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Historia corta • Lectura de 9 minutos

El Regalo del Veneno

Por Matthew Dunn

Para la mayoría, cien años es un periodo muy largo. En un siglo se podría explorar el mundo entero, conocer miles de personas o realizar incontables obras de arte. Por eso sería fácil pensar que permanecer en el mismo lugar durante más de un siglo es un desperdicio brutal de tiempo. Pero durante ese siglo, Ivern Pies de Espino logró más de lo que nadie alcanzaría siquiera a soñar.

Lore

Para la mayoría, cien años es un periodo muy largo. En un siglo se podría explorar el mundo entero, conocer miles de personas o realizar incontables obras de arte. Por eso sería fácil pensar que permanecer en el mismo lugar durante más de un siglo es un desperdicio brutal de tiempo. Pero durante ese siglo, Ivern Pies de Espino Ivern Pies de Espino logró más de lo que nadie alcanzaría siquiera a soñar.

Por mencionar algunas de sus hazañas, consiguió mediar en una disputa entre una colonia de líquenes y la roca en la que vivían, ayudó a todas las generaciones de ardillas a encontrar las bellotas que habían escondido durante el otoño para pasar el invierno y convenció a un lobo solitario a volver a la manada que había abandonado porque le habían dicho que su aullido era muy agudo.

Ivern enterró los pies y los enrolló entre tubérculos vigilantes y gusanos despistados para relacionarse con las raíces de otros árboles ancianos, y el bosque a su alrededor floreció. Esos son solamente algunos ejemplos de todo lo que hizo Ivern durante aquel siglo.

Todo iba bien hasta que los sasafrases comenzaron a murmurar que estaban ocurriendo cosas oscuras en los límites del bosque.

—¡Cazadores!—, gritaron sus raíces, y alarmaron a medio bosque.

Ivern sabía que los sasafrases eran unos árboles que se alarmaban por todo y entraban en pánico por la más mínima desviación en el camino de un caracol y que, después de todo, cazar no era algo tan grave, puesto que nada se desperdicia en el ciclo de la vida. Pero los sasafrases habían preocupado a los petirrojos, y estos se lo habían contado a las mariposas... y contarle un secreto a una mariposa es como contárselo a todo el bosque.

Así que Ivern se puso en pie, allanó una colonia de hormigas que había alterado al moverse y se alejó sacudiéndose la corteza. A medida que avanzaba, veía lo alarmados que estaban todos.

—Hay tres de ellos—, aseguraban las ardillas.

—Sus ojos son como lunas de sangre—, farfullaban los Escurridizo cangrejos escurridizos antes de ocultarse en el río.

—Más sedientos de sangre que los elmarks—, advirtieron los elmarks.

Las aves migratorias juraban que los cazadores iban tras sus huevos. Los crisantemos temían por sus pétalos, y eso preocupaba muchísimo a Daisy, pues les tenía mucho cariño a las flores. Ivern los calmó a todos y les pidió que permanecieran ocultos hasta que el peligro hubiera pasado. Fingió no darse cuenta de que Daisy lo seguía, porque sabía que ella se creía bastante sigilosa.

Un octoyak yacía muerto en la hierba. Tenía tres flechas clavadas profundamente en la base del cuello. Mientras una lágrima descendía por el arbóreo rostro de Ivern, una ardilla que había bautizado como Mikkus subió rápidamente por su tronco y se posó en su mejilla para darle solaz.

—Los cazadores comen carne—, dijo en voz bien alta. —Los cazadores hacen juguetes y herramientas con los huesos. Los cazadores cosen las pieles y se visten con ellas—.

Al cadáver le habían sido retirados los ocho colmillos. Ivern tocó el suelo, y un círculo de margaritas floreció floreció alrededor del octoyak muerto. Vio a una pequeña víbora pétrea serpenteando en la lejanía. Las víboras pétreas son muy sabias sin importar su edad.

—¿Sssssssseguro?—, preguntó la serpiente.

Ivern sabía que a las serpientes les avergonzaba el siseo, y que evitaban las palabras con sonidos sibilantes. Él las había instado a aceptar las palabras que más temían, pero se lo tomaron demasiado a pecho y ahora solo utilizaban palabras que comenzaran con "s".

Las serpientes son alumnos sobresalientes.

—Sí, ya vuelve a ser seguro, pequeño.— El pobre debe de haberlo presenciado todo. —Quédate por aquí y vigila al octoyak por mí,— le pidió. —Volveré cuando llegue al fondo del asunto—.

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Los cuernos del octoyak sonaban al chocar entre ellos con cada paso que daba Risbell, tanto que al final tuvo que detenerse y atarlos de un modo distinto para no ahuyentar a su siguiente presa. Con aquellos cuernos, iba a ganar una fortuna. En la ciudad pagaban bien por los remedios caseros de este tipo.

Niko, la cazadora con un solo ojo y la mandíbula cuadrada, descubrió las huellas de otro octoyak. Le hizo un gesto a Eddo, el ricachón de ciudad con el arco de hueso de ballena, para que se acercara. Eddo sonrió, y la malicia en sus ojos hizo que Risbell, que era la más joven, sintiera un escalofrío.

En un claro cercano, otro octoyak se deleitaba con su variedad de hierba preferida. Los tres cazadores se aproximaron lenta y silenciosamente, sin pisar ni una hoja seca.

Con la sincronización de su entrenamiento, los tres prepararon los arcos y apuntaron con cuidado. El octoyak tenía la cabeza baja, ya que estaba alimentándose de bayas y hierba, de modo la zona muscular del cuello donde iban a disparar quedaba fuera de ángulo. Al atravesarlo, esa zona seguiría sangrando mientras los cazadores extraían los cuernos. Era muy importante obtenerlos mientras el octoyak seguía vivo para asegurar la máxima potencia, o eso decía Eddo.

El sudor recorría su frente mientras esperaban el momento en que el octoyak alzara la cabeza. Cuando por fin la estaba alzando, la vegetación del claro creció creció increíblemente rápido, justo a la altura suficiente para bloquear su línea de visión. Los tallos se alzaron hacia el cielo, y los coloridos pétalos de las flores se abrieron al instante. Un muro de hierba cubrió al octoyak por completo.

Eddo dejó caer el arco. El ojo bueno de Niko parecía que se le iba a salir de la cuenca. La flecha de Risbell salió disparada hacia el aire sin que ella hubiera realizado el disparo. Retrocedió aterrorizada hasta que su espalda se topó con el árbol más cercano.

—Les dije que este bosque estaba maldito—, susurró. —Deberíamos largarnos—.

—No es la primera vez que me enfrento a la magia—, aseguró Niko. —Haré esto a la vieja usanza—.

Guardó la flecha en el carcaj y desenfundó la daga de su cinturón.

Eddo hizo lo mismo. Ambos hicieron un gesto a Risbell para que se quedara ahí con el botín de caza mientras cruzaban el muro de hierba sin hacer ruido. Ella esperó y aguantó la respiración, pero no oyó nada. Esperaba llegar a ser igual de sigilosa que sus compañeros algún día. Pero no podía dejar de pensar en que el muro de vegetación era un aviso que deberían haber acatado. Recordó las historias que le había contado su abuela sobre las extrañas criaturas que moraban por el mundo. Historias para niños, se dijo a sí misma.

En la lejanía se produjo un sonido extraño e inquietante. No era el ruido de un octoyak, sino el de un golpe seco de rocas contra el suelo. Fuera lo que fuese que había causado aquel sonido, bastó para que Eddo y Niko volvieran corriendo asustados como alma que lleva al diablo. Estaban muy pálidos y tenían ojos como platos. Entonces vio lo que había provocado la huida de sus compañeros.

Una flor, un crisantemo de pétalos níveos, estaba bailando sobre la hierba. Una escena bastante curiosa, desde luego.

Pero entonces se dio cuenta de que se estaba acercando. Algo se abrió camino por la cortina de hierba, y entonces vio al bégimo de piedra y musgo. Una encarnación de granito, con una fuerza descomunal y moviéndose con ritmo. Cuando Risbell por fin asimiló lo que estaba pasando, oyó una voz que trataba de calmar a aquella criatura.

—¡Daisy! Ten cuidado. ¡Y... no abraces muy fuerte!—

Risbell recogió el paquete de colmillos y salió corriendo detrás de Niko y Eddo, intentando recordar el camino que llevaba hasta el campamento. De cada árbol que alcanzaba brotaba brotaba un nuevo muro de hierba. Había algo acechando en la hierba, algo que crujía al caminar y que soltaba risitas al ver que Risbell andaba en círculos buscando una salida. Estaba sola en aquel bosque extraño, y detrás de cada árbol infernal había más y más hierba que no dejaba de crecer.

Risbell era consciente de que la estaban acorralando igual que su abuela solía hacer con las ovejas. Sabiendo que se dirigía a una trampa, Risbell hizo de tripas corazón y siguió la hierba.

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Ivern contempló a la joven cazadora mientras salía del laberinto de hierba y llegaba al cuerpo del octoyak. La pobre parecía aterrada. Se notaba que no había visto nada parecido en su vida. Él intentaba ser amable, pero las reacciones de los humanos eran tan individuales. Nada que ver con el canto de las solmendrinas.

—No te asustes, por favor. A no ser que sea tu estado natural. Si es así, asústate cuanto quieras. Yo puedo esperar. De verdad que no me importa—.

Ivern no quería asustar a nadie. Pero uno no controla las emociones de los demás.

—¿Qué esperas?—, preguntó Risbell. Tenía la voz temblorosa y los ojos entrecerrados. —Entré sin ningún derecho, lo sé. Estoy a tu merced. Solo pido que sea rápido—.

—¿Rápido?—, Ivern se encogió de hombros.— Claro. No se me había ocurrido que tuvieras prisa por ir a otra parte. Que así sea entonces—.

Ella cerró los ojos y alzó la barbilla para dejar la garganta expuesta. Llevó la mano a la funda de su cinturón y rodeó la daga con los dedos. Si venía a por ella, se llevaría una sorpresa.

—Solo quiero saber por qué—, dijo Ivern alegremente. Señaló hacia el octoyak muerto con sus dedos como ramas. Estirando uno de sus brazos extremadamente largos, acarició aquel pelaje con manchas de sangre.

Cuando desenfundó la daga, Risbell sintió un fuerte dolor en el tobillo. Una sensación de frío se extendió por su pierna. Cuando miró hacia el suelo, vio la causa: una víbora pétrea, el áspid más venenoso del Bosque Antiguo.

La ira y el instinto hicieron que arremetiera contra la serpiente.

—¡No!—, gritó Ivern.

Del suelo surgieron unas raíces raíces que inmovilizaron el brazo de Risbell para que no llegara a golpear. También se enrollaron en sus muñecas, sus tobillos y sus rodillas. En uno de sus esfuerzos por liberarse, se le cayó la daga al suelo.

—¡Voy a morir!—, gritó. El frío del veneno ya le llegaba más arriba de las rodillas.

La serpiente reptó hasta los pies de Ivern y se le enrolló en la pierna hasta que alcanzó su axila y se adentró en ella. Volvió a salir por la parte trasera de su cabeza, enrollándose en una de las ramas, y siseó con su lengua bífida a tocar del oído de Ivern.

—Ssssin querer—, siseó. —Ssssusssto—.

—Por favor—, imploró Risbell. —Ayúdame—.

Ivern reflexionó durante un segundo.

—¡Ah, sí!—, El brillo en sus ojos delató una idea. —Sé de alguien a quien le encantan los octoyaks. Especialmente los muertos—.

—Y por favor, perdona a Syrus. Acaba de salir del huevo y todavía no controla el veneno. Me temo que te ha suministrado la dosis completa. Quiere que sepas que lo lamenta muchísimo. Lo asustaste y reaccionó por puro instinto—, dijo Ivern. —Ahora observa—.

El hombre arbóreo se arrodilló sobre el cuerpo del octoyak, cerró los ojos y tarareó una melodía terrestre. Tenía las manos bien abiertas y enterradas. Las runas de su cabeza emanaron una luz verdosa que pasó a sus brazos, y de ahí hasta el suelo. Unos hongos moradas surgieron del cuerpo inerte del octoyak. Al principio eran diminutas, pero crecieron hasta ocupar todo aquel cuerpo. Unos momentos después ya solo había pelaje, huesos y un montón de hongos púrpura.

—Hongos salvardiente—, murmuró Ivern mientras arrancaba uno con extrema delicadeza. —Siempre tan puntuales—.

Las raíces dejaron libre a Risbell, que se desplomó llevándose instintivamente las manos al corazón. Los pinchazos gélidos del veneno ya habían alcanzado el pecho.

—Cómete esto—, dijo Ivern mientras le ofrecía el hongo morado a la mujer moribunda. —No sabrá tan bien como el rocío de salamandra o la luz del sol, pero tampoco es tan horrible como las pulgonzanas—.

Risbell no tenía ni idea de lo que decía el hombre árbol, pero en aquel momento sus alternativas eran más que limitadas. Una voz del pasado resonó en su interior. Su abuela. Confía en la naturaleza. El Árbol Padre te ayudará a encontrar tu camino.

Tomó el hongo de la mano de Ivern. Sabía a té amargo y abono... una última comida decepcionante. Entonces, el frío agarre que oprimía su corazón comenzó el deshielo y la retirada. A los pocos minutos, las piernas volvían a funcionarle.

Cuando se recuperó, Ivern le preparó una infusión de hojas, savia y agua de un manantial subterráneo que había descubierto con los pies. Se lo sirvió en un pequeño nido que le trajo una de las aves migratorias.

—¿Eres tú, verdad? El Árbol Padre—.

Ivern se encogió de hombros como si no lo supiera. —¿Saben qué podemos hacer aquí?, preguntó, centrando su atención en los huesos del octoyak. —Al musgo le encanta decorarlo todo—.

Dicho y hecho, apenas terminó de hablar el musgo recubrió los huesos. Junto a los hongos, lo que unos minutos antes había sido desolador ahora era hermoso.

—A Sheldon le encantaría ver lo hermosos que han quedado sus huesos. Los tejones hallarán resguardo en sus costillas para las tormentas de otoño. Todo se aprovecha—, afirmó Ivern, y volvió a centrarse en Risbell. —Parece un sinsentido, pero tiene todo el sentido del mundo. Si él no hubiera muerto, tú no habrías sobrevivido—.

—Queríamos sus colmillos—, explicó Risbell. Bajó la vista, avergonzada. —Los ricos los piden a gritos. Pagan mucho por ellos.—

—Recuerdo el dinero. Rara vez es un buen motivo—.

—No deberíamos haberlo matado. Mi abuela solía decirme que, si hay que matar, tiene que aprovecharse todo para honrar a la bestia—.

—Me encantaría conocer a tu abuela—, aseguró Ivern.

—Está bajo tierra—.

—Volver a la tierra de la que un día nacimos es algo noble—.

—Lo siento—, dijo Risbell tras un largo momento de silencio.

—Toda vida es valiosa—. La gentileza y la clemencia que Ivern transmitía con su voz hicieron que Risbell no pudiera contener las lágrimas. Ivern le dio unas palmaditas en la cabeza. —Yo no sabría manejar mejor esta situación. Tengo tantas cosas que recordar sobre los humanos, y tantas otras que olvidé aprender...—

Ivern ayudó a Risbell a ponerse de pie.

—Ahora debo irme. Prometí a los renacuajos del Estanque Sur que supervisaría sus elecciones para el nuevo rey nenúfar. Son unas elecciones bastante disputadas—.

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Un rato después, Risbell estaba cerca del río, cerca de la línea de árboles. Después de beber un poco, hizo un agujero e introdujo en él los colmillos. Mientras echaba un poco de tierra encima, recitó la plegaria para honrar que le había enseñado su abuela, y repitió el ritual hasta que los colmillos estuvieron enterrados. Después inclinó la cabeza en señal de reverencia y se alejó de aquel lugar señalado como una tumba.

Desde las profundidades del Bosque Antiguo, Ivern sonrió. Los octoyaks de la manada estarían orgullosos.

Referencias

 v · e
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