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Historia corta • Lectura de 4 minutos

En lo Profundo, Entre los Muertos

Por Graham McNeill

El Muelle Blanco de Aguasturbias debía su nombre a la capa de guano que lo cubría de un extremo a otro, algo de esperarse de un lugar a donde iban a parar los muertos. Los lugareños no enterraban a los cadáveres; los regresaban al mar. Aquello era un cementerio de muertos sumergidos cuyas tumbas colgaban suspendidas en las frías profundidades, marcadas por cientos de boyas. Algunas, eran meros carteles con nombres; otras, lápidas finamente labradas que intentaban recrear a krakens o mozas voluptuosas.

Lore

El Muelle Blanco de Aguasturbias debía su nombre a la capa de guano que lo cubría de un extremo a otro, algo de esperarse de un lugar a donde iban a parar los muertos. Los lugareños no enterraban a los cadáveres; los regresaban al mar. Aquello era un cementerio de muertos sumergidos cuyas tumbas colgaban suspendidas en las frías profundidades, marcadas por cientos de boyas. Algunas, eran meros carteles con nombres; otras, lápidas finamente labradas que intentaban recrear a krakens o mozas voluptuosas.

Miss Fortune Miss Fortune se sentó sobre un cajón vacío de Ron el Rapto justo al fondo del muelle, con las piernas cruzadas y un humeante cigarro colgando de su labio inferior. En una mano, sostenía un respirador conectado a un ataúd a medio sumergir que flotaba entre las olas a poca profundidad. En la otra, sujetaba una cuerda deshilachada que pasaba por un oxidado bloque de poleas y terminaba atada a la tapa del ataúd. Se había dejado las dos pistolas pistolas enfundadas y a corto alcance.

La luz de la luna reflejaba un leve brillo a través de la niebla que llegaba del mar, tiñendo la sucia superficie del agua de un color amarillo tabaco. Gavias carroñeras graznaban alineadas sobre cada uno de los pandos tejados que rodeaban el muelle, lo que siempre indicaba un buen augurio, pues aquellas aves reconocían mejor que nadie los indicios de una buena pesca.

—Ya era hora—, murmuró, cuando un hombre con la cabeza afeitada y una casaca de escamas de dragón apareció en el estrecho callejón repleto de escombros. Un grupo de ratas de muelle de dientes afilados lo seguía, con la esperanza de que estuviera ebrio, se desmallara y verlo convertirse en presa fácil para ellas. Su nombre era Jakmunt Zyglos, uno de los Hermanos Pintados. Cualquier corsario de hueso salado podía presumir de uno que otro tatuaje; pero en el caso de Zyglos, cada centímetro de su piel estaba cubierta de serpientes con garras, nombres de amantes y un recuento detallado de cada barco que había hundido y cada hombre que había matado. Su piel era una confesión tan válida como cualquier otra que ella hubiera visto.

El hombre avanzó con determinación por el muelle, pero sus ojos, que se movían cautelosos de lado a lado, delataron su falsa seguridad. Aferró su mano al sable largo, con filo hecho de dientes de tiburón, que le colgaba de la cintura. Como ella, también cargaba un arma de fuego: una llamativa carabina con tubos cristalinos a lo largo del cañón.

—¿Dónde está?—, exigió Zyglos. —Dijiste que lo traerías—.

—¿Eso que veo es una carabina hex de Piltóver?—, lo cuestionó ella, ignorando su pregunta.

—¡Contéstame, con un demonio!—, exigió él, exasperado.

—Contesta tú—, dijo Miss Fortune, tirando un poco de cuerda de la polea y hundiendo un tanto más el ataúd. —Después de todo, no sé cuánto más va a durar este respiradero y no querrás que tu hermano se quede sin aire, ¿o sí?—.

Zyglos tomó una bocanada de aire y Miss Fortune notó cómo intentaba relajarse.

—Sí, maldita sea, es de Piltóver—, dijo mientras desenfundaba el arma y se la extendía por el seguro.

—Es de las caras—, dijo Miss Fortune.

—Tú eres la experta—, dijo el hombre con un dejo de desprecio.

Ella soltó aún más cuerda. Salieron burbujas de aire del ataúd, ahora completamente sumergido. Zyglos levantó las manos, con el arrepentimiento volcándosele de los ojos.

—¡De acuerdo, carajo!—, suplicó. —Es tuya, pues. Pero sácalo de ahí. Por favor—.

—¿Vendrás en calma?—.

Zyglos dejó escapar una carcajada fatalista.

—¿Qué alternativa tengo?—, preguntó al aire. —Hundiste mis barcos y mataste a todos mis hombres. Mandaste a mi gente a la miseria o a los galeotes, que es lo mismo, ¿y para qué? ¿Por una maldita pistola hex robada? ¿Por un estúpido botín?—.

—Por ambas cosas, tal vez, y por un poco más—, contestó Miss Fortune.

—Entonces, ¿cuánto valgo para ti, maldita perra?—.

—¿En monedas? Quinientas Serpientes de Plata Serpientes de Plata—.

—¿Todo este alboroto por unas míseras quinientas serpientes?—, escupió Zyglos.

—El dinero no es lo que te llevará a la tumba, sino el hecho de que eres uno de los hombres leales a Gangplank Gangplank—, dijo Miss Fortune. —Por eso te quiero muerto—.

—¿Muerto? ¡Espera, la recompensa dice vivo!—, alcanzó a decir.

—Sí, pero nunca fui buena para seguir instrucciones—, contestó la cazarrecompensas antes de soltar la cuerda y el respiradero. El ataúd se sumergió en la profunda oscuridad de los muertos, dejando por todo vestigio un montón de agitadas burbujas. Zyglos gritó el nombre de su hermano y corrió en dirección a ella, desenfundando su afilada espada. Ella dejó que se acercara lo suficiente antes de sacar sus dos pistolas y dispararle con ambos barriles, uno al ojo y otro al corazón.

Miss Fortune escupió el cigarro al mar y sopló el humo de cada cañón.

—Defensa personal—, dijo para sí con una sonrisa, practicando la mentira que les diría a los comisarios de recompensas. —El muy idiota se me vino encima con una espada llena de dientes afilados y, pues, no tuve otra opción—.

Miss Fortune se agachó para recoger del suelo la carabina hex. Giró el arma en sus manos. Demasiado liviana para su gusto, pero muy bien hecha y absurdamente letal. El fantasma de una sonrisa apareció por un segundo en su rostro al recordar el calor del viejo taller, el aroma a aceite de pistola y la sensación de la mano de su madre en su hombro. Miss Fortune suspiró y sacudió el recuerdo de su cabeza antes de que se volviera amargo. Lanzó la pistola al agua, dejando que se hundiera en lo profundo, entre los muertos. El mar exigía su tributo después de todo y ella no había mentido: el arma valía una pequeña fortuna.

Se quedó de pie y luego caminó de regreso a Aguasturbias. Sabía que tenía que lanzar el cuerpo de Zyglos al agua, pero las ratas del muelle y las gavias carroñeras también necesitaban comer, ¿qué no?

Y la carne fresca era un lujo poco común en el Muelle Blanco.

Referencias

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