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Historia corta

El Huésped

Por Amanda Jeffrey

Voy a morir.

Lore

Voy a morir.

Cada respiración entrecortada es una agonía. Se siente como si alguien hubiera abierto mi pecho con una sierra oxidada y hubiera llenado la cavidad con dientes. Porque alguien lo ha hecho.

Él lo hizo.

No me atrevo a ver lo que me ha hecho. Fijo la vista llorosa en una diminuta luz en el techo abovedado de ladrillo, desesperado por ver cualquier cosa menos en lo que me he convertido. Más allá está Zaun, mi ciudad, pero de las miles de almas bulliciosas que hay allí, ninguna notaría mi ausencia. Nadie busca al hombre que fui.

clic

El dispositivo de grabación se encendió, el cilindro de cera gira sin cesar, y mi respiración se entrecorta de nuevo, esta vez debido a un sollozo. Él habla.

—El sujeto 'Pensante' está funcionalmente deteriorado. Pero aún conserva el oído y el entendimiento—.

clic

Entre las lágrimas en mis ojos y el efecto deformante del grueso cristal verdoso de la ventana de observación, el hombre sin nombre parece una pesadilla cérea a medio derretir. Sus ojos hundidos y desiguales lagrimean sobre un rostro pálido desfigurado, los vendajes sobre su boca crecen y se encogen mientras pasea inquieto detrás de la ventana para obtener una mejor vista de mi condición.

Su ojo bueno alterna entre mí y el rincón de mi celda de donde proviene un gemido profundo. Me volteo para ver una forma corpulenta que acaba de recuperar la conciencia. Tubos y conductos brillantes serpentean alrededor y a través de sus antebrazos, y duplican su ya considerable tamaño.

En mi estado actual, debilitado y... transformado, esta bestia podría partirme a la mitad sin pensarlo.

clic

—El sujeto 'Rompedor' recuperó la conciencia a los seis minutos de la cuarta campanada. Antes de lo esperado. ¡Prometedor! El experimento comienza a... los siete minutos de la cuarta campanada—.

clic

No. ¡No, no! No otro experimento.

clic

—Estableciendo punto de partida. Sujeto Pensante, responde las siguientes preguntas con la mayor rapidez y precisión posible—.

—¿Qué...?—.

—Primera pregunta: ¿cuál es tu nombre completo?—.

—¡No lo haré! ¿Me escuchas? Exijo que me liberes de inmediato. Me niego a participar en cualquier retorcido y enfermizo...—. Mis palabras se pierden.

clic

Deja a un lado el micrófono de su dispositivo de grabación y se desplaza hasta un conjunto de válvulas al borde de la ventana. Sin siquiera mirarnos a mí o a la cosa del rincón, abre una de ellas, y un chorro a presión de agua helada de sumidero me lanza contra la pared.

Me parece que grito.

Una eternidad después, estoy temblando, apoyado en mis manos y rodillas atrofiadas, intentando recuperar el aliento. Tanteo el suelo buscando afirmarme en medio del agua que drena lentamente, cuando de alguna manera mi muñeca queda atrapada en algo, mi codo se dobla por reflejo y caigo de cabeza al suelo.

Me quedo inmóvil por un momento, sujetándome el brazo donde el dolor es fuerte y punzante... y entonces percibo un movimiento entre mi pecho y el suelo. Algo se retuerce con vigor, como si me hubiera caído encima de un escorpión de Uloan y estuviera a punto de aguijonearme para escapar. Ruedo, pero me sigue. Está sobre mí, sobre mi piel desnuda, arañando y retorciéndose, y el sonido chasqueante me da asco. ¡Pateo y araño y grito e intento con desesperación sacármelo de encima!

—Agotador—.

Tengo las manos ensangrentadas y algo pasa con mis muñecas y no puedo sacarme esta cosa de encima. Es todo pinchos y garras y es como si estuviera enterrada en mi... mi pecho.

Los dientes en mi pecho.

Ahora lo recuerdo. No hay un arácnido sobre mí. Él me hizo esto. Me cinceló y me convirtió en otra cosa, algo con colmillos succionadores injertados en cada muñeca y dos hileras de pinzas hambrientas y flexibles del cuello a la cintura. Y quiere que las use para morder a la cosa que está aquí conmigo.

Una vez nos había maniatado juntos en una camilla de hierro oxidado, la aguja presurosa yendo y viniendo sin piedad mientras nos unía a los dos. Después, esperó. Esperó que empezara el —proceso—, que los instintos que me había dado a través de pecados quirúrgicos y quimtech se activaran.

Cuando no pasó, cuando no pude hacerlo, todo se oscureció.

Y ahora estoy encerrado en esta recámara con mi —huésped— asignado.

clic

—Al sujeto no le agradó el estímulo inicial. Reanudando preguntas de punto de partida. Si el sujeto Pensante no dice su nombre completo...—.

—Detente, te lo suplico. ¡Ten piedad!—, grito.

—La duración y la intensidad se duplicarán. Corrección... se triplicarán—.

clic

Me mira fijamente. Si sonríe debajo de esos vendajes, sus ojos no lo hacen notar. Sujeta la válvula de nuevo, y comprendo lo que vendrá. No tengo dónde esconderme ni de dónde agarrarme, y, cuando las tuberías retumban, todo lo que puedo hacer es acurrucarme lo más que puedo, e inhalar profundamente.

El chorro de agua impacta con tanta fuerza y es tan glacial que el aire escapa de mis pulmones. Me estrello contra superficies que no puedo identificar, y ya no hay arriba ni abajo. Tengo un dolor punzante en el tobillo, y cuando el ataque finalmente cesa, me retuerzo y caigo al suelo. Una vez que recupero el aliento, permanezco inmóvil, sintiéndome más débil que nunca mientras los últimos resquicios de agua desaparecen de la habitación.

Voy a morir.

Un golpe. Retrocedo cuando mi compañero de celda, lleno de drogas químicas, golpea con fuerza la ventana de observación. Es la personificación de la furia: puños enormes y potenciados aporrean el cristal, gritos primitivos e incoherentes surgen de su garganta.

El cristal, y el monstruo del otro lado, permanecen inalterables.

Aunque cada movimiento es una agonía para mí, me arrastro en silencio hacia el lado opuesto de la celda, lejos de la bestia enfurecida llamada Rompedor. Aún sacude el cristal, los nudillos llenos de sangre, a pesar de que no hay signos de estar debilitando la barrera. Ya sea por obstinación o por estupidez, sigue golpeando. Incluso cuando los rugidos se debilitan y se convierten en sollozos mudos, esos nudillos hinchados no se detienen.

clic

—La fuerza física del sujeto 'Rompedor' está dentro del espectro esperado de mejoras musculares-neumatoquímicas, pero demuestra no poseer habilidades de resolución de problemas—.

clic

Sin mostrar ninguna emoción, nuestro torturador da un golpecito en el cristal a la altura del rastro de sangre de las heridas autoinfligidas de Rompedor. Luego, con el ceño fruncido, voltea para mirarme.

clic

—Por otro lado, el sujeto 'Pensante' parece haber sido nombrado precipitadamen...—.

—¡Me llamo Hadri! Hadri Spillwether. Soy una persona... no un sujeto 'Pensante', como me llamas—. Me acerco, desesperado por tocar alguna fibra de empatía en el corazón de mi captor, sin importar los embustes que tenga que fraguar. —¡Tengo un hijo! Tiene... tiene dos años, y debe extrañarme mucho—.

—¿Un hijo?—. El hombre vendado levanta una ceja. —¿Cómo se llama?—.

—L-Locke. El pequeño Locke Spillwether... hermoso como un capullo y dos veces...—.

—Suficiente. No tienes familia. Fallecieron a causa de la misma enfermedad hereditaria que tú mismo padeces, caracterizada por un envejecimiento acelerado y todas las dolencias miserables que eso acarrea. Durante los últimos trece años, has sido una molestia para cualquiera que se dispusiera a escucharte en la Academia de Ciencias de Zaun, buscando... no, rogando ... una cura—.

Sus palabras calaron hondo en mí, frías y aplastantes como el agua.

—Y sin embargo me pagas mi extraordinario regalo con rebeldía y mala información—. Ahora está enojado. —Tus cálculos te dan cinco años de vida. Más mentiras, pero esta vez te mientes a ti mismo. Tienes como mucho tres miserables años antes de convertirte en un inválido babeante. Y no tienes a nadie que cuide de ti como lo hiciste con tu hermana y tu padre—.

No puedo decir nada. Tiene razón. Cualquier esperanza mínima que tenía de encontrar una cura era solo eso: esperanza. La Academia no me ayudaba: una masa rebosante de las mejores mentes del mundo, cada una inalcanzable y distante. Cada uno tenía sus propios intereses desesperados o codiciosos, y yo solo era otra causa perdida. Lamentable. Solitario.

Voy a morir.

—Pero no es necesario que mueras—.

Nuestras miradas se encuentran. Siento... ¿asco? ¿Odio? ¿Indignación? Esperanza. Cómo se atreve a decir eso. Cómo se atreve. ¿Cómo...?

—¿Cómo?—, me atraganto con la pregunta. Detesto haberla formulado.

Él no responde con palabras. Tan solo señala lentamente con la cabeza hacia la silueta encorvada de la cosa con la que estoy encerrado... hacia Rompedor. El bruto se frota las manos ensangrentadas y se mece hacia adelante y hacia atrás evitando hacer contacto visual con cualquiera de nosotros. Tal vez sea incapaz de expresarse. Pesa por lo menos tres veces más que yo, puro músculo, y eso sin contar lo que sea que estén haciendo esas mejoras en sus brazos.

Recuerdo cuando estábamos amarrados a la camilla. Atrapados juntos del mismo modo. Igual de desvalido a pesar de su monstruosa fuerza mejorada. El hombre vendado quiere que me acople a Rompedor, que lo use de... ¿apoyo? ¿Una prótesis viviente?

Mis propios pensamientos me provocan arcadas, y gateo hacia atrás con jadeos secos, lejos de Rompedor.

—Decepcionante—. Nuestro torturador parece aburrido. —Tal vez tres años todavía te parezcan un resultado negativo muy lejano, Pensante. Vamos a hacerlo más emocionante: débil como estás, es muy probable que sufras múltiples fracturas cada vez que aplique este estímulo negativo. Con cuatro aplicaciones más, como máximo, serías clasificable como de movilidad mínima, y, boca abajo en el agua, te ahogarías lentamente—.

Me mira de soslayo a través del cristal. —Basándome en observaciones previas, estimo que será algo bastante insoportable—.

clic

La habitación es demasiado pequeña. Casi no puedo respirar. Mi corazón se arroja contra mi caja torácica con la misma potencia con la que Rompedor golpea la ventana de observación.

Miro a Rompedor y me doy cuenta de que me estaba mirando... pero de inmediato aparta la vista. Había poco entendimiento en esos ojos, pero percibí el miedo compartido y algo parecido a la compasión. Es la primera conexión humana real que he sentido en años. Mucho más humana que nuestro captor.

Sin voltear para evitar encontrarme con su mirada fría y calculadora, le pregunto: —¿Y qué pasa si lo hago? ¿Si yo...?—.

clic

—Una vez que se haya establecido la unión ectoparasitaria, realizaré pruebas para investigar la naturaleza de la unión y la extensión de las habilidades de alteración del comportamiento del parásito en el huésped, entre otras, además de la resiliencia del superorganismo resultante. El experimento habrá concluido, y todo esto...—. Señala con la mano la recámara, las tuberías y las válvulas, la ventana de observación. —Todo esto acabará—.

clic

Asiento con la cabeza sin pensarlo, como si esto fuera lo más normal del mundo, pero luego lo comprendo todo de repente. Probar la resiliencia del organismo. Qué forma tan diplomática de decir torturar hasta la muerte con un bisturí.

Eso no es una cura; no para mí. Es una sentencia de muerte.

Centímetro a centímetro, logro incorporarme, y me apoyo en la fría pared de ladrillos para no caerme. Jadeo y me tambaleo por un momento con mi tobillo ya fracturado, antes de darme vuelta para enfrentarme a mi enemigo a través de la ventana.

—No—.

Hay una larga pausa. Puedo escuchar los sonidos de Zaun: el agua que gotea por las tuberías, las bombas lejanas y el rumor distante y reconfortante de las maquinarias que nunca duermen. Con lo último de mis sentidos, imagino que puedo escuchar la quinta campanada repicando.

No espero nada de mi captor. Aún así me asombro cuando estira la mano...

clic

—El sujeto... no colabora—.

clic

Gira la válvula de agua y la coloca en su máxima potencia.

Dolor. El agua me golpea como una montaña y me estrella sin preferencias contra las paredes, el techo y el suelo. Ya no sé cuál es cuál. Solo hay ruido. Solo hay oscuridad. Solo hay agonía.

Pero luego, hay luz.

Un destello tan brillante que el mundo detrás de mis párpados se vuelve dorado. Una explosión que te deja sin aire.

Y luego nada.

Recupero la conciencia boca abajo en el suelo, golpeado y helado hasta los huesos. Levanto la mirada.

Algo ha cambiado. El agua todavía brota de las válvulas, pero con menos presión. Una luz se filtra por un orificio cerca del techo. ¿Una salida? Hay más destellos amarillos, seguidos de explosiones distantes.

Un gemido agudo se abre paso a través del zumbido en mis oídos. Con horror, me doy cuenta de que proviene de Rompedor: se tapa la cara con las menos y la sangre se escurre entre sus dedos. Carga contra la pared, gira, y cae al agua.

El agua. Está subiendo.

Presa del pánico, intento arrastrarme para llegar al orificio, pero no logro moverme. Los colmillos de mis muñecas rastrillan contra la piedra debajo del agua, provocando que mis dientes rechinen, pero incluso con mis dedos doloridos arañando el suelo no logro avanzar.

Giro para ver si me atoré con algo, y me pongo pálido.

Un pedazo de escombro caído, probablemente el mismo que abrió esa peligrosa ruta de escape, me aplasta la parte baja de la espalda. Lo pateo, pero no sucede nada. Lo empujo, pero no sucede nada. Pruebo todo, me retuerzo y grito y sacudo débilmente. Despacio, el bloque se mueve y cae a mi lado. A mi alrededor, el agua creciente se tiñe de rojo.

No siento las piernas.

—El experimento termina... dos, no, tres minutos después de la quinta campanada—.

Volteo justo a tiempo para ver al hombre vendado alejarse de la ventana y perderse de vista. Un instante después, las luces se apagan. Las explosiones repentinas, mi parálisis o mi rebeldía... me pregunto cuál variable convirtió su preciado experimento en algo inútil para él, digno únicamente de purgarse.

Maldito sea.

Me incorporo para sentarme contra el escombro, mi sangre ahora negra bajo la luz tenue de Zaun. Pareciera como si el calor se escapara de mi interior, congelándome de adentro hacia afuera. No me queda nada.

Sollozos. Escucho sollozar a Rompedor, una roca de desesperanza agazapado en un rincón, las tuberías de sus brazos emitiendo su propia luz verdosa y pálida.

Hablo en voz baja. —H-hola—.

Levanta la cabeza. Manchas negras rodean sus ojos en ruinas, iluminados desde abajo por lo que ese monstruo detrás del cristal le hizo a sus brazos. Una expresión de angustia y pérdida aparece en su rostro mientras inclina la cabeza frenéticamente para escuchar.

—¿R-Rompedor?—. Estoy temblando. Es difícil dejar salir las palabras. —Oye, la-la-lamento no saber tu verdadero...—.

Rompedor se levanta, chapoteando y tambaleándose, y sus implantes quimtech proyectan sombras salvajes. Arremete contra mí... cierro los ojos, esperando el impacto.

De repente, siento una mano, caliente y enorme, sobre mi cabeza. Abro los ojos, y Rompedor está agachado frente a mí, palmeando torpemente mi rostro y hombros, como si quisiera comprobar que soy real.

Un destello distante proveniente del orificio en el cielo, como un relámpago ámbar, lo ilumina. Debajo de la sangre y la hinchazón, parece tan inocente. Tan solo.

Voy a morir.

Pero tal vez Rompedor no tenga que morir.

—¿Rompedor? R-Rompedor, tienes que escuchar... me—. Toma mi mano y gira la cabeza para apuntar un oído hacia mí. —Hay una... una salida—, le digo. —Un hoyo en el techo. Quieres salir de aquí, ¿verdad?—.

Aún tomándome de la mano, asiente con la cabeza con tanto vigor que me sacude de adelante hacia atrás. El dolor se siente bastante caliente contra el frío gélido que me invade. Es casi reconfortante.

—¡Aah! Muy bien. Bien. E-escucha. ¡Escucha! Primero, ti-tienes que soltarme la ma...—.

Su rechazo se evidencia en la firmeza con la que me aprieta los dedos.

El agua ahora me llega hasta la columna de púas que se mueven débilmente en mi pecho. Rechinan, ansiosas por adherirse a un huésped, como si supieran que su objetivo está cerca. Pero moriré antes de hacerme eso. O hacerle eso a Rompedor.

Con tanta sangre arremolinándose en el agua a mi alrededor, no tengo mucho tiempo. Tengo que apurarme.

Levanto mi otra mano y, despacio, abro la suya. —V-vas a estar bien, R-R-Rompedor. Lo prometo. Solo necesito que... verifiques primero que sea seguro—. Ahora me cuesta más respirar. —¿P-puedes hacer eso por mí? Luego los dos podremos s-salir—.

Es una mentira, pero es suficiente para que me suelte.

Le doy un pequeño empujoncito en el codo para que se levante. Estirándome a pesar del dolor, lo impulso un poco hacia adelante, hacia el hoyo abierto.

Dejo caer mis brazos en el agua helada, y me doy cuenta de que el suyo será probablemente el último calor que sienta.

—S-solo escucha mi voz. ¡T-te guiaré!—. El agua ahora me llega al cuello, y tiemblo tanto que no puedo enfocar la vista. —Adelante, unos pocos pasos. Cuidado, ha-hay es-escombros y...—. Se golpea la espinilla contra un pedazo suelto de pared y grita. —Está bien, e-e-e-estarás bien. P-pasa por encima de él. Bien. Ahora, a-acércate a la p-p-pared. ¿La sientes? Bien. Está bien. Hay grietas entre los ladrillos. Úsalas para trepar. Ahora trepa alto. Trepa alto, Rompedor. Eso es... esa es la s-salida—.

Echo hacia atrás la cabeza para respirar una bocanada de aire, el agua me llega a la mandíbula. Por lo menos no siento la mayor parte de mi cuerpo.

—Sube, R-Rompedor—, jadeo. Luego estiro el cuello y balbuceo: —A-adiós...—.

El agua me tapa la cara ahora, pero, a pesar de todo, mantengo mi último aliento. Siento cómo bombea mi corazón en mis oídos. Me parece que me gusta el sonido. Lo echaré de menos.

Mis pulmones empiezan a arder. Esto es todo. Mi corazón ruge. Mis brazos adormecidos se mecen sin control. Mis ojos centellan abiertos y mi pecho jadea, hambriento de aire. Dejo escapar un poco de ese último aliento y trago un sorbo de agua de sumidero amarga.

Solo hay pánico.

Mis manos dan contra algo, y, por instinto, intento alejarme. Hacia arriba. A donde sea. Pero estoy atrapado. No puedo moverme. No hay aire y no puedo moverme. De repente, la cara de Rompedor ocupa toda mi visión. ¡No! ¿También él? Lucho, pero no hay nada. Mi cuerpo se está dando por vencido. Yo me estoy dando por vencido. Mi visión se achica y oscurece; todo se vuelve gris. Veo que Rompedor se voltea, y ansío que lo logre.

Algo anda mal. O bien. No puedo decirlo con certeza. Hay calidez y movimiento. Siento cómo me levantan. Mi cuerpo convulsiona y mi visión se esclarece durante un solo latido de mi débil corazón. A través del agua, veo la nuca de Rompedor. Mi pecho, no, las cosas en mi pecho detectan la columna contra ellos, y se doblan para atacar, estirándose como un gran bostezo. Un dolor reconfortante.

No. Sí. ¡No!

... ¡No quiero morir!

Mientras las púas en mi pecho se detienen, hundo mis colmillos en los costados de su cuello...

CRAC.

¡Vivo/vivimos!

Todavía estamos sumergidos, pero nuestros pulmones están llenos de aire (y vacíos). Nuestras extremidades son fuertes y poderosas (y débiles y quebradas). Podemos ver de nuevo (como siempre).

Me dirijo/nos dirigimos hacia la tenue luz a través del agua. Levanto/levantamos nuestra mano para apartar una barra de metal de nuestro camino. Nuestra mano es increíblemente grande, y está mucho más a la izquierda de lo esperado, y casi nos excedemos. Ajustar. Ahora lo logramos. Es muy fácil empujar. La barra se aleja de un tirón. Pateando, nadamos hacia el hoyo en el techo y nos incorporamos en el último tramo. Nos desplomamos en el techo, afuera.

Aire.

Tosemos el agua en nuestros pulmones, mientras nuestros otros pulmones respiran profundamente.

No, no nuestros pulmones... mis pulmones. Mi corazón late rápido y con fuerza. Mi cabeza da vueltas.

Desciendo por el costado del edificio con la ayuda de mis poderosos brazos. Cuando mis pies tocan el suelo, parece al mismo tiempo distante y un poco cercano, inclinado hacia un costado. Puedo escuchar con una profundidad y una precisión que jamás hubiera imaginado.

Por el olor, estamos en lo más profundo de Zaun. Estoy rodeado de contenedores chorreantes y montañas de basura empapada y retorcida, dentro de un patio detrás de una vieja fábrica. Mucho más arriba, a cierta distancia, una porción de una torre caída se apoya precariamente sobre la pared de un desfiladero, aún hay destellos amarillos y estruendos de explosiones secundarias.

La fuente de mi libertad. De mi creación.

Me sobresalto con el sonido de un cascote cayendo de la pared de la celda a mis espaldas, y me recuerda lo cerca que estuve de la muerte. Por culpa de él.

No puedo quedarme aquí (¡miedo!).

De un instante a otro, estoy corriendo.

Es estimulante. Me sorprende la velocidad a la que el mundo pasa frente a mí, la facilidad con la que se mueven mis piernas. Rápido como un rayo, me oculto en un callejón. Un portal bloquea mi camino, pero ya descubrí un afloramiento de tuberías desde el que puedo saltar, y una barandilla colgante que puedo usar para balancearme sobre el portal.

Ninguno de mis antiguos seres podría haber hecho esto, pero yo puedo. Es tan fácil.

Aterrizo suavemente, y apenas me detengo. El impacto duele, una de mis columnas se quiebra, pero es algo distante, ya no es más una herida arrolladora. Ahora, mis fortalezas se complementan, y reconozco y respaldo mis debilidades. Jamás me he sentido así: mejor de lo que era, más completo. En paz conmigo mismo.

Corro con grandes zancadas, saliendo del callejón y me dirijo de lleno hacia una pequeña multitud que sale de la Iglesia de los Magníficos Evolucionados: una masa de piernas mecánicas, máscaras con respiradero, brazos de metal externos y otras extrañas mejoras.

Pero cada uno de estos perturbadores sectarios obsesionados con las mejoras se para en seco para mirarme.

—Tiene algo en la espalda—, dice un hombre con un ojo mecánico.

—¿Qué es eso?—, pregunta una mujer con una prótesis de pulmón adherida a su espalda.

—¡Se alimenta de él!—, grita con desesperación alguien que no puedo ver en la parte de atrás de la multitud.

Las expresiones se alternan del asombro a la repugnancia. Retrocedo, pero estoy rodeado.

Alguien me empuja desde atrás. Intento decirle que se detengan.

—Por fa... jenme... paz—. —...VOR. DÉJE... EN PA...—.

Las palabras se amontonan una encima de la otra, provenientes de dos bocas. Nunca había escuchado mi nueva voz, y suena familiar y extraña al mismo tiempo. Los Evolucionados parecen no entender. Una roca pasa volando por al lado de mi cabeza.

—DETÉNGANSE...ganse. No les HE... he hecho nada...NADA a ustedes...USTEDES—, imploro. Mis palabras todavía están desfasadas... es como hablar con eco. ¡Mi voz no me responde y estas personas no quieren escuchar!

Un hombre con cabello rubio da un paso hacia adelante, insertando una prótesis con forma de martillo en su muñeca mejorada. Levanta el brazo para atacar.

—¡Dije que me dejen en paz!—. Es mi verdadera voz. Clara como una campanada... armoniosa en la discordancia. Pero las palabras no me servirán ahora.

Frenético, miro alrededor y veo una tubería de vapor cerca mío que cruza el callejón por arriba. Antes de que mi potencial atacante golpee, doy un salto, tirando de la tubería para que caiga entre nosotros. El martillo penetra la tubería, y vapor hirviendo le explota en la cara. Cae hacia atrás, gritando.

Escucho sus gritos y amenazas mientras me alejo corriendo. Recorro a toda velocidad las calles empedradas, pero no sé adónde ir. Paso por edificios de viviendas y tiendas; dejo atrás a un par de alcantarilleros sobre zancos y a un comerciante de temporada. Subo escaleras y doblo esquinas a toda velocidad. Estoy corriendo por uno de los puentes más chicos, con el sonido del hierro resonando bajo mis botas, cuando detecto un olor casi familiar de uno de los vendedores ambulantes. Me agacho detrás de un puesto vacío y respiro profundamente.

Desde un rincón lejano de mi mente, vuelve el recuerdo del olor... Recuerdo venir aquí con... con mamá. Me solía dar dos arandelas para la señora de la avena, y yo volvía a casa con un cuenco humeante.

Casa. Mis ojos se humedecen de solo pensarlo. Algún lugar donde pueda esconderme, algún lugar donde pueda descansar, algún lugar seguro.

¡No está lejos de aquí!

Esta vez, un propósito descorazonado me impulsa a correr. Subiendo tres tramos de escaleras de piedras del lado del desfiladero, pasando el viejo invernadero destruido, luego dos calles abajo hasta el borde de la Atarazana.

Sin darme cuenta, había llegado a lo que alguna vez fue mi hogar. Una estructura carbonizada todavía sigue en pie, abandonada hace mucho tiempo. Mi mente trata de encontrarle sentido. Esta era mi casa (no, no lo era). Vivía aquí con mi madre y mi hermano (no, no vivía aquí). Ella había pintado las paredes de amarillo y decía que era luz solar líquida (nunca he estado aquí).

Con cuidado, subo las escaleras torcidas y empapadas por incontables tormentas. El pasamanos me resulta familiar (extraño) al tacto.

Abro lo que queda de la puerta, y mi visión se humedece. Mis recuerdos felices de sonrisas brillantes chocan con la realidad de restos quemados y escombros. Lágrimas ruedan por mis caras. Algo terrible sucedió aquí, pero no puedo recordarlo.

La puerta de la habitación trasera hace tiempo que está salida de sus goznes, y el techo ha colapsado, pero mis ojos se dirigen a la esquina izquierda, donde solía dormir... un catre pequeño yace oscurecido por el hollín. Me acerco, y por primera vez, leo el nombre rayado en la pared al lado del catre:

—Palo—.

Ese soy yo. Mi nombre es Hadri... digo, Palo. Yo era ambos, pero el yo que vivía aquí, ese era Palo. La madre de Hadri murió al dar a luz, pero Palo fue criado por su mamá.

¿Qué pasó? ¿Un accidente? ¿Un ataque? ¿Mamá hizo enojar al quimobarón equivocado? ¿Provoqué... provoqué algo sin darme cuenta?

El escritorio de mamá es una ruina empapada, pero algo destella entre los restos de madera. Su espejo de mano. Está partido, probablemente por el calor. Lo levanto. Cuando era Hadri, no tenía el valor suficiente para ver en lo que me había convertido el hombre vendado, pero eso pertenecía a una vida pasada. Ahora soy distinto en tantos aspectos, y tengo que saber.

Miro.

Una pesadilla me devuelve la mirada. Allí yace un hombre golpeado, ensangrentado y ciego, con los antebrazos envueltos y perforados por tubos verdes brillantes y cables. Enganchado a su espalda hay un parásito enclenque, sus brazos marchitos alrededor de su cuello, sus colmillos como jeringas apenas ocultos. Sus piernas mustias cuelgan sin vida. Un par de ojos enrojecidos y brillantes se asoman por detrás del hombro del hombre, dilatados por el horror que ve.

El asco me invade. Suelto el espejo, y mis manos más grandes luchan para arrancar al parásito del huésped. Soy horrible. (¡Ahora soy inteligente!) Solo soy un experimento fallido. (¡Ahora soy mejor!) Nadie podría amarme. (¡Me encanta mi nuevo yo!) Siempre estaré solo. (¡No quiero estar solo!)

Solo. Estaba tan solo.

La soledad amarga de dos vidas me golpea, y echo hacia atrás mis cabezas para aullar. Nadie debería sentir esto nunca. Nadie podría. Aúllo por pérdidas duplicadas, y por pérdidas compartidas. Aúllo con autocompasión, y por lo profundo de la pérdida en el otro. Por todo Zaun, escucho que otros se unen al aullido —animales, humanos y algo en el medio— quienes, por un momento, paradójicamente, están juntos en su soledad.

Caigo de rodillas al suelo, mis pies desperdigados inútilmente detrás mío.

Viviré. No como Palo o Hadri. No como Rompedor o Pensante. Soy ambos, o todos ellos. Soy mejor de esta manera.

Arranco una de las cortinas semiquemadas de la pared y la uso para cubrirme los hombros, con cuidado de no obstruir mi visión.

Mis recuerdos son muy extraños, muy complejos, muy confusos. No puedo quedarme aquí. Salgo por la puerta y bajo las escaleras mientras intento pensar adónde iría un monstruo como yo.

clic

—A pesar de, o tal vez debido a, complicaciones inesperadas y explosivas, la fase uno del experimento huésped al fin está completa—.

clic

Quedo petrificado. Mi captor está parado en la calle angosta frente a la casa, una pistola disparadardos neumática apunta hacia mí. Varias ampollas en su cinturón tintinean amenazantes, llenas de líquidos desconocidos (¡quema!), y una mochila en su espalda sugiere que tiene muchas más cosas horribles preparadas.

Él me hizo esto.

Puedo sentir la ira crecer en mis dos pechos, mis corazones golpeándose entre sí con solo unas cajas torácicas entre ellos. Doy un instintivo paso hacia él.

—¡No lo creo!—, me advierte. Como si nada, empuja el lanzador de dardos hacia un lado, aprieta el gatillo y dispara directo hacia un escarabajo grande color verde esmeralda. Horrorizado, observo cómo el líquido del dardo fluye por su cuerpo, disolviéndolo casi de inmediato, y los gritos agonizantes perforan mis cuatro oídos.

Su arma ya está recargada, y de nuevo me apunta. Levanto dos de mis manos.

clic

—Las siguientes preguntas son para la entidad Pensante. Contesta rápido, o aplicaré presiones motivacionales—.

—¿Qué?—.

—Calmado. Primera pregunta: ¿cuál es tu nombre completo?—.

La pistola disparadardos no vacila cuando su largo y manchado dedo se posa sobre el interruptor de su dispositivo de grabación.

—Hadri Spillwether—. Miro a mi alrededor en busca de una salida. Algún lugar hacia donde huir. Cualquier cosa.

—Muy bien. Siguiente pregunta. ¿Cómo se llamaba tu padre?—.

¿Mi padre? No lo conocí... un momento, no, sí tenía un padre. Lo cuidé cuando la enfermedad empeoró. Su nombre era... su nombre era...

—Rápido. ¡Responde la pregunta!—, demandó el hombre vendado.

—¡Arvon! ¡Arvon Spillwether!—. Sonó con más alivio de lo que esperaba. Más desesperado.

—Mmm. ¡Más rápido! ¿Dónde vivías? ¿A qué te dedicabas? ¿Cómo me presenté cuando nos conocimos en la Academia?—.

—¡Aquí! Vivía aquí... no, espera. Yo... Yo no... ¡Cuatro cinco uno! ¡Habitación cuatro cinco uno de la Posada Aroma de Flor! ¿Profesión? Yo... ¿Era vendedor? No puedo... No lo recuerdo. ¡Fue hace tanto tiempo!—. Estoy sudando, sacudo mis cabezas. Todo es tan confuso.

clic

—Patético. Qué desperdicio. Involucionado a una especie de entidad gestáltica, contaminada la pureza de la mente primaria. Inapropiado para una investigación más profunda—, murmura. Luego gira sobre sus talones y empieza a alejarse.

Siento cómo mis caras se enrojecen de rabia.

Él me hizo quien soy. Él incendió mi casa con fuego químico... ahora recuerdo cómo ardía. Él se aprovechó de mi esperanza por encontrar una cura.

Y ahora, él pagará.

Estoy a cuatro pasos de distancia. Ahora son dos. Entonces él gira en el lugar y arroja una ampolla de algo a mis pies. A duras penas puedo dar otro paso cuando me doy cuenta de que mis botas están adheridas con firmeza al suelo. Está a escasos centímetros de mí, y araño el aire inútilmente.

—Y eso que eras un Pensante—, dice. —Fui muy optimista. No volveré a cometer el mismo error—.

Da un largo paso hacia atrás, y gira para dirigirse a un callejón angosto. Leven Wynd... lo recuerdo perfectamente. Apenas se pierde de vista, me agacho, desato los cordones con rapidez y los aflojo lo suficiente como para poder desprenderme de las botas. Con un gran salto, camino descalzo tras él sin hacer ruido por la calle angosta.

El callejón es oscuro, pero mi oído está afilado. Puedo escucharlo al final de la primera esquina, todavía murmurando para sus adentros sobre sujetos y fuentes. Este lugar apesta, e intento no pensar en lo que estaré pisando mientras paso por al lado de huecos pequeños y puertas tableadas. Cuando llego a la esquina, él ya está a medio camino del siguiente tramo, apenas visible en la penumbra y la contaminación. Me inclino para levantar una tubería rota del suelo para usarla como un arma, y me mareo cuando me reincorporo.

Se ha ido.

¡Imposible! Avanzo, revisando las puertas en mi camino. El aire es repugnante, e intento amortiguar la tos con mi cortina, pero solo puedo cubrir una boca. Me mareo cada vez más, y giro para mirar por donde vine. Todo está borroso... muy borroso.

¡Está usando algún tipo de gas! Envuelvo la cortina alrededor de una de mis bocas y entierro la otra en mi hombro, intentando respirar lo menos posible. Esto es una trampa.

Intento regresar a casa dando tumbos... la esquina parece más lejana de lo que recordaba. Tengo que lograrlo. Empiezo a correr, pero una de las puertas —roja, metálica y con púas— se abre de repente y me golpea la cara. Caigo al suelo.

Todas mis extremidades se sienten muy pesadas. Muy pesadas. Creo que me estoy aplastando con mi propio peso sobre mi espalda, pero ya es difícil respirar.

Voy a morir.

El hombre vendado está sobre mí. Con lágrimas surcando mis caras, alzo la vista hacia mi asesino, y entonces recuerdo.

Superpuesto a su rostro, veo otro rostro antiguo... con anteojos oscuros y una quijada bien afeitada. Cuando nos conocimos, hace años, caminaba por el pasillo que conectaba el laboratorio con la sala de lectura, amo y señor de su entorno, admirado, envidiado y algo más que no había podido reconocer (¡temido!). A su paso, dejaba una estela de perfume. Se había detenido y me había mirado, no con lástima como estaba acostumbrado, sino con una sombra de emoción y expectación. Se había presentado.

Singed Singed. Dijiste que eras el profesor SIN-Singed—.

La armonía desaparece de mis voces, y, en mi hora final, estoy solo de nuevo.

Profunda, aplastante y dolorosamente solo.

Singed revisa con apremio sus cosas, buscando algo con desesperación. ¿Una cura? ¿Un poco de piedad?

Su dispositivo de grabación. Lo enciende y se pone de cuclillas para observar.

—Ah, bien hecho, Pensante Cuatro. ¡Eso hace que tengas... sí... más respuestas que Pensante Dos! Has sido de gran ayuda—.

Apaga su dispositivo de grabación.

Es lo último que escucho.

Referencias

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