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Historia corta • Lectura de 6 minutos

La Arruinadora de Bodas

Por Graham McNeill

Jinx odiaba las enaguas.

Lore

Jinx odiaba las enaguas.

También los corsés, pero sonreía al pensar cómo aprovecharía el espacio que quedaba debajo y dentro del vestido robado. Sus largas trenzas azules estaban ocultas debajo de un ridículo gorro de plumas que era la última moda en Piltóver. Jinx se pavoneaba entre los invitados a la boda, manteniendo la sonrisa y tratando de no gritarle a la gente con mirada muerta que la rodeaba. Hizo un gran esfuerzo para no tomar a cada uno de ellos y sacudirlos de los hombros hasta despertarlos.

Jinx había acudido para ponerse explosiva en el observatorio de la parte superior de la mansión del conde Sandvik, pero cuando se dio cuenta de que se estaba llevando a cabo una boda... Bueno, era una oportunidad perfecta para el caos, no podía dejarla pasar. El conde no había tenido reparos para hacer de la fiesta de su hija un gran espectáculo. La crema y nata de la sociedad de Piltóver estaba ahí; las cabezas de los clanes principales, los alabados artífices hextech e incluso el gordo Nicodemus se las había arreglado para conseguir una invitación. El vigilante prefecto parecía un poro poro relleno en su uniforme de gala, con el pecho hacia fuera y sus brillantes ojos mirando con lujuria la desbordante mesa del buffet. La música de una pequeña orquesta flotaba entre los asistentes, tan lenta y pesada que hacía bostezar a Jinx. Ella prefería la música para zapatear y dar vueltas hasta vomitar de Zaun.

Los hexlúmenes instalados con zoótropos giratorios y lentes con ángulos extraños proyectaban bailarines espectrales en el suelo, que giraban y daban piruetas para el deleite de los niños risueños que nunca conocerían un momento de hambre, dolor o pérdida. Mimos y artistas de la prestidigitación se movían a través de la multitud, deleitando a los invitados con la digitación de sus trucos de cartas. Jinx había visto mejores. Los rufianes del sumidero de los Mercados Linderos podrían hacerlo mejor que estos intérpretes, ni siquiera notarían que les habían robado.

Las imágenes de los peces gordos de Piltóver colgaban de las paredes cubiertas con roble e incrustadas con calados geométricos de cobre. Los hombres y mujeres de los retratos miraban a las personas con un soberbio desdén. Jinx les sacó la lengua a todos y cada uno de ellos mientras pasaba, y sonreía cuando chasqueaban la lengua y se daban la vuelta. Las ventanas con vidrios de color creaban patrones de arcoíris en el suelo de mosaicos. Jinx brincaba alegremente sobre cada cuadrado brillante mientras caminaba hacia la mesa que ostentaba suficiente comida para alimentar a cien familias de Zaun durante un mes.

Un mesero en librea pasó junto a ella, llevando consigo una bandeja de plata con copas llenas con algo dorado y burbujeante. Jinx tomó una en cada mano y se alejó con una gran sonrisa. La espuma voladora ensució las espaldas de los vestidos y abrigos de los invitados que se encontraban cerca. Jinx río por lo bajo.

—Salud—, dijo, y bebió lo que quedaba en las copas.

Se inclinó torpemente y dejó las copas en el suelo de mosaicos, justo en el camino de los bailarines, y eructó los acordes iniciales de Vi es una cabezona estúpida, una melodía que acababa de inventar. Algunos grupos de damas de sociedad voltearon con desprecio ante su grosería y Jinx se cubrió la boca con falsa vergüenza.

—Lo siento, accidentalmente hice eso a propósito—.

Se fue de allí y se sirvió unos bocadillos de pescado de la bandeja de otro mesero. Los lanzó al aire y logró atrapar hasta el último de ellos con la boca. Unos pocos cayeron en su pronunciado escote y los sacó con la alegría de un chatarrero del sumidero tras encontrar algo brillante en el flujo.

—¡Pensaron que podían escaparse de mí, pescaditos!—, dijo, moviendo un dedo acusador. —Bueno, se equivocaron—.

Jinx se metió la comida en la boca y se ajustó el vestido. No estaba acostumbrada a tanto ahí arriba y reprimió una risita sobre lo que había usado de relleno ahí abajo. Se le erizaron los cabellos de la nuca, y alzó la mirada para ver a un hombre que la observaba desde el borde del salón. Era guapo en una manera tiesa y portaba ropa formal y bonita, pero era tan evidente que era un vigilante que mejor hubiera portado un letrero alrededor de su cuello que lo indicara. Jinx giró y se adentró en la multitud de invitados que llenaban el salón.

Llegó a la mesa del buffet y aspiró una sorprendida bocanada al ver la torre del pastel de boda; una obra maestra de fondant rosa, crema batida y entramado de caramelo. Una réplica de la Torre de Tecmaturgia en un pastelito esponjoso y dulce. Jinx se acercó, levantó un cucharón del tazón de ponche y excavó una cueva en el esponjoso relleno. Lo volteó hacia el suelo, lamió el cucharón hasta que quedara limpio y lo arrojó a la mesa. Observó que algunos invitados la miraban de forma extraña y enseñó los dientes con su sonrisa más maniaca. Quizás pensaban que estaba loca. Quizás estaban en lo correcto.

Jinx se encogió de hombros. —Qué importa.—

Metió la mano en el escote y sacó cuatro mascafuegos mascafuegos. Metió tres de ellos muy profundo en el hoyo que había escarbado en el pastel y tiró el otro en el tazón de ponche.

Se paseó a lo largo de la mesa, sacando otros dos mascafuegos para depositarlos en varios platos. Uno de ellos cayó en una sopera de cobre, el otro reemplazó la manzana en la boca de un cerdo. Sin la carga extra arriba, su vestido ahora le quedaba holgado y, mientras bajaba el cierre lateral, se percató de que el hombre apuesto que había etiquetado como un vigilante se enfilaba hacia ella entre los invitados.

—Ya era hora—, dijo, detectando a otros cuatro vigilantes arreglados, tres mujeres y un hombre, reuniéndose alrededor de ella. “¡Oooh, trajiste amigos también!”

Jinx llevó la mano hacia la parte baja de su espalda y tiró del nudo que aseguraba sus enaguas alrededor de su angosta cintura. La parte inferior de su vestido cayó al suelo, mientras que su corsé se desprendía ante la sorpresa de los hombres y mujeres a su alrededor.

Expuesta en sus mallas rosas, sus shorts con un cinturón con municiones y un chaleco, Jinx se arrancó el gorro y sacudió el cabello. Se estiró y sacó a Carapescado Carapescado de donde había estado escondido entre su vestido, y apoyó el arma sobre su hombro.

—¡Hola, muchachos!—, gritó, saltando a la mesa del buffet y sacando a Chispita Chispita de su pistolera del muslo. —Espero que estén hambrientos...—

Jinx giró sobre su talón y disparó un chispeante rayo de energía por la mesa hacia el mascafuegos en la boca del cerdo.

—¡Porque este buffet está para morir!—

El mascafuegos explotó y bañó a los invitados cercanos en carne y grasa quemadas. A eso le siguió una cadena de detonaciones. La sopera explotó en el aire para empapar a los invitados con estofado caliente. El tazón del ponche voló después, para darle paso al clímax de las detonaciones: el pastel de bodas.

Los tres mascafuegos dentro del pastel detonaron al mismo tiempo y la torre voló por los aires como un cohete. Casi alcanza el techo de cristal antes de perder altura y caer al suelo. Los invitados se dispersaron cuando el gigantesco pastel explotó al impactar, y fragmentos de fondant volaron por todas las direcciones. Los invitados, a los gritos, huyeron de los estallidos, resbalándose y cayendo en trozos de crema pegajosa y ponche caliente.

—En serio, muchachos—, dijo Jinx, soplando para quitarse un mechón de cabello azul del rostro. —Gritar no ayuda en nada—.

Saltó de la ahora arruinada mesa de buffet y disparó un proyectil con Carapescado que reventó la ventana más cercana. Flechas de acero disparadas desde arcos de mano volaron junto a ella para incrustarse en las paredes, pero Jinx rio mientras brincaba a través del marco de la ventana rota hacia el jardín trasero. Se puso de pie rápidamente. Ya tenía planeada una ruta de escape, pero al mirar hacia la entrada de la Mansión Sandvik vio un alto y brillante transporte que sería muy divertido de robar.

—Eso es algo que debo intentar...—

Balanceó a Carapescado sobre su hombro y golpeó con su codo a una serie de boquiabiertos mayordomos de Sandvik, antes de montarse en el asiento de cuero del corredor.

—Entonces, ¿cómo se enciende esta cosa?—, dijo, mirando todo el conjunto de sorprendentes botones de marfil, perillas de latón y botones como joyas en el panel de control.

—¡Hora de prueba y error!—

Jinx tiró de la palanca más cercana y presionó el botón más grande y rojo que vio. La máquina palpitó debajo de ella, y se desenrolló con un creciente aullido y zumbido de potencia. Una ráfaga de luces azules surgió de los bordes del ancho disco al tiempo que las puertas de la mansión se abrían. Se escucharon voces severas que exigían que se detuviera. ¡Como si eso fuera a ocurrir! Los pilares estabilizadores se retrajeron en el reluciente marco y Jinx gritó con alegría maniática mientras el disco corredor salía disparado de la mansión como un supermegacohete mortal. supermegacohete mortal.

—¡Nos vemos!—, gritó sobre el hombro. —¡Gran fiesta!—

Referencias

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