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Historia corta

Hija de Zaun

Por Ian St. Martin

¿Qué diferencia hay entre la ley y el orden?

Lore

¿Qué diferencia hay entre la ley y el orden?

¿Pueden existir por separado? ¿Y qué tienen que ver con la justicia? Tal vez depende de a quién le preguntes. Si me lo preguntas a mí, bueno, a mi versión joven, la justicia se obtiene al aplastar cráneos.

Me parece que hoy me siento joven.

Aún está oscuro cuando llego al Salón de la Ley. Como suele ser el caso, aunque casi nunca tan temprano, llevo conmigo a algunos invitados. Llevo a un par: dos de los siete que atrapé vandalizando tiendas y cafés en la Avenida Horológica. Uno está roncando por el golpecito que le di, pero el otro está muy despierto y es fanático del habla florida.

—Baja la voz, perturbas mi paz—. Aprieto mis dedos metálicos alrededor de su cuello y asiento mirando a su cómplice, quien cuelga de mi hombro. —Si yo fuera tú, aprendería de tu amigo—.

—Esto es una crueldad—, refunfuña. —¿En dónde estamos? ¿En Noxus?—.

—¿Noxus?—. Tengo que aguantarme la risa. —Eso quisiera. Si estuviéramos en Noxus, ya iríamos en camino hacia las arenas de los gladiadores y no hacia una celda vergonzosa—.

La imagen le causa impresión y yo gano un momento de silencio antes de que comience de nuevo.

—Crees que puedes silenciarnos, pero no es así. Expondremos tu sistema de opresión y lo derribaremos—.

—¿Y eso lo lograrán rompiendo todas las ventanas de un salón de té? No eres más que otro mocoso malcriado y aburrido en busca de motivos para destruir cosas. No ayudas a nadie—.

—¡Hablamos en nombre de aquellos que no tienen voz!—, grita. —En nombre de los pobres y los oprimidos—.

Miro su ropa. Nueva, impecable. Nunca ha vivido un solo día de necesidad. —Bueno, yo soy una de esos pobres y oprimidos zaunitas, y mi voz funciona a la perfección—.

—Y ahora eres parte del sistema—. Lanza un escupitajo rosa a la calle. —Metes unos cuantos engranajes en tu bolsillo y persigues lo que sea. ¿Cómo puedes dormir por las noches?—.

Cuando uso estos guanteletes, siento una necesidad irrefrenable. El deseo por sentir cómo una caja torácica choca contra mis nudillos. En ocasiones, ese deseo se vuelve casi incontrolable. Por más que intente evitarlo, sus palabras provocan que me hierva la sangre y mis puños Hextech comienzan a vibrar, listos para la paliza venidera, pero lo reprimo.

—Cuando no estoy deteniendo a idiotas por destrozar salones de té, duermo como un tronco—.

Por fortuna, llegamos a las puertas.

—Oigan, ayuden a una pobre zaunita en apuros—. Uso la cabeza del hablador para tocar la puerta. Confieso que dejo que un poco de mi frustración se deslice en el último golpeteo; es lo suficientemente fuerte como para hacer que alguien abra la cerradura del otro lado.

“”Portector Kepple—. Le sonrío al rostro que parpadea detrás de la puerta que se abre lentamente.

—Qué terrible manera de comenzar el día tan temprano, ¿eh, Vi?—, se queja con ojos somnolientos.

—La injusticia nunca descansa, amigo mío—. Arrastro a mis detenidos a través de la puerta y le doy a Kepple la versión resumida de los sucesos matutinos.

—Atrapé a dos de ellos—, termino. —Ambos sospechosos fueron...—; los miro a ambos, roncando al unísono. —Sometidos—.

Kepple levanta una ceja. —No me cabe duda. La sheriff Caitlyn Caitlyn ya te espera escaleras arriba—.

—Imagino que podrás encargarte de procesar a este par de revolucionarios aficionados, ¿cierto?—.

—Haré que se registre—, gruñe Kepple mientras lanzo a uno de los vándalos hacia sus brazos, y al bocón lo arrojo a sus pies.

Le sonrío mientras paso a su lado. —Eres un orgullo para la fuerza—.

La oficina de Caitlyn es un desastre. El escritorio de madera crujiente está sepultado bajo un bosque de cápsulas de tubos neumáticos de latón y de los interminables formularios, mensajes y edictos que estas contienen. La sheriff está perdida en algún lugar de ese bosque, hurgando entre órdenes judiciales y mandatos, y las exigencias de sus jefes y los clanes mercantiles. Parece que no ha salido de la habitación en días, lo cual me lleva a suponer que su paciencia es escasa, mientras cierro la puerta detrás de mí.

—Siéntate—, me dice, sin alzar la mirada, aún buscando algo.

A lo que vamos, entonces.

—¿Qué? ¿Es por esos vándalos?—. Despejo una silla y me siento, flexiono los dedos mecánicos de mi mano derecha y apoyo mis botas en la esquina de su escritorio. —Saldrán en pocos días. Si me lo preguntas, fui muy blanda con ellos—.

—No se trata de eso—, me responde, cada una de sus palabras se escucha más cansada que la anterior. —Hay algo que nos llamó la atención. Unos procesos... complicados, que necesitamos revisar. Es sobre Zaun—.

Me doy cuenta de que no es solo la falta de sueño lo que mantiene afligida a Cait. Algo la tiene a la defensiva, una aprehensión atípica en una mujer que puede perforar un engranaje de plata de un balazo a tres cuadras de distancia.

—¿Es ella ella?—, le pregunto. No puedo ocultar el tono mordaz de mi voz.

Por fin, Cait deja de revolver su escritorio. Me dirige una mirada rápida con sus ojos zafiro. —No. Es algo más. Algo nuevo—.

—Nuevo—, repito, aunque eso tampoco tiene mucho sentido.

Cait inhala con lentitud. —Algo está pasando en el Sumidero—.

Ladeo mi cabeza. —Eso está demasiado lejos de nuestra jurisdicción—.

—Desde la división—, dice Cait —nuestras ciudades han existido en simbiosis. A pesar de las apariencias, una no puede sobrevivir sin la otra, así es que debe mantenerse el equilibrio—.

Ladivisión, la llamaban. Las divisiones suelen ser equitativas y parejas. En este caso, unos comerciantes ricos se emocionaron al proyectar la excavación de un canal, sin estudiar previamente si la tierra era apta para ello. La mitad de Zaun terminó bajo el agua. Ahogaron a la gente en nombre del comercio, y la forma en la que ese comercio se dividió desde entonces está bastante lejos de lo equitativo y de lo parejo.

—Una manera muy simple de romper ese equilibrio sería descender a los distritos bajos de Zaun y armar un escándalo—, le señalo. —Pero, en este caso, no estamos hablando del Malecón; no hay ninguna superposición en el Sumidero en donde podamos manipular los eventos después de haber actuado y dejar que el asunto avance por sí mismo—.

Cait suspira. —Todos estos temas ya se discutieron y consideraron—.

—¿Por quién?—, le pregunto. —¿Te molestaría incluirme?—.

—Solo puedo decirte lo que debes saber y en este momento no necesitas saber eso—.

—Entonces, ¿esto qué tiene que ver con nosotras?—, le digo mientras juego con una cápsula vacía de tubo neumático. —Lo que haga el distrito suburbano es su problema—.

—No esta vez—. Cait me arrebata la cápsula de la mano y la pone a un lado mientras se sienta de nuevo detrás de su escritorio. Yo frunzo el ceño. No suele ser tan reservada.

—¿Qué cambió, entonces?—.

—No lo sabemos—, responde Cait. —Para averiguarlo, necesitamos un par de ojos allá abajo, alguien que conozca Zaun. Aquí es donde entras en juego—.

—Esto es demasiado impreciso, sheriff—. Niego con la cabeza. —¿Qué hay de los barones? ¿Crees que se van a quedar mirando cómo Piltóver envía protectores a su territorio para que comiencen a cambiar las cosas?—.

Cait sonríe cansada. —¿Acaso a la grande y mala de Vi la asustan unos cuantos quimobaroncitos?—.

Cruzo mis brazos sobre mi pecho. —Solo quiero saber quién le pondrá precio a mi cabeza, eso es todo—.

—Los barones no serán ningún problema—.

—¿Ah, sí?—, alzo una ceja. —¿Y por qué?—.

—Porque son ellos quienes solicitan tu ayuda—.

Mi cuerpo se tensa después de oír eso.

—Tienes razón. Esto es algo nuevo—. Niego con la cabeza. Hay algo muy extraño en todo esto y no estoy ni cerca de vislumbrar el panorama completo. —Aun así, hay demasiado rencor entre los barones y los protectores. Hay mil formas en las que esto puede salir mal—.

—No me preocuparía mucho de eso—, me dice —porque no irás como protectora. Resulta que esos chicos que pusiste a tono son descendientes del clan Medarda y sus padres quieren tu cabeza—.

Ella sostiene un fajo de misivas de vitela. Descifro la caligrafía a través de la luz que entra por la ventana. Desde esa misma ventana, escucho cómo se congrega una multitud bastante enojada.

—Por suerte para ti—, dice Cait, sonriendo —hablé con ellos. Puedes conservar tu cabeza, siempre y cuando dejes de formar parte de los protectores. Te irás de la ciudad, volverás a casa para reflexionar y reconectarte con tus raíces—.

—Qué linda historia—. La palabra casa llama la atención, ya sea que en verdad quiso decirlo o no. Después de todos estos años aquí, supongo que sigo siendo una visitante, una a la que despiden por cumplir con su trabajo, porque alguien tiene engranajes suficientes como para pensar que está sobre la ley. —Es también muy conveniente—.

—Esto significa que allá abajo estarás por tu cuenta—. La levedad se va de su voz. —Sin refuerzos. Y deberás mantener las apariencias. Necesito tu placa y tus manos—.

—Descender a Zaun...—. Abro los broches de mis guanteletes y me los quito. —No sé qué es lo que estoy buscando, solo sé que es tan malo que ni los quimobarones pueden hacerse cargo—. Dejo caer los voluminosos puños Hextech sobre el escritorio de Cait. Se escucha un tunk que aplasta cápsulas y riega papeles por el suelo. —Y ni siquiera puedo llevar mis manos. Esto mejora con cada minuto que pasa—.

—No hay nadie más en quien confíe para hacer esto—, dice Cait.

—¿Entonces, en verdad no me dirás quién está moviendo los hilos en esta ocasión?—, le pregunto, tratando de controlar mi temperamento. —No todos los días me piden que ocasione un incidente internacional—.

—Ya te dije todo lo que puedo, Vi. Créeme—.

—Siempre podrías venir conmigo—, le digo con una sonrisita. —Tómate unas vacaciones del trabajo para visitar el destino turístico más pintoresco de Valoran—.

Cait no me responde, pero no es necesario que lo haga. Sé que no puede ir, pero siempre es divertido molestarla. Eso me abstiene de darle un puñetazo a la pared.

La madrugada se transforma en mañana cuando llego al Aullido Ascendente. Las multitudes afuera del Salón de la Ley me abuchearon y unos cuantos me lanzaron piedras mientras me marchaba, pero sabían que era mejor no acercarse demasiado. Se aferraron al salón para ser vistos y mantener completa su dentadura.

Es una extraña sensación la de caminar por la ciudad sin mis guanteletes; mis manos siguen envueltas del día anterior. Dejé todo aquello que pudiera vincularme con los protectores en el salón; en realidad, todo aquello que me vinculara a Piltóver. Tendré que mantener un perfil bajo. En Zaun no me han olvidado y hay mucha gente cuyos recuerdos prefiero no invocar. Bajaré, veré a qué le temen tanto los barones y volveré, a lo sumo, en unos cuantos días.

El transportador está casi repleto. La conductora emite un silbido ronco y las puertas por fin se cierran. Las manivelas hexidráulicas se aflojan en las grandes cadenas que nos sostienen y comienza el descenso. Encuentro un asiento libre en el nivel inferior del vehículo. Miro a través de las ventanas color verde botella mientras nos hundimos.

La luz de la mañana se derrama por todo Piltóver, alumbrando torres de acero y vidrio, pero solo deja ver las puntas de los desfiladeros. La luz llegará hasta el Malecón, el nivel más alto de Zaun, pero no será más que una luz tenue en los niveles inferiores.

Me acomodo en el asiento y veo un símbolo que fue tallado con tosquedad en el suelo. Parece una especie de araña.

El aire comienza a tornarse aceitoso mientras el transportador se desliza a lo largo del Malecón. Inhalo gases químicos y siento un ligero escozor en mis fosas nasales. Ya puede verse el nuevo capitel, una gigantesca torre de piedra pálida y cristal resplandeciente, la cual tiene como punto de partida el Entresuelo. Mecánicos, obreros y sirvientes trabajan duro en los niveles basales, en donde sintetizan y refinan cristales Hex antes de enviarlos a la ciudad de arriba. De ese proceso, lo único que permanece en Zaun son los vertidos concentrados, los cuales son diez veces más peligrosos que la Calima, al menos por su olor.

No estoy segura de a quién le pertenece este capitel; el clan Ferros ya no es la única pieza clave en la industria de los cristales Hex sintéticos, a pesar de que siguen siendo quienes fabrican los más poderosos y puros. Se dice que incluso los quimobarones, como los Poingdestres, están tratando de fabricar sus propias marcas de imitaciones baratas, sin los clanes mercantiles. Pero lo más probable es que este capitel sea otra empresa conjunta entre los barones y los clanes.

Conforme descendemos al Entresuelo, algo llama mi atención a través de la ventana. En los ejes del transportador suele haber grafitis, pero hay una inscripción que resalta; brillante y nueva, cubre algunas marcas desvanecidas.

Una araña.

Miro el suelo. La marca es la misma. Mis ojos vuelven a mirar a través de la ventana y la encuentran de nuevo, una y otra vez.

Me pongo de pie, con la espalda contra la pared mientras el Aullido vibra al frenarse en una parada en el Entresuelo. El transportador se vacía y más de un par de miradas me observan alarmadas cuando no desciendo.

Una campana repiquetea dando la señal de que el Aullido Ascendente está próximo a partir. La conductora baja por las escaleras, mira de un lado al otro y luego me ve.

—El transportador descenderá pronto—, dice, con una incomodidad perceptible en su voz. —¿Te diriges al Sumidero?—.

Miro a mi alrededor y veo que una plataforma vacía más allá de las puertas. —Parece ser que soy la única—.

—No es algo de qué alegrarse, querida—. Se acerca y coloca sus gafas de protección a la altura de sus cejas. Puedo ver el miedo en sus ojos. —Las cosas no andan bien en el Sumidero estos días. Lo mejor es quedarse aquí arriba—.

—¿Sabes algo al respecto?—, le pregunto.

La conductora baja la mirada, moviéndose inquieta con su gramófono. —Lo suficiente como para no involucrarme—.

Considero lo que me dice por un momento. —Creo que me arriesgaré—.

Ella espera un poco, con el anhelo de que yo cambie de opinión, antes de asentir lentamente y subir de nueva cuenta por las escaleras. Pronto, el Aullido comienza su lento murmullo hacia las profundidades, hacia el Sumidero, en donde me encontraré con aquello a lo que todo el mundo le tiene tanto miedo.

La luz se vuelve más tenue una vez que dejamos atrás el Entresuelo. Las lámparas químicas aparecen cada vez menos, como luciérnagas que se elevan mientras más descendemos. La luz del Aullido es suficiente para ver los alrededores inmediatos del transportador, aunque el valor de ese alcance puede ser dudoso.

El Sumidero nunca ha sido bonito. Tal vez fue diferente hace mucho tiempo, antes de que la inundación convirtiera la mitad del terreno en un cementerio y la otra en un vertedero. Pero esos días quedaron en el olvido y, por lo que puedo ver, incluso comparado a lo que recuerdo, cada vez empeora más.

Gánate a los enemigos incorrectos, rompe demasiadas promesas, apoya a un perdedor con tu último engranaje y terminarás aquí abajo. Gente desesperada que busca cómo ganarse la vida, a salvo de aquellos que están arriba, quienes no se rebajarán para buscarlos. Eso lo convierte casi en un refugio para ellos, mas no de los suyos.

Las luces se apagan. Me pongo de pie, camino hacia la ventana y me recargo contra la baranda para mirar a través del vidrio verde. Después de unos momentos, las luces vuelven y bañan el eje del transportador con suficiente luminosidad como para enseñarme qué es lo que cubre cada centímetro de él.

Arañas. Nada más y nada menos que arañas.

La misma marca tosca que vi antes, pero mientras que arriba era algo atípico, aquí estaba grabada, tallada y pintarrajeada sobre todas las superficies. Una oleada interminable, como si avanzara y trepara desde la oscuridad que ya había reclamado como propia.

Siento algo frío en mi estómago, un pequeño golpe de adrenalina. Lo que sea que Cait me mandó acá a encontrar, tiene que estar conectado con esto.

—Hasta aquí llego—, escucho la voz rasposa de la conductora emitida desde el gramófono mientras el Aullido Ascendente se detiene en medio de un quejido de acero inconforme. Las puertas se abren y observo desde adentro una plataforma abandonada cuya única luz proviene de una lámpara química solitaria que palpita débilmente desde el final del andén. Desciendo hacia la plataforma y las puertas se cierran rápidamente detrás de mí. El transportador comienza a elevarse mientras echo un vistazo sobre mi hombro. Pronto, es otra luciérnaga más que se eleva desde el abismo.

El silencio no existe en Zaun, ni siquiera en las profundidades del Sumidero. Escucho cómo las tuberías corroídas escupen vapor, así como los gruñidos de las fábricas y las chatarrerías a la distancia... Y un trío de voces murmurando en la oscuridad.

El símbolo de la araña que atiborra el eje del transportador también aparece en los pandilleros, salpicado sobre su ropa harapienta y tatuado en sus rostros y cuellos, los cuales siguen rojos después de la nueva inscripción. Están armados y no hacen ningún esfuerzo por ocultarlo. Uno de ellos tiene una cadena, el otro un trozo de tubería. Veo el brillo apagado de una navaja desgastada en la mano del último de ellos.

Son jóvenes, lo suficiente como para no reconocerme. Cualquiera que sea esta pandilla, estos son los nuevos cachorros, esos que harían cualquier estupidez con tal de probarse ante el resto.

—¿Estás perdida?—, dice el que sostiene el cuchillo.

—No puedo decir que lo estoy—, respondo, aparentando una tranquilidad aburrida mientras escudriño cada detalle. Postura, salud, temperamento. En pocos segundos, sé quiénes obedecen órdenes y quién es el que las da. Quiénes son más propensos a huir y quién está dispuesto a derramar sangre.

Trato de esquivarlos. La navaja brilla frente a mí, bajo la luz amarillenta de la lámpara química.

—Yo creo que sí lo estás—. Me mira con detenimiento. —Dime, hermana, ¿viniste a escuchar a la Voz?—.

Doy un paso corto y lento para mantener a los tres en mi vista. —¿De quién sería esa voz?—.

El del cuchillo arruga su nariz. —Los creyentes y los peregrinos lo saben, ellos son los únicos bienvenidos aquí—.

—Es hora de dar la media vuelta y volver a casa, basura bronceada—. Otro de ellos escupe. Él obtiene los vítores de sus compañeros.

Tal vez pueda sacarles más información. El nombre de su pandilla, a quién le pertenece esa Voz, cómo es que lograron asustar al Sumidero entero. Pero mi urgencia por atacarlos es mayor.

—Chicos, chicos—. Niego con la cabeza y sonrío. Cierro mi mano en puño; mis nudillos truenan lo suficientemente fuerte como para que ellos puedan escucharlos. —Yo estoy en casa—.

Tras mirarse entre ellos, se abalanzan hacia mí. Mis ojos se fijan en sus armas: van de la navaja a la cadena y luego al tubo, y se concentran en ver a quién debo fulminar primero. El aire sabe a amoniaco y a grasa conforme la tensión estalla.

Una salpicadura de sangre no hace daño.

Lanzo el primer golpe, olvidándome de que ya no tengo mis manos. Si los usas por demasiado tiempo, te acostumbras al poder que te da un par de puños Hextech Atlas. Cuando mis nudillos chocan contra el costado del cráneo de Navaja, siento que algo se flexiona por un lado, entre mis dedos. El dolor es agudo e inmediato, me hace dudar lo suficiente como para distraerme y recibir un golpe del tubo en las costillas.

El tercero del grupo gira a mi alrededor y azota mis piernas con su cadena, pero mi concentración está fija en la navaja. Mi golpe lo lanzó contra el suelo, a gatas. Un rodillazo en la mandíbula lo tumba.

Tomo el control de la cadena y, luego de un tirón, recibo al pandillero con un cabezazo. Su nariz se estrella contra mi frente. Se tambalea y se agarra la cara. El silbido del tubo hace que me agache; el movimiento hace perder el equilibrio a su portador. Aprovecho el impulso para estrellarlo contra una pared.

El tubo cae hacia sus pies y queda inmóvil. Sus ojos van de mí hacia Navaja, después me miran, y luego a Cadena. El tubo emite un sonido metálico cuando choca contra el suelo, casi ahogando el ruido de sus botas mientras corre para recuperarlo. Me abalanzo hacia él, pero me freno en seco debido a una punzada de dolor en mis costillas que cierra mis pulmones. Lo dejo ir.

Navaja y Cadena no valen la pena. Quiebro el cuchillo bajo mi bota y lanzo las armas fuera de la plataforma. Trato de ignorar mis costillas mientras me adentro en el Sumidero.

Dicen que cuando alguien que huye está herido, regresa a los lugares que le son familiares. Un nido o una madriguera, alguna especie de santuario en donde sabes que contarás con unas cuantas paredes que te protejan.

En el Sumidero hay muy pocos de esos preciados santuarios, al menos para mí. Debe haber un puñado de lugares a los cuales pueda ir, pero ahora, adonde sea que mire, está esa marca, la araña que se lo ha tragado todo. Necesito ir a algún sitio para recuperar el aliento y aquí abajo solo hay un lugar en el cual puedo pensar.

No tengo claro cuándo ni cómo fue que llegué por primera vez a la Casa de la Esperanza para los Niños Abandonados. No había pensado en el orfanato en un buen tiempo, pero aún sé cómo llegar de memoria. Siempre se recuerda cómo llegar al hogar, incluso si es que se huye de él.

No me expongo: me muevo entre las sombras y las calles secundarias para evitar otro encuentro. Veo cómo se mueven los grupos de pandilleros, cada uno de ellos está armado; no obstante, no hay caos. No están destrozando ni arruinando nada aquí abajo.

¿Por qué romper algo que ya es tuyo?

Mi mano comienza a distraerme, se une al dolor que tengo en las costillas, con una punzada aguda cada vez que late mi corazón. Siento cómo se hincha debajo de las vendas; no está rota, pero estuvo demasiado cerca. Las ajusto un poco más.

Doblo en la esquina y ahí está, la Casa de la Esperanza, en todo su adormecido y arruinado esplendor. Cuando me fui de ahí, no estaba para nada en buen estado y los años que han transcurrido desde entonces no han sido más amables. Me sorprende que aún siga en pie. Por un segundo, de nuevo soy una niña que vuelve a casa después de una golpiza o de un atraco. No puedo borrar la sonrisa de mi rostro al verla.

Los chicos se corretean los unos a los otros al frente del edificio; los más rápidos y saludables aventajan a aquellos sin alguna extremidad o que resuellan a través de exofiltros de tercera. Se dispersan al verme llegar. La confianza es difícil de encontrar aquí abajo, esa es una de las primeras lecciones que los abandonados están forzados a aprender.

Uno de ellos se acerca a la puerta principal. Sube rápidamente por los escalones gastados que conducen a la entrada, casi se tropieza y cae de cabeza antes de llegar ahí. Su puño golpea la puerta hasta que se abre y una joven lo mira. Es demasiado joven como para ser su madre, pero lo suficientemente mayor como para hacerse cargo de él.

—¿Qué te dije de estar jugando en esas escaleras?—, lo regaña mientras limpia con su pulgar una mancha de mugre de la mejilla del chico. —Te dije que son engañosas. Si no tienes cuidado, uno de estos días...—.

—Uno de estos días—, digo, parada al pie de los escalones —te romperás la testa—.

Sus ojos se abren de par en par. Reconocí su voz tan pronto como la escuché y eso fue suficiente para humedecer un poco mis ojos. Mi mente batalla por encontrar la correspondencia entre la joven mujer que está ahí de pie con la pequeña niña tímida que conocí en otro tiempo.

—Solía advertirle eso a una pequeña niña aquí todo el tiempo—. Sonrío. —Se las daba de acróbata cuando su cabeza no estaba sumida en un libro—.

—Abandoné las acrobacias—, responde, guiando al niño a través de la puerta antes de salir y cerrarla detrás de ella. —Pero aún me gusta leer, cuando logro encontrar un poco de tiempo—.

—¿Roe?—. El primer escalón cruje bajo mi peso cuando le pongo mi pie encima. —¿Eres tú? No puede ser—.

—Soy yo—.

Subo otro peldaño. —No puedes ser Roe. Roe es solo una niña, apenas me llega a la cadera. Mira cuánto has crecido—.

—Aquí, nadie es un niño por mucho tiempo—, dice. —Lo sabes mejor que nadie—.

Otro escalón. 'Me alegra verte. Ha pasado mucho tiempo—.

—Sí, bueno—. Baja la mirada. —No soy yo la que se fue a otra parte—.

Detengo mi ascenso y doy un paso hacia atrás. El dolor es perceptible en su voz. Cuando me fui, ella era solo una niña a quien yo había cuidado desde el primer día en que llegó a la Casa de la Esperanza. Nunca permití que siguiera mis pasos: la mantuve alejada de las peleas, de los robos y de las pandillas. Yo la protegí.

Y después, me marché.

—Supe que ahora formas parte de la ley—, dice Roe mientras se inclina contra la puerta.

—¿Ves alguna insignia?—. Extiendo mis brazos. —Fui protectora por un tiempo, sí, pero ahora nuestros caminos están separados—.

—Parece que eso sucede mucho—.

Hundo mi cabeza. —Oye, si quieres pelear, podemos pelear. Ya tienes edad suficiente—.

A su pesar, se le escapa una delgada sonrisa.

—Tal vez. ¿Puede ser cuando regrese?—, me pide Roe. —Estaré fuera solo un momento—.

—¿Adónde vas?—.

Roe mira hacia la puerta, después me mira a mí. Se queda en silencio por un momento, me observa con atención. La miro y veo que tiene un broche en el cuello, es un grabado sobre un trocito de chatarra de metal. Es una araña.

—¿Escuchaste hablar de la Voz?—.

Parto con Roe, caminamos a través de los vecindarios que se caen a pedazos hacia la reunión. La escucho hablar sobre su vida y puedo ver cómo ha prosperado. La timidez persiste y sigue siendo inteligente gracias a todas esas noches en las que la vi con la cabeza metida en los libros, pero hay algo más sobre ella ahora. Hay convicción, una intensidad que brilla en sus ojos.

Le hago una pregunta tras otra mientras eludo mencionarle qué hago aquí abajo. La charla desencadena en mí una tos que me doblega.

—¿Qué?—, ríe Roe. —Pasaste demasiado tiempo allá arriba, alejada de la Calima, ¿eh?—.

—Me golpearon con un tubo en las costillas—. Me retuerzo del dolor y sujeto mi costado con mi mano. —Un saludo de bienvenida de parte de tus amigos tan pronto como bajé del Aullido—.

Su sonrisa se entumece. —Todos deseamos lo mismo. Terminar con la opresión. Liberarnos de los barones y de los clanes. Aire puro. El inconveniente es que no todos están de acuerdo en cómo debemos llegar a ese punto. La mayoría proviene de pasar su vida en las pandillas, así es que están tensos. Aquí hay gente maravillosa, personas bondadosas que solo quieren un mejor futuro para nosotros—.

Pasé años en Piltóver, conviviendo con aquellos que veían a Zaun como una prisión, un páramo, un inframundo. Piltóver se asomaba hacia abajo y veía cómo los ojos de Zaun le devolvían la mirada; los piltovianos sentían lástima por ellos o los odiaban y, en ocasiones, trataban de hablar en su nombre, como aquel vándalo al que arresté.

—De todos modos, son preferibles al grupo que acabo de conocer—, digo.

Roe asiente. —Yo te mostraré—.

Mientras más nos acercamos, vemos a más gente. Nos encontramos con todo tipo de personas: jóvenes y ancianos, miembros de pandillas rivales quienes tan solo unas semanas atrás estaban dispuestos a degollarse entre sí, todos ellos caminando juntos. Todos portan la imagen de la araña, como un parche, tatuaje o broche, como el de Roe. Se registran para entrar a una fábrica vieja con solo tres paredes de pie, sin techo. Esperan con paciencia en una fila para obtener su entrada.

Llegamos a la puerta, resguardada por un par de hombres brutos. Están armados, uno de ellos tiene una mejora de una garra de hierro bruñido, pero conocen los nombres de todas las personas, a quienes saludan cálidamente mientras entran.

—Roe, hermana mía, bienvenida seas—, dice uno de ellos, en voz baja, con dulzura, a pesar de su aspecto agresivo. Después me mira a mí. —Ella no puede pasar—.

—Déjenla entrar—, les dice Roe. —Está conmigo—.

—Es una bronceada—, dice el otro, levantando su mentón con desdén. —No podemos confiar en ella—.

Quieren rechazarme por el atisbo de bronceado que obtuve más arriba, en Piltóver, no porque formé parte de los Protectores. Estos chicos deben ser nuevos.

—Ella vino a escuchar a la Voz. Yo respondo por ella, Togg—. Roe mira a los ojos al guardia, sin retroceder. —Abran paso—.

El par se reúne y murmura algo antes de volverse a dirigir a nosotras. —Todos tienen derecho a escuchar a la Voz, así es que también eres bienvenida, pero te estaremos vigilando—.

Siento cómo tienen sus ojos encima de mí mientras entramos; la estática es lo suficientemente fuerte como para que escudriñe el espacio en busca de rutas de escape en caso de que algo salga mal. El lugar es una desgracia, está lleno de hoyos y la mampostería está arruinada. Si las cosas se ponen mal, podré escapar. La única pregunta que tengo es si Roe correrá conmigo o me perseguirá.

No hay una ceremonia fastuosa. No hay música ni velas votivas, tampoco hay una charola en la cual depositar las donaciones a la causa. Solo es un grupo de personas que rodea un montículo de escombros en el centro, en donde un hombre está sentado, esperando con calma.

—¿Es él?—, le susurro a Roe. —¿La Voz?—.

Ella asiente. Miro al hombre que conquistó el Sumidero, mas no logro entenderlo.

Es joven, un poco mayor que Roe, casi un niño. Escuálido y demacrado, tiene una pinta de pandillero en sus ojos, los cuales han visto una buena dosis de horror. Pero de él también emana una calidez extraña, como si tuviera un secreto a contar, solo para ti. Una vez que entra el último a la reunión, la Voz comienza a hablar.

—Veo muchas caras nuevas—. Su voz es gentil, casi callada, aunque se hace oír por todos. —Todos son bienvenidos aquí. Cada uno de nosotros encontró su camino hasta llegar a este lugar, incontables caminos que nos condujeron adonde se convierten en solo uno. Sepan que ya no están solos—.

Analizo a la multitud. Todos están absortos con cada palabra. Me pregunto a cuántos de ellos jamás les habían hablado así en su vida. Los rechazados y abusados, los olvidados, vistos como seres humanos por primera vez.

—Todos tenemos cicatrices—, continúa la Voz. —Las marcas de las vidas que hemos tenido que vivir, nuestras pruebas y nuestro sufrimiento. El mundo ha hecho todo lo posible por apalearnos, por convencernos de que nos quedemos aquí y agradezcamos lo poco que tenemos. Esa ha sido la realidad aquí por demasiado tiempo y llegó el momento de que eso cambie—.

Los murmullos de afirmación se extienden por toda la reunión. No se necesita haber trabajado como protector para sentir cómo escalaba la tensión. La Voz está abriendo heridas, las devuelve a un estado de carne viva. No está mintiendo: estas personas han soportado más dolor de lo que les correspondía, pero también veo el juego que está jugando, escondido debajo de esa verdad.

—¿Cuánto tiempo nos han pisoteado y silenciado?—. Su voz comienza a alzarse, su filo se agudiza. —Los quimobarones. Usan nuestro hogar para construir su riqueza, ¿y qué obtenemos a cambio? El veneno en el aire que respiramos, en el agua que bebemos. Enfermedades, dolor, muerte. ¿Es esto lo que merecemos?—.

—¡No!—. La multitud está enfurecida, caen directo en sus manos. Miro a Roe a mi lado y veo la misma rabia en ella y en el resto de las caras. Tal vez sea mi naturaleza a la controversia, pero siento que esta interpretación debía llevarse a cabo en un teatro.

—Yo digo: ¡no más!—, gruñe la Voz. —No lloraremos más por hermanos y hermanas demasiado débiles para ponerse de pie, ni veremos cómo se desperdician las vidas de nuestros niños—. Los barones pagarán por sus acciones y, además de eso, haremos justicia con respecto a aquellos a quienes en verdad sirven—.

Aquí viene.

La Voz dirige un dedo acusatorio hacia arriba. —Los comerciantes corruptos de la ciudad que tenemos encima de nosotros. Una ciudad en donde el sol brilla tanto que los ciega ante los crímenes que han cometido aquí. El dolor que les han causado, a ustedes y a sus seres queridos. Se esconden en esa ceguera porque piensan que los protegerá, pero no lo hará, no después de que él llegue—.

Los susurros de asombro inundan la habitación, como si un dios acabara de hablar. Roe se limpia una lágrima. Todos están absortos, pero nada de esto parece estar bien y aún tengo que confiar en la palabra que proviene de esta Voz.

—¿De quién está hablando?— pregunto, pero Roe asiente mientras él continúa hablando.

—Yo soy su Voz y todos nosotros somos sus hijos. Vi su rostro. Escuché sus palabras y sobreviví a su prueba. Puso sus manos sobre mí para ser su elegido, para buscar a su rebaño y prepararlo para su retorno. El amanecer está por llegar, hermanos y hermanas. No será uno de castigo divino, sino de justicia—.

—¿Y quién pagará el precio en sangre por eso?—.

El silencio desciende. Todos me voltean a ver, mientras permanezco de pie.

—¿Qué estás haciendo?—, me dice entre dientes Roe, tirándome de la mano.

Maldigo mi temperamento. Vi, eres una pésima espía. Bueno, no hay marcha atrás.

—Ya he escuchado este tipo de conversación antes—, digo, tanto para la Voz como para la muchedumbre. —Habladores que se aprovechan del dolor de los maltratados y desposeídos. Los alborotan en el nombre de la justicia, cuando lo único que quieren es ver a sus marionetas bailar, porque quieren ser dioses—.

La Voz escucha, sin que su paciente fachada se vea alterada. —No te había visto antes aquí, hermana. Nuestros métodos te parecen algo nuevo; nadie te culpará por no verlos con claridad—.

—Yo veo con claridad—. Lo miro directamente. —Veo a un culto preparándose para derramar sangre. Veo a un mentiroso prometiendo libertad y prosperidad, pero que también dispone de matones armados para que vigilen cada entrada a su territorio—.

—Eso es lo que nos ayudará a ganar nuestra libertad—, responde sin enredos. Me mira con detenimiento. —Si nuestros hermanos te atacaron, te ofrezco una disculpa. Debes entender que un perro al que patean muchas veces morderá en respuesta en algún momento. Hemos aguardado por mucho tiempo, pero ahora existe otra forma—.

Desciende de su montículo de escombros y se acerca lentamente, con sus brazos extendidos.

—Veo mucho dolor en ti, un sufrimiento que escondes detrás de tus ojos. Veo a una hija de Zaun que se ha desviado de su hogar legítimo. Piltóver te ha corrompido. Crees que la fuerza se encuentra en tratar de hacer que nuestros opresores cambien, pero nunca lo harán. Tienes fuerza, fuerza que puede usarse para ayudar a liberar a esta gente—.

Ciertamente tiene el don de la palabra. Me percato de que cerré las manos en puño. Exhalo para poder soltarlas despacio. Por divertido que fuera dejarle un cráter en su cabeza, yo no duraría ni cinco segundos después de hacerlo.

—El dolor que tengo es mío—. Golpeo mi pecho con mi puño. —Llevo conmigo el peso de las decisiones que tomé. No se las impongo a los demás. No hago uso de chivos expiatorios y no creo que los males en mi contra justifiquen el que yo inflija dolor en alguien más—.

La Voz mira hacia abajo, se ríe suavemente y después vuelve a mirarme. —A él le gustarías, pero si este no es tu camino, entonces márchate y no sufrirás ningún daño. Si regresas, no puedo prometerte nada—.

Miro a Roe y a todas las caras que me observan. —Me marcharé, y todos ustedes deberían hacer lo mismo. No vendrá nadie, ningún ser superior vendrá a salvarlos. Solo veo a un hombre que busca a las personas perdidas para hacer su oferta—.

De nuevo, esa tenue sonrisa, casi triste y sin ningún dejo de malicia. —No, hija mía. Él es muy real. Y pronto, no tendrás que confiar en mis palabras para saberlo—.

Se mostró firme a su palabra: nadie me tocó al marcharme. Ni una sola amenaza. No escucho ninguna palabra hostil hasta que abandono el lugar y Roe me alcanza.

Me regaña. —¿Quién te crees que eres?—.

—Yo...—.

—Tú te marchaste—, grita Roe. —Pasaron los años y, de repente, ¿vuelves y crees saber qué es lo mejor para mí?—.

—Ya escuché suficiente. No me digas que en verdad crees algo de esto—.

—¿Qué te resulta tan difícil de creer? ¿Que hay alguien allá afuera a quien le importa lo que sucede en el Sumidero?—.

Respiro hondo. —Puedo reconocer a un demagogo cuando lo escucho, Roe. Hablan y dicen lo que sea necesario para motivar a la gente, pero al final, nunca son sus manos las que terminan ensangrentadas. Los está manipulando a todos ustedes—.

—Está tratando de ayudarnos—. Niega con la cabeza, amargamente. —¿Acaso no recuerdas lo que significa vivir aquí abajo? Tú pudiste salir de aquí, pero el resto de nosotros no somos tan afortunados. Permanecemos separados y solos, y nada nunca cambiará. ¡Él nos liberará!—.

—¿Cómo?—, trato con todas mis fuerzas de no sonar como una protectora. —¿Y cuántos quedarán con vida una vez que esto termine? ¿Sabes qué es lo que planea hacer? Si sabes algo, Roe, por favor, es muy importante que me lo digas—.

Algo cambia en sus ojos. —¿Por qué? ¿A quién se lo dirás? ¿A qué viniste?—.

—Quiero entender qué pasó—. Alzo las manos, trato de revertir la sospecha que entorpece nuestra conversación. —Qué está sucediendo en estos momentos, para que así pueda evitar que dos ciudades se desmoronen—.

Roe se ríe, pero suena también como un sollozo. —Estuviste bajo el sol demasiado tiempo. Viviste allá arriba durante todos estos años, dices que te importa, pero, ¿qué diablos hiciste por nosotros?—.

—Roe—.

—Nombra una sola cosa—, insiste. —Una sola cosa que hayas hecho para ayudar a estas personas, para ayudarme a mí, en vez de mantenernos encerrados en donde estamos—.

—No es tan sencillo—.

—¿Por qué no?—.

Es una pregunta sencilla, pero me hiere como un cuchillo en las entrañas. Un niño la preguntaría, tratando de averiguar por qué el mundo no tiene sentido.

—Olvídalo. Regresa arriba. No perteneces aquí. Él vendrá, Vi, ya lo verás. Todos ustedes allá arriba se darán cuenta—.

—¿Quién?—, la tomo del hombro. —Roe, ¿quién es él?—.

Su expresión se vuelve fría. —Todos saben de quién está hablando la Voz. Todos, excepto tú. Es el Temerario el Temerario—.

—¿El Temerario?—.

En el Malecón ya es de noche. Cait no lleva nada que pueda hacerla destacar, no hay nada en ella que la distinga como la sheriff de Piltóver en medio del bullicio en donde se conectan las dos ciudades.

—¿Significa algo para ti?—, le pregunto.

Cait niega con la cabeza una sola vez. —Voy a investigar, a ver qué descubro. ¿Qué más puedes decirme?—.

Le explico todo lo que vi. Las inscripciones en todos los muros. El control total sobre el Sumidero. Las palabras de la Voz cuando se reunieron.

—Están organizados—, le digo —y están enojados. No se trata de qué pasará si esto revienta, sino de cuándo—.

—De acuerdo—. Respira profundo y trata de procesarlo. —Y cuando explote, ¿sabemos dónde o cómo?—.

—No lo sé—.

La voz de Cait cambia con la siguiente pregunta. Es más baja y silenciosa. —¿Escuchaste a alguno de ellos mencionar algo relacionado con Hextech?—.

—¿Hextech?—, frunzo el ceño. —¿Qué tiene eso que ver con...—.

—Hextech—, repite, sosteniendo la mirada con la mía. —Si escuchas a alguien hablar de gemas, cristales o magia, deberás notificármelo de inmediato—.

Una interrogante surge en mi mente, una que no quiero preguntar, pero que permanecerá ahí alojada hasta que lo haga. —¿Ya sabes lo que estás buscando, Cait?—.

Ella me mira. —Estamos del mismo lado, Vi—.

—¿Y cuál es ese lado?—. El que tenga que decir algo como eso me pone aún más nerviosa. —No solo los barones están involucrados en esto, ¿no es cierto? Hemos visto durante años cómo pelean contra las pandillas y nunca levantamos un solo dedo. De repente, aparece alguien nuevo a quien los barones no pueden controlar y ahora estamos hablando de Hextech. Los clanes se asustan con sus márgenes, ¿así es que nos necesitan para que descendamos y mantengamos Zaun a raya?—.

Cait no responde. Mi sangre se acelera y dejo escapar una exhalación lenta. —Supongo que tendré que descubrirlo por mi cuenta—.

—Te dije todo lo que pude, lo que necesitabas saber—. Me mira fijamente, sus ojos se concentran en mi mano. —Estás herida—.

—Me las arreglaré—. Me pongo de pie y me pongo en marcha.

La luz del amanecer no llega hasta aquí abajo. Las intermitentes luces químicas son un sustituto mediocre mientras subo las escaleras de la puerta principal de la Casa de la Esperanza, en donde ese pequeño está sentado, solo.

—Oye—, le digo con suavidad. —¿Me recuerdas? Soy la amiga de Roe. Mi nombre es Vi. ¿Cuál es el tuyo?—.

Los dos somos cuidadosos mientras me acerco. Él está enfadado, con sus mejillas coloradas y los brazos cruzados sobre su pecho. —Yulie—.

—Yulie—, repito, mientras me detengo a unos cuantos escalones para no intimidarlo. —¿Sabes dónde está Roe, Yulie?—.

Asiente con la cabeza. —Se marchó—.

Siento un hueco en el estómago. —¿Adónde, Yulie?—.

El niño me mira, la herida hace que sus ojos brillen en medio de su cara mugrienta. —Volvió furiosa a casa. Después, se fue con unos amigos—.

—A ver, Yulie, esto es muy importante—. Me acerco, muy lentamente, y apoyo una mano sobre el escalón en el que está sentado. Me mira, pero no se aparta. —¿Sabes adónde fue?—.

—Dijo que se cansaron de esperar—. Yulie sorbió sus mocos. —Yo quería ir, pero ella dijo que me tenía que quedar aquí—.

¿Adónde fueron?—, trato de mantener la calma en mi voz, para no asustarlo, pero comienzo a perder la paciencia.

—A la torre nueva—. Yulie apunta con la cabeza hacia el Entresuelo. —Me dijo que ahí hacen las rocas mágicas. Le pregunté si me traería una y me prometió que, cuando regresara, habría suficientes para todos—.

Ya estoy corriendo.

Me toma algo de tiempo llegar hasta el Entresuelo, pero una vez ahí, sé adónde ir.

El capitel. Una imagen simbólica y literal de los opresores de los zaunitas comunes. Se extiende a lo largo de las dos ciudades, pero mientras todo el sudor y la sangre se derraman en Zaun, la mayor parte del dinero se gasta en Piltóver. En la punta del capitel hay un domo. Ahí, los representantes de los clanes mercantiles gobiernan a los trabajadores que están abajo.

Qué vista les dará la bienvenida el día de hoy, si es que se molestan en mirar hacia abajo. Ver la base de su propia torre bañada de sangre.

El terreno ya está lleno de muertos cuando llego. Tal vez Piltóver sea el destino de los cristales Hex, pero los quimobarones se llevan su tajada por tener el capitel en su terreno, en donde se aseguran de contar con suficientes hombres brutos a la mano para mantener la seguridad de la fábrica.

El culto debe haber corrido hacia las puertas, arrastrando a los guardias como una marea. Veo cadáveres en ambos lados regados por el camino. Las fuerzas de seguridad contaban con armas tecnoquímicas, entrenamiento y experiencia, pero ni así pudieron detener a una horda de fanáticos armados con objetos contundentes y la oportunidad de conseguir un poco de venganza.

Las puertas se abrieron a la fuerza y veo hombres y mujeres que reconozco de la reunión. Arrastran cajas e inspeccionan estantes con contenedores metálicos redondos. Mantengo mi distancia y me camuflo entre la multitud. Encuentro mi camino hacia el sitio en el que se amasa la mayor parte de la gente, alrededor de una pila de cajas tomadas del capitel. No veo a Roe por ninguna parte.

De pie sobre las cajas está la Voz. Su rostro está ensangrentado y amoratado, su ropa desgarrada. Parece que estuvo en el centro de la pelea. Con una palanca, abre la caja más cercana y revela estantes de pequeñas y brillantes piedras azules.

Cristales Hex sintéticos.

—¡Este es un día trascendental!—, la Voz sostiene uno de los cristales como señal de triunfo. —Contemplen el instrumento de nuestra libertad. Hemos dado todo por demasiado tiempo y no hemos recibido nada a cambio. ¡Hoy, con estos cristales, equilibraremos las balanzas y tomaremos lo que nos pertenece legítimamente!—.

Su celebración es interrumpida por el terrible chillido del metal contra la piedra.

Todas las miradas se dirigen hacia arriba, hacia las paredes del capitel, en donde puede verse una figura oscura descender en una gran lluvia de chispas sucias. Incluso desde la distancia es enorme. Uno de sus brazos fue reemplazado en su totalidad por un inmenso cañón y su cuerpo está apoyado sobre una multitud de patas mecánicas extendidas, segmentadas y terminadas en afiladas garras que le causan heridas profundas al capitel. Mientras se aproxima, puedo ver que la parte superior es apenas humana: la carne pálida está fusionada al metal y a los centelleantes tubos médicos verdes, pero sus piernas le pertenecen a un monstruo.

O a una araña.

El Temerario. Escucho cómo su nombre resuena entre la multitud, susurrado como una oración.

Pensé que habían engañado a la Voz o que era un charlatán. Que la criatura era algo que él había inventado para convocar a un ejército para sus propios fines. Pero es real. De repente, las cosas se convierten en algo aún más peligroso.

El Temerario aterriza sobre el suelo, levantando una nube de polvo y de esquirlas de roca. La gente permanece en un silencio de asombro, abriéndole paso mientras sus tintineantes patas arácnidas lo llevan hasta alzarse imponente frente a su profeta.

—Está aquí—, dice la Voz, en un murmullo eufórico. —Finalmente está aquí—.

—Así es, mi testigo—. Su voz verdadera es la del trueno, reproducida a través del hierro fraguado. —Estoy aquí—.

Me cuelo a la zona en donde están los espectadores, mis ojos se mueven a toda velocidad, oscilan entre buscar a Roe y observar lo que está aconteciendo. La Voz desciende de un salto de las cajas, sus manos están llenas de cristales Hex.

—Gran Temerario—, dice la Voz, radiante —le ofrezco estos, obtenidos con grandes esfuerzos con la sangre de sus hijos. La llave de nuestra liberación—.

La Voz deposita los cristales en la mano de carne de su amo y da un paso hacia atrás, preparándose para ser agradecido.

—¿Por qué me das esto?—; el Temerario ladea su mano y los cristales se riegan por el suelo.

Silencio. Entonces: —No entiendo—, tartamudea la Voz, viendo cómo las gemas invaluables se dispersan en el polvo.

—Me queda claro—.

—Amasamos una fortuna para usted. Con esto podremos comprar armas, ejércitos—.

—Tú piensas tal como ellos—. El Temerario lo dice como si fuera una acusación. Mira a la multitud. —Odien a Piltóver por aquello en lo que se ha convertido, pero veneren a sus antepasados. Esos trabajadores comprometidos poseían la fuerza para aprovechar la magia de nuestro mundo y transformarla a su antojo. Sin duda eran grandiosos—.

Puedo sentir la confusión de la multitud, porque yo también la comparto. De todas las cosas que esperaban que su salvador fuera a decir, no puedo imaginar que fuera esto.

—Sin embargo, con el tiempo, la herramienta que forjaron tuvo más peso. Se convirtió en su muleta y después en su dueña. Se convirtieron a sí mismos en esclavos. Se despertaron tan encadenados a estas gemas que, en su ausencia, la civilización que habían heredado terminaría—.

Mira a la Voz. —La riqueza es un vicio, no una fortaleza. El muchacho con el que me encontré ese día parecía digno. ¿Me equivoqué?—.

La incomodidad se expandió entre la multitud. Todos nos dimos cuenta de que casi todas las articulaciones del Temerario eran letales y estaban afiladas y armadas mientras su mano sostenía la mandíbula de la Voz.

—Yo fui elegido—, implora la Voz. —Ese día. Usted me perdonó la vida—.

—Así fue—. El monstruo asiente lentamente. —Sin embargo, no soy infalible. Solo puedo identificar mis errores y corregirlos—.

La Voz grita, es un sonido agudo y breve. Un aullido de agonía y luego, silencio. El Temerario desecha el cuerpo, se olvida inmediatamente de él.

—Yo soy Urgot Urgot—, dice la criatura, dirigiéndose a la multitud. —Y ya te escuché, Zaun. Los susurros de sus corazones, lo que anhelan y sueñan que yo sea. Los nombres, los títulos. Un emancipador. Un dios. Hablo ahora frente a ustedes para decirles que no soy ninguna de esas cosas. Soy aún mejor. Soy una idea—.

Todos los presentes se agrupan a su alrededor, rodeando su forma monstruosa como una congregación. Se estira para tomar uno de los contenedores metálicos y me percato de que hay docenas de ellos adentro de las puertas. —Soy un reflejo de este mundo, un eco de la gran pugna entre la fuerza y la debilidad, instalada en cada una de nuestras almas, con cada respiración que damos. No puedo ser un dios para ustedes; esa oferta no está al alcance de mi poder. Lo que puedo ofrecerles es una prueba para descubrir si cuentan con la fuerza necesaria para ser su propio dios—.

Una sensación enfermiza recorre mi espalda. Urgot hace gestos a los tubos médicos que unen su cuerpo mecánico a una máscara que cubre su boca y su nariz, y sujeta el contenedor. Está cubierto de sellos de peligro: tóxico, veneno.

—Lo que yace dentro de este caparazón metálico es el mismo aire que he venido a respirar. Lo recibí y lo conquisté, puesto que la verdadera liberación proviene desde adentro. Ese es el mensaje que llevaremos a nuestros enemigos, a nuestros posibles opresores—.

Urgot analiza a la multitud. —¿Quién de ustedes tiene la fuerza suficiente para seguirme? ¿Para aceptar la miseria que hay dentro de ustedes y soportarla?—.

Cada uno de ellos se arrodilla, anhelando el bautizo.

—¡Urgot!—, rugen. —¡Urgot! ¡Urgot!—.

—Muy bien—. Urgot coloca su mano sobre la válvula de seguridad del contenedor; sus dedos pálidos emulan una garra. —Ya lo veremos—.

El gas emerge de entre los dedos de Urgot mientras él aplasta la válvula. Desgarra el contenedor y una nube verde se apresura en envolver a sus seguidores. Estoy casi al final, lejos de la mayor concentración del gas, pero la gente comienza a morir casi al instante.

—Roe—, susurro, mientras me abro paso a empujones entre la multitud y el pánico comienza a expandirse. Hombres y mujeres caen desplomados, de sus narices y bocas brota una espuma rosa en ebullición. Encuentro una máscara para respirar descartada por el destrozo de una caseta de equipamiento. Me la coloco tan pronto cuando siento cómo el aire comienza a aferrarse a mi garganta.

La visibilidad se convierte en una pútrida neblina verde. Veo siluetas a mi alrededor, temblando, revolcándose y desplomándose. Tengo que encontrar a Roe. Tengo que sacarla de aquí. Tengo que encontrarla.

Y lo logro.

Está arrodillada con un grupo; las enredaderas de la neblina se enrollan en sus pechos cuando por fin los alcanza.

—¡Roe!—.

Alza la mirada, me ve. La pequeña niña tímida que solía conocer. Roe me mira a los ojos, con una convicción absoluta, e inhala.

—¡No!—, me deslizo hasta llegar a su lado. Su piel comienza a oscurecerse con redes negras de venas contaminadas con veneno. Se ahoga. La espuma sangrienta rodea sus labios. Me arranco la máscara de respiración y trato de presionarla contra su rostro. Roe gasta sus últimas fuerzas luchando contra mí, incluso cuando cae al suelo. Su convicción, su voluntad férrea, jamás abandona su mirada, hasta que la vida misma lo hace.

Menos de la mitad de ellos sigue viva cuando la nube por fin se disipa. Algunos de los sobrevivientes son aquellos que tienen mejoras, sus mandíbulas están protegidas con toscos exofiltros de latón y tráqueas prostéticas. Mi boca sabe a sangre y a azúcar quemada. Las lágrimas cortan la suciedad de mi rostro.

—Levántense—. Urgot alza una mano y su ejército se pone de pie. —Quienes pasaron la prueba tienen el derecho y el deber de garantizarle al mundo ese juicio—.

Voltea hacia la cima del capitel. —Llevan demasiado tiempo separados de los frutos de su trabajo. Es hora de que se los devolvamos—.

Urgot había sellado el capitel y sus seguidores vaciaron cada contenedor en el sistema de filtración de aire. La bruma tóxica se desliza hacia arriba por la torre como una enfermiza serpiente verde que llena piso tras piso con una muerte asfixiante y paralizadora.

Logré escabullirme antes de que cerraran las puertas. Mi corazón late con fuerza mientras subo por las escaleras hacia la cima, apretando la máscara de respiración contra mi cara. No sé con cuántos muertos me encontré en mi camino, pero una sensación se asienta en mis entrañas: tal vez me una a ellos antes de que termine este día.

Si ese es el precio de mi juicio final, entonces lo pagaré.

Ahora es una carrera. El culto y su monstruoso líder están trepando rápidamente para llegar al domo. Los hombres y mujeres en la cima son gente de los clanes y, si ellos mueren, también lo harán muchos más en ambas ciudades. La simbiosis, esa paz frágil, terminará y aquellos a la espera de una excusa para usar la violencia finalmente la obtendrán. Esa pelea no la ganará Zaun jamás.

Estoy lista para dar mi vida para evitarlo, para proteger a estas personas y que los verdaderos inocentes sean perdonados. Pero cuando me lanzo a abrir las puertas del santuario del clan, lo que veo hace que quiera odiarlos.

La cima de la torre es un resplandeciente domo de cristal, pintado con meticulosidad para asemejarse a un cielo despejado y limpio. La opulencia se apila sobre la opulencia, desde el mobiliario suntuoso hasta las bandejas plateadas de fruta azucarada. Los representantes de los clanes que están aquí no habitan un laboratorio ni un espacio de trabajo, están en un palacio.

Me apresuro hacia los asustados piltovianos, tratando de suprimir mi ira, cuando una cara familiar da un paso hacia delante en medio de ellos.

—¿Cait?—.

La sheriff inclina su sombrero. —Aquí arriba, en el Malecón, se puede poner turbio en donde Zaun termina y Piltóver comienza. A veces no es tan claro en dónde está tu jurisdicción—.

Le cuento lo que sucedió, lo que se aproxima.

—Ya veo—. Saca un estuche abultado y me lo entrega. —Necesitarás estos—.

Los guanteletes vibran al volver a la vida. Cierro mi mano en un puño. Mis huesos adoloridos me recuerdan su lesión mientras espero a la chatarra que se aproxima. La bruma tóxica hace su aparición e inmediatamente irrita los ojos y penetra en los pulmones. Varios de los miembros de los clanes comienzan a vomitar.

El rostro de Cait se petrifica y su rifle apunta hacia lo alto, más rápido de lo que mis ojos pueden seguirlo. Escucho el disparo y el tañido que deja en mis oídos. Siento cómo el aire se desgarra mientras la bala golpea el cristal reforzado del domo.

Las grietas comienzan a expandirse desde el hoyo que dejó la bala, diseminándose por la superficie como un relámpago. El domo se rompe. Llueven vidrios de colores a nuestro alrededor, girando y cortando. El cambio de presión afecta al gas y lo expulsa de la torre.

Nos da un segundo para poder respirar, pero no más. La niebla llena la entrada, la cual se oscurece mientras los miembros del culto merodean en ella. Marcan el ritmo y el repiqueteo de sus armas, pero se contienen, a la espera.

La puerta vuelve a ensombrecerse, esta vez del todo. Se solidifica en la titánica silueta de Urgot a su llegada, quien se encorva para entrar al esplendor bucólico del domo. Sus seguidores se abren paso frente a él.

Urgot observa cómo el gas se disipa y se ríe, es un sonido como el de la grava y el de engranajes chirriando entre sí. —¿Crees que le negaste a estas personas su prueba? ¿Que se negaron a sí mismos? No. Yo te pondré a prueba y, una vez que te destruya, los pondré a prueba a ellos—.

Cait sostiene su rifle, el cristal Hextech está en posición, titilando con una luz rosada. Ella mira sobre su hombro hacia los piltovianos que están detrás de ella. —Váyanse, ahora. Tomen el puente hacia el Malecón. Nos encargaremos de esto—.

La energía baila a través de mis guanteletes cuando los choco, uno contra el otro. —¡Contemplen!—, grita Urgot, mirándome directamente. —Estas armas tan valiosas. Tus amos te dan fuerza, pero por debajo estás rota. Eres débil—.

—No necesito estos para ser fuerte—. Me río, mordaz y veloz. —No los necesitaré para hacerte pedazos. Solo lo harán más divertido—.

—Te vi con la chica—. Urgot asiente lentamente. —Te aferras a dos mundos, hija de Zaun. Llegará el día en el que tendrás que elegir—.

—Estoy cansada de escucharte hablar—. Mi rabia por fin emerge. —Estoy cansada de hacer cualquier otra cosa que no sea golpearte hasta la muerte por lo que hiciste—.

No sé con certeza si la pelea duró segundos u horas. Solo la recuerdo en fragmentos. El metal chocando. Cajas torácicas que se envuelven en mis nudillos. El rayo del brazo-cañón de Urgot, explosiones centelleantes. El sonido de la sangre, burbujeando y explotando mientras se cocina en mis guanteletes.

Entre Cait y yo, eliminamos a todos los seguidores de Urgot, hasta que solo queda él, un monstruo metálico de fuego, balas y cadenas afiladas. No se sabe quién saldrá con vida del domo, hasta que Cait ve una oportunidad con su red.

Urgot ruge cuando esta lo envuelve, sujetando sus brazos a sus costados y distrayéndolo lo suficiente para que yo pueda atacar. Lo golpeo con toda mi fuerza y lo envío tambaleándose al borde del domo. Pero no voy a dejar que caiga, aún no.

Sujeto las puntas de la red y la tenso contra su espantoso peso mientras mis botas se deslizan y derrapan hacia el borde. Quiero mirarlo a los ojos una vez más, antes de dejarlo caer.

—Veamos qué tan rápido vuela una araña—.

—¡Espera!—, escucho que Caitlyn grita detrás de mí.

—Esto termina aquí, Cait—, le respondo.

Cait se detiene junto a mí, con una barra de metal entre las manos. —La fuerza verdadera reside en saber decidir cuándo usarla. Si lo dejas morir ahora, no seremos diferentes a él—.

Cait ensarta la barra en la red para dejar a Urgot fijo a la torre. No quiero escucharla. Quiero justicia. Pero sé que eso no me devolverá lo que él se llevó.

Escupo y entierro la barra en el suelo.

Se necesita de una perspectiva muy generosa para llamar islas a las pilas de rocas talladas por el viento al borde del istmo. Estériles y azotadas por la brisa salina, no se asemejan a ningún lugar que alguien quisiera llamar hogar. Dicen que unas cuantas generaciones atrás, alguien con una posición de autoridad en Piltóver aceptó construir una prisión ahí.

Después de mi reincorporación a los Protectore, le dije a Cait que confiaba en que ella supervisaría el traslado y encarcelamiento de Urgot al pie de la letra. Me dirigía al Sumidero para visitar la Casa de la Esperanza y usar estas manos pesadas para construir, en vez de destruir. Pero creo que ella pudo ver lo que significaba para mí y quería que yo estuviera aquí para ver con mis propios ojos que se hiciera justicia.

—Sé que esto fue muy difícil para ti—, dice Cait. —Pero quería que vieras el resultado final de todo lo que hiciste. Para que sepas que marcaste una diferencia—.

Diferencia. La palabra se queda atorada en mi garganta y en mi cabeza aparece la imagen de todas esas personas sofocándose por el veneno que queda del paso del progreso.

—Al encerrarlo, salvamos a Piltóver y a Zaun de un gran caos—.

—¿Algunas veces piensas que podría salir algo mejor de ese caos?—.

Me mira y suspira con suavidad. —Puede ser, o tal vez algo incluso peor. Mucha gente hubiera muerto para averiguarlo y no puedo permitir que eso suceda. Así es que peleamos y hacemos lo que tenemos que hacer para mantener las cosas en su lugar. Eso hace la ley, lo que nosotras hacemos. Preservamos el orden—.

Ley. Orden. ¿Pueden existir por separado? ¿Y qué tienen que ver con la justicia? Si le hubieras preguntado a mi versión más joven, tal vez te habría dado una respuesta. Pregúntame ahora y ya no lo sé.

—El culto a Urgot se marchitará—, dice Cait. —Los ambiciosos lo fracturarán, en busca de poder. Estarán demasiado ocupados peleándose entre sí como para causarnos problemas—.

—No estuviste ahí, Cait—. Niego con la cabeza. —No como yo. No viste los números, el compromiso. No hemos terminado con ellos, ni por asomo—.

Estamos paradas en un pórtico, viendo la celda. Hay celdas a ambos lados, las jaulas están vacías mientras los Protectores y los guardias trasladan a Urgot por un pasaje central hacia su nuevo hogar, un inmenso tubo de hierro reforzado que va del piso al techo, como un pistón gigantesco.

Urgot está encadenado. No trata de resistirse mientras la procesión llega a su celda.

—¿Cuánto de él podremos remover antes de que muera?—, me pregunta Cait, lo suficientemente fuerte como para que el Temerario escuche. —Te apuesto a que casi todo—.

—Da un paso al frente y prueba tu teoría, entonces—. Los ojos de Urgot brillan. —A menos que lo único que hayan traído consigo sean amenazas vacías—.

—Hablemos abiertamente—. Cait levanta su rifle. —Tu existencia aquí depende de nuestra tolerancia. Comerás cuando te lo digamos, dormirás cuando te lo digamos, respirarás cuando te lo digamos. Nada más y nada menos. Si te desvías de esto de cualquier forma, haré que te destruyan. ¿Está claro?—.

Urgot ríe. —¿Crees que tienes el poder para destruirme? No es así. Nunca lo tuviste. Esa es una puerta que jamás se abrirá para ti—.

—Bueno, supongo que tendré que conformarme con cerrar esta—. Cait le hace una señal a un técnico. Enciende un interruptor y el tubo desciende sobre Urgot. Resuena contra el suelo y se cierra rápidamente.

Aún puedo escuchar cómo ríe a través del hierro mientras nos alejamos. Me detengo en la puerta del pabellón de celdas para mirar sobre mi hombro, hay un temor que no puedo sacudirme y que sube por mi espalda.

Para mí, Urgot no parecía un prisionero.

Parecía una araña, esperando pacientemente en su telaraña.

Referencias

 v · e
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