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Historia corta • Lectura de 4 minutos

El Verdugo

Por John O'Bryan

Poppy no tenía nada en contra del lobo silvestre… excepto el hecho de que estaba por devorarla. De su hocico rezumaba el rojo carmesí de su víctima anterior, y la yordle no se iba a arriesgar a ser la siguiente. Estaba sobre la pista de un reconocido asesino de monstruos, y su intención no era morir sin antes encontrar al hombre y juzgar su valor.

Lore

Poppy Poppy no tenía nada en contra del lobo silvestre… excepto el hecho de que estaba por devorarla. De su hocico rezumaba el rojo carmesí de su víctima anterior, y la yordle no se iba a arriesgar a ser la siguiente. Estaba sobre la pista de un reconocido asesino de monstruos, y su intención no era morir sin antes encontrar al hombre y juzgar su valor.

—Deberías retroceder. No sobrevivirías—, aseveró Poppy mientras sostenía su martillo martillo en alto para disuadir al lobo.

Pero el lobo silvestre no se acobardó. Avanzó lentamente hacia ella, impulsado por una desesperación inusitada que Poppy no podía descifrar. Entonces vio la espuma delatora en la comisura de sus labios. El animal no estaba motivado por el hambre o el instinto territorial. Lo motivaba el dolor, y quería que acabara. El lobo saltó hacia ella, convencido de que su siguiente acción sería matar o morir.

Poppy balanceó el martillo con toda su fuerza para poner en movimiento el gran peso del arma. El golpe que le asestó partió el cráneo del animal al instante. Su dolor había terminado. Poppy no sintió placer alguno en poner fin a su vida, pero concluyó que era el mejor resultado, tanto para ella, como para el lobo.

La yordle le echó un vistazo a la pradera vacía. No encontró rastro alguno del asesino de monstruos a quien buscaba. Deambuló por el campo, siguiendo los rumores de sus acciones, con la esperanza de que este misterioso cazador fuera el héroe mítico que buscaba desde hacía años. Pero hasta ahora, todo lo que había encontrado eran hombres lobo, dragones y bandoleros, a los cuales tuvo que aniquilar en defensa propia.

Pasó semanas viajando de aldea en aldea en los rincones más remotos de Demacia. Caminaba tan rápido como su andar se lo permitía, pero el asesino de monstruos parecía estar siempre un paso adelante de ella, dejando solo un rastro de historias de hazañas heroicas. Para un yordle, el tiempo es algo curioso cuyo transcurrir apenas se siente, pero la búsqueda se estaba haciendo muy larga incluso para Poppy.

Un día, justo cuando comenzaba a dudar de ella misma y su misión, vio un aviso clavado a un poste al lado del camino:

¡Están todos invitados al Festival del Asesino!

Se trataba de una celebración para honrar al cazador de monstruos que Poppy había estado buscando. Si había un ápice de esperanza de encontrar a este héroe escurridizo, seguro sería allí. Incluso, el cazador podría aparecerse, y ella podría juzgarlo en persona y determinar si era digno de cargar con el martillo que Orlon le había legado. La posibilidad le hizo acelerar el paso; marchaba hacia la celebración con un objetivo renovado.

Poppy estaba ansiosa cuando llegó a la aldea. Sus llamativos carteles y banderines de colores proclamaban las festividades que habrían de celebrarse ese mismo día. En el mejor de los casos, hubiera preferido llegar temprano al evento y buscar un asiento en la parte trasera para pasar desapercibida. Pero el mercado central ya estaba lleno de espectadores, y a Poppy le costó trabajo escabullirse entre los cuerpos apretujados. Aún así, se abrió paso entre las piernas de los pueblerinos. Casi todos estaban muy ebrios como para notar su presencia.

—Si eshhhtuviera aquí, sí que le compraría una pinta—, farfulló una voz sobre ella. —Salvó a mis cabras de ese monstruo. Sí que lo hizo—.

El corazón de Poppy se aceleró, como siempre lo hacía cada vez que escuchaba historias acerca del cazador.

¿Y si resulta que es él el elegido?, pensó.

Pero muy dentro suyo, Poppy se hacía una pregunta diferente. ¿Qué haría una vez que se deshiciera del arma? ¿Encontraría un objetivo totalmente nuevo? Porque, sin duda, un yordle sin un propósito es un espectáculo muy triste. Dejó de pensar en todas esas cuestiones y volvió a enfocarse en la misión que la ocupaba.

La guerrera diminuta al fin se las arregló para llegar a la parte trasera del mercado. Encontró un poste de luz que era fácil de trepar, detrás de la vista del público. Trepó el poste hasta a una altura que le permitiera ver sobre la multitud.

Poppy había llegado justo a tiempo. Al otro lado del mercado, sobre una tarima, apareció un orador junto a varios oficiales demacianos. Detrás de él, algo muy alto estaba cubierto con un velo ceremonial.

Aun con sus sentidos agudos de yordle se le hizo difícil escuchar las palabras del hombre. Hablaba de un cazador de monstruos, y de cómo había salvado a muchas granjas y aldeas de dragones, lobos rabiosos y bandidos. Dijo que a pesar de que este guerrero venerado había elegido permanecer en el anonimato, esto no les impedía celebrar sus grandes hazañas. Se había divisado al asesino hace algunas semanas cerca del pueblo Uwendale. Esa fue la primera vez que los testigos confirmaron su presencia. Luego de estas palabras, el orador retiró el velo y reveló la estatua de piedra.

Poppy casi se desmaya de la emoción al ver el aspecto del cazador por primera vez. Era el modelo perfecto del guerrero demaciano: alcanzaba los dos metros de altura, estaba cubierto por una gruesa cota de malla plateada y lucía una musculatura claramente marcada. A sus pies yacía el cadáver de un lobo que, presuntamente, había asesinado.

Justo cuando la mente de Poppy había comenzado a digerir la imagen del héroe, escuchó la voz de una niña a unos pocos metros de distancia.

—Mira, pa’. ¡Es el asesino! ¡El de la estatua!—, afirmó la niña con sus ojos bien abiertos.

Poppy vio que la niña apuntaba hacia donde estaba ella. Se dio vuelta para ver si el asesino se encontraba detrás suyo. Pero no vio a nadie.

—No, pequeñita—, respondió el padre de la niña. —Ese no es el asesino de monstruos. Es demasiado pequeño, ni siquiera la mitad de su tamaño—.

La niña y su padre pronto perdieron el interés y siguieron paseando por la aldea para disfrutar de las tantas atracciones que había.

Luego de que el público frente a la estatua se disipara, Poppy se acercó para inspeccionarla. Ahora veía con claridad los detalles de la representación de mármol del cazador. Tenía el cabello largo, atado con dos nudos separados. Sus manos estaban ásperas por los cientos de batallas en las que había participado, y con ellas sostenía un martillo de batalla enorme, parecido al que Orlon le había confiado. Si en el reino existía un héroe más auténtico que éste, Poppy jamás lo había visto.

—Tiene que ser él—, se ilusionó Poppy. —Espero que no sea demasiado tarde—.

Dio media vuelta y abandonó el festival tan rápido como sus piernas se lo permitieron para emprender el viaje hacia Uwendale por la ruta más rápida.

Referencias

 v · e
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