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Freljord The Eye In The Abyss
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Historia corta • Lectura de 35 minutos

El Ojo en el Abismo

Por Anthony Reynolds Lenné

Sigvar Mediocarcaj se apoyó en una rodilla, con la cabeza inclinada, mientras el viento al otro lado de las puertas aullaba como los espectros de hielo de las leyendas.

Lore

Sigvar Mediocarcaj se apoyó en una rodilla, con la cabeza inclinada, mientras el viento al otro lado de las puertas aullaba como los espectros de hielo de las leyendas.

Él era la Cuchilla de las Cumbres, la Sangrienta Espada de la Púa Invernal. Había tomado la cabeza del caudillo de los Niños Elegidos, Helmgar Cragheart, y había defendido el Valle de las Espinas solo, frenando a la tribu Cuervolamento, hasta que llegaron los refuerzos de la ciudadela.

Además, Sigvar era un Hijo del Hielo.

Y aun así, a pesar de todas sus hazañas y los honores obtenidos bajo el Ojo de Lissandra OriginalSquare Lissandra, mientras estaba arrodillado en los portales abiertos de la ciudadela de la Guardia Helada, con el azote del viento y el gemido sobrenatural de la criatura del Abismo de los Lamentos fustigando a su alrededor, sintió un revoloteo de inquietud ante la tarea que le esperaba.

No traía puesta su armadura negra y pesada, puesto que su peso habría sido poco práctico para lo que venía, pero se sentía cómodo portando su escudo en la espalda y su espada en su cadera. Las expectativas dependían de él. Rezó porque no lo consideraran deficiente.

—Ahora mismo se adentrarán a la oscuridad que hay debajo, hermanos y hermanas de la Logia—, dijo Ralakka Lenguabífida, Padre Escarchado de los Guardianes —pero no estarán solos. Nosotros, los Hijos de la Sombra Congelada, nunca estamos solos, ni durante los inviernos más oscuros de la extensión helada, ni en los abismos más profundos de los caminos ocultos. El Ojo de Lissandra cuida de nosotros, ahora y siempre—.

—Del hielo nacemos, al hielo volveremos—, entonó Sigvar; sus palabras hacían eco de las de dos miembros más de la logia, arrodillados junto a él.

A su izquierda estaba Olar Puño de Piedra, una leyenda de la Guardia Helada que había peleado en sus filas la mitad de su vida, incluso antes de que Sigvar naciera. Con aspecto lobuno, barba gris y ojos de acero, su piel era como cuero curtido, hendida con grietas y valles profundos. Pieles de osos de hielo cubrían sus hombros, pero sus brazos estaban al descubierto, con borrosos tatuajes de guerra y una docena de anillos de acero, cada uno de ellos obtenido en un combate ritual. Su gigantesco martillo, Hijo del Trueno, estaba atado a su espalda. Esa arma, cuya cabeza estaba recubierta en Hielo Puro, había visto tantas batallas como el mismo Olar.

A la derecha de Sigvar se encontraba arrodillada Hala Almagélida. Si bien Sigvar idolatraba a Olar, Hala lo intimidaba. Temeraria y con una fe imperturbable, era tan despiadada y mortal como el invierno. Sus hachas gemelas de corta empuñadura,Colmillo Sangriento y Garra Sangrienta, colgaban de su cintura, aunque era raro no verla ataviada en su malla oscura y yelmo cornudo. Ella, al igual que Sigvar y Olar, había renunciado a su armadura para su viaje. Los costados de su cabeza estaban afeitados, mientras que el resto de su cabello claro estaba atado en una sola y compleja trenza al centro de su cabeza, como una cresta. Su ojo izquierdo era blanco, cegado por un golpe que había dejado un trío de cicatrices salvajes a través de su rostro.

Había escuchado a Olar contar la historia de esas cicatrices, obtenidas cuando Hala peleó contra una manada cazadora de Osunos. Se decía que había matado a tres antes de que los otros se escabulleran, y Sigvar creía en ello. Si no hubiera sido acogida por la Guardia Helada cuando era una niña, Hala hubiera sido, sin duda alguna, una matriarca poderosa de una de las tribus más allá de la ciudadela.

El Sacerdote de la Escarcha dio un paso hacia delante, acercándose primero a Olar. —El Ojo sea contigo—, recitó.

Sigvar apenas pudo escuchar el gruñido de la respuesta de Olar; su corazón latía muy fuerte. Después, el Sacerdote de la Escarcha fue hacia él; su estómago se retorció, tal como lo hizo antes de su primera batalla.

—Mira hacia arriba, Guardia Helado—, dijo el sacerdote, en voz baja, y Sigvar obedeció, inclinando su mentón hacia atrás para mirar el rostro del viejo. Este era esquelético, con las mejillas hundidas y unas oscuras ojeras. No había bondad en su rostro, pero Sigvar tampoco la estaba esperando. Su fe era dura e implacable. Un esquirla de Hielo Oscuro sagrado colgaba del cuello de Lenguabífida; otra más coronaba su báculo atado. Astillas de reverencia bendita, usadas para la sanación y adoración. El Sacerdote de la Escarcha sumergió un dedo en un cuenco poco profundo lleno de tinta de kraken, negra y hedionda, y dibujó un ojo en la frente de Sigvar.

—El Ojo sea contigo—, dijo.

—Y que no parpadee—, entonó como respuesta Sigvar, bajando nuevamente su cabeza. La frente le ardía mientras la tinta quemaba su piel, pero lo soportó con el estoicismo propio de un Hijo del Hielo. El dolor era una bendición.

El sacerdote fue hacia Hala, completando el ritual, y los tres Hijos del Hielo elegidos se pusieron de pie.

Olar era el más alto de todos, enjuto y amasado con músculos delgados, mientras que Sigvar era, por mucho, el más pesado. Hala le llegaba a la mitad de la cabeza a Sigvar, mas el poder y la autoridad que irradiaba la hacían ver más alta.

Los tres Guardias Helados se encorvaron para recoger sus bultos, piquetas de hielo y rollos de cuerda, que colocaron sobre sus hombros y ataron a sus cinturones.

Sigvar miró hacia las filas de la Guardia Helada, de pie y en silencio presenciando su partida. Ralakka Lenguabífida se dio media vuelta; había cumplido ya con su parte en la expedición. Un cúmulo de otros Sacerdotes de la Escarcha lo siguieron, como cuervos siguiendo un bando de guerra. Pronto, la oscuridad de la ciudadela los engulló.

—Es hora de irnos—, dijo Hala Almagélida. —La oscuridad llama—.

Asintiendo, Sigvar se unió a Hala y Olar, dándole la espalda a la Guardia Helada ahí reunida y cruzando los gigantescos portales de la ciudadela, hacia el puente, atravesando el Abismo de los Lamentos.

El viento intensificado transmitía los llantos etéreos, mientras que astillas de hielo se rajaban ante ellos, pero los tres se mantuvieron impasibles. Lo recibían con agrado. El hielo era su aliado. El hielo era su verdad.

Detrás de los tres Guardias Helados, se cerraron las grandes puertas de la ciudadela con un golpe atronador que pronto se perdió en el vendaval.

Sigvar inhaló profundo.

Era el momento de descender hacia el Abismo.

El viaje se llevaba a cabo cada año, durante el equinoccio de primavera, cuando el día y la noche contaban con la misma duración. Escogían a tres miembros de la Guardia Helada. Todos provenían de la Logia de los Custodios, el círculo interno del culto que guardaba las formas profundas.

Ser escogido para la más sagrada de las tareas era un gran honor, por lo que el pecho de Sigvar se había hinchado de orgullo cuando los cuernos sonaron y dijeron su nombre. Con diecinueve inviernos, era uno de los Guardias Helados más jóvenes en haber sido elegido. ¿Cuántas veces había observado el pergamino del honor, miles y miles de nombres, cincelados en los muros de la logia? Uno de sus primeros recuerdos después de haber llegado a la ciudadela fue el de seguir con reverencia los bordes de esos nombres y fantasear con sus grandes hazañas. Más de la mitad tenían solo una runa grabada después de su nombre, la runa de la muerte, indicando a aquellos que habían perecido en el desempeño de esta tarea sagrada. Sumergirse en lo profundo era algo peligroso, incluso para aquellos procedentes del linaje de los Hijos del Hielo.

Arrodillado frente a las estatuas de Hielo Oscuro de las Tres, venerando a Avarosa, Serylda y Lissandra, había suplicado por mucho tiempo que lo hallaran digno de que algún día su nombre pudiera unirse al de aquellos estimados. Ahora, parecía que sus plegarias habían sido escuchadas. Había entrenado toda su vida para este honor. Enorgullecería a la Logia de los Custodios.

Caminaron a lo largo del puente, bajo la mirada de las gigantescas y mudas estatuas que señalaban el camino. Los inclementes vientos los golpeaban, gritando a su alrededor en forma de torbellinos.

Este puente tenía varios nombres: el Terreno de Pruebas y el Puente de la Muerte, entre ellos. Otros lo conocían simplemente como el Puente de la Ciudadela, o el Arco de los Aullidos. Si tuvo algún nombre en la era de las Tres, ahora estaba perdido. Entre la Guardia Helada se referían a él habitualmente como el Puente de los Pesares. Después de todo, miles de Hijos del Hielo murieron ahí.

Era verdaderamente antiguo, se decía que había sido forjado por Ornn OriginalSquare los dioses ancestrales. Por supuesto, el tiempo de esas deidades había transcurrido hacía mucho. Algunas tribus paganas aún las veneraban, pero con el tiempo se convertirían a la fe verdadera, de manera voluntaria o a punta de espada. Más allá de si aceptaban o no, el hielo los reclamaría.

Algunas partes labradas en piedra se habían desprendido y caído al abismo. Los sacerdotes de la escarcha enseñaban que el tiempo no respetaba la belleza ancestral. En una vasta escala de tiempo, todo era fugaz. Con el tiempo necesario, incluso la montaña más grande sería destruida por el viento y el hielo. Solo la fe es eterna.

Un sentimiento profundo de veneración flotaba sobre Sigvar mientras avanzaba junto con Puño de Piedra y Almagélida a través de la extensión. Aquí se peleó la mayor batalla de todos los tiempos, hace miles de años. Aquí, los Hijos del Hielo pelearon contra los Vigilantes en una batalla que determinaría el destino del mundo.

Y aquí salieron victoriosos, aunque pagaron un precio muy alto, y los Vigilantes fueron arrojados a la oscuridad.

Sigvar marchó en silencio, absorto en sus pensamientos sobre esa gloriosa época pasada. Ninguno de los otros dos Hijos del Hielo habló mientras cruzaban, aunque Sigvar no tenía claro si era por el incesante rugido del viento o porque tal vez ellos también estaban absortos en la leyenda ancestral.

Llegaron al otro lado del Puente de los Pesares, en donde Lissandra había guiado a los Hijos del Hielo en aquella antigua batalla titánica; ahí, Hala Almagélida alzó la mano para indicar que se detuvieran.

—Iremos por aquí abajo—, dijo gritando para que la escucharan sobre el vendaval, apuntando hacia una sección del puente cerca del muro del abismo que había caído hace mucho tiempo.

Sigvar y Olar asintieron respetuosamente. Olar era el más viejo y quien contaba con más experiencia, su nombre estaba grabado nueve veces en el muro de la logia, cifra muy superior a las tres de Hala, pero las viejas costumbres nunca mueren. La sangre de las Tres era más fuerte en las mujeres de las tribus del Fréljord.

—Yo guiaré el camino—, gritó Hala. —Puño de Piedra es el ancla, en el centro. Mediocarcaj en la retaguardia—.

Desenredaron dos medidas de cuerda, atándola a los cinturones de cada uno: Hala a Olar, Olar a Sigvar. Ajustaron los cordones de sus crampones de acero puestos en sus botas, y desataron sus piquetas de hielo, asegurándolas a sus muñecas con aros de cuero.

Hala vapuleó sus piquetas en unos cuantos círculos arqueados y estrechos para relajar sus músculos. Después, saltó del puente y aterrizó tres metros abajo sobre un afloramiento de hielo que emergía del muro del abismo. Sigvar y Olar esperaron a que se estabilizara, clavando sus piquetas en el hielo, antes de saltar para alcanzarla.

—Somos la voluntad de la diosa, aquella que camina entre nosotros—, dijo Hala. —Enorgullézcanla, hijos del invierno—.

Después fue hacia la orilla, clavó sus piquetas profundamente y se arrastró por el precipicio. Encajó sus crampones y comenzó el descenso.

Olar le sonrió a Sigvar, sus ojos brillaban con júbilo salvaje. —Cuando regresemos, no serás el mismo Hijo del Hielo. El Abismo de los Lamentos te cambia... si logras regresar—. Le guiñó el ojo y también caminó hacia el borde, desapareció y dejó solo a Sigvar.

No, solo no, se recordó a sí mismo. El Ojo estaba con él. Aún podía sentirlo arder sobre la piel de su frente. Lissandra estaba con él, ahora y siempre.

Esperó un poco más, y después comenzó el largo descenso hacia las insondables profundidades.

Se movían rápido. Hala Almagélida imponía un estricto paso, aunque no tomaron ningún riesgo innecesario. Descendían uno a la vez: primero Hala, después Olar y luego Sigvar, con cada descenso moviéndose casi a la par de la longitud de sus cuerdas. De esta manera, pudieron mantener un ancla estable en caso de una caída, y los descansos intermitentes les permitían avanzar hacia abajo con firmeza, sin la necesidad de tomar largas pausas.

El Puente de los Pesares no era el único de su tipo en cruzar la extensión. Decenas de otros abarcaban los muros de la grieta, aunque solo unos cuantos eran visibles por momentos, puesto que la distancia, la niebla y la oscuridad se imponían como un velo. Salvo el puente que estaba arriba, todos habían sido abandonados hacía mucho tiempo y permanecían en desuso; un sinfín de túneles y vías de acceso habían sido sellados por avalanchas o por la misma Guardia Helada, para limitar el número de entradas a la ciudadela.

Los puentes más cercanos se encontraban a varios cientos de metros; aún así, mientras más profundo iban, más distanciados se tornaban. Algunos habían sido destruidos por completo, solo los estribos estructurales sobresalían de los muros de hielo, indicando el sitio en el que alguna vez habían estado.

Estaba oscuro, pero no era la completa y devoradora oscuridad de la mitad del invierno; era más como la luz evanescente de las horas crepusculares. El hielo mismo parecía irradiar un brillo apagado y etéreo que se reflejaba en la espesa niebla, tanto que los tres no necesitaron de ninguna antorcha o tizón.

El plañidero vendaval azotaba a través de la quebrada, jalándolos como si tuviera manos fantasmales, tratando de arrancarlos de su tenaz sujeción al hielo.

Era imposible saber cuánto tiempo había pasado. Las horas se mezclaban en un lapso ininterrumpido. Avanzar, esperar, avanzar, esperar. Sigvar encontró un buen ritmo en el avance, perdiéndose en el movimiento repetitivo de clavar las piquetas de hielo, patear los crampones y volver a sacar las piquetas. Mientras esperaba a que Hala y Olar descendieran debajo de él, recitaba las Letanías de la Verdad para mantenerse concentrado.

No te resistas al abrazo del frío, puesto que en él yace la verdad. Sé uno con el hielo y el entendimiento vendrá detrás.

Bajaron y bajaron y bajaron, moviéndose continuamente. Las horas pasaron, o tal vez un día. Incapaz de ver el cielo, Sigvar no tenía forma de saberlo.

Persiste, sin quejas. El hielo no ruega por piedad, ni la ofrece. Nosotros tampoco.

Ningún ser inferior hubiera podido igualar su paso. Eran Hijos del Hielo, los hijos de los dioses, y no eran como otros mortales. Capaces de marchar durante días sin dormir y aun así aptos para pelear contra cualquier enemigo hasta colapsar, han soportado estoicamente eso que hubiera matado a cualquier Hogareño.

A pesar de ello, a Sigvar le dolían los brazos y, debajo de sus pieles y mantos, estaba bañado en sudor. Y cuando el hielo cedió bajo él, fue muy lento para reaccionar. Se enganchó con una de sus piquetas, pero no la insertó lo suficiente y solo rasgó un trozo del muro.

Después, cayó.

No le temas al dolor, tampoco busques evadir su bendición. Sin él, la vida no puede existir.

Dando vueltas en el aire, intentó nuevamente detener su caída, balanceando una piqueta hacia el hielo, pero perdió el agarre y la hubiera perdido si no fuera porque estaba atada a su muñeca.

Y cuando venga la muerte, no retrocedas ante su llegada.

Cayó doce metros, precipitándose más allá de Olar. Los duros ojos del viejo se ensancharon.

Del hielo nacemos, al hielo volveremos.

—¡Sujétate!—, vociferó el viejo guerrero de la Guardia Helada, apretando su agarre y doblando sus piernas anticipadamente.

Vio cómo Hala miró hacia arriba y exclamó una maldición cuando se dio cuenta de que caía directamente hacia ella. Se movió rápida y firmemente, agitando sus piquetas en el hielo y balanceándose hacia un lado para que no la desprendiera del acantilado.

La cuerda impidió su caída, frenándolo con una abrupta sacudida de huesos. Se golpeó contra el muro de hielo; el impacto le sacó el aire de los pulmones.

Olar rugió cuando resintió el peso de Sigvar. No obstante, Puño de Piedra se sostuvo, aferrándose al hielo, sus brazos duros como acero.

Sigvar se recuperó rápidamente, estrellando sus piquetas y pateando sus crampones. Miró a Hala Almagélida, quien también lo estaba viendo. Sus penetrantes ojos, uno azul y otro blanco, no parpadeaban, como el que tenía pintado en su frente.

Su mirada fue un reproche silencioso.

—Descansaremos en el Puente de las Sombras—, dijo por fin, y continuó descendiendo hacia el sombrío ocaso. Sigvar se maldijo. A pesar del frío, sus mejillas ardían.

Cuando Olar lo rebasó, le sonrió de nueva cuenta.

—Eres un bastardo muy pesado, Mediocarcaj—, dijo. —Casi nos llevas a los dos contigo hacia abajo—.

—El hielo cedió—, dijo Sigvar, débilmente. —Lo haré mejor—.

—Asegúrate de que así sea—. —Tal vez la próxima ocasión corte tu cuerda—.

Sigvar miró al viejo guerrero inquisitivamente. En sus tres expediciones previas hacia el Abismo, Olar había sido el único en regresar con vida. ¿Sería por eso?

En el Puente de las Sombras, descargaron sus paquetes, desacoplaron sus cuerdas y desengancharon sus piquetas de hielo. El puente llevaba ese nombre porque, incluso en pleno verano, cuando el sol jamás abandonaba el horizonte, nunca estaba a la luz.

Olar se desplomó en las baldosas con un exagerado gemido, extendiendo su espalda contra una balaustrada baja al borde del puente. Hala se alejó de los otros dos, desenganchando una pequeña efigie negra de Lissandra de su cuello y colocándola sobre el suelo. Se arrodilló frente a ella, venerándola. Sigvar permaneció quieto, preguntándose si él también debería usar ese tiempo para rezar, pero Olar le hizo un gesto con la mano, insistiéndole que se sentara.

El hombre mayor, en realidad no sabía qué tan mayor, pero sin duda rebasaba los sesenta, le mostró un pequeño frasco de cuero. Destapándolo, tomó un trago, suspiró satisfecho y se lo pasó a Sigvar. El joven guerrero lo tomó agradeciéndole con la cabeza y bebió una medida.

Lágrima de la Diosa objeto Lágrimas de los dioses—, dijo Olar. —No hay nada como esto a este lado de las Montañas Dorsales—.

El líquido quemaba su garganta y hacía que sus ojos lagrimearan. Esas lágrimas se convirtieron instantáneamente en hielo sobre sus mejillas. Asintió en agradecimiento y se lo regresó a Olar, quien le dio otro trago antes de esconderlo de nuevo dentro de sus pieles.

Una bota de agua se habría congelado tan pronto como hubieran atravesado los portales de la ciudadela. Pudieron haber soportado sin ello, pero el fuerte licor fue una humectación bien recibida en la garganta de Sigvar.

Los tatuados brazos de Olar seguían descubiertos, y Sigvar agitó su cabeza mientras se arropaba en sus pieles.

—¿No te estás congelando, anciano?—, dijo.

—Se va a poner mucho más frío que esto, muchacho—, respondió Olar, con una sonrisita diabólica. —Comparado con lo que se avecina, esta es una brisa de verano—.

Sigvar no supo si estaba bromeando. Acercó su equipaje a su lado y sacó una pequeña tira de carne salada envuelta en cuero encerado. Le arrancó un pedazo congelado y se lo dio a Olar, antes de tomar un pedazo para él. Lo paseó por su boca, derritiéndolo lo suficiente como para poder masticarlo. Estaba duro y fibroso, pero en ese momento parecía como un lujo extravagante.

Desplomado contra un muro bajo junto a Olar, Sigvar estaba protegido del peor de los vientos, lo cual fue una bendición. Aullaba sobre ellos, lamentándose terriblemente, enviando ráfagas de hielo y nieve arremolinándose a través del puente. Algunos solían decir que el sonido del viento eran los gritos de los miles de Hijos del Hielo asesinados en esa titánica batalla final en la época de los héroes, hace mucho tiempo, cuyas almas quedaron atrapadas en ese abismo por siempre.

—Es un sonido temible, ¿no lo crees, muchacho?—, dijo Olar. —Después de un tiempo se cuela en tu cabeza—.

—¿Es igual durante todo el descenso?—.

Olar negó con su cabeza. —Preferiría que así fuera. No, cerca del fondo está tan silencioso como una tumba—.

—Tiene que ser mejor que esto...—.

—¿Eso pensarías, cierto? Pero el silencio es mucho peor. Es denso, ese silencio. Te ejerce la misma presión que una cota de malla de tamaño completo. No, yo preferiría esto cualquier día—.

Hala terminó sus devociones y se unió a ellos, sentándose a un lado de Olar. Bebió un gran trago del frasco de Olar y se limpió la boca con el dorso de su mano enguantada.

—¿Cómo es que siempre consigues las mejores cosas, Puño de Piedra?—, preguntó ella, haciendo que Olar soltara un bufido.

—Debe ser por mi encantadora personalidad—, contestó él.

—Estoy convencida de que esa no es la razón. Su rostro era inexpresivo, haciendo que Olar bufara una vez más.

Sigvar se inclinó hacia delante, ofreciéndole un poco de carne con cautela, aún avergonzado por haber caído. Ella miró la carne por un momento, y Sigvar pensó que rechazaría su ofrecimiento, pero la tomó y asintió como agradecimiento.

—¿Cómo obtuviste tu nombre, Mediocarcaj?—, preguntó mientras masticaba.

—Hubo una incursión. Yo era un novato que acompañaba a una escolta de caravanas, y llevaba provisiones de vuelta a la ciudadela. Nos atacaron en la extensión congelada. Se habían acercado ocultos en la tormenta de nieve. La tribu Cuervocolmillo—.

Hala gruñó. —Guerreros peligrosos. Cortadores de cabezas—.

Sigvar asintió. —Me hirieron con algunas flechas durante el enfrentamiento. Aún así, seguí peleando. Puño de Piedra me honró con mi nombre una vez que el último de los Cuervocolmillo había huido, dejando a sus muertos y moribundos en el hielo—.

—Jamás podrás ser un buen cuentacuentos, chico—, dijo Olar. —Demasiada modestia. Sin sentido de drama—.

—A diferencia de ti, anciano—, dijo Hala. —Podría jurar que tus historias se vuelven más descabelladas con cada narración—.

—¿Te he contado mi historia de los osos, chico?—, preguntó Olar, guiñando el ojo a Sigvar.

—No—, dijo Hala, señalando con el dedo al antiguo miembro de la Guardia Helada. —No la escucharé de nuevo—.

—Será en otra ocasión—, dijo Olar, encogiendo los hombros con resignación. —En fin, los Cuervocolmillo clavaron en el chico al menos una decena de flechas. ¿Qué edad tenías entonces? ¿Unos catorce inviernos? No obstante, era un tipo grande, incluso entonces. No el gigante que es hoy, pero ya era grande. Tenía cuatro flechas en su escudo, dos en una pierna, una limpia a través de su antebrazo. Dos en su pecho, una en su hombro y otras en su espalda. Pero siguió peleando, bramando como un elnük encerrado. Derribó a tres Cuervocolmillo antes de que otra flecha lo alcanzara, haciendo que tirara su espada. Aun así, eso no lo detuvo. ¡Se sacó una de las flechas y mató a otros dos Cuervocolmillo con ella! ¡Una de las cosas más graciosas que he visto! Un verdadero Hijo del Hielo. Habría enorgullecido a Serylda—.

—Madre Temeraria—, dijo Hala al instante, sujetando el pálido talismán de Serylda que colgaba de su cuello, junto con el de Avarosa y Lissandra.

—Madre Temeraria—, murmuró Sigvar. Su cara estaba ardiendo, miró hacia abajo, incómodo con los cumplidos de Olar.

—Tienes una noción muy extraña de lo que es gracioso, Puño de Piedra—, dijo Hala, poniéndose de pie. —Vamos. Es hora de seguir—.

—Perdón por haberme caído—, dijo Sigvar, mientras se reincorporaba y se alistaba para la siguiente fase del descenso. —Les juro que no dejaré que ninguno de los dos caiga de nuevo—.

—Si caen, será la voluntad de las Tres—, dijo Hala. —Y si caes y nos llevas contigo, entonces ese también será nuestro destino. Tu juramento no vale nada—.

Pasó junto a él, buscando el mejor lugar para continuar con el descenso. Olar sonrió y le dio una fuerte palmada en el hombro a Sigvar.

—Está bien, muchacho—, dijo. —Le ocurre hasta a los mejores de nosotros. Si eso es lo peor que atravesaremos, le agradeceremos de rodillas a las Tres—.

Continuaron descendiendo a las profundidades, perseguidos, como siempre, por los aullidos del afilado viento.

Apareció como un espectro saliendo de la neblina. Por un momento, no había nada debajo de ellos, y en un instante, ahí estaba.

El Puente de los Perdidos.

Desde la distancia, parecía que había sido invadido por algún tipo de alga negra o espino voraz. Por supuesto, la idea era absurda, ya que era imposible que floreciera vida en estas profundidades, y era tal el frío que parecía irradiar desde abajo.

No, este cultivo no era como ninguna planta mundana. Era la verdadera antítesis de la vida. Sigvar tenía un nudo de inquietud en las entrañas. Tragó saliva y pudo sentir que su estómago se revolvía. Había escuchado sobre las leyendas y las historias contadas en fogatas de los miembros de la logia que habían hecho este descenso, pero aun así, era angustiante.

Se dejó caer los últimos tres metros, y aterrizó en cuclillas. Sus músculos ardían por el esfuerzo, y sus manos estaban torcidas como garras por sujetar las piquetas. Sin embargo, a pesar de estar agotado, miró con cautela a su alrededor, apenas atreviéndose a respirar, con los ojos muy abiertos.

—No toques nada—, le advirtió Hala.

—Si yo toco algo, se cumple la voluntad de las Tres, ¿no es así?—, dijo Olar. Sigvar no tenía intención de sonreír ante la burla del viejo guerrero.

Hala giró, y sacudió la cabeza. —Recupera el aliento. Este es el último puente. No podremos hacer ninguna parada antes de que lleguemos al fondo, y el siguiente tramo es el más largo. Que las Tres cuiden de nosotros—.

Tras dejar el exceso de carga, Sigvar caminó hacia el centro del puente, observando su entorno con asombro horrorizado. El viento no era tan intenso en ese lugar, y siseaba a través de las extrañas formaciones de piedra que crecían como un retorcido entramado alrededor de la estructura del puente.

Le costaba trabajo comprender lo que veía, aunque tan solo echar un vistazo le provocaba náuseas.

Gigantescos arcos de lo que parecía ser roca volcánica encerraban el puente, como si explosiones de lava hubieran saltado a lo largo de este, rodeándolo, justo antes de endurecerse repentinamente, en el aire.

Por supuesto, él conocía la historia de ese puente. Lo que estaba encerrado debajo de él había intentado escapar de su encarcelamiento hacía mucho tiempo, mucho después del tiempo de las Tres.

Aquí, la Guardia Helada había peleado contra esa oscuridad, y aquí habían perecido. Y con cada muerte, el poder de Lo Que Habita Debajo crecía. Consumía los cuerpos de los caídos, absorbiéndolos y reutilizándolos para impulsar su gran crecimiento explosivo. Esa era su naturaleza. Podía permanecer inactivo durante miles de años, inerte y aparentemente sin vida, pero bastaba una sola gota de sangre para que despertara de manera repentina y extremadamente violenta.

Lo que Sigvar estaba contemplando, aquellos arcos extraños continuos (que le inducían náuseas) y esas conglomeraciones de detrito deformado, eran los caminos de crecimiento de Lo Que Habita Debajo, que se habían formado en su persecución, de Guardia Helada a Guardia Helada, llevándoselas.

Y de la materia que consumía, cosas nuevas habían surgido.

Había una presión incómoda y exasperante en la mente de Sigvar, que parecía provenir de abajo. Presionó sus nudillos contra sus sienes, intentando aliviar la presión.

De la nada, un recuerdo que había olvidado hacía mucho tiempo surgió repentinamente, como el abatir de murciélagos saliendo de forma abrupta de una cueva. Recordó su infancia, antes de haber sido reclutado por la Guardia Helada. Recordó las arcas de hielo de su tribu; elegantes naves de tres mástiles que recorrían las aguas congeladas con quillas afiladas. Recordó la noche en que sus naves se deslizaron hasta detenerse en el Gran Pináculo. Guerreros de casco negro de la Guardia Helada los esperaban ahí. Sigvar, junto con otros seis niños menores de diez inviernos, fueron elegidos de entre la tribu. Era un gran honor. Y ahí, bajo el sol de medianoche, vio cómo su tribu se alejó navegando. Esa fue la última vez que vio a su familia.

Lo llevaron a la ciudadela, donde se sometió a las Pruebas y lo evaluaron en extenuantes y brutales controles. Uno a uno, los demás niños de su tribu original fueron eliminados, hasta que él fue el único que quedó.

Para ese entonces, él había olvidado por completo a su tribu. Tenía una familia nueva. Una fe nueva.

Él pertenecía a la Guardia Helada.

Una mano se posó sobre su hombro y lo trajo, con un estremecimiento, de vuelta al presente. Estaba sentado, apoyado contra una estatua de piedra fragmentada de un antiguo guardián. No recordaba haberse sentado. Olar estaba inclinado sobre él.

—No te duermas—, dijo el anciano guerrero. —Aquí abajo, tendrás pesadillas. Y malos recuerdos—.

Sigvar se puso de pie. No había pensado en su antigua tribu en años. Los fragmentos remanentes del sueño se desvanecieron, dejando a Sigvar con una profunda sensación de intranquilidad.

—Llegó la hora—, dijo Hala.

Y así comenzaron su descenso final. Lo único que había debajo de ellos era demencia, frío, oscuridad y temor.

Lo Que Habita Debajo aguardó, al igual que lo había hecho durante milenios.

Mientras más descendían, más oscuro se tornaba el hielo. Vetas oscuras se expandieron a través de él, arañando hacia arriba. Un sonido difuso y crepitante los envolvió; parecía arañar la parte posterior de los ojos de Sigvar. No veía ningún movimiento, pero imaginó que provenía de los perturbadores hilos en el hielo, buscando escapar de ese pozo condenado y alcanzar la superficie... Sigvar intentó apartar el sonido de su cabeza, invocando las letanías en voz baja, y concentrándose en cada paso de sus crampones, cada golpe de sus piquetas.

El hielo era más desigual en ese lugar, con intersecciones sobresalientes y salvajes, socavadas y rebajadas para atravesar. Por momentos, los tres miembros de la Guardia Helada se veían obligados a continuar solo usando las piquetas, con las piernas colgando precariamente sobre las interminables profundidades mientras seguían su descenso. En dos ocasiones su progreso fue bloqueado, sin tener una forma concebible para bajar, y tuvieron que retroceder hasta que Hala determinara una nueva ruta.

La niebla gélida se cerraba entre ellos, densa y opresiva, de tal manera que Sigvar no podía ver más a sus compañeros. La niebla amortiguaba el sonido incesante y enloquecedor de los rasguños.

Finalmente, un suelo de hielo sólido emergió, sorprendiendo a Sigvar con su abrupta aparición entre la neblina. Hala y Olar descargaron sus paquetes, cuerdas y piquetas, y aguardaron por él. En ese lugar reinaba el silencio. Incluso el crepitar del hielo parecía haber cesado.

—¿Estamos en la base?—, preguntó Sigvar susurrando, generando vaho mientras se despojaba de su equipo.

—Hasta aquí llegamos—, dijo Olar en voz baja. —Pero el abismo es aún más profundo—.

El guardia helado lo hizo avanzar, mientras señalaba. Se pararon cerca de un precipicio, y Sigvar vio que el abismo caía debajo de ellos, con mayor profundidad.

—¿Cuánto más?—, susurró.

—Nadie lo sabe. Hasta el centro del mundo, y más allá. Probablemente hasta el reino de Lo Que Habita Debajo—.

Sigvar golpeó con uno de sus crampones el hielo bajo sus pies. —Por poco y pasamos de largo. Si hubiéramos bajado diez metros hacia esa dirección, estaríamos en camino hacia un descenso infinito—.

—Almagélida no nos habría guiado mal—, dijo Olar, poniendo una mano sobre la espalda de Sigvar, llevándolo hacia Hala.

Sigvar se arrodilló, colocando su mano enguantada cerca del hielo. El frío era despiadado, y le provocaba dolor a pesar de estar cubierto por gruesas capas. Además de transmitir solo frío, el hielo irradiaba poder.

—¿Todo esto es... Hielo Puro?—, susurró él, su mirada brillaba con admiración y asombro.

—Así es—, contestó Hala. —Solo los pocos elegidos lo han visto. El Ojo está sobre ti, Mediocarcaj. Sobre todos nosotros. Estamos bendecidos—.

El Hielo Puro formaba parte de las creencias de la Guardia Helada, venerado como un regalo divino de las Tres. Infundido con el poder elemental ancestral, era más rígido que el hierro y jamás se derretiría, ni siquiera en la forja más ardiente. Poseer un arma que llevara tan solo una porción de Hielo Puro, como el Martillo de Guerra Hijo del Trueno empuñado por Olar, y las hachas gemelas de Hala, Colmillo Sangriento y Garra Sangrienta, era un honor con un profundo significado religioso. La habilidad de crear tales armas se había perdido hace mucho tiempo; aquellas que permanecían eran reliquias sagradas, llevadas por héroes Hijos del Hielo de mucho tiempo atrás. Sigvar rezaba para un día ser considerado digno de portar una reliquia tan venerable, pero por ahora, su confiable espada de mano y media, forjada en una tierra muy lejana a las heladas tierras, era más que suficiente. Era una buena arma, vista desde cualquier ángulo, y jamás lo había decepcionado.

—Estamos cerca, alabadas sean las Tres—, dijo Hala. —Avancemos—.

Corrieron a lo largo de la cañada, como una manada, con Hala guiando el camino.

La temperatura de ese lugar era distinta a lo que Sigvar había experimentado, a pesar de haber vivido toda su vida en el páramo de las heladas tierras. A pesar de traer capas de pieles y pelajes, el frío penetraba sus huesos, y cada respiración le provocaba un gran dolor. Su rostro expuesto se cubrió rápidamente por una delgada capa de hielo que se resquebrajaba cada vez que Sigvar parpadeaba. La barba de Olar estaba congelada, tanto que si recibiera un golpe, se rompería por completo. La escarcha recubría sus botas conforme el hielo debajo de sus pies los exigía, y cada paso que daban requería un enorme esfuerzo.

Solo un verdadero Hijo del Hielo podía sobrevivir a esto. Aun así, Sigvar no estaba seguro de cuánto más podría aguantar ahí abajo. ¿Una hora? ¿Probablemente dos? Ciertamente no más que eso.

Hala los mantenía en movimiento. Detenerse habría significado su muerte.

Finalmente, llegaron a una sección donde el abismo se estrechaba, así que solo podían proceder uno a uno por el espacio.

Hala fue primero y Olar indicó que Sigvar debía ser el siguiente.

—No te quedes mirando fijamente—, advirtió Olar. —No es bueno quedarse mirando—.

—¿A qué te refieres?—, preguntó Sigvar.

Olar solo negó con la cabeza y no dijo más. Sigvar se adentró en la grieta, preguntándose qué habría querido decir el anciano guerrero.

La brecha era angosta y él era considerablemente más grande que Hala. El Hielo Puro lo quemó conforme atravesó, ineludible por todos lados. Tenía tanto frío que estaba convencido de que un golpe de martillo sería suficiente para triturar sus huesos, pero siguió adelante, avanzando centímetro a centímetro, hasta que logró atravesar.

Una grande caverna similar a un cuenco lo aguardaba al otro lado. El hielo debajo de sus pies era más claro, cambiando de opaco a transparente. En el centro de la caverna, el hielo era perfectamente liso, como un espejo oscuro. El suelo del centro era una amplia extensión rodeada de fragmentos gigantescos de Hielo Puro. Lucían como pilares dispuestos en un círculo alrededor del centro abierto, dándole a la caverna la sensación de ser un círculo sagrado de dioses perdidos. Eran nueve los pilares de hielo, y a Sigvar le tomó un momento percatarse del significado del número.

—La Sala de los Nueve—, dijo en reverencia.

Por supuesto que él había aprendido de los Nueve. Eran similares a grandes grilletes, conteniendo a Lo Que Habita Debajo, y se decía que habían sido creados mediante magia perdida hace mucho tiempo. Algunos decían que habían sido los Willump yetis los creadores de los Nueve, pero Sigvar había superado esos cuentos infantiles.

Aún así, sabía que finalmente habían llegado a su destino.

—Nos quedaremos en los bordes, fuera del círculo—, dijo Hala en cuanto Olar se desplazó a través de la estrecha grieta para unírseles. —No se acerquen al centro del hielo, y no miren hacia abajo—.

Sigvar sabía que Hala lo decía por su bien, y asintió.

—Hay que revisar a cada uno de los Nueve. Yo comenzaré aquí y proseguiré en esa dirección—, dijo Hala señalando el pilar más cercano, y girando hacia la derecha. —Puño de Piedra, tú comienza aquí y ve en esa dirección. Lleva al niño contigo—.

En cualquier otra ocasión, Sigvar se habría irritado por haber sido llamado niño y por que le asignaran a un encargado de cuidar de él. Se había enfrentado a guerreros Trundle OriginalSquare trol embistiéndolo, en el invierno más profundo, donde solo podía sentir una inconmensurable felicidad... pero ahora mismo, estaba agradecido de permanecer junto a Olar. Una tensión palpable inundaba el aire, como la tensión que se siente en el instante entre la luz de un relámpago y el estruendo del trueno.

Caminaron hacia los pilares más próximos, y Sigvar hacía un esfuerzo consciente de mantener su mirada por lo alto. Probablemente, alguna vez había sido una cueva cerrada, pero el techo había colapsado hace mucho. Sigvar tenía la impresión de que el colapso había sido ocasionado por algo grande que había sido arrojado desde arriba.

No se atrevía a mirar hacia abajo, pero a pesar de eso, podía ver la oscura sombra debajo del hielo con su visión periférica. Tiraba de él, como si quisiera llamar su atención...

—No mires—, susurró Olar, tal vez porque él mismo sentía la presión.

Hala llegó hasta el primer fragmento de hielo y comenzó a caminar lentamente a su alrededor, mirando atentamente. Olar y Sigvar se acercaron al segundo.

—¿Qué es lo que buscamos?—, preguntó Sigvar en voz baja, forcejeando para evitar que su mirada deambulara hacia el centro del hielo.

—Cualquier cosa que haya cambiado—, contestó Olar.

De cerca, Sigvar podía ver los hilos de oscuridad congelada, atrapados dentro del Hielo Puro. —¿Cómo sabemos si algo cambió?—, murmuró.

Olar no contestó al principio, y solo entrecerró los ojos mientras analizaba los lados afilados del gigantesco pilar de hielo. Finalmente, gruñó y señaló. —Hace mucho tiempo, grabaron runas en el hielo, cuando Lo Que Habita Debajo fue desterrado. ¿Las ves aquí?—.

Sigvar se acercó aún más y vio pequeñas series de líneas talladas en la superficie, formando escrituras rúnicas. —¿Qué significa?—, preguntó.

—Significa que el hielo no se ha derretido. Vamos, revisemos el siguiente—.

Se dirigieron hacia él, abrazando el muro izquierdo de la cueva, aún bordeando la extensión abierta del centro.

Sigvar jamás podría explicar con claridad lo que ocurrió después. Recordaba que estaba siguiendo a Olar, permaneciendo cerca conforme se desplazaban hacia el siguiente pilar. Recordaba una fuerte presión incrementándose en su cráneo, y la sensación de movimiento en las esquinas de sus ojos. El silencio pesaba sobre él, opresivo y denso, y todo lo demás parecía volverse confuso, como si repentinamente estuviera rodeado por una neblina que aturdía todos sus sentidos.

Después, estaba parado en el centro del hielo, mirando hacia abajo.

Un inmenso ojo lo observaba, sin parpadear.

El alma de Sigvar retrocedió, gritando en su interior, pero era incapaz de desviar la mirada al estar completamente esclavizado por el gigantesco ojo sin párpado.

Probablemente había seis metros de hielo sólido separándolo del sombrío monstruo, pero no era suficiente. Era imposible ver con claridad, pero Sigvar tenía la impresión de haber visto unas extremidades oscuras y enroscadas, como tentáculos, que rodeaban al gran ojo. Habría eclipsado incluso al mayor de los leviatanes titánicos que nadaban en las profundidades insondables, debajo de los témpanos de hielo. Una criatura de tal tamaño no debería existir.

Y no estaba muerta. Había vida y una vasta e inimaginable inteligencia en esa mirada.

Miró a Sigvar. La mirada se clavó el él, a través de él, y sintió cómo su cordura empezaba a deshacerse, como el carrete de un hilo arrojado en la noche. El estómago de Sigvar era un nudo que se tensaba cada vez más, y sombras oscuras se enroscaban en su visión, retorciéndose y serpenteando, amenazando con...

Una mano lo agarró por el cuello, tirando de él hacia atrás. Se tropezó, y sus botas se agitaban y se resbalaban conforme era arrastrado fuera del círculo, hasta que fue arrojado bruscamente sobre el hielo, un poco más allá. Se puso de pie, las sombras y las formas aún deambulaban su mente.

Débilmente, Sigvar percibió que Olar estaba parado frente a él, sujetando sus pieles con un puño apretado. Hala estaba cerca, arrodillada, rezando frenéticamente.

Las sombras retorcidas aún se movían en los bordes de su visión, y su cabeza se sentía pesada, llena de una niebla sofocante. Involuntariamente, su mirada comenzó a dirigirse hacia el centro del hielo, hacia atrás, hacia...

Olar lo golpeó con fuerza en la mandíbula, provocando que su cabeza regresara drásticamente. —No. Te atrevas. A. Mirarlo—.

Sigvar parpadeó, sintiendo un poco más de claridad en su mente, y asintió.

—Hala, él no tiene la fuerza necesaria—, dijo Olar, con el puño preparado. Todo el humor que su mirada reflejaba se había desvanecido, y había sido reemplazado por un intenso e implacable escalofrío. —Él debería regresar—.

—¡No!—, dijo Sigvar. —Yo... estoy bien—.

—Él debería regresar—, repitió Olar, mirando a Hala. Ella terminó sus súplicas apresuradas y se puso de pie, estrechando la mirada para analizar a Sigvar.

—Estoy bien. Puedo hacerlo—, les aseguró a ambos.

—Si vuelve a flaquear, mátalo—, dijo Hala. —Vayan. Revisen los pilares—.

Ella se dirigió al siguiente, haciendo crujir el hielo.

—No me obligues a hacerlo—, gruñó Olar a Sigvar. —No quiero tener que transportar tu cuerpo de vuelta—.

No se podía dejar ningún cadáver ahí, por miedo de que sirviera para provocar el crecimiento de Lo Que Habita Debajo. De cualquier forma, la subida de regreso sería muy complicada, y Sigvar no podía imaginar lo difícil que debía ser tener que además sacar un cuerpo de ahí.

Recordó que Olar tuvo que cargar dos cuerpos en sus últimas dos subidas. Su respeto por el anciano guerrero se intensificó.

—No miraré—, juró Sigvar, manteniendo los ojos fijos en él. —Vamos—.

Olar gruñó, y le indicó a Sigvar que tomara la delantera.

En el siguiente pilar ubicaron la runa casi al instante. —Aquí—, dijo Olar, señalándola.

Los bordes de ese grabado eran afilados, tanto que podría haber sido grabado hace una hora, y no miles de años atrás. Esa era una buena señal. Significaba que durante todo ese tiempo el hielo no se había derretido.

—Tú te encargas de este—, dijo Olar conforme se aproximaban al siguiente pilar, sobresaliendo del suelo en un ángulo agudo. —Yo revisaré el siguiente. No me decepciones, chico—.

Sigvar asintió y el guerrero se marchó a inspeccionar el fragmento. Era negro casi en su plenitud, y al mirarlo, las sombras al borde de su visión parecían regresar, aparentando que había cosas moviéndose dentro del hielo.

Sacudió su cabeza, caminando alrededor del pilar, con los ojos enfocados en encontrar una runa, de arriba abajo, pero sin conseguir resultados. Todas las superficies anguladas estaban completamente lisas. Frunciendo el ceño, dio una segunda vuelta, y esta vez avanzó más lentamente.

Pero siguió sin encontrar nada.

Echando un vistazo hacia los otros, vio que Hala y Olar estaban por encontrarse, ya que solo les faltaban los últimos dos pilares.

—Vamos—, dijo para sí, parpadeando con fuerza. —Concéntrate—.

Dio una tercera vuelta alrededor de la circunferencia. Aún nada.

En ese momento, Hala y Olar se dirigían hacia él, con una expresión desalentadora. Cuando volvió a mirar el pilar, podría jurar que vio una gota de agua deslizándose por un costado... pero seguramente eso era imposible. Entrecerrando los ojos, se inclinó hacia delante.

Mirando de cerca, pudo ver que el hielo estaba cubierto de humedad. Los bordes del fragmento eran menos definidos que en los otros pilares, desafilados y redondeados. Estaba sorprendido de no haberse percatado antes. Aun así, no se sintió alarmado, ni siquiera cuando vio el destello del movimiento dentro del Hielo oscuro. Una sensación de tranquilidad antinatural inundó su ser.

Tenuemente, escuchó un grito a sus espaldas, pero apenas le era perceptible. El sonido era ahogado, como si proviniera de muy lejos. No le prestó importancia. Lo único que importaba era la oscuridad en el hielo delante de él. Lo invocaba, le susurraba, pidiendo que se acercara más. Las sombras ya no se limitaban a la periferia de su visión; ahora eran todo lo que él veía. Él estiró su mano...

Una mano sostuvo la suya. Era la mano de Hala. Lo lanzó hacia atrás, impactando contra el hielo casi a tres metros de distancia.

Con horror, reconoció la oscuridad que se agitaba dentro del pilar de hielo, forcejeando para liberarse. Apuñalaba desde dentro, esforzándose por romper su prisión. Sigvar se percató de que la oscuridad había intentado llegar hacia él.

Hala tenía los ojos cerrados, con una mano extendida sobre el punto débil en el hielo, donde la oscuridad atacaba. Con la otra mano aferraba su talismán de Lissandra. Ella vociferó un catequismo de fe, y su mano extendida comenzó a brillar con luz fría. Nuevos cristales de hielo se empezaron a formar sobre la superficie del pilar.

No sería suficiente. Lo que Hala hacía surgir a través de su oración no era Hielo Puro. Ya nadie tenía la habilidad para crearlo.

Una telaraña de grietas se formó en la superficie, conforme la oscuridad de adentro intensificaba su ataque. Como tenía los ojos cerrados, Hala no lo vio, y Sigvar se encontraba demasiado lejos, aun así, se puso de pie y desenvainó su espada.

De pronto, Olar estaba en el hombro de Hala, sujetando a Hijo del Trueno con ambas manos. Justo cuando la oscuridad alcanzaba la superficie del pilar, aproximándose a Hala con la velocidad de un rayo, Olar la empujó a un lado.

Su martillo de guerra golpeó el tentáculo de oscuridad con un crujido ensordecedor. Sin embargo, no era el único: tres tentáculos más surgieron por la ruptura.

—¡Puño de Piedra!—, gritó Sigvar. Él se abalanzó hacia delante, pero fue muy lento. Todos lo fueron.

Olar se tambaleó hacia atrás, haciendo a un lado a uno de los tentáculos con un movimiento de Hijo del Trueno, pero no logró detener a los otros dos. Se adentraron en la piel de Olar con deleite; uno, perforando la carne de su hombro izquierdo, el otro por el costado de su cuello, de manera profunda.

Los músculos de Olar Puño de Piedra se expandían y deformaban mientras los tentáculos sobrenaturales se retorcían en su interior. Sus venas se volvieron negras, claramente visibles a través de su pálida piel, y cayó sobre sus rodillas. Sigvar intentó atraparlo, pero Hala lo detuvo.

—¡No!—, gritó ella. —Se apoderará también de ti—.

Con lo último que le quedaba de fuerza, Olar arrojó a Hijo del Trueno hacia ellos, deslizándolo por el hielo. —¡Váyanse!—, jadeó. —¡Alerten... a la... ciudadela!—.

—¡Toma el martillo!—, le gritó Hala a Sigvar.

—No podemos dejarlo...—.

—Es demasiado tarde. Él ya no está con nosotros—.

Sigvar observó horrorizado e impotente cómo Olar era consumido. El guerrero de la Guardia Helada estaba temblando, y la mayor parte de su piel ahora tenía horribles sombras negras y moradas, como un hematoma. Más de una decena de tentáculos lo atravesaron, estableciendo una conexión con la oscuridad dentro del hielo.

—¡Toma el martillo, Mediocarcaj!—, repitió Hala.

Sigvar envainó su espada y tomó a Hijo del Trueno, preparándose para sentir dolor. Lo hizo jadear, la intensidad de su frío transcurría rápidamente por sus brazos hasta su corazón, por poco haciendo que se detuviera, pero él no se resistió. Lo aceptó, convirtiéndose en uno con él.

Una forma rastrera, surcada y segmentada, como un insecto, comenzó a extenderse por la carne de Olar. Se endureció, como roca volcánica enfriándose. Una enfermiza luz morada comenzó a palpitar en su interior, como un segundo latido de corazón, irradiando a través de su carne.

Horrorizado y asqueado, Sigvar se dio cuenta de que algo estaba creciendo dentro de Olar.

Con un grito de angustia, Hala lanzó a Garra Sangrienta, haciendo que el hacha girara de extremo a extremo por los aires. Se incrustó entre los ojos de Olar, asesinándolo al instante. Era un acto de piedad, pero aun así, Sigvar se entristeció de ver a una leyenda de la Guardia Helada encontrarse con un final tan innoble.

De inmediato surgió hielo sobre el cadáver de Olar, extendiéndose desde donde se había incrustado Garra Sangrienta. Una escarcha crepitante pronto recubrió su cabeza, pecho y brazos. El poder del Hielo Puro parecía frenar el consumo, los tentáculos se volvían lentos y perezosos, y la morada luz de su interior moría.

—¿Se detuvo?—, susurró Sigvar.

—Por el momento, tal vez—.

—¿Y tu hacha?—.

—La dejaremos—, dijo Hala, hablando a un ritmo acelerado. —Con la bendición de las Tres, Lo Que Habita Debajo será contenido, pero no hay manera de saber por cuánto tiempo. Debemos irnos. Ahora—.

Sigvar no le discutió. Comenzó a retomar el camino, rodeando los bordes del círculo con su piqueta, pero Hala lo detuvo.

—Demasiado lento—, vociferó. —Debemos atravesar por la mitad. ¡Vamos!—.

Sigvar se paralizó, renuente a avanzar por el hielo abierto, pero en cuanto Hala tomó la delantera rápidamente, él dio un primer paso, a regañadientes. Obligándose a no bajar la mirada, la siguió, con cautela al principio, y después aumentando la velocidad. En cualquier momento, esperaba sentir movimiento debajo de él, conforme la atrapada criatura, inmensa y horrible, despertaba de su eterno letargo.

Podía sentir su fuerza maligna ejerciendo sobre él, forzándose en su consciencia, como tentáculos que se aferraban. Lo estaba observando... el gigantesco ojo sin párpado, acechándolo desde abajo. El impulso de mirar hacia abajo lo superaba. Sigvar se aferró con más fuerza a Hijo del Trueno, apretando los dientes por el doloroso frío.

Mantuvo la mirada centrada en Hala, mientras recitaba en voz baja las letanías. —No huyas del dolor, pues el dolor es vida y su ausencia significa la muerte. Deléitate con su caricia. Acéptalo—. Incluso cuando se tropezaba, se resistía a mirar hacia abajo. Cada paso le representaba un gran esfuerzo, como si estuviera corriendo a través de una ventisca. Podía sentir que el ojo lo acechaba, le susurraba y lo invocaba. Comenzó a decir las bendiciones alzando la voz, para ahogarlo.

Logró atravesar, y jadeó para recuperar el aire conforme la presión sobre él disminuyó. Hala estaba ahí, instándolo a avanzar. Ella lo empujó hacia delante, hacia el estrecho desfiladero que marcaba su salida.

Justo antes de atravesar por completo, Sigvar echó un vistazo hacia atrás.

¿Acaso vio la luz morada dentro del cadáver congelado de Olar? No tenía tiempo para verificarlo, pues Hala lo empujaba con urgencia para atravesar. —Vamos, vamos—, dijo ella.

No había tiempo para recorrer el pasaje con cautela. Sigvar siguió adelante, presionándose contra el hielo, indiferente al dolor. Al otro lado, los dos corrieron por el barranco, apresurándose hacia donde habían descendido por el muro de hielo.

—¡Debemos... alertar... a la ciudadela!—, resopló Hala mientras corría. —Los Nueve... están expuestos. Las cadenas... que contienen a... Lo Que Habita Debajo... se debilitaron. Todos los otros sitios... ¡Hay que revisarlos! ¡Hay que reformar... el hielo!—.

Encontraron el equipamiento de escalada que habían dejado atrás, respirando con dificultad.

—¿No deberíamos quedarnos a combatirlo?—, jadeó Sigvar.

—El Vigilante solamente despertará... cuando todos los pilares sean vulnerados—, dijo Hala. —Garra Sangrienta debería retener a cualquier otra criatura inferior—.

—¿Y si no lo hace?—.

—Entonces, la mataremos—, dijo Hala. —Pero es necesario alertar a la ciudadela. Al menos uno de nosotros debe regresar. Deja todo lo que no necesites—.

Con cierta renuencia, Sigvar se quitó el escudo de los hombros y lo apoyó contra el muro de hielo. Su espada enfundada se unió al escudo y Hala lo ayudó a sujetar a Hijo del Trueno a su espalda. Se ataron, aseguraron sus piquetas y comenzaron el largo ascenso hacia la cima.

Y durante todo ese tiempo, él sentía al gigantesco ojo en el hielo, mirando hacia arriba.

La carcasa que había sido Olar Puño de Piedra se abrió abruptamente con una rasgadura y un ente pálido se derramó hacia delante, como una cascada de icor silbante y extremidades fragmentadas.

Se enderezó, inestable, clavándose al hielo con garras del tamaño de dagas. Una cola afilada se desplegó detrás de él. Levantó su cabeza; estaba repleta de colmillos óseos y espinas que sobresalían, revelando una luz ardiente de color morado en su corazón. Las secciones de su exoesqueleto, flexibles y esponjosas, se cerraron como protección alrededor de su corazón y comenzaron a endurecerse.

Tenía un color blanco enfermizo, carente de matices, pero su piel se oscureció rápidamente, como si tuviera una reacción con el aire. Los ojos de la criatura se abrieron para mirar el mundo helado donde había nacido: doce pinchazos de luz morada y ardiente estaban reunidos en tres núcleos.

Levantó por lo alto su cabeza, y profirió un grito de nacimiento desde su garganta.

Freljord Bridge Of The Lost

Hala y Sigvar se encontraban a mitad del camino hacia el Puente de los Perdidos cuando escucharon el grito inhumano. Resonó a través de la neblina que los rodeaba. Era imposible saber con certeza de qué dirección provenía o qué tan cerca se encontraba.

—Sube más rápido—, fue lo único que dijo Hala, y ambos incrementaron el ritmo, sacrificando la seguridad por velocidad. Sus piquetas se adentraron en el hielo en una ráfaga salvaje, y se impulsaron hacia la cima con patadas poderosas, los crampones adentrándose en el hielo ferozmente. Sigvar seguía mirando hacia abajo, a la espera de un horror innombrable que emergiera de las profundidades, en cualquier instante...

Y después, justo cuando el espectro del Puente de los Perdidos apareció entre la niebla de arriba, emergió.

—Almagélida—, siseó, y Hala dirigió la mirada hacia abajo.

—¡Muévete!—, gritó, con los ojos estrechos.

Escalaron con desesperación. Si esa... cosa los alcanzaba antes de que llegaran al puente, estarían completamente indefensos. Sigvar miró hacia atrás una vez más y vio cómo la criatura se dirigía hacia ellos. Ascendía con movimientos viles y sinuosos, con múltiples extremidades afiladas que se clavaban en el hielo a una velocidad frenética. Con grupos de ojos brillantes y ardientes, la criatura chilló. Era el sonido del acero chocando contra acero, y sus mandíbulas chasqueaban.

Hala logró llegar al puente primero. Se dio la vuelta y se inclinó hacia Sigvar con su agarre de hierro, y lo arrastró por el borde. Cuando Sigvar logró ponerse en pie, ella ya había desatado sus sogas, y tenía a Colmillo Sangriento preparado. Con la otra mano, Hala sostenía una de sus piquetas. Era un mediocre sustituto de Garra Sangrienta, pero tendría que ser suficiente.

Sigvar dejó sus piquetas y se dispuso a desatar a Hijo del Trueno de su espalda, pero Hala lo detuvo. —No—, dijo ella. —Sigue ascendiendo—.

—Yo lo enfrentaré con...— comenzó él, pero ella lo detuvo con la mirada.

—Tú escalarás, Mediocarcaj—, dijo ella, apuntándolo con Colmillo Sangriento. —Sin discusión—.

—Pero...—.

—¡Obedece!—, Hala bramó. —Sube. Alerta a la ciudadela—.

—Pero debería ser yo quien...—.

—¡Ve!—, rugió ella con tal furia que Sigvar retrocedió. —Ve, Mediocarcaj—, dijo ella con más calma. —Si es la voluntad de las Tres, me uniré a ti en breve—.

Con gran renuencia, él tomó sus piquetas y comenzó a escalar, mientras que Hala se puso de rodillas para rezar, con los ojos cerrados.

Él se encontraba diez metros arriba, en el muro, cuando la criatura alcanzó el borde del puente. Miró hacia arriba, sus ojos se concentraron en Sigvar, y comenzó a moverse para alcanzarlo.

—¡Aquí, bestia inmunda!—, lo llamó Hala, poniéndose en pie para enfrentarlo. —¡Ven a mí y déjame acabar contigo, por la voluntad de las Tres!—.

Sigvar observaba, impotente. La criatura dejó de prestarle atención, concentrándose en Hala, y brincó hacia ella con una velocidad indescriptible.

Ella rodó debajo del impacto de su extremidad, sus garras se blandieron por el aire a tan solo poco centímetros sobre ella. Ella incrustó a Colmillo Sangriento profundamente en su costado cuando se acercó, provocando un estallido de vísceras humeantes y un terrible chirrido. Después, ella lo golpeó con su piqueta, pero rebotó en la carcasa endurecida de la bestia, sin herirla.

Ella se alejó, girando fuera del alcance del monstruo, mientras él volvía a embestir contra ella.

Hala lo atacó dos veces más, cortando una de las extremidades de la vil criatura y dejando una profunda herida en el costado de su cabeza, pero esta tenía una velocidad anormal. Cuando el hacha de Hala estuvo lista para atacar de nuevo, se abalanzó hacia delante y una de las extremidades afiladas de la criatura penetró su antebrazo, haciendo que dejara caer a Colmillo Sangriento, con un silbido de dolor.

Ella arremetió contra el rostro de la criatura con su piqueta, pero lo único que consiguió fue eliminar a algunos de sus ojos. Su brazo seguía atravesado por la criatura. No podía escapar.

Con un rugido, Sigvar retiró sus piquetas del hielo, y se impulsó hacia abajo. Cayó por diez metros antes de aterrizar, con las rodillas dobladas y las manos extendidas para mantener el equilibrio, justo al lado de Hala. El suelo congelado se resquebrajó por el impacto, y él rodó con fuerza, sin aire en los pulmones.

Ya tenía a Hijo del Trueno en sus manos cuando la criatura se enfocó en él. Intentó retirar sus garras de Hala, pero ella se aferró a esta, manteniéndola atrapada, incluso aunque forcejeaba.

—¡Ataca, Mediocarcaj!—.

Sus fauces se abrieron de forma increíblemente vasta, dejando expuestas filas de colmillos dentados, y gritó desafiante mientras Sigvar empuñaba a Hijo del Trueno para dar un golpe letal.

El inmenso martillo impactó contra la cabeza de la criatura, destrozando la mitad y mandándola por los aires, con una explosión de frío y un estruendo, como el de un rayo. La bestia, llena de odio, embistió contra la barandilla del puente y trató de ponerse de pie, pero se tambaleó mientras la luz morada de su corazón desfallecía.

Con un bramido, Sigvar embistió al monstruo mientras intentaba recuperarse. Chilló, pero no pudo hacer nada para evitar el ataque. Esta vez, Hijo del Trueno lo impactó directamente en el pecho, destrozando su exoesqueleto y desgarrando lo que protegía su resplandeciente corazón. Mientras la bestia surcaba el borde del puente, agitándose violentamente, su corazón se oscureció y murió.

Después, fue consumida por la neblina, hasta desaparecer.

—Eso fue... temerario...—, dijo Hala. Estaba desplomada en el suelo, su herido brazo colgaba a su lado. Su piel estaba pálida, más pálida de lo normal, y sus ojos estaban hundidos y oscuros.

—O tal vez fue la voluntad de las Tres—, contestó Sigvar, desplazándose a su lado y cayendo sobre sus rodillas.

—Tal vez—, concedió ella, esbozando una débil sonrisa.

Utilizando un cuchillo, Sigvar cortó la manga ensangrentada del brazo lastimado de Hala. La carne alrededor de la herida era oscura y humeante. La oscuridad comenzaba a esparcirse por sus venas. Ambos sabían qué podía ocurrir si la oscuridad se esparcía aún más.

—Usa a Colmillo Sangriento—, dijo Hala. No había señal de miedo en su voz. —Apunta bien—, añadió, tocando el centro de su pecho.

Sigvar levantó a Colmillo Sangriento, calibrando su peso. El hielo irradiaba desde su empuñadura sobre sus manos, pero apenas lo distinguía.

—No se ha extendido más allá de tu brazo—, dijo él. —Probablemente no...—

Hala lo miró fijamente, con ojos tranquilos y carentes de miedo. Después, ella asintió.

—Hazlo—, dijo.

Durante tres días, Sigvar escaló.

Y durante tres días, sintió al maligno ojo de las profundidades, viéndolo.

Sintió el hambre voraz en esa mirada, mordiéndolo, devorando su determinación, pero él continuó.

Obediente y sin quejarse. El hielo no ruega por piedad, ni la ofrece. Nosotros tampoco.

Mientras que el hambre del ser ancestral era palpable, Sigvar se percató de que no había una emoción verdadera en él. No sentía enojo, ni odio, ni rencor ante su destino. Era desapasionado, indiferente, incognoscible... y paciente. De alguna manera, eso lo hacía aún más terrorífico.

Tampoco estaba solo. Sigvar no tenía idea de cuántos Vigilantes más yacían atrapados en la profundidad del Abismo de los Lamentos, pero conforme subía, sintió otras miradas concentradas en él, siguiendo su avance.

Finalmente, llegó al Puente de los Pesares. Solo que ahora, mientras subía desde el gran abismo, por fin se movía más allá de su mirada.

Hala Almagélida estaba atada a su espalda. Sus ojos estaban cerrados, y su respiración era débil, pero seguía con vida. Su brazo izquierdo había desaparecido por debajo de su hombro, pero su manga no estaba ensangrentada. El núcleo del Hielo Puro de Colmillo Sangriento había cauterizado la herida con eficacia. Llevarla había sido agotador y había hecho que el ascenso fuera mucho más complicado, pero esa era su labor, y la había realizado sin queja alguna.

Tras detenerse unos segundos para recuperar el aliento, Sigvar pisó con fuerza el puente hacia la ciudadela. Tenía la sensación de que habían pasado años.

El camino estaba oscurecido por una fuerte tormenta de hielo, así que no podía ver más allá de diez metros. Conforme los muros emergieron de la tormenta ante él, pudo ver a una sombría figura aguardándolo.

Ralakka Lenguabífida, Padre Escarchado de los Guardianes, se apoyó con fuerza en su báculo. Sigvar observó la oscura punta del báculo mientras se detuvo ante la puerta y se percató del fragmento de hielo que pendía del cuello del sacerdote.

Este los observó, inquieto. Ahora sabía de dónde provenían.

—Pocos de tus hermanos han vislumbrado la oscuridad que hay debajo, como nosotros—, dijo el anciano sacerdote. —Tu entendimiento de la fe es mucho más profundo ahora, pero aún te falta mucho por aprender—.

Sigvar asintió, aceptándolo. Después, Lenguabífida miró a Hala, quien yacía inconsciente atada a la espalda de Sigvar, y se desplazó hacia atrás, buscando.

—¿Puño de Piedra?—, preguntó, y Sigvar solo le respondió negando con la cabeza. Estaba demasiado exhausto para decir algo más. —Del hielo nacemos, al hielo volveremos—, dijo el Sacerdote Helado, tocando el centro de su frente como reverencia.

—Se está derritiendo—, consiguió decir Sigvar. —Uno de los Nueve. Algo emergió—.

—Los Vigilantes se mueven...—, dijo el sacerdote, abriendo los ojos... probablemente asombrado, probablemente temeroso.

Sigvar solo asintió, con la respiración entrecortada. Su fuerza prodigiosa estaba cerca de fallarle.

—Nuestra señora venerada, la Lissandra OriginalSquare Señora del Hielo y Oscuridad debe ser informada—, dijo el sacerdote. Las inmensas puertas de la ciudadela se abrieron y las sombras dentro de ella lo llamaban. —Vamos, Hijo del Hielo. Debemos prepararnos para lo que se avecina—.

Referencias

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