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Historia corta

El Escudo del Recuerdo

Por Anthony Reynolds Lenné

Quinn corría por el bosque, con movimientos suaves y veloces.

Lore

Quinn corría por el bosque, con movimientos suaves y veloces. Era poco después del amanecer, aunque el sol aún no se alzaba sobre las cimas de las montañas hacia el este. La luz era fría y pálida; todo estaba recubierto por distintas tonalidades de grises. Con cada respiración controlada, Quinn expulsaba vaho.

No había caminos a través de los bosques indómitos que se esparcían como una manta sobre las laderas de las Montañas Boscorientales. Los helechos y la hiedra ocultaban rocas cubiertas con musgo resbaladizo, troncos podridos y marañas salvajes de raíces, pero Quinn se sentía mucho más en casa aquí que en cualquier ciudad o aldea. El terreno duro no ralentizaba su travesía. A pesar de su velocidad, solo existía un puñado de guardianes en toda Demacia Crest icon.png Demacia —todos ellos entrenados por la misma Quinn— que podrían haber tenido alguna posibilidad de rastrearla; así de ligero era su paso.

Detectó un destello de movimiento a su derecha y al instante se dejó caer a la maleza, completamente inmóvil. Sus intensos ojos dorados no parpadearon para no perderse de nada.

Durante diez respiraciones permaneció quieta, invisible entre el matorral. Avistó movimiento de nuevo y se tensó... hasta que vio que se trataba de un ciervo cuernogrande. Era un ejemplar corpulento, con astas que medían más de dos brazos de distancia de ancho. Ya estaba mudando el pelaje; se volvía más pálido y plateado en anticipación al invierno que se aproximaba rápidamente.

Algunos solían decir que encontrarse con un cuernogrande era un buen augurio. Quinn no estaba convencida de que fuera cierto, pero optó por creerlo. En estos días, Demacia necesitaba todos los buenos augurios posibles.

A lo largo de los últimos meses, Quinn había ayudado al Undécimo Batallón a cazar magos rebeldes envalentonados por el asesino del rey, Sylas de Dregbourne Sylas de Dregbourne, a través de las tierras salvajes del norte de Demacia. No obstante, sus exploradores eran pocos y la fuerza del Batallón no residía en perseguir a un enemigo que no plantara pelea. Habían tenido batallas al paso y escaramuzas, pero era como tratar de atrapar humo.

Quinn había perdido tres guardianes durante las últimas semanas y sus muertes le calaban hondo. Por ende, no tomó de la mejor manera el haber recibido la orden de separarse de la cacería de los magos rebeldes para encargarse de escoltar a Garen Guardia de la Corona Garen Guardia de la Corona y a un destacamento de la Dauntless Vanguard Crest icon.png Vanguardia Valerosa en una misión diplomática más allá de las fronteras demacianas. Debía encontrarse con ellos dentro de tres días, en el lado sur de las Montañas Colmillo Verde.

No le parecía el momento adecuado para una operación de ese tipo y hubiera preferido que la misión fuera reasignada a otro de los guardianes bajo su comando, tal vez a LoR Non-Champion Non-Spell Indicator.png6 Elmheart. Sin embargo, el mandato de la orden, entregado por un alaveloz, había solicitado a Quinn en específico.

Y el sello de la mariscal superior LoR Non-Champion Non-Spell Indicator.png8 Tianna Guardia de la Corona no admitía ninguna discusión.

Miró al ciervo gigante un momento más antes de ponerse de pie. El cuernogrande pudo verla. Permaneció en su sitio, impávido.

—Honor y respeto, noble animal—, dijo y asintió.

Era un largo camino hacia las Montañas Colmillo Verde, pero el cielo estaba despejado. Confiaba en que llegaría al lugar de encuentro antes de lo acordado.

Por fin el sol había llegado a su punto más alto sobre las cimas. Su luz dorada se filtraba a través de las copas de los árboles y moteaba el suelo del bosque, cuando el viento cambió. Llevaba una esencia distante y familiar.

Humo.

Un agudo grito atravesó el aire matinal. Quinn miró a Valor sobre las copas de los árboles, a través de las ramas de los inmensos pinos.

—¿Qué ves desde allá arriba, hermanito?—, susurró.

El águila azurita dio dos vueltas y luego se dirigió hacia el este como una implacable flecha azul en dirección al sol naciente. Sin detenerse, Quinn giró y lo siguió.

Poco después, llegó al punto más alto de una cresta, en donde un extraño espacio entre los árboles revelaba un valle más abajo. Una parte del valle estaba despejada y podía verse ganado desperdigado en terrenos divididos por muros de piedra seca. En otras circunstancias habría sido una vista tranquila y pintoresca, pero la mirada de Quinn se concentró en el humo que se elevaba de la oscura forma de una cabaña. Su expresión se endureció.

Comenzó a descender por la pendiente empinada en dirección al valle.

Con cautela, Quinn rodeó la cabaña humeante. Sabía de bandidos que provocaban incendios como este para atraer a sus incautas víctimas; ella no se acercaría hasta estar convencida de que no era una trampa.

Tenía a la mano su ballesta de repetición con flechas cargadas. Era un arma única, ensamblada con exquisitez. No era tan poderosa como una pesada ballesta tradicional, pero podía empuñarla con una sola mano, mientras se desplazaba, y sin la necesidad de recargarla tras cada tiro, lo cual la volvía ante los ojos de Quinn tan valiosa como su peso en oro multiplicado por diez.

Frunció el ceño al encontrarse con una serie de huellas en el suelo. Había habido mucha actividad alrededor de esta cabaña durante el día anterior aproximadamente, pero parecía que ahora solo ella estaba ahí. Quinn se acercó cautelosa, con la ballesta lista.

La cabaña era una vivienda humilde, aunque construida con un cuidado evidente. Abrió de un empujón la pesada puerta principal, la cual aún ardía y colgaba de sus bisagras, y atravesó el umbral.

Había un jarrón de cerámica sencillo sobre una mesa de madera maciza ennegrecida, con un puñado de flores silvestres marchitas. Los restos de las cortinas cosidas a mano, la mayoría de ellas consumidas por el fuego, colgaban tristemente de los marcos de las ventanas. Quinn se percató de que aquellas cortinas estaban corridas, mientras que los postigos restantes habían sido cerrados. El fuego había comenzado después de anochecer.

Sobre el marco sólido de roble de una puerta, Quinn observó pequeñas muescas talladas en la madera. Le recordaron algo que había olvidado hacía mucho tiempo; sus padres hacían algo similar para registrar el crecimiento de su hermano y el suyo.

Esta no era una cabaña de cacería usada esporádicamente, sino el hogar de una familia.

Las sillas y los armarios estaban volcados y destruidos. Los cajones habían sido forzados y sus contenidos estaban regados por el suelo. No quedaba nada de valor. En la pared sobre la chimenea, Quinn observó el contorno de un escudo decolorado por el sol.

Al dar la vuelta, algo entre las cenizas brilló con los rayos del sol que se filtraban a través de un agujero en el techo quemado. Se arrodilló y vio un objeto (¿acaso una moneda?) atorado entre la chimenea y las tablas ennegrecidas del suelo. Quinn enfundó su ballesta y usó la punta de su cuchillo de caza para hacer palanca y sacarlo de allí. Era probable que hubiera caído allí y quedado perdido. Solo lo pudo avistar porque el calor del fuego había deformado las tablas.

Cuando por fin logró desatorarlo, Quinn notó que era un escudo plateado del tamaño de la palma de una mano con el emblema de la espada alada de Demacia. En su dorso había unas palabras grabadas: Malak Puentecuerno, Tercer Batallón. Demacia honra tu servicio.

Era un Escudo del Recuerdo, otorgado a las familias de los soldados caídos en el cumplimiento de su deber. Quinn había entregado unos cuantos a las esposas y padres en duelo.

Tras guardar el medallón —no se sentía cómoda con dejarlo en medio de la destrucción—, Quinn continuó con la revisión de la cabaña. En lo que era claramente la habitación familiar, que había sobrevivido a lo peor del incendio, unas guirnaldas tejidas con delicadeza estaban atadas a los travesaños sobre la cama principal.

En una de las esquinas había una pequeña cama infantil volteada. Quinn entrecerró los ojos al arrodillarse junto a ella. Sobre las tablas del suelo había dibujos hechos con carbón en el sitio en el que alguna vez estuvo el catre. Los símbolos eran bárbaros, de una clase que no solía verse en Demacia. Huesos y pequeños guijarros estaban colocados en posiciones específicas sobre las runas. Tuvo cuidado de no alterar ningún trazo. Ya había visto esas runas anteriormente...

El agudo llamado de Valor retumbó en el cielo, apartando a Quinn del despliegue extraño y perturbador. En cuclillas, regresó a la habitación principal de la cabaña y apoyó su espalda contra una pared. Echó un vistazo cuidadoso y veloz a través de una de las ventanas quemadas.

Un hombre con capa y capucha se acercaba al frente de la cabaña. Un esbelto sabueso gris pálido andaba a zancadas pisándole los talones. El perro lanzó un gruñido ronco, pero él lo calló con una sola palabra.

Sin hacer ruido, Quinn se colocó en la sombra detrás de la puerta principal chamuscada. El hombre entró y luego se detuvo, como un venado tenso frente a la mirada oculta de un depredador sobre sí.

—¿Es usted, jefa?—, preguntó en medio de la habitación aparentemente desierta.

Quinn sonrió. —¿Qué me delató?—.

El hombre dio la vuelta y bajó su capucha. Tenía el aspecto de alguien que pasa la mayor parte del tiempo a la intemperie. Su rostro estaba bronceado y su barba corta desaliñada. Afuera del umbral, el sabueso lloriqueó de la emoción. —Ya no se ven muchas águilas azuritas—, le explicó con una sonrisa.

—Es cierto—, admitió Quinn.

—Es bueno verla, jefa—.

Quinn se arrodilló sobre la tierra afuera de la cabaña y acarició las orejas del perro. Había pasado más de un año desde la última vez que había visto al guarda de Colmillo Verde, Dalin, junto con su fiel sabueso, Rigby.

El guarda le dio su reporte a Quinn. Había llegado a la cabaña tan solo una hora antes que ella y, tras una rápida revisión, se encaminó a hablar con los habitantes más cercanos.

—Un leñador vio a un grupo moviéndose entre los árboles anoche, a medio kilómetro por el valle—, dijo Dalin, y señaló en esa dirección. —De no haber sido por la luna llena, no los habría visto". Al parecer eran invasores—.

—Incendiar una cabaña no es una buena manera de pasar desapercibidos—, observó Quinn. Rigby rodó sobre su lomo y la miró con emoción y adoración.

—¿Tal vez estaban más preocupados por alertar a cualquiera sobre su avance que por mantenerse ocultos después? ¿O tal vez comenzaron el incendio para llamar la atención y aprovecharon la distracción para escabullirse?—. Dalin miró sobre su hombro. —Cuidado, creo que alguien se está poniendo celoso—.

Desde la rama de un árbol muerto, Valor la miraba fijamente.

—Valor sabe que él es el amor de mi vida—, replicó y miró al águila azurita. Le sonrió con los ojos mientras seguía rascando con entusiasmo la panza expuesta del sabueso. —¿Ha habido muchos bandidos por estas tierras últimamente?—.

Dalin negó con la cabeza. —Por suerte, habían estado muy tranquilos, hasta que ocurrió esto. La inquietud en la capital ha afectado los nervios de la gente, pero la presencia de tantos soldados ha obligado a los forajidos a mantenerse escondidos. Golpes de suerte, me parece. Escuché que tanto tú como los tuyos han estado ocupados allá en el oeste. Son tiempos difíciles—.

—Son tiempos difíciles—, Quinn repitió. Su mandíbula se tensó y cambió de tema. —La viuda de un soldado y su hija vivían aquí. ¿Alguien sabe en dónde están?—.

El guarda la miró y después negó con la cabeza mientras se reía. —No debería sorprenderme que ya lo hayas descubierto—, dijo él. —La mujer se llama Asta. Su marido murió en combate contra los magos cuando todo estalló en la Gran Ciudad. Vive sola con su hija—. Miró de reojo la cabaña y suspiró. —No encontré ningún rastro de derramamiento de sangre cuando inspeccioné la cabaña, pero no se ve nada bien—.

—¿No hay amigos ni familiares con los que pudieran estar?—.

—Al parecer, no—, respondió Dalin. —La mujer nació en el extranjero. Es reservada. Su esposo era de Lissus, hacia el oeste. No tiene familiares en estas tierras—.

—¿Era extranjera?—.

—Por lo visto, provenía de una de las naciones independientes del este. Nadie sabe bien de dónde—.

Quinn gruñó y se puso de pie. Giró sobre su eje, pensativa, y luego miró de vuelta hacia el bosque. Caminó hacia donde comenzaban los árboles y examinó el terreno mientras andaba.

—Aquí—, dijo y se detuvo. Dalin la siguió. Ella señaló varias huellas superpuestas y confusas de pies arrastrados. —Salieron del bosque y se detuvieron aquí—.

Dalin se acuclilló y asintió. —Al principio, pensé que estaban a la espera del momento adecuado para acercarse—, dijo él. —Pero luego me encontré con estas otras huellas aquí—.

Quinn rodeó con cuidado las huellas que Dalin le señalaba, para que sus propias pisadas no las ocultaran.

—Un segundo grupo de pisadas, más ligeras que las otras—, murmuró ella. —Nuestra viuda y su hija—.

—Me atrevo a pensar que los confrontó. Después, ellos saquearon e incendiaron su cabaña—. Dalin entrecerró los ojos. —No pude encontrar las huellas de la mujer de vuelta a la casa...—.

—Tienes razón—, dijo Quinn. Su expresión se tornó sombría. —Parece que se las llevaron con ellos. A ella y a la niña. ¿Lo ves? Las pisadas de la pequeña se detienen. Alguien la cargó—.

Miró de nuevo hacia la cabaña. —Pero estos invasores tampoco se acercaron a la cabaña. Quienes la quemaron vinieron del otro lado. Es posible que los invasores se hayan dividido en dos grupos antes del ataque—.

Pensativo, Dalin cruzó los brazos. —Hay algo más—, dijo. —No sé si es cierto, pero al parecer algunos habitantes de por aquí creen que la mujer era... diferente. Una maga—.

Quinn pensó en las runas dibujadas en el suelo, bajo el catre de la niña. Se parecían más a los símbolos de una superstición arcaica que a la hechicería, aunque no podía saberlo con certeza. Esta no era su área de especialidad.

—El chisme local es que los invasores eran aliados de Sylas—, comentó Dalin —y que vinieron por una de los suyos. Eso podría explicar por qué no parece que haya habido una pelea, pero, ¿por qué quemaron la cabaña?—.

Quinn frunció el ceño. Algo no encajaba, estaba segura de ello. —Podría ser una represalia—, reflexionó —ya que su esposo peleó contra los magos. Tal vez querían vengarse—.

—¿Matarlo no fue suficiente?—.

Quinn se encogió de hombros.

—De cualquier modo, iré tras ellos—, dijo Dalin. —Estarán a medio día de distancia como mínimo, pero si llevan a la niña, tal vez avancen más lento—.

Quinn miró el sol para darse una idea de la hora y de lo lejos que aún tendría que viajar para encontrarse con Garen. Llegaría justo a tiempo, pero...

La mujer, Asta, enviudó debido al conflicto con los magos y era probable que la hubieran secuestrado. Quinn tenía buenos motivos para no ignorar ese hecho.

—Iré contigo—, afirmó. —Son, de acuerdo con mi conteo, por lo menos cinco personas. Necesitarás ayuda—.

—Me complace mucho esta coincidencia, jefa—.

—Partamos entonces—, respondió Quinn. —Y no me llames jefa—.

Técnicamente, como caballero guardián, Quinn era la superior de Dalin, pero la jerarquía estricta y los honores siempre la habían hecho sentir incómoda.

—Como usted diga, jefa—, replicó Dalin con una sonrisa irónica, sabiendo exactamente cuánto la incomodaba. —¡Vamos, Rigby! ¡En marcha!—.

Rigby corría a zancadas junto a su amo; su lengua parecía moverse por voluntad propia. Por su parte, Valor se deslizaba entre los árboles, volando bajo.

La majestuosa águila azurita volaba a toda velocidad por delante de los dos guardianes que corrían, pegando sus grandes alas al cuerpo para evitar estrellarse contra las ramas. En un parpadeo, desapareció a la distancia. Unos cuantos minutos después, Quinn y Dalin lo encontraron posado sobre una rama, esperándolos. El águila los miró impasible mientras corrían bajo su posición. Solo cuando estuvieron casi fuera de su vista fue que emprendió el vuelo una vez más, moviéndose en zigzag a una velocidad deslumbrante, y pasó entre ellos de nueva cuenta.

No fue difícil seguir a los forajidos, sobre todo porque Rigby perseguía su rastro. Eran cinco contando a la viuda y no hicieron ningún intento por cubrir sus huellas; privilegiaban la velocidad sobre el sigilo. Los guardianes los rastrearon por una montaña al norte y se adentraron en un valle vecino con un bosque virgen. Luego, el rastro los llevó hacia el este, a través de una corriente helada que descendía sinuosa desde las montañas.

Quinn y Dalin corrieron durante horas para acortar la distancia. Poco a poco, el terreno se volvió más empinado mientras subían por las laderas. No hablaban entre ellos. Las únicas pausas que tomaban eran para cerciorarse de que aún siguieran el rastro. En esas instancias, Rigby iba feliz de un lado a otro, olfateando la maleza, mientras Valor lo miraba con reserva.

Poco después de que el sol alcanzó su cénit, Quinn se detuvo y se arrodilló sobre la tierra suave junto a unos peñascos. A una de las piedras le habían arrancado un poco de musgo, probablemente obra de una bota descuidada. Quinn la inspeccionó, tomó algo de la roca lisa y lo miró con detenimiento.

—Aquí partieron una hogaza de pan—, dijo. —Diría que fue hace solo una hora. Tal vez un poco más—.

—Nos estamos acercando—, replicó Dalin, mientras se sentaba y jalaba aire con fuerza. Rigby aprovechó la pausa para beber a lengüetazos del arroyo cercano, mientras Valor observaba. —Los alcanzaremos al atardecer—.

—No llegaremos a tiempo—, dijo Quinn y apretó los puños en señal de frustración. —Ya habrán cruzado la frontera para ese entonces—.

—¿Piensas que están tratando de salir de Demacia?—.

Quinn se encogió de hombros. De su morral extrajo una galleta pasada, mordió la mitad y le lanzó el resto a Dalin. La atrapó con destreza y le dio las gracias asintiendo con la cabeza. Las raciones no tenían el mejor sabor (de hecho, Quinn pensaba que hasta el aserrín tenía más gusto), pero los nutrían. Un momento después, partió otra galleta y se la lanzó a Rigby. El pálido perro la atrapó en el aire. Chasqueó su mandíbula y la devoró al instante.

—Es posible—, dijo ella. —Si su intención era esconderse, les hubiera convenido más ir hacia el norte. Allá hay desfiladeros y quebradas que llevaría semanas explorar—.

Dalin masticó su galleta insípida, pensativo. —Aunque el cruce de frontera más cercano se encuentra a medio día de marcha hacia el sur—, dijo. —Y no hay forma de que puedan atravesarlo. Las puertas han permanecido cerradas desde el asesinato del rey. De este lado no hay nada salvo acantilados escarpados y torres de vigilancia—.

—A menos que haya otro cruce que desconozcamos—, replicó Quinn. Miró al perro, que resollaba junto a Dalin. —¿Crees que tu amo pueda seguirnos el paso, Rigby, o deberíamos dejarlo atrás?—.

El sabueso la miró confundido y ladeó su cabeza.

Dalin resopló. —Qué graciosa—, comentó. Después, con un gruñido, se puso de pie.

Al poco tiempo, Quinn y Dalin se encontraban parados sobre un risco, mirando hacia un barranco. A la distancia, una inmensa roca puntiaguda se elevaba sobre las copas de los árboles del bosque.

—Ahí—, dijo Dalin, señalando.

Alrededor de la circunferencia de la aguja había un grupo de personas escalando. Era difícil distinguir cualquier clase de detalle. A lo lejos, se veían como hormigas; no obstante, era claro que llegarían a la frontera antes que los guardianes.

—Si pudiera llegar adelante de donde están, podría retrasarlos—, dijo Quinn.

—La única manera en la que podrías conseguirlo es si...—, comenzó Dalin, pero sus palabras se apagaron al ver a Quinn observándolo con una sonrisa tenue.

—Oh—, respondió. —Claro—.

Con ayuda de Valor, Quinn se elevó por los aires. Las garras como cuchillas del águila la sujetaban con fuerza por los hombros. Ella entrecerró los ojos al sentir el viento helado mientras volaban sobre los árboles.

—Llévanos por el norte—, gritó Quinn cuando estuvieron cerca de la roca. Balanceó su peso hacia esa dirección y Valor oficiosamente se inclinó hacia su descenso.

Los invasores habían rodeado hacia el sur de la roca hasta desaparecer entre los árboles, pero Quinn no pretendía seguir el mismo camino. No, ella necesitaba llegar más allá de donde estaban si quería detenerlos el tiempo suficiente hasta que Dalin y Rigby pudieran alcanzarlos. Dos guardianes contra cinco no era un buen pronóstico, pero era mejor que enfrentarse a ellos sola.

Valor siguió descendiendo y Quinn elevó sus piernas para evitar estrellarse contra las ramas más altas. La roca se cernía frente a ellos. Valor se ladeó hacia el flanco norte y ganó altura cuando las corrientes de aire los elevaron. Luego, el suelo rocoso se alzó rápidamente para encontrarse con ellos. Al avistar un posible lugar de aterrizaje, Valor cambió de ángulo y ladeó sus alas hacia atrás para reducir la velocidad del descenso.

Con dos poderosos aleteos, los pies de Quinn tocaron la tierra suavemente.

—Gracias, hermano—, susurró mientras Valor la soltaba. De inmediato retomó la carrera hacia el escondite del bosque. Liberada de su peso, el águila azurita alzó el vuelo una vez más.

Quinn saltó sobre marañas de raíces y atravesó arboledas de helechos y liquen colgante. Corrió a lo largo de un árbol caído, que usó como puente para atravesar una cascada y dio un brinco para llegar a la cuesta del otro lado.

Este no era el ritmo habitual de carrera de fondo que podía mantener durante horas sin parar. Esta era una carrera a toda velocidad. Su corazón martilleaba en su pecho. Tras llegar a lo alto de la colina, se tiró al piso para ocultarse entre los helechos. Abriéndose paso con los codos hacia el borde de la cuesta, echó un vistazo hacia el vacío que había abajo.

Apareció una figura solitaria con un arco en la mano. Era un hombre barbudo, envuelto en pieles. El adorno de bronce que llevaba alrededor de su brazo destellaba en la luz veteada que se filtraba a través de los árboles. Quinn entrevió pintura de guerra espiralada o tatuajes sobre la piel pálida del hombre.

La caballero guardián supo en ese instante que no era ningún mago rebelde demaciano ni un bandido. De hecho, no tenía nada de demaciano.

El invasor se detuvo e inspeccionó el camino que tenía por delante. Quinn sintió que su mirada se posaba en ella. Contuvo sus ansias por arrastrarse hacia atrás, sabiendo que el movimiento de los helechos atraería más su atención que si se quedaba quieta.

Con aparente satisfacción, el forastero levantó una mano y señaló hacia adelante antes de continuar. Quinn se mantuvo en su posición, a la espera de que el resto del grupo apareciera. Uno de ellos llevaba amarrado a la espalda un resplandeciente escudo demaciano. Era el que habían robado de su lugar sobre la chimenea de la cabaña, un escudo que le había pertenecido a un soldado noble caído en la batalla. Ver a un forastero portarlo como trofeo la llenó de una furia ardiente.

No fue difícil distinguir a la viuda. Mientras los otros vestían pieles y cuero, ella estaba ataviada con un vestido de lana simple pero elegante, enrollado un poco para tener más movilidad en las piernas. Alrededor de sus hombros llevaba un chal de piel y calzaba un par de botas altas muy prácticas. Se notaba exhausta y se tambaleaba hacia delante con la cabeza gacha. Con un suspiro de alivio, Quinn vio a la niña, una pequeña con una maraña de rizos dorados, dormida entre los gruesos brazos de uno de los saqueadores.

La caballero guardián los observó por un momento más. Luego, se arrastró lentamente hacia atrás mientras ensamblaba un plan en su mente. Sabía hacia dónde se dirigían, puesto que ya había estado allí unos años antes.

En su juventud, ella y su hermano mellizo Caleb habían recorrido las tierras salvajes que rodeaban su tierra natal, el Valle de Úwen, a varios días de marcha hacia el noroeste. Ambos solían adentrarse durante semanas en la naturaleza. Exploraban los bosques y las laderas de las montañas, cazaban su propia comida y dormían bajo las estrellas. A su padre esto no lo tenía muy contento, pero su madre siempre los había motivado hacia esa dirección. Ella creía fervientemente en la importancia de la autosuficiencia y el ingenio; ambos chicos la habían acompañado en sus cacerías desde muy jóvenes.

Con el tiempo, su padre accedió a sus travesías, convencido tal vez porque la despensa siempre estaba abastecida de carne de venado y jabalí tras su regreso, aunque nunca dejó de preocuparse por ellos.

Y resultó que su preocupación no había sido en vano.

Quinn había estado en este sitio una vez, un mes antes de la muerte de Caleb. Por ello, sabía que si los forasteros continuaban por ese camino, tendrían que llegar hasta la cima a través de una estrecha quebrada, a medio kilómetro de distancia.

Escondida por la punta de la cuesta a su derecha, Quinn se desplazó a toda velocidad por un camino paralelo al de los invasores. Llegó a la quebrada antes que ellos y corrió hacia un costado. Acababa de colocarse en posición sobre la quebrada, con la espalda contra una roca que la ocultaba, cuando escuchó al primero de los forasteros comenzar su ascenso.

Quinn respiró de manera controlada para disminuir la velocidad de su corazón palpitante. Dejó enfundada su ballesta con repetidor, pero extrajo su largo cuchillo de cacería. La hoja era larga y ancha, casi del tamaño de una espada corta.

El forastero era bueno, prácticamente no había hecho ruido al subir a buen ritmo por la quebrada rocosa, pero no lo suficiente como para darse cuenta de que Quinn lo estaba esperando. Cuando llegó hasta el final del empinado ascenso, Quinn salió de su escondite. Se paró a su lado y él no la vio sino hasta el último momento. Trató de girar mientras tensaba la cuerda de su arco, pero era demasiado lento. Quinn lo golpeó en la sien con el pomo de su cuchillo y el hombre se desplomó sin hacer ruido.

Apresuradamente lo arrastró fuera de la vista. Sangraba, pero seguía vivo. Con movimientos ágiles y ensayados, la caballero guardián ató las muñecas del hombre inconsciente antes de tirar de ellas hacia atrás y amarrarlas a sus tobillos. Luego, regresó a su posición, con la espalda contra la roca. Extrajo su ballesta y giró el cuchillo en su otra mano, con la punta hacia abajo.

Se asomó brevemente por la quebrada antes de agacharse de nuevo. Tres invasores subían a cuestas la pendiente, con la viuda entre ellos. Aquel que Quinn creía que era el líder, ya que era el más grande de todos y el único que llevaba una cota de malla bajo sus pieles, marchaba al frente. Era quien portaba el escudo demaciano atado a su espalda.

Quinn rechinó sus dientes en señal de frustración. Debería haber cuatro de ellos. ¿Dónde estaba el último? ¿Iba a la retaguardia o tal vez se estaba acercando desde un ángulo inesperado? Cerró los ojos e inhaló profundo. Ya era demasiado tarde para cambiar su plan. Se encargaría de él cuando apareciera, si es que lo hacía.

Mientras el líder de los invasores se acercaba, Quinn se paró frente a él, con la ballesta apuntando a su garganta.

El hombre tardó un momento en registrar su presencia. Sus ojos se abrieron de par en par y se detuvo en seco, buscando instintivamente el hacha que colgaba sobre sus hombros.

—No lo hagas—, le advirtió Quinn. No estaba segura de que el hombre la comprendiera, pero el movimiento de su cabeza era lenguaje universal. La mano del forastero quedó inerte.

Era un hombre corpulento, dos cabezas más alto que Quinn y dos veces su peso, pero ella llevaba la ventaja y no se sentía intimidada. Había acabado con presas mucho más grandes a lo largo de su vida.

Su cabello era rubio y largo, atado en trenzas elaboradas. Su barba, salpicada de gris por algunas canas, estaba amarrada con huesos y cuentas de piedra. Sus ojos eran como dos esquirlas de piedra que la miraban fijamente.

Hubo un grito de alarma proferido por uno de los invasores que quedaba medio escondido detrás del hombre corpulento, pero él respondió con otro grito sobre su hombro en su propio idioma áspero y entrecortado. Miró más allá de la caballero guardián, inspeccionando. Posiblemente trataba de ver con qué clase de apoyo contaba.

Su mirada se posó de nuevo sobre ella. Se relamió los labios y Quinn comprendió que estaba evaluando las posibilidades de acortar la distancia entre ellos sin recibir una flecha fatal.

—¿Hablas mi idioma?—, preguntó Quinn. —¿Entiendes lo que digo?—.

El invasor la miró por un momento antes de asentir lentamente.

—Deja que la mujer y la niña se marchen—, dijo Quinn —y no tendremos que averiguar cuánto tiempo te lleva desangrarte por un flechazo en la garganta—.

El hombre corpulento rio, divertido. —¿Nos has estado siguiendo? ¿Sola?—. Su voz era ronca y su acento, marcado. —Podrás matarme, con suerte, pero mis hombres te harán pedazos. Me parece que no cumpliré lo que me pides—.

—No era una petición—, respondió Quinn.

El forastero sonrió. Dos de sus dientes estaban hechos de oro. —Tienes un temple de acero, demaciana. Me agrada—. Su sonrisa desapareció de golpe. —¿Dónde está mi explorador?—.

—Vivo—, respondió Quinn.

—Bien. Es mi hermano de juramento. Mi esposa se enojará si dejo que lo maten—.

—¿Qué sucede?—, gritó la viuda.

El líder de los invasores espetó una respuesta en su propia lengua, pero Quinn pudo identificar una palabra de entre la maraña de la frase: Asta. El nombre de la viuda.

La mujer suplicó. —Por favor, no quiero ningún...—.

—¡Silencio!—, gritó el líder dando media vuelta, con el rostro encendido en carmín intenso. Cuando volteó a ver a Quinn de nuevo, su expresión era de enojo. —No debiste tratar de detenernos por tu cuenta—.

Desde el rabillo del ojo, Quinn vio al quinto invasor elevarse sobre la cresta a su izquierda, con arco en mano. En silencio, colocó en posición una flecha y tensó la cuerda, con el arma elevada hacia ella.

Sin quitarle los ojos de encima al líder, Quinn sonrió. —¿Qué te hace pensar que estoy sola?—.

Hubo un destello de azul que se movió como un relámpago y el arquero lanzó un lloriqueo ahogado. Su flecha, lanzada a las prisas, cayó sobre la maleza y él retrocedió sujetando su mano ensangrentada.

La viuda profirió un grito y el grupo se puso en movimiento.

Uno de los guerreros lanzó un hacha de mano hacia Quinn, quien se hizo a un lado y consiguió esquivarla, pero esa distracción fue suficiente para el líder. Se lanzó hacia adelante y descolgó el hacha que llevaba a los hombros. Rápidamente, Quinn disparó dos flechas en sucesión pero la primera no dio en el blanco, deslizándose inofensiva cerca de su cabeza. La segunda se enterró en la carne del hombro del invasor, pero no sirvió de nada para detener su embate.

Con un rugido, blandió su arma en un arco letal. Era un hacha pesada para ser empuñada a dos manos y el golpe pretendía partir a Quinn por la mitad. Ella retrocedió para evitar la embestida y tomó impulso —a pesar de toda su fuerza, ella era mucho más rápida que el invasor— y logró apuñalarlo en el pecho. Debió haber sido una estocada letal, directa al corazón, pero la punta de su cuchillo se atoró en la cota de malla, lo que impidió que se clavara más profundo.

El hombre la lanzó hacia atrás de un codazo e hizo que se tambaleara, para luego empuñar su hacha y asestar un pesado golpe desde arriba. Moviéndose hacia un lado, Quinn esquivó el golpe y lanzó una flecha a una corta distancia mientras giraba. La flecha se clavó en su carne, justo por encima de su rodilla y el guerrero se desplomó en un aullido de dolor.

Quinn se abalanzó sobre él de inmediato, con el cuchillo contra su garganta.

Ese movimiento detuvo a los otros invasores por un momento, quienes intercambiaron miradas sin saber muy bien qué hacer. Uno de ellos aún tenía a la niña entre sus brazos, aunque ahora no dejaba de lloriquear con fuerza.

La viuda se precipitó hacia delante sobre sus manos y rodillas. —No, no, no—, imploró. —¡Por favor, no lo lastimes!—.

Quinn pestañeó. —¿Tú... conoces a este hombre?—, preguntó mientras observaba a la mujer exhausta y llorosa que tenía enfrente.

—Por supuesto que lo conozco—, respondió la viuda. —Es mi hermano—.

—Mi esposo estaba en la capital cuando asesinaron al rey—, dijo Asta. Tomó a su hija entre sus brazos mientras la mecía con suavidad, tratando de calmarla. —Él estaba defendiendo el palacio. Los magos lo mataron—.

—Lamento mucho tu pérdida—, susurró Quinn mientras ataba un pedazo de tela alrededor de la pierna del líder de los forasteros. Su nombre era Egrid. Su herida en el pecho era menor —su cota de malla lo había protegido de un daño mayor— y él mismo se había arrancado la flecha del hombro.

Los otros guerreros estaban sentados en las rocas cercanas. Uno de ellos tenía graves heridas en la mano y miraba de manera amenazante a Valor, que estaba posado en una rama, mientras aquel a quien Quinn había atado se frotaba con cuidado el costado de la cabeza.

Parado junto a Quinn, con el ceño fruncido, estaba Dalin.

—Conocí a Malak cuando un contingente diplomático llegó a mi tierra natal, hace seis veranos—, dijo Asta. —En Skaggorn, yo era la hija del líder, pero cuando Malak volvió a Demacia, regresé con él como su esposa—.

Quinn terminó de apretar la venda y se sentó para revisar su trabajo.

—Eres rápida, fuerte y curas bien las heridas—, dijo Egrid con una sonrisa, mostrando sus dientes dorados. —Cásate conmigo y ven con nosotros a Skaggorn, ¿sí?—.

Quinn ni siquiera se dignó a responder aquella propuesta. —¿Pero por qué tratar de salir de Demacia ahora?—, le preguntó a Asta. —Debiste saber que eso te causaría problemas—.

—Mi gente dejó el Fréljord hace ya varias generaciones—, expuso Asta —viajaron a través de las montañas y se asentaron en Skaggorn. No obstante, esa sangre ancestral aún corre por mis venas. Mi abuela era una clarividente, alguien a quien ustedes llamarían maga o bruja. Yo no poseo ese poder, ¿pero qué pasaría si mi hija desarrolla esa visión? Escuché lo que está pasando. La separarían de mí. Solo la Portadora de la Escarcha Portadora de la Escarcha sabe qué sería de ella. No podía arriesgarme a que eso sucediera, así que le envié un mensaje a mi familia con un halcón, rogándoles que nos ayudaran a salir de aquí—.

—Cazadores de magos—, dijo entre dientes Quinn, negando con su cabeza.

Cerró los ojos y presionó el puente de su nariz. Si la niña manifestaba poderes arcanos, los cazadores de magos se la llevarían. Si ella hubiera estado en los zapatos de la viuda, muy probablemente ya se habría llevado a su hija lejos del alcance de aquel grupo artero. No podía culpar a Asta por aquello que estaba intentando.

—Saben que no podemos dejar que se marchen—, dijo Dalin. —Las fronteras están cerradas. Nadie tiene permiso de salir sin la autorización del mismísimo consejo superior. Es la única forma que tenemos para asegurarnos de que el traidor Sylas y sus cómplices no se escabullan y evadan a la justicia—.

—¡Mi esposo murió luchando contra ese traidor!—, replicó Asta. —Todo aquí me recuerda a Malak. Sin él, no quiero quedarme. Y los campesinos ignorantes de nuestro valle me odian. Ya piensan que soy una bruja—.

—Tú no desvalijaste tu propia casa al partir—, exclamó Quinn. Era una afirmación, no una pregunta. —Ni fuiste tú quien le prendió fuego, ¿no es así?—.

—¿Qué? No, por supuesto que no— Asta se detuvo por un momento. —¿Alguien en verdad hizo eso?—.

Quinn asintió. —Y los dibujos debajo del catre de tu hija—, inquirió. —No tienen ninguna... relación mágica, ¿verdad?—.

Asta se rio y negó con la cabeza. —Era un ritual de protección. Una marca que todas las madres de Skaggorn dibujan para sus hijos—.

Quinn asintió una vez más, entendiéndolo todo. —Pero para aquellos que no saben, esa bendición rúnica pudo haberles parecido algún tipo de hechicería. Incluso yo sospeché de ello—.

—Fui cuidadosa de no compartir con nadie mis antiguas costumbres, pero mis vecinos siempre se comportaron recelosos conmigo—, dijo Asta. —Y con todo lo que ha estado pasando...—.

Ahora quedaba claro que aquel segundo grupo de huellas que llevaba hacia la cabaña no le pertenecía a ningún guerrero del lejano Skaggorn. Quizás los lugareños estaban en busca de pruebas de la hechicería de Asta. De ser así, tal vez descubrieron esas runas de carbón e incendiaron la casa en un torpe intento por eliminar aquello que pensaron que era magia peligrosa.

Quinn suspiró y negó con la cabeza. En general, los demacianos eran personas buenas y honorables, pero el miedo y la desconfianza se esparcían como una plaga y sacaban lo peor de los ciudadanos asustados del reino. Esto tenía que terminar.

—Encontré algo que creo que deberías tener—, dijo Quinn, recordando lo que había recuperado entre los escombros. Le entregó el Escudo del Recuerdo y las lágrimas aparecieron en los ojos de Asta.

—Gracias—, respondió, apretando la medalla contra su pecho. —Pensé que se había perdido. Me rompió el corazón tener que partir sin esto—.

—Lo lamento, pero no puedo permitir que se marchen—, exclamó Dalin.

—Nos iremos, demaciano—, gruñó Egrid, tambaleándose para ponerse en pie. —No intenten detenernos—.

—¡Basta, Egrid!—, dijo de golpe Asta. —Estos dos guardianes solo están cumpliendo con su deber—. Miró a Quinn. —Pero por favor, te lo suplico, deja que mi hija se vaya. No debería sufrir por algo que está fuera de su control. Deja que se marche con mi hermano y yo regresaré contigo—.

Dalin y Quinn intercambiaron miradas. La ley era estricta. Nadie tenía permitido marcharse de Demacia, ni Asta, ni su hija y tampoco los guerreros de Skaggorn.

—Temo que eso no será posible—, respondió Dalin.

—Si dejamos que se vayan, entonces nosotros estaremos infringiendo la ley—, susurró Dalin.

Los dos guardianes caminaban detrás del grupo en dirección al este.

—Necesitamos saber cómo cruzaron la frontera—, replicó Quinn en voz baja.

Dalin se veía atribulado, pero asintió de manera entrecortada y guardó silencio.

No tardaron en llegar a los acantilados que marcaban la frontera de Demacia. El grupo de Skaggorn los guio hacia una ubicación recóndita, fuera de la vista de las torres de guardia al norte y al sur. Cada centímetro de aquellos acantilados debería haber sido visible para alguna de las docenas de torres de vigilancia de Demacia, pero estaba claro que este era un punto ciego.

Quinn se asomó por el borde. La caída era de cientos de metros, pero las alturas nunca la habían intimidado. Pudo ver clavijas martilladas en la roca. —¿Se acercaron por la base del acantilado durante la noche para que los centinelas no los vieran?—, preguntó.

Egrid asintió. Quinn resopló, impresionada.

—Vaya subida, incluso a la luz del día—, señaló. Bajó la mirada hacia la pierna vendada del hombre corpulento. —Lamento mucho lo de tu rodilla. ¿Podrás arreglártelas?—.

—¡Por supuesto! Los de Skaggorn somos fuertes—, alardeó Egrid. —Tú también eres muy fuerte. Deberías venir con nosotros. Nuestros hijos serían poderosos guerreros. ¿Sí?—.

Quinn lo miró sin decir nada. Su expresión era ilegible. Finalmente, él se encogió de hombros y se dio la vuelta.

—No perdía nada con preguntar—, masculló. Con un grito, le ordenó a sus hombres que recuperaran las cuerdas, escondidas entre la maleza cercana.

—Pensé que solo querías averiguar cómo cruzaban hacia Demacia sin ser vistos—, dijo entre dientes Dalin, llevando a Quinn a un lado. —¡Romperemos nuestros juramentos si permitimos que se marchen!—.

—Me incomoda forzar a una mujer a quedarse y arriesgarse a que le quiten a su hija simplemente por una singularidad en su linaje—, respondió ella en voz baja. —Además, nuestro primer juramento es proteger a Demacia—.

—¿Y al dejar que se marchen estaremos protegiendo a Demacia?—.

Quinn lo miró desafiante. —Si intentamos detenerlos, habrá dos posibles resultados—, susurró ella. —O nos matan y se van, en cuyo caso Demacia habrá perdido a dos de sus mejores guardianes... o los vencemos y Demacia gana un nuevo enemigo, puesto que la gente de Skaggorn sabrá que estamos reteniendo a la hija del líder contra su voluntad—.

Dalin miró a los grandes guerreros y estuvo de acuerdo. —Aunque esto no quiere decir que sea lo correcto—, masculló. —Y no deja de convertirnos en unos infractores de la ley—.

Quinn lo observó. —Si quieres que las decisiones sean sencillas, sería mejor que entonces te enlistaras en la infantería normal. En los márgenes, las cosas siempre son mucho más complicadas—.

—Las leyes...—.

—Al diablo con las leyes—, espetó Quinn. —Dejarlos ir no vulnera a Demacia de ninguna manera, pero sí lo hará si tratamos de detenerlos—.

—Pero...—.

Pocas veces Quinn usaba el poder que le confería su rango, pero esta vez lo ejerció.

—Obedezca, soldado—, clamó. —Permitiré que se marchen. Es una orden—.

Dalin se paralizó por un momento, para luego saludarla de inmediato.

—Como usted diga, caballero guardián—.

El sol comenzaba a ponerse mientras el grupo de Skaggorn emprendía el descenso por el acantilado. Quinn esperó hasta que todos estuvieran en marcha —atados unos con otros, con la hija de la viuda Asta amarrada con fuerza contra la espalda de Egrid— antes de dar la vuelta. En cumplimiento con su palabra, los hombres de Egrid retiraron los anclajes que habían clavado en la piedra mientras descendían.

Quinn tenía menos de tres días para llegar a su punto de encuentro con Garen. Se vería forzada a correr durante la noche para llegar a tiempo, pero no tenía duda de que lo haría. Se alistó para el viaje que le esperaba.

Antes de marcharse, Quinn se detuvo un momento y miró a Dalin, que estaba sentado cerca del borde del acantilado, junto con Rigby. Miraba hacia el este, dándole la espalda. Desde que los forasteros habían comenzado su descenso, casi no habían intercambiado palabras.

—No espero que te sientas bien sobre esto—, dijo Quinn —pero dejarlos ir fue la mejor decisión—.

Él la miró. —Entiendo—, replicó. —Supongo que las cosas no son tan sencillas como me gustaría—.

—Para algunos sí lo son—, respondió Quinn, encogiéndose de hombros. —Pero nosotros somos guardianes—.

El guarda de Colmillo Verde asintió lentamente y luego se puso de pie para despedir a Quinn.

—Cuida de ella, Valor, ¿me escuchaste?—, dijo, dirigiéndose al águila azurita que estaba posada en un árbol cercano. —Demacia la necesita—.

Valor chascó con su pico en respuesta.

—Habla con la guarnición local—, dijo Quinn. —Asegúrate de que construyan una torre de vigilancia aquí. Será mejor que este hueco en nuestra línea defensiva quede clausurado de una buena vez—.

—¿Otra vez haciendo uso de su jerarquía, jefa?—.

Quinn se rio y acarició a Rigby detrás de las orejas. —Algo así—. Miró al guarda a los ojos. —Mantente a salvo y atento, Dalin—, dijo. —Demacia también te necesita—.

Luego, dio la vuelta y comenzó a correr una vez más.

Referencias

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