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Historia corta • Lectura de 5 minutos

Hijo de Ur

Por David Slagle

Corríamos por las calles de Zaun. Las tuberías y el cristal manchado estaban borrosos, los colores eran de un tono corrompido por la Calima y por la neblina que yacía en cada callejón bañado en químicos. Zori estaba a mi izquierda. Tenía el cabello enmarañado y navajas oxidadas. Su sonrisa era el único indicio de que era hermosa debajo de toda la suciedad. Blenk estaba detrás de ella con una lata de aerosol de pintura brillante y una cabeza que escurría ideas. Scuzz andaba por la retaguardia. Todo lo que se esperaría de un bobo llamado Scuzz. Pero era nuestro Scuzz, cada parte holgazana de él.

Lore

Corríamos por las calles de Zaun. Las tuberías y el cristal manchado estaban borrosos, los colores eran de un tono corrompido por la Calima y por la neblina que yacía en cada callejón bañado en químicos. Zori estaba a mi izquierda. Tenía el cabello enmarañado y navajas oxidadas. Su sonrisa era el único indicio de que era hermosa debajo de toda la suciedad. Blenk estaba detrás de ella con una lata de aerosol de pintura brillante y una cabeza que escurría ideas. Scuzz andaba por la retaguardia. Todo lo que se esperaría de un bobo llamado Scuzz. Pero era nuestro Scuzz, cada parte holgazana de él.

Gritaba el nombre de nuestra pandilla entre el ondulante humo y marcaba la noche como nuestra.

"¡Jinetes del Sumidero!"

Nosotros reíamos y también lo gritábamos. Éramos jóvenes y estábamos llenos de vida. Nada podía detenernos. Tendría que atraparnos primero y aún estábamos corriendo.

La misma ciudad parecía ayudarnos a avanzar mientras nos escabullíamos por las profundidades para alejarnos más y más del chatarrero del Sumidero, al cual acabábamos de robar y dejamos desangrando en la alcantarilla. Sus engranes aún tintineaban en nuestros bolsillos. Más que suficiente para un poco de diversión. Estábamos en camino hacia las Vías Negras, el mercado en el centro de Zaun.

—¿Creen que nos venderán algo de vino centella? —preguntó Zori—. Hacer sangrar a ese sujeto me dio un poco de sed.

Blenk soltó una pequeña risa. —Venden centellas a los niños en las Vías. Después, venden a los niños.

—Guarden silencio los dos —gruñó Scuzz mientras los alcanzaba—. Su rostro reflejaba una especie de preocupación que nunca había visto antes. Era una mueca que se formó lentamente. —¿No escuchan eso?

Entrecerré mis ojos y miré hacia la oscuridad. No es posible entrecerrar los oídos, ¿sabes? No sin algunas mejoras. —No puedo escuchar nada —dije mientras me encogía de hombros—. Ni siquiera la tos de una rata parda de la plaga.

—A eso me refiero —murmuró Scuzz—.

Y el silencio posterior... pesaba más que Piltóver, el cual brillaba sobre nosotros.

Al adentrarnos lentamente en el mercado después de atravesar la niebla, encontramos carretas volcadas. Sus ruedas aún giraban. Los puestos estaban abandonados, pero repletos de mercancías exóticas. Había un hedor en el aire que me recordaba al chatarrero del Sumidero; un hedor tan fuerte que provocaba que me lloraran los ojos. Algo que ni siquiera verlo sangrar lo había ocasionado.

También había cuerpos. Muchos usaban el emblema del quimobarón. Estaban despedazados, los adoquines debajo de ellos estaban teñidos en rojo.

Era una masacre.

—Un trabajo muy desagradable, ¿verdad? —Blenk sonrió mientras hurgaba en uno de los bolsillos de un hombre muerto. Retiraba con cuidado los trozos de carne que le estorbaban—. Supongo que eso significa que obtendremos un descuento.

Zori solo se estremeció. —Hay alguien... ahí —susurró, y señaló una nube de tecnoquímico crudo que se escapaba de una tubería más allá del claro—. Era la fuente del hedor que se estaba haciendo más intenso. El hedor que destrozaba mis sentidos, que provocaba, de alguna manera, que mis oídos zumbaran. —Es... es un hombre.

—Eso no es un hombre —murmuré siguiendo su mirada hasta el creciente halo verde—. Ya no lo es...

Era una forma corpulenta con piernas metálicas y muchas pistolas fusionadas de una forma inhumana a su piel de la misma forma que un mecánico fusionaría dos tuberías... Con llamas abrasadoras. El hecho de verlo me hizo estremecer. En una mano sostenía algo mucho más pequeño en el aire. Un hombre, el cual se asfixiaba en la nube de tecnoquímico. Cuando se retorcía, el monstruo se burlaba de él. Su voz era un vibrante zumbido en mi estómago, el cual amenazaba con perder las entrañas de mi interior.

—Esto es lo que quieres —susurraba de forma casi tentadora mientras forzaba con crueldad el rostro del hombre dentro de la tubería que seguía brotando tecnoquímico alrededor—. Respíralo. Hazlo tuyo.

Pero el hombre solo se retorcía y pateaba, aunque era en vano. Se debilitaba cada vez más hasta que, finalmente, solo su brazo aumentado era lo que se movía. Sus últimos y desesperados pensamientos resonaron. Incluso después de que terminaron.

Con un destello metálico, lo comprendí. El cadáver colgante pertenecía a un quimobarón, el único tipo de persona que podría costearse un equipo moderno como ese. Barón Crimson, o algo así. Estos eran sus hombres, lo que estaba esparcido a nuestro alrededor.

Eran sus hombres. Y ahora...

—Tenemos que salir de aquí —jadeé mientras me alejaba de la masacre y me dirigía hacia mis amigos—. Pero no pude verlos. El gas de la tubería estaba esparciendo una nube verde y tóxica, lo que hacía cada vez más difícil poder respirar... más difícil... poder...

Correr. Debíamos correr.

Podía escuchar a Zori, a Blenk y a Scuzz entrando en pánico y tosiendo en algún lugar cercano. Me adentré en la neblina para alcanzar a alguien, o algo, que pudiera llevar conmigo mientras escapaba. Pero solo estaba el sonido de un cuerpo desplomándose con lentitud en el suelo y una lata de aerosol repicando en los adoquines.

Blenk. Me tropecé mientras la verdad me golpeó. Se había ido.

Y lo peor aún estaba por ocurrir.

El monstruo se impulsó a través de la niebla. Una gigantesca pierna acorazada se azotó a mi lado, y después otra... y otra. Todas revelaron tuberías llenas de tecnoquímico y sobresalientes cañones que humeaban con el mismo calor que aún ardía en los cuerpos que nos rodeaban.

Podía saborearla en el fondo de mi garganta, una verdad tan amarga como el putrefacto aire. Moriría aquí.

El monstruo me tomó por mi desaliñado cuello y me levantó lo suficientemente cerca para ver su rostro. Era un semblante terrorífico, y lo más aterrador fue que era humano. Al menos más humano que el resto de él. Su máscara tóxica brillaba mientras exhalaba alquimia pura, pero sus ojos eran aún más brillantes. Inteligente. Parecía casi sonreír mientras absorbía mi miedo.

—Un hijo de Zaun. ¿Cómo te llamas? —gruñó mientras me acercaba más—. Su acento era rasposo, pero no podía ubicarlo. Sus palabras golpearon mi determinación. Cada una atacaba con la fuerza de su odio.

Ni siquiera pude balbucear una respuesta.

Él se rio. —El barón. ¿Lo reconoces? Como muchos, intentó gobernar la ciudad. Arrojó a un sin fin de personas hacia las profundidades, para minar esta... —respiró profundamente mientras los gases se arremolinaban—, esta miseria... Ya no existe. Asesinado por aquello que le dio poder sobre otros. Eres tú, rata de alcantarilla, quien sobrevive. Así que, dime, ¿quién de ustedes es más fuerte? ¿Quién de ustedes merece vivir?

Repentinamente, caí de vuelta al suelo y aterricé sobre mis amigos. Ellos se estremecían y asfixiaban como el quimobarón. La boca se Scuzz se llenaba de espuma. Y Zori... cerré mis ojos llenos de lágrimas antes de ver lo que le había ocurrido.

—Corre —dijo el monstruo—. Dile a la ciudad de cómo sobreviviste y el barón no. Serás mi testigo. —El primero de muchos

—dije dudoso—.

—¡Corre! —exclamó—. Entonces vi a Zori sollozar. Intentaba pedir ayuda con sus últimas fuerzas. No quería que esta fuera la forma en la que la recordaría. Quería recordar su sonrisa. Aún lo hago.

Pero estaba corriendo de nuevo por las calles de Zaun.

¿Pueden imaginarse lo que se sintió comprender, con los pulmones ardiendo y respiraciones pesadas, que mis gritos eran el mensaje que estaba por dar?

Estaba con vida. Mis amigos no.

Yo era digno.

Referencias

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