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Historia corta

Entre las Estrellas y la Tierra

Por Katie Chironis

Era una noche perfecta para tomar una taza de té. Ciertamente hacía mucho frío, pero era la noche más despejada que se había visto en el helado Monte Targón.

Lore

Era una noche perfecta para tomar una taza de té. Ciertamente hacía mucho frío, pero era la noche más despejada que se había visto en el helado Monte Targón.

Soraka esperaba una visita. La nieve que cubría la tetera de piedra había comenzado a derretirse sobre la chimenea en el centro de su pequeña yurta. A medida que subía la temperatura, la habitación se impregnaba del aroma de hojas secas de té y de algunas hierbas de montaña.

Cruzó la habitación pasando por el estante que ella misma había construido a lo largo del muro trasero. Al igual que el resto de su hogar, estaba ligeramente torcido. Si se trataba de habilidades mortales, la carpintería no era uno de sus fuertes, pero lo había construido porque le encantaban los recuerdos que estaban sobre el estante: una corona de sauce de Omikayalan, una diminuta bellota dorada perteneciente a un querido amigo de Ciudad de Bandle, y el más antiguo de todos, seguramente más antiguo que cualquier cosa mortal, era un perro de piedra perteneciente a los viejos tiempos de Nashramae. Le debía a esa ciudad otra visita. No había estado ahí en siglos y tenía una estima especial hacia sus habitantes.

Un escándalo en el exterior la sacó de sus pensamientos. Gritos. Ladridos. Justo a tiempo.

En medio de la oscuridad, una manada de lobos rodeaba un bulto apiñado en la nieve. Salió hacia la noche y se enderezó con la cabeza en alto. La luna estaba ahí y aparentaba ser muy grande, como a menudo parecía serlo en Targón. Su hogar, ubicado a medio camino hacia la cima, estaba rodeado hacia el este por planos escarpados y hacia el oeste por un acantilado que se perdía en la neblina hacia abajo. Un viento helado constante azotaba todo hacia el oeste. No era raro que también las criaturas salvajes fueran derribadas en su camino por el terreno, pero era muy inusual que encontraran una presa.

Los lobos se giraron para gruñirle, iluminados tenuemente por la luz amarilla que surgía de la ventana de la yurta. Mientras tanto, el bulto rodó. Era una niña. Sus ojos aterrados se dirigieron hacia Soraka mientras sujetaba una lanza de madera entre sus dos temblorosas manos. Solo una cosa atraía a la gente a este acantilado apartado que se encontraba cerca del Monte Sagrado, pero nunca a alguien tan joven.

Los lobos se abalanzaron sobre Soraka al mismo tiempo y ella escuchó los gritos de las estrellas que acudían en su defensa. Unas chispas salieron de la punta de sus dedos como una cascada de fuego dorado sobre la manada. El golpe de los impactos hizo que la mayoría de los lobos retrocedieran llenos de miedo primitivo, pero uno de ellos se quedó rezagado; el peso de las brasas agonizantes había aplastado sus patas traseras y profería aullidos de dolor mientras forcejeaba. Ella vio cómo el resto de la manada desapareció entre el terreno helado, abandonando a su compañero a su suerte.

Soraka sacudió su cabeza y se arrodilló al instante en la nieve quemada con las manos extendidas. No podía soportar el dolor de la pobre criatura. Él tiró de ella. Mientras Soraka colocaba sus manos en su ensangrentada cadera, el lobo gruñó y clavó sus dientes en su brazo. ¡Auch! La mortalidad tenía sus inconvenientes.

—¡Alto!—, gritó la pequeña niña. —¡Va... va a matarte!—.

Soraka sintió cómo en su rostro se dibujaba una sonrisa. —No le temo a los lobos—, contestó mientras que la luz se propagaba desde sus brazos hacia el destrozado cuerpo del lobo. —Además—, añadió —Targón le pertenece a él tanto como a mí—.

La carne de la criatura comenzó a unirse nuevamente y los huesos triturados recuperaron su entereza como si fuera arcilla tomando la forma correcta en manos de un artesano, pero conforme la magia la abandonaba, la quemaba. Cerró los ojos y se perdió en el dolor por un momento.

Cuando los abrió, el lobo ya no estaba ahí. Solo permanecía la niña. Su mirada se desplazó hacia arriba siguiendo el contorno del cuerno de Soraka, y para ese momento, Soraka sabía bien en qué estaba pensando la niña.

—¿Eres... una de esas cosas?'‘.

—¿Cuáles?'‘.

—Demonios. Eso escuché...—.

Soraka se rio, pero antes de que pudiera responder, la chica se dobló con debilidad dejando caer la punta de su lanza. Fue hasta ese momento, cuando su mente empezó a despejarse, que Soraka sintió la magnitud del dolor de la niña. Sus brazos estaban negros hasta los codos. Sus dedos habían quedado congelados contra la lanza y su carne estaba inflamada y enrojecida. Con una quemadura de hielo como esta... moriría dentro de poco.

Cuando colocó sus manos sobre los brazos de la niña, ella se estremeció y Soraka se preocupó. Los humanos eran criaturas muy extrañas cuando se trataba de curaciones. Sus mentes eran complejas; debía existir un acuerdo mutuo: ellos tenían que querer ser curados. Algunas veces había colocado el flujo de la magia en lo profundo de una herida y se había encontrado con que la mente la apartaba, pero este no era el caso. La niña estaba demasiado cansada; había gastado toda su energía en lograr llegar a esta altura de la montaña. Soraka inundó la carne muerta con todo el poder que podía otorgar, abriéndose paso entre el dolor. Espirales de luz esmeralda se enrollaron hacia arriba hasta alcanzar los brazos de la niña. La lanza cayó por completo al suelo. Conforme Soraka trabajaba, observó cómo la piel se desvanecía entre el color negro, rojo y morado hasta conseguir el tono apropiado. Listo. Eso debería ser suficiente.

—¿Te parezco un demonio?—, preguntó Soraka. Sus ojos dorados resplandecían en la oscuridad.

La niña permanecía en silencio. Tras un momento, Soraka la presionó. —Estás haciendo la escalada hacia la cumbre. ¿Por qué?'‘. Pero la niña solo desvió la mirada, avergonzada y frotando sus brazos recién restaurados. —Mi familia—, dijo abruptamente sacudiendo su cabeza. —Nosotros... los Rakkor... somos guerreros. Y mi madre, ella es la más fuerte de todos. No sabes lo que se siente ser la única que no puede pelear. Ser...—, se mordió el labio luchando por encontrar la palabra. —Débil—.

Soraka extendió una mano hacia el camino de tierra que había seguido la niña, el que conducía directamente a la base de Targón. —¿Llegaste hasta aquí y aun así te consideras débil?'‘.

—Pronto ya no lo seré—, contestó la chica, con sus manos en forma de puños. —No cuando alcance la cumbre. Caminaré hasta la cima final y directo hacia el cielo, justo como en las viejas historias. Y entonces... entonces ellos estarán obligados a admitir que soy fuerte. Nadie hecho de estrellas podría ser derrotado jamás—.

—Si tan solo eso fuera verdad—, dijo Soraka, mostrando una sonrisa demasiado aguda.

Apenas se percató de la expresión de asombro de la niña cuando ella se dio la vuelta, caminando hacia el borde del camino. Sobre ellas, las estrellas se extendían en el oscuro cielo brillando con más intensidad que en cualquier otro lugar del mundo. Cantaban canciones que solo ella podía escuchar. Para ella, este era su hogar. No siempre lo había sido, pero este era el hogar que ella había hecho.

—Ven—, Soraka la llamó haciendo señas. Y ella levantó su mano recorriendo el cielo con sus dedos. Al hacerlo, tejió las nubles y la niebla en distintas formas que se abrían paso hacia la luna y se convertían en los rostros que la chica indudablemente reconocería de las historias. Una joven mujer de cabello pálido Una joven mujer de cabello pálido. Su contraparte, una mujer cuyo rostro ardía con el mismo brillo del sol una mujer cuyo rostro ardía con el mismo brillo del sol. Y un guerrero con una lanza un guerrero con una lanza, no muy distinta a la de la niña.

—Todos estos mortales hicieron la escalada hacia la cumbre, pero ellos eligieron ese camino con toda su alma—. Ella se dirigió a la niña y habló lentamente sin deleitarse con sus palabras. —Tú no escogiste realmente a la montaña y Targón no te escogerá. Caminarás directo hacia tu muerte. No lo hagas—.

La niña se alejó. Permaneció en silencio durante mucho tiempo.

—Y entonces, ¿a dónde voy?—, dijo finalmente con un tono brusco. —No puedo ir a casa. No puedo regresar con ellos. ¿A dónde más iré?—.

Soraka sonrió. —El mundo es vasto, tienes muchos caminos por recorrer. Si tú me lo permites, puedo ayudarte—.

Las imágenes de la luna se habían desvanecido.

Soraka hizo un gesto hacia la alegre yurta amarilla que se encontraba entre las rocas cercanas. —Pero primero, será mejor que vengas y entres en calor. No tiene caso volver a comenzar hasta que llegue el amanecer. Además, la tetera está puesta. Es la noche perfecta para tomar una taza de té—.

Referencias

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