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Ivern
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"El ingenio de los hongos siempre me sorprende."
- Ivern Ivern

Ivern Pies de Espino, conocido por muchos como el Árbol Padre, es un ser peculiar, mitad humano y mitad árbol, que deambula por los bosques de Runaterra y cultiva vida dondequiera que va. Conoce los secretos del mundo natural y es buen amigo buen amigo de todo lo que crece, vuela o se oculta en él. Ivern vaga por el mundo natural compartiendo su curiosa sabiduría con quienes conoce, rejuvenece los bosques y, de vez en cuando, confía sus secretos a mariposas indiscretas.

Árbol Padre

Cuando el Fréljord apenas emergía, Ivern ya era un feroz guerrero con una voluntad de hierro e implacable. Sin embargo, cuando los Hijos del Hielo se alzaron dominantes y menospreciaron a Ivern y a los suyos como a simples mortales que osaban desafiarlos, Ivern se sintió impotente. Juntos planearon derrocar a sus sobrenaturales maestros. Ivern el cruel y sus hombres, curtidos por la batalla, emprendieron un viaje naval desde el puerto de la Guardia de Hielo y llegaron a unas tierras lejanas que, según la leyenda, eran el origen de toda magia. Ivern quería apropiarse de aquel poder para vencer a los Hijos del Hielo. La flota se alejó hasta perderse de vista en el horizonte, y terminaron convirtiéndose en mito y cayendo en el olvido, pues nunca más se supo de ellos. Su rastro se desvaneció como huellas en una tormenta de nieve.

El mar, como si rechazara su noble objetivo, los hostigó con el mordisco de olas constantes y minó la moral de incluso los más tenaces. Después de atravesar con su espada a varios cobardes amotinados, desembarcaron en la orilla de Jonia y masacraron sin piedad a la resistencia nativa. Los jonios se rindieron y guiaron a los freljordianos hasta una arboleda sagrada conocida como Omikayalan, el Corazón del Mundo. Ellos creyeron que se trataba de un regalo para los conquistadores, un símbolo de lealtad. Pero lo que encontraron en aquel vergel fue la resistencia más feroz.

Un nuevo enemigo apareció. Bestias quiméricas, medio humanas medio animales, se lanzaron contra el ya mermado batallón, y siguieron reduciéndolos en número. Ivern no cesó en su empeño y condujo a los pocos guerreros restantes hasta aquello tan sagrado para los jonios... el Sauce Divino, un árbol enorme y repleto de hojas largas y finas que emitían destellos de luz verde y dorada. Mientras sus hombres eran masacrados en un asalto final, Ivern se quedó paralizado al contemplar el árbol místico. Dispuesto a quebrar la voluntad de sus enemigos, agarró su hacha de batalla y lo golpeó con la fuerza de diez hombres. No sintió ningún impacto. No sintió nada. Cuando se extinguió la fuerza vital del Sauce Divino, emitió una luz cegadora.

Lo que pasó a continuación fue todavía más extraño; sus manos se fundieron con el hacha y con la madera del Sauce Divino, convirtiéndose en uno. Sus extremidades se volvieron más largas y rugosas. La transformación se extendió a todo su cuerpo. Unos momentos después, medía tres metros. Contempló a sus camaradas caídos. Se sentía vivo a pesar de no sentir latidos en su corazón.

En su interior habló una voz.

—Observar— le dijo.

Durante lo que para él fueron segundos, aquellos cuerpos se descompusieron y dieron lugar a legiones de hongos e insectos. Las aves carroñeras y los lobos se alimentaron de aquella carne. Los huesos se pudrieron y convirtieron en tierra fértil, y las semillas de la fruta que habían comido los conquistadores germinaron hasta ser árboles repletos de fruta. Las colinas se alzaron del suelo y volvieron a él, como si de la respiración del mundo se tratara. El latido de las hojas y los pétalos se sentía con fuerza. Toda la muerte que había a su alrededor dio lugar a una increíble explosión de vida.

Ivern nunca antes había contemplado tal belleza. Todas las formas de vida estaban unidas como un nudo imposible que no quería ser deshecho. Reflexionó sobre todos los errores que había cometido y la crueldad con la que había tratado a los demás, y una gran tristeza lo inundó.

Lloró, y sus lágrimas brotaron rápidamente en su corteza y en las hojas que ahora recubrían su nuevo cuerpo arbóreo. "¿Me estoy convirtiendo en el Sauce Divino?", se preguntó.

Entonces, la voz interior volvió a hablarle.

—Escuchar— le dijo. Y él hizo caso.

Al principio, no oyó nada. Después, el gimoteo de un sinfín de animales, el sollozo de los ríos y el lamento de los árboles. Era una sinfonía de luto por la pérdida del Sauce Divino. El remordimiento invadió a Ivern, y rompió en llanto ansiando el perdón. Una pequeña ardilla se acurrucó en sus piernas. Sintió la mirada de los animales cercanos. Las plantas acercaron sus raíces a él. La naturaleza le estaba perdonando, y para Ivern fue una sensación cálida.

Cuando por fin se movió, había pasado más de un siglo y el mundo parecía nuevo. La violencia y la crueldad ya no eran más que un eco de su pasado. Nunca volvería a ser aquel hombre que había sembrado tanta destrucción. Incluso preguntó a aquella voz por qué. ¿Por qué lo habían perdonado a él?

La voz le habló por tercera vez.


—Crecer— le dijo.

Ivern estaba confundido. ¿Acaso se referiría a que debía crecer él, o ayudar a crecer al mundo? Decidió que debía tratarse de ambos; al fin y al cabo, ¿a quién no le beneficia el crecimiento? Ivern se miró a sí mismo: su piel convertida en corteza, el hongo de su brazo, la familia de ardillas acurrucadas donde antes había tenido la funda del arma. Quedó asombrado con su nuevo cuerpo. Descubrió que podía enterrar sus pies y comulgar con las raíces y los insectos. ¡Incluso con la tierra misma!

Decidió que lo mejor sería comenzar por conocer a todos los habitantes del mundo, y se puso a ello. Le llevó unos cuantos siglos, aunque él no sabría decir exactamente cuántos, porque el tiempo vuela cuando uno se lo pasa bien. Deambuló por el mundo y entabló amistad con todos los seres, grandes y pequeños. Contempló sus rarezas, se deleitó en sus pequeños hábitos, a veces incluso les echaba una mano. Acercó a la oruga a su destino, jugó con traviesos Espino Rojo ancestros ígneos, abrazó a elmarks y rio largo y tendido con hongos ancianos. A su paso, los bosques florecían en una primavera perpetua y las bestias vivían en armonía.

En ocasiones rescataba a criaturas que habían sido heridas injustamente por depredadores descuidados. Una vez se encontró a una Daisy gólem de piedra con heridas graves. La pobre se encontraba al borde de la muerte, así que le hizo un nuevo corazón con un guijarro de río. Haciendo honor a la tradición de los seres minerales, la gólem se convirtió en amiga de Ivern de por vida. Decidió llamarla Daisy Daisy por las margaritas que comenzaron a brotar de su cuerpo de piedra. Ahora, cada vez que Ivern está en peligro, Daisy Daisy acude rápidamente.

A veces se encuentra con comunidades de humanos, y algunas son más o menos pacíficas. La mayoría se referían a él como el Árbol Padre, y contaban historias sobre su curiosa benevolencia. Pero a Ivern le perturbaba ver cómo tomaban más de lo que daban, lo crueles y humanos que podían llegar a ser, y al final se apartó de su lado.

Pero entonces la voz de su interior le habló por cuarta vez.

—Mostrar— le dijo.

Ivern dejó los bosques y emprendió un viaje por aquel mundo lleno de humanos. Volvió a sentir la determinación del pasado, pero esta vez sin rastro alguno de malicia o crueldad. Esperaba que llegara el día en que pudiera compensar por todo lo que había tomado. Si iba a ser el nuevo Sauce Divino, tenía que cultivar humanidad, ayudarlos a que vieran, oyeran y crecieran. Él había sido humano y sabía lo difícil que eso iba a ser, pero sonrió y asumió el reto de conseguirlo antes de que el sol se pusiera por última vez. Tenía tiempo suficiente.

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Historia corta • Lectura de 9 minutos

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Por Matthew Dunn

Para la mayoría, cien años es un periodo muy largo. En un siglo se podría explorar el mundo entero, conocer miles de personas o realizar incontables obras de arte. Por eso sería fácil pensar que permanecer en el mismo lugar durante más de un siglo es un desperdicio brutal de tiempo. Pero durante ese siglo, Ivern Pies de Espino logró más de lo que nadie alcanzaría siquiera a soñar.

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Referencias