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Katarina Talon The Name of the Blade
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Historia corta

El Nombre de la Cuchilla

Por Ian St. Martin

Hay un aroma a cobre en el aire.

Lore

Hay un aroma a cobre en el aire.

El olor característico de la sangre fresca llega hasta mí, mi espalda oculta en las sombras mientras Katarina OriginalSquare la analizo.

Mientras ella mata.

La trajeron hasta aquí, a una gran sala con mobiliario decorativo y dos salidas, pero entre los anchos pasillos y los techos abovedados, fue muy fácil para mí seguirla en silencio. Sus perseguidores no lo hicieron así: el estruendo del choque de sus armas y armaduras se manifiesta en su contra. A ojos de un principiante, ella parecería estar atrapada. Una asesina acorralada es una asesina muerta, pero yo sé bien que sus cuchillas son tan solo una entre sus múltiples armas, lejos de posicionarse como las más filosas.

Identifico los patrones ocultos de sus golpes, sus pensamientos traduciéndose ininterrumpidamente en acción. Los movimientos sutiles se esconden detrás de gestos más grandes mientras ella se prepara para explotar cada una de las debilidades que se le presentan. Conozco bien las enseñanzas que nutren su violencia: son las mismas que me enseñaron a mí. Conocimientos sabios transmitidos solo a un puñado que forjan una familia con un propósito, sino es que también de sangre.

Es parte de su derecho de nacimiento, mientras que yo me lo gané en callejones oscuros, con la espuma que proviene de las gargantas degolladas atragantándose. Veo cómo atiende a los principios de nuestras enseñanzas para después quebrantarlos.

Su objetivo aparece y le permite que la vea antes de atacar. En su manera de asesinar hay ostentación. Ruido. Arrogancia. Energía desperdiciada. Cada decisión la expone un poco más; su armadura se expande y cruje, traiciona a su linaje. Aprieto mi labio superior para impedir que, desesperado, se sacuda. Soy una piedra. Sucumbir a tales debilidades solo me alejaría del Filo.

Ya he visto esta ambición antes. Como un niño que creció en el mundo bajo el imperio, observé cómo los ambiciosos levantaban sus cabezas y hombros sobre sus semejantes, lo suficientemente alto como para que todos los vieran, destacando entre las masas. Y después, vi cómo las masas los mataron por ello.

Pronto aprendí sobre el santuario de la sombra y a valorar el escudo que el silencio provee. No olvidarlo me ha mantenido con vida. Veo cómo ella los desafía a ambos y se arriesga a caer por el precipicio del fracaso. Y esta no sería la primera vez. Lo recuerdo:

el frío del bosque, la escarcha brillante sobre la rama en donde me posicioné, observando. Esperando a que ella apareciera.

Cuando lo hizo, estaba envuelta en el ceniciento aroma de la batalla que se enfriaba más allá de lo que podíamos ver. Se aferró a ella con tanta fuerza como su fracaso. Siempre hay un precio a pagar por el fracaso. Ese día, yo puse el precio.

Lo planeé todo a la perfección. No podía permitirme otra cosa. La pendiente de la superficie, la fuerza y la dirección del viento que sopla a través de los árboles. Su comportamiento, su vestimenta, sus armas y su modo de andar. La pequeña y pulcra cuchilla que sostenía entre los dedos con mil pequeñas cicatrices de imperfección. Todo ello pasó por mi mente antes de poder desplegarme. De atacar.

No hubo sonido alguno cuando descendí. Mi cuchilla cortó el aire a destajo; después, su movimiento se interrumpió y luego prosiguió con el aire. Detrás de ella, la sangre dejó un rastro, un lento afloramiento del rojo más oscuro salpicó el aire helado.

Mi impulso me llevó a rebasarla, tal y como lo había planeado. Miré hacia atrás, con la mente en calma. ¿Qué trofeo podría ser una prueba suficiente? ¿Sus cuchillas? ¿Un rizo de su cabello? ¿Sus ojos?

Di la vuelta y la vi ahí, de pie. Agarraba con fuerza su ojo izquierdo, la sangre borboteaba entre sus dedos. No se había caído. Mi estómago se retorció. Una gota de sudor corrió por mis costillas, a pesar del frío. Ella debía desplomarse después del ataque.

El único ataque.

No debía estar viva. Eso le dije. No parecía asimilar las palabras, así es que se lo repetí. Se lo grité.

Respondió con los filos de sus cuchillas.

Peleamos o, más bien, ella peleó. Era una imagen borrosa de cabello rojizo y destellos plateados, sus cortes e incisiones eran impulsados por el dolor, la habilidad y la rabia, en proporciones iguales. La furia deformaba sus facciones, lo cual impedía que la herida que le causé pudiera cerrarse.

Yo fluía a su alrededor, frío y pálido frente a su pasión. En tres ocasiones estuvo cerca de cercenarme hasta los huesos, de regar mi sangre sobre la tierra congelada del bosque, pero la emoción traicionó los golpes con suficiente antelación como para poder esquivarlos. El instinto estaba ahí, pero ella no había planeado el enfrentamiento, así es que logré conservar mi sangre en mis entrañas.

Avisté una oportunidad para terminar con ella de una vez por todas. Esta vez, sí hubiera caído. Nadie se enteraría de mi error, nadie excepto yo.

Tuve la oportunidad, pero la dejé pasar. Después de mi golpe fallido, no intentaría algo por segunda ocasión y, en caso de perecer ante ella, sería un resultado bien merecido. Ahora nada nos diferenciaba.

Ella observó cómo enfundé mi cuchilla y se detuvo.

Tocó nuevamente su rostro, palpando la herida que nunca más la abandonaría. Su aliento se hacía visible con el frío, de su nariz brotaban respiraciones furiosas mientras hablaba. Su propio fracaso, aquel que me trajo hasta aquí, se cernía sobre ella, pero estaba decidida a corregirlo. Lo expiaría.

Yo no podía interferir en su camino, ya no más. Sería demasiada hipocresía. Mi deber era regresar y enfrentar el juicio, conocer qué precio debía pagar.

Antes de regresar hacia el campo de batalla y de abandonar el camino por el que ella vino, me preguntó quién era. No me preguntó si su padre me había enviado, puesto que eso lo tenía claro; solo quería conocer el nombre del asesino que había enviado.

Yo no tenía una respuesta para ella. Mi nombre era irrelevante. Eso le dije, pero se negó a ceder. Pensé en mi pasado, recordé el mundo que existía bajo el imperio.

Allá abajo, en aquellos días finales empapados de sangre, antes de dejarlo todo atrás, me llamaban Talon.

La sangre de su objetivo, ahora su víctima, escurre a través de las rocas. Veo cómo acaba rápidamente con los soldados restantes que la retaban. Me imagino ocupando el lugar del último de ellos, con la capacidad de ver las oportunidades que él era incapaz de registrar, antes de que su cabeza rodara y se uniera a los muertos.

Por unos cuantos segundos, ella contempla con admiración su trabajo. Cuando sonríe, se flexiona la cicatriz pálida que divide su ojo izquierdo. Su sonrisa se desvanece (¿acaso me percibe?), antes de desaparecer por el pasillo, como humo.

Espero un momento antes de permitirme respirar nuevamente. Los músculos que estuvieron tiesos durante horas se distienden en un segundo. Ahora que se ha marchado, saco la cuchilla.

Mis dedos están plagados de mil cicatrices, cada una de ellas es un pequeño paso en mi camino hacia el Filo, aquel perfecto estado inalcanzable que anhelo. Giro la cuchilla en una órbita dominada y practicada. De nuevo. Y una vez más. La cuchilla está limpia: la sangre que la adornó en aquel día se ha esfumado, a la espera de que llegue el momento en que pueda cobrar el precio de su fracaso nuevamente.

La llamo Katarina OriginalSquare Katarina.

Referencias

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