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Historia corta

En las Llamas de la Justicia

Por Rayla Heide

Mientras esperaba sobre los escalones del templo resplandeciente, Abris sintió cómo su estómago se retorcía. Haciendo guardia frente a las puertas del templo, había una estatua de la Protectora. La puesta de sol delineaba su rostro, proyectando un aura radiante alrededor de su cabeza inclinada. Estaba esculpida en piedra blanca y brillaba con destellos dorados. Unas grandes alas enmarcaban sus hombros, mientras sostenía dos espadas contra su pecho. La semblanza de la estatua con casco era inexpresiva, austera, más perfecta que la de cualquier ser humano. Cientos de velas cubrían el pedestal que estaba a sus pies.

Lore

Mientras esperaba sobre los escalones del templo resplandeciente, Abris sintió cómo su estómago se retorcía. Haciendo guardia frente a las puertas del templo, había una estatua de la Protectora la Protectora. La puesta de sol delineaba su rostro, proyectando un aura radiante alrededor de su cabeza inclinada. Estaba esculpida en piedra blanca y brillaba con destellos dorados. Unas grandes alas alas enmarcaban sus hombros, mientras sostenía dos espadas espadas contra su pecho. La semblanza de la estatua con casco era inexpresiva, austera, más perfecta que la de cualquier ser humano. Cientos de velas cubrían el pedestal que estaba a sus pies.

Abris apoyó su espada y escudo contra la base de la escultura. Impecables e intactas, sus armas eran como las espadas de piedra que estaban arriba de él. Le habían dicho que la Protectora bendecía a los soldados virtuosos de Demacia y se sintió extrañamente cómodo en su presencia.

Una anciana con capa blanca salió por la puerta del templo.

—Disculpe, me permite un momento?—, le dijo Abris.

Ella se acercó hacia él con lentitud.

—Los Iluminadores siempre tienen un momento para quienes los necesiten. Dime, ¿qué buscas aquí?—. Su rostro se arrugaba mientras hablaba, pero su mirada era cándida.

—Yo... partiré a la batalla mañana—, dijo Abris. Abría y cerraba sus puños con nerviosismo. —El brazo que sostiene mi espada es fuerte y me enorgullece defender el honor de Demacia, pero me pregunto, ¿cómo puedo decir que soy mejor que los bárbaros que invaden nuestras tierras si yo los mato de la misma forma en la que ellos lo hacen con nosotros? ¿De qué sirven nuestros muros blancos y estandartes resplandecientes si debajo de ellos derramamos su sangre, tal como ellos derraman la nuestra?—.

—Ah—, dijo la Iluminadora. —Sí, asesinar a alguien no debe tomarse a la ligera, ni siquiera cuando eres un soldado. Déjame contarte una historia—. Ella levantó la mirada hacia la estatua. —¿Puedes encenderle una vela mientras hablo?—.

Abris se arrodilló y la encendió con la flama de una de las velas votivas que estaban a los pies de la estatua.

Al comenzar el relato, la avejentada voz de la Iluminadora le recordó a Abris a su abuela difunta, quien solía contarle mitos e historias de su gente. Nunca supo cuáles historias eran verdaderas y cuáles provenían de su mente fantasiosa.

Hace mucho tiempo, en una tierra ahora sumida en el olvido y la decadencia, un cruel rey llevó a su pueblo a la pobreza. Durante un período de gran hambruna, el rey convocó a todos los pobladores del reino a reunirse en los jardines de su castillo. Ahí, declaró que haría a un lado las antiguas leyes para ponerle fin al tiempo de escasez, como era su derecho. Tomó el códice dorado y lo lanzó al suelo, autoproclamándose como la ley. Toda norma o decreto que él pronunciara se convertiría en ley, sin objeción.

Bajo el supuesto de proteger a las personas, anunció su primer decreto. Ya que eran demasiadas bocas que alimentar, dijo el rey, los ancianos no tendrían derecho a comer. Serían ejecutados, no había otra alternativa.

Los ciudadanos hambrientos ya no tenían fuerzas para luchar contra esta injusticia. Los guardias del rey obligaron a los ancianos a formarse para su ejecución.

El primero de la fila era un hombre canoso, quien tropezó al dar un paso al frente. Le suplicó al rey: —¡Soy panadero! ¡Déjeme hornear pan para usted y para todos!—, lloraba. —¡Perdóneme la vida!—.

Pero el rey le respondió: —¿Puedes volver a ser joven? ¿Puedes volver a recubrir con músculos tus extremidades rotas y deplorables? ¿No? Bueno, entonces no habrá salvación para ti—. Acto seguido, dio la señal a su verdugo, quien levantó su espada y la cabeza del panadero rodó por el suelo.

—¡Qué despreciable!—, dijo Abris, interrumpiendo a la Iluminadora. —¿Nadie se opuso a las nuevas leyes del rey?—.

La Iluminadora sonrió. —Afortunadamente, alguien le hizo frente a esta grave injusticia—.

Nuestra Protectora inmortal no había hecho acto de presencia en estas tierras durante siglos pero, tal vez, la injusticia extrema emite ondas que resuenan más allá de los límites del reino. Sea como fuere, ella apareció en ese momento. Los cielos se abrieron con una luz cegadora, como si las estrellas hubieran concentrado todo su brillo en un solo lugar. La Protectora emergió con una majestuosidad maravillosa y aterradora. Enfrentó al cruel rey, quien quedó inmóvil como una piedra al verla.

—Ningún rey está por encima de los estatutos de la ley—, afirmó. —¡Di tu nombre y prepárate para ser juzgado!—.

—Yo no solo estoy sobre la ley, bestia alada. Yo soy la ley—. Tras asentir con la cabeza, sus guardias avanzaron. Lo hicieron al unísono, levantando sus lanzas hacia el cielo como si fuera una sola. —Gracias a mí, mi gente tiene un propósito. Mi gente conoce su lugar. Y mi gente me lo agradece—.

—La ley es la representación de la justicia; es el dictamen certero y justo escrito con tinta. No puede borrarse—, dijo la Protectora.

Sacó sus espadas, las cuales resplandecieron con fuego sagrado, saturando el aire con el aroma de la verdad y del castigo. Sus alas se extendieron, avivando las llamas con grandes movimientos, hasta que estas mismas también ardieron. Era una imagen aterradora.

—Dices que guías a tu gente. Sé el primero en ser juzgado por mis espadas—, sentenció la Protectora.

—l cruel rey miró las espadas resplandecientes de la Protectora, así como sus alas de fuego, pero lo que inspiraba mayor miedo eran sus ojos ardientes, brillantes y sombríos, con implacable ira. Sintió que estaba mirando directamente al sol, hermoso y terrible en toda su gloria. Atemorizado, lloró. Imploró la misericordia de la Protectora y cayó de rodillas, suplicando a sus pies.

—Puedo cambiar—, rogaba el rey. —Ahora veo el error de mis acciones. Fui egoísta y corrupto, indigno de mi corona. Si me dejas vivir, seguiré el camino de la ley—.

La Protectora lo observaba con una mirada fría. Una vez que él terminó de hablar, ella tomó aire. Se dice que, en ese momento, su voz resonó de tal manera que era como si los mismos dioses hablaran a través de ella.

—¿Puedes rectificar tus actos injustos, rey?—, le preguntó la Protectora. —¿Puedes retractar tus mentiras y revertir tus falsas leyes contra el juicio justo y honesto? ¿No? Bueno, entonces no habrá salvación para ti—.

Con un rápido movimiento, la Protectora clavó su espada ardiente en el corazón del rey, quien gritaba de dolor conforme ella lo empalaba sobre el códice dorado que él había tirado al suelo.

El códice ardió en llamas que lo envolvieron con el terrible calor de los cielos. Era un fuego sagrado que calcinaría a los pecadores ruines hasta hacerlos cenizas y purificaría a los justos, quienes saldrían ilesos.

Los gritos del rey cruel resonaban mientras el fuego de la Protectora quemaba a sus guardias y a sus concejales, a su verdugo y a sus sirvientes. El fuego no se detuvo; por el contrario, se expandió por la tierra, alimentado por las mentiras del falso rey y sus seguidores retorcidos. Los sobrevivientes recordarían por siempre ese día de gloria, puesto que de las cenizas de su sociedad nació la oportunidad de reconstruirla, con base en la justicia y el honor.

Y si algún día el caos regresara a la tierra, tenían la certeza de que la Protectora descendería de los cielos una vez más.

La Iluminadora le sonrió a Abris.

—Todos debemos actuar con virtud y honor—, dijo —desde reyes hasta panaderos, desde sirvientes hasta soldados. Nadie está por encima de la ley, nadie está por encima de la justicia. Los saqueadores que atacan e invaden nuestras fronteras del sur son perversos y no obedecen a ninguna ley. Con cada respiración, con cada paso adelante, amenazan la seguridad de nuestra tierra. Tu trabajo como defensor de Demacia significa un gran honor y un propósito justo. Y la Protectora mira con bondad a quienes llevan la justicia en sus corazones—.

—Sí—, dijo Abris. Miró su espada, sin rastro alguno de los daños de la guerra. Juró que cada golpe, desde el primero hasta el último, sería en nombre de la justicia.

—Si alguna vez te sientes indeciso, soldado, piensa en qué haría la Protectora. Si actúas con integridad y verdad, como ella lo haría, la Protectora siempre guiará tu espada. Incluso si debes mancharla de sangre—.

La Iluminadora hizo una reverencia y volvió a su templo.

Abris observó cómo la vela que había encendido titilaba en la oscuridad. Se puso de pie para regresar a su campamento y pasar la noche. Al voltearse para ver la estatua una vez más, creyó haber visto el brillo de otra llama en lo profundo del casco de piedra de la Protectora.

Referencias

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