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Historia corta • Lectura de 4 minutos

Invocación

Por Graham McNeill

Ahí estaba ella, la esposa guerrera, parada entre las ruinas de su hogar carcomido por las llamas. Todo lo que ella alguna vez quiso, sus pertenencias, sus seres amados, todo lo había perdido para no verlo nunca jamás. Una de esas tristezas que escapan a la razón, eso era todo lo que tenía ahora. Y odio, un odio profundo también, un odio ahogado que sin embargo la mantenía en pie.

Lore

Ahí estaba ella, la esposa guerrera, parada entre las ruinas de su hogar carcomido por las llamas. Todo lo que ella alguna vez quiso, sus pertenencias, sus seres amados, todo lo había perdido para no verlo nunca jamás. Una de esas tristezas que escapan a la razón, eso era todo lo que tenía ahora. Y odio, un odio profundo también, un odio ahogado que sin embargo la mantenía en pie.

Volteó a ver otra vez la cara del hombre aquel, en el momento justo cuando daba la orden. Se suponía que él estaba ahí para protegerlos, pero lo único que hizo fue escupir sobre sus votos. No, su familia no era la única que había sido destruida por su traición.

Todo lo que ella quería era desquitarse, ir por él y hacerlo pagar. Deseaba tomar su espada y hundirla en el pecho del asesino para ver cómo la vida se le escurría desde los ojos... pero sabía que ni siquiera podría acercársele. Día y noche los guardias lo seguían a donde fuera, y ¿qué era ella? Una guerrera y nada más. Nunca podría pasar a través del batallón entero, peleando hasta la última gota de sangre, sí, pero ella y nadie más, sola y su alma triste. Morir así, sería en vano.

Un escalofrío la recorrió. Respiró profundamente y supo que jamás regresaría.

Sobre una cómoda ennegrecida por el fuego, yacía la efigie tosca de un hombre formada por palillos y cordeles. La figurilla estaba sujeta con un trozo de tela arrancado de la capa del traidor. La esposa guerrera lo había tomado del puño muerto de su marido. A un lado había un martillo y tres clavos oxidados.

Lo recogió todo y se dirigió hasta el umbral donde antes del asalto había una puerta, donde hoy sólo quedaba un reguero de astillas. Afuera, alcanzó a entrever, la luz de la luna se derramaba sobre la oscuridad de los sembradíos.

Se estiró para alcanzar el dintel de madera y sobre él colocó la pequeña efigie de palos.

—Yo te invoco, Señora de la Venganza—, dijo la esposa guerrera, en una voz leve y temblorosa que dejaba sentir la profundidad de su ira. —Detrás de tu velo, escucha mi súplica. ¡Yo te invoco, Señora de la Venganza!—

Aprestó el martillo y clavó el primero de los clavos.

—Proclamo el nombre del traidor una vez—, dijo y en voz alta pronunció el nombre del maldito. Al mismo tiempo, colocó la punta del primer clavo sobre el pecho de la figurilla y de un solo golpe la hundió contra la dura madera para fijarla en el marco superior de la puerta.

De pronto, un escalofrío le recorrió la espalda. El cuarto se había vuelto más frío. ¿O acaso lo estaba imaginando?

—Proclamo su nombre dos veces—, dijo mientras otro golpe de martillo hundía el segundo clavo a un lado del primero.

Algo la estremeció en ese momento, obligándola a apartar la mirada. Una presencia oscura había aparecido entre los sembradíos iluminados por la luna, a unos cien metros de distancia, donde la aparición permanecía por completo inmóvil. La esposa guerrera comenzó a respirar agitadamente. Se esforzó por concentrar su atención nuevamente en la tarea inacabada.

—Proclamo su nombre tres veces—, dijo y volvió a pronunciar el nombre del asesino de su marido y sus hijos, justo antes de hundir el último de los clavos.

Un antiguo espíritu de la venganza se plantó frente a ella en el umbral de la puerta. No pudo evitar tambalearse ni dejar escapar un grito ahogado.

La criatura ultraterrena estaba enfundada en una armadura arcaica, su piel era traslúcida y su carne traslúcida despedía un fulgor espectral. La Niebla Negra la envolvía como si fuera un sudario viviente.

Con un chirrido de metal torturado, la figura espectral se sacó del peto de su coraza la lanza lanza ennegrecida que la atravesaba, el arma funesta que le había arrancado la vida.

La arrojó al suelo, por delante de la esposa guerrera. Ninguna de las dos dijo palabra; no era necesario. La esposa guerrera sabía cuál era la oferta: venganza a cambio de un precio terrible: su alma.

El espíritu la observó con rostro imperturbable y unos ojos ojos envueltos por la llama de una gélida furia, unos ojos punzantes que vieron cómo la esposa guerrera recogía del suelo el arma traicionera.

—Juro lealtad a la venganza—, dijo la esposa guerrera con voz temblorosa. Colocó la punta de la lanza contra su pecho, apuntando a su corazón. —Sello mi juramento con mi sangre. Sello mi juramento... con mi alma—.

Se detuvo por un segundo. Su esposo habría ofrendado su propia alma pidiendo que ella, su amada mujer, jamás tuviera que emprender un camino como este. Le habría rogado que no condenara su alma tomando una decisión tan terrible. Por un instante la duda la carcomió, mientras el espectro no muerto la contemplaba en silencio.

Los ojos de la esposa guerrera se fijaron entonces en una imagen imborrable: su esposo yaciendo muerto, despedazado por hachas y espadas, y sus hijos regados por el suelo, empapados en su propia sangre. El corazón de la esposa guerrera comenzó a endurecerse hasta quedar convertido en una piedra fría de la que sólo emanaba coraje y determinación. Con mano firme, apretó entre sus puños la lanza.

—Ayúdame—, imploró, libre ya de toda duda. —Por favor, ayúdame a matarlo—.

Y la esposa guerrera hundió la lanza contra su pecho, hasta lo más profundo.

En su último suspiro, abrió los ojos grandes y cayó de rodillas contra el suelo. Trató de hablar, pero de sus labios sólo brotaba el rojo silencio de la sangre.

El ser fantasmagórico la vio morir, impávido.

Conforme la última gota de vida abandonaba su cuerpo, la sombra de la mujer se puso en pie. Se miró con asombro las manos insustanciales y luego desvió la mirada al cadáver de ojos vacíos que yacía sobre un creciente charco de sangre. El semblante de la sombra se endureció y una espada fantasmal apareció en su mano.

Un lazo etéreo, un hilillo de luz apenas, se extendió entre la sombra recién nacida y el espíritu vengador al que había invocado. A través de ese lazo, la mujer pudo ver al misterioso ser de otro modo. Pudo entrever a la noble guerrera que había sido en vida: alta, orgullosa y de reluciente armadura. Su porte transmitía confianza, pero no arrogancia; nacida para ser líder, nacida para ser soldado. Aquella mujer era una comandante por la que de buena gana habría derramado su propia sangre.

Más allá de la ira que envolvía al espíritu vengativo, el alma atada pudo sentir un dejo de empatía, pudo ver cómo el dolor ante la traición las unía más allá del juramento.

—Tu causa es nuestra causa—, dijo Kalista Kalista, el Espíritu de la Venganza, y su voz era fría como una tumba. —Ahora caminamos juntas por el sendero de la venganza—.

La esposa ensangrentada asintió con la cabeza.

Y así partieron juntas el espíritu vengativo y la sombra de la esposa guerrera para perderse en la oscuridad.

Referencias

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