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Historia corta • Lectura de 4 minutos

Extremaunción

Por John O'Bryan

—Ayúdame —suplicó el náufrago.

Lore

—Ayúdame—, suplicó el náufrago.

Yorick Yorick no sabía cuánto tiempo llevaba allí, con los huesos rotos, desangrándose sobre los restos de su barco pesquero. Gimoteaba con fuerza, pero sus gritos se perdían bajo las voces de la multitud de espíritus que moraba en la isla. Un remolino de espectros, atraídos por su agonizante fuerza vital como si fuera una luz, se habían reunido a su alrededor deseando segar un alma fresca. El hombre, espantado, abrió los ojos de par en par.

Hacía bien en tener miedo. Yorick había visto la suerte que corrían los espíritus perdidos que se llevaba la Niebla Negra, y aquello... aquello era carne fresca, algo muy poco habitual en las Shadow Isles Crest icon.png Islas de la Sombra. Hacía mucho tiempo —¿cien años?— que no veía un ser viviente. Podía sentir la Niebla a su espalda, temblando, ávida por envolver a aquel desconocido en su frío abrazo. Pero la visión del hombre había despertado en él algo que creía olvidado, y decidió que no estaba dispuesto a permitirles tomar aquella vida. El fornido monje se cargó al malherido marinero sobre los hombros y se lo llevó consigo ladera arriba, en dirección al viejo monasterio.

Yorick estudió el rostro del herido, que a cada paso que daba el monje se contorsionaba con un gemido de agónica protesta. ¿A qué has venido, ser viviente?

Tras completar su ascenso, llevó al invitado por los pasillos de la abadía y se detuvo ante la vieja enfermería. Depositó al náufrago sobre una enorme mesa de piedra y comenzó a examinar sus órganos vitales. Tenía la mayoría de las costillas rotas y uno de sus pulmones había colapsado.

—¿Por qué pierdes el tiempo?—, preguntó un coro de voces voces al unísono desde el interior de la Niebla, detrás de Yorick.

Este guardó silencio. Dejó al hombre donde estaba y se dirigió a una pesada puerta, en la parte trasera de la enfermería. La puerta se negó a abrirse y la mano de Yorick no logró más que dejar una huella sobre la gruesa capa de polvo que la cubría. Apoyó el hombro sobre la madera y empujó con todas sus fuerzas.

—Tanto esfuerzo para nada—, se burló la Niebla. —Deja que nos lo quedemos—.

Una vez más, Yorick respondió con un silencio desdeñoso hasta que, finalmente, logró abrir la puerta. El pesado roble se arrastró sobre las baldosas de piedra del monasterio. Al otro lado había una cámara llena de pergaminos, hierbas y cataplasmas. Yorick se quedó mirando las reliquias de su antigua vida por un instante, tratando de recordar cómo se usaban. Recogió algunas que le resultaban familiares —vendas, frágiles y amarilleadas por el tiempo, y un ungüento que se había secado hacía tiempo— y volvió con el hombre.

—Déjalo—, dijo la Niebla. —Es nuestro desde el mismo momento en que arribó a tierra—.

—¡Silencio!—, replicó Yorick.

El hombre de la mesa parecía falto de aliento. Yorick, consciente de que no tenía mucho tiempo para salvarlo, trató de vendarle las heridas, pero la tela putrefacta se deshacía en cuanto conseguía aplicarla.

El aliento del hombre se entrecortó más y más, y empezó a tener convulsiones. Impulsado por una agónica desesperación, agarró al monje del brazo. Yorick sabía que solo había una cosa que pudiera hacer para salvarle la vida. Destapó el frasco de cristal que llevaba al cuello y observó el agua reparadora que contenía. Quedaba muy poca. No tenía la certeza de que hubiera suficiente para salvarlo. Y aunque fuera así...

Debía afrontar la verdad. Al tratar de salvar al hombre, solo estaba persiguiendo el fantasma de su antigua vida, cuando aquel lugar maldito se llamaba aún las Islas Bendecidas. Los espíritus de la Niebla se habían burlado de él, pero lo habían hecho con la verdad. El hombre estaba condenado, y si Yorick usaba las Lágrimas de la Vida, se condenaría también. Tapó el frasco y lo dejó descansar contra su cuello.

Se apartó de la mesa y vio subir y bajar el pecho del hombre una última vez. La Niebla Negra inundó la habitación y los espíritus que albergaba extendieron las garras con impaciencia. Con un último estremecimiento de avidez, le arrancaron el alma del cuerpo. El alma exhaló un débil y fugaz grito antes de ser devorada.

Yorick permaneció inmóvil y recitó una plegaria casi olvidada. Miró el cadáver sin alma de la mesa, amargo recuerdo de una tarea todavía inconclusa. Mientras siguiera existiendo la maldición de la Ruina, cualquiera que acudiera a las islas sufriría la misma suerte. Tenía que llevar la paz a aquellas islas malditas, pero después de años de búsqueda, lo único que había encontrado eran susurros sobre un rey arruinado rey arruinado.

Necesitaba respuestas.

En respuesta a un ademán de Yorick, un fino jirón de Niebla Niebla penetró en el cadáver del hombre. Un instante después se puso en pie. Apenas era consciente, pero podía ver, oír y caminar.

—Ayúdame—, dijo Yorick.

El cuerpo salió tambaleándose de la enfermería, con pasos lentos y pesados que resonaron por los pasillos del monasterio. Continuó hasta llegar a la pestilente atmósfera del cementerio y se alejó entre las hileras de las vacías tumbas tumbas.

Yorick lo vio caminar hacia el centro de la isla hasta que se lo tragó la Niebla. Puede que este sí regresara con la respuesta.

Referencias

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