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Historia corta • Lectura de 4 minutos

La Bestia Alada

Por Rayla Heide

Tan leal como un demaciano. Tan salvaje como un dragón. Sus enemigos no tienen oportunidad.

Lore

La amurallada atalaya estaba vacía.

Shyvana Shyvana sabía que su firme guardia de barba gris, Thomme, preferiría cortarse una mano antes que abandonar el puesto. Había percibido el olor a sangre humana mientras patrullaba las colinas del norte de Demacia y siguió el rastro hasta la torre.

Dentro, el olor era abrumador, pero no había rastros visibles de sangre. Como soldado de Demacia, Shyvana permanecía en su forma humanoide la mayor parte del tiempo con el fin de ocultar su verdadera naturaleza, aunque sus instintos de dragón se mantenían intactos. Se mordió la lengua para distraerse del hambre creciente ante el aroma. Shyvana subió a la cima de la torre donde podía inspeccionar mejor los alrededores y fijó su mirada en los gruesos y enredados árboles donde las hojas crujían cerca de un claro.

Shyvana saltó de la ventana de la atalaya y aterrizó sobre sus pies, cinco pisos más abajo. Detectó un indicio de sangre en el viento y se dirigió hacia el oeste, adentrándose en el bosque y esquivando ramas mientras perseguía el aroma. En el linde del claro, una enorme bestia felina con pelaje dorado se agasajaba con el cuerpo destrozado de Thomme. La criatura tenía alas emplumadas negras sobre los hombros y su cola bifurcada y sinuosa se movía como por voluntad propia.

El olor a carne fresca era embriagador, pero Shyvana se obligó a concentrarse en la cacería. Se había unido a Demacia para ser parte de algo mejor y no para ceder ante sus deseos animales.

Se acercó con cuidado a la bestia y sintió el fuego dragontino calentando sus manos conforme se preparaba para atacar. Pero antes de que pudiera hacerlo, la criatura dejó a su presa. Su rostro arrugado no tenía pelo, como el de un hombre viejo. Le sonrió a Shyvana con los colmillos ensangrentados.

—Todo tuyo—, dijo.

Shyvana había escuchado historias acerca de la ferocidad de los véllox, su apetito por la carne humana y su sofisticada agilidad. Pero nada la había preparado para el rostro inquietantemente humano de la criatura; sus ojos imperturbables le sostuvieron la mirada mientras se escabullía en los arbustos y desaparecía. El corazón de Shyvana se aceleró mientras corría para atrapar y matar a la bestia. El pelaje del véllox se mezclaba con los rayos moteados del sol y camuflaba su torso mientras brincaba sobre arbustos espinosos y ríos furiosos. Aun así, no podía ocultar el olor a sangre de su aliento y Shyvana siguió el aroma.

Un pedrusco caído bloqueaba el camino adelante. Las garras del véllox arañaron la roca cuando saltó y desapareció tras de ella. Shyvana enterró los talones en lo alto del risco para detener su impulso. La roca marcaba el límite de un gran precipicio que tenía una abrupta pendiente vertical.

Al otro lado, el bosque continuaba indefinidamente y el véllox ya estaba adentrado en lo profundo de su espesura. Shyvana suspiró. Solo había una forma de cruzar el desfiladero y no había querido recurrir a ella.

Revisó para asegurarse de que nadie estaba observando, llenó sus pulmones de aire y sintió su aliento arder en su pecho. Incluso al otro lado del enorme desfiladero, podía sentir el olor de Thomme en los colmillos del véllox. Dejó que el hambre la invadiera hasta que accionó el caldero debajo de su piel. Exhalando un torrente de fuego, Shyvana se transformó en un gigantesco dragón dragón y rugió. El desfiladero tembló cuando resonó con su poderoso llamado. Extendió sus gruesas y aterciopeladas alas y cruzó el desfiladero hacia el bosque.

Ya no tenía que escabullirse entre los árboles. En cambio, atravesó las ramas con fuerza para derribar todo lo que estaba en su camino. Inclinó las alas y el bosque se difuminó en un remolino de color café y verde. Los osos montaraces, los alces plateados y otras criaturas del bosque huían para evadirla, y Shyvana saboreó el poder que sentía ante su miedo. Exhaló un torrente de fuego y quemó una gruesa arboleda hasta convertirla en cenizas humeantes.

Detectó un rastro de pelaje dorado y saltó sobre la espalda del véllox. La criatura le desgarró los costados con los dientes, pero ella apenas notó el dolor.

—Te conozco—, gruñó el véllox, mientras trataba de liberarse. —Te llaman la Encadenada—.

La bestia dorada saltó, lanzando zarpazos con las patas y rasguños con los colmillos que alcanzaron la garganta del dragón. Shyvana le clavó las garras en la espalda y saboreó la sensación de carne desgarrándose.

—¿Por qué me cazas?—, preguntó el véllox. —No somos enemigos—.

—Mataste a un soldado del ejército de Demacia—, contestó Shyvana. —Thomme—.

El véllox hizo que sangrara del cuello, pero ella exhaló columnas de fuego y él tuvo que alejarse para esquivar las llamas.

—¿Era tu amigo?—

—No—.

—Y aun así pretendes vengar su muerte. Me temo que los rumores son ciertos. Eres simplemente una mascota domesticada—.

Shyvana gruñó.

—Al menos no soy asesina de hombres—, dijo ella.

—¿En serio?— El véllox sonrió, con los dientes manchados. —¿No estás sedienta de sangre humana?—

Shyvana rodeó al véllox.

—Veo el hambre en tus ojos—, le dijo. —El sabor de la carne fresca. Necesitas cazar tanto como yo. Después de todo, ¿dónde está la diversión en una comida sin una buena cacería?—

Ahora Shyvana sonrió.

—Lo que nos trae a mi propósito—, dijo ella.

Shyvana se lanzó hacia adelante. En un veloz movimiento, aplastó el cuerpo del véllox contra la tierra del bosque y se abalanzó sobre su garganta. El véllox escupió veneno abrasador y le arañó el cuello, arrancando algunas escamas de su piel. Los ojos de Shyvana ardieron por el veneno y las heridas le dolían, pero se mantuvo firme.

El alguna vez brillante pelaje del véllox ahora estaba pegajoso y cubierto de sangre. Sus llorosos ojos humanos miraron fijamente a Shyvana con horror mientras su vida se desvanecía.

Aunque el hambre era imparable, Shyvana se detuvo antes de devorar su carne. Exhaló para liberar el fuego dragontino de su pecho y se estremeció mientras volvía a su forma humana. Estaba perturbada por lo mucho que había disfrutado de la matanza. Temblando, levantó el cuerpo del véllox y lo arrastró hasta la grieta. Ahí yacería, prueba de su hambre inhumana, escondido en la oscuridad debajo de la roca.

Referencias

 v · e
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