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Historia corta

Ella (Historia Corta)

Por Jared Rosen

Cada vez que Viego pensaba en aquel rostro, lo veía un poco diferente.

Lore

Cada vez que Viego pensaba en aquel rostro, lo veía un poco diferente.

A veces, los ojos estaban muy separados; otras veces, muy juntos. O sus mejillas eran muy delgadas o muy anchas. A veces, sus manos no tenían los callos de una costurera; pero, otras veces, eran nudosas y gruesas por los largos días de trabajo con tijeras y agujas. Algunos días, usaba un vestido y otros, una simple túnica de trabajo; incluso había días en los que no usaba nada. Nunca era la misma, pero a la vez sí lo era; nunca estaba allí, pero siempre estaba presente. Un fantasma del corazón que Viego ya no poseía, desgarrado cuando... cuando...

Viego, en su trono destrozado y ennegrecido en el fondo del mundo, hundió su espada de rey en las profundidades de la roca subyacente, agrietando la obsidiana y provocando un brutal temblor en todas las Islas de la Sombra.

A su izquierda, yacía una pintura que ya no toleraba ver, porque el hermoso semblante de Isolde había sido demasiado perfecto para contemplar, demasiado encantador para otorgarle paz o alivio. Había arrancado la figura de ella y dejado solo la imagen de un ingenuo y joven rey que hace siglos creía que el mundo era bueno, pero que ahora estaba legítimamente muerto.

O si no estaba muerto, era otra cosa.

Viego no podía recordar casi nada de su antiguo país que no estuviera deformado por las sombras o por la angustia. En sus recuerdos, había salido a las calles de arenisca y solo había visto a Isolde frente a él. En cada fresco de cada pared estaba ella dentro de un mundo pintado que solo él podía tocar o ver. Pero cuando quería alcanzarla, la ilusión se rompía, y allí estaba él, completamente rodeado por las aguas fétidas que se la habían llevado una vez más.

Viego arrancó la espada de la roca y se irguió, golpeando el suelo y las paredes con el enorme peso de su arma mientras lloraba. Luego permaneció inmóvil por largo rato, contemplando la antigua pintura del viejo reino como si hubiera visto algo nuevo. Contemplando cómo era él antes de que la oscuridad engullera las Islas.

—Viego—, pronunció. —Tan atractivo. Tan joven. ¿En qué te has convertido, Viego? ¿A dónde te has ido?—. Tiró la pintura al piso; el marco crujió torpemente mientras el lienzo se estrujaba debajo.

—¿Dónde estás, Isolde?—, preguntó. —¿Por qué no regresas a mi lado?—.

Pero ya conocía la respuesta.

Para la mayoría, la Niebla Negra es una plaga, un vector para que monstruosos espectros que drenan la vida ataquen a los vivos y los rapten hasta que el sol muera y el mundo se caiga a pedazos.

Para Viego, es su enorme e infinita tristeza que emana sin cesar de su corazón roto. Un testimonio de su amor, de tiempos mejores, y un recordatorio cruel de lo que le arrebataron hace tanto tiempo.

Es esta misma Niebla la que recorre la tierra con sus zarcillos que infectan con su poder nefasto, drenando la vida de todo lo que tocan hasta que lo único que queda resplandece con la suave y mortecina luz verde de la Ruina. Pero también tiene un propósito, ya que mientras la tristeza de Viego mengua y decae, la Niebla avanza a oleadas, buscando, como si hubiera algo que la atrajera... algo antiguo, familiar, seguro. Los espectros y los espíritus que viajan dentro de ella tienen libre albedrío, pero la propia Niebla no: solo la busca incesantemente a ella.

Todo lo que Viego hace es por ella.

Y ahora, la Niebla encontró algo, lejos de las costas de las Islas, más allá de los muelles de Bilgewater Crest icon.png Aguasturbias y las costas de Ionia Crest icon.png Jonia. Algo en el continente, escondido dentro de una ciudad modesta en la ribera de un río. El objeto llama a Viego, grita por él, demanda su atención a toda costa. Y aunque las personas lloren, aunque huyan del velo de muerte que se extiende sobre sus hogares y campos, aunque los espectros chillen y los horrores se agiten para alimentarse, Viego escucha una única voz y solo esa voz.

—Viego—, imagina que dice, porque no puede distinguir las palabras.

El Rey Arruinado emerge de la bruma como una sombra hambrienta, despedazando al primer guardia que ve mientras levanta su espada por encima del hombro. El rostro del hombre se tuerce de dolor mientras su cuerpo se derrite y la Niebla absorbe su espíritu, pero Viego apenas le presta atención antes de descargar su espada en el segundo guardia. A su alrededor, los espectros se dan un festín con los vivos, destrozándolos mientras arrastran sus almas para que se unan a las legiones del rey.

El olor a carne chamuscada llena el aire, las flechas llueven en todas direcciones, las espadas se enfrentan y los guerreros caen.

A Viego no le importa.

Levanta una sola mano delante de la gran muralla de la ciudad y la Niebla se mueve hacia adelante, las piedras se desmoronan mientras la estructura se pudre hasta los cimientos. El rey simplemente cruza el umbral y de repente, está del otro lado. Derriba a otros dos hombres mientras se abre camino en silencio hacia la fuente de la voz y luego elimina a otro más. No significan nada. Ninguno tiene ningún peso para él, ninguno importa. Sus espíritus simplemente se elevan tras él para acatar sus órdenes.

El soberano de la ciudad está ahora frente a él, un hombre orgulloso que protege algún tipo de tesoro; de eso Viego no tiene dudas. Pero como es otro líder como él, y un eximio guerrero, tal vez pueda convertirse en un vasallo en vez de un espíritu hambriento.

—Alto—, ordena Viego, levantando una sola mano otra vez. La Niebla, los espectros, los horrores, la batalla... todo parece congelarse ante las órdenes del Rey Arruinado.

—Detrás de ti yace un tesoro cuya importancia no puedes comprender. Entrégamelo y, a cambio, me servirás personalmente—.

El hombre parece tener dificultad para encontrar las palabras adecuadas, como si no tuviera el valor suficiente para decirlas. Pero Viego le da tiempo y, despacio, las palabras se forman en su boca: —Si te doy este tesoro, ¿perdonarás a la ciudad?—.

El Rey Arruinado parece decepcionado. Si estaba meditando su repuesta o reflexionando sobre la situación, este hombre jamás lo sabrá, porque Viego aparece de repente encima de él, y su gran espada atraviesa el corazón de este rey guerrero pequeño y asustado. Su cuerpo se desliza inofensivamente por la espada gigante, mientras la oscuridad se extiende por su piel.

Viego abre de un tirón la puerta detrás de él y ahí está el tesoro.

Una caja de música antigua y desgastada, un regalo de bodas que susurra algo que Viego no puede descifrar del todo. Parece poseída por la tristeza, por un dolor infinito e incalculable, pero Viego simplemente la sostiene ante sus ojos, imaginando la tenue sonrisa que sin dudas se dibujará en la cara de Isolde el día que la vuelva a ver.

—¿Qué te han hecho, mi amor?—, murmura, mientras el hombre que asesinó se levanta despacio del suelo, con latidos fantasmales azules y verdes palpitando entre las grietas de su piel.

—No te preocupes—, le asegura a la caja de música. —Te encontraré. Es solo cuestión de tiempo—.

Y sin más, Viego desaparece mientras los espectros devoran la ciudad.

Referencias

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