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Historia corta • Lectura de 8 minutos

El Jardín del Olvido

Por Rayla Heide

Más que memorias se han perdido en este jardín. ¿Qué será de Ahri si renuncia a las suyas?

Lore

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Una ráfaga de viento frío corría desde el jardín, acompañada de la tentadora fragancia de fruta pasada y pimpollos en flor. Ahri se encontraba en la entrada del jardín, donde la piedra se transformaba en tierra y las angostas cuevas laberínticas se abrían hacia el cielo en una caldera profunda. La espesura de los árboles y las zarzas crecía salvajemente bajo la luz de la luna, mientras las flores brotaban en espléndida abundancia. Ahri dudó, conociendo bien la naturaleza dual del peligro y la belleza. Había escuchado leyendas de la arboleda sagrada desde su infancia, pero nunca había atravesado las cuevas sureñas para encontrarla. Según las historias, aquellos que atravesaban el umbral del jardín entraban como una persona y salían como alguien completamente distinto, o no salían.

Cualquiera que fuera la verdad, Ahri ya estaba decidida. Mientras entraba al jardín, sintió un cosquilleo en la nuca, como si alguien la estuviera observando. No había ninguna figura visible entre los árboles, pero el jardín estaba lleno de vida. A donde quiera que Ahri miraba, surgían nuevas flores con cada segundo transcurrido. Ahri caminó por un sendero sinuoso a través de marañas de plantas, esquivando raíces estrepitosas bajo la tierra. Se escabulló debajo de vides colgantes que se acercaban a ella como si necesitaran afecto. Podría jurar que acababa de escuchar un shh proveniente del suave crujido de las hojas.

Los rayos de luna brillaban a través del dosel y revelaban árboles con hojas plateadas y doradas. Los tallos de las flores se enredaban alrededor de sus troncos, curvándose para mostrar deslumbrantes pimpollos, más brillantes que cualquier piedra preciosa. Regordetas cerezas especiadas cubiertas en una capa de escarcha repiqueteaban suavemente al balancearse entre la salvaje maleza.

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Un lirio nevado se extendió hacia el rostro de Ahri y acarició su mejilla con suavidad. Era demasiado cautivante para resistirse. Ahri acercó el rostro hacia los pétalos para inhalar su aroma embriagador. Su nariz se enfrió y apreció el ligero olor a naranjas, la brisa veraniega y el olor de una matanza reciente. La flor se estremeció mientras se cubría de color y la respiración de Ahri se entrecortó. Se tambaleó un momento, mareada por el perfume de la flor.

Un corte.

El lirio nevado cayó a la tierra, separado del tallo. Un líquido viscoso se escurrió por el corte. Ahri exhaló, sus nueve colas se sacudían mientras su mente se despejaba.

Se sobresaltó al ver a una mujer con mechones de cabello grisáceo parada frente a ella, tijeras en mano. Estaba envuelta en mantos coloridos y sus pestañas centelleaban con rocío.

Cuando la mujer dirigió su mirada verde mar hacia Ahri, esta se sintió inquieta, como si la mujer pudiera rebanar sus entrañas con la misma facilidad con la que había cortado el tallo. El rostro de la mujer, arrugado como la corteza de un árbol, era imposible de leer. Pero Ahri ya no estaba preocupada por su seguridad.

—Me asustó, Ighilya— dijo Ahri. En las leyendas, la mujer anciana era conocida como la Devoradora de Secretos, la Olvidada, o la Bruja Jardinera. Queriendo mostrar respeto por alguien tan poderoso, Ahri decidió llamarla Ighilya. "Bisabuela".

—Las flores quieren algo de nosotros—, dijo la anciana. —Tal como nosotros buscamos algo de ellas. Sería sabio no meter tu nariz donde no es bienvenida. Sé de lo que hablo. Yo misma alimento a estos bebés hambrientos—.

—Así que usted es la Jardinera—, dijo Ahri.

—Uno de mis nombres más amables, sí. Pero ese no es el punto. Sé por qué estás aquí, Iminha—.

Pequeña. Ahri se sintió incómoda con la palabra, que en general se usaba en una relación familiar, aunque no estaba segura de la razón.

—Buscas absolución. Dejar de sentir dolor—, dijo la Jardinera.

Pasó por arriba de un helecho encogido y le hizo señas a Ahri para que se acercara.

—Ven—.

Conforme avanzaban por el jardín iluminado por la luna, las flores giraron hacia la anciana como si fuera el sol que calentaba sus hojas y las ayudaba a crecer. O tal vez las flores no deseaban darle la espalda.

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La anciana condujo a Ahri hacia un banco en frente de un árbol retorcido de fruta nubis y se sentó en frente.

—Déjame adivinar. Estabas enamorada—, dijo la Jardinera con una sonrisa curiosa en las comisuras de los labios.

Ahri frunció el ceño.

—No te preocupes, no eres la primera—, dijo la anciana. —Así que, ¿quién era? ¿Un soldado? ¿Un aventurero? ¿Un guerrero exiliado?—

—Un artista—, contestó Ahri. No había pronunciado las sílabas de su nombre por más de un año y no podía decirlo ahora. Se sentía como tragar vidrio roto. —Él pintaba... flores—.

—Ah. Un romántico—, dijo la Jardinera.

—Lo asesiné—, dijo Ahri de repente.

Mientras decía la verdad en voz alta, Ahri no podía tapar la aguda amargura en su lengua.

—Succioné la vida vida de sus labios cuando yacía moribundo en mis brazos—, continuó. —Era bondadoso, más desinteresado de lo que cualquiera tiene derecho a ser. Pensé que podría suprimir mis instintos. Pero el sabor de sus sueños y recuerdos era demasiado tentador. Él me alentó. No me resistí. Y ahora... ahora no puedo seguir adelante sabiendo lo que hice. Por favor, Ighilya. ¿Puedes otorgarme el don del olvido? ¿Puedes hacerme olvidar?—

La Jardinera no contestó. Se levantó y tomó una fruta nubis madura del árbol, la peló lenta y cuidadosamente para que la cáscara quedara en una sola pieza. La pulpa se dividía en seis segmentos color bermellón y la Jardinera se los ofreció a Ahri.

—¿Quieres una rebanada?—

Ahri la miró fijo.

—No te preocupes, no quiere nada de ti. No es como las flores. La fruta nunca quiere nada. Es la parte más generosa de una planta, se empeña en ser exquisita y jugosa, además de tentadora. Solo quiere atraer—.

—La comida se convierte en cenizas dentro de mi boca—, dijo Ahri. —¿Cómo puedo alimentarme cuando no soy más que un monstruo?—

—¿Sabes? Incluso los monstruos necesitan comer—, dijo la Jardinera, sonriendo con gentileza.

Puso uno de los segmentos de la fruta nubis en su boca y masticó antes de hacer una mueca.

—¡Está agria! En todos mis años en el jardín, nunca me acostumbre al sabor fuerte—.

La anciana comió los trozos restantes mientras Ahri permanecía en silencio. Cuando terminó, limpió el jugo de su boca.

—Así que robaste una vida que no te correspondía terminar—, dijo la Jardinera. —Ahora sufres las consecuencias.—

—No lo soporto—, dijo Ahri.

—Me temo que estar viva significa sufrir—.

Una vid con lirios nevados se abrió camino hacia el brazo de la anciana.

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—No puedo continuar sabiendo que lo maté—, suplicó Ahri.

—Perderte a ti misma acarrea consecuencias más grandes, Iminha—.

La Jardinera tomó la mano de Ahri y la estrechó. Sus ojos verde mar se iluminaron bajo la luz de luna y Ahri detectó algo de lo que no se había percatado antes, ¿tal vez era anhelo?

—Quedarás destrozada—, dijo la anciana. —Nunca estarás completa de nuevo—.

—Ya estoy fragmentada—, contestó Ahri —y cada segundo que transcurre, me divido en nuevos fragmentos. Por favor, Ighilya. ¡Debo hacer esto!—

La anciana suspiró.

—Este jardín no rechazará un regalo, ya que siempre tiene apetito—.

Con eso, la Jardinera ofreció su brazo a Ahri, aún enredado con la vid de lirios nevados. Los capullos se desplegaron como manos extendidas.

—Da tu aliento a esta flor mientras piensas en los recuerdos de los que deseas deshacerte—, dijo la anciana, señalando el lirio acampanado. —La flor los consumirá. No vuelvas a inhalar hasta que no sientas nada—.

Ahri sostuvo la flor delicadamente entre sus dedos. La Jardinera asintió. Ahri respiró profundo y exhaló hacia la flor.

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...Ahri estaba parada al lado de un hombre de cabello negro como ala de cuervo, en la orilla de un lago. Juntos saltaron al agua y gritaban mientras se divertían en las incesantes olas.

El sufrimiento de Ahri se disolvió como una nube junto con la imagen en su mente.

...en un bosque silenciado por el invierno, Ahri observaba a un hombre de cabello negro como ala de cuervo pintando una flor. —No soy yo tu flor?—, preguntó ella, retirando la cinta de su vestido. Él levantó la brocha y cubrió con pintura su descubierta espalda. Las cerdas cosquilleaban mientras él recreaba la flor sobre su columna. —Lo eres, lo eres—, repetía él, besando su hombro con cada palabra.

Ahri sabía que debía temer lo que estaba por ocurrir, pero su corazón se estaba tornando frío e insensible.

...estaba parada en el centro de un lago, sosteniendo el cuerpo sin vida del hombre al que había amado. Lo vio hundirse en el agua, hasta volverse apenas la distorsión de un reflejo vidrioso.

Antes, esta visión le habría causado un dolor punzante, pero Ahri no sentía más que un dolor apagado.

...Ahri estaba inclinada sobre un leñador caído en una caverna de piedra, consumiendo su vida. Al escuchar el sonido de botas sobre la nieve, se sobresaltó. El hombre de cabello negro como ala de cuervo estaba ahí, observando. Ahri se desesperó, no quería que él viera esto.

—No puedo ser lo suficientemente buena para ti—, dijo Ahri. —Mírame, ávida por el alma de un hombre moribundo. Por favor, déjame. No soy buena. No puedo ser buena—.

Su amor de cabello negro como ala de cuervo respondió: —No me importa—. Era la primera vez que Ahri recordaba que alguien la amaba por completo, a pesar de su naturaleza. Su voz era cálida y grave por la emoción. —Soy tuyo—.

El recuerdo se quedó atrapado en la garganta de Ahri y dejó de respirar, rompiendo el hechizo de la flor.

—No—, pensó. —No puedo perder esto—.

Ahri intentó inhalar, pero el aire se sentía como una soga alrededor de su cuello. La asfixiaba y sofocaba su garganta, como si estuviera respirando veneno. Su visión se oscureció, pero jadeó hasta que sus pulmones estuvieron a punto de reventar.

Perder esto lo mataría de nuevo.

Las rodillas de Ahri cedieron y colapsó sobre el suelo, con el lirio nevado aún en sus manos. El aroma antinatural que inhaló de la flor se metió en su mente, conjurando visiones extrañas y perturbadoras.

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Ahri alucinó. En un silencioso bosque de nieve, imaginó cada una de sus nueve colas arrancadas desde la médula, que volvían a crecer para poder volver a ser arrancadas.

En una cueva de piedra, vio docenas de retratos de ella, pintados con pinceladas de tinta negra. En todas las imágenes, su rostro era blanco y frío.

Flotó, ingrávida, en el centro de un lago, y bajó la mirada para ver que estaba lleno, pero no de agua, sino de sangre.

¿Dónde estás?

En la visión de su mente, vio un rostro distorsionado por los infinitos pliegues de su memoria, uno que ya estaba olvidando. La cara se veía borrosa, como la pintura de un hombre en lugar del hombre en sí. Él la miraba fijo, pero ella no se atrevía a mirarlo.

Ahri abrió los ojos. La Jardinera estaba de pie frente a ella, sosteniendo la vid de lirios nevados que se había tornado color negro.

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—¿Aún puedes verlo?—, preguntó la anciana.

Ahri se concentró en las formas difusas en su mente, hasta que se materializaron en un rostro. Su rostro.

—Sí. Está turbio, pero... Lo recuerdo—, dijo Ahri. Fijó la imagen de su rostro en su mente, memorizando todos los detalles. No permitiría que se disolviera.

Los ojos de la anciana destellaron, no con anhelo sino con arrepentimiento.

—Entonces hiciste lo que la mayoría no tiene la fuerza para hacer. No sucumbiste ante la paz—, afirmó la Jardinera.

—No pude—, dijo Ahri, ahogándose con sus palabras. —No pude renunciar a él. Incluso si soy un monstruo. Incluso si cada día me derrumbo soportando el dolor cientos de veces. El olvido es peor, mucho peor—.

El olvido eran cientos de rostros difuminados observándola con ojos vacíos.

—No puedes recuperar lo que entregaste, Iminha—, dijo la Jardinera. —Las flores no renuncian a lo que se les dio voluntariamente. Pero puedes conservar lo que queda. Márchate. Sal de este lugar antes de que te consuma—, susurró. Las vides se enroscaron en los hombros de la Jardinera y revelaron lirios de un profundo verde mar. —Como lo ha hecho con muchos otros—.

Ahri intentó ponerse de pie, pero una vid de lirios nevados se había enredado en una de sus colas. Forcejeó contra las garras aferradas, quitó púas de su pelaje hasta que pudo levantarse y correr. Raíces anudadas salieron del suelo, intentando aprisionarla mientras la vastaya saltaba entre ellas. Una enmarañada cortina de rosas lunares espinosas maniobró para bloquear el camino de Ahri, pero ella contuvo la respiración y se zambulló debajo de las flores, donde quedaron atrapados algunos mechones de cabello.

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El camino del jardín se había cubierto de lirios nevados de todos los colores. Sus hojas, afiladas como cuchillas, cortaban la piel de Ahri, mientras altos tallos rodeaban su rostro y cuello para vendar su boca. Ahri soltó una mordida y destrozó las fibras con los dientes, sintió el sabor a sangre amarga. Atravesó el arco hasta las cavernas de piedra a toda velocidad.

Apenas podía distinguir la voz de la Jardinera.

—Una parte de ti permanecerá aquí por siempre—, dijo la mujer. —A diferencia de nosotros, el jardín nunca olvida.—

Ahri no miró hacia atrás.

Referencias

 v · e
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