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Historia corta • Lectura de 8 minutos

La Carga

Por Odin Shafer

—Por eso debemos retirarnos a Buhru, Portadora de la Verdad. No podemos salvar a los paylangi —dijo la hierofante. La corpulenta mujer sonrió; su agrado por la perspectiva de abandonar Aguasturbias era evidente.

Lore

—Por eso debemos retirarnos a Buhru, Portadora de la Verdad. No podemos salvar a los paylangi—, dijo la hierofante. La corpulenta mujer sonrió; su agrado por la perspectiva de abandonar Aguasturbias era evidente.

—Eso ya lo has mencionado antes—, dijo Illaoi Illaoi, rodeando la mesa de piedra del centro de la sala. Movió sus hombros en círculos, estirándose para reprimir un bostezo—.

Junto a la hierofante había un anciano invocador de serpientes. Vestía un atuendo confeccionado con cuerdas. Cada uno de los filamentos de color añil había sido tejido de forma que se rizase; sus grosores dispares y la tinta de kraken desvaída creaban la ilusión en torno a él de estar envuelto en tentáculos toscamente labrados. Su rostro estaba completamente cubierto por un tatuaje que representaba las fauces de dientes infinitos de un leviatán. Los monjes y los invocadores de serpientes siempre procuraban proyectar una apariencia temible. Un hábito irritante, típico de la mayoría de los hombres.

—Las mayores bestias no se acercarán a Aguasturbias—, resolló el invocador. —Permanecen en las aguas profundas, lejos del hedor de los muelles del matadero. Como mucho, apenas un puñado de ejemplares jóvenes y desnutridos atenderá a nuestro llamamiento—.

Solo los vástagos mayores de Nagakabouros Nagakabouros eran lo bastante fuertes para consumir la niebla y defender la ciudad ante el Harrowing. El resto de las Islas de las Serpientes no tenía ese problema.

No era sino un recordatorio más de la ignorancia de la población de Aguasturbias. Ni los habitantes de la tierra firme ni sus descendientes dejaban tiempo suficiente para que el agua limpia fluyera por sus muelles y los limpiara a su paso. En lugar de ello, los paylangi establecían anclajes permanentes en cada orilla de la bahía. Una estupidez monumental. Gran parte del sacerdocio afirmaba que aquello era prueba de que los paylangi en realidad deseaban ser consumidos por la Niebla Negra.

—Rayos—, dijo Illaoi. Si se iba a quedar, tendría que encontrar un modo de defender la ciudad sin las serpientes. Tanteó la comida de uno de los cuencos con ofrendas que la rodeaban antes de seleccionar un mango. Necesitaba un plan, y aquellos dos idiotas carecían de utilidad alguna.

Un sonoro crujido interrumpió su meditación. Una pesada puerta de madera acababa de abrirse violentamente en la parte de abajo.

La voz de Gangplank Gangplank aulló, resonando en las paredes de piedra con palabras ininteligibles.

—Lo sacamos del agua, como nos ordenaste—, dijo la hierofante, al tiempo que se ajustaba, sonriente, el colgante de jade de su función. —¿Tal vez hubiese sido mejor dejar que su energía retornase a Nagakabouros?—

—No eres quién para juzgar las almas—.

—Por supuesto que no, Portadora de la Verdad, solo a Nagakabouros le corresponde tal juicio—, dijo, dando a entender que la opinión de Illaoi pecaba de parcialidad.

Illaoi pasó entre los dos clérigos, empequeñeciéndolos a ambos. La Portadora era alta, incluso para una isleña. Así había sido siempre. Era más alta aún que el mayor de los norteños. De niña este hecho la había acomplejado, sintiendo que tropezaba siempre con los demás, pero había espabilado. Cuando yo me muevo, más les vale apartarse de mi camino.

Alzó el Ojo Divino Ojo Divino de su pedestal. El ídolo de oro era más grande que un barril, y varias veces más pesado. Sus dedos cosquillearon al contacto con el frío metal. Había permanecido junto al enorme fuego, que ardía vorazmente iluminando la sala, pero el Ojo Divino se mantenía eternamente frío y húmedo al tacto. Illaoi se echó diestramente aquel enorme peso al hombro. En los últimos doce años, la Portadora de la Verdad jamás se había alejado más de dos pasos de él.

—Hierofante, yo no olvido mis deberes—, dijo Illaoi, mientras se encaminaba hacia las escaleras. —No nos retiraremos a Buhru. Detendremos el Harrowing aquí mismo—.

La gran sacerdotisa no había hecho sino quejarse desde que llegase de Buhru, pero sus palabras tenían algo de cierto.

Cuando la nave de Gangplank explotó, a Illaoi le dio un vuelco el corazón. Habían pasado muchos años desde que yaciesen juntos, muchos años desde que le hubiese puesto fin a aquella relación... pero seguía albergando ciertos sentimientos. Lo había amado, una vez... a aquel viejo estúpido.

Rodeado por altos muros de piedras entrelazadas, el atrio del templo tenía la forma de las fauces dentadas de un leviatán. La entrada se erguía a gran altura sobre las azules aguas de la bahía. Illaoi bajó a trancos las escaleras hacia la puerta principal. Daba por hecho que iba a tener que soltarle algún sopapo a Gangplank; era proclive a la arrogancia y al ron. Paro aun así, le iba a agradar verlo.

No estaba preparada para encontrarse con aquella criatura gemebunda a la entrada del templo. Sabía que estaba herido, pero no en semejante grado. Cojeaba notablemente, encorvado por sus costillas hechas añicos. Mantenía plegado lo que quedaba de uno de sus brazos.

Con el otro, hizo desfilar una pistola pistola en torno a la sala, en un intento medio demente de obligar a los monjes y a las sacerdotisas a apartarse de él, olvidando por completo que habían sido ellos quienes habían extraído su cuerpo ahogado de la bahía hacía solo unas horas. Peor aún, su pistola estaba claramente vacía y completamente inutilizable.

—¿Dónde está Illaoi?—, bramó.

—Estoy aquí, Gangplank—, respondió ella. —Estás hecho un desastre—.

Él cayó de rodillas.

—Fue Miss Fortune Miss Fortune. Tuvo que ser ella; ella, y esas dos ratas ratas de cloaca de cloaca. Ellos lo hundieron—.

—No me importa lo que le pasase a tu navío de guerra—, dijo ella.

—Siempre me decías que siguiese mi camino, que me hiciese de nuevo a la mar. Necesitaba un barco—.

—Para hacerse a la mar, basta con una canoa—.

—¡Esta es mi ciudad!—, gritó él.

Los monjes y sacerdotisas en torno a Gangplank se pusieron en tensión ante el exabrupto. Que Gangplank fuese lo suficientemente estúpido como para hacer semejante afirmación en una estructura miles de años más antigua que su ciudad, era ya peligroso de por sí. Pero ¿un paylangi gritándole a la Portadora de la Verdad, tres veces bendecida, en su propio templo? A cualquier otro hombre lo habrían arrojado al mar con las rodillas rotas.

—¡Es mi ciudad!—, volvió a rugir. De su boca rabiosa se desprendían salivazos.

—Entonces ¿qué vas a hacer al respecto?—, dijo Illaoi.

—Ne... Necesito el apoyo de Okao y de los otros jefes. Harán lo que les digas... si se lo pides tú. Si tú se lo pides, me ayudarán—. Inclinó su cabeza ante ella.

—¿Qué vas a hacer tú al respecto?—, dijo Illaoi, elevando la voz esta vez.

—¿Qué puedo hacer yo?—, dijo él, desesperanzado. —Ella me quitó mi nave, mis hombres, mi brazo. Todo lo que me quedaba... lo he usado para llegar hasta aquí—.

—Déjenos solos—, ordenó Illaoi a los demás sacerdotes, mientras se dirigía hacia la puerta. Inclinó su mirada hacia Gangplank. Habían pasado diez años desde su último encuentro; la bebida y la angustia le habían robado su aspecto arrebatador.

—Para mí no existe otra cosa que esta ciudad, y sin tu ayuda...— Su voz se quebró cuando se topó con su mirada. Illaoi mantuvo sus ojos tan severos y despiadados como los del Kraken. Ni un ápice de conmiseración por Gangplank. La sacerdotisa de Nagakabouros podía mostrarse inclemente y desprovista de empatía alguna, aunque le desgarrase el alma. Los ojos del viejo capitán, desesperados, se apartaron bruscamente de los de ella.

—Podría hacerlo—, dijo Illaoi, —y a una palabra mía las tribus y la banda de Okao se unirían a ti. Pero ¿por qué debería?—

—¡Ayúdame, maldita sea! Me lo debes—, profirió, como un niño enrabietado.

—¿Que «te lo debo»? Illaoi paladeó las palabras—.

—Sigo realizando los rituales. Ofrezco los sacrificios—, gruñó Gangplank.

—Pero es evidente que no aprendiste la lección. ¿Rituales? ¿Sacrificios? Hablas de cosas para hombres débiles de dioses débiles. Mi dios exige acción—, dijo Illaoi.

—¡He sufrido por esta ciudad! He sangrado por ella. ¡Me pertenece por derecho!—

Illaoi sabía lo que debía hacer. Lo sabía antes de que Gangplank hablase siquiera. Lo había sabido años antes de que se hundiera su navío.

Gangplank se había extraviado. Se había nutrido demasiado tiempo del odio y la autocompasión que su padre le había inculcado a golpes. Illaoi había ignorado su deber. Lo hizo porque lo había amado, una vez, y porque ella misma lo había conducido a aquella senda cuando lo abandonó. Gangplank se había conformado con su naturaleza de asesino, de corsario, de verdadero pirata, y jamás había aspirado al título de Rey Saqueador de su padre.

Tras separarse de ella, se había volcado únicamente en su maldita misión de convertirse en el amo de Aguasturbias.

Illaoi sintió que sus ojos se humedecían. El momento de Gangplank había pasado. Había sido incapaz de seguir adelante. De avanzar. De evolucionar. ¿Y ahora? Ahora no sobreviviría a la Prueba de Nagakabouros Prueba de Nagakabouros. Pero necesitaba ser sometido a ella. Por eso estaba allí.

Illaoi contempló al viejo pirata ante sí. ¿Podía dejarlo ir? ¿Confiar en que le quedase siquiera una fracción de fuerza o ambición que le permitiese sobrevivir? Si lo dejo ir, al menos, tal vez viva...

Aquella no era la senda de Nagakabouros. Aquella no era la función de una Portadora de la Verdad. Aquel no era el lugar para las dudas o las especulaciones. Si confiaba en su dios, debía confiar en sus instintos. Si sentía que Gangplank debía ser sometido a la prueba, esa era, pues, la voluntad de su dios. ¿Y qué imbécil antepondría un hombre a un dios?

Aferrando con fuerza el asa del Ojo Divino, Illaoi bajó el pesado icono de oro de su hombro. Una ligereza familiar lo reemplazó, pero de alguna forma podía seguir sintiendo su peso sobre él.

—Por favor—, rogó Gangplank. —Al menos, muéstrame algo de bondad—.

—Te mostraré la verdad—, dijo Illaoi, acerando su voluntad.

Le arreó un patadón a Gangplank; su talón le destrozó la nariz con un crujido. Salió despedido hacia atrás como un borracho, con la sangre manando de su labio. Se dio la vuelta y la miró con ojos furibundos.

—¡He aquí!—, entonó Illaoi.

Su mente se expandió e invocó la energía de la Madre Serpiente, al tiempo que blandía el gigantesco ídolo hacia adelante. La boca del ícono vomitó una niebla brillante, y volutas de energía verde azulada se formaron en torno al rostro de la Madre Serpiente, solidificándose en tentáculos tentáculos espectrales. De reflejos dorados, aquellos zarcillos eran tan hermosos como el alba sobre el océano, y tan aterradores como la más oscura de las abominaciones bajo el mar. Más tentáculos nacieron del ícono, reproduciéndose por la sala como engendrados por una matemática incognoscible. Crecían exponencialmente y, de alguna forma, el crecimiento de todos y cada uno de ellos parecía albergar la promesa y el horror del mundo.

—¡No!—, gritó Gangplank. Pero el torbellino ignoró sus gritos, al tiempo que el tornado de tentáculos lo tomaba.

—¡Enfréntate a Nagakabouros! —, gritó ella. —¡Demuestra quién eres! Los tentáculos se aferraron a Gangplank y se incrustaron en su pecho. Se estremeció al ver imágenes fantasmagóricas de sus vidas pasadas agitándose a su alrededor—.

Gritaba como si le estuviesen arrancando el alma del cuerpo. Su doble doble se alzó sin inmutarse ante Illaoi. El espíritu de Gangplank se consumía desprendiendo un azul casi cegador, su cuerpo agrietándose y vibrando a través de sus vidas pasadas.

La masa de tentáculos atacó al capitán herido. Gangplank rodó sobre sí mismo y se incorporó a duras penas, esquivando lo que podía. Pero por cada tentáculo que no acertaba, más y más aparecían. La realidad se agitaba y se retorcía en torno a él. El enjambre de tentáculos se estrellaba contra Gangplank, empujándolo hacia abajo, arrastrándolo cada vez más lejos de su alma —hacia el olvido.

Illaoi quería desviar la mirada. Más que cualquier otra cosa, quería apartar sus ojos. Es mi deber presenciar su muerte. Fue un gran hombre, pero ha fracasado. El universo exige…

Gangplank se irguió. Obligó a su cuerpo destrozado a ponerse en pie, lenta, inexorable e implacablemente. Se despojó de la masa de tentáculos y avanzó arduamente, paso a paso, rugiendo en su agonía. Ensangrentado y exhausto, se alzó finalmente ante Illaoi. Sus ojos reventaban de odio y dolor, pero llenos de determinación. Con el último vestigio de su fuerza, se adentró en el rostro brillante de su espíritu.

—Seré rey—.

El viento cesó. Los tentáculos estallaron en destellos de luz. Nagakabouros estaba satisfecho.

—Estás en movimiento—, dijo Illaoi, sonriendo.

Gangplank estaba a centímetros de su antigua amada —contemplándola, furioso. Su espalda se arqueó y su tórax se infló con el dulce aire de la resolución; era, una vez más, el orgulloso capitán.

Gangplank se giró y se alejó de ella, igual de herido y de cojo, pero su paso portaba ahora su característica audacia.

—La próxima vez que te pida ayuda, limítate a un «no»—, gruñó Gangplank.

—Haz algo con ese brazo tuyo—, dijo Illaoi.

—Ha sido un placer verte—, dijo, al tiempo que salía del templo y bajaba los largos escalones, hacia el mar al fondo.

—Estúpido carcamal—, dijo ella, sonriendo.

Mientras los monjes y la hierofante regresaban a la antecámara, Illaoi recordó que había un millar de cosas que tenía que hacer. Un millar de pequeñas cargas que necesitaba portar. La Portadora de la Verdad tendría que reunirse con Sarah Fortune Sarah Fortune. Illaoi sospechaba que Nagakabouros pronto necesitaría someter a prueba a la cazarrecompensas.

—Dile a Okao y a los jefes que apoyen a Gangplank—, dijo Illaoi a la hierofante. —Ayudadle a hacerse de nuevo con la ciudad—.

—La ciudad es un caos, muchos quieren su cabeza. No sobrevivirá a esta noche—, refunfuñó la hierofante, mientras observaba al capitán herido bajar los escalones a trancas y barrancas.

—Sigue siendo el hombre adecuado para el puesto—, dijo Illaoi, cargándose el Ojo Divino a la espalda.

Nunca podemos estar seguros de si hacemos lo correcto, o de cómo saldrán las cosas, o de cuándo moriremos. Pero el universo nos da nuestros deseos y nuestros instintos. Así que hemos de confiar en ellos.

Comenzó a ascender los escalones desde el atrio al templo interior, con el ídolo de la Portadora de la Verdad al hombro. Era una pesada carga... pero a Illaoi no le importaba.

No le importaba en absoluto.

Referencias

 v · e
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