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Historia corta

Hermandad

Por Ariel Lawrence

El llanto proviene de un niño. Seis, tal vez siete veranos.

Lore

El llanto proviene de un niño. Seis, tal vez siete veranos.

Está sentado con las piernas cruzadas y la espalda vuelta hacia mí frente a una alta albura. El llanto se transforma en sollozos entrecortados y mojados. Me detengo en el límite de los árboles y miro hacia atrás para contemplar la sombra del camino. El sol del mediodía es despiadado y cae brillante sobre el prado del niño. No parece estar lastimado. El claro está despejado. Desprotegido.

No eres necesario. Sigue tu camino.

La voz resuena clara en mi cabeza, aunque no la he escuchado hablar en mucho tiempo. Giro, pero después me doy media vuelta al escuchar un suspiro profundo y desgarrador, seguido de nuevos pequeños sollozos.

Cuando estoy a tres espadas de distancia, piso una rama seca para anunciar mi llegada. El niño se sobresalta con el sonido.

—Lo siento, Teo. No quise...—. La disculpa apresurada del niño queda amortiguada por el paso de la manga de su ropa por el rostro. Se para en seco cuando me ve.

Retrocede tan rápido que su espalda choca con el árbol.

—Emai le pagó a la Hermandad—, balbucea. —No estaba jugando en el camino—.

Ante la mención del grupo, mi mano se dirige a la espada. El niño me mira fijamente y su llanto se desvanece hasta convertirse en una serie de jadeos superficiales. Por supuesto. Piensa que soy un ladrón Navori que quiere robarle.

Piensa que eres un criminal.

Suelto la empuñadura en un intento por parecer amistoso. —No, no estoy con la Hermandad—, replico. —Escuché a alguien desde el camino. Parecía como si estuviera en problemas—.

El niño se enjuga las lágrimas del rostro con la manga una vez más e intenta poner cara seria ante el extraño que está allí de pie frente a él.

—¿Conoces a alguien así?—, pregunto.

El niño comienza a negar con la cabeza lentamente, pero la honestidad es más fuerte que él.

—Era yo—, admite con vergüenza en la voz. —Solo quería jugar con ella—. Señala hacia arriba. Allí, en las ramas más altas del árbol, hay una antigua cometa festiva, sus colas de seda ondean en la suave brisa. —Es de Teo—.

Sus ojos se llenan de lágrimas otra vez. Me muestra las palmas de las manos, cubiertas de savia y oscurecidas por la tierra y la corteza.

—Intenté trepar al árbol, pero es muy alto. Teo se va a enojar muchísimo. Me dijo que no lo hiciera—.

Hay un momento de silencio. —Los hermanos dicen eso con frecuencia—, murmuro.

Hay un pequeño montículo de tierra removida frente al niño. Me arrodillo y quito la primera capa para revelar un brote de albura recién germinado.

—Mi emai es una labradora de madera. Estoy aprendiendo. Pensé...—. El niño agacha la cabeza, avergonzado por la idea. Incluso labrar la madera de un árbol joven lleva mucho más que una tarde.

Escondo mi sonrisa. —Un esfuerzo admirable—.

La mirada del niño no se despega de los bordes acanalados de mis hombreras.

—Ese patrón no es el de nuestra aldea—, dice con cierta cautela en la voz. —Ni el de la aldea del próximo valle—.

—Me dirijo a Weh'le—, replico. —Estaba haciendo buen tiempo por el camino noxiano. Incluso aunque las piedras sean un poco duras para los pies—. Intento sonreír, pero con la idea de que Noxus Crest icon.png Noxus nos pueda dejar algo de valor en mi cabeza, sé que solo consigo hacer una mueca.

—¿Puedes ayudarme?—, pregunta.

Contemplo la cometa apoyada delicadamente en las ramas más altas. —Hace mucho tiempo que no me trepo a un árbol, niño—.

—Joab—, afirma. —Me llamo Joab—.

Le ofrezco la mano, mi propio nombre titubeante en la punta de la lengua. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo pronuncié sin vergüenza.

Vamos. Te han llamado de peores maneras.

Yasuo Yasuo—, replico y lo ayudo a levantarse del suelo.

Me aparto de la sombra del árbol y me paro en el claro bañado de luz solar para tener una mejor vista. El día está caluroso y calmo. Cierro los ojos para sentir las pequeñas corrientes de aire que persisten en el prado. Se levanta una pequeña brisa que aparta los mechones de pelo de mi rostro.

—Ojalá pudiera derribarlo de un soplo. Labrar la madera es inútil—, murmura Joab, pasando la vista con el ceño fruncido de la cometa a su pimpollo de albura. —Existía un anciano que podía mover el viento, pero ha muerto. Su discípulo también podría hacerlo, pero emai dice que es peligroso, que mató al anciano...—.

Estiro el brazo para alcanzar mi espada. Desenfundo el arma y me concentro en la magia. Ráfagas de viento se arremolinan alrededor del arma, formando remolinos cada vez más fuertes. Polvo y hojas secas bailan sobre la espada hasta que el remolino toma la forma que deseo. Luego, lo libero libero con un movimiento de mi muñeca.

La fuerza invisible golpea el árbol fuertemente y el tronco tiembla con el impacto. Las ramas se estremecen como si un espíritu invisible se paseara entre ellas hasta llegar por fin a la cometa. La seda colorida se eleva con suavidad a medida que el aire vuelve al cielo y cae poco a poco hasta llegar a la palma extendida de mi mano.

El niño abre la boca con sorpresa, pero la cierra de inmediato. El miedo ha vuelto.

—¿Tú?—, pregunta. —¿El discípulo del anciano?—.

Todo Ionia Crest icon.png Jonia sabe quién eres.

Joab mira hacia el camino del bosque, tal vez esperando ver a alguien que viene a matarme. —¿Escapaste?—, susurra, pero yo niego con la cabeza. —¿Entonces te dejaron ir? Es decir, ¿te perdonaron?—.

—No pueden absolverme por un crimen que no cometí—. Es solo un tecnicismo, pero lo digo antes que la voz en mi cabeza.

Pero sí mataste a los otros...

Respiro hondo para calmarme, concentrándome en la brisa fresca en mi espalda y la cometa en mi mano para mantener mis recuerdos bajo control. Joab reflexiona por un momento.

Justo cuando abre la boca para preguntar algo, un destello metálico causado por el sol emerge del bosque.

Levanto mi espada por precaución, solo para encontrarme con una versión ligeramente mayor de Joab que lleva una pequeña herramienta agrícola con una larga cuerda atada en un extremo. Bajo mi arma deprisa, pero es demasiado tarde: el miedo y la cautela se apoderan del prado.

Muy veloz para reaccionar, muy lento para parar.

Nunca es suficiente para él. Es mi vida entera en miniatura.

El hermano de Joab nos observa. No se aleja de la seguridad que le da el límite del bosque.

—Joab—, llama el niño mayor. Joab corre hacia él obedientemente, pero se detiene cuando ve la herramienta y la soga. Aparto la brisa suave, esforzándome por escuchar.

—¿Para qué es eso, Teo?—, pregunta Joab visiblemente enojado. —¿Sabías que me llevaría la cometa?—.

Sacudo la cabeza. Por supuesto que sabía.

Los hermanos mayores siempre saben lo que harán los hermanos menores.

—Sí, porque siempre haces exactamente lo contrario a lo que te digo, Joab—, replica el niño mayor, su mirada todavía fija en mí. —¿Quién es ese?—.

Joab mira hacia atrás y luego se inclina para susurrarle algo en el oído a su hermano. Los ojos de Teo se abren por un momento, pero luego frunce el entrecejo despectivamente.

—Emai dice que es hora de comer—, espeta Teo y se gira para alejarse. Joab tira del brazo de su hermano para intentar detenerlo. Susurra de nuevo en el oído de Teo.

Intento detener el viento que trae las siguientes palabras para no escucharlas, pero es demasiado tarde.

—No, no puede venir—, contesta Teo. —Es xiiri—.

Xiiri.

La palabra se atora en mi garganta mientras el viento se detiene al fin a mi alrededor. Xiiri es algo indeseado. Una desgracia traída por forasteros o por la codicia. Una plaga que sigue a hermanos mayores a todos lados...

El sol pega fuerte y calienta la espada que llevo a mi costado. Es una palabra que he escuchado toda mi vida.

No eres necesario. Sigue tu camino.

Me armo de valor y camino hacia los hermanos.

—Hazle caso, niño—, exclamo mientras le entrego el precioso fardo de seda a Joab. —Los hermanos son sabios—.

Antes de que alguno de ellos pueda responder, me alejo caminando para regresar al sendero.

Referencias

 v · e
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