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Historia corta

El Reinado Final

Por Michael Yichao

Un puño levantado. Un aluvión de poder nigromántico. Frente a él, el último capitel de la última torre toma forma, el humo oscuro se fusiona con el hierro negro. Mordekaiser contempla su dominio con orgullo sombrío.

Lore

Un puño levantado. Un aluvión de poder nigromántico. Frente a él, el último capitel de la última torre toma forma, el humo oscuro se fusiona con el hierro negro. Mordekaiser contempla su dominio con orgullo sombrío.

Mitna Rachnun, su Más allá, está listo.

Alguna vez él estuvo aquí, en este mismo lugar, un alma mortal frente al vacío del olvido. Ahora, un reino se despliega frente a él, forjado gracias a su esfuerzo.

Anda con pasos largos por el camino hacia su fortaleza y goza con satisfacción el resultado de su trabajo. Cada piedra que pisaba era obra suya. Las almenas y las murallas, formadas mediante magia cruel y una voluntad férrea.

En donde no había nada, Mordekaiser construyó su propia realidad, un reino en el que todas las almas vivirían por el resto de la eternidad, sin posibilidad de desvanecerse.

Sahn-Uzal parpadeó y miró a su alrededor. Confundido, su mente se puso en blanco.

Estoy muerto.

El pensamiento revoloteó como un susurro en el viento. Mientras la confirmación de la certeza se asentaba en él, tan solo por un momento sintió cómo una tristeza fugaz inundaba su corazón. Después, brotó la risa, un rugido proveniente de sus entrañas que se apoderó de todo su cuerpo, desbordándose por su pecho hasta derramarse como una cascada estruendosa.

Bien.

Sahn-Uzal escudriñó con la mirada la distancia hacia el gran portal de almas que conduciría hacia el conocido Salón de los Huesos. Buscó a los ayudantes que lo llevarían, triunfal, hacia lo eterno. Saboreó la creciente emoción que experimentaba al pensar que se encontraría con los grandes conquistadores que le precedieron.

Sin embargo, hasta donde la vista alcanzaba, lo único que había era niebla.

Sahn-Uzal dio un paso hacia delante, para después bajar la mirada, sorprendido. Arena fina, una arenilla gruesa, yacía bajo sus pies. Podía escuchar a la distancia el crujir de voces discordantes, demasiado tenues como para formar palabras.

Esto no tiene sentido.

Se decidió a explorar el páramo, determinado a averiguar la verdad.

El tiempo pasó, inconmensurable.

La confusión se mezcló con la desconfianza. La desconfianza avivó el enojo. El enojo estalló en furia.

Nada.

No hay nada.

Las arenas disecadas se extendían infinitamente. Las voces implacables continuaron con su murmullo, como una comezón enloquecedora en lo profundo de su mente. La niebla nunca se reducía; por el contrario, merodeaba eternamente como una mortaja que lo cubría todo.

¿Habían mentido los sacerdotes? ¿O eran falsos profetas que engatusaban a tontos con sus supersticiones vacías? ¿O podría ser que los ancestros cometieron un grotesco error de juicio y no lo recibieron en los grandes salones?

En un principio, estas preguntas lo carcomían. Pero no eran importantes. Sahn-Uzal ahora se daba cuenta de ello. Nada importaba, salvo la verdad presente y apremiante: no había nada aquí. Un vasto vacío, desprovisto de recompensa alguna. Desprovisto de promesas.

Mientras esta verdad se colaba en él, la sombra de la desesperanza asediaba a Sahn-Uzal, ávida por consumirlo.

Pero él era Sahn-Uzal. Conquistador de las tierras salvajes. Amo de las tribus. Había construido un imperio en donde no había nada. En vida, había superado todas las adversidades y conquistado la desesperanza mediante voluntad y ambición. En la muerte, las cosas no serían diferentes.

Si la muerte no alberga los reinos que me fueron prometidos, yo los forjaré.

Mordekaiser camina bajo los rastrillos interiores, diseñados a semejanza de los del Bastión Inmortal, su sede de poder mortal. Atraviesa la entrada hacia el gran salón.

Ante él, se cierne su trono.

A su alrededor, en una cacofonía constante, los lamentos eternos de las almas incrementan y se silencian, un coro maldito de angustia. Pero Mordekaiser no los escucha o, más bien, los escucha como si fuera el sonido del metal en un campamento de guerra, o el de las botas sobre la grava durante una marcha forzada: sonidos comunes, irrelevantes en su banalidad.

Después de todo, las almas dignas están de pie, alineadas a lo largo del salón; ninguna de ellas se atreve a hablar.

Todo es como debe ser.

Mordekaiser avanza hacia su trono.

El tomo arcano flota sobre su pedestal, sereno e intacto. Es un contraste extraño frente a toda la sangre derramada a su alrededor.

El último mago sobreviviente levantó una mano débil, con la sangre deslizándose por su ceja. Pequeñas lenguas de fuego danzaban entre sus dedos: un hechizo final, un último intento desesperado.

Desconcertado, Mordekaiser habló. —Esa magia te consumirá, mortal. Así como a tu preciado libro—.

El mago escupió sus palabras. —Yo no importo. Nada importa, salvo impedir que lo consigas—.

Una gota de fuego, ardiente y azul, brotó de las manos del mago. Envolvió al Renacido de Hierro que se cernía sobre él. La energía abrasadora se esparció por los brazos del mago; la reacción del hechizo partió su propia carne. Aun así, el mago no se detuvo; sus dientes tronaban mientras los mostraba, desafiante.

Mordekaiser dio un paso hacia delante, un espíritu encerrado en una armadura de hierro negro, protegiendo el tomo de las llamas. En sus manos, Ocaso, su infame maza, emitía una luz verde efímera. El calor del fuego quebró la piedra y derritió la carne de los otros magos muertos. Pero Mordekaiser permaneció de pie, estoico ante la arremetida.

Finalmente agotado y con el cuerpo roto, el mago cayó sobre sus rodillas, su respiración desgarrada emitía una plegaria susurrada para que su poder fuera suficiente.

Si Mordekaiser aún hubiera tenido un cuerpo de carne, habría sonreído. —Poco convincente—.

El mago suprimió un sollozo cuando Mordekaiser se acercó. Entrecerró los ojos para mirar al espectro y habló desde su seca y quebrada garganta.

—¡No encontrarás lo que buscas! Un monstruo salvaje nunca entendería los secretos del Tomo de los Espíritus y...—.

Un golpe de la maza. Un estruendo satisfactorio.

Otra fuente de sangre se unió a los pegajosos charcos que se coagulaban en el salón. Otro mago quebrantado, el decimotercero, cayó al suelo.

Mordekaiser se rio.

—Confundes la brutalidad con la ignorancia—.

Miró todos los cadáveres alrededor de la habitación y murmuró un verso en la inefable lengua de los muertos.

Una lucha lamentable

Liberados de la carne

Son todos míos

Golpeó a Ocaso contra el suelo. Su fulgor incrementó: parecía que respiraba por cuenta propia. Trece halos de luz emanaron de los cuerpos despedazados, para después hundirse de vuelta en la tierra.

Mordekaiser volcó de nuevo su atención en el libro, el cual aún flotaba en su lugar, zumbando con magia espiritual. Otra pieza de conocimiento para sus planes. Otro tesoro en su conquista.

Dio un paso adelante para recoger su premio.

El trono se cierne ante él. Su reverso de pilares de hierro se extiende hacia arriba y se estrecha en crueles puntas. Escrituras Ochnun, angulares y agudas, se expanden por toda la tarima del trono. Aquí, el susurro constante es casi un rugido, incesante y desesperado. Mordekaiser posa una mano sobre el apoyabrazos, orgulloso de su trabajo. La creación de esta pieza requirió más almas que cualquier otra parte de su fortaleza. Los lamentos que emanan del trono son música para sus oídos.

Con el pensamiento, Mordekaiser llama a Ocaso para que vaya a sus manos. Con un movimiento, él destruye el trono.

Al ser liberadas, resuena en el gran salón el chillido de cien almas, disipándose en el olvido. Con sombría satisfacción, Mordekaiser observa cómo se desvanecen.

Los tronos son para los mortales agobiados por la carne y el cansancio humano. Ahora, él es más que eso.

Se para sobre el hierro torcido y mira hacia atrás a través de su gran salón. Sus generales, almas lo suficientemente dignas como para morir por su mano la última vez que caminó por el reino físico, están de pie, firmes en su posición. Ninguna vacila como respuesta. Ninguna se moverá sin su orden directa.

Ahora, su reino está verdaderamente listo.

Mordekaiser avanza por el gran salón, en dirección al corazón de su fortaleza, el eje central de su poder y de sus maquinaciones. Hacia una reliquia que ata a Mitna Rachnun con el reino mortal. Hacia el lugar que le da al corazón secreto del Bastión Inmortal su verdadero propósito.

En su primera vida, se vio a sí mismo como un gran conquistador, digno de los salones eternos de su destino. ¡Qué pequeñas, qué insignificantes, qué mortales eran sus ambiciones en ese entonces! Mientras otros aceptaban la muerte como el final, él la utilizó para forjar el comienzo de su verdadera conquista. Y ahora… puede oír y comprender cada susurro de este reino con una claridad rigurosa. Ahora, la magia de la muerte misma fluye a través de él. Ahora, posee los secretos arcanos reunidos a lo largo de su segunda vida, arrebatados de los lugares escondidos y desconocidos del mundo. Muy pocos seres pueden declarar el dominio de las magias de espíritu, muerte y vida mortal que él posee. Hará uso de ellas para formar todos los reinos acorde a su voluntad de hierro.

Llegó el momento de regresar al mundo de los vivos. Todas las almas de Runaterra esperan.

Mordekaiser levanta a Ocaso en una mano.

Y así, comienza su reinado final.

Referencias

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