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Historia corta • Lectura de 7 minutos

El Soldado y la Bruja

Por Graham McNeill

La Dama de las Rocas acabó con un soldado aliado. Ahora va tras Garen y su sable.

Lore

La anciana tensó la cuerda alrededor de la garganta del soldado demaciano. Había intentado hablar, algo que estaba prohibido por las reglas que ella misma había impuesto. Una infracción más y tendría el derecho de rebanarle la cabeza y usar su puntiagudo casco como orinal. Hasta entonces, solo podía tensar el agarre, esperar y mirar mientras los zarcillos de memoria pasaban de la cabeza de él hacia la de ella.

Por supuesto, podía simplemente decapitarlo cuando quisiera, pero eso no sería apropiado. Podían decir lo que quisieran de la vidente de piel gris, excepto que no seguía un código. Un conjunto de reglas. Y sin reglas, ¿en dónde estaría el mundo? Sumergido en el caos, ahí estaría. Tan simple como eso.

Hasta que él rompiera esas reglas, ella se sentaría ahí, extrayendo todo lo que él tenía, su alegría, sus memorias, su identidad, hasta acabar con él. Y después: decapitar. Y un orinal.

Una voz gritó de dolor en algún lugar cercano a la entrada de la cueva. Uno de sus centinelas, sin duda.

Después otro grito.

Y otro.

La noche prometía volverse muy interesante.

Podía percibir que era un tipo firme por el persistente golpe de sus pesadas botas sobre el suelo mojado de la cueva, anunciando cómo lentamente se aproximaba. Cuando los pasos reverberantes por fin quedaron en silencio, un apuesto hombre de hombros anchos la miró desde el otro lado de la caverna, con una severa mirada de determinación en el rostro iluminada por las antorchas tenues de la guarida. Riachuelos de sangre escurrían de su peto. Incluso desde el fondo de la habitación, podía oler algo amargo en su armadura armadura, algún tipo de olor ácido que traía calma de una forma desagradable a la magia fluyendo por sus venas.

Definitivamente sería una noche interesante.

El caballero, espada espada en mano, ascendió por los escalones de piedra al improvisado trono tallado en roca de la anciana.

Ella sonrió, esperando a que desenvainara la espada y la blandiera gritando para arrancarle la cabeza; se llevaría una sorpresa desagradable cuando lo hiciera.

El caballero, sin embargo, guardó su espada y se sentó en el suelo.

Sin emitir palabra alguna, miró fijamente a los ojos de la anciana, manteniendo la mirada. Ni siquiera rompió la conexión para voltear en dirección al soldado atado a su lado.

¿Acaso era una estrategia para despistarla? ¿Intentaba hacerla esperar, obligarla a que hablara primero?

Seguro era eso.

Aun así, era aburrido.

—¿Sabes quién soy?—, preguntó la mujer.

—Te alimentas de las memorias de los perdidos y los abandonados. Los niños dicen que eres tan vieja como la cueva que habitas. Eres la Dama de las Piedras—, dijo él con seguridad.

—¡Ja! No es así como me llaman y lo sabes. Bruja Rocosa. Así es como me dicen. Temías que te castigara si usabas ese nombre, ¿eh? ¿Intentas halagarme?—, tosió.

—No—, contestó el hombre. —Solo pensé que era un nombre descortés. Es de mala educación insultar a alguien en su propia casa—.

La anciana vidente se rio hasta que se dio cuenta de que no estaba bromeando.

—¿Y el tuyo?—, preguntó. —¿Cuál es tu nombre?—

Garen Garen Guardia de la Corona de Demacia—.

—Estas son las reglas, Garen Guardia de la Corona de Demacia—, dijo ella. —Viniste por tu soldado perdido. ¿Correcto?—

El hombre asintió.

—¿Pretendes matarme?—, preguntó la mujer.

—No puedo mentir. Creo probable que o usted o yo moriremos, sí—, contestó él.

La mujer rio.

—Estás deseoso de derramar mi sangre, ¿verdad? Tal vez lo logres, con esa armadura—. Enroscó la cuerda con su mano ancestral apretando aún más el cuello del soldado. —Aun así, si levantas tu espada contra mí antes de que hayamos terminado nuestro asunto, jalaré esto tan rápido que escucharás el crujido de su cuello resonar en tu mente por el resto de tus días—.

Tiró de la atadura para enfatizar sus palabras.

La mirada de Garen permaneció impávida, concentrada en sus ojos.

—Así que, las reglas. Si puedes darme una sola memoria que encuentre más deliciosa que las acumuladas en la mente de este—, dijo, dando un golpecito al casco del prisionero —la tomaré de ti y te lo devolveré a él—. Miró los ojos de Garen con atención, tratando de encontrar alguna señal de duda. —Si no puedes, bueno...— tensó el agarre de la atadura del soldado. —Si alguno de los dos intenta renunciar a nuestro trato, el otro está autorizado a cobrar una compensación de la forma que le plazca, sin resistencia. ¿Estás de acuerdo?—

—Sí—, contestó Garen.

—Entonces, déjame escuchar tu oferta inicial. ¿Qué vale la vida de este soldado para ti? Disculpa mi descortesía, me referiría a él por su nombre, pero lo olvidé—.

—Yo tampoco sé su nombre. Se unió a mi batallón hace poco—, dijo Garen.

La anciana frunció el ceño. Claramente no sabía en lo que se estaba metiendo.

—Te ofrezco una memoria—, dijo él —de mi infancia. Mi hermana hermana y yo cabalgábamos la espada de mi tío mientras él ladraba como un sabueso noxiano. Nos reímos durante horas. Es una buena memoria, inmaculada, sin rastros de lo que le ocurriría a él a manos de alguien como tú—.

La anciana rascó la membrana gelatinosa de su ojo.

—Me faltas al respeto—, replicó. —Crees que puedes ofrecerme un recuerdo alegre, como si eso fuera todo lo que pudiera saborear—. Tomó la cabeza del soldado y saboreó las volutas de recuerdos que fluían hacia su mente. —Quiero... todo. El dolor, la confusión, el enojo. Me mantienen joven—. Rio, arrastrando un torcido dedo por su mejilla arrugada.

—Te ofrezco mi pena, entonces, la que sentí cuando murió mi tío—, dijo Garen.

—No es suficiente. Me aburres—, dijo la Dama de las Piedras y tensó más la atadura.

Garen se puso de pie de un salto y desenvainó su espada. El corazón de la bruja dio un brinco ante la posibilidad de matar al impaciente caballero joven. Pero en lugar de atacar, él se arrodilló, bajó la cabeza ante ella y suavemente colocó la punta de la espada en su regazo, apuntada hacia la mitad de su cuerpo.

—Busca en mi mente—. —Toma la memoria que desees. Soy joven, pero he visto mucho y he experimentado una vida privilegiada que podrías encontrar placentera. Si intentaras tomar más de una memoria, por supuesto, te atravesaría con esta espada, pero cualquier memoria es tuya para que la conserves—.

La mujer no pudo evitar soltar una carcajada. ¡La arrogancia de este chico! ¿Tenía las agallas de pensar que una de sus memorias podía superar la vida entera que podía absorber de su colega?

Su coraje, o ignorancia, era incuestionable. Algo digno de respeto de cualquier modo.

Relamiéndose los labios, se inclinó y colocó las palmas sobre su cabeza. Cerró los ojos y despegó las capas de su mente.

Vio un triunfo en la Batalla de Roca Blanca. Probó el asado de ciervo lira en el banquete de la boda de su teniente. Sintió una lágrima solitaria caer mientras sostenía a un compañero agonizante en los campos de Tierraudaz.

Y después vio a su hermana.

Sintió su intenso amor hacia ella, mezclado con... algo más. ¿Miedo? ¿Aversión? ¿Incomodidad?

Se adentró más profundo en su mente, más allá de sus memorias conscientes. Sus dedos examinaron sus pensamientos, haciendo a un lado todo lo que no estaba relacionado con la chica de cabello dorado y gran sonrisa. Su armadura hacía la búsqueda más complicada de lo normal, pero la anciana persistió hasta que...

La infancia. Los dos jugando con pequeñas figuras. Los soldados de él atacando a los magos de ella, listo para destruirlos. Ella le dice que eso no es justo, que ellos tienen magia y que debería de ser una pelea justa. Él se ríe y derriba a sus magos, haciéndolos a un lado con sus cruzados de metal. Molesta, la chica grita y de pronto se dispara una luz de la punta de sus dedos y él queda cegado, confundido y espantado. Su madre se la lleva, pero antes de que abandone la habitación, se arrodilla y le dice al niño que él no vio lo que creyó ver. No era real, solo fue un juego. El chico, boquiabierto, asiente. Solo un juego. Su hermana no es una maga. No podía serlo. Garen empuja la memoria tan profundo como puede.

Con los dedos estirados, la mujer anciana encuentra más y más recuerdos como este esparcidos en la infancia del caballero, cada uno de ellos termina en un cegador haz de luz. Enterrados profundamente. Mezclas cacofónicas de amor, miedo, negación, enojo, traición y protección.

El caballero no se había equivocado: estas eran buenas memorias. Más jugosas que las que le había proporcionado el hombre quebrantado.

La mujer sonrió. El caballero había sido astuto al colocar su espada contra su estómago, pero no lo suficiente. En cuanto ella tomara un recuerdo, él olvidaría que alguna vez fue suyo; podía tomar todo lo que ella quisiera.

Abrió los dedos y examinó sus memorias, buscando cualquier cosa que involucrara a la chica de la luz. Juntó todos los recuerdos que encontró antes de arrebatarlos de su mente.

—Sí—, dijo ella, abriendo los ojos. —Con esto bastará—. La anciana señaló hacia la salida de la cueva.

—Tu oferta es aceptada. Un solo recuerdo por una sola vida. Toma al chico y lárgate—.

Garen se puso de pie y se movió hacia el soldado atado. Se agachó, ayudó al soldado a pararse y comenzó a caminar hacia atrás, dirigiéndose a la salida de la cueva, sin apartar la mirada de ella.

Interesante. Le preocupaba que fuera a romper el acuerdo. Pobre de él que no se había dado cuenta de que ya lo había hecho.

El caballero se detuvo.

Dejó a su acompañante en el suelo y arremetió contra ella, sin dejar de clavarle la mirada.

La anciana se entusiasmó con su impetuoso intento. Era demasiado grande, demasiado torpe, demasiado lento para alistar su voluminosa espada antes de que ella pudiera atacarlo. Las puntas de los dedos crepitaron con energía oscura, sedienta de beber más de su mente, pero no podía quitar los ojos de los suyos. En ellos, vio los años de memorias exquisitas de los que se alimentaría, hasta que no quedara nada para...

Sintió algo frío en su interior. Algo metálico. El olor amargo de la armadura del caballero era aún más fuerte ahora, le hacía cosquillas en la parte trasera de la garganta.

La bruja miró hacia abajo y vio la espada de Garen emergiendo de su pecho. Manchas rojas y negras salían de la herida, goteando en los guantes del caballero mientras él observaba fijamente sus ojos.

Era más rápido de lo que había pensado.

—¿Por qué?—, intentó decir, solo para escupir bilis negra.

—Mentiste—, contestó él.

La bruja sonrió, con alquitrán burbujeante entre sus dientes. —¿Cómo lo supiste?—

—Me sentí... más ligero. Aliviado—, contestó Garen.

Parpadeó.

—No se sentía bien. Devuélvemelas—.

Pensó por un momento mientras su sangre se mezclaba con el barro del suelo frío de la cueva.

Los dedos de la bruja se adormecieron al tiempo que los colocaba en el cráneo de Garen, forzando las memorias de vuelta a su mente. Garen apretó los dientes adolorido y cuando abrió los ojos, ella pudo percibir por su agotamiento que él había recibido todo lo que quería. Pobre tonto.

—¿Por qué molestarse con el intercambio?—, preguntó la anciana. —Eres más fuerte de lo que creí. Mucho más fuerte. Atado o no, pudiste haberme rebanado antes de que pudiera mover un solo dedo. ¿Por qué molestarse en dejarme entrar a tu mente?—

—Derramar sangre en la casa de un extraño sin darle oportunidad sería... descortés—.

La bruja rio.

—¿Es una regla demaciana?—

—Es una regla personal—, dijo Garen y sacó la espada del pecho de la bruja. La sangre brotó de la herida y ella se desplomó, muerta.

Garen no le dirigió otra mirada mientras levantaba al soldado y comenzaba el largo trayecto de vuelta a Demacia.

Y sin reglas, pensó para sí mismo, ¿en dónde estaría el mundo?

Referencias

 v · e
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