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Historia corta

En Otro Tiempo Libre Navegante

Por Michael Luo

El prisionero está erguido, sus tobillos encadenados a un poste de madera, sus muñecas atadas con una cuerda gruesa. La sangre gotea por sus mejillas y cae en su túnica negra noxiana, dejando pequeños charcos rojos junto a sus pies descalzos. Encima de él, el cielo pinta manchas grises que contrastan con el azul, sin que se definan sus verdaderos colores.

Lore

Este era el momento.

Ese momento excepcional que le había costado tanto, que le había llevado una vida planear. Un imperio corrupto y su pomposo príncipe quedarían sepultados por el estúpido símbolo solar en el que tanto confiaban. La clave para la inmortalidad, protegida con recelo y ofrecida a unos pocos, sería solo para él. La robaría delante del mundo entero. Un momento único de venganza perfecta que por fin liberaría al esclavo llamado Xerath.

Aunque el yelmo de su maestro no revelaba expresión humana, y sabiendo que el metal tallado con cariño no podría responder del mismo modo, Xerath sonrió igual al rostro desalmado del halcón con auténtico deleite. Una vida de servidumbre, primero para un emperador desquiciado y ahora para uno vanidoso; manipulaciones interminables por y contra el trono; una misión casi funesta para conseguir un conocimiento que apenas recordaba y que casi lo había consumido; todo ello había conducido a esta farsa grotesca de la Ascensión.

Las mismísimas palabras eran una ofensa cuando se decían en voz alta: Nosotros ascenderemos y, en cambio, ustedes se quedarán encadenados a la piedra quebrada mientras las arenas del tiempo los engullen. No. Ya no, y nunca más. Los señores dorados elegidos no recibirán el abrazo del sol para convertirse en dioses. Será un esclavo quien lo haga. Un simple esclavo, un niño que tuvo la desgracia hace tiempo de salvar a un chico noble de las arenas.

Y debido a este pecado, Xerath fue castigado con una horrible y exasperante promesa: Libertad. Inalcanzable. Prohibida. Si tan solo el pensamiento cruzase por la mente de un esclavo, sería castigado con la muerte, ya que los Ascendidos podía mirar a través de la carne y los huesos, en lo más hondo del alma, para ver su tenue resplandor de traidor. Y aun así, allí estaban, salidas de la boca del joven príncipe que él había arrastrado del abrazo de la cambiante madre desierto. Azir, el Sol Dorado, prometió que liberaría a su salvador y nuevo amigo.

Una promesa no cumplida hasta este día. Las palabras de un niño agradecido, ajeno en su inocencia al impacto que tendrían. ¿Cómo podía Azir cambiar de repente un gobierno de miles de años? ¿Cómo podía luchar contra la tradición, su padre, su destino?

Al final, el joven emperador lo perdería todo por no hacer honor a su palabra.

Y así, Xerath progresó y se formó hasta convertirse en la mano derecha de Azir, pero nunca un hombre libre. La amarga promesa lo carcomió, lo que era y lo que podría haber sido. La negación de algo insignificante, el derecho a vivir su vida, llevó a Xerath a tomar la decisión de tomarlo todo, todas las cosas que les habían sido negadas, todas las cosas que merecía: el imperio, la Ascensión y la forma más pura posible de libertad.

Con cada paso que daba hacia el ofensivamente grandioso Estrado de la Ascensión, siempre situado con respeto detrás de su emperador y flanqueado por los centinelas ineptos que supuestamente protegían Shurima, Xerath sintió una desconocida ligereza que le dejó genuinamente sorprendido. ¿Era alegría? ¿La venganza conduce a la alegría? La repercusión fue casi física.

En ese mismo momento, la recargada armadura dorada, fuente de su tormento, se detuvo de golpe. Y se giró. Y caminó hacia Xerath.

¿Lo sabía? ¿Cómo podía saberlo? ¿Este chico consentido y egocéntrico? ¿Este emperador de falsa benevolencia, cuyas manos estaban tan manchadas de sangre como las de Xerath? Incluso si lo supiera, no podría detener el golpe final que estaba ya en movimiento.

Xerath se había preparado para cualquier imprevisto. Había sobornado, matado, maniobrado más allá de sus posibilidades y conspirado durante décadas, incluso había engañado a los monstruosos hermanos, Nasus y Renekton, para que permanecieran lejos de este acontecimiento. Pero no estaba preparado para esto...

El Emperador de Shurima, el Sol Dorado, el Amado de la Madre Desierto, que pronto sería Ascendido, se quitó el yelmo, dejando al descubierto su frente orgullosa y sus ojos sonrientes, y se giró hacia su más leal y viejo amigo. Habló sobre el amor de hermanos, el amor de amigos, de las duras disputas, algunas ganadas y otras perdidas, de la familia, del futuro y, por fin... de la libertad.

Al pronunciar estas palabras, los guardias se acercaron a Xerath y lo flanquearon, desenvainando las armas.

Así que el príncipe lo sabía. ¿Se habían deshecho los planes de Xerath?

Pero los necios de las armaduras solo lo estaban saludando. No suponían ninguna amenaza, lo estaban honrando. Lo estaban felicitando.

Por su libertad.

Su odiado amo acababa de liberarlo; los había liberado a todos. Nadie volvería a llevar cadenas en Shurima. La última acción de Azir como humano fue romper las cadenas de su pueblo.

El rugido de la gente congregada hizo temblar los cimientos y ahogó cualquier respuesta que Xerath pudiera ofrecer. Azir se colocó el yelmo y avanzó hacia el Estrado, mientras sus ayudantes lo preparaban para una divinidad que nunca llegaría.

Xerath se mantuvo en la sombra del monolítico disco solar, a sabiendas de que quedaban tan solo unos segundos para una fatalidad que destruiría el imperio.

Demasiado tarde, amigo. Demasiado tarde, hermano. Demasiado tarde para todos nosotrosEl prisionero está erguido, sus tobillos encadenados a un poste de madera, sus muñecas atadas con una cuerda gruesa. La sangre gotea por sus mejillas y cae en su túnica negra noxiana, dejando pequeños charcos rojos junto a sus pies descalzos. Encima de él, el cielo pinta manchas grises que contrastan con el azul, sin que se definan sus verdaderos colores.

Una cerca con altas estacas dentadas rodea al prisionero. Los soldados que se encuentran cerca corren de tienda en tienda. Sus pasos apresurados levantan el polvo, dejando mugre en sus botas que se asegurarán de limpiar antes de encontrarse con sus comandantes. El prisionero lo sabe, ha observado su comportamiento disciplinado durante los últimos días. Es distinto a todo lo que ha visto.

Alrededor del campamento, hay estandartes brillantes de color azul marino que ondean en el viento, dejando ver la imagen de una espada que divide dos alas extendidas: el emblema de Demacia.

No hace mucho tiempo, los estandartes eran de color negro y carmesí, pertenecientes a Noxus. El prisionero recuerda sus órdenes: reclamar Kalstead por la gloria del imperio.

Pero fracasó.

Y sabe bien cuáles serán las consecuencias. La guerra no perdona el fracaso. Está preparado para aceptar esta verdad. Por ahora, aguarda su destino. La primera vez que fue prisionero perdió su hogar. En esta ocasión, perderá aún más.

Cierra los ojos mientras más recuerdos inundan su mente. Recuerda que había dos hombres. Uno era su maestro, quien había convertido a un niño perdido, capturado y sacado de su hogar, en un luchador apto para las Arenas de los gladiadores. El otro era un extraño que afirmaba representar los mejores intereses del imperio. Después de estrecharse la mano, lo enviaron al oeste, bajo la sombra de las Montañas Argentas, hacia Kalstead.

No hubo despedidas ni buenos deseos. Pero él no estaba solo. Otros como él compartían un nombre: —soldados de la desgracia—, como los llamaban en Noxus. Grupos desaliñados de luchadores enviados para lidiar con tareas que no merecen la atención de los bandos de guerra veteranos. No muchos tenían algo que decir sobre el asunto; sus maestros también estaban dispuestos a vender sus talentos a la milicia por el precio correcto.

—No pareces ser de Noxus—, dice una voz, rompiendo el momento de reflexión del prisionero.

Abre los ojos y ve a un hombre demaciano de pie, fuera de su encierro. Su atuendo es una mezcla de tela azul marino y marrón, cubierta por una cota de malla. Una espada corta pende de su cintura. El prisionero piensa que tiene la apariencia de un líder, pero de uno sin tanta experiencia.

—¿Cómo te llamas?—, pregunta el soldado.

El prisionero piensa. ¿Su respuesta decidirá su destino?

—Xin Zhao—, contesta, su voz es tosca y seca.

—¿Cómo?—

—Xin. Zhao—.

—No suena como un nombre noxiano—, se pregunta el soldado en voz alta. —Los nombres noxianos son más rudos, como... Boram Darkwill—. Pronuncia las dos palabras con un estremecimiento.

Xin Zhao no contesta. Duda si es una conversación que valga la pena tener antes de su ejecución.

—Venga aquí, sargento-escudo—, dice otra demaciana. La mirada severa de la joven oficial llama la atención del sargento. Ella porta una armadura plateada con adornos dorados en sus hombreras. Una capa azul intenso cae por su espalda.

—No se moleste en conversar con noxianos—, le aconseja. —Ellos no comparten nuestras virtudes—.

El sargento asiente con la cabeza. —Sí, Capitana de la espada Guardia de la Corona. Pero si me permite preguntar...—.

La capitana asiente.

—¿Por qué él está aquí, solo?—.

Ella dirige su mirada hacia el prisionero, sus ojos azules lucen severos y su mirada refleja desprecio.

—Este cobró más vidas que los demás—.

Xin Zhao se despierta con el sonido de las trompetas. Se sienta en el lodo y patea sus adormecidos pies en el suelo húmedo. Presionando su espalda contra el poste, se contorsiona hasta lograr ponerse de pie y observa cómo se acerca el sargento del día anterior, acompañado por cuatro hombres vestidos con atuendos similares. Abren la puerta del cercado y el primero en atravesarla es el sargento, quien lleva una bandeja con un cuenco de sopa caliente.

—Buenos días. Mi nombre es Olber y esta es mi unidad de vigilancia—, dice el sargento. —Aquí está tu desayuno, Sen Chao—.

Xin Zhao observa cómo coloca la bandeja en el suelo. ¿Quién habría imaginado que alguien podía pronunciar mal dos sílabas de una manera tan cruel?

Un guardia demaciano corta la cuerda que une las muñecas de Xin Zhao con movimientos ya practicados. El sargento y los demás aguardan, sus manos están posadas sobre las empuñaduras de sus espadas.

—Bueno, adelante, come—, dice Olber.

Xin Zhao levanta el cuenco. —Mandaron a cinco de ustedes—.

—Solo cumplimos con las órdenes de la capitana—, explica Olber. —Después de todo, ella es una Guardia de la Corona. Ellos se encargan de proteger al rey—.

Los guardias asienten y se observan unos a otros.

—Sí, su padre salvó al último Jarvan en Colmillo de la Tormenta—, menciona otro.

—¿Cuál Jarvan era?—, pregunta otro.

—El segundo. Ahora estamos con el tercero—.

—Es el Rey Jarvan Tercero—, interfiere Olber. —Tu rey y el mío. Deberías mostrar algo de respeto, cabalgó personalmente hasta aquí con nosotros—.

Xin Zhao se percata de que tienen un alta estima sobre su rey. Mientras los soldados bromean, él bebe su sopa, un sorbo a la vez, y escucha sus conversaciones. Hablan de lo tontos que fueron los noxianos al aventurarse tan al oeste, de lo fácil que había sido para ellos acudir al auxilio de Kalstead y cómo su triunfo fue obtenido en el nombre de la justicia.

Nos enviaron a morir, cae en cuenta Xin Zhao. Agarra el cuenco vacío con tal fuerza que se rompe y la madera se deshace en sus manos.

Los demacianos lo miran con atención. Olber observa a Xin Zhao. —Las manos—.

Xin Zhao ofrece sus palmas hacia arriba.

—Sí que recibiste una paliza—, comenta Olber, atando una nueva cuerda alrededor de las muñecas de Xin Zhao. Los guardias se reúnen alrededor. Ven cicatrices en todos lados, como si fueran ríos fluyendo hacia arriba y hacia abajo en su piel. Xin Zhao sigue sus miradas. Ya no puede distinguir a qué pelea pertenece cada cicatriz. Había peleado tantas veces que eran muy pocas las que le importaba recordar.

—Esas no son heridas recientes—, observa uno de los guardias.

—Así es—, dice Xin Zhao. Su voz, fuerte y clara, atrae la atención. Por un instante, permanecen quietos, observándolo como si ya no fuera solo un prisionero más.

—¿Qué hacías en Noxus?—, pregunta Olber.

—Peleaba en las arenas—, contesta Xin Zhao.

—¡Un luchador!—, exclama un guardia. —He escuchado sobre ustedes, salvajes. ¡Pelean hasta la muerte frente a miles de personas!—.

—Nunca he oído sobre un luchador de nombre Sen Chao—, murmura otro.

—¿Tal vez no era muy bueno? ¿Tal vez por eso está aquí, atado y golpeado?—.

—Aguarden—, interviene Olber. —¿No se supone que los gladiadores usan distintos nombres en la arena?—.

Xin Zhao casi esboza una sonrisa. Este demaciano es más inteligente de lo que parece. Es bastante sabido, incluso fuera del imperio, que los gladiadores con frecuencia eligen títulos ingeniosos. Algunos optan por lo extravagante. Otros tienen algo que ocultar. Para Xin Zhao, era recordar la vida que tenía antes de que se la arrebataran.

—Viscero—, dice un guardia, sosteniendo un pedazo de pergamino desplegado. —Así es como lo llamaban los otros noxianos—.

Olber le arrebata el pergamino. Lo examina. Pasan largos segundos antes de que vuelva a levantar la mirada hacia Xin Zhao. —Tú eres ese gladiador—.

Silencio. Delgados rayos de luz del sol atraviesan el cielo gris.

—Viscero—, repite Olber con la voz teñida de asombro. —El invencible—.

Los guardias se miraron entre ellos. Después, al mismo tiempo, observan a Xin Zhao y sus ojos se encienden al reconocerlo.

—¡Te conozco!—, dice un guardia.

—¿No derrotaste a un minotauro?—, pregunta otro.

Olber levanta la mano para detener la plática insustancial. —¿Por qué dijiste que tu nombre era Sen Chao?—, pregunta.

Xin Zhao suspira. —En cuanto me convertí en gladiador, Xin Zhao dejó de existir. Solo existía Viscero—. Baja la mirada hacia sus muñecas atadas, a sus tobillos encadenados y después regresa la vista hacia los demacianos. —En el tiempo que me queda, preferiría vivir con mi nombre verdadero—.

—¿Pero qué hace un famoso luchador peleando en las guerras fronterizas de Noxus?—, vuelve a preguntar Olber.

—Me vendieron—, contesta Xin Zhao —a la milicia—. Le parece extraño explicar todo esto. Durante mucho tiempo, había asumido que sus últimos momentos transcurrirían velozmente, en la arena y provocados por una lanza o una espada, no con una sopa caliente y preguntas sobre su pasado.

¿Acaso este destino está ofreciendo su última muestra de compasión?

Olber se ve conflictuado. —No tuviste elección—, dice.

Xin Zhao niega con la cabeza.

—¿Tienes familia en Noxus?—.

Xin Zhao reflexiona por un momento y vuelve a negar con la cabeza. Se pregunta si tiene familia en algún lugar.

—Bueno, supongo que debes estar listo para un nuevo comienzo—. Olber hace un gesto con la cabeza a un guardia, quien saca una llave y comienza a desencadenar a Xin Zhao del poste.

Xin Zhao inclina su cabeza con curiosidad. —¿A qué te refieres?—.

Olber sonríe. —Vamos a que te vistas—.

Xin Zhao se sienta erguido con la nueva túnica que le otorgaron. Siente la suavidad de la tela demaciana en su piel. Mira alrededor de la tienda, contando las camas de paja y los cuencos de sopa vacíos. Los comentarios de gratitud llenan sus oídos. Él reconoce las voces mundanas. Provienen de otros que, hace algunas horas, también eran prisioneros.

Uno a uno, se levantan de sus camas y agradecen a los curanderos que sanaron sus heridas. Demacianos armados entran a la tienda. Xin Zhao observa cómo escoltan a los prisioneros hacia fuera. Los conoce bien, marchó junto a ellos hacia Kalstead. En su viaje, pasaron gran parte del tiempo intentando superarse mutuamente en proezas de fuerza individuales; los victoriosos celebrando su poder y los perdedores sumergidos en vergüenza. Los más ruidosos alardeaban sobre cuántos soldados demacianos planeaban asesinar. Eso fue antes de que se enfrentaran a un ejército verdadero.

No hubo batalla. Tal vez el ejército noxiano se habría desempeñado mejor con sus legiones y con el armamento de asedio, pero ellos no eran el ejército. Eran reclutas sin entrenamiento en las formas del combate formal, enfrentándose a un reino unificado. En cuestión de horas, Kalstead vitoreó a sus salvadores.

Nos enviaron aquí para morir, se recuerda a sí mismo Xin Zhao. Y, sin embargo, como el destino lo quería, seguían vivos. No por la voluntad de Noxus, sino por la de Demacia.

El destino fluye como los cuatro vientos, dijeron alguna vez los ancianos en su tierra natal, y ningún hombre puede conocer su curso hasta que lo navegue.

Una curandera anciana pasa a su lado. Su túnica pálida coincide con la de los otros sanadores de la tienda. —¿Cómo te sientes, chico?—, pregunta.

—Estoy bien—, contesta Xin Zhao. —Gracias—.

—No me lo agradezcas. Agradécele al rey. Fue su decreto real que cuidáramos y nos encargáramos de los prisioneros—.

—¿El tercer Jarvan?—. Nuevamente este rey. ¿Cómo es que un solo hombre puede inspirar tanto?

—Sí, nuestro gran Jarvan Tercero—, lo corrige. —Él te concedió la oportunidad de comenzar de nuevo. Para que encuentres paz—.

Xin Zhao baja la vista hacia el suelo con las manos entrecruzadas. Viscero siempre podía encontrar un lugar en la arena. Y estaba convencido de que en cualquier otro lado podría encontrar un lugar; la gente de Valoran lo acogería por su fuerza. En cuanto a su tierra natal, las Tierras Originarias, al otro lado del mar, no había acudido ahí en décadas, por lo que ahora le eran tan ajenas como cualquier otra fantasía distante.

¿Dónde podría encontrar paz? ¿La quería?

No, su oportunidad de tener paz había perecido hacía mucho tiempo, cuando cobró su primera vida y fue concedido con una extensión de la suya.

Xin Zhao se dirige a la curandera. —Quisiera preguntarle algo, si me lo permite—.

—¿Qué ocurre, chico?—.

—Su rey. ¿Quién es?—.

La curandera se ríe. —¿Por qué no lo ves por ti mismo?—.

Xin Zhao camina detrás de Olber con cuatro guardias rodeándolo. Mientras avanzan por el campamento, echa un vistazo a las tiendas que van pasando y ve cómo los soldados demacianos empacan sus pertenencias y los capitanes planean sus próximos despliegues. Se rumorea que en algún lugar, a menos de una semana de distancia, otra batalla contra Noxus es inminente. Xin Zhao se cuestiona si ese es el lugar hacia el que se dirigen estas personas, siguiendo un rastro de confusión, enmendando errores adondequiera que vayan. Parecen servir a una vocación superior, algo más fuerte que la fuerza misma, y posiblemente más valioso.

Se imagina cómo debe sentirse eso, poseer una certeza tan grande sobre las convicciones propias como para sacrificar la vida por ellas. Hubo veces en la arena en las que su vida no valía nada. Ahora, es lo suficientemente valiosa para tener una audiencia con un rey.

—Parece que eres el último—, dice Olber, deteniendo la escolta y señalando hacia delante.

Xin Zhao sigue hacia donde señala el dedo del sargento y avista una tienda más grande que las demás. Los mismos brillantes estandartes azul marino embellecen su techo. Guardias en relucientes armaduras están de pie en líneas paralelas afuera de su entrada. Ve a un hombre con tatuajes noxianos en su rostro y cuello que sale arrastrando los pies y llevando una pequeña bolsa. El hombre inclina la cabeza varias veces antes de ser conducido por uno de los guardias e, inmediatamente, otro demaciano avanza para llenar el espacio vacío.

—Esta es la tienda del rey—, dice Olber. —Nosotros permaneceremos aquí. Tú entra, arrodíllate, acepta las provisiones que te otorgará el rey y después te recogeremos—.

El sargento sonríe. —El rey dijo que una vez que estés frente a él, serás un hombre libre, pero cuando salgas, aún nos necesitarás. La Capitana Guardia de la Corona maneja este campamento y no permitirá que combatientes enemigos deambulen solos por aquí. No hasta que hayan abandonado Kalstead para siempre—.

Xin Zhao asiente y se dirige hacia la entrada de la tienda.

—¡El rey da la bienvenida a Viscero!—.

La voz que lo recibe es profunda y formal. Xin Zhao avanza. Una vez adentro, se arrodilla sobre su pierna derecha e inclina su cabeza. El suelo está cubierto con telas bordadas con representaciones de caballeros alados y guerreros con casco.

—Puedes levantar la mirada—, la voz le pertenece a alguien más. Xin Zhao levanta la cabeza e identifica de dónde proviene. Es un hombre, no mucho mayor que él, sentado en una silla de roble que se encuentra a una mayor altura. Porta una armadura radiante de oro, embellecida con púas de ébano. Sobre su cabeza hay una corona adornada con joyas. Cerca de su mano derecha está una gran lanza de acero, con bordes tan afilados como los dientes de una bestia magnífica.

Este es su rey, se percata Xin Zhao. Sus ojos permanecen enfocados en el hombre durante un segundo más, sintiendo el aire de majestuosidad que lo rodea, combinado con una cruda presencia física que él no esperaba.

A la izquierda del rey se encuentra la Capitana de la espada Guardia de la Corona, tan estoica como cuando Xin Zhao la vio por primera vez.

A su derecha, vestido con una túnica real, está un niño pequeño. Está sentado en su propia silla de roble, con sus pequeñas botas de piel colgando por el borde. Es imposible no ver la semejanza entre él y el rey: comparten una nariz pronunciada y una mandíbula cuadrada. Dos guardias adicionales rodean a los tres, cada uno de ellos sosteniendo una lanza dirigida hacia arriba.

—Viscero es un nombre bastante inusual—, dice el Rey Jarvan III. —¿Cuál es su origen?—.

Xin Zhao mira hacia abajo, preguntándose cuál debería ser su respuesta.

—Hablarás cuando el rey se dirija a ti—, ordena la Capitana de la espada.

—Calma, Tianna—, dice el rey haciendo un ademán con su mano. —Seguramente está conmocionado por los eventos ocurridos en estos días. Sería correcto ofrecerle algo de tiempo a este hombre, ¿no es así?—.

La Capitana de la espada abre la boca, pero la cierra inmediatamente sin pronunciar palabra, eligiendo proferir un ligero asentimiento.

—Es un recordatorio de mi hogar—, contesta Xin Zhao.

—¿Ah, sí?—, pregunta el rey con intriga. —He estudiado mucho sobre Noxus y jamás he escuchado hablar sobre un lugar llamado Viscero—.

—No es realmente un lugar, sino un recuerdo... aunque uno que cambió de significado en Noxus—.

—Ah—, contesta el rey, mirando brevemente a su hijo —los recuerdos de la infancia son tan...—.

—Pero no es mi nombre verdadero—.

—¿Cómo te atreves a interrumpir al rey?—, brama la Capitana de la espada. Su mano se tensa sobre la empuñadura de su espada.

Xin Zhao inclina su cabeza. Es entonces cuando escucha una risa vigorosa y plena. De nuevo, provenía de Jarvan III.

—Eres el primero hoy en haber provocado a Tianna—, dice el rey. —Es su primera batalla liderando a la Vanguardia Valerosa, aunque no fue realmente una batalla, y estoy seguro de que estás de acuerdo—.

Le da una palmada en el hombro al joven príncipe, quien ha permanecido en silencio, observando con atención a su padre. —Por favor—, continúa el rey. —Cuéntanos tu historia, Viscero, cuyo nombre verdadero aún no me ha sido revelado—.

Manteniendo la mirada baja, Xin Zhao respira hondo. —Mi nombre de nacimiento es Xin Zhao, decidido así por mis padres a quienes no he visto desde que era niño. Tal vez estén vivos o muertos... No lo sé—.

Traga saliva con dificultad. —El lugar donde nací se llama Raikkon, una aldea costera en las Tierras Originarias, a las que la gente aquí conoce como Jonia. Pasé mi infancia en un bote de pesca llamado Viscero, ayudando a los ancianos con lo que necesitaran. La vida era simple y pacífica, hasta que los merodeadores llegaron en sus embarcaciones rojas y negras—.

Él cierra los ojos durante un segundo. Ningún demaciano habla.

—No teníamos oportunidad. A mí me llevaron. Después de meses en el mar, me encontré en Noxus. Todo era... imponente, opresivo y duro. No existía la belleza natural que llenaba mi hogar—.

Xin Zhao cree escuchar sonidos tenues de concordancia. Un murmullo resonante, una débil voz susurrando.

—Como lo haría cualquier chico perdido, hice lo necesario para sobrevivir. Cosas de las que no estoy orgulloso, pero por las que obtuve la atención de aquellos que tienen poder. Ellos reconocieron mi fuerza y me convirtieron en un luchador. Desde ese momento, Viscero renació... como un gladiador—.

Suspira y su voz se torna más débil. —Asesiné a muchísimos enemigos. Algunos cuyos nombres verdaderos desconozco. Mientras más asesinaba, la multitud aclamaba con más fuerza: '¡Viscero! ¡Viscero!', y llenaban de oro los bolsillos de mis maestros. Pensé que esa sería la forma en la que transcurriría el resto de mis días; peleando en la arena para el deleite de otros. Eso fue hasta que Noxus le ofreció a mis maestros más dinero del que las arenas les podrían generar jamás—.

Los hombros de Xin Zhao se desplomaron. —Eso fue lo que me trajo hasta aquí. Sus soldados conocen el resto—.

Jarvan III permanece en silencio. Todos aguardan a que él hable.

—Vaya vida que has vivido—, dice finalmente el rey. Observa a su hijo antes de devolverle la mirada a Xin Zhao. —Gracias por compartirnos tu recorrido. A mí, y a toda Demacia, nos enorgullece liberarte de las cadenas de Noxus—.

El rey asiente hacia uno de los guardias, quien saca una bolsa de lino y la coloca ante Xin Zhao. Se puede escuchar el tintineo de las monedas que contiene.

—Esta es la bendición de Jarvan Tercero—, declara la Capitana de la espada. —Ahí hay oro suficiente que te servirá para desplazarte durante una semana. Debes saber que has cometido un error al invadir tierras protegidas por el reino de Demacia, pero como una muestra de buena fe, nuestro rey te ha otorgado una segunda oportunidad. Aprovéchala—.

Xin Zhao observa la bolsa. No se mueve. ¿Es así de simple? ¿Tomar esa bolsa y salir de ahí... en paz? Justo ahora que acababa de hablar con más honestidad que nunca antes a un extraño que podría haber terminado con su vida con solo un ademán de mano.

Sin embargo, ese extraño se había preocupado por escuchar. Y al hacerlo, dejó de ser un extraño.

Para mí no hay paz, ¿pero podría haber una causa?

—Bueno—, dice la Capitana Guardia de la Corona, señalando con dos dedos hacia la salida.

Xin Zhao baja su cabeza. —Si me lo permiten, tengo una petición—.

—Adelante—, contesta el rey.

—Deseo unirme a su guardia—.

—¡Eso es absurdo!—, vocifera la Capitana Guardia de la Corona. Los guardias golpean los extremos de sus lanzas contra el suelo en consonancia.

El rey deja escapar una leve risita y se dirige hacia su Capitana de la espada. —Qué propuesta tan interesante—.

—No pensará usted que...—, comienza la Capitana Guardia de la Corona, antes de ser silenciada una vez más por la mano de su rey.

—Permite que el hombre se explique—, dice Jarvan III con una sonrisa en el rostro. —Deseo escuchar su razonamiento—.

Xin Zhao levanta su cabeza. Sus ojos se encuentran con los del rey. —Usted me ha demostrado misericordia y honor—, comienza. —Dos cosas que hasta ahora desconocía. Durante todos mis años en Noxus, estuve peleando por una causa que no me pertenecía, y en aquel entonces, solo conocía dos verdades: la victoria significaba sobrevivir y la derrota significaba morir. Eso fue lo que aprendí al ver a otros luchadores caer en la arena, o desaparecer para nunca volver a ser vistos tras demasiados fracasos. Pero usted y su gente pelean por algo más. Por algo mayor—.

Una brisa llega a la tienda. Dos pequeñas botas de piel se mueven. Xin Zhao aclara su garganta.

—Prefiero morir peleando por honor que pasar el resto de mis días arrepintiéndome de nunca haber tomado esa decisión—.

Jarvan III se inclina hacia delante. Todos los demás saben que deben permanecer en silencio.

—Hablas bien—, contesta el rey. —A decir verdad, mejor que muchos de mis consejeros. Sin embargo, mis pupilos se someten a años, incluso décadas, de entrenamiento. ¿Cómo puedo creer que eres capaz?—.

Xin Zhao observa fijamente al rey, al príncipe y a la Capitana Guardia de la Corona. Una parte de él sabe lo que podría decir; la otra sabe lo que podría hacer. ¿Es su decisión?

No.

El destino ya lo había decidido.

Toma la bolsa con monedas y se la avienta a la Capitana de la espada, golpeándola en el rostro. Mientras ella se recupera, él patea al guardia que se encontraba a su izquierda, tirándolo al suelo. Xin Zhao arrebata una de las lanzas demacianas y la balancea en un círculo para derribar al guardia que estaba a su derecha. Su cuerpo se mueve por instinto; fluido y ágil, mientras que su mente pretende que está de vuelta en la arena. Con un último giro del arma, la impulsa hacia Jarvan III, y su extremo romo se detiene a centímetros de la garganta del rey.

El joven príncipe suspira. La guardia del rey se reúne. Los soldados se apresuran mientras que la Capitana de la espada desenvaina su arma.

Xin Zhao cae sobre sus rodillas. Él coloca la lanza hacia abajo y, sin emitir sonido alguno, ofrece su cuello. Las finas armas de acero tocan su piel.

La tensión inunda la habitación. Todas las miradas se posan en Xin Zhao, pero sus ojos están cerrados; se encuentra en paz, listo para aceptar lo que fuera a ocurrir.

El rey acomoda su capa. —Retrocedan—, les ordena. —Una vez, mi padre dijo que Noxus desperdiciaba a su talento en esas arenas. Ahora puedo ver lo ciertas que eran sus palabras—.

—Mi rey—, suplica la Capitana Guardia de la Corona. —¡Él intentó asesinarlo!—.

—No, Tianna—, contesta el rey. —Me mostró cómo yo podría ser asesinado. Incluso frente a los guardias en quienes confío—.

—Mis más sinceras disculpas—, dice Xin Zhao. Su voz permanecía calmada y mesurada, una marea no lista para desbordarse. —Era la única forma en la que podía demostrar lo que soy capaz de hacer—.

—Y sí que lo demostraste—, contesta el rey. —A mí y a estos guerreros de Demacia. Tal parece que podrían aprender un par de cosas de ti—.

—¡Yo no permitiré que la guardia del rey deba ser manchada por un prisionero!—, exclama la Capitana Guardia de la Corona.

—Cuando avisté a este hombre, dejó de ser un prisionero. El rey se incorpora de su silla. —Demacia fue fundada hace mucho tiempo por buenas personas que buscaban refugiarse de la maldad de este mundo. La historia de este hombre me recuerda los relatos antiguos del gran Orlon y sus seguidores. Las mismas historias que alguna vez mi padre me contó—.

Su mirada aterrizó sobre el príncipe, quien le regresó la mirada, sorprendido. —Mi hijo, la alegría de mi vida—, dice el rey —qué feliz me hace que estés aquí para presenciar este momento. Para que veas con tus propios ojos por qué debemos defender nuestros valores, para que otros puedan aspirar a hacer lo mismo. ¿Comprendes?—.

—Sí, padre—, contesta el príncipe, su voz es la de un pequeño, pero es firme.

El rey se dirige hacia delante. —Xin Zhao, me has conmovido con tu vida y con tu valentía, una sensación muy extraña que no había sentido desde hace mucho—. Se inclina para ayudar a Xin Zhao a ponerse de pie. —Aunque no hayas nacido en Demacia, te permitiré que viajes de vuelta con nosotros, a mi reino, donde demostrarás ser digno y leal como mi guardia personal—.

Xin Zhao siente cómo las manos fuertes del rey toman sus hombros.

—No tomes esta oportunidad a la ligera—.

Xin Zhao observa a Jarvan III a los ojos. Y, por primera vez en mucho tiempo, siente la alegría recorrer su cuerpo, como las olas que alguna vez llevaban al Viscero.3

El aire nocturno es frío en este extremo al norte de Kalstead. Aún falta una semana para que pueda contemplar los muros de la Gran Ciudad de Demacia, piensa Xin Zhao mientras camina afuera de su tienda. Un rostro familiar permanece en la entrada.

—¿Aún estás despierto?—, pregunta Olber.

—Iré a dar una caminata. No tardaré—.

Deambulando solo por el campamento, Xin Zhao absorbe el espíritu de sus nuevos aliados. Son un grupo ordenado, veloces para auxiliarse mutuamente y para garantizar la seguridad entre sus filas. Observar su comportamiento disciplinado dibuja una sonrisa en su rostro. Mientras da la vuelta en una esquina para ver la luna creciente, siente que una fuerza repentina lo derriba.

Su cuerpo se azota con fuerza contra el suelo.

Tras parpadear un par de veces, recobra sus sentidos y se percata de que lo arrastraron hacia el interior de una tienda iluminada débilmente. La Capitana de la espada lo observa. Junto a ella están temibles soldados portando armaduras pesadas.

—Tal vez te hayas ganado el agrado del rey, pero ante mis ojos, tú no eres demaciano—, afirma.

Mientras Xin Zhao se pone de pie, ella desenvaina su espada. Al igual que la manada que sigue a su leona, quienes la rodean hacen lo mismo.

—Te estaré vigilando—, le advierte. —Si algo le ocurriera al rey durante tu juramento de servicio...—.

Con dos manos, Xin Zhao sujeta las caras planas de la espada de la capitana. —Recibe esto como mi juramento hacia ti—.

Tianna Guardia de la Corona lo observa, asombrada, mientras él acerca a punta de la espada a su propia garganta.

—Si algo llegara a ocurrir—, dice Xin Zhao. —Puedes matarme—.

Referencias

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