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Historia corta • Lectura de 6 minutos

Fieram

Por Rayla Heide

Orianna caminó por el parque de diversiones vacío bajo la luz del ocaso. La Feria Fantástica de Sir Feisterly abría sus puertas a la gente zaunita solo dos veces al año, y Orianna no quería perderse la oportunidad de ver sus maravillas. Ese día, esperó hasta que todos se fueron y la alegre música y las fuertes risas dejaron de escucharse. Solo el silencioso silbido de las tuberías que emanaban vapor por el distrito químico interrumpían la calma. Había detrito esparcido por el suelo, cintas de colores y globos brillantes mezclados con papel encerado arrugado que había cubierto postres de jalea dulce.

Lore

Orianna Orianna caminó por el parque de diversiones vacío bajo la luz del ocaso. La Feria Fantástica de Sir Feisterly abría sus puertas a la gente zaunita solo dos veces al año, y Orianna no quería perderse la oportunidad de ver sus maravillas. Ese día, esperó hasta que todos se fueron y la alegre música y las fuertes risas dejaron de escucharse. Solo el silencioso silbido de las tuberías que emanaban vapor por el distrito químico interrumpían la calma. Había detrito esparcido por el suelo, cintas de colores y globos brillantes mezclados con papel encerado arrugado que había cubierto postres de jalea dulce.

La esfera esfera mecánica de Orianna flotaba a su lado mientras caminaba por un puesto lleno de rosas, que, según el letrero, olían como cada día de la semana. Pasó por al lado de un mono a cuerda con un par de platillos y un carrito repleto de manzanas azucaradas. Ninguna de estas delicias de Zaun le llamaba el interés; Orianna solo tenía ojos para la vitrina oculta en una esquina lejos del lugar.

Un destello metálico apareció bajo la luz de la luna. Provenía de un niño mecánico sentado detrás de la vitrina. Orianna nunca había visto algo parecido y se acercó intrigada. Estaba vestido con un traje azul como la noche y llevaba un sombrero de seda. Su piel era una coraza de porcelana pura que protegía los delicados engranajes debajo. Sus ojos brillaban con destellos de hilo de plata. Cuando Orianna se acercó, sus labios se formaron una sonrisa.

—¿Puedes guardar un secreto?—, preguntó el chico. La voz le recordaba a Orianna a suaves campanadas.

—Hola—, le respondió. —Por supuesto—.

—¿Y si hacemos un trato? Mi secreto a cambio de tu nombre—.

—Me parece bien. Me llamo Orianna—.

—Oh-ri-a-na—, repitió el chico. —Qué sonidos tan suaves—.

Orianna podía jurar que sus mejillas de porcelana se habían sonrojado.

—Creo que es mi turno. Me llamo Fieram. Mi secreto es que le temo al mundo exterior, aunque me gustaría ver las costas y las lejanas montañas—.

—¿Por eso vives en la vitrina?—, preguntó ella. —¿Porque tienes miedo?—

—Desde aquí, el mundo me visita—, respondió Fieram. —Tras el vidrio estoy a salvo. Como puedes ver, soy frágil—. Señaló una delgada grieta en su antebrazo. —Ahí está. Me estoy volviendo viejo—. La boca de Fieram se volvió una sonrisa torcida.

Orianna se río un poco y se encogió de hombros, un gesto que había aprendido hace poco, aunque no estaba segura de haberlo usado correctamente.

—¡Oh! Aún no has visto mis trucos—, dijo Fieram. Buscó en su manga y sacó de ella un ramo de margaritas con una floritura.

—¡Tarán! Y...—

Fieram se quitó el sombrero y agachó la cabeza. Una docena de palomas mecánicas salió volando. Luego, aplaudió una vez y toda la vitrina se llenó de un humo rojizo opaco. Cuando se disipó segundos después, todas las palomas habían desaparecido.

Orianna aplaudió, contenta. La esfera, impresionada, zumbó.

—¡Increíble! Es como magia—.

—Y esa no fue mi mejor presentación. Me tardé en buscar en la manga—, admitió mientras acomodaba las manos. —Pero los pequeños milagros son mi especialidad. ¡Como el que tú me encontraras, en esta ciudad tan grande! Solo tú y nadie más—.

—Me guiñaste el ojo—, dijo Orianna. —¿Por qué?—

—Estamos conectados. Tú y yo. Pero ya lo sabías—, dijo Fieram. —Por eso estás aquí, ¿no?— Comenzó a mover los pies, nervioso. Orianna estaba maravillada con la sutileza de sus movimientos.

—Es solo que nunca había visto a alguien como tú—, dijo Orianna.

—Soy único, ¿verdad? Igual que tú—, respondió Fieram. Señaló su brazo mecánico y volvió a guiñarle el ojo.

Orianna sonrió. Fieram se inclinó hacia a la vitrina.

—Tu sonrisa es...—

—¿Falsa?—, respondió Orianna. —Sí. Sigo aprendiendo algunas expresiones—.

—... hermosa—, dijo Fieram.

—Vaya, ahora me harás sonrojar a mí—.

La esfera de Orianna, que flotaba encima de su hombro izquierdo, la empujó un poco.

—Ahora no—, le dijo a la esfera. Orianna levantó al mono mecánico de su puesto y le dio cuerda. Lo colocó en el suelo, sus ojos se tornaron rojos y brillantes, y comenzó a golpear los platillos cada tercer paso antes de detenerse.

—No eres como él, ¿o sí Fieram? ¿Solo te activas si giran una llave? Tienes una mente. Tienes pensamientos—.

—Puede que mi cuerpo sea de engranes y tornillos, pero también sueño, como todos—.

—Sé que sueñas con abandonar este lugar. Seguro te sientes solo detrás de la vitrina. Ven conmigo. Podríamos irnos ahora, juntos—, le dijo Orianna.

—¿Irnos?— La expresión de Fieram se tornó melancólica. —Me temo que no sé a qué te refieres—.

—Sé que ya has escuchado del interminable bullicio de Zaun o las grandes maravillas de Piltóver—, afirmó Orianna.

Fieram ladeó la cabeza.

—Me gusta subirme al Aullido Ascendente al anochecer para ver los últimos rayos del sol del día—, dijo Orianna. —Desde la cima se puede ver el muelle más allá de las puertas al mar y el interminable océano resplandeciente. Desde allá te puedes imaginar el olor de tierras lejanas—.

La esfera de Orianna zumbaba mientras giraba en el aire y la empujó de nuevo.

—Creo que ahora es un buen momento para hacerlo—, dijo Orianna. —Fieram, ¿te gustaría ver el mundo? Podríamos irnos juntos, ahora. Puedo protegerte—.

—No se me ocurre qué podría ser más maravilloso—, respondió Fieram.

Orianna dio la vuelta a la vitrina en busca de una apertura. Un candado resguardaba una compuerta en la base. Orianna hizo un puño y lo dejó caer sobre el candado para romperlo.

Un guardia se acercó.

—¡Oye! ¡Detente!—

Con una mirada de Orianna, la esfera se dirigió dirigió hacia el guardia. Se estrelló en un estruendo contra su casco, y luego flotó sobre él, como si esperara más órdenes. Orianna asintió y la esfera irradió irradió pulsos de poder destellante. Atrapado en el flujo de energía, el guardia levantó su bastón y lo estrelló contra la esfera, que giró en el aire antes de volver hacia su objetivo.

Un segundo guardia corrió hacia Orianna. Ella intentó sacar a Fieram por la puerta, pero su silla estaba atorada en la puerta.

—¡Fieram! ¿Puedes repetir tu truco?—

La esfera resonaba con energía mientras giraba cerca del primer guardia. Su casco metálico se llenó de chispas.

—¿Mis trucos?— Fieram comenzó a buscar en su manga y sacó el ramo mientras Orianna se alejaba del guardia.

—¡No! ¡El otro!—

Fieram guardó el ramo.

—¡El último que hiciste! Rápido—.

El chico mecánico sacó de nuevo el ramo de su manga.

Orianna giró hacia el guardia, su vestido metálico giró como un filoso abanico de navajas hasta que hizo retroceder al guardia con el bastón alzado.

—¡Aléjate de él!—, dijo el guardia. —¡Eso es nuestro!—

—Desde aquí, el mundo me visita—, dijo Fieram.

Se quitó el sombrero y las palomas salieron. El guardia apuntó su bastón hacia la cabeza de Orianna, y ella se agachó justo en el momento en el que Fieram aplaudió. El bastón destrozó el lado de la vitrina y el humo rojizo escapó de la apertura y ocultó todo movimiento.

El primer guardia respondió a los galvánicos ataques de la esfera con una fuerza brutal. Lanzaba toda su fuerza en cada puño. La esfera no tenía piedad y disparó un rayo de energía hacia su casco. El guardia cayó, inconsciente. Satisfecha, la esfera regresó a Orianna. Desató unas olas voltaicas contra el segundo guardia y lo dejó paralizado.

Orianna caminó hacia la vitrina llena de humo. Alzó al chico mecánico de su silla, pero sus piernas no se flexionaban para levantarse.

—¡Fieram! Fieram, debemos irnos—.

—¿Irnos? Me temo que no sé a qué te refieres—. Un par de palomas metálicas volaron por el vidrio roto, pero cayeron al suelo unos pocos metros lejos de la vitrina.

—Fieram, levántate para que podamos irnos—, dijo Orianna con una mirada destrozada. —Por favor—.

—¡Oh! Aún no has visto mis trucos—. Sacó un ramo de flores de su manga.

Orianna ignoró el intento de Fieram por quitarse el sombrero y lo arrastró, aún sentado, de la vitrina. Afuera, su esfera había acorralado al segundo guardia, que había colapsado por tanto zumbido.

—Y esa no fue mi mejor presentación. Me tardé en buscar en mi manga—, dijo.

—No estás... tu voz... ¡¿se repite?!—, exclamó Orianna. Su cabeza se inclinó de forma extraña mientras lo levantaba.

—Mi secreto es que le temo al mundo exterior—.

Orianna observó el bordado en el forro de su chaqueta.

La Feria Fantástica de Sir Feisterly El amigable Fieram

No era más que un simple autómata, un espectáculo para la gente.

—Estaba segura de que tenías una mente. Que tenías pensamientos. Como yo—.

Fieram la miró con ojos que destellaban de un color plateado. —Soy único, ¿verdad?— Comenzó a mover los pies, nervioso, en el aire. —Igual que tú—.

La esfera volvió hacia Orianna y zumbó suavemente.

—Debemos irnos—, susurró Orianna. Colocó a Fieram de vuelta en su silla, que dejó al lado de la vitrina rota. —Espero que te vaya bien—.

—Los pequeños milagros son mi especialidad. Como el que tú me encontraras—.

—Adiós, Fieram—, dijo en voz baja. Los dos guardias yacían inconscientes en el piso. La esfera flotaba a su lado mientras se alejaba.

No miró hacia atrás hasta que estuvo lejos las grandes puertas de la entrada. Cuando lo hizo, vio un pequeño destello de metal a lo lejos.

Referencias

 v · e
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