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Historia corta • Lectura de 4 minutos

El Gambito del Curador

Por Matthew Dunn

Mira, debo ser claro: yo no quería tener nada que ver con ‘‘el señor oscuro’’ o con quien sea que Januk estaba hablando. Solo trataba de vender este estúpido vial al tipo que me pidió que se lo consiguiera. Debió haber sido sencillo.

Lore

Mira, debo ser claro: yo no quería tener nada que ver con "el señor oscuro" "el señor oscuro" o con quien sea que Januk estaba hablando. Solo trataba de vender este estúpido vial al tipo que me pidió que se lo consiguiera. Debió haber sido sencillo.

Pero cuando eres yo, nada está a tu favor por mucho tiempo.

A mi favor. Da igual.

Januk era un adinerado inmigrante freljordiano de barba colorada y poseedor de un gran apetito. Su residencia privada, ajena a sus empleados, estaba llena de reliquias y obras de arte, la mitad de ellas saqueadas ilegalmente de tumbas o de otros museos, y le encantaba cenar rodeado de su colección. Como atestiguaban algunas de las piezas, habíamos trabajado juntos en varias ocasiones en el pasado; solo me había traicionado dos veces. Bueno, dos veces y media, si cuento esa vez en la que me delató después de que ya habíamos rescatado el naufragio del Nivel Amanecer...

A favor de Januk, el pago nunca fue un problema, lo cual disminuye considerablemente mi capacidad de guardar rencor.

—Ezreal—, dijo, haciendo a un lado su plato. Tenía trozos de cordero en sus dientes. —¿Encontraste eso?—

El eso a lo que se refería era el Elíxir de Uloa. Y sí, lo había liberado de un tugurio lleno de trampas en la jungla cerca de Paretha. Saqué el vial de hueso y cristal de mi bolso. Se sentía fresco en la palma de mi mano.

—Aquí tengo lo que estás buscando—, dije, sosteniendo el vial. —Qué contenedor tan interesante. Estimo que es preclásico shurimano—.

La cucharada de líquido viscoso en su interior brilló a la luz de la luna. Los ojos de Januk se agrandaron.

Opté por aumentar el dramatismo. —Te diré algo: esto aquí no es un suero antiguo cualquiera. Es un suero antiguo que lleva una gran carga. Todo el sitio se derrumbó a mi alrededor. Apenas logré escapar con vida—.

—El Elíxir...— la voz de Januk adquirió un tono ceremonial que nunca antes había escuchado. —Una sola gota puede saciar el alma por mil años... Darle a un hombre una piel tan dura como petricita...—

Trató de agarrarlo con sus ávidas manos. Lo retiré de su alcance.

—No tan rápido, Januk—.

—De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo—, balbuceó, buscando la llave del cajón de su escritorio. —Primero el pago. Acordamos sesenta mil—.

—Y que me dieras todo el crédito en el Gremio, ¿recuerdas?—

Ya me habían negado el acceso a muchas cosas en la vida. Bares, escuelas, incluso un recital de Sona Sona... pero el Gremio de Exploradores de Piltóver era el que más me dolía, considerando la cantidad de veces que había arriesgado el pellejo en el campo. Ingratos.

Januk fruncía el ceño. —El Gremio no te tiene en alta estima, Ezreal. No puedo culparlos, después de trabajar contigo en el pasado—. Se sirvió un poco de vinoámbar de una licorera y tomó un sorbo. —Dejaste que me pudriera en ese campo de detención noxiano...—

—Eso fue venganza. Por el Nivel Amanecer—.

—Esa fue la venganza por el mapa—.

—Que fue la venganza por... otra cosa que hiciste—. Rechiné mis dientes. —Probablemente—.

Comencé a inquietarme. Me alisté para salir rápidamente.

—Anda, el crédito era la mitad del trato—, le recordé. —Si no quieres cumplirlo, siempre puedo encontrar a otro comprador—.

Su risa escandalosa rompió la tensión. —¿Por qué crees que sigo haciendo negocios contigo? Es porque me agradas. Tenemos una historia, y la historia siempre es buena para los negocios—. Terminó su bebida. —Déjame ir por la carta a mi estudio. Un momento, por favor—.

Los compradores no guardan los pagos en sus estudios, es la trampa más vieja del mundo. Probablemente regresaría apuntándome con un fusil de chispa a mi bello rostro.

Para pasar el tiempo, examiné con detenimiento su colección de artefactos. Había varios que yo había conseguido en su nombre. Pero mis ojos se posaron sobre algo que no había visto antes. Algo nuevo: una campana de piedra, apenas del tamaño de un gato doméstico. Su base estaba adornada con una extraña escritura. Me acerqué para inspeccionarla.

—Es Ochnun—, gritó Januk. —La lengua de los muertos, creada más allá del velo mortal y hablada únicamente por aquellos que están en el más allá—.

Estaba percibiendo serias vibras traicioneras, así que me di la vuelta.

Januk no tenía un fusil de chispa. Tenía dos fusiles de chispa.

—Lamento informarte, Ezreal, que el Gremio ha rechazado nuevamente tu solicitud—. Se acercó hacia la luz. —El señor oscuro se levantará una vez más. Y el Elixir hará que eso suceda—.

¿Un señor oscuro? Genial. Estuve tan cerca esta vez...

La energía de mi guantelete se elevó. La rabia es un maravilloso aliciente arcano. Siempre digo: úsala o piérdela.

Levanté mi brazo. Januk abrió fuego. Fue magia contra munición de plomo.

¡Sorpresa! La magia ganó. La magia siempre gana.

Los insípidos casquillos de metal ardieron al rojo vivo frente a mi explosión y parpadearon en un vapor plateado en el otro lado. Pero con los traidores hay que tener el doble de cuidado, así que recargué mi guante rápidamente. Hubo un leve siseo, luego una explosión y de pronto estaba parado justo detrás de Januk. Teleportarme distancias cortas no requería mucho esfuerzo, así que puse mi mano enguantada contra la parte trasera de su grande y estúpida cabeza antes de que pudiera darse la vuelta.

—Suelta las armas, Januk—.

—Ya estoy un paso adelante de ti—.

Oh, no me gustó para nada cómo sonó eso. Miré hacia abajo. En efecto, las pistolas estaban en sus pies.

¿Mencioné que Januk era fuerte? Porque es súper fuerte. Tomó mi guantelete con una mano, me jaló sobre su hombro con la otra y me lanzó a través de su escritorio. La maldita campana de piedra se clavó en mi columna. Vi todo blanco y esquirlas. Muchas esquirlas pequeñas.

Januk me pateó en las costillas, por si acaso. Me quitó el Elíxir de Uloa, retiró el tapón y lo bebió hasta el fondo.

—¡Tu patético guantelete no le hará nada a un inmortal! El Elíxir es...—

—Falso—, grazné. —No obstante, casi tiene la tonalidad correcta—. Alcé otro vial, cuyo diseño era mucho menos extraordinario. —Este es el Elíxir verdadero. Acabas de beber veneno de avispa de arena de una baratija de recuerdo—.

Januk miró el vial vacío, su cara hizo muecas como si acabara de probar leche agria. Siendo justos, la leche agria hubiera sido mucho mejor para su sistema digestivo.

Me retorcí de dolor mientras me ponía de pie nuevamente. Me había pateado con una fuerza innecesaria, pero al menos había sido indulgente con mi cara.

—Si yo fuera tú, no me alejaría mucho de un baño por los próximos días—, agregué.

Arrojó al suelo el recipiente elegante, se dobló y gruñó. El veneno de avispa de arena golpea duro y veloz. —Tú... pequeño y petulante... pagarás... por esto...—

Me encogí de hombros, luego levanté mi guantelete y disparé otra explosión de energía mágica hacia la pared. La mampostería crujió, se derritió y explotó hacia el exterior. Los papeles volaron por todos lados. Tomé la campa y me agaché junto a la nueva ventana de Januk.

—Un placer, como siempre—, dije. —No te cobraré por la, eh... remodelación—.

Salté por el hueco, corrí deprisa por la mampostería y brinqué hacia un techo cercano. Quería alejarme de Januk tan pronto como fuera posible, por muchas razones. Ciertamente, el veneno de avispa de arena era la principal; las cosas no se iban a poner lindas en ese lugar por la mañana.

Mientras corría, miré con detenimiento mi última adquisición. Lo que sea que fuere, no cabía duda de que la campana con escrituras en Ochnun estaba impregnada por una energía oscura. Una vez que el Gremio de Exploradores viera esta pieza, tendría un pie adentro para recibir la acreditación. ¿Tal vez con una fiesta en mi honor? Después de todo, yo impedí sin ninguna ayuda que un señor oscuro se levantara.

Y al final, eso suele ser lo único que importa.

Referencias

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