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Historia corta • Lectura de 27 minutos

El Estanque de las Ilusiones

Por Anthony Reynolds Lenné

El oscuro bosque estaba inundado de belleza, pero la chica era incapaz de percibirla mientras daba pasos firmes por el sinuoso camino.

Lore

El oscuro bosque estaba inundado de belleza, pero la chica era incapaz de percibirla mientras daba pasos firmes por el sinuoso camino.

Las centelleantes alas se batían y bailaban en la penumbra, dejando rastros luminiscentes a su paso, pero ella las ahuyentaba de su rostro, ajena a su efímera gracia. Con la mirada abatida, pateó una roca y esta se deslizó sobre las raíces que se retorcían en su camino, sin levantar la vista ante un glorioso atardecer vislumbrado a través de la enramada. Los delicados pétalos de una iris nocturna en flor se desplegaron para liberar su radiante polen en la cálida tarde, pero ella extendió su mano para arrancar la flor de su tallo.

Su rostro ardía de vergüenza y rabia. La reprimenda de su madre aún perduraba, y la risa de su hermano y de los demás parecía seguirla.

Se detuvo, miró los pétalos destrozados en el camino y frunció el ceño. Había algo extrañamente familiar en todo esto... casi como si ya lo hubiera vivido antes. Negó con la cabeza y continuó adentrándose en el bosque.

Finalmente, se detuvo ante el sagrado sauce espectral. Sus extremidades se movían lánguidamente, como si estuvieran bajo el agua, acompañadas por el débil susurro musical de campanillas hechas de huesos.

Conforme una intensa ira recorría sus venas, cerró los ojos y se obligó a aflojar sus puños. Inhaló lentamente, justo como le había enseñado su antiguo maestro, e intentó hacer que su ira retrocediera.

Algo la golpeó con fuerza en la parte trasera de su cabeza y cayó de rodillas. Colocó una mano en la zona del golpe y sus dedos regresaron ensangrentados. Después, escuchó la risa, y su furia resurgió.

Se puso de pie y giró con ojos oscuros y deslumbrantes hacia su hermano y los demás. Su respiración era pesada y agitada, y sus puños se cerraron a sus costados una vez más. Todo el esfuerzo que había hecho para tranquilizarse hacía un momento se había esfumado en un relámpago de enojo. Mientras la ira se acumulaba en su interior, agravándose y creciendo como una enfermedad maligna, el aire que la rodeaba parecía resplandecer, y el sauce espectral comenzó a desvanecerse y marchitarse detrás de ella. Supuraba savia roja y sus hojas se rizaban y oscurecían.

Desde tiempos inmemoriales, la magia de este lugar había alimentado al sauce espectral, al igual que había alimentado a su tierra y a su gente, pero ahora estaba muriendo; sus flexibles extremidades se secaban y quebraban, y sus raíces se doblaban de dolor. Sus campanillas resonaban un triste y fúnebre traqueteo, pero la chica, embebida en su incandescente furia, no las escuchó.

Conforme el árbol ancestral perecía, la pequeña niña comenzó a despegarse del suelo, levitando por los aires. Tres esferas succionadoras de luz, de una oscuridad absoluta, orbitaban alrededor de la chica.

Sus torturadores ya no se reían...

Kalan estaba sobre las almenas de Fae'lor, mirando por el mar angosto hacia la costa de las Tierras Originarias, lo que los humanos hoy conocen como Jonia..

Era una noche oscura y sin luna, pero su visión era tan buena como si fuera de día; las pupilas de sus ojos felinos estaban completamente dilatadas. Ocasionalmente, captaban el brillo de la luz de antorchas y lo reflejaban intensamente. Tenía los ojos de espejo de un depredador nocturno.

Kalan era un vastaya, un descendiente del antiguo linaje. Su pelo era rojizo y colgaba por su espalda en trenzas largas, enrevesadas y anudadas que ahora tenían algunos mechones grises. Su orgulloso rostro era semejante al de un gran gato cazador, con cicatrices cruzadas como consecuencia de una vida llena de batallas. El lado izquierdo de su rostro no tenía pelo y unas furiosas marcas rojas evidenciaban las terribles quemaduras que había sufrido cuando era un joven guerrero. Cuernos ondulados salían de su sien, ambos grabados con patrones rúnicos en espiral, y sus tres colas se movían detrás de él, cada una cubierta con placas segmentadas. La armadura que usaba era de hierro noxiano oscuro y portaba los ornamentos de su imperio adoptado sin estar muy complacido.

Algunos lo consideraban un traidor, tanto a Jonia como a su linaje vastaya, pero eso no le importaba. Lo que ellos pensaran no importaba.

La fortaleza de Fae'lor se había construido sobre la isla del extremo occidental de Jonia. Altamente defendido, durante siglos este lugar se enfrentó a innumerables enemigos antes de que finalmente fuera sobrepasado tras una larga batalla durante la invasión noxiana.

Eso ocurrió antes de que Kalan se uniera a Noxus, antes de la fatídica Batalla del Placidium, donde juró lealtad a Swain. Ocurrió antes de que solicitara el puesto de gobernador de Fae'lor como recompensa por su servicio.

Kalan sabía que los noxianos se burlaban de él a sus espaldas. Podría haber tenido un puesto en un lugar de mucho más prestigio, pero había elegido Fae'lor, ubicado en el borde olvidado del imperio.

Ellos no lo comprendían, y eso no tenía importancia para él. Kalan necesitaba estar ahí.

Sin duda, Noxus no había ganado la guerra... pero tampoco lo había hecho Jonia. No obstante, incluso muchos meses tras el fin de la campaña, Fae'lor permaneció bajo el dominio de los invasores.

Treinta y tres navíos de guerra estaban atracados ahí, al igual que más de una decena de barcos mercantiles. Más de cien guerreros noxianos (una mezcla de batallones de veteranos provenientes de los extremos lejanos del imperio) estaban situados ahí, bajo su mandato.

Una patrulla de guardias marchó por las almenas. Saludaron, chocando sus puños contra las corazas, y él asintió para devolverles el saludo. La forma oscura en que lo miraron no pasó desapercibida por él. Lo odiaban casi tanto como lo hacía su propia gente, pero le temían y lo respetaban, y eso era más que suficiente.

Se dio la vuelta para continuar observando el mar, pensativo sobre el pasado. ¿Por qué estaba ahí?Esa era una pregunta que veía en los ojos de sus subordinados día tras día, y que se acercaba sigilosamente a él en las noches más oscuras... aquellas noches donde el bosque y la caza lo invocaban. No obstante, la respuesta era simple.

Él permanecía ahí para cuidar de ella..

Un par de figuras cubiertas de negro, una femenina y otra masculina, emergieron del mar sigilosamente, pasando desapercibidas. Rápidamente, moviéndose como arañas, escalaron el casco casi vertical del navío de guerra La Cazadora Escarlata y se escabulleron por la borda. Sus cuchillas centellearon y los vigilantes nocturnos del navío fueron eliminados en silencio, uno a uno, sin que ninguna alarma se activara.

En poco tiempo, los cinco noxianos estaban muertos y su sangre goteaba sobre la cubierta.

—Buen trabajo, hermanito—, dijo una de las figuras, agazapada en la sombra de la cubierta superior. Lo único visible de su rostro eran sus ojos y los tatuajes índigo arremolinados que los rodeaban.

—Tuve una maestra medianamente decente—, contestó la otra figura. Él también estaba completamente revestido en color negro y agazapado en la sombra. En lugar de tener tatuajes arremolinados como su hermana, su piel era un bloque sólido de piel grabada.

—Medianamente decente, Okin?—, contestó, alzando una ceja.

—No hay necesidad de alimentar tu ego, Sirik—, contestó su hermano.

—Basta de bromas—, dijo Sirik. Abrió una bolsa de cuero negro que tenía atada en la cadera y retiró un objeto con delicadeza, el cual estaba herméticamente cubierto en cuero encerado. Ella lo desenvolvió cautelosamente y reveló un cristal negro del tamaño de un puño.

—¿Está seco?—, susurró Okin.

Sirik agitó con cuidado el cristal como respuesta. Un haz de brillo anaranjado se encendió dentro del cristal por un breve instante, como una brasa avivada.

—Eso parece. Le encontraré un lugar adecuado—, dijo, asintiendo hacia la puerta más cercana, que conducía debajo de la cubierta. —Tú avisa a los demás—.

Okin asintió. Sirik se escabulló sigilosamente debajo de la cubierta y su hermano regresó en silencio a la borda. Se inclinó por el borde e hizo señas. Siete figuras revestidas en negro surgieron de las oscuras aguas y subieron silenciosamente a la cubierta del navío, abrazando las sombras.

Eran los despojados, los últimos guerreros que habían servido a la fortaleza de Fae'lor antes de que los noxianos se la arrebataran. La vergüenza de esa derrota aún ardía en sus corazones, al igual que el deseo de ver a cada noxiano expulsado de sus tierras natales ancestrales.

En cuanto estuvieron todos sobre la cubierta, esperaron a Sirik, quien emergió después de unos minutos.

—Está hecho—, dijo ella.

Los nueve jonios despojados se trasladaron cautelosamente por el costado del navío, siguiendo a la pareja líder. Se movían con la misma fluidez del agua y corrían con una gran ligereza por el muelle de piedra, dirigiéndose a la fortaleza de Fae'lor.

Cada una de las sombras se puso en marcha, como si fueran espectros, hasta que llegaron al primer muro. Fundiéndose con la oscuridad, permanecieron en absoluta quietud mientras una patrulla pasaba marchando; guerreros noxianos conversando y riendo en su lengua gutural, ajenos a los jonios casi invisibles, agazapados apenas a unos metros de distancia.

En cuanto la patrulla giró en una esquina, los infiltrados se pusieron nuevamente en marcha, trepando por la escarpada superficie del muro, avanzando con rapidez, mano sobre mano. Lo hacían parecer sencillo, como si estuvieran trepando una escalera, pero en realidad no había agarraderas.

Sirik fue la primera en llegar a las almenas. Se asomó y volvió a agacharse, quedándose completamente quieta, aferrada con solo una mano al almenaje. Los demás se paralizaron, después subieron aprisa para llegar hasta donde estaba ella, quien les hacía una serie de movimientos con la mano. Cerró el puño antes de subir a la cima del muro acompañada de su hermano, Okin. Ningún noxiano vio a la pareja de jonios escabulléndose detrás de ellos, dando un ligero salto hacia la parte superior de las almenas.

Después, Sirik y Okin saltaron sobre el enemigo. Los cuatro guardias murieron antes de poder sacar una sola arma.

El último de ellos se aferró a su garganta mientras la sangre escurría por su mano y se tambaleó en el borde del muro. Sirik lo agarró, como una persona que envuelve a su amante en sus brazos, y lo bajó con delicadeza al suelo. Si hubiera caído, indudablemente el sonido habría activado la alarma.

Dos guardias cercanos fueron rápidamente eliminados, en absoluto silencio y sin piedad, y los otros jonios subieron a la parte superior del muro. Después, como si fueran uno solo, avanzaron los nueve, deslizándose por un patio abierto y escalando un segundo muro interno.

Cada uno de ellos conocía su objetivo, así como el diseño exacto de la fortaleza, ya que su propia gente estuvo encargada de la construcción. Los noxianos solo eran los inquilinos actuales.

Subieron por el muro interior y anduvieron por el parapeto; su sincronización era prácticamente perfecta y gracias a ello consiguieron evitar a dos parejas de centinelas en la cima del muro. Se escondieron en las sombras del acantilado de piedra que colindaba con Fae'lor y se hicieron uno solo con la oscuridad.

Fue en ese instante que se escuchó un grito, resonando desde los muelles.

Okin maldijo en voz baja. —Saben que estamos aquí—, murmuró.

—Esperaba que estuviéramos más lejos cuando descubrieran el primer cuerpo—, dijo Sirik —pero eso no cambia nada. El plan es el mismo—.

Al primer grito le siguieron otros, y una campana comenzó a repicar, retumbando en toda la fortaleza.

—Es momento de poner en marcha nuestra distracción—, dijo Sirik. Cerró los ojos y silenció sus pensamientos internos. Con la vista de su mente, pudo ver el cristal negro que había ocultado debajo de la cubierta del navío de guerra noxiano. Extendió una mano hacia él, avivando su energía interna.

Ella no era una hechicera ni una maga espiritual, pero, al igual que muchos de su pueblo, podía sentir y manipular sutilmente la magia de la tierra de formas casi insignificantes. Un don como el suyo era común y de poca importancia, similar al que tenían los granjeros en su aldea, quienes lo usaban para añadir un poco de magia a sus cosechas. Para las personas ajenas era muy impactante, pero entre su gente, esos dones simples eran muy comunes y no provocaban admiración ni temor. Era como tener la habilidad para silbar o para enrollar la lengua... algunos podían hacerlo, otros no.

Sirik comenzó a respirar con mayor profundidad e intensificó sus plegarias silenciosas, alentando a la piedra incandescente a hacer lo que naturalmente hacía.

Tal vez su don era insignificante, pero el efecto que tenía conforme guiaba al cristal a cobrar vida no lo era. Eso estaba directamente relacionado con la naturaleza volátil que tenía el cristal de piedra incandescente, y no con el innato poder que ella poseía. Aun así, el resultado era impresionante.Abajo, en el puerto, el navío de guerra noxiano La Cazadora Escarlata explotó, encendiendo la noche en una bola de fuego humeante. Los soldados que respondían al repiquetear de las campanas de alarma en Fae'lor se detuvieron en seco y se dirigieron hacia el súbito infierno.

Sirik abrió los ojos. —Vamos—, dijo.

Kalan se dirigió al muelle de piedra, flanqueado por guardias, y sus tres colas se movían peligrosamente.

—Mi señor, al parecer se trata del trabajo de saboteadores jonios—, dijo un oficial de mirada nerviosa, el cual trotaba para seguir el ritmo de las largas zancadas de Kalan. —Seguramente fue una detonación de pólvora negra—.

Kalan se detuvo y su rostro reflejó una gran desaprobación conforme examinaba el caos total en los muelles.La

Cazadora Escarlata había desaparecido, convirtiéndose solo en una marca de agua. Los maderos que quedaron aún ardían. Tres embarcaciones cercanas también eran víctimas del fuego y, a pesar de que las tripulaciones trataban de apagar las llamas, Kalan podía distinguir a primera vista que, al menos una de estas, era una causa perdida. Gruñó por la frustración, dejando expuestos sus dientes.

—Ya aseguramos los muelles y está en curso una búsqueda exhaustiva en las otras embarcaciones—, dijo el oficial nervioso. —Si hay más explosivos, los encontraremos—.

Kalan lo ignoró y entrecerró los ojos. Se puso sobre una rodilla y arañó el suelo. Después, dirigió su mano hacia su nariz y olfateó.

—Señor, si aún están aquí, los encontraremos—, dijo el oficial, evidentemente incómodo con el silencio de su superior. —Aunque supongo que partieron hace tiempo—.

Kalan se puso de pie y miró hacia atrás, lejos del mar, hacia los imponentes muros.

—Un acto cobarde—, remarcó el oficial. —Saben que no pueden derrotarnos en un asedio, así que buscan otras formas de hacernos daño. ¡Pero no nos asustarán! ¡Somos Noxus! —Somos...—

—Silencio—, gruñó Kalan. Por primera vez, sus ojos amarillos sin parpadear miraban directamente al oficial. El hombre palideció ante su mirada, y pareció encogerse un poco, como un sapo regresando a su guarida. —Fue una piedra incandescente, no pólvora negra. Y ellos siguen aquí. Este no fue un acto de cobardía—.

El oficial se quedó boquiabierto, como un pez fuera del agua. —¿No?—, pudo decir finalmente, con una voz que superaba ligeramente un gemido.

—No—. Kalan se alejó de él y se dirigió dando zancadas hacia la fortaleza de Fae'lor. —Esto es una distracción—.

Kalan estaba furioso. Se encargaría de ese tonto después. Ahora mismo, tenía algo mucho más importante en lo que debía enfocarse.

—Se dirigen al estanque de las ilusiones—, dijo gruñendo.

Sirik sujetó con su mano la boca del noxiano hasta que su forcejeo cesó, y dejó el cuerpo inerte en el suelo. Limpió la sangre de su daga en la túnica del hombre y echó un vistazo a su alrededor; vio cómo su hermano y los demás lidiaban con el resto de los noxianos en el nivel inferior de la torre.

Ya estaban cerca. Se vislumbraba un acantilado rocoso en el cielo nocturno, en el patio más allá de su posición, y su cima atrajo a los ojos de Sirik. Una estructura sobresaliente que tapaba las estrellas marcó su objetivo.

Las campanas repiqueteaban la señal de alarma, resonando en todo Fae'lor.

Sirik guio el camino para llegar hasta el patio, saliendo de la torre y corriendo hacia los escalones de piedra que estaban tallados en el acantilado. Ya no le importaba quién los viera. El tiempo para actuar bajo subterfugio se había agotado. Ahora, la velocidad era su mejor aliada.

Se escucharon gritos desde las torres, y las flechas persiguieron a los jonios que corrían por el espacio abierto. Ninguna dio en el blanco, solo impactaban contra el adoquín bajo sus pies. Un puñado de guardias emergió de una puerta cercana, corriendo para interceptarlos. Sirik y su compañía no disminuyeron el paso, ni siquiera al desenvainar sus armas: espadas curvas, hoces, dardos envenenados y abanicos afilados. En un instante, los jonios se encontraban entre los noxianos, deslizándose y dando saltos para evitar fuertes golpes, bailando entre ellos con espadas que desataban estragos sangrientos.

Un primer jonio cayó, víctima de un fuerte golpe de una alabarda directo al cuello. Sirik contuvo la instantánea punzada de dolor en su interior y siguió adelante, abriéndose paso entre el enemigo con su hermano a su lado, dejando a unos cuantos de ellos sangrando a su paso.

Llegaron a los disparejos escalones tallados, mucho más antiguos que la fortaleza misma, y comenzaron su trayecto hacia la cima, subiendo tres escalones por vez, a gran velocidad. Las lamparillas colocadas dentro de la roca en los costados de los escalones permanecían apagadas.

Antes de que Noxus se apropiara de este sagrado lugar, las lamparillas jamás habían estado apagadas, sin importar qué hora del día fuera.

Otro jonio cayó, con dos flechas atravesando su pecho. Sin emitir sonido alguno, abandonó el camino, cayendo en el patio que se encontraba debajo. Sin parar, los jonios sobrevivientes seguían a toda prisa, trepando por el camino en espiral, rodeando el acantilado de piedra para poder alcanzar la cima. Más flechas impactaron contra el muro de piedra que se encontraba al lado de ellos, pero afortunadamente ningún otro jonio fue alcanzado.

Lograron recorrer la curva en poco tiempo. Un destello metálico en medio de la noche fue toda la advertencia que Sirik tuvo e instintivamente lo esquivó, dando una voltereta. Una gran lanza, arrojada con gran fuerza, impactó a centímetros de ella a uno de los hombres que venían detrás. Atravesó su pecho, levantándolo del suelo y derribándolo del acantilado.

En la cima de este, dos guardias estaban de pie, en la entrada del templo. Ambos eran bloques inmensos de músculo y portaban una gran armadura negra. Además, tenían gigantescos escudos y cuchillas dentadas colocadas en sus brutales puños.

Los seis jonios restantes atacaron como uno solo, a toda velocidad, saltando y dando volteretas hacia los inmensos noxianos, reluciendo sus espadas.

Rápidamente, Sirik subió a un costado del acantilado, dando dos pasos en la superficie vertical antes de saltar, impulsando a sus cortas cuchillas a encontrar el cuello del primer guardia, con su hermano atacando desde abajo. Okin rodó debajo de un poderoso ataque oscilante, y consiguió colocarse detrás del noxiano, atacando de forma inversa la pierna del enemigo, provocando que se tambaleara. Sirik se abalanzó por los aires, con sus cuchillas por delante, e hizo dos grandes surcos en la sólida carne del cuello del noxiano.

Aun así, él no cayó y, mientras Sirik aterrizaba con ligereza en cuclillas y con una mano en el suelo para equilibrarse, el lesionado guerrero profirió un gran rugido y golpeó con la superficie de su escudo a uno de los jonios despojados contra el suelo. Antes de que Sirik pudiera intervenir, el inmenso noxiano dejó caer el filo del escudo en el cuello de su camarada caído, aniquilándolo al instante.

La otra noxiana estaba demostrando ser igual de resistente ante los ataques, bramando como un toro herido, agitándose de forma salvaje a pesar de que sus sangrantes heridas habrían matado a la mayoría de los individuos de tamaño normal.

Okin perforó las costillas de la noxiana, justo a un costado de su gruesa coraza, y continuó moviéndose mientras su enemiga se dirigía hacia él. En ese momento, Sirik se abalanzó, asestando un segundo golpe, y conforme su enemiga blandía su arma en su dirección, uno de sus camaradas hizo lo mismo, golpeando a la noxiana desde atrás. Pelearon como una manada despiadada luchando contra una presa de gran tamaño y, por fin, la noxiana cayó sobre sus rodillas, derramando sangre por las rocas. Se mantuvo en posición vertical por un momento, maldiciendo, hasta que cayó bocabajo, completamente inmóvil.

Su compañero rugió lleno de furia y dolor, y atacó a uno de los despojados con un brutal movimiento de su cuchilla. Después, corrió hacia su compañera caída; se dejó caer de rodillas y la meció entre sus gigantescos brazos. Había perdido todo el interés en la pelea y profirió un terrible gemido de angustia hacia el cielo nocturno.

Okin y sus compañeros lo rodearon, preparados para dar el golpe final, pero Sirik negó con la cabeza. —Déjenlo—, dijo ella. —Vamos. Terminemos con esto—.

El noxiano no comprendió sus palabras, pero reconoció su intención. Alzó la vista, con una mirada llena de dolor, y se puso de pie, tomando su espada. Después, con un grito, se lanzó sobre Sirik. Lo atacaron antes de que pudiera dar unos cuantos pasos, como él esperaba, y se desplomó a un lado de la noxiana. En su último aliento, se acercó a ella y quedó inerte a su lado.

A pesar de ser un enemigo, su muerte entristeció a Sirik. ¿Ellos dos habían sido familia? ¿Amantes? ¿Amigos? Mediante una respiración profunda, hizo a un lado esos sentimientos con el fin de concentrarse en la tarea en cuestión.

Asintiendo con la cabeza, guio a los cuatro despojados jonios restantes al interior del templo, conocido por su gente como el Dael'eh Ahira, el estanque de las ilusiones

Originalmente, Fae'lor no se había diseñado para ser una fortaleza. Por el contrario, alguna vez fue un centro de tranquilidad y de orientación, en donde jóvenes jonios asistían desde las lejanías para aprender cómo encauzar de la mejor forma posible sus dones innatos. Todo eso llegó a su fin años antes de Sirik siquiera hubiera nacido, y la isla que una vez había estado llena de vida, estudios y serenidad, se convirtió en poco más que una desolada prisión. La vegetación era muy escasa, tanto en la isla como alrededor de la fortaleza; tan solo arbustos quebradizos, secos y llenos de espinas, y liquen color grisáceo eran capaces de prosperar. Los pájaros y el resto de la vida silvestre, que abundaban en las islas cercanas, habían rehuido de Fae'lor, a excepción de los despreciables cuervos negros que llegaron con los noxianos.

Durante todo el tiempo que Sirik estuvo ahí, antes de la invasión, ella y otros guardias habían sido centinelas, vigilantes del Dael'eh Ahira. Su trabajo era asegurar que el ser que habitaba en su interior nunca fuera liberado.

Sirik los llevó hacia la oscuridad dentro de las rocas, sosteniendo en lo alto una esfera de vidrio llena de centellantes alas batiéndose para alumbrar el camino. Mientras más profundo llegaban, la temperatura bajaba más, y ella se estremeció y sintió una punzada en su piel.

Los escalones de piedra estaban resbaladizos por la humedad, pero ella avanzó con agilidad, sabiendo que no transcurriría demasiado tiempo antes de que los noxianos llegaran con una fuerza abrumadora. Ninguno de ellos tenía la esperanza de regresar de la misión; lo único que realmente importaba era cumplir con la tarea que tenían y terminar de una vez por todas con la amenaza que se encontraba aprisionada en el estanque de las ilusiones.

Finalmente, llegaron al punto más profundo del Dael'eh Ahira, deslizándose los últimos metros por las desniveladas rocas, y aterrizaron salpicando en las aguas de escasa profundidad que yacían ahí abajo.

Alguna vez, el templo fue hermoso, pero el desastre había derrumbado la belleza de la cueva durante los últimos años.

Aquí estaba encerrado el ser al que habían vigilado durante tantos años.

El ser al que Sirik había venido a asesinar.

Kalan ascendió hacia la cima del acantilado de piedra dando poderosos saltos, avanzando diez escalones por impulso y con facilidad dejando atrás a sus soldados. Llegó solo a la cumbre, y emitió un gruñido de frustración al ver los cadáveres que había ahí: dos noxianos y dos jonios.

Sin esperar a sus guerreros, se zambulló al interior del Dael'eh Ahira. Descendió por la oscuridad, sus ojos felinos se adaptaron instantáneamente. Podía percibir en el aire un aroma humano, mostrándole el camino.

Adentrándose en la penumbra, Kalan comenzó la cacería.

El oscuro bosque estaba inundado de belleza, pero la chica era incapaz de percibirla mientras daba pasos firmes por el sinuoso camino.

Las centelleantes alas se batían y bailaban en la penumbra, dejando rastros luminiscentes a su paso, pero ella las ahuyentaba de su rostro, ajena a su efímera gracia. Con la mirada abatida, pateó una roca y esta se deslizó sobre las raíces que se retorcían en su camino, sin levantar la vista ante un glorioso atardecer vislumbrado a través de la enramada. Los delicados pétalos de una iris nocturna en flor se desplegaron para liberar su radiante polen en la cálida tarde, pero ella extendió su mano para arrancar la flor de su tallo.

Su rostro ardía de vergüenza y rabia. La reprimenda de su madre aún perduraba, y la risa de su hermano y de los demás parecía seguirla.

Se detuvo, miró los pétalos destrozados en el camino y frunció el ceño. Había algo extrañamente familiar en todo esto... casi como si...—

Oscuras figuras aparecieron en su visión periférica, y ella miró a su alrededor, intentando verlas con claridad. Eran cuatro figuras, pero ella solo lograba distinguirlas si no las veía directamente.

Frunció una ceja, confundida. Esto no era como debía ser.

Algo estaba muy mal.

Sirik y sus tres acompañantes permanecieron de pie formando un círculo, mirando hacia lo más profundo de las aguas. Una mujer yacía ahí, debajo de la superficie; su cabello blanco, largo y ondulante, flotaba a su alrededor lánguidamente.

Syndra. Ese era su nombre, y era sinónimo de destrucción, pues te hacía rendirte ante tus miedos más oscuros y ante la ira. Era un nombre maldito entre las provincias.

Sirik retiró la capucha negra que ocultaba su rostro y la dejó a un lado. Los delicados tatuajes índigo que rodeaban sus ojos parecían retorcerse bajo la luz cambiante emitida por las alas batiéndose que se encontraban dentro de la esfera de vidrio que mantenía en el aire. Los demás también retiraron las telas que cubrían sus cabezas. Todos ellos tenían tatuajes similares en sus rostros, los cuales los identificaban como guardianes de Fae'lor. Todos bajaron la mirada hacia Syndra con expresiones duras.

Las raíces de un árbol ancestral, lo único que evitaba el desplome de las inmensas rocas dentro de la caverna prácticamente ya colapsada, se enroscaron en sus extremidades. Dependiendo de la perspectiva con la que se viera, podrían estar meciéndola, como una madre protectora, o podrían estar conteniéndola y atrapándola. Con facilidad, se podría pensar que estaba muerta, salvo por el tranquilo subir y bajar de su pecho mientras inhalaba dentro del agua.

Syndra no aparentaba ser peligrosa, pero Sirik sabía muy bien lo engañosa que era su imagen. Ella había sido responsable de la destrucción del otrora pacífico templo en el corazón de Fae'lor. Solo fue posible contenerla cuando el espíritu de la tierra misma la había expulsado hacia esas profundidades, tirando de ella y atrapándola en esa inusual existencia suspendida.

Alguna vez, Sirik había expresado en voz alta su confusión respecto a dejar con vida a Syndra. ¿Por qué no solo acabar con su vida y terminar con la amenaza de que ella pudiera despertar de su letargo? Ante la pregunta, su antiguo maestro sonrió y le preguntó que si la tierra deseaba que muriera, ¿por qué la sustentaba? Sirik no tenía una respuesta, no en ese momento y mucho menos ahora. Su antiguo maestro hablaba de equilibrio, pero estaba muerto, asesinado por una espada noxiana, al igual que la mayoría de los que habían servido como los carceleros de la mujer aletargada, la cual seguía con vida. ¿Qué clase de equilibrio era ese?

Mientras estuviera con vida, Syndra era una amenaza, aunque había sido una amenaza contenida cuando ella y los demás vigilaban el Dael'eh Ahira. Sin embargo, ahora que estaba bajo el control noxiano... los insensatos seguramente la liberarían, ya fuera por accidente o en un intento mal intencionado de utilizar su poder destructivo.

No, ese peligro era demasiado grande para arriesgarse. Syndra debía morir. Esa misma noche..

Sirik entregó la esfera con alas batientes centelleantes a su hermano y se adentró en las profundas aguas, con la espada desenvainada.

—Espera—, dijo Okin.

—No hay tiempo, hermano—, dijo Sirik. —Los noxianos estarán sobre nosotros en cualquier momento. Debemos de terminar con esto ahora.—

—Pero tal vez ella sea nuestra mejor arma contra ellos—.

Sirik se detuvo en seco y giró lentamente hacia su hermano, con una expresión de incredulidad.

—Después de todo, ella es jonia—, continuó Okin. —Podría ser una gran aliada. ¡Con ella, podríamos desterrar a Noxus de Jonia, de una vez por todas!—

¿Y después qué, hermano? ¿Crees que podríamos controlarla?—

—No necesitaríamos controlarla—. Okin dio un paso al frente, su voz estaba llena de pasión. —¡Podríamos atacar a Noxus en su propio núcleo! Podríamos...—

—Eres un tonto, hermano—, lo interrumpió Sirik, su voz estaba teñida de escarnio. Dio la vuelta, y se dirigió hacia la figura inmóvil de Syndra.

—No puedo permitirte que lo hagas, hermana. Nosotros no podemos permitirlo—.

Fue hasta ese momento que Sirik se percató de que su hermano y los dos jonios restantes se habían desplegado a su alrededor con las armas en alto. —¿No pueden permitirme hacerlo?—, preguntó.

—No nos obligues, hermana—.

Su mirada los recorrió, analizando la distancia entre ellos y determinando si podría lograr matar a Syndra antes de que la alcanzaran. Estaría cerca de lograrlo.

—Yo no los estoy obligando a nada—, dijo ella. —Vinimos aquí para terminar con una amenaza para Jonia, no para liberarla—.

—Esta podría ser nuestra oportunidad de...—

—No—, dijo Sirik —¿No lo ven? Este tipo de división dentro de Jonia está acabando con nosotros y está jugando a favor de los noxianos. Estamos divididos, discutiendo y trabajando en contra de nosotros mismos, cuando deberíamos estar trabajando juntos—.

—Entonces, trabaja con nosotros—, le rogó Okin.

Sirik señaló la inmóvil figura de Syndra. —Ella es una amenaza mayor para esta tierra que Noxus. Pensar lo contrario es un torpe acto de desesperación—.

—¡Por una vez en tu vida, no seas tan necia!—

—No me convencerás, hermano—, contestó ella. —¿Y ahora qué? ¿Vas a matarme?—

—Por favor, no dejes que lleguemos a eso—, dijo Okin.

Los cuatro permanecieron paralizados por un segundo, sin estar preparados aún para que la situación escalara.

Luego, una sombra surgió de la oscuridad y se abalanzó sobre ellos con intenciones letales.

Sirik gritó para advertirles y se abrió paso hacia delante. El movimiento sorprendió a Okin y a sus compañeros, quienes levantaron sus armas pensando que era ella quien los estaba atacando. Uno de ellos arrojó dos cuchillas con un movimiento de su brazo; el ataque había sido una reacción instintiva.

Sirik logró esquivar la primera daga, pero la segunda dio en el blanco y se incrustó en su hombro. Siseó de dolor y se tambaleó hacia atrás, cayendo torpemente en el agua.

El atacante de Sirik se percató demasiado tarde de que la verdadera amenaza estaba a sus espaldas. El jonio fue alzado del suelo, con una espada surgiendo de su pecho, atravesándolo por completo. Después, el atacante sombrío lo arrojó hacia un lado y avanzó, abandonando su espada y dirigiéndose hacia donde estaba Okin.

Era un vastaya cubierto con una armadura noxiana. Cuando rugió, los labios abiertos revelaron su boca de depredador. El sonido reverberó dolorosamente en el interior de la cueva.

Por supuesto que Sirik lo reconoció, y forcejeó para ponerse de pie. Él era Kalan, el traidor repudiado del Placidium, conocido por haberle dado la espalda a su gente y a Jonia para unirse al enemigo. Le habían otorgado Fae'lor como recompensa, un hueso arrojado a una mascota subordinada y leal. Ella y su hermano habían perdido a varios de sus amigos por causa suya.

—¡Lamebotas noxiano!—, rugió Okin en cuclillas, con la espada en posición. —¡Traicionaste a nuestra gente! ¡Traicionaste a Jonia!—

Kalan se rio amargamente mientras se acercaba a Okin. Flexionó sus manos, y largas garras surgieron de la punta de sus dedos, al igual que un filo de sus antebrazos.

—Jonia no existe—, gruñó el guerrero vastaya. —Nunca existió. Cientos de culturas mortales están desperdigadas por las Tierras Originarias, cada una con sus propias creencias, costumbres, historia y rivalidades. Ustedes nunca han estado unidos, nunca han trabajado juntos—.

—Entonces, tal vez sea momento de cambiar eso—, dijo Okin. —Aunque elegiste el bando perdedor—.

—¿Perdedor? Aún falta mucho para que termine la guerra, niño—, dijo Kalan.

Con una mueca de dolor, Sirik arrancó la daga de su hombro y su sangre comenzó a derramarse por el agua, como un listón carmesí flotando en la brisa. La arrojó con una gran destreza por los aires, giró sobre su mismo eje, y la atrapó, tomándola del filo. Con un rápido movimiento de muñeca, la lanzó hacia el traidor, que se acercaba cada vez más a Okin.

La daga se clavó en el costado de su cuello, sumergiéndose profundamente. A pesar de ello, Sirik se maldijo, porque su puntería no fue perfecta. No fue un ataque letal. Sin embargo, Okin y su última acompañante aprovecharon la situación y se dispusieron a atacar.

Okin se abalanzó hacia el frente, arremetiendo contra su enemigo, pero Kalan detuvo su ataque con la palma de la mano y luego lo derribó de una fuerte patada. La acompañante jonia avanzó con gran velocidad por un flanco, lanzando abanicos afilados por los aires, pero el vastaya, a pesar de estar herido, era demasiado rápido y demasiado poderoso.

Se balanceó hacia un lado y después en dirección contraria, evitando los filos que iban hacia él. Después, embistió hacia delante y tomó a su enemiga por la túnica con ambas manos, e impactó su cabeza contra un muro. Un terrible crujido se escuchó al romperse su cuello.

Los amarillos ojos felinos de Kalan se enfocaron en Okin.

Sirik supo de inmediato que estaba muy lejos para poder ayudar. En cambio, dio la vuelta y comenzó a desplazarse hacia Syndra. Haría lo que había venido a hacer en primer lugar. De cualquier manera, ella no tenía la esperanza de salir con vida de esta travesía, pero ahora estaba determinada a asegurar que sus muertes no fueran en vano.

Escuchó cómo su hermano gritó, desafiante, y cómo el vastaya rugió, pero no se atrevió a voltear su mirada. Se adentró aún más en las profundas aguas y alcanzó a su objetivo. Rodeó con sus dedos la garganta de Syndra. Su piel era cálida al contacto. En la otra mano, la cuchilla de Sirik tomó impulso para el golpe mortal.

Esto no era como debía ser.

Algo estaba muy mal.

La chica aún podía escuchar los sonidos del bosque nocturno a su alrededor. Aún podía ver los helechos, las raíces retorcidas y los últimos colores del atardecer más allá del frondoso follaje que yacía ante ella.

Pero, al mismo tiempo, podía escuchar gritos y rugidos, aunque eran sonidos ahogados, como si los escuchara a la distancia... ¿O debajo del agua?

Por un instante, sintió su garganta llena de líquido y súbitamente fue presa de pánico. ¡Se estaba ahogando! Pero no, eso era imposible. Ella estaba aquí, una niña en la penumbra de un bosque, en las afueras de su aldea. No estaba cerca del agua.

Una forma sombría apareció ante ella, como un terror nocturno con una apariencia incorpórea. Sintió repentinamente una opresión alrededor de su garganta, y forcejeó por tomar aire.

Sus ojos parpadearon. Vislumbró a una mujer joven con el rostro cubierto de tatuajes en espiral. Pero era una visión extraña y ambigua, como si estuviera viendo a esa persona a través del agua. Una mano se aferró su garganta, ahorcándola, y una espada se alzó, lista para clavarse en...

No.

Estaba de vuelta en el bosque. Estaba soñando despierta, una horrible pesadilla. Acababa de llegar corriendo a ese lugar, con las mejillas sonrojadas por vergüenza y enojo. Estaba yendo hacia el sauce espectral para poder tranquilizar la furia que sentía en su interior.

No, eso ya lo había hecho. Lo había hecho una y otra vez, cientos y miles de veces. Revivía ese momento, continuamente.

¿Y si este era el sueño y la otra visión era real?

La oscuridad del odio y la furia de Syndra surgieron en su interior.

Y despertó de su interminable sueño.

Sirik vio cómo los ojos de Syndra se abrieron de golpe.

Con un gemido de desesperación, impulsó su arma hacia abajo, pero no logró impactarla contra ella; una repentina fuerza invisible la arrastró por los aires. Luchó contra ella, agitándose con fuerza, pero era tan inservible como pelear contra la marea ascendente. Era igual de indefensa que un gatito en la boca de su madre.

Syndra se liberó de las raíces retorcidas que habían envuelto sus extremidades durante muchos años y emergió, jadeando. El agua cayó a torrentes conforme ella se elevó en el aire, flotando varios metros sobre la superficie del estanque que brillaba y palpitaba debajo de ella. Un poder oscuro irradió de una de sus manos mientras mantenía a Sirik por los aires, flotando indefensa, y sus ojos ardieron con fuego helado.Mientras Sirik observaba, tanto horrorizada como maravillada, un casco... o tal vez era una corona, surgió sobre la cabeza de Syndra. Se enroscó en su frente, como si la oscuridad tuviera vida, y formó un par de cornamentas grandes y curveadas. Una gota de sombras se formó en su centro y se endureció tanto como una gema, ardiendo con el mismo poder que escurría de ella en oleadas.

Sirik giró por los aires al tiempo que Okin logró liberarse de Kalan. Al hacerlo, vio a Syndra, y una expresión de asombro se dibujó en su rostro. Por su parte, el vastaya parecía estar igual de asombrado, sus labios felinos estaban retraídos, ciceantes, y sus ojos estaban muy abiertos.

Con un horrible sonido succionador, tres orbes de absoluta oscuridad se materializaron alrededor de Syndra y lentamente comenzaron a orbitar a su alrededor. Parecían ingerir la escasa luz de la caverna y tiraban del alma de Sirik; una sensación vil de repulsión y desesperación la envolvía.

—¿Por cuánto tiempo?—, exigió Syndra, su voz era inestable y quebradiza por la falta de uso. —¿Cuánto tiempo he estado encerrada aquí?—

—Años—, escupió Sirik. —Décadas. Debimos matarte hace mucho tiempo—.

Ella sintió el odio de Syndra surgiendo, como una dolorosa puñalada en su interior, y jadeó. Después, Syndra gruñó de furia y con un movimiento lanzó a Sirik a toda velocidad por la caverna.

Se estrelló contra un muro, a seis metros de distancia, y sufrió una caída brusca y dolorosa. Después, la oscura mirada de Syndra se dirigió hacia Okin y hacia la criatura noxiana.

La expresión de Sirik era de dolor. Mientras forcejeaba para incorporarse, advirtió que su pierna izquierda y más de una costilla estaban rotas. Gritó al ver a su hermano Okin tambalearse y caer en el agua, manteniendo sus manos en alto en forma de súplica.

—No, hermano...—, logró decir, débilmente.

—¡No soy tu enemigo!—, vociferó Okin. —¡Ambos somos hijos de Jonia! ¡Únete a nosotros!—

Syndra bajó la mirada hacia él, irradiando poder.

—¡Los noxianos atacaron nuestras tierras y asesinaron a nuestra gente!—, continuó. —Los hicimos retroceder, pero siguen ocupando nuestras tierras ancestrales. ¡Aún no terminan con nosotros! ¡Jonia está dividida y vulnerable! ¡Tienes que ayudar! ¡Ayúdanos a pelear contra la nueva tiranía!—

—Desconozco a estos noxianos de los que hablas—, contestó Syndra. —Pero si asesinaron a mi gente, tal vez les debo mi agradecimiento. La única tiranía que he vivido fue a manos de aquellos a los que consideré familia—.

El rostro de Okin intentaba enmascarar el horror, tal vez se estaba percatando por fin de su propia insensatez, y se desplomó sobre sus rodillas, derrotado.

Con un sonido repugnante y desgarrador, Syndra conjuró otra esfera oscura... toda su amargura, resentimiento y enojo se manifestaron. La esfera fluctuó sobre su mano, girando lentamente.

—Y si tú eres jonio, entonces tú eres mi enemigo—, murmuró.

Sirik gritó, pero no había nada que pudiera hacer. Con un movimiento de su muñeca, Syndra envió a la orbe girando hacia adelante, para después atravesar a su hermano. Él suspiró, todo el color abandonó su carne, y se hundió en la profundidad de las aguas.

Fue entonces cuando Kalan atacó, saltando desde las sombras y con las garras extendidas, pero otro movimiento de mano de Syndra envió las tres esferas que la rodeaban hacia él, derrumbándolo sobre su espalda.

—Tú...—, dijo Syndra, inclinando la cabeza hacia un lado, como si intentara recordarlo. —Reconozco tu alma. Tú traías penumbras a mis sueños—, su expresión se tornó aún más oscura. —Tú fuiste mi carcelero. Tú... tú me mantuviste aquí—

Desde su posición, Sirik vio al vastaya colocarse en una rodilla.

—Eres una abominación—, siseó.

La mano de Syndra profirió una puñalada y la criatura que gruñía se elevó por los aires.

Las aguas del estanque de las ilusiones se agitaron y Sirik miró sorprendida cómo las raíces que contenían a Syndra salían para reclamarla.

—¡Entonces, mátame!—, rugió Kalan. —Pero hazlo sabiendo que jamás encontrarás la calma. Adondequiera que vayas, serás odiada y perseguida. Nunca vivirás con libertad—.

—¿Matarte?—, dijo Syndra, con su labio estremecido por la ira. —No. Ese sería un final demasiado limpio para ti—.

Agitando su brazo, Syndra envió a Kalan hacia las aguas, directo hacia las raíces que se retorcían. Rodearon sus extremidades y lo mantuvieron bajo el agua. Burbujas de aire lo rodearon mientras gritaba... hasta que se quedó inmóvil.

Sirik observó desafiante a Syndra, sabiendo que probablemente le quedaban momentos breves de vida, pero para su sorpresa, la poderosa hechicera la ignoró. En cambio, Syndra dirigió su atención hacia el cielo. Sus dos manos estaban ceñidas en energía oscura y, profiriendo un grito, las levantó. La piedra crujió y un derrumbe de polvo y rocas cayó en el estanque, generando increíbles ondulaciones que se extendían en todas direcciones.

Con un violento movimiento de corte de sus brazos y un estruendo ensordecedor, Syndra despedazó la roca que estaba encima de su cabeza. Gigantescos pedazos de piedra cayeron a su alrededor, chocando contra el suelo con una fuerza titánica. Sirik retrocedió desesperadamente, cada movimiento hacía que un dolor intenso recorriera su pierna y su costado.

Las estrellas titilaron en el cielo y Syndra comenzó a elevarse, flotando hacia su libertad. Ella miró una vez hacia abajo, hacia la inmóvil y sumergida figura de Kalan, envuelta por las raíces.

—Es tu turno de soñar, carcelero—, susurró, y con un movimiento de sus brazos, lo enterró completamente debajo de las rocas caídas.

Estremeciéndose con cada movimiento, Sirik se arrastró tan lejos como pudo, con la certeza de que en cualquier momento quedaría aplastada...

La isla vibró como si hubiera sido desgarrada por un terremoto. Duró lo que pareció ser una eternidad.

Cuando finalmente cesó, un silencio inquietante cubrió todo Fae'lor.

Sirik salió de las penumbras, respiró aire fresco, y sus ojos, desconcertados y abiertos, miraron a su alrededor. Por lo menos la mitad de la fortaleza ya no estaba ahí.

Levantó la mirada. Al principio, solo vio oscuridad donde debió encontrar estrellas. Dando una gran bocanada de aire, se percató de que estaba viendo la silueta de las grandes torres y murallas, colgando en el cielo nocturno. No había colapsado hacia el mar... había sido arrancada de la isla y levantada hacia el cielo.

Ella miró fijamente, boquiabierta. Sabía que Syndra era poderosa, ¿pero tanto? Este era un poder que jamás se habría imaginado.

Mientras Sirik observaba, paralizada por el panorama, pudo distinguir a uno de los navíos de guerra noxianos que estaban atracados en el muelle elevándose sobre el mar. Los hombres caían de la cubierta como hormigas y encontraban la muerte en las rocas debajo, mientras que la embarcación se elevaba cada vez más alto. Después cayó sobre dos embarcaciones, convirtiéndolas en solo astillas. La destrucción fue catastrófica.

El castillo en ruinas del cielo comenzó a desviarse hacia el norte. Sola, en la fragmentada cima del Dael'eh Ahira, Sirik lo vio partir, hasta que los primeros rayos del amanecer surgieron en el horizonte.

La trascendencia de la noche le pesaba como una enorme carga sobre sus hombros. Su hermano y el último de los guardianes de Fae'lor habían muerto. Todos excepto ella.

Y si bien la destrucción provocada a los noxianos esta noche habría sido causa de un gran regocijo en cualquier otro momento, su corazón estaba muy angustiado.

Syndra estaba nuevamente en el mundo.

Habían fracasado.

Kalan se arrodilló, inmóvil y silencioso, mientras esperaba que la vidente vidente hablara. Era una criatura curiosa, de piel violeta, con una sola cornamenta nacarada creciendo en su frente. Algunos la habrían confundido con alguien de su linaje, una niña perteneciente a los Vastayashai'rei, pero cualquiera de la estirpe sabría que no era así.

Los videntes provenían de gente incluso más antigua que sus ancestros.

Cuando abrió sus ojos, aquellos ojos extraños, amables y cubiertos de manchitas doradas que veían más de lo que debían, pudo distinguir que estaban teñidos de tristeza, y su corazón se hundió.

—Te enfrentas a una decisión imposible—, dijo ella. Hablaba en una voz tan baja como el crujido de las hojas otoñales.

—Entonces, dime qué debo hacer—, dijo Kalan.

—No está en mí tomar la decisión. Hay dos caminos que se abren ante ti, pero solo puedes elegir uno. Aunque te advierto que... ambos te conducirán a la tragedia y a la tristeza—.

Kalan no parpadeó. —Dímelo—.

—El primer camino. Peleas contra los invasores. Habrá una gran batalla en el Placidium de Navori. Aunque será sangrienta, saldrás victorioso. Serás proclamado un héroe. Tanto tú, como la luz de tu corazón, viven en paz durante muchos años. Eres feliz. Y aun así, estás destinado a enterrar a tus dos crías, quienes te serán arrebatadas antes de tiempo—.

Kalan inhaló profundamente. —¿Y el otro?—, preguntó.

—Peleas en el bando enemigo. Nunca vuelves a ver la luz de tu corazón ni a tus hijos. Te llaman traidor y maldicen tu nombre. Tu camino es el de la oscuridad, la amargura y el desprecio. Serás odiado por tu estirpe y despreciado por tus aliados invasores. Después de la derrota en el Placidium, debes vigilar la isla de Fae'lor, resguardando el lugar de las ilusiones. Y ahí te quedarás—.

—Y mis pequeños?—

—Viven. Prosperan. Si no lo hacen en esta tierra, en alguna otra. Pero jamás volverás a ver sus rostros, y si alguna vez te desvías de este camino oscuro, ellos estarán perdidos—.

Kalan asintió, y se puso de pie. La tristeza amenazaba con derrumbarlo, pero la contuvo, empujándola hacia lo más profundo de su ser.

Mientras observaba su entorno, absorbiendo los detalles del templo de la vidente, sintió que había algo extrañamente familiar al respecto... una ambigua sensación de que había estado aquí antes y que había sentido esta terrible angustia y pérdida más de una vez.

Luca negó con la cabeza. ¿Estar atrapado en este detestable momento por siempre? Ese sí sería un destino mucho peor que la muerte.

—Lo siento, hijo mío—, dijo la vidente. —La decisión que debes tomar es atroz—.

—No—, dijo Kalan. —La decisión es muy sencilla—.

Trivia

  • Esta historia se filtró el 17 de julio de 2018 junto con De las Cenizas, 27 días antes.
    • El nombre original de esta historia era "La Cueva de las Ilusiones" antes de que cambiara a "El Estanque de las Ilusiones" en la fecha oficial de lanzamiento.

Referencias

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