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Historia corta

El Duudad Susurrante

Por Graham McNeill

Déjame hablarte sobre mi claro.

Lore

Déjame hablarte sobre mi claro.

En las noches despejadas, justo como la de hoy, donde la luna se muestra llena y madura, una luz plateada resplandece en las hojas con forma de estrella, en sus frondas finas y delgadas como hilos de seda, y junto con las seleneias que florecen al anochecer, hacen de mi claro una tierra mágica.

Un viajero podría percibir el aroma de continentes lejanos traído por el viento. A decir verdad, solo matices, ¡pero qué matices! Un ramo de especias desérticas, piedra cocida al sol y la sal proveniente de las crestas de las olas presurosas, mezclado con el aroma perenne de la savia de los pinos de las tierras altas. Podrías pensar que un discurso así es demasiado fantasioso, como si fuera un verso salido de los labios de un romántico empedernido o de un poeta con mal de amores. Y ciertamente tendrías razón, pero eso no hace que las palabras sean menos ciertas.

Y ya que abordamos el tema del romanticismo, un alma artística podría, si viniera en el momento preciso, ver patrones bailarines salpicando el follaje del bosque bajo la luz de la luna. Su ojo podría seguirlos, percibiendo gradualmente un orden en la secuencia de luz y sombras sobre la corteza de un árbol o en las ondulaciones de un charco de agua. Un patrón que casi aparenta formar una especie de entrada, si tan solo se completara.

Pero no importa cuánto bailen y se arremolinen los patrones, nunca se fusionan como parte de un todo. Más bien, casi nunca. Después de todo, la magia de estas tierras es caprichosa, y con justa razón, pues no revela sus secretos a cualquiera. A los espíritus de la naturaleza nos atraen lugares como este. Nos nutren y, a cambio, los nutrimos. Estamos en todas partes; en algunos lugares más que en otros, claro está, pero donde sea que fluya la magia, seguramente encontrarás a un espíritu como yo.

Me jacto de que el claro donde vivo está más impregnado de magia que la mayoría de los lugares de estas tierras a las que los mortales llaman Noxus... siempre y cuando sepas cuál es el enfoque correcto para mirar. La mayoría de los habitantes de este mundo ha olvidado cómo ver, cómo realmente ver, pero hay otros (en realidad una raza completa) que nunca lo olvidaron. Los yordles, y ellos no son precisamente de este mundo. Tengo muchos amigos yordles.

Dos se acercan justo ahora. Parece que están intentando volver con los suyos, pero tienen problemas con la... llave, a falta de una mejor palabra, que supuestamente los ayudará a encontrar el camino de regreso a su hogar. Verás, los caminos bajos por los que ellos viajan no se encuentran en la superficie de este mundo. Tampoco viajan en línea recta, como los de los hombres que llaman a estas tierras su hogar. Son curvos y giran por todas partes, como un nudo loco que jamás lograrás desatar.

La mayoría de los yordles sabe cómo viajar a través de ellos con relativa facilidad, pero, ¿estos dos?

Digamos que no son la mejor compañía para viajar. Puedo escucharlos, justo más allá del velo espiritual, discutiendo como un par de zorros hambrientos.

Estarán aquí pronto, pero me pregunto si saben que no son los únicos que se aproximan.

Los mortales también se dirigen hacia aquí. Guerreros. Con armaduras de hierro y piedra, portando herramientas de muerte. No me agradan, pero no malentiendas mis razones. Comprendo que la muerte es necesaria; es una parte del ciclo natural de la existencia, pero esta gente solo toma sin dar nada a cambio. Pavimentan la tierra con caminos que no tienen curvas. Usan sus hachas y sierras para eliminar lo que crece en la tierra. Son un imperio de ángulos y orden. Los árboles cercanos les responden apartándose, pero ellos no se percatan, por supuesto.

Los mortales casi nunca son conscientes de su impacto en el mundo que los rodea.

Una mujer de cabello largo y castaño es la primera en entrar a mi claro lleno de árboles. Da un golpecito con las espuelas a los flancos de su caballo y cabalga en círculos, analizando la línea de árboles y el suelo en busca de vida que pudiera significarle peligro.

Su mirada es fría y contempla la belleza de los árboles como un leñador que afila su hacha.

Ella detiene a su corcel en el centro del claro y permanece en silencio. Escucha el canto de los pájaros, el suspiro del bosque y la corriente burbujeante que fluye por las rocas suavizadas por el tiempo. La mayoría de las personas que vienen encuentran calma en esos sonidos; sus almas se llenan por el simple hecho de estar en la naturaleza.

Pero ella no.

Nada de la energía del bosque la toca, y yo no sé si sentir tristeza o enojo. La mujer es paciente y solo después de varios minutos, levanta su brazo y extiende ampliamente sus dedos. Instantes después, una docena de jinetes aparecen en el borde del claro. Sus caballos están exhaustos, con los flancos blancos y las cabezas inclinadas. Estos animales trasladaron a sus jinetes una gran distancia, así que extiendo un poco de magia hacia sus extremidades agotadas. Relinchan y sacuden sus crines en agradecimiento.

Un hombre bigotudo Un hombre bigotudo cubierto en cuero y pieles cabalga hacia la mujer. Una diadema de bronce impide que su largo y oscuro cabello cubra su rostro, y su túnica fue cortada para mostrar su complexión musculosa. Una capa de piel de lobo cubre sus hombros y un par de hachas con mango circular penden de su espalda. Al igual que la mujer, su mirada me hace temer por lo que sería capaz de hacerle a los árboles.

Sí, creo que me agrada aun menos que la mujer.

—¿Por qué tardaste tanto, Tamara?—, pregunta. —¿Temes que nos tiendan una emboscada?—.

Ella ignora sus preguntas. —Deberíamos acampar aquí, Draven. Hay agua fresca y mucha madera. Es un terreno muy amplio, así que las vías de acceso son limitadas—.

—Lo dices como una verdadera centinela noxiana—.

—Y tú lo dices como si eso fuera algo malo—.

Se desliza de su silla y, en cuanto sus botas tocan el suelo, yo retrocedo por la piedra de sus venas y el hierro en su alma. Los sonidos del claro se atenúan, pero ninguno de los humanos se percata.

—Quiero llegar a la capital antes de que muramos ancianos—, dice Draven. —La batalla en Basilich fue divertida, pero necesito regresar a la arena y darle un buen uso a estas hachas—.

—¿También quieres regresar y comunicarle a Darius Darius que prefieres que su ejército avance sin una centinela que explorara cautelosamente el camino?—.

—No estamos en peligro—, contesta Draven. —No en el corazón del imperio—.

Ella se cruza de brazos. —¿Escuchaste lo que le ocurrió a Wintory a las afueras de Drekan?—.

—No—, dice Draven, encogiéndose de hombros —pero me lo vas a contar, ¿no es así?—.

Ella lo observa, suspira y niega con la cabeza. —¿Para qué? No se trata de ti, así que no te importará—.

Escucho cómo intercambian insultos una y otra vez, pero me confunde el hecho de que las palabras que dicen no coinciden con los colores brillantes de sus auras. Para mí, es un motivo de gran confusión cómo es que los mortales pasan tanto tiempo diciendo cosas que no sienten y sintiendo cosas que no dicen.

Cuando se trata de la naturaleza, existe una honestidad (aunque sangrienta) con la que puedes contar.

Es al anochecer cuando llegan los yordles.

Siento el llamado irresistible de su llave y ejerzo un poco de mi poder en el reino espiritual para abrir el camino. Uno de los árboles de corteza plateada gira ligeramente sus ramas en dirección al viento, y los últimos rayos del atardecer completan un patrón ámbar brillante en los nudos retorcidos de su tronco con musgo. Sombra, luz y la corteza rugosa se combinan para formar un bucle infinito que, desde cierto ángulo y altura, luce como un portal que lleva a una tierra de amanecer eterno.

Susurros y una canción resuenan desde la enramada en el corazón del árbol. Los noxianos están ocupados con sus caballos y los animales hacen suficiente ruido como para que los humanos los escuchen. Suena como si los vientos estuvieran hablando, contando secretos entre los árboles. Tal vez eso es lo que hacen; nunca puedes tener la certeza de qué están diciendo los vientos. Bueno, puede que el ave azul el ave azul de los mares lo sepa, pero últimamente no se aleja de la ciudad hundida.

El pasto que rodea la base de la corteza plateada ondula debido a una brisa cálida que lleva consigo múltiples historias de otro reino. He escuchado cientos de ellas, pero los yordles tienen un suministro inagotable, y yo nunca me canso de aprender sobre sus viajes.

Hay un suave estallido de aire, como una burbuja que explota sobre la superficie de un lago...

... y dos figuras diminutas emergen del árbol. Ruedan hacia el pasto crecido y lucen sorprendidos por encontrarse en un claro arbolado. Una de ellas se pone de pie de inmediato y saca su cañón. Comienza a girar. Hacia la izquierda y luego hacia la derecha. Ella apunta a un conejo con una oreja masticada a la mitad, asomando una nariz que se retuerce de su madriguera.

—¿Tú hiciste esto?—, pregunta.

El conejo no responde. Pero bueno, los conejos son estoicos. ¿Quieres guardar un secreto, pero a la vez necesitas contárselo a alguien? Cuéntaselo a un conejo y se lo llevará a la tumba.

Conozco a esa yordle... se llama Tristana Tristana y luce molesta. Como si estuviera preparada para marchar a una batalla, pero hubiera olvidado hacia dónde está la guerra. Su piel morada está ruborizada un tono más oscuro de lo normal y su cabello blanco está recogido en una coleta apretada.

Levanta su cañón y lo apunta hacia el conejo.

Él salta hacia delante, impasible ante la amenaza.

—No te lo volveré a preguntar—, dice Tristana —¡y Boomer jamás falla!—.

El conejo arruga su nariz, fresca como una helada invernal.

La compañía viajera de Tristana se sienta; una diminuta hada alada da vueltas sobre su cabeza. Ah, son Lulu Lulu y Pix. Su rebelde cabello púrpura ondula ante un viento que solo parece afectarla a ella, y su gran sombrero está en un ángulo curioso. Se desliza sobre sus ojos y ella golpea a su alrededor con un bastón retorcido.

—¡Me quedé ciega!—, exclama. —Vaya novedad—.

Tristana mantiene la mirada fija en el conejo y levanta una mano para que Lulu guarde silencio, pero ella no la ve. Lulu se pone de pie y camina en un círculo, golpeteando el suelo frente a ella. Las flores se agachan y los escarabajos brillantes se dispersan antes de que Pix pueda arrancarles las alas. El hada que acompaña a Lulu es adorable, pero tiene un sentido del humor muy extraño. Nunca puedo decidir si me parece que es gracioso o grosero. Tal vez es ambos.

—¡Tristana! ¿Estás ahí?—, pregunta Lulu.

Tristana suspira exasperada. Da dos golpecitos con sus dedos debajo de sus ojos, y después apunta con ellos al conejo con una mirada severa.

—Te estoy mirando, peludo—, le advierte. Se queda boquiabierta cuando por fin se percata de los seres humanos que están en el claro. Se abalanza hacia Lulu y la empuja de vuelta contra el árbol. El portal del que emergieron se está desvaneciendo mientras que la luz cambia.

—Humanos—, susurra.

—¿Dónde?—, pregunta Lulu. —¡Todo está oscuro! Pero es verdad que a veces veo mejor con los ojos cerrados—.

Tristana suspira y levanta el borde del sombrero de Lulu.

Lulu parpadea y abraza a Tristana.

—¡Es un milagro!—.

—Silencio—, susurra Tristana, y Pix se precipita hacia abajo para desintegrar una pequeña púa de luz violeta en su mejilla.

Tristana le indica al hada que se aparte con una mueca.

Yo inclino un poco las sombras de alrededor de los árboles. A veces, los seres humanos tienen dificultades para ver a los yordles, al menos en su forma verdadera, pero creo que la mujer de mirada fría podría ser más astuta que la mayoría, y no quiero que esas dos resulten heridas.

Tristana echa un vistazo alrededor del árbol. Los noxianos están montando un campamento, pero me alivia ver que no están encendiendo una fogata. Draven se queja al respecto, pero Tamara está convencida de que deben pasar desapercibidos. Me aseguro de que toda la vegetación en este claro sea verde y no sirva para hacer fuego. No impide que todos los que vienen por aquí prueben suerte con un hacha o una sierra... pero sí a la mayoría.

Tristana asiente con la cabeza.

—No nos han visto—, susurra. —Bien—.

—Lucen amigables—, dice Lulu, asomándose por encima del hombro de Tristana. —Creo que deberíamos ir a saludarlos—.

—Son noxianos—, contesta Tristana, y puedo sentir su exasperación. —Nadie les habla a los noxianos a menos que quiera perder la cabeza—.

—¿Por qué? ¿Les gusta coleccionar cabezas?—.

Tristana voltea los ojos y finalmente se toma el tiempo para examinar su entorno. Levanto algunas flores y agito mi mano en forma de saludo. Ella no puede evitar sentir la magia en el claro y me devuelve el saludo. Algunos dicen que para Tristana todo es trabajo y que es muy seria, pero yo sé que no es así.

Ella levanta la mirada y le da un golpecito con sus nudillos a un árbol. Toca con delicadeza la corteza antes de escuchar finalmente un eco resonante en lo profundo de su interior. Algunos de los noxianos levantan la mirada y ella se estremece. Hago crujir algunas ramas y convenzo al agua de chapotear alegremente sobre las rocas. Los noxianos reanudan sus actividades.

Tristana asiente y dice: —Gracias—, antes de dirigirse a Lulu y preguntarle: —Bien, ¿dónde está la llave susurrante?—.

—¿La qué?—.

—La cosa que hemos estado usando para trasladarnos por los portales...—.

—¿Puedes recordarme cómo era?—.

—Era como una brújula hecha de piedra tallada—.

—Ah, te refieres a mi duudad—.

—A tu...—, comienza Tristana antes de caer en cuenta. —Sí. A eso me refiero—.

Lulu hace una pirueta y comienza a darse palmaditas, revisando los bolsillos que dan la impresión de aparecer y desaparecer al azar. Cierra un ojo y se muerde el labio, sacando monedas, un dado, trocitos de piedras preciosas y cosas brillantes. Pero nada que parezca una llave.

—Apenas la tenía conmigo—.

—Sí, así es—, concuerda Tristana, apretando los dientes. —La usaste para abrir el portal en la playa cuando estábamos huyendo de esa manada de lobos del peñasco, después de que visitamos a Poppy Poppy—.

—Poppy me agrada, pero es muy seria—, dice Lulu, dando pisotones como si estuviera marchando en un desfile. Se detiene para observar a Tristana. —¡Espera! ¿Tú y ella en verdad son el mismo yordle?—.

—No, por supuesto que no—, suspira Tristana. —Ahora, ¿puedes darte prisa, por favor?—.

—Podrían serlo, en verdad. Tienen el mismo cabello y esa pequeña arruga justo arriba de la nariz cuando se enojan. ¿Ves? ¡Ahí está!—.

Enojarse con Lulu no ayudaría en nada. Sería como perseguir a un cachorro que se robó tu zapato; todo es parte de un juego divertido. Envío una brisa fría para agitar el cabello blanco de Tristana, pero no parece ayudar.

—La llave susur... quiero decir, tu duudad. ¿Puedes encontrarlo de una vez?—.

—Ah, cierto, lo estaba buscando, ¿verdad?—.

—Sí. Lo estabas buscando—.

Lulu suspira, haciendo una demostración teatral de ofuscamiento. Levanta la mirada hacia el cielo oscuro y chasquea los dedos.

—Ya sé por qué no lo encuentro—, dice. —¡Está demasiado oscuro!—.

Levanta su bastón torcido y los ojos de Tristana se abren cuando se percata de lo que Lulu está por hacer, pero es demasiado tarde para detenerla.

Una ráfaga de destellos emerge del extremo del báculo de Lulu y explota como un enjambre de luciérnagas danzantes. El claro está cubierto por el resplandor de miles de estrellas y una reunión secreta de lunas.

—¡Ajá!—, dice Lulu, finalmente sacando algo de uno de los dobleces de su túnica. Parece una mezcla entre una semilla en ciernes y una caracola enroscada. Un arcoíris de líneas coloridas gira en su superficie, y lo que parecen ser pequeños renacuajos nadan en su interior. —Aquí está—.

Tristana observa horrorizada cómo la luz proveniente del báculo de Lulu inunda el claro, pero antes de que pueda reaccionar, un hacha giratoria vuela entre ambas y se clava en la corteza del árbol.

Lulu se sobresalta y la semilla-caracola vuela de sus manos.

La corteza plateada llora de dolor, así que vierto algo de magia en sus raíces y en su corazón. Una vívida savia ámbar brota del boquete de la corteza del árbol herido, sosteniendo al hacha en su lugar.

El duudad de Lulu vuela por los aires y aterriza en algún lugar en el centro del claro. Mientras rueda por el pasto crecido, siento cómo sus energías primarias salen en una onda pulsante.

—Ups—, dice Lulu.

Los noxianos responden de la única manera que conocen: con una ráfaga de flechas negras atravesando la maleza.

—¡Atrás!—, grita Tristana, blandiendo a Boomer y arrastrando a Lulu para refugiarse detrás de un tronco mohoso cubierto de musgo y hiedra.

Una flecha perfora la putrefacta madera. Otra divide la noche, tan solo a un cabello de distancia de la oreja de Tristana. Lulu chilla y Pix se abalanza al costado de Tristana. Flores vívidas silvestres de color azul, oro y carmesí florecen instantáneamente en la madera muerta.

Tristana dispara a Boomer. ¡Blam, blam, blam!

Todos se agachan. Noxianos, conejos y escarabajos brillantes. Incluso los gusanos escarban más profundamente.

Las balas de cañón de Boomer dejan ver serpentinas ardientes por todo el claro, y chorros de agua saltan del arroyo para enfriarlas conforme rebotan en las rocas. ¡Lo último que queremos en el claro es un incendio!

—¡Dispérsense!—, grita Draven, corriendo para recuperar su hacha del tronco del corteza plateada.

Los noxianos obedecen rápidamente.

Di lo que quieras sobre los noxianos (y he escuchado a muchos seres humanos que visitan mi claro que tienen bastante que decir sobre ellos), ¡pero vaya que son disciplinados! Tamara corre hacia su corcel y saca un florete esbelto de la funda de su montura.

Le sonríe a Draven: —¿Así que no hay posibilidades de una emboscada?—.

Draven se encoge de hombros y su aura no da señales de que le preocupe o le importe haberse equivocado. Lo único que percibo es su alegría ante la posibilidad de derramar sangre.

Sí, definitivamente me cae peor que Tamara.

Los guerreros noxianos se dispersan por el claro, avanzando en pares, mientras que los arqueros lanzan infinitas lluvias de flechas para impedir que las dos yordles se muevan. No sé nada sobre la guerra, pero incluso yo puedo ver que las tácticas letales de los noxianos acabarán con Lulu y Tristana.

Me encanta divertirme, pero no quiero que nadie muera...

La magia emerge a través de la tierra en una poderosa oleada. Tejo manojos de pasto que se enredan en los pies del primer soldado noxiano: un hombre tosco con un hacha de doble filo. Cae con fuerza y se corta el brazo mientras golpea el suelo con su cara. Su compañera tropieza con él, dejando caer su espada, y el hombre grita de dolor cuando esta se le clava en el trasero.

Un árbol de madera de ámbar gira su tronco y sacude sus ramas de sauce como si fuera una catapulta. Golpea en el rostro a un arquero que estaba agachado, quien cae de espaldas. La flecha que estaba por disparar vuela directo hacia el cielo. Una ráfaga de viento precisa la lleva hacia sus piernas y desgarra sus pantalones a la altura de la entrepierna. Alarmado, aúlla y retrocede en cuclillas.

Tristana dispara nuevamente mientras Pix salta hacia su cabeza, golpeando el aire y gritando insultos chillones con cada disparo. Las flores caen del aire que está sobre la pequeña hada, y puedo ver más de una flecha desviada alrededor de la cañonera yordle gracias a sus pétalos brillantes.

—¿Puedes ver tu duudad?—, grita Tristana por encima del ruido del arma.

Lulu gira su báculo y salta hacia su encorvado mango. Haciendo sombra con una mano a la altura de sus cejas, mira a través de la iluminación que se desvanece. Una flecha vuela directamente hacia ella, pero la enroscada punta de su sombrero la hace caer al aire.

—Nop, pero igual ya no sé cómo se ve ahora—.

—¿A qué te refieres con que no sabes cómo se ve ahora?—.

Lulu da una vuelta en espiral alrededor de su báculo y las margaritas florecen a su alrededor una vez que aterriza sobre el suelo. —Verás, el duudad es un poco caprichoso. Cada vez que lo suelto, le gusta probar una nueva forma—.

Tristana gruñe cuando Lulu dispara otra ráfaga de luces brillantes a través de los árboles. Un par de noxianos vuelan por los aires. Aterrizan en la corriente y yo los ataco de inmediato con un entramado de ranas. Las lenguas de las ranas están recubiertas con una baba que les causará alucinaciones, prometiendo enviarlos hasta la luna y de regreso.

—¿Así que puede adoptar cualquier forma?—, pregunta Tristana.

—Sí, así es—, confirma Lulu. —Búscalo de reojo. Solo cambia si piensa que lo estás observando directamente—.

—Nunca pensé que diría esto, pero desearía que Heimer estuviera aquí en este momento—, dice Tristana. —Sus lentes Hex serían de gran utilidad—.

—No seas tonta—, responde Lulu. —Le quitaría toda la diversión a esto—.

Tristana se gira sobre su talón para dispararle al noxiano que salta hacia ella. Su bala de cañón impacta directamente en el pecho del noxiano, quien sale volando y cae sobre un arbusto espinoso, el cual de repente se torna mucho más espinoso.

—¿Diversión?—, pregunta. Después sonríe de oreja a oreja. —¿Sabes qué? Tienes razón. Divirtámonos con estos tontos. ¡Sujétate!—.

Lulu se ríe y rodea con sus brazos el cuello de Tristana, como si estuviera por darle un gran beso. Tristana dispara de nuevo y, esta vez, su cañón apunta al suelo. Las dos yordles emergen de detrás del tronco floreado y repleto de flechas, en un movimiento de arco sobre las cabezas de los soldados que estaban avanzando. Los noxianos sorprendidos quedan boquiabiertos mientras las dos yordles giran sobre sus cabezas, riéndose melódicamente.

¿Qué será aquello que están viendo los noxianos? Sin duda, algo extraño. El encanto de los yordles tiene un carácter inconstante; ni siquiera ellos mismos saben cómo los ven los demás la mayor parte del tiempo.

Rayos brillantes salen del báculo de Lulu y, adondequiera que impactan, los noxianos caen en medio de un rocío de pétalos y chispas que queman como gotas de veneno. Las dos yordles aterrizan sobre sus pies y, mientras Tristana da vueltas, disparándole a cualquier noxiano que se asome, Lulu se desliza gateando en busca de su duudad.

—Ven, duudad—, le murmura al pasto. —¡Por favor, te lo suplico! Dejaré que nos lleves al sitio que tú quieras la próxima vez—.

El duudad, o como sea que en verdad se llame, no responde, pero percibo que se aleja de Lulu. Bueno, no es que esté rodando propiamente tal, más bien se ubica donde ella no está. Es un tipo de magia antigua y poderosa, pero que no carece de un sentido infantil de capricho. Piensa que es un juego divertido. Tal vez lo sea, puesto que Lulu ríe con placer, dando vueltas y desplazándose a lo largo del claro como una comadreja persiguiendo su propia cola, en la búsqueda de su duudad. Cuando Lulu se acerca, se convierte en un caracol grande. Y cuando retira su mano, toda pegajosa, se transforma en una mota de luz antes de reaparecer detrás de ella como un hombre de palo que se tambalea con sus piernas dispares.

Por su parte, Tristana mantiene abajo a los noxianos mediante el aluvión de disparos de su cañón. Por fin escucho que Draven extrae su hacha de la corteza plateada; su filo está pegajoso debido a la savia. Se da la vuelta y se mueve de un extremo a otro, acechando a Tristana como un gato, con sus extremidades tensas y una concentración de acero. Echa su brazo hacia atrás, listo para lanzar su otra hacha.

Un escuadrón de avispas se le abalanza, a la vez que un batallón de ardillas enfadadas salta hacia él desde los árboles. Su hacha pierde la puntería y aterriza en la tierra, en el punto en el que solían estar los caballos noxianos. Ahora solo quedan las caóticas marcas de las pezuñas y algunas monturas descartadas. Draven gira frenéticamente mientras se sacude las ardillas que lo muerden y lo arañan en brazos y cuello. Las ardillas son los maleantes del bosque. Si los conejos son estoicos, las ardillas te arrancarán la oreja a mordiscos tan pronto como les des la espalda.

Lulu no ha alzado la mirada. Sigue corriendo en círculos y riéndose como una niña pequeña mientras dispara rayos de luz con su báculo.

En un arranque de velocidad, Tamara abandona su posición de defensa y corre directamente hacia Lulu. Uso mi magia para crearle obstáculos en su camino. Topos frenéticos cavan hoyos frente a ella, pero logra esquivar sus rápidas trampas. Los tallos espinosos de un arbusto se azotan contra ella, pero se desliza por debajo de ellos. Echa un vistazo y cae en la cuenta de que tiene otro enemigo aquí, solo que no puede ni verlo ni combatirlo.

—¡Te encontré!—, grita Lulu, finalmente tomando su duudad. Ahora parece un montón de ramitas atadas por pastos y telarañas.

Tamara tropieza con una raíz enroscada que yo extraigo de la tierra y cae rodando al suelo. Las últimas chispas estelares de Lulu brillan en el estoque mientras Tamara lo toma para atacar.

Y, de pronto, aparece Tristana.

Levanta a Boomer con dificultad, como si su cañón se hubiera vuelto pesado de un momento a otro.

Muy pesado.

—Oye, tú, esa es mi amiga—, dice y jala el gatillo.

La explosión del cañón es ensordecedora, los pájaros huyen lo más lejos posible hacia el cielo debido al ruido. Una lengua flameante emerge del extremo del arma mientras una gigantesca bala de cañón sale disparada. La fuerza del disparo hace que Tristana dé vueltas, pero eso no es nada comparado con lo que le hace a Tamara.

Ella sale volando hacia atrás, como si la hubiera golpeado un enojado gólem de piedra. Desaparece entre los árboles, y no creo que se vaya a reincorporar pronto.

Después, alguien toma a Tristana por el cuello y la eleva del suelo. Boomer cae al suelo y Draven la sostiene frente a su cara arañada y ensangrentada, con una sonrisa estupefacta.

—En nombre del Lobo, ¿qué rayos eres?—.

—¡Bájame, grandísimo zoquete!—, grita Tristana.

Patea y trata de golpearlo con sus puños, pero su coraje no puede vencer la longitud de sus extremidades. Draven ladea su cabeza hacia un costado, preguntándose qué es eso que sostiene en sus manos.

—Oye, ¿por qué no te metes con alguien de tu tamaño?—, grita Lulu, apuntando hacia él con su báculo. Espirales de fuegos artificiales ondean de arriba a abajo abarcando todo su tamaño, pero a Draven no parece sorprenderle.

—Atácame con todo lo que tengas, enana—, dice. —Nada de lo que hagas lastimará a Draven—.

Los fuegos artificiales brotan del báculo de Lulu como una tormenta de luz.

Su disparo falla.

Draven se ríe y le da vueltas a su hacha mientras la levanta.

Pero es entonces que, al darse la vuelta lentamente, una gran sombra cae sobre él.

Ahí se da cuenta de que Lulu no falló el tiro.

El conejo con la mitad de la oreja masticada se alza sobre Draven, midiendo el doble que él, cuando menos. Mastica lentamente su zanahoria, cuya longitud es igual a la del brazo de Draven. Draven suelta a Tristana mientras el conejo gigante señala sus ojos con dos dedos regordetes de su pata y luego lo señala a él, con una mirada severa.

Draven es un guerrero y ha luchado contra muchos monstruos, pero esto es demasiado, incluso para él. Se da la vuelta y corre velozmente hacia los árboles, solo deteniéndose para tomar su otra hacha. El resto de los noxianos ya han huido o están retrocediendo lentamente hacia la maleza al avistar al conejo gigante. Algo me dice que encontrarán una ruta diferente para el ejército de su maestro.

Tristana se da la vuelta para ver al conejo con la mitad de la oreja masticada.

—Gracias—, le dice, pero el conejo no responde. Como dije antes, estoico.

Se da la vuelta y camina hacia su madriguera dando saltos con un estruendo sordo. Cuando llega a la entrada, ya ha regresado más o menos a su tamaño normal. Se abre paso a través de la madriguera con un último movimiento de su cola y una nube de polvo.

Tristana se cuelga a Boomer sobre su hombro. —¿Tienes a tu duudad?—.

Lulu lo sostiene triunfalmente. —Mi muy malcriado duudad. ¡No debería escabullirse de esa manera!—.

Tristana sacude su cabeza y camina hacia el árbol del cual cayeron. Lulu la sigue dando saltitos mientras Pix zumba a su alrededor, montando un par de avispas con un pequeño chillido de felicidad.

Lulu alcanza a Tristana y sacude su duudad hacia el árbol en un patrón determinado, o tal vez simplemente espera lo mejor. Lo que sea que haga, funciona, y el frondoso árbol reaparece en el tronco de la corteza plateada. El brillo del sol que se cierne sobre la tierra de los yordles se derrama sobre mi claro alumbrado por la luna. Siento que es magia ancestral y envío un impulso de la mía a través del aire, deseándoles viajes interesantes a mis dos amigas.

Lulu hace una pausa y mira por encima de su hombro.

—Gracias—, dice, y siento la felicidad desbordada en su corazón.

Mi claro es aún más bello gracias a ella.

—Vamos, tenemos que irnos—, dice Tristana.

—¿Por qué estás tan apurada?—.

—Debemos irnos antes de que regresen los noxianos—.

—No creo que vayan a regresar—, dice Lulu con una gran sonrisa.

La luz del portal crece hacia afuera en forma de una brillante espiral ondeante que envuelve a las yordles. Sus formas se difuminan y sus voces se atenúan mientras las absorbe una vez más. Pero logro escuchar las últimas palabras de Tristana, mientras el viento helado atraviesa el claro con ondas inquietas.

—Son noxianos—, dice ella. —Siempre vuelven—.

Trivia

  • Los eventos de esta historia ocurren poco tiempo después de Sangre de Noxus y la Batalla de Basilich.
    • Los eventos de esta historia más tarde conducirían a los eventos de Awaken.
  • Se revela en El Duudad Susurrante que tanto Draven Draven como Tamara Lautari Warmason.jpg Tamara Lautari tienen sentimientos mutuos que se niegan a expresar el uno al otro, para gran confusión del observador.

Referencias

 v · e
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