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Historia corta • Lectura de 27 minutos

El Día del Progreso

Por Graham McNeill

TTamara se obliga a despertar temprano. Es fácil acostumbrarse cuando duermes sobre tierra y te arropas con hojas caídas. Sin embargo, es difícil cuando puedes hundirte en un colchón relleno de plumas y taparte con sábanas de algodón. Las cortinas están abiertas y los rayos cálidos de luz caen sobre su habitación en el tercer piso de la posada. Había cerrado las cortinas en su primera noche en Piltóver y se había hasta dos horas después del amanecer. Eso la había preocupado tanto que no volvió a cerrarlas.

Lore

Tamara se obliga a despertar temprano. Es fácil acostumbrarse cuando duermes sobre tierra y te arropas con hojas caídas. Sin embargo, es difícil cuando puedes hundirte en un colchón relleno de plumas y taparte con sábanas de algodón. Las cortinas están abiertas y los rayos cálidos de luz caen sobre su habitación en el tercer piso de la posada. Había cerrado las cortinas en su primera noche en Piltóver y se había hasta dos horas después del amanecer. Eso la había preocupado tanto que no volvió a cerrarlas.

Después de salir de la cama, Tamara camina desnuda hasta la ventana y toca el vidrio colorido con un dedo calloso y cubierto con el polvo del taller. La luz cubre su piel y resalta su complexión esbelta y musculosa. A pesar de eso, se toca el vientre como si temiera descubrir que se volvió blando. Debajo, la calle adoquinada ya rebosa de vendedores que quieren aprovechar el comercio antes del Día del Progreso. Todos los edificios están adornados con banderines que dan a las estrechas calles una atmósfera festiva muy distinta de la ciudad que Tamara suele llamar hogar. Los estandartes de tuercas y llaves de seda dorada y escarlata cuelgan de las torres distantes en las laderas más altas de los distritos de los clanes. Esas torres son la fuente de los ríos de oro que supuestamente fluyen por las calles de Piltóver.

Tamara sonríe pensativa y le da la espalda a la ventana. Su habitación está de lo más ordenada. Todo está en su lugar. Las libretas están apiladas una sobre otra en su mesa de trabajo, al lado de unas herramientas, unos hexcalibradores y diagramas plegados. El almuerzo del día anterior de pan negro, queso y frutas secas sigue intacto, envuelto en muselina, junto a sus herramientas. Hay una pequeña forja para metales construida de forma ingeniosa en el muro de ladrillos. El humo de ella sube hacia el techo por medio de una serie de tubos de hierro. En el centro del escritorio hay una caja de madera en la cual reposa el dispositivo que le tomó tantos meses de esfuerzo construir. Los planos son rollos de papel encerado ocultos debajo del colchón.

Se agacha para tomar el orinal debajo de la cama para aliviarse y se refresca rápidamente con los polvos e infusiones que su anfitrión proporcionó. Procede a vestirse con las ropas resistentes de una aprendiz: unas mallas sencillas, una camiseta con numerosos bolsillos y una almilla doble con un ingenioso sistema de ganchos y sujetadores que pueden quitarse de un tirón. No había entendido el propósito de eso hasta que Gysbert le dijo, sonrojado, que era para que fuera más fácil quitárselo en caso de que se prendiera fuego en el taller.

Revisa su reflejo en un espejo de vidrio pulido que cuelga de un gancho de latón detrás de la puerta, se acomoda el cabello negro detrás de las orejas y lo ata con una banda de cuero y sujetadores de cobre. Tamara recorre sus pómulos altos con los dedos y luego su mentón. Está satisfecha con lo que ve. Colette le sigue diciendo que podría verse mejor, pero su amiga es joven y aún no conoce los peligros de ser fácil de recordar.

Tamara coloca la caja de madera en su bolso junto al almuerzo envuelto en muselina y un par de libros y lápices. Está nerviosa, pero es entendible. Hoy es su gran día y no quiere fallar.

Procede a quitar la silla que bloquea la puerta y gira la rueda de cierre para liberar las barras que la mantienen cerrada. Comparado con su hogar, Piltóver es un lugar seguro. La tasa de crimen aquí es muchísimo más baja. Sus habitantes no están preocupados por la violencia cotidiana que se vive en otras ciudades, pero no son ingenuos, también usan candados en sus puertas.

Sobre todo durante las semanas previas al Día del Progreso.

Tamara cierra la puerta y mientras baja las escaleras se detiene para vaciar el orinal en el vertedero de desechos central de la posada. Solía preguntarse adónde iba todo, antes de darse cuenta de que toda la mierda solo va hacia abajo. En alguna parte de Zaun, seguro hay un jardín que florece como ningún otro. Coloca el orinal en el compartimiento designado para lavar y baja la escalera en espiral hacia el comedor comunal. Otros aprendices están desayunando o ajustando frenéticamente los dispositivos que esperan que les gane el reconocimiento de uno de los clanes. Tamara coloca una mano sobre el bolso, orgullosa de lo que ella misma creó. Había seguido los planes al pie de la letra, a pesar de que los toques finales iban contra su estoico profesionalismo.

Devuelve los saludos que recibe, pero no se detienen a charlar. Muy pocos han dormido más de una o dos horas en las últimas semanas, y se sorprendería si alguno de ellos no se quedara dormido durante las audiciones. Antes de que alguien pueda detenerla, sale a la calle y se ve asombrada con el brillo del sol.

Los edificios altos de las calles están construidos con piedra caliza y madera biselada, adornados con revestimientos de bronce, vidrio emplomado y aleros de cobre. La luz destella en todas las superficies. Las calles están abarrotadas y llenas de ruido. Decenas de hombres y mujeres bien vestidos caminan en todas direcciones. Los mensajeros se abren paso entre empresarios, mercaderes y escribas que reclaman con puños cerrados y molestos. Unos cuantos hojalateros muestran su mercancía sospechosa en telas de lona sobre barriles, listos para correr apenas vean a un guardia. Los oportunistas que lograron llegar a bordo del Aullido Ascendente desde Zaun deambulan por los rincones, en búsqueda de una presa a la que robarle. Son los jóvenes sin experiencia, forzados a alejarse de los blancos fáciles de los puentes de cruce por los más grandes y fuertes.

Tamara los vigila mientras recorre la calle con pasos precisos y calculados. No tiene mucho de valor, pero lo último que necesita hoy es que uno de esos rufianes le quite algo que le pertenece. El olor a pescado frito y a pan solar shurimano recién horneado de un comedor que acaba de abrir le hace agua la boca. Sin embargo, se detiene frente a una mujer que empuja un barril rodeado de tuberías seseantes para comprarle una tisana caliente y uno de esos postres azucarados que están empezando a gustarle demasiado.

—¡Feliz Día del Progreso, linda!—, le dice la mujer mientras Tamara coloca un engrane de plata en su mano y le dice que guarde el cambio. —¡Que los engranes vayan en sentido del reloj para ti hoy, querida!—

El acento de la mujer es pausado, algo extraño para Tamara, como si tuviera todo el tiempo del mundo para decir todo lo que quiera. Pero no es raro oírlo en los Mercados Linderos: es una mezcla del amaneramiento piltoviano y la familiaridad de Zaun.

—Gracias—, responde Tamara. —Que el Gris nunca llegue a las puertas de tu hogar—.

La mujer se toca la cabeza y el corazón, una señal de que nació de padres del mundo de arriba y de abajo. Por más que los ciudadanos de Piltóver y Zaun quieren creer que son entidades separadas, están más unidos de lo que están dispuestos a admitir. Tamara acaba rápidamente con su postre y sigue su camino hasta el final, justo a veinte pasos de distancia, para llegar a la Avenida Horológica. Gira a la derecha, termina su tisana y cuenta los pasos mientras cruza cada calle perpendicular. Los edificios aquí son más elegantes que los del distrito de aprendices en el que está alojada, con columnas de granito y hierro.

Muchos portan lámparas químicas que dan a la mañana un aire nítido y actínico. No tiene sentido que estén encendidas a esta hora, pero Tamara sabe que una gran parte de la sociedad piltoviana está dominada por el poder y la riqueza percibidos, donde uno es el factor del otro. Está por todos lados: en el corte de la ropa que la gente viste, los vívidos colores y el alcance de la publicidad de su filantropía. Tamara ve varias parejas dando un paseo diurno; son hombres y mujeres bien vestidos con amplificaciones sutiles. Una mujer usa un implante de acero en la mejilla y un monóculo hextech que parece una gema en uno de los ojos. Camina del brazo con un hombre que lleva un guantelete de acero en el que destellan tracerías de luz. En frente, un hombre jorobado en overoles lleva una especie de dispositivo para respirar en la espalda: tanques llenos de un líquido burbujeante verdoso cuyos respiraderos exhalan vapor atomizado.

Tamara observa cómo la gente lo mira con admiración y asombro, pero su mirada está entrenada para notar cosas que otros no.

Las dos amplificaciones hextech son falsas.

Tamara estudió la tecnología emergente de Piltóver en detalle y sabe qué es y qué no lo es. La placa en la mejilla es plata moldeada y está pegada al rostro de la mujer, su monóculo no es más que un lente lapidario grabado con el sello de un fabricante que supone es ficticio. La mano de su galán es un guantelete común de bronce con canales de vidrio llenos de algas bioluminiscentes extraídas de los cultivos de Zaun. Solo el aparato de respiración es genuino. Los ojos rojos del jorobado, junto con el aspecto gastado de los overoles, le indican a Tamara que proviene de uno de los niveles más bajos de Zaun.

Ahora viaja desde la Avenida Horológica hasta la Calle Glasswell, pasando por el sinuoso Bulevar de las Cien Tabernas hasta la Avenida Sideral, y luego hacia la Plaza Incognia, donde permanece inactiva la gran esfera de Zindelo, como lo ha hecho desde la misteriosa desaparición del inventor el año pasado. La gente se amontona alrededor del artefacto de seño intricado. Decenas de aspirantes a inventores, artistas y zaunitas pálidos por tanto toser que llegaron a la ciudad por el día.

Un día, pasado de copas, Gysbert le contó que el Día del Progreso se contempla de manera distinta en Zaun, su hogar. Insiste que esta era la Ciudad del Progreso original, antes de que llegara Piltóver. Arriba, el Día del Progreso marca el momento en el que las Puertas del Sol se abrieron por primera vez para permitir al comercio pasar fácilmente del este al oeste de Valoran. También marca el momento en que los impuestos sobre ese comercio convirtieron ese pequeño ingreso de oro a los arcones de la ciudad en un río bravo de oro. Abajo, en Zaun, es un día para recordar a los muertos en el accidente geológico que creó el paso de este a oeste y sumergió distritos enteros bajo agua.

Mismo día, dos percepciones muy distintas.

Tamara camina por la plaza mientras evita a los recaderos entubados que van a toda prisa para entregar mensajes a sus destinos. Una cortesana, Noami Kimba, la saluda y le manda un beso. Ya se encontraron tres veces en el sofocante aire del atardecer y todas las veces Kimba le ofreció una oportunidad de pasar la noche en sus brazos. Tamara la rechazó siempre, pues está muy ocupada para distracciones, pero si puede quedarse más tiempo después de hoy, tal vez acepte la siguiente oferta. Por fin llega al arco del norte de la plaza; en ese momento, se acerca un hombre de barba bien poblada con hombreras de metal y un casquete de hierro. Sus brazos son monstruosidades neumáticas con pistones. Tamara reconoce a uno de los sectarios hierofantes sin nombre de los Magníficos Evolucionados. El coloso le gruñe antes de entrar a la plaza y comenzar a arengar a los transeúntes con su mezcla fanática de teología y tecnohechicería. Sin prestarle atención, gira hacia la Vía Oblicua y se dirige al Puente de Tecmaturgía. Sigue contando los pasos mientras avanza.

La ciudad se abre ante ella y desvela la gran división que separa al norte y el sur de Piltóver. El ancho abismo tiene apariencia de ser ancestral, resultado de fuerzas geológicas naturales, pero nació en esta era y su origen no fue para nada natural. La arrogancia del hombre y su deseo por dominar los elementos le dieron origen. Tamara admira la fuerza de voluntad que debió hacer falta para llevar a cabo semejante plan audaz, la necesaria para aceptar el precio de la división de la tierra y la destrucción de la mitad de Zaun para alcanzar la prosperidad.

La gran torre de la Escuela de Tecmaturgía se alza altiva desde el amplio cañón, anclada en los riscos superiores por medio de puentes colgantes y gruesos cables de hierro que retumban como cuerdas musicales cuando soplan los fuertes vientos del mar. El puente principal es una maravilla de acero y piedra atiborrado de gente que viaja entre las dos mitades de Piltóver mientras maldicen a los vinateros y los proveedores de caramelos porque sus puestos crearon un cuello de botella en el centro. Los juerguistas, aún ebrios desde la noche anterior, van escoltados por guardias de chaquetas azules, botas relucientes y pantalones a cuadros. En cualquier otra ciudad se verían ridículos, pero aquí su llamativa apariencia es normal. Los malhechores, con anillos filosos, se desplazan entre la multitud. Más de un juerguista volverá a casa con los restos de su monedero cortado y vacío.

El norte de la ciudad es donde se concentra la mayoría de los clanes. Es ahí donde tienen sus mansiones y talleres con mucha seguridad. La mayor parte del tráfico de hoy se dirige hacia esa dirección. Tamara ve muchos aprendices cruzando el puente. Todos llevan sus inventos con un cuidado parecido al de una madre con su bebé recién nacido. Intenta buscar los rostros familiares de Gysbert y Colette, pero hay demasiada gente como para ubicar a sus colegas. Llega al final del puente y respira. En general, no la asustan las grandes alturas, pero la gran diferencia en altura entre Piltóver y Zaun es estremecedora.

Dos estatuas de oficiales están a los costados del sendero que desemboca del puente. Uno representa el espíritu de la riqueza, el otro, la esencia de la honestidad. Tamara busca una arandela de bronce y coloca la moneda en la palma abierta de la primera estatua. Su peso activa un mecanismo interno que hace que se cierre la palma. Poco después, se vuelve a abrir, pero la moneda ya no está.

—Yo siempre elijo a la otra—, le dice un hombre a su lado. Es guapo, morocho y de piel tersa, lo que significa que es rico. Su aliento huele a vino centella. —Me parece mejor pagar por lo que no tengo—.

Tamara lo ignora y sigue su camino.

La persigue, persistente debido a los sentidos anestesiados por la resaca y la gran cantidad de dinero en su bolsillo.

—Espere un momento, señorita. No hay razón para no tener modales—.

—No me faltan modales. Tengo un lugar al que ir y no quiero hablar usted—, le responde.

El hombre la sigue hasta el puente con una risa que le advierte que solo es un desafío para él. Alguien a quien puede comprar con un poco de oro.

—Ah, eres una aprendiz, ¿correcto?—, dice cuando por fin nota su ropa y el bolso que carga. —Vas de camino a las audiciones, ¿no? Esperas llamar la atención de algún artífice para que una de las grandes casas te acoja, ¿eh?—

—No es asunto suyo, pero sí—, le responde con la esperanza de que su tono brusco lo aleje. En vez, el hombre aumenta la velocidad, se para frente a ella y le bloquea el paso. La revisa de pies a cabeza, como si estuviera examinando un espécimen de ganado que está por comprar.

—No estás nada mal, señorita. Te falta algo de carne, pero nada que un par de cenas en Lacabro no puedan resolver. ¿Qué te parece? Es el Día del Progreso, todos deben divertirse un poco—.

—No me interesa—, responde Tamara mientras lo empuja. —Fuera de mi camino y déjame en paz—.

—Escúchame, señorita. Me llamo Cella Allabroxus, y conozco a gente importante del norte—, dice, mientras sigue bloqueando su paso. —Pasa la mañana conmigo y hablaré bien de ti. Me aseguraré de que tu audición tenga algo de ayuda, si me entiendes—.

—No, gracias—, dice Tamara, y ya sabe qué viene a continuación. La toma del brazo, pero Tamara atrapa su mano justo antes de que haga contacto y la retuerce hasta que el hombre jadea con dolor. Si aplicara un poco de más fuerza, le rompería la muñeca como si fuera una mera rama. Aprovecha su dolor para moverlo hacia el parapeto del puente. Se olvida de su temor a las alturas y empuja a Cella Allabroxus contra la construcción que apenas le llega a la cintura.

—Te pedí amablemente que me dejaras sola—, dice mientras oprime con fuerza la muñeca de Allabroxus y le arranca un quejido de dolor. —Te lo estoy pidiendo de nuevo, solo que ya sin amabilidad. Déjame en paz o te empujaré de este puente, y cuando hallen lo que quede de tus restos esparcidos por los techos de Zaun, pensarán que solo eras otro borracho que no podía caminar en línea recta por el puente. ¿Te quedó claro?—

El hombre asiente, mudo de dolor.

—No necesito de tu ‘caridad’ ni de tu ‘ayuda’. Soy bastante buena en lo que hago y mi éxito o fracaso dependerá de mis propios méritos. Gracias. Ahora, dame una sonrisa y lárgate a tu casa. Arregla esa resaca y recuerda este momento cada vez que tengas ganas de ser descortés con una dama—.

Cella Allabroxus jadea cuando Tamara le suelta la muñeca. Por un momento, parece que está tentado a responder con algo ofensivo, pero la ceja alzada de Tamara lo hace reconsiderar. Se toma la muñeca y se aleja rápidamente por donde vino. Tamara suspira. Llama la atención de una banda de rufianes vagando al otro lado del camino y señala a Allabroxus con un gesto. Los bribones entienden qué quiere decir y corren tras el hombre.

—¿Qué fue todo eso?—, pregunta una voz juvenil detrás de ella.

La tensión se evapora del cuerpo de Tamara y vuelve a relajarse. La fría determinación que Allabroxus vio se esfuma de su rostro y la reemplaza una sonrisa de oreja a oreja.

—Nada—, responde, mientras voltea a ver a Gysbert y Colette. —Solo un borracho que intentó probar suerte conmigo—.

—Llegas tarde—, dice Gysbert mientras señala sobre el parapeto hacia los costados metálicos de una torre de reloj debajo del puente. —Mira—.

—¿De qué hablas?—, responde Tamara. —Hace años que el Viejo Cascarrabias no indica la hora correcta—.

—Es cierto—, dice Gysbert y, aunque intenta parecer molesto, su mirada delata una pizca de enamoramiento. —Pero acordamos vernos antes de que la sombra del Cascarrabias pasara la torre de Tecmaturgía—.

Procede a señalar el contorno de la sombra del misterioso reloj, que ya cubre la sección del laboratorio de la torre, de donde proviene una neblina verduzca y grisácea que sale por las tuberías. —¿Ves?—

Tamara sonríe y coloca una mano sobre el hombro de él. Gysbert mira el punto de contacto y cualquier enojo que estuviera sintiendo se esfuma.

Colette pone los ojos en blanco y dice: —Vámonos, ya es hora. Puede que Gysbert sea tan tonto como para perdonar tu impuntualidad, pero el clan Medarda no lo hará. Cierran las puertas a la tercera campanada y ya hicieron sonar la segunda antes de llegar al puente—.

La mansión del clan Medarda no está lejos del extremo norte del puente, pero las calles están atiborradas y habrá muchos buscando una forma de entrar para mostrar sus creaciones en las audiciones.

—Tienes razón—, dice Tamara mientras alza el bolso y le da unas palmaditas al dispositivo dentro de él. —Vayamos y mostrémosles a esos inútiles adinerados lo que podemos hacer—.

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Las puertas de la mansión del clan Medarda son unas imponentes creaciones de acero templado sobre un muro de piedra blanca de alabastro. Los bustos de bronce de los ilustres miembros de la familia descansan en varios nichos a lo largo del muro, incluida la cabeza del líder actual, Jago Medarda. Los grupos de aprendices ansiosos están reunidos en las puertas abiertas. Cada uno carga su más grande invención con la esperanza de les consiga un contrato de servidumbre con esta noble casa. Los modales de los demás causan ternura a Tamara. Todos los aprendices tienen el cuidado de no acercarse a la creación de su vecino.

Unos hombres que visten los colores del clan, armados con espadas y lanzas, cuidan la entrada mientras revisan la autenticidad de los papeles de cada suplicante antes de dejarlo pasar. Tamara observa cómo trabajan y admira su profesionalismo y rigurosidad. Algunos aprendices son rechazados, ya sea porque sus papeles están mal sellados o son fraudulentos. Se van sin replicar, solo voltean con miradas resignadas.

Cuando es su turno, Tamara, Colette y Gysbert son aceptados sin problema. Colette se había encargado de que los papeles estuvieran en orden, pues la joven es bastante detallista. Es una característica que Tamara cree que llevará a la niña muy lejos en los años venideros.

Justo cuando terminan de cruzar la entrada, se escucha la tercera campanada del edificio de tesorería de Piltóver. Tamara siente cómo se le erizan los vellos de la nuca. Aprendió a confiar en su instinto a través de los años. Se detiene un momento y hace como si fuera a ajustar las correas de su bolso para poder mirar hacia atrás. Sentada en el borde de una fuente de mármol se encuentra una mujer que viste la chaqueta de comisario de Piltóver. Un sombrero personalizado cubre sus facciones en sombras. Tiene una pierna cruzada y su codo reposa sobre ella mientras su mirada recorre la muchedumbre de aprendices. Sobre el hombro carga un rifle de alto calibre, con tiene algo que parece una resplandeciente gema incrustada en alambre de plata. Su mirada se centra en Tamara por un instante. Tamara se da vuelta antes de que pueda verla mejor.

Conoce esa mirada. Es la mirada de un cazador.

Las puertas se cierran y se apresura a alcanzar a Colette y Gysbert, quienes están en medio de una muchedumbre de personas que miran boquiabiertos a lo que parece ser un simple carruaje. Entonces, Tamara nota el contenedor hextech suspendido, y el nudo de cables de oro y plata que lo conectan con los ejes delanteros y traseros. Una tenue luz brilla dentro del contenedor y Tamara siente el gusto del cobre.

—Es una autolocomotora—, dice Gysbert. —Uno de los diseños de Uberti, si no me equivoco—.

—No puede ser—, responde Tamara. —Ella solo trabaja para el clan Cadwalder—.

—No por mucho más—, responde Colette.

—¿Qué quieres decir?—, pregunta Gysbert.

—Se cuenta por la mesa de trabajo que uno de los agentes de Medarda robó una copia de los planos—, dice Colette en un susurro. —También dicen que las cosas se pusieron muy sangrientas. Cadáveres mutilados, ese tipo de cosas. La gente dice que el clan Torek está intentando llevársela, pero el clan Cadwalder no dice nada al respecto, por supuesto—.

—Bueno, no lo harían, ¿o sí?—, dice Tamara al tiempo que la puerta barnizada negra de la casa se abre. —Una confesión pública de que los diseños de su diseñadora más grande fueron robados los haría ver débiles—.

Un mayordomo con un bastón negro y largo, vestido con el dorado y carmesí del clan Medarda, acompaña a los aprendices esperanzados a la mansión. Tamara escucha suspiros de asombro mientras los lleva por las antecámaras abovedadas, recepciones lujosas y enormes galerías. La riqueza evidente del clan está a la vista de todos en cuadros dorados que cubren las paredes, enormes estatuas de arenisca de guerreros con cabezas de bestia traídas desde Shurima y armas cruzadas que portan las marcas distintivas de diseños de Jonia. Los pisos están hechos de relucientes losas de mármol, la enorme escalera es amplia y está fabricada con la madera de los árboles de jabí de Fréljord.

Tamara nota que todo en esta casa está colocado cuidadosamente para intimidar y recordarles a sus visitantes lo poco que sus logros importan comparados con lo que ha logrado el clan Medarda. Voltea a tiempo para ver a una mujer con un vestido largo y gris con felpa rojiza siendo escoltada por otro mayordomo en la entreplanta. Los tacones de sus botas retumban en una percusión metálica mientras mira hacia abajo para ver al rebaño de aprendices con una pequeña sonrisa, antes de desaparecer.

Al fin, el mayordomo termina el recorrido en una sala de espera relativamente pequeña que tiene patrones de espigas y un reloj hecho de marfil y nácar que señala la hora con precisión metronómica. Un conjunto imponente de puertas negras barnizadas con una pequeña rendija al nivel del ojo se abre, pero el mayordomo golpea con su bastón para indicar que deben esperar y sentarse en las bancas colocadas junto a la pared.

—Cuando escuchen su nombre, entren a la sala de pruebas—, les dice. —Diríjanse hacia el atril y digan su nombre. Den una breve explicación de lo que van a demostrar, seguido de una explicación corta, y les repito, por favor, que sea corta, de su funcionamiento. Serán juzgados por los eruditos del clan Medarda, así que den por sentado que saben más que ustedes. Les sugiero que sus respuestas sean cortas, pues se aburren rápido. Si tienen éxito, salgan por la puerta de la izquierda. Si no, diríjanse hacia la derecha. Eso es todo. Buena suerte—.

El mayordomo pronunció este discurso muchas veces, pero Tamara percibe sinceridad en estas últimas palabras. Coloca una mano en el bolso sabiendo que, en cualquier circunstancia, el dispositivo dentro sería suficiente para asegurarle un puesto en las casas de los clanes de Piltóver. Intercambia una mirada con Gysbert y Colette. Ambos están nerviosos, y ella misma se sorprende de notar que su corazón palpita con fuerza. Pasó tanto tiempo preparándose para la audición del Día del Progreso que la idea de un tropiezo a estas alturas le revuelve el estómago. Hace mucho tiempo que no se sentía así y le alegra volver a tener esa sensación. Eso la mantendrá concentrada. Se extiende para tomar la mano de Gysbert y le da un ligero apretón. Una gota de sudor recorre su ceja y le sonríe vagamente en agradecimiento. Colette tiene la mirada fija al frente. Analiza los rostros del otro lado de la habitación; sin duda se pregunta quién lo logrará y quién saldrá por la puerta derecha.

La rendija de la puerta negra se corre. Todos se tensan. Suena un nombre y una chica se pone de pie. La puerta se abre del otro lado y entra con nerviosismo. El olor a madera vieja y la atmósfera cargada que proviene de la sala de pruebas se esparcen, y Tamara intenta imaginar cómo será.

Pasan otros seis aprendices antes de escuchar uno de sus nombres. Colette es la primera y se levanta con determinación. Exhala y luego se dirige hacia la puerta sin mirar hacia atrás.

—Le irá bien—, murmura Gysbert. —Lo sé—.

—También a ti, Gys—, responde Tamara, aunque sospecha que los nervios lo traicionarán. El chico de Zaun es hábil, pero tiene más desventajas que solo sus nervios en los salones de un clan piltoviano.

Llaman a otros dos aprendices. Tamara mira el reloj y se da cuenta de que cada audición es cada vez más corta. ¿Ya se estarán aburriendo los eruditos del clan Medarda? ¿Eso es una ventaja o una desventaja para los que restan?

Gysbert se levanta de un salto al escuchar su nombre. Casi deja caer su bolso, pero lo atrapa en el último segundo. Su rostro está rojo por los nervios y cubierto de sudor.

—Respira profundo—, le aconseja Tamara. —Tú sabes de esto. Eres bueno en lo que haces—.

—Pero, ¿será suficiente?—, pregunta.

Tamara cree saber la respuesta, pero asiente y le dice: —Sí—.

Gysbert desaparece tras la puerta. Más aprendices son llamados hasta que solo queda ella. La habitación está vacía, pero no puede evitar sentir que la observan. Cuando por fin escucha su nombre, siente un alivio. Se toma un momento para recuperar su compostura antes de atravesar la puerta hacia la sala de pruebas.

La sala es circular y está iluminada por esferas brillantes de vidrio que flotan sobre candelabros con forma de palmas abiertas, como si otorgaran luz al mundo. Tamara apenas puede contener las ganas de hacer una mueca ante tal gesto de egolatría. Es una sala de conferencias con gradas que se alzan por los anillos concéntricos del muero trasero. Un atril sencillo de madera y una mesa de trabajo están en el centro de la sala, con una puerta a cada lado. La izquierda es éxito; la derecha, fracaso.

Las gradas tienen capacidad para, al menos, cien personas, pero solo hay cinco sentadas. Dos hombres y tres mujeres, todos vistiendo las túnicas carmesíes de los maestros. Escriben en grandes libros con plumas cubiertas de oro que generan un ruidoso eco debido a la ingeniosa acústica de la sala. Cada uno de ellos usa una amplificación hextech genuina, y Tamara percibe sus deseos de terminar rápido con esto.

—¿Nombre?—, dice una de las mujeres sin subir la mirada.

—Tamara Lautari—.

—¿Qué vas a demostrar?—, pregunta uno de los hombres. Sus labios no se mueven; su voz proviene de un collar de malla de forma artificial.

Tamara baja el bolso y lo coloca en la mesa de trabajo para dejar salir su creación. Es un conjunto de cables organizados en forma de cubo con una esfera grabada con ácido en el centro.

—Lo llamo el amplificador hexarmilar—.

—¿Y cómo funciona?—, le pregunta de nuevo. Tamara intenta no mostrar lo mucho que le molesta su voz generada de forma artificial.

—Utiliza las propiedades de un cristal y amplifica de forma exponencial la energía, más allá de lo que se ha logrado hasta ahora—.

Aunque lo dice en un tono neutral, la arrogancia de su tono sale a flote. Todos los maestros fijan su mirada en ella. Deben estar acostumbrados a declaraciones pretenciosas de aprendices, pero la confianza de su tono despierta su interés.

—¿Y cómo harás eso?—, pregunta un hombre de cabello blanco y con un ojo de diamante sobre una placa de porcelana en un rostro quemado por el fuego.

—La geometría de un cristal es vital, así como el eje sobre el que gira—, responde Tamara mientras abre una delicada escotilla en la esfera para revelar una horquilla de diseño preciso. Cuelgan unas delgadas cadenas, como las de un collar costoso, con las que se sujetaría un cristal de energía. —Mi dispositivo analiza la velocidad y el ángulo de giro, y los ajusta para lograr una producción óptima de energía—.

—Eso es absurdo—, dice la mujer de brazo artificial, con la mirada penetrante de una persona que ha escuchado miles de ideas disparadas de sus estudiantes y las ha rechazado todas. —No hay tiempo durante la descarga de energía de un cristal para ajustarlo con un grado de control. Praveen intentó lo mismo hace dos años y casi derrumba la mitad del distrito de los orfebres—.

—Con todo respeto, señora, no estoy de acuerdo—.

—Tu opinión es irrelevante, aprendiz. ¿Puedes demostrarlo? ¿Puedes demostrar lo que dices?—

—Creo que sí—, contesta Tamara.

—La ciencia no se basa la creencia—, le dice la mujer, como si le hablara a una niña confiada pero necia. —Lo que se necesita es evidencia empírica—.

—Puedo hacerlo—, promete Tamara.

La mujer no se ve convencida, pero asiente y responde: —Muy bien, puedes comenzar—.

Se abre una pequeña ranura en la mesa de trabajo al lado de Tamara. Un soporte con grecas se alza desde abajo. Contiene un pequeño cristal facetado color azul zafiro que brilla con su propia luz.

Es un cristal hextech.

El cristal es diminuto, pero es el futuro.

Esto es lo que podría convertir a los clanes de Piltóver en los líderes del mundo, si así lo quisieran. O, si no a ellos, a quien sea que pueda fabricarlo de forma más eficiente y sin los años de trabajo que toman producir apenas solo uno. A este cristal solo le queda un nivel bajo de energía, pero sigue siendo inmensamente poderoso y muy valioso.

Ella no esperaba que fuera tan hermoso.

—Bueno, adelante—, dice el hombre de rostro quemado. —Sorpréndenos—.

Tamara levanta el cristal de su base. Es cálido y vibra con tal sutilidad que es difícil de detectar. Es más pesado de lo que esperaba. Con mucho cuidado, Tamara coloca el cristal en su esfera y lo sujeta con las delicadas cadenas. Se asegura de que no vaya a caerse y sella el dispositivo. El mecanismo sobre el cubo es móvil, y Tamara gira las partes entrelazadas para calibrar los puntos cardinales de contacto hasta sus posiciones.

El dispositivo comienza a zumbar cuando los conductos detectan al cristal como fuente de poder. Una tenue luz azul emana desde su interior. Tamara sonríe mientras su dispositivo comienza a girar. El zumbido crece y el sabor a metal en su boca se hace más fuerte. Se hace más fuerte aún, de forma poco placentera, y comienza a pulsar en oleadas.

Las esferas de luz en la sala pulsan en sincronía con las vibraciones del rugido que proviene de su dispositivo. Comienza a moverse por la mesa; las vibraciones lo desplazan de derecha a izquierda y de arriba a abajo. Chispas de energía destellan alrededor de la esfera, como si fueran rayos que se disparan al revés.

—¡Apáguelo, señorita Lautari!—

Tamara intenta alcanzar el dispositivo, pero un látigo de luz azul la repele y le deja una marca roja en el dorso de la mano. Retrocede y se aleja un poco del dispositivo que se sobrecarga rápidamente.

—No puedo—, dice Tamara consternada. —¡Se está optimizando demasiado rápido!—

Siempre supo que pasaría esto, pero esperaba que los cambios que le había hecho al diseño no fallarían de manera tan catastrófica como esta. Un rayo de luz azul sale disparado de su máquina hacia una de las esferas de luz. Esta explota en un espectáculo de chispas de magnesio.

Otra le sigue y, luego, tres más. Muy pronto, la única luz es el destello azul y violento del dispositivo cargado de Tamara. La mujer con el brazo hextech se pone de pie y forma un puño. En un instante, se abre una compuerta de metal y toda la mesa cae, antes de que se vuelva a sellar. El contorno de la trampilla queda iluminado por un instante de luz azul y se puede escuchar la detonación que ruge desde las profundidades.

—Una cámara de seguridad—, dice Tamara, aliviada al ver que su dispositivo no estalló unos segundos antes.

—Así es, señorita Lautari—, le dice la mujer mientras se sienta y recupera su pluma de oro. —¿Acaso cree que es la primera aprendiz que viene con un dispositivo potencialmente letal?—

—Supongo que no—, responde Tamara. Está decepcionada, pero no sorprendida. Ese era el resultado que esperaba, a pesar de los mejores esfuerzos de su orgullo profesional para sabotear su meta.

El hombre con el ojo hextech escribe en su registro y habla sin mirarla:

—Creo que ya sabe por qué puerta salir—.

La salida de Tamara de la mansión del clan Medarda es menos grandiosa que su entrada. La puerta que está más a la derecha se abre hacia un pasillo que se dirige hacia abajo por los riscos rocosos hasta alcanzar una puerta de acero que está tan reforzada que podría aguantar un ariete de asedio. Un sujeto corpulento con brazos hexdráulicos y un casco (aunque Tamara no está segura de que sea un casco) le abre la puerta. Apenas alcanza a salir de la puerta antes de que se azote detrás de ella.

Llega a un callejón en las partes bajas de la ciudad con vista a los riscos. No es como Zaun, pero ya no parece Piltóver. La calle está pavimentada con adoquines asimétricos y cubiertos con el Gris de Zaun. Gysbert está sentado sobre un muro de ladrillos desmoronado. Los restos de su dispositivo aplastado se encuentran a sus pies.

Le sonríe y le dice: —¿No te fue bien?—

—No exactamente—.

—¿Qué pasó?—

—Explotó—.

Gysbert se ve sorprendido. Se ríe y luego se tapa la boca con la mano. —Perdona, no debería reírme. ¿Explotó?—

Tamara asiente y sonríe. Él vuelve a reír.

—Al menos el mío solo se cayó en pedazos—, le dice. —Aunque no importa. ¡Como si Medarda fuera a permitir que un zaunita se uniera a sus sagradas filas!—

Tamara ignora su amargura y le pregunta: —¿Has visto a Colette?—

Los ojos de Gysbert se iluminan ante la oportunidad de entregar buenas noticias.

—No. Creo que lo logró—.

Tamara deja salir un suspiro de alivio.

—Bueno, al menos uno de nosotros logró entrar—, dice. —Así que... ¿quieres ir a ahogar nuestras penas? Después de todo, es el Día del Progreso. Creo que nos ganamos una recompensa por casi haber hecho explotar a los eruditos—.

Al final de la calle aparece una silueta contrastada por a luz. Hay otros con ella, pero están claramente bajo sus órdenes ya que es la que tiene el rifle de alto calibre sobre un hombro. El cañón del arma está firme y apunta directamente a la cabeza de Tamara.

—Lo siento, señorita Lautari—, dice la comisaria que vio antes, —pero no creo que disfrutará de esa recompensa—.

Las objeciones de Gysbert caen en oídos sordos mientras la comisaria y sus hombres se llevan a Tamara. Sin embargo, no tiene las agallas para seguirla, y eso la alivia. Tamara no quiere que Gysbert se involucre en esto. La obligan a ir hacia el borde del risco y por un momento piensa que van a arrojarla.

Pero esto es Piltóver. Aquí sí siguen las reglas. En su hogar, ya tendría un cuchillo clavado en las entrañas o estaría en caída libre hasta impactar contra las agujas debajo de la ciudad. En vez, giran por una estrecha calle que sobresale por el borde de los acantilados hacia el gran funicular que conduce a los ajetreados muelles en el paso del océano de la ciudad.

—¿Me están arrestando?—, pregunta Tamara, —¿qué hice?—

—¿Hablas en serio? ¿Vas a fingir que no sabes nada?—, pregunta la comisaria. —Revisamos tu habitación y encontramos todo. Los diarios hextech, los planos—.

—Soy una aprendiz—, responde Tamara, —se supone que tenga planos—.

Llegan a una plataforma de malla de hierro unida a una serie colimada de rieles inclinados hacia el océano y los muelles debajo. Cientos de buques se abultan en el ancho canal, amarrados a la sombra de la forma titánica de las Puertas del Sol que permiten el tránsito marítimo de este a oeste. Algunos están de paso, mientras que otros descargan mercancías antes de llenar sus bodegas con la recompensa que les ofrecen Piltóver y Zaun. Tamara ve rompehielos de Fréljord, barcos de transporte militar de Noxus, galeras de granos de Shurima y algunos buques que se ven sospechosos, como si hubieran zarpado del hogar de los ladrones, Aguasturbias.

Los escuadrones de buques de guerra de Piltóver los vigilan: buques elegantes, con cascos de ébano, remos y arietes cubiertos de hierro. Se dice que, además de la fuerza de los remeros, estos buques cuentan con otra fuente de poder: una poderosa batería de armamento hextech. Tamara no sabe si eso es cierto, pero la gente cree que es verdad y eso es todo lo que importa.

Sale de sus pensamientos de barcos cuando tres de los hombres de la comisaria la empujan hacia el elevador. La sujetan más fuerte de lo necesario.

—Tal vez, pero no creo que muchos aprendices tengan mapas detallados de Piltóver escondidos entre su trabajo. Soy Caitlyn y he patrullado esta ciudad durante más años de los que me importa contar, así que la conozco mejor que la mayoría. Y debo decir que hiciste un trabajo muy bueno. Incluso Vi podría caminar a ciegas por todo Piltóver con uno de esos planos sin perderse—.

—No entiendo—, insiste Tamara mientras Caitlyn baja una palanca y el elevador inclinado comienza su mecánico descenso hasta los niveles más bajos de la ciudad.

—Eres una pionera, no una seguidora, ¿eh?—

—¿Qué significa eso?—

La comisaria no responde. Tamara sacude la cabeza y sus ojos se llenan de lágrimas.

—Mire, juro que no sé de qué se trata todo esto—, dice mientras su voz se quiebra y su pecho refleja su respiración entrecortada. —Por favor, solo soy una aprendiz que intenta ganarse la vida. Firmar un contrato con el clan Medarda era mi última oportunidad de lograr algo por mi cuenta, antes de que se acabe el dinero de papá y tenga que entrar a trabajar a las forjas químicas de Zaun. ¡Por favor, tiene que creerme!—

Ni la comisaria ni sus hombres prestan atención a sus súplicas y no se molestan en responderle a pesar del incremento histriónico de compasión y comprensión, mientras siguen descendiendo. Cuando el elevador por fin se detiene en el muelle, se encuentran en la sombra de un galeón de Shurima en plena marea alta con sus bienes recién descargados. Tamara ve todas sus posesiones amontonadas en un carro de metal usado para transportar granos hasta los compartimentos de esos buques. Sus diarios y planos enrollados están dentro con páginas arrancadas. Meses de arduo trabajo están descartados como basura. Huele combustible y sabe qué ocurrirá. Logra zafarse de los hombres que la sostienen y cae de rodillas a los pies de Caitlyn.

—¡No! Por favor, no—, solloza. —Por favor. ¡Se lo suplico!—

Caitlyn la ignora y se dirige hacia el carro. Procede a levantar una pipa de un estibador que pasaba por ahí y arroja las cenizas incandescentes sobre el carro. Los papeles del trabajo de Tamara, cubiertos de combustible, estallan es un espectáculo de llamas. El fuego consume todo rápidamente y quema todo en cuestión de minutos. El humo se eleva de lo que queda del trabajo de Tamara, y ella escupe a los pies de Caitlyn.

—Maldita—, gruñe. —¡Que el Gris por siempre te pise los talones!—

—Buen intento—, dice Caitlyn mientras la pone de pie. —Eres muy astuta con ese acento. Te sale bien, no voy a negarlo. Tiene la jerga, tiene lo tosco, pero he escuchado cada voz de esta ciudad, de todo tipo de gente, y la tuya no cuadra, ¿entiendes? Pero se nota la suciedad y el rencor de tu ciudad natal—.

—¿De qué habla?—, protesta Tamara. —Crecí en las partes más altas de Piltóver. ¡Soy una chica de Goldview! ¡Nací frente a las Bóvedas Eclípticas! ¡Juro que no estoy mintiendo!—

Caitlyn sacude la cabeza. Está cansada de esta farsa.

—No, tu acento es bueno, pero no logra enmascarar la superioridad gutural noxiana—, le dice al tiempo que golpea el pecho de Tamara con un dedo para remarcar sus palabras. —Y sé lo que eres. Sí, he escuchado de las leyendas de los guerreros masones. Guerreros que se infiltran en territorio enemigo y lo analizan. Registran en mapas el terreno, encuentran los mejores senderos para que avancen ejércitos. Dejan las bases para una invasión exitosa—.

Tamara no tiene oportunidad de negar las acusaciones pues los hombres de Caitlyn la escoltan por la plancha hacia un galeón. La dejan a merced de un par de espadachines de Shurima; asesinos de mirada penetrante que venderían a sus propias abuelas a cambio de un par de engranes de plata.

—Y no vuelvas jamás a Piltóver—, dice Caitlyn mientras acomoda su rifle en sus brazos. —Si te vuelvo a ver, pondré una bala entre tus ojos. ¿Entendido?—

Tamara no responde. Se da cuenta de que Caitlyn dice la verdad.

—Manténganla abajo, luego arrójenla en algún lugar desagradable de Bel'zhun—, le dice Caitlyn al capitán. —O solo arrójenla por la borda cuando estén lo suficientemente lejos. No me importa—.

La nave está ya muy lejos en el mar cuando le dejan subir a cubierta. Demasiado lejos para nadar, pero Tamara no planea mojarse. Observa cómo la resplandeciente joya de Piltóver se aleja en el horizonte. Está triste, pero satisfecha de haber cumplido su misión.

Es una pena que sus planos y registros hechos con cuidado se hayan evaporado, pero ese siempre fue un riesgo y puede volver a hacerlos de memoria. Cierra los ojos y recorre, con ejercicios mentales que le permiten recordar, las calles de Piltóver de noche. Cuenta los pasos y mentaliza un mapa en cada esquina, calle y pasadizo.

Se pregunta cuál miga de las que dejó a su paso llevó a Caitlyn a atraparla, pero supone que ya no importa ahora. La comisaria de Piltóver es astuta, pero Tamara tiene una extraña sensación de que no fue Caitlyn quien la descubrió. Eso le preocupa a Tamara, pues significa que hay alguien en Piltóver a quien no conoce que puede desenmascarar a un guerrero masón.

Sea quien sea, no importa cuánto crean saber de la secreta Orden de los Guerreros Masones, hay una sola cosa de la que no se han dado cuenta:

Los guerreros masones trabajan en pares y a veces vale la pena sacrificar a uno para permitirle al otro adentrarse más en territorio extranjero.

Tamara sonríe, pues ya se imagina la invaluable información que Colette recolectará para Noxus en el núcleo del clan Medarda.

Se recuesta en una cama de sacos de granos vacíos y se prepara para dormir.

Trivia

Para una mirada detallada, ver El Día del Progreso.
  • El Día del Progreso sirve como el evento principal para reintroducir Piltóver en el nuevo canon.
  • Noxus tiene numerosos agentes en la sombra colocados dentro de la población para reunir inteligencia en caso de una posible invasión futura de Piltóver.

Media

Referencias

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