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Historia corta

En el Fin del Mundo

Por Ian St. Martin

—Siete veces

Lore

—Siete veces—, dijo Ysard Tomyri, conteniéndose para no subir el volumen de su voz y mantener una expresión neutra.

El Capitán Oditz no respondió a su primer oficial con inmediatez, ya que su atención estaba centrada en los mapas e informes que cubrían su mesa, o al menos simulaba estarlo. Había sido Oditz quien la había llamado y, al igual que muchas otras cosas que habían ocurrido durante su breve servicio juntos, hacer que se parara en firmes en sus aposentos a bordo del Kironya era, sobre todas las cosas, una demostración de poder.

—Solicito una audiencia con el alto mando—, dijo Ysard, esta vez no estaba dispuesta a participar en el juego del capitán.

—Yo hablo por el alto mando aquí, Comandante Tomyri—, contestó Oditz sin levantar la mirada. —Un hecho que parece ignorar o que simplemente se niega a aceptar—.

—Siete veces—, repitió Ysard. —Solicité una audiencia, no para pedir ni para rogar, sino para prometer—.

—¿Para prometer?— el Capitán alzó la vista de los pergaminos extendidos, finalmente mirando a Ysard.

—Así es—, contestó ella. —Para prometerles la gloria de la victoria que obtendré para ellos, las tierras y las personas que traeré al imperio, ya sea por palabra o por la espada. Todos los días se están movilizando expansiones, se envían representantes fuera de nuestras fronteras para asegurar nuevas tierras para Noxus. Puedo ganarlas para ellos. Lo único que requiero es un comando bajo mis órdenes—.

—Ya hemos discutido al respecto—, murmuró Oditz. —Siete veces, como bien lo sabe. Es el alto mando quien decide cómo interpretar la voluntad de la Trifarix, no sus subordinados—.

Ysard se tensó. La frustración desgastaba su paciencia. —Cuando el Capitán Hurad cayó ante los piratas en la costa de Ruug, fui yo quien llevó a la tripulación del Kironya a la victoria, no usted. Fui yo quien lideró el abordaje de la embarcación de los corsarios y, cuando el último de ellos cayó, fue mi nombre el que se vitoreó. Se sintió bien. Después de semejante victoria, yo esperaba...—

—¿Qué?—, preguntó Oditz. —¿Su propio comando? ¿Tras derrotar a una turba de freljordianos desnutridos y enviarlos de vuelta al mar? Usted cree que debería estar sentada en este puesto, y no yo. Y debido a que no lo está, ignoró mi autoridad y solicitó una audiencia con el alto mando—.

Con calma, el Capitán Oditz dejó su pluma y se levantó de su asiento. Se irguió ante Ysard. La luz dejaba ver unas viejas cicatrices en sus rasgos, consecuencia de una vida de guerra. —Yo me habría encargado de que usted fuera despojada de su rango y arrojada a los fosos por su falta de respeto, Comandante Tomyri—, dijo tenso. —Pero tal parece que el destino intervino a su favor—.

Presentó un pergamino y lo extendió hacia ella.

El sello del pergamino estaba roto, por lo que el contenido ya era conocido para Oditz o para sus asistentes, como su derecho lo estipulaba.

—Tómelo. Y salga de aquí—.

Tras un instante de duda por la sorpresa, Ysard tomó el mensaje. Se despidió y se dirigió hacia sus aposentos, desenrollándolo y leyendo rápidamente su contenido.

Era como si una corriente de acero fundido se hubiera vertido desde un crisol hasta su corazón. Ysard sintió fortuna en el viento por primera vez en su espalda. Por fin sus habilidades podrían aprovecharse al máximo.

La habían llamado a la capital. Por fin, un comando le pertenecía.

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El puerto estaba rebosante de actividad. Mercaderes, comerciantes y trabajadores portuarios se amontonaban junto a las tripulaciones en un flujo constante de embarque y desembarque de navíos. Extrañas bestias dejaban escapar lamentos desde sus jaulas de hierro, destinadas a estar en las arenas para las competencias o en los hogares de la élite para unirse a sus colecciones exóticas. Cargamentos con alimentos de todos los rincones de Runaterra eran descargados de embarcaciones comerciales y distribuidos para alimentar al sinnúmero de ciudadanos de la infértil tierra natal de Ysard. Era una escena asombrosa: un estuario viviente donde nuevos bienes, culturas e ideas llegaban al imperio, expandiéndolo, enriqueciéndolo y haciéndolo cada vez más fuerte.

Todo esto, junto con la ciudad en crecimiento constante, estaba a la sombra del Bastión Inmortal. Ysard contempló la majestuosidad de la antigua estructura desde una calle del puerto, sus altos e inmensos muros y torres estaban cubiertos con los estandartes del imperio. No existía una mejor manifestación del poder noxiano; el poder mismo que surgía dentro de su corazón.

Ysard se tomó unos breves minutos para absorber la vibrante escena que tomaba lugar a su alrededor, antes de que su rostro adoptara una expresión brusca y la mente eficiente de una comandante se apoderara de sus pensamientos.

Una gran expedición la aguardaba y se desplazó rápidamente hacia donde su embarcación estaba atracada.

El Ardentius le daba la impresión a Ysard de ser una nave de una época pasada con cicatrices que le hacían juego. Las heridas acumuladas a lo largo de décadas de servicio se extendían y picaban el casco como si fueran telarañas, desde la maltratada punta de lanza de la proa hasta la madera crujiente de su castillo de popa. Estas fragatas de menor tamaño fungieron como escoltas para los navíos de guerra más grandes, como el Kironya. Estaban diseñadas para convertirse en astillas contra las estacas enemigas, para absorber impactos como interceptores y para ser útiles hasta el último momento antes de ser destruidas o hundidas. Ante los ojos de Ysard, ambos escenarios parecían muy probables en el caso del Ardentius.

La tripulación en su cubierta era apenas mejor. Una variedad de hombres y mujeres mugrientos trabajaban juntos en una turba desordenada, y pasaban más tiempo intercambiando insultos que acarreando provisiones o cargamento. No eran más de sesenta personas, apenas suficiente para considerarse una tripulación. Ysard hizo una mueca de desagrado.

Se obligó a desalojar el desprecio de su rostro. Las herramientas que le habían proporcionado eran modestas, pero no tenía importancia. Eso haría aún mejores las victorias que obtendría.

—Tú—, llamó al capataz provocando que se apartara de la tripulación reunida a la que estaba dando órdenes. Este se giró, se alisó el cuello de su desgastado impermeable de piel y se acercó con una sonrisa de calma y seguridad que hizo que Ysard rechinara sus dientes.

—Asegúrate de que el cargamento y la tripulación estén preparados para partir de inmediato—, dijo Ysard secamente. —No pretendo que mi navío zarpe con retrasos—.

—¿Tu navío?— La voz del hombre tenía un timbre barítono áspero. Frunció el ceño por un instante antes de caer en cuenta. —Ah, así que tú eres la pródiga noxiana con la que estoy atrapado. Puedes manejar tu navío como quieras, y si dejas de molestar, podremos zarpar tan pronto tenga preparado el resto de mis cosas—.

—¿Cómo te atreves?—, dijo Ysard enrojecida por su impertinencia y con la mano cerrándose en la empuñadura de la ornamentada espada en su cadera. —Dime tu nombre—.

—Ordylon—, contestó el hombre aparentemente despreocupado. —Aunque mis amigos me llaman Niander—.

—Niander Ordylon—, Ysard repitió su nombre. Observó los pesados contenedores que se cargaban en el Ardentius, marcados como arneses de carga, redes y carcasas de jaulas. —¿El Amo de las bestias?—

—Ah, entonces sí has oído hablar de mí—.

Eran pocos en la capital los que no habían escuchado sobre él. A pesar de que había pasado muy poco de su preciado tiempo en las arenas (después de todo, había un imperio por el que luchar), Ysard sabía que el nombre —Ordylon— era sinónimo de demostraciones teatrales de criaturas letales peleando, acompañadas del rugido de la multitud.

¿Qué hacía él aquí?

Ysard recuperó la compostura. —No me informaron que también estarías a bordo—.

—Bueno, pues aquí estoy—. Le entregó a Ysard un pergamino con el emblema del Capitán Oditz. Ordylon se percató de su ceño fruncido y le dirigió una sonrisa conspiratoria mostrando todos sus dientes. —Parece que seremos camaradas—.

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Ysard se paró en la proa de su fragata examinando el horizonte. Luego de zarpar, la embarcación se había formado en la fila de naves que buscaban atravesar por la boca del río hacia el océano. Las horas de espera desembocaron en una inspección áspera y meticulosa por parte de los soldados encargados de las instalaciones fortificadas que protegían la entrada a Noxus por vía marítima. Después de haber revisado cada centímetro del Ardentius y tras escudriñar las órdenes de Ysard al menos en seis ocasiones, le otorgaron la autorización para partir.

Ysard había visto el océano varias veces, pero nunca desde una embarcación a su cargo. Siempre le resultaba tanto impactante como hermoso: un plano ilimitado de azul profundo, separado del cielo por un delicado vapor proveniente del calor del sol de mediodía.

Y ahora, en algún lugar frente a ellos, aguardaba el destino de Ysard. Una nueva tierra a explorar, conquistar e incorporar al imperio noxiano.

Había probado la gloria, la cual ganó con el filo de su espada, pero ese episodio difícilmente sería una hazaña que resonara eternamente. Y aunque tratara de olvidarlo, Ysard siempre llevaba consigo los recuerdos de ser una solitaria niña de la calle, jamás entregándose del todo a la colectividad y nunca confiando en nadie, salvo en ella misma.

Mientras ella cargara con eso, no se detendría.

Miró hacia atrás, por encima de su hombro, al escuchar unas fuertes pisadas sobre la cubierta. Al ver que se acercaba el Amo de las bestias, se apresuró a escribir una última anotación en un diario con una cubierta de cuero gastado, antes de cerrarlo y guardarlo en el bolsillo de su abrigo.

—Qué vista, ¿eh?— dijo Ordylon, apoyando sus nudillos contra el barandal.

Ysard se enfureció. —¿Por qué estás aquí?—

—Necesitaba un barco—.

—Este es mi barco—, dijo Ysard. —Y mi expedición. Mientras no lo olvides, no tendremos problemas—.

Ordylon se encogió de hombros. —Juega al soldado todo lo que quieras. Lo único que me importa es que lleguemos allá sin percances, así que mantente fuera de mi camino mientras encuentro lo que estoy buscando—.

Ysard lo miró. —¿Y eso es?—

—Un monstruo, querida—. Él sonrió. —Uno espectacular. Algo que me alejará de mi lecho de muerte—.

Tres semanas en mar abierto, por fin los llevaron al borde más alejado del Delta Sinuoso. Decenas de masas continentales salpicaban el área, desde pequeños montones de arena y barro apenas resistentes para pararse sobre ellos, hasta islas lo suficientemente grandes como para albergar aldeas enteras. El archipiélago era la puerta de entrada hacia el continente austral de Shurima, así como a las regiones inexploradas en sus límites orientales.

Los canales estaban repletos de botes pequeños y balsas. Los pescadores y los comerciantes locales intentaban hacer negocios. La llegada de un buque noxiano, incluso uno de escolta como el Ardentius, era un acontecimiento extraño que causaba gran conmoción. Muy pocos habitantes de los ríos del archipiélago dejarían pasar una oportunidad de hacer negocios como esta.

Al caminar de su camarote a la cubierta principal, Ysard notó que el casco de su barco estaba rodeado por lugareños. Hombres y mujeres clamaban de pie desde el vaivén de sus botes, sostenían manojos de pescados y un sinfín de baratijas para incitar a los soldados navales y a la tripulación a mirar hacia abajo desde las barandas. Ordylon estaba abajo con ellos hablando en su lengua nativa mientras sus cazadores negociaban y cotejaban el conocimiento local con sus mapas.

—No tenemos tiempo para esto—, dijo Ysard. Por un breve momento pensó en dirigir las armas del barco hacia los botes y sampanes que bloqueaban el camino, pero pronto desechó la idea. Habría sido un gasto innecesario de recursos de la expedición, que ya de por sí eran escasos, y los lugareños le eran más valiosos vivos.

—Relájate—, le dijo Ordylon al inspeccionar una pieza de madera intrincadamente tallada, antes de lanzarla de vuelta a un comerciante desilusionado. —Las aguas se tornan peligrosas después de este punto. No te apresures a rechazar un rostro amigable—.

Ysard no cedería. —Nos abastecemos de provisiones, agua fresca y un guía. Nadie irá hacia la orilla—.

Ordylon le envió un saludo irritantemente sincero antes de retomar su conversación con los lugareños. Ysard dejó de pensar en el Amo de las bestias para observar el cuadro de soldados navales noxianos a bordo, asegurándose de que vigilaran algunos puntos a lo largo de la embarcación. Cuando terminó de inspeccionar los cañones del barco y a sus artilleros, miró cómo Ordylon le gritó a un hombre en un sampán que subiera a la cubierta.

—Ya tenemos un guía—, dijo él, reclinándose mientras el hombre le hablaba en la lengua local. —Nos da la bienvenida al Delta Sinuoso y dice que nos puede llevar río arriba—.

—Bien—, dijo rápidamente Ysard, ansiosa de ponerse en marcha.

El guía volvió a dirigirse a Ordylon. —Pero él pregunta, ¿por qué vamos río arriba?— dijo el maestro cazador. —¿Por qué quieren ir para allá?—

—Dile—, dijo Ysard —que una vez que terminemos, esto le pertenecerá a Noxus—.

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Después de reabastecer sus provisiones con una atípica selección de frutas locales y de conserva de pescado, la expedición zarpó dejando atrás el centro comercial flotante. El archipiélago se condensó y los caminos laberínticos entre las islas se estrecharon hasta que la única ruta disponible para el Ardentius fue un río ancho y oscuro que los adentraba más hacia la jungla.

Los días transcurrieron en un tramo sin novedades mientras la naturaleza impoluta los confrontaba. El corazón de Ysard se hinchaba de orgullo al pensar que ella y su tripulación eran los primeros noxianos en ver esta jungla indómita. Aquí había belleza, la vibrante flora explotaba con árboles gigantescos y frondosos envueltos en deslumbrantes flores multicolores.

Había algo más aquí.

Mientras el guía del río los conducía renuentemente hacia las profundidades, señalando los puntos de referencia y manteniendo la embarcación lejos de los arrecifes y de las aguas poco profundas, un mal presentimiento se apoderó de Ysard: primero como una fantasía para luego tornarse en algo más real e insistente. Una oscuridad permeaba cada centímetro alrededor del río, como si estuviera ahogado en una sombra que no podía verse, solo sentirse.

Ysard se dio cuenta de que su mano se acercaba a la espada que pendía de su cadera sin siquiera pensarlo. Alejaba su mano antes de cruzar deliberadamente los brazos sobre su pecho y forzar a su mente a concentrarse.

Pero el horror mudo seguía allí saturando todo aquello que podía ver.

Ysard se encargó de que su comando se mantuviera alerta, consultaba al timonel del barco mientras él trabajaba trazando el curso del río, seguido por una inspección de los depósitos de la embarcación. Se encaminó de nuevo hacia la cubierta principal sacando un gusano roedor de su porción de galletas Acantilados Sangrientos, cuando escuchó unos gritos.

—¿Qué sucede?— preguntó mientras subía a la cubierta principal.

Ordylon estaba escuchando al guía. —Dice que no continuará más—.

Ysard frunció el ceño. —¿Por qué aquí?”, miró a su alrededor. El río y la jungla no aparentaban ser diferentes a nada de lo que hubiera visto durante los últimos días. No obstante, el hombre del río estaba aterrorizado, como si hubieran atravesado una barrera invisible que nunca debieron haber cruzado.

El hombrecillo gesticuló frenéticamente hacia la tripulación que lo rodeaba. Señaló las manchas rojas de carne viva que brotaban en sus cuerpos. Ysard ya había notado que este padecimiento se esparcía entre su tripulación, a pesar de sus esfuerzos por adivinar su causa. Incluso encontró señales de eso en ella misma.

—Es la jungla—, tradujo Ordylon mientras el guía pataleaba. —Dice que nos está castigando. No nos dejará entrar—.

Pequeño cobarde, pensó Ysard.

Miró a Ordylon. —Que así sea. Expúlsalo de mi barco ahora mismo, arrójalo por la borda si es necesario. No daremos marcha atrás—.

El Ardentius continuó navegando, ahora por más de una semana de viaje hacia el interior. Durante los días anteriores el viento no sopló para hinchar sus velas, ni hubo una pequeña brisa que lo impulsara. Bajo las órdenes de Ysard, algunos equipos de la tripulación habían desembarcado, vadeando hasta sus hombros mientras batallaban para arrastrar la fragata con cuerdas y pesadas cadenas. El esfuerzo fue enorme y, por culpa de la traición de las riberas movedizas del río, la tripulación continuó después de encontrar la corriente con nueve almas menos.

La bruma envolvía el río bloqueando la visión. La línea de árboles primordiales aumentaba expandiéndose sobre el agua para unir las riberas opuestas a través de las profundas copas de los árboles que se cerraban y robaban el más mínimo rastro de luz. Ysard tenía la clara sensación de que la embarcación se movía cuesta abajo y no hacia delante, adentrándose en el corazón oscuro de esta tierra inexplorada.

La jungla se los estaba tragando.

La lluvia llegó sin aviso y prosiguió durante días perforando, de alguna manera, el impenetrable dosel arbóreo de la jungla para empapar al Ardentius y a su tripulación. Era como si este lugar buscara activamente desarmarlos castigando a los intrusos por atreverse a allanar su territorio. La tripulación creía lo mismo.

La partida del guía del río repercutió sobre ellos con la fuerza opresora de un nubarrón. Los más supersticiosos murmuraban, veían presagios oscuros en cada árbol y en la forma de cada ola que creaba el casco de la fragata al atravesar las sombrías aguas del río. Incluso los soldados navales más incrédulos estaban nerviosos, capaces de escuchar tales divagaciones hasta el punto de comenzar a ver patrones ellos mismos.

En su corazón, Ysard sabía que no faltaba mucho para que la tensión quebrara a algunos de ellos, por lo que tendría que sentar el ejemplo. Antes de lo que pensaba y esperaba, sus predicciones se hicieron realidad.

—¡Haz que el barco dé la vuelta!'”, irrumpió un grito lleno de pánico. —¡Ahora!—.

—Tranquilo, Kross—, dijo Ordylon, esforzándose por no alzar la voz.

—Esta es una embarcación de la muerte. Un barco maldito—. El cazador avanzó hacia Ordylon tomándolo por las solapas de su impermeable. —Todos escucharon al hombre del río: nada regresa de esta jungla. ¡Nada ni nadie!—

Ordylon echó un vistazo sobre la tripulación circundante, grandes gotas de condensación caían de la ancha visera deshilachada de su sombrero. Lo vio en sus ojos, las palabras de Kross se reflejaban en cada uno de ellos.

—Nada de eso—, gritó mientras hacía retroceder a Kross de un empujón. —Aquí no hablaremos de maldiciones. Contrólate—.

—Tenemos que regresar—, rogaba el cazador delirante con una mirada de locura mientras repetía la súplica una y otra vez. —Tenemos que...'”.

Kross nunca terminó su oración. Resopló fuerte mientras la punta de una espada emergía de sus costillas. Luego se desplomó sobre la cubierta.

Ysard limpió su espada. En ocasiones, tener la razón era una carga pesada a soportar.

—He cazado junto a ese hombre por más tiempo del que tú llevas viva—, gruñó Ordylon. —Qué te da el derecho...'”.

—No nos detendremos—, dijo Ysard fríamente. —Por nada ni por nadie—.

Un chirriante choque tiró a Ysard de su litera. Se puso de pie enseguida, ajustó sus armas y se apresuró hacia la cubierta.

El fin del río había llegado abruptamente. La ensenada parecía como si las marañas de enredaderas y de árboles escurridizos hubieran sepultado el agua, alimentados por un abanico de corrientes que chorreaban de la jungla o que emergían de las profundidades del suelo lodoso.

—El río está obstruido—, dijo Ordylon, señalando el muro de árboles frente a la embarcación. —Tendremos que dar la vuelta. Encontrar otra vía—.

Ysard elevó su catalejo revisando el horizonte. Arrastrar el Ardentius para encontrar otra ruta requería una cantidad de tiempo que ella no tenía. Al mirar a sus soldados reunidos y a la tripulación experimentada, Ysard dudó que sus sobrevivientes, desgastados y alterados, fueran capaces de mover la embarcación de esa manera.

Diez de ellos habían muerto en los últimos días; uno fue ejecutado cuando se negó a encargarse de su puesto y seis más debido a una enfermedad extraña y contagiosa que los aquejaba. Los otros tres habían desaparecido durante la noche; sus relevos no encontraron rastro alguno de ellos a la mañana siguiente.

—Mantendremos una tripulación mínima a bordo y nos aventuraremos a partir de aquí—, les dijo Ysard a sus filas. —O encontraremos algo valioso para reclamar para el imperio o estableceremos un puesto de avanzada para iniciar expediciones posteriores tierra adentro. Armero Starm, distribuya espadas al grupo de la costa—.

Starm dudó. —Comandante... ¿Y las ballestas? ¿Y las bombas de pólvora?'”.

Ysard desenvainó su espada y se dirigió al grupo entero. —Esas armas serán inútiles en los matorrales. Lo haremos a la antigua usanza—. Miró a Ordylon, quien había reunido a su grupo de caza alrededor suyo. —A esto viniste, ¿no es así, Amo de las bestias?'”.

El maestro cazador seguía mostrándose seguro y bullicioso, incluso después de la mala experiencia del paso del río. —Estamos tras uno grande, muchachos—, dijo. —Traigan todo lo necesario para capturarlo y resguardarlo. Repartan la carga entre todos y alístense para moverse cuando los hombres de la comandante desciendan. Nos mantendremos cerca de ellos—.

Cuando sus hombres se dispersaron, Ysard se acercó a Ordylon. —Me sorprende que por fin estemos de acuerdo en algo—.

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La jungla era brutal. Ninguna otra palabra se le ocurría a Ysard. Todos los problemas del río no fueron nada comparados con esto.

Tuvieron que pelear para atravesarla macheteando y cortando la masa sólida de enredaderas y vegetación espesa. No había aire para respirar, solo una niebla densa y húmeda que escocía la garganta y los ojos. El agotamiento apareció rápidamente.

Ysard tenía una terrible sensación de ser observada desde todos y desde ningún lado a la vez. Uno a uno, los hombres comenzaron a desaparecer de la retaguardia y de los flancos. La mayoría de ellos se desvaneció en silencio, pero unos cuantos gritaron cuando fueron destrozados por la maleza pidiendo ayuda. En tan solo unas horas, la fuerza de treinta soldados navales y cazadores había sido menguada a la mitad. —¡Manténganse juntos!— gritó, secándose el sudor chorreante que caía hacia sus ojos.

Batalló por mantener la concentración, su cabeza zumbaba y su piel ardía por las manchas rojas que recubrían por completo su torso y sus extremidades. No podía detenerse ahora. No se detendría ahora. tenían que seguir avanzando.

El explorador que iba al frente emitió un llamado, por lo que Ysard se encaminó arduamente hacia la vanguardia de la fila. Delante de ellos había un pequeño claro dentro de la jungla con una charca superficial de aguas negras y turgentes al centro. Todo estaba muy encimado, pero igual era una bendición comparado con su travesía hasta ese momento.

—No toquen esa agua—, Ysard les ordenó a sus soldados, a pesar de su propia sed. —Descansaremos por ahora, pero estén preparados para continuar—.

Al sentarse, Ysard alzó la cabeza para ver a Ordylon ofrecerle una golpeada botella de aluminio. Tras un momento, la aceptó a regañadientes mientras él se sentaba junto a ella. Ysard lo miró percatándose de que el aplomo que había sostenido a lo largo de todo su viaje comenzaba a flaquear.

—No te pongas muy sentimental—, dijo el cazador. —Contigo o sin ti, yo estaría aquí en este lugar maldito. No me queda otra alternativa—.

Ysard frunció su ceño hacia él. Tras cerciorarse de que sus hombres no pudieran escucharlo, Ordylon se le acercó.

—Estoy en bancarrota—, susurró. —Gasté hasta la última moneda que tenía para venir aquí, es la última oportunidad que tengo para salvar mi reputación. O regreso con una bestia que llene todas las arenas de espectáculos y liquide mis deudas, o mejor no vuelvo más—.

Ordylon suspiró quitándole su botella y tomando un trago corto.

—¿Y tú? ¿Qué te trajo aquí?'”.

—El deber—, respondió Ysard contemplando la jungla. —Una vez que regrese de aquí llevándole este lugar a Noxus, lo nombrarán en mi honor. El nombre noble de Tomyri solía significar algo... antes del Gran General Swain Swain y de sus purgas. Mi conquista pasará a la historia, será un legado para la eternidad—.

—Dijeron que eras vanidosa—, se rio entre dientes Ordylon. —Supongo que se hartaron y organizaron esta misión imposible. Ahora veo a lo que se referían—, dijo con una curiosa suavidad. —Y por eso lo siento—.

—Espera—, Ysard frunció el ceño mientras buscaba el significado de sus palabras, antes de que el sonido de un chapuzón de agua interrumpiera su descanso. —¡Dije que se mantuvieran alejados de ahí!— gritó.

—No somos nosotros—, dijo Ordylon, mirando hacia la jungla.

Ysard miró el estanque, observó en su reflejo cómo los árboles de arriba se sacudían. Las ramas se desprendían y caían sobre el suelo y el agua.

Fue entonces cuando lo escuchó.

Unas pisadas palpitantes, acompañadas por el sonido de árboles quebrándose y un retumbo grave y húmedo. Una forma comenzó a vislumbrarse desde la jungla, abriéndose paso entre la densa vegetación para asomar una enorme cabeza con colmillos.

Ysard se paralizó. Había visto basiliscos antes: como monturas de jinetes o bestias de carga. Había visto adultos tan grandes que podían demoler los muros de ciudades fortificadas.

Este era más grande.

La criatura los miró con furia y emitió un rugido tan fuerte que derribó a los que estaban de pie.

—¡Sí!—.

La voz triunfal sobresaltó a Ysard sacándola de su estado de shock. Se dio la vuelta para ver al Amo de las bestias, quien golpeaba un arpón y unas boleadoras entre sí mientras le sonreía al monstruo.

—¡Anda, ven, hermosura!'”. Ordylon gritaba, la locura se apoderaba de su voz mientras blandía las herramientas de su oficio. —¡Veamos quién es más grande, tú o yo!'”.

Ysard sentía cómo el suelo bajo sus pies temblaba con cada paso que el monstruo daba, era tan fuerte que le costaba mantenerse de pie. Escuchó el rugido primordial del basilisco, así como los gritos de los hombres, sabiendo que entre ellos estaba el del famoso Amo de las bestias.

Pero no volteó a ver lo que le había sucedido. Estaba demasiado ocupada corriendo en la dirección contraria.

Finalmente, Ysard se derrapó hasta detenerse en la orilla de un claro en la jungla. Colocó la mano contra un árbol para apoyarse mientras recuperaba el aliento. Ya no podía escuchar el alboroto de Ordylon ni al basilisco, pero imaginaba lo que había pasado al final. Tras varias bocanadas de aire, miró a su alrededor para constatar qué quedaba de su comando.

Había seis personas en total, ella incluida. Harapientos, agotados y aterrorizados, solo tres de ellos aún llevaban armas. Los cazadores de Ordylon se quedaron con su jefe hasta el final. La desolación se apoderó de Ysard como un golpe físico, por lo que batalló para no desplomarse sobre sus rodillas.

—¡Miren!—, exclamó uno de sus soldados, apuntando con su espada. Ysard miró por el claro y lo vio. Una forma arqueada cubierta por enredaderas, pero totalmente ajena a este ambiente sofocante.

Era una estructura de piedra. Se apresuraron hacia ella. Enredaderas y arbustos espinosos los golpearon mientras cruzaban el paso de la maleza.

El edificio era simple, una construcción austera completamente invadida por la jungla. Las gruesas enredaderas penetraban a través de la piedra derruida, probablemente eran lo único que la mantenía de pie. El crecimiento desmedido parecía antinatural, como si el lugar estuviera buscando intencionalmente subsumirlo y reducirlo a polvo.

Los sobrevivientes se dividieron y examinaron por todos lados el cubo bajo de piedra recubierto por plantas. Ysard se detuvo frente a él con una sensación que brotó de su garganta y no supo cómo definir. Arrancó el racimo de enredaderas que cubría la superficie para mirar la inscripción tallada en la piedra. Estaba en un idioma que había conocido toda su vida.

—Esto...—, su lengua se tornó gruesa y seca mientras batallaba por formar las palabras. —Esto... esto es una Noxtoraa—.

Las revelaciones llegaron a Ysard como una marea revuelta. No eran los primeros del imperio en venir aquí. Hubo otros y, a juzgar por la experiencia de su propio viaje y el estado de este puesto de avanzada, su destino estaba claro. Como el de ella. La habían enviado aquí a morir.

Le otorgaron un comando que desesperadamente tomó llevándola al fin del mundo y a un lugar del cual nadie había regresado. Ysard había entregado cada fibra de su ser para forjar un legado.

En cambio, ahora estaba al borde del precipicio para tachar el nombre Tomyri de la historia en esta naturaleza sofocante.

No había nada para ellos en ese puesto de avanzada abandonado. Ysard guio al resto de los sobrevivientes de vuelta a la jungla macheteando un nuevo camino a través de la espesa maleza. Para sus mentes febriles, parecía como si las raíces frescas y las enredaderas se reacomodaran en su lugar tras su paso.

Cuando se encontraron con el Ardentius fue casi por accidente. Prácticamente corrieron hacia su proa.

La vegetación había consumido la fragata, incluso acaparando la ensenada que la rodeaba. Parecía como si la propia embarcación hubiera emergido de la jungla. Ysard observó formas que sobresalían de la cubierta como pilares rotos.

Su sangre se heló.

La tripulación había sido devorada y cubierta por la vegetación, al igual que el barco. Hombres y mujeres estaban de pie como estatuas cubiertas por enredaderas. —La jungla—, tartamudeó. —Lo ha tomado—.

El pánico se apoderó de los soldados restantes. —¿Qué hacemos?—, gritó el armero Starm. —¿Qué hacemos?'”.

—Vamos por el río—, murmuró Ysard. “Encontraremos una manera de volver a la ribera y la seguiremos hasta el delta—.

—No hay manera de que lo logremos a pie. Usted vio lo que les sucedió a los otros, comandante. La jungla...'”.

—¡Al diablo con la jungla!— gritó. —Son árboles y enredaderas, insectos y bestias. Tú eres un soldado de Noxus, no hay nada aquí que pueda derrotarte—.

Ysard no estaba segura de que ella misma creyera en lo que estaba diciendo. Había algo diferente en este lugar. Había una presencia oscura e imposible aquí, algo que ni siquiera el esplendor del imperio podía domar, pero ella no se rendiría ante la desolación.

—Si quieren morir aquí, solos y olvidados, que así sea—. Reunió lo último que quedaba de su fuerza. —No aceptaré ese destino. Quien tenga la fuerza de seguirme, adelante. Este lugar no será el fin de Ysard Tomyri—.

El rugido grave de su estómago y los pensamientos sobre su familia esperándolo en casa, en la aldea, habían hecho que el chico atara su concentración a su cuerda de pescar mientras se acuclillaba junto a la ribera.

Como recompensa, sintió con un tirón firme. Exclamó un grito de triunfo aliviado al sacar al pez del agua, sacudiéndose y brillando con la luz. No se dio cuenta de la forma que flotaba hacia él hasta que estuvo a la distancia de un remo.

El chico frunció el ceño olvidando el pescado en su cubeta mientras el objeto se aproximaba. Anduvo por el agua hacia el suave lecho del río, tomándolo y llevándolo consigo hasta la ribera. La madera que arrastraban las corrientes tenía varios usos en la aldea y se podía comerciar... si lograba llevarla de vuelta a casa.

Pero no era madera. El muchacho se quedó sin aliento al ver que un rostro lo miraba a través de las capas de plantas trepadoras y musgo. Era una persona muerta, aunque no podía determinar si era hombre o mujer. Le recordó a los ancianos preservados que la aldea exhibía cada año para las fiestas de los ancestros. Estaba recubierta con trozos de una armadura oscura y golpeada, cuyos bordes eran de un rojo manchado, adornada con un símbolo oxidado que no significaba nada para él.

Había algo sujeto en sus manos enjutas y sin vida. Haciendo un esfuerzo, logró liberarlo.

Era un libro pequeño, envuelto ceñidamente en cuero desgastado y anegado.

Mientras el chico le daba la vuelta al diario entre sus manos, el cadáver estalló y de su interior se deslizaron lentamente enredaderas de un verde brillante. Una nube de esporas brillantes se elevó de la cavidad y el chico retrocedió tosiendo.

Con el libro en la mano, corrió rascándose por una insistente comezón que había comenzado en la parte trasera de su cuello; todos los pensamientos sobre el pescado quedaron en el olvido mientras huía a su casa.

Media

Referencias

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