo. Si alguien puede manipular tus emociones, pueden controlarte—.

—Supongo que tiene sentido. Pero me siguen dando miedo—, dijo el chico.

—Claro que sí. Los patrones del miedo están marcados en lo más profundo de tu carne. El acero, por otro lado, no tiene esa debilidad—.

Viktor tomó un frasco que contenía minúsculas perlas plateadas flotando en un líquido lechoso.

—Ahí es donde yo podría ayudar—, dijo. —Desarrollé una amplificación que elimina el miedo por completo. Podría dejar que la pruebes durante un período corto—.

—¿Qué tan corto?—

—El implante se disolverá en veinte minutos—.

—¿Está seguro que no es permanente?—

—Podría serlo, pero este no lo es. Tal vez te des cuenta de que sin miedo, tus amigos de allá afuera perderían el control. Los intimidadores se alimentan de miedo. Y sin este, se morirán de hambre—.

El chico continuó con su bebida, considerando la oferta. Después de un momento, asintió y Viktor insertó una delgada aguja en el frasco e inyectó una de las perlas plateadas en la piel detrás de su oreja.

El chico se estremeció por un momento. Después sonrió.

—¿Sientes tu debilidad desvanecerse?—, preguntó Viktor.

—Oh, sí—, dijo el chico.

Viktor lo acompañó a la puerta y giró un mecanismo para desbloquearla antes indicarle que saliera.

—Recuerda, siempre puedes regresar si deseas una solución más permanente—.

Una oleada de niebla creó una silueta fantasmal alrededor del chico mientras salía del laboratorio. Viktor regresó a su banco de trabajo para observar el experimento desde su iridoscopio.

El Callejón de las Pavesas estaba vacío, pero en cuanto el chico salió sus acompañantes aparecieron.

—¿Dónde está nuestro recuerdo?—, preguntó el pelirrojo.

—Parece que el pequeño Naph no cumplió con su parte del acuerdo”, dijo la chica.

—Creo que tenemos que castigarlo—, añadió el chico más grande. —Después de todo, le prometimos una cabeza nueva—.

—No me toquen—, dijo Naph. Mostró toda su altura.

El bravucón intentó tomar a Naph por el cuello, pero Naph se volteó y lo golpeó directo en la cara.

La nariz del niño chorreó sangre.

—¡Agárrenlo!—, gritó el intimidador.

Pero sus acompañantes ya no estaban interesados en atraparlo.

Naph se acercó a los atacantes. Ellos se echaron hacia atrás.

—Déjenme en paz—, les dijo.

Los bravucones intercambiaron una mirada, se dieron vuelta y corrieron.

Viktor cerró el iridoscopio y regresó a su trabajo. Estiró los dedos de su brazo recién reparado y golpeó con ellos el escritorio en señal de satisfacción.

Referencias

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