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Historia corta • Lectura de 26 minutos

El Corazón Más Débil

Por Ariel Lawrence

—Deberías haberla matado

Lore

—Deberías haberla matado—.

Mi hermano colocó dos pequeños cubos de azúcar sobre una cucharilla suspendida en el fino canto de su taza de té. Su jubilosa atención se centró en el vertido del té. Las arrugas de su rostro se movieron hacia atrás para dibujar una sonrisa y una risita de felicidad escapó al tiempo que observaba cómo las formas se fundían y caían una sobre otra. Sin escapatoria, los remanentes de dulzura colapsaron ante la oscura infusión.

—Lady Sofía no será un problema—, dijo.

Stevan hizo un gesto de fastidio con la mano. —Hoy quizás, ¿pero mañana? Las emociones se infectan si no se tratan, hermana—. En su mirada pude ver un interrogante. —Mejor ahogar la llama antes de que incendie todo el lugar, ¿no crees?—

—Hablé con la recabadora de información principal de Arvino...—

—Ustedes los recabadores y sus tratos. Aún creo que traicionó a su casa y que debe pagarlo con su vida—.

—Ya llegará el momento—, respondí, suavizando mi tono. —Pero tenemos un acuerdo. Adalbert se encargará de que ella no se meta en problemas. Es su responsabilidad—.

Mi parte en la discusión había acabado. Stevan se reclinó en la silla con una mirada de aceptación de mala gana y levantó la manta que tenía en su regazo.

—A ese hombre le serviría otro par de ojos en su cabeza—, expresó Stevan en voz baja, indignado. Para Stevan, nunca se trató de la búsqueda de una solución, lo único que importaba era el resultado final. Para mi hermano, los arreglos a los que llegaba podían hacer desaparecer muchos de los problemas de Piltóver. Rara vez consideraba las elecciones que llevaban a tales decisiones.

Sostuve mi taza con una mano y dejé que la otra se tendiera distraídamente sobre la cadera, reconfortándome en la línea de agarre línea de agarre que llevaba allí. En parte, Stevan tenía razón. Los resultados importan, pero siempre preferí la caza.

Observé a Stevan a través del vapor de mi bebida. Fruncía los labios como si estuviera decidiendo algo. La presión emblanqueció la piel de su barbilla y resaltó las marcas de edad que trepaban por la seda que envolvía su cuello.

—Hay algo más—, agregué.

—¿Soy tan obvio, hermana?—

Creo que se habría sonrojado si su débil pulso se lo permitiera. En su lugar, me lanzó una sonrisa llena de dolor y sacó un trozo de papel doblado y un rosario de uno de los cajones del escritorio que nos separaba. Stevan retrocedió en su silla de ruedas y tosió con esfuerzo. En la silla, haló de las pequeñas palancas. Ese esfuerzo simple puso en movimiento una serie de pequeños engranajes que activaron unos más grandes hasta que el mecanismo empujó las ruedas hacia mí, y a Stevan con ellas.

—El corto compromiso de Lady Arvino no fue lo único que descubrimos en todo este desastre—, dijo. —Encontramos esto en uno de los hombres del Barón durante la limpieza—.

Puse mi taza en el platillo blanquecino y tomé el trozo de papel y el rosario que me ofrecía. Cambié de posición las cuchillas debajo de mí, sus afiladas puntas se clavaron aún más en la fina alfombra.

Los bordes de la nota estaban carbonizados y un tinte verdoso atravesaba el papel desde la parte quemada. El rosario había sido protegido con amor; las caras de las piedras de cristal eran pulidas y finas.

—Camille—.

Mi hermano solo pronunciaba mi nombre de esa manera cuando era importante. O cuando quería algo. Desdoblé la nota, el olor acre de los disgustos de Zaun salió de ella. Observé las líneas sólidas. La diagramación era limpia y ordenada; el texto, preciso. Mis ojos encontraron la marca del artífice al tiempo que Stevan lo confirmaba.

—Si Naderi regresó...—

—Hakim Naderi ya no está—. Las palabras salieron de mi boca como un reflejo.

Habían pasado más que unos años desde que el cristalógrafo se había desempeñado como artífice principal de nuestra casa, había pasado toda una vida.

Stevan contempló su siguiente movimiento. —Hermana, sabes qué es esto—.

—Sí—. Observé el papel; el diagrama reproducía la construcción mecánica y cristalina que latía bajo mi pecho.

Sostenía el diseño de mi propio corazón.

—Creímos que todos habían sido destruidos. Si esto existe, bien pueden hacerlo otros. Por fin podré liberarme de esta silla—, agregó. —Para recorrer mi casa tal como el maestro de un clan debe hacerlo—.

—Tal vez es momento de dejar que otro tome la responsabilidad como el maestro del clan—, repliqué.

Habían pasado años desde la última vez que Stevan pudo recorrer los salones por cuenta propia. Algo que sus hijos y nietos nunca permitirían que olvidara. Este no era solo un trozo de papel y una serie de oraciones. Para Stevan, este era un mapa hacia la inmortalidad.

—Es solo un diagrama—, continué. —Crees que si encontramos el resto de los diseños de Naderi, nuestros artífices podrán recrear su trabajo. Pero todavía está la cuestión de cómo obtener energía...—

—Camille, por favor—.

Miré a mi hermano. El tiempo no había sido amable con su frágil cuerpo. Pero sus ojos, después de todos estos años, sus ojos eran como los míos, azules, el azul de los Ferros. Ese cerúleo profundo no se marchitaría con la edad ni la enfermedad. Sus ojos tenían el mismo color brillante que los cristales hex que iluminaban el dibujo que sostenía ante mí. Su mirada me rogaba.

—Tú y yo juntos hemos llevado a esta casa mucho más lejos que lo que Madre y Padre alguna vez soñaron—, dijo él. —Si tu amplificación puede repetirse, este éxito, nuestro éxito, Camille, continuará por siempre. Esta casa garantizará el futuro de Piltóver. De hecho, garantizaremos el progreso de todos en Valoran—.

Stevan siempre había tenido afinación para lo dramático. Por su constitución débil, había sido difícil para nuestros padres negarle algo.

—No soy la recabadora de información para todo Valoran. Quizás no encuentre nada—.

Stevan soltó un suspiro de alivio. —¿Pero buscarás?—

Asentí y le devolví el diagrama, pero conservé el rosario y metí los aros retorcidos de nuevo en mi bolsillo. Me di vuelta para abandonar el estudio.

—Y Camille... Si está vivo, si lo encuentras...—

—Será igual que antes—, respondí mientras detenía a mi hermano antes de que pudiera desenterrar más de mi pasado. —Mi deber, como siempre, está con el futuro de esta casa—.

La muchedumbre del final de la tarde cerca del Comercio del Ala Norte seguía palpitando en anticipación por las fiestas del Día del Progreso. Los rostros de los asistentes estaban enrojecidos por el esfuerzo de los preparativos en ocasión de la fiesta anual de la innovación. Sin embargo, no fueron ellos, sino un mercader extranjero que se tambaleaba por la bebida quien reveló mi segunda sombra.

—Por las mamas congeladas de Ursino Ursino—, dijo el mercader, frustrado por la presión de la multitud. Empujó a quienes se habían detenido para ayudarlo. —No necesito ayuda—.

Las abejas trabajadoras de Piltóver zumbaban a nuestro alrededor, todas excepto un zángano rubio en una de las esquinas de la plaza. La mantuve a la vista mientras me inclinaba hacia el mercader en frente.

—Entonces levántate—, le dije.

El freljordiano me miró. Su enojo había hecho que intentara alcanzar su daga de colmillo tallado que colgaba de la cintura. Respondí a su mirada y la observé recorrer el cristal hex en mi pecho hasta llegar a mis piernas con cuchillas. El hombre soltó la empuñadura del cuchillo.

—Buen chico—, le dije. —Ahora lárgate—.

Asintió sin chistar. El mercader retrocedió, y la mente de colmena mercantil de Piltóver se abrió para reformarse a su alrededor mientras tropezaba por toda la calle. Solo mi escolta sombría permanecía inmóvil, observándome desde un puesto a la distancia.

Continué a través de la multitud; la gente se abría paso al notar mi presencia. Cuando la oportunidad se presentó, me escabullí hacia un callejón sin salida y disparé mi gancho hacia una cruz de madera en lo alto, encima del corredor. Subí hacia la oscuridad y aguardé.

Unos segundos después, mi escolta entró al callejón. Sus prendas estaban cubiertas y eran lo suficiente anodinas como para no llamar la atención en los atestados niveles de Zaun, pero el látigo ornamentado en su costado gritaba Piltóver, o al menos un mecenas muy generoso. Dejé que avanzara unos cuantos pasos hacia un rayo de luz que seguro la cegaría. Tan pronto estuvo en posición, caí a su espalda y las puntas de mis espadas se incrustaron cuidadosamente en los adoquines.

—¿Perdiste algo, niña?—, Le dije en un tono amenazante.

Llevó la mano rápidamente al mango de cuero negro de su látigo. Se sintió tentada, pero el sentido común pareció ganar.

—Parece que lo encontré—. La muchacha levantó las manos abiertas hasta los hombros. —Traigo un mensaje—.

Arqueé una de mis cejas.

—De su hermano, señora—, agregó.

El drama de Stevan acabaría con la vida de alguien si no tenía cuidado.

—Dámelo—.

La muchacha mantuvo una mano en el aire y usó la otra para sacar una pequeña nota de la manga. El sello de cera mostraba el sigilo de Ferros y la marca personal de Stevan.

—Mueve algo más que tus pestañas y te rebanaré la garganta—, le dije.

Abrí la nota. Podía sentir cómo mi ira subía como si fuera fiebre. Stevan se había tomado la molestia de buscarme una ayudante. En caso de que mi investigación despertara cualquier "sentimentalismo durmiente" que evitara que cumpliera con mi labor.

Me convencí de que quería lo mejor, pero después de todos esos años, parece que aún no confiaba en mí con Hakim. Fue cobarde ocultar estos sentimientos debajo de la manta y no decirme esto a la cara antes de irme.

—Debería matarte por entregar el insulto—, le dije, sopesando su respuesta. —Tu nombre—.

—Aviet. Sus manos y su voz se mantuvieron estables. Era joven, ni siquiera un dedo amplificado—.

—¿Y tomaste esta misión conociendo la posible consecuencia de mi irritación?—

—Sí, mi señora—, respondió. —Esperaba que, si le agradaba, habría un... cargo más permanente dentro de su casa—.

—Ya veo—.

Le di la espalda y empecé a salir del callejón. Le di una oportunidad de matarme, si esa era su verdadera intención. Escuchaba su respiración exaltada y un tintineo áspero mientras arreglaba el acero enrollado del látigo en su costado. Y luego siguieron sus pasos.

—¿Tenemos un destino, señora?—

—La iglesia—, respondí mientras sentía el rosario en mi bolsillo. —Muévete—.

El Primer Grupo de los Magníficos Evolucionados Magníficos Evolucionados, técnicamente, seguía dentro de Piltóver, pero solo apenas. Aquí, más allá de los mercados limítrofes, el pernicioso hedor de la ciudad superaba el aroma festivo de carne asada y pasteles dulces. El Zaun Gris se movía como una marea baja. Se apoyaba en las piernas y se condensaba a lo largo de toldos de mercaderes cubiertos de hollín sobre charcos de fango oscuro.

Me volví hacia la muchacha. —Espera aquí—.

—Debo seguirla—, Aviet respondió. —Su hermano...—

—Esperarás aquí—, dije de nuevo, sin dejar lugar a una réplica. Mi paciencia para el juego de mi hermano se estaba agotando. —Los Magníficos Evolucionados son creyentes fervientes. No son amables con los no amplificados—.

Observé a mi nueva asistente, esperando su respuesta. Aviet se limitó a inclinarse un poco. Ansiaba pelear, probarse a sí misma, pero no estaba segura de si este era el momento.

Sonreí. —Ya tendremos tiempo suficiente para eso, pequeña—.

La entrada del viejo edificio daba paso a un vestíbulo sombrío separado del salón principal por una celosía de hierro. A través de los patrones de diamantes de metal soldado, varios grupos de lámparas termales de color anaranjado iluminaban la congregación. Las cincuenta o más personas que allí esperaban murmuraban en un unísono atronador, dando la impresión de que una gran máquina respiraba a sus pies. Telas de pana en colores oscuros cubrían las partes de sus cuerpos que seguían siendo carne, mientras que sus brazos metálicos y piernas amplificadas estaban expuestas a la cálida luz. Aquí, amplificaciones de alta tecnología se mezclaban con aquellos con una función más utilitaria. Piltoviano o zaunita, no importaba para los Magníficos Evolucionados. Estas designaciones eran secundarias a su objetivo mayor. En el centro del grupo, una joven mujer con codos mecánicos se dirigía a un hombre con una mandíbula de metal brillante.

—El cuerpo es frágil—, le dijo al hombre. —La carne es débil—.

—La máquina nos impulsa hacia adelante—, respondió el grupo. Las palabras hicieron eco en el aire vacío sobre ellos. —El futuro es progreso—.

No estaba allí para ser testigo. Me mantuve en las sombras, ignorada por el rebaño amplificado, y continué con mi búsqueda.

Escuché el suave gorjeo del esofiltro del hermano Zavier antes de verlo. Su cabeza calva estaba inclinada hacia su pecho tanto como su aparato de respiración se lo permitía. Se disponía a encender un par de luces de chispa en los rincones del lado del altar de la capilla.

Observándolo desde lo alto se encontraba una figura imponente delineada en frío plomo y cristal esmerilado. La Dama Gris, santa patrona de los Magníficos Evolucionados. El vitral resplandecía desde el interior, encendido siniestramente por las lámparas de arco del exterior.

Me acerqué al sagrario. Había un par de frascos con órganos. Ojos flotaban como huevos en escabeche. Había ofrendas envueltas en trozos de lino, algunos elegantes, otros grasosos y harapientos. Algunas moscas volaban sobre las piezas descartadas de la congregación. Uno de los paquetes envueltos se movió. Poco después, una pequeña rata sacó su diminuto hocico, como si me retara a llevarse su premio. La gasa del tesoro nuevo quedó atrapada en uno de los bordes y el resto del paquete cayó al piso, para revelar un dedo disecado. La rata se precipitó hacia abajo, pero el hermano Zavier la ahuyentó de nuevo hacia la oscuridad.

—Camille—, dijo. Podía escuchar la sonrisa en su voz por debajo del húmedo balbuceo. —¿Viniste a reflexionar?—

—Información, hermano—. Saqué el rosario de mi bolsillo, las cuentas de cristal enredadas en la cadena de alambre.

El hermano Zavier se volvió hacia mí. Sus ojos también estaban bajo un cristal, amplificados como aquellos en los frascos, aunque, a diferencia de estos, los suyos se movían llenos de vida. Le entregué el rosario.

—¿Dónde encontraste esto?— Sacudió la cabeza al tiempo que lo examinaba y chasqueaba la lengua. —Olvídalo, ya debería saber que no debo hacer esas preguntas—.

Regresó a vigilar las luces votivas. —Hace varias semanas, conocí a un hombre que traía esto. Vino a encender una luz y a implorar su favor para el Día del Progreso que se avecinaba—. El hermano Zavier señaló con la cabeza la figura representada en la ventana. El manto de la Dama Gris era un mosaico de cristal violeta cenizo, engranajes oxidados y pistones ennegrecidos. Su epíteto a menudo era invocado cuando un inventor se sentía apenado por la inhabilidad o el fracaso. La suya era una bendición que requería un sacrificio.

—Tenía la piel morena de los moradores del desierto. Más viejo que los aprendices extranjeros usuales que buscan las audiciones—, continuó el hermano Zavier.

—¿Sabías qué clan buscaba?—

—Dijo que se hospedaba en una pensión cerca del clan Arvino—. El zumbido de la fábrica de la congregación se oía a lo lejos. —La testificación de esta tarde acabó. El deber me llama—.

El hermano Zavier me palmeó la mano. Recogió su bata oscura, se abrió paso de regreso hacia el salón principal y me dejó con mis pensamientos.

Hakim había regresado y había guardado silencio. Aunque claro, en la última conversación que tuvimos no hablamos sobre cómo comunicarnos. Tomé el frágil dedo del suelo y lo coloqué de nuevo con las demás ofrendas. La idea de él suplicando como un aprendiz cualquiera me molestaba. Hakim estaba muy por encima de los artífices del clan Arvino. A través de los triángulos de cristal tallado y los diamantes en el costado de la ventana de la capilla, pude ver a Aviet de pie bajo una farola. Todavía seguía órdenes... al menos de momento.

Mi silencio indulgente se rompió por un sonido inusual, leve, pero que no podía ser de ninguna rata. Sentí cómo el cristal hex en mi pecho vibraba en anticipación mientras me volvía para enfrentar la amenaza.

—¿Eres ella?—, preguntó una débil voz.

De la esquina oscurecida cerca de una banca de metal apareció una pequeña niña. No podía ser mayor de seis o siete años.

—¿Eres la Dama Gris?—, preguntó de nuevo. Ahora más cerca, las pulsaciones de mi cristal hex se hicieron más lentas e iluminaron su rostro con un tenue brillo azulado. En uno de sus brazos cargaba un paquete envuelto en gasa, muy parecido a los que yacían apilados a mi espalda. La manga opuesta de su vestido oscuro estaba vacía.

Sin perder el equilibrio, me aproximé a ella. Me arrodillé para que nuestros rostros quedaran al mismo nivel y, gentilmente, toqué la banca de metal para arquear un poco de la energía cristalina a través de mis dedos. La niña observó ansiosa el reflejo de la chispa en el metal pulido de mis cuchillas.

—¿Diste tus piernas para el Día del Progreso?—, me preguntó.

Los Magníficos Evolucionados celebraban la antigua tradición zaunita de sacrificar algo personal para el Día del Progreso con la esperanza de que la siguiente iteración de inventos fuera mejor. Era una práctica que podía remontarse a los días antiguos de la ciudad, cuando la gente de Zaun debía enfrentar la reconstrucción de sus vidas luego de la devastación del "incidente". La riqueza y el desarrollo de Piltóver sobre estas ruinas marcadas servía de prueba para muchos de que la tradición tenía méritos.

Miré a la pequeña niña. No habían sido mis piernas la ofrenda que di en el Día del Progreso hace mucho tiempo, sino algo mucho más preciado.

—Elegí estas—, le dije. —Porque sirven mejor a mi propósito—.

La niña asintió. La luz azul entre nosotras se debilitó, pero todavía podía ver las venas negras como arañas en los dedos de la niña que se aferraban al paquete. Era muy extraño que la plaga afectara a alguien tan joven en esta parte de la ciudad. Los Magníficos Evolucionados solían acoger a los enfermos y veían la remoción de la carne moribunda como la clave para transformar la vida y fe de una persona a través de la tecnología.

—El hermano Zavier dijo que se vuelve más fácil—, dijo.

—Así es—, respondí.

El médico que la atendía había descuidado sus deberes. Ambos brazos debieron haber sido amputados a la vez. Seguro que el cirujano había racionalizado su falta de valor mientras sostenía el cuchillo como un acto de bondad, pero esperar no ayudaría en nada a la pequeña. Si no se le realizaba el procedimiento rápido, esas arañas vasculares treparían más y más cerca de su pecho, para ennegrecer, finalmente, su corazón. Las posibilidades de que viviera para ver el siguiente Día del Progreso eran pocas.

La niña se mordió el labio, en señal de duda, antes de su siguiente pensamiento. En ese momento, mis ojos detectaron movimiento a través de uno de los vitrales más grandes. Me puse de pie y noté varias formas oscuras aproximándose. Aviet ya no estaba sola.

Caminé hacia el sombrío corredor para salir.

—¿Las extrañas?—, gritó la pequeña.

No me volví hacia ella. Sabía que el rostro esperanzado de la niña vacilaba como la fila de luces en el altar. Lo sabía porque recordaba el mío sumido en la duda. Hace muchísimos años atrás, Hakim me había hecho una pregunta similar. ¿Mi corazón? ¿Él? ¿Lo extrañaría un poco? Toqué mi amplificación de cristal hex para asegurarme de que siguiera vibrando uniformemente. Justo a la derecha del grabado angular del sigilo de Ferros sentí una caligrafía pequeña y fluida. Era la marca de Hakim Naderi.

—No—, mentí.

Aviet estaba lista para luchar, su cabello rubio estaba encendido como un halo bajo un farol. Cinco hombres la rodeaban como un banco de tiburones. Sus amplificaciones utilitarias dibujaban formas dentadas en sus siluetas.

—Danos esa cosa bonita y a lo mejor no te matamos lentamente—, dijo el más pequeño, borracho, sin perder de vista el látigo en la mano de Aviet. Todas las molestias del día se acumularon, desde la reprensión fraternal de Stevan, pasando por mi nueva e innecesaria compañera, hasta la mera idea del regreso de Hakim. Podía sentir la energía reprimida electrificando mi columna, impaciente por encontrar un escape. Un bribón pretencioso y su muy maltrecho grupo servirían.

—No dijiste por favor—, le grité.

El bocón con la nariz retorcida me miró. —Eh, chicos—, dijo. —Ya no tendremos que preocuparnos. Parece que tendremos más que suficiente para jugar—.

—Qué gentil de su parte que nos acompañe, mi señora—, agregó Aviet.

—Sí, íbamos a permitirnos una pequeña remuneración del Día del Progreso—, dijo uno de los más grandes con una amplificación de cobre. Su compañero del mismo tamaño estiró la visera de un sucio gorro de lana sobre su pieza ocular llena de fluido e hizo una mueca. —Su Excelencia—.

Mi llegada los había distraído, lo que había provocado que su círculo se volviera asimétrico y se abriera una pequeña brecha.

Era más que suficiente.

La velocidad y el pensamiento decisivo siempre han sido mis mejores aliados, así que corrí hacia la brecha y le di al más larguirucho por sobre el hombre con un barrido barrido largo. Mi pierna afilada cortó el tejido sucio y una línea de color rojo oscuro brotó rápidamente de la tela, pero fue el azul arqueado de la subsecuente energía del cristal hex lo que lo dejó inconsciente.

El más rechoncho y el que tenía el acento más marcado tomaron a Aviet, mientras que los altos vinieron por mí. Dejé que una sonrisa sombría se dibujara en mi rostro; después de tanta contemplación, esto era exactamente lo que necesitaba.

Mis dos compañeros de baile no estaban muy contentos. Ambos tenían hombros tan macizos como las campanas dobles que resonaban sobre el Comercio de la Arena de Hierro. Seguían sin decidir quién sería el primero y su indecisión era mi oportunidad. Me encargaría de ambos.

Me abalancé sobre el que tenía el dispositivo ocular y dejé que mi pierna trasera barriera barriera los tubos enrollados de su hermano chapado en cobre. Él había calculado mal mi alcance y se apresuró a reconectar las mangueras seccionadas a una bomba química. Un barrido bajo bajo inutilizó las piernas de su compañero de las rodillas hacia abajo. Esperé un momento a que el bribón enchapado en cobre respondiera con el brazo. Siempre creían que podían ganarle al segundo golpe golpe.

Y siempre se equivocaban.

—Ahora toma tus partes destrozadas y lárgate de mi vista—, le dije. Su hermano ya cojeaba hacia las sombras, su pierna inútil arrastraba el fango.

El metal del látigo de Aviet resonó en el callejón. Se escuchó otro chasquido metálico y llovieron chispas sobre el más rechoncho mientras se encogía de miedo, boca abajo sobre los adoquines y con lágrimas recorriendo sus mejillas cubiertas de mugre. Solo eran cuatro.

Miré a mi alrededor. El que tenía cara de roedor con el ego inflado no estaba. Lo encontré escabulléndose hacia el Salón de Ensamblaje.

La púa de mi gancho gancho se enterró en la piedra angulada sobre la entrada del salón. Me dejé caer dejé caer rápidamente y usé su peso y el mío para abrazarnos en un rollo apretado.

Cuando nos detuvimos, yo estaba arriba. Su fétida respiración era rápida y superficial.

—¿De verdad crees que puedes huir?—, le pregunté en voz baja y tranquila.

Su cabeza dibujó un no lleno de miedo, pero extendió una mano grasosa para tomar el cuchillo que guardaba en el cinturón. Cerró los ojos por el brillo cegador de mi cristal hex tan cerca de su rostro. Estaba desesperado por enterrar ese cuchillo en mi muslo, hacer algo para que me alejara de él.

—Hazlo—, le susurré.

Sorprendido, abrió los ojos, pero no dejó que mi permiso quedara en el aire. La punta de su cuchillo perforó el cuero negro, pero no avanzó más, se detuvo en el metal de mi pierna. La sorpresa se registró en su rostro. La mano resbaló por la fuerza del golpe y la carne del puño se enterró en el filo de su cuchillo.

A diferencia de los otros, este no se tragó los gritos, que resonaron en la piedra húmeda de los edificios.

Levanté la mirada mientras el eco recorría el Salón de Ensamblaje. La Dama Gris, en su vitral, nos observaba desde arriba. Y un pequeño rostro nos vigilaba desde el colorido vidrio.

Me incliné y dejé que la cuchilla en mi rodilla casi tocara el pulso agitado en el cuello del hombre bajo mis pies.

—Intenta cazar aquí otra vez y terminaré contigo—, le prometí.

Al darse cuenta que se le había otorgado otra vida, mi presa logró zafarse y se alejó a rastras, como si fuera un cangrejo. Cuando logró poner algo de distancia entre nosotros, se levantó con la mano ensangrentada bien agarrada y corrió hacia algún agujero oscuro para lamerse las heridas.

Podía escuchar cómo Aviet enrollaba el metal de su látigo.

—Escuché que no tenía un corazón bajo todo ese metal—, dijo mientras su interés se disparaba. —Quizás los rumores se equivocan—.

—Cuida tus modales, niña—, le respondí fríamente mientras salía del callejón. —O lo haré por ti—.

Los mercados limítrofes y el Salón de Ensamblaje siempre estaban inmersos en las sombras, agobiados por tanto progreso encima de ellos. Para cuando llegamos a la posada cerca del clan Arvino, la noche ya era dueña de todo. Luego de un estímulo adecuado, el posadero se volvió bastante generoso con su registro, aunque su letra dejaba mucho que desear. Naderi podía estar en el sótano o en el tercer piso. Dejé que Aviet se encargara del sótano, mientras que un gancho gancho me dio acceso a una ventana abierta en el tercer piso.

La pequeña forja en la parte trasera de la habitación había consumido las brasas que ardían bajo una capa de cenizas. Me agaché para pasar por la ventana y entré. La habitación estaba a oscuras, solo una pequeña lámpara iluminaba un pequeño escritorio. Pero fue el hombre que dormía sobre este quien me quitó el aliento, los rizos de cabello oscuro y la piel bronceada en el desierto. La vibración de mi cristal hex se volvió errática. Quizás él también había detenido el tiempo para él.

—Hakim—, dije suavemente. La figura en el escritorio se movió y despertó de su sueño con lentitud. Se estiró con la gracia de un gato y giró. El joven borró el sueño de sus ojos con incredulidad. Era tan parecido a Hakim que dolía.

Pero no era él.

—¿Señora Ferros?—, Se agitó para despertarse un poco más. —¿Qué hace aquí?—

—¿Nos conocemos?—, pregunté.

—No, no exactamente, señora—, respondió, casi avergonzado. —Pero he visto su cara con frecuencia—.

Regresó a su escritorio, buscó algo en sus papeles y sacó uno un poco más viejo y más gastado que los demás. Me lo entregó.

Las líneas eran sólidas, el trabajo con tinta era pulcro y ordenado, y las formas, precisas. Era el trabajo de Hakim, pero no era ningún diagrama. Era un dibujo de mi rostro. No recordaba haber posado para él. Debió haberlo dibujado de memoria luego de trabajar en el laboratorio alguna noche. Mi cabello estaba suelto. Sonreía. Era una mujer enamorada.

La punzada fue tan aguda, que no pude evitar inhalar aire. No le dije nada al joven frente a mí. No pude.

—Es como si lo hubieran dibujado ayer, señora—, dijo, llenando el silencio.

Lo dijo como un cumplido, pero solo reafirmaba las leguas de tiempo que se extendían en mi mente.

—Mi tío llevó esto consigo hasta que murió—.

—¿Tu tío, muerto?—

—Sí, Hakim Naderi. ¿Lo recuerda?—, preguntó.

—Sí—. La palabra se aferró a mi boca y me llevó a una pregunta egoísta que había cargado durante demasiado tiempo. Una de la que no estaba segura querer escuchar la respuesta. Si el dolor del recuerdo me agobiaría con miles de pequeños cortes, sería mejor abrirlos todos a la vez y ponerle fin. Miré al joven que se parecía demasiado a Hakim. —Dime, ¿tu tío se casó?—

—No, señora—, respondió, inseguro de si iba a decepcionarme. —El tío Hakim decía que amar el trabajo era más de lo que podía pedirse en la vida—.

Hace mucho que derramé todas mis lágrimas, así que ahora ya no me quedaban más. Tomé la pila de papeles y dejé el dibujo de mi rostro en lo más alto. Las líneas de tinta temblaban a la luz azul de la máquina que había reemplazado mi corazón. Lo que era. A lo que había renunciado. Todo el sacrificio afilado que me había convertido en lo que soy hoy. Todo reproducido con minuciosos detalles. Podía aferrarme al pasado, pero nunca tenerlo de nuevo.

—¿Esto es todo? ¿Todo el trabajo?—, Mis palabras salieron como un susurro oscuro.

—Sí, señora, pero...—, su voz se entrecortó con incrédulo horror cuando lancé el paquete sobre las brasas acumuladas y las aticé con cuidado. El pergamino aceitado se encendió y se quemó rápidamente en un caos rojo y naranja. Observé al pasado bullir y oscurecerse hasta que no quedaron más que cenizas y polvo. Fue el joven quien me trajo de vuelta al presente.

El sobrino de Hakim movió la cabeza lentamente, su incredulidad era palpable; yo más que nadie entendía cómo la conmoción de perder tanto en tan poco tiempo podía ser abrumadora. Estaba paralizado. Lo ayudé a bajar las escaleras y a salir a la calle. Se ajustó el bolso de cuero sobre los hombros y miró los adoquines.

Luego, volvió su mirada hacia mí; el aire de la derrota había sido reemplazado por uno de un miedo creciente. Estando tan perdida en mi pasado, presté poca atención a las sombras en la calle. Apenas pude escuchar el tintineo metálico del alambre. El latigazo entró rápido y ató mis brazos a mi costado.

—Es suficiente, señora—, dijo Aviet. El orgullo se distinguía en su voz. La observé mirar al sobrino de Hakim.

—¿Para esto te pagó mi hermano?— Ya lo sospechaba. Aviet había estado esperando la oportunidad toda la tarde. Y mi distracción al encontrar al sobrino de Hakim sin duda era una.

—Sí—, respondió. —A todos—.

Dos gorilas aparecieron sobre los adoquines, sus amplificaciones reparadas capturaban la luz de la calle. El más rechoncho y el pequeño con cara de rata los seguían de cerca. Eran los mismos hombres del callejón detrás del Salón de Ensamblaje. El regordete enterró su cuchillo en el cuerpo del sobrino de Hakim, mientras que el otro sonreía como roedor y ataba y amordazaba al joven aprendiz.

El gigante con los tubos químicos recién conectados dio un paso al frente. Sus dedos se retorcían, ansiosos por devolver la violencia que le había propinado más temprano.

—Cuidado con los cristales, Emef—, dijo Aviet. El abrazo del látigo se intensificó y sentí unas esposas de metal alrededor de mis muñecas. Aviet avanzó un poco hasta situarse junto al sobrino de Hakim. —Tenemos que llevarlos a ellos y a Naderi o nadie recibe su paga—.

¿Todo esto por los celos de mi hermano? Sabía que Stevan sentía el flujo de los años escurriéndose por sus dedos y que me veía inmortal a su lado. Pero, en verdad, no tenía idea del costo de mi deber con la familia. ¿Acaso no veía lo que le costaría ahora?

—¿Y el resto?—, preguntó el hombre de cobre mientras me sonreía como si estuviera a punto de devorar uno de los festines del Día del Progreso.

—Toda tuya—, respondió Aviet.

—Qué considerado de su parte, su Excelencia, el demostrarnos sus talentos antes—, dijo mientras convertía su brazo amplificado en un puño. Era obvio que no sentía la necesidad de ocultar su emoción a la hora de enfrentar a un oponente atado. Su sonrisa se hizo más amplia. —Hará que esto sea más rápido—.

Los nudillos metálicos conectaron con mi mentón. Él esperaba que luchara, pero en su lugar dejé que su golpe me derribara y me hiciera caer de rodillas. La inercia hizo que su pesado brazo amplificado me acompañara hasta el suelo. Saboreé la sangre en mis labios, pero era él quien había perdido el equilibrio por un segundo. La cháchara del resto de la pandilla se detuvo.

—No has visto todos mis trucos—, le dije mientras me ponía de pie.

La energía de mis cristales hex recorría todo mi ser, el poder se erguía como una muralla. El hermano del gigante intentó intervenir abalanzando su puño amplificado contra mi brillante defensa. El escudo escudo explotó y siseó, pero resistió. Ahora a mí me tocaba sonreír.

Aviet tomó el mango del látigo para sacarme del campo de energía. Tiró con fuerza en un intento por desequilibrarme. No tenía idea de que había tenido que hacer equilibrio toda mi vida.

Con las manos aún atadas, salté hacia adelante con una patada giratoria, rebané la garganta del segundo gigante y al descender empalé al primero. La cola del látigo se escapó de las manos de Aviet. Aviet llamó la atención de los dos hombres que sostenían al sobrino de Hakim.

—Si abandonan el trabajo, los mataré a los dos—.

—¿Aún crees que tengo corazón?—, pregunté, mientras sus dos descomunales secuaces yacían muertos a mis pies.

Aviet dudó, pero permaneció en su lugar.

—Soy la espada y el escudo del clan Ferros—, le dije con un aire gélido que cubría cada palabra. —Mi hermano quiere matarme para extender su frágil vida por unos cuantos momentos egoístas más. Sus deseos han traicionado su deber y a nuestra casa—.

Las pulsaciones de los cristales se aceleraron.

—Y tú no vivirás para ver el alba—, agregué.

Canalicé la energía del cristal durante unos instantes para acumular su intensidad hasta que el escudo que me había rodeado se convirtió en una prisión prisión electrificada. No habría escapatoria.

Salté en el aire, más alto que antes, y bajé con fuerza. El golpe destrozó el metal que aprisionaba mis muñecas y los adoquines debajo. La fuerza del impacto derribó a Aviet, sus otros dos matones y al sobrino de Naderi. La calle se había abierto y formado un cráter, el polvo colmaba el aire. La pelea que Aviet tanto ansiaba desde que nos conocimos, para demostrar su valor a mi hermano, no estaba saliendo según lo planeado. Los tacones de sus botas de cuero marcaban las rocas de la calle, su cuerpo anunciaba su retirada antes de que su mente pudiera decidirse por completo. Parada frente a mí, pude sentir su miedo. Lo que sea que mi hermano le haya dicho, ella lo había subestimado. Aviet vio que cualquier vestigio de la piedad que había tenido hasta ahora se había evaporado debido a la revelación completa de la traición de mi hermano.

Di un paso adelante y dejé que mi pierna trasera dibujara un arco. Me apoyé sobre la cuchilla al tiempo que esta conectaba. Aviet luchó para evitar que el contenido de su estómago se esparciera por el piso, pero fue un esfuerzo fútil. En unos instantes terminé de encargarme de sus otros dos matones, y el callejón detrás de la posada quedó en silencio de nuevo. Tomé el látigo de Aviet, cubierto de sangre, de la calle.

El sobrino de Hakim Naderi se apoyaba contra una pared, sumido en el pánico. La respiración del joven llegaba en oleadas jadeantes a través de la sucia tela que lo amordazaba. Me acerqué a él como si fuera un animal al que no quieres alarmar. Liberé sus muñecas de sus ataduras y le tendí la mano, sus dedos no dejaban de temblar. Tan pronto como se puso de pie, me soltó.

Había visto la faceta violenta de mi deber, algo que nunca había querido mostrarle a Hakim, y había permitido que pasara. La mujer bondadosa que alguna vez fui había desaparecido hacía mucho. Solo quedaba una fría oscuridad y cenizas grises.

—Las pruebas—, dijo, su mentón se estremecía con un tipo de terror distinto. La realidad del ocaso empezaba a hacerse notar ahora que se daba cuenta de que nada de esto era un sueño. —¿Qué voy a mostrarles a los artífices mañana?—

—¿Estudiaste con tu tío?—

—Sí. Me enseñó todo, pero los diseños...—

El sobrino de Hakim conocía sus opciones, podía trabajar para mí o renunciar al trabajo de su vida. Mi posición como la recabadora de información no permitiría que el conocimiento que él poseía cayera en manos de otra casa. En sus ojos temerosos vi la inocencia sobre el mundo sacrificada. Yo era su salvadora homicida y su protectora oscura. En este momento de cruel entendimiento, me había convertido en su Dama Gris, una sombra de acero que debía ser temida y venerada.

—Mañana crearás unos mejores—, le respondí.

Incapaz de convertir sus pensamientos en palabras, asintió y tambaleó hacia la noche. Recé para que reconstruyera su determinación antes del alba. De lo contrario, jamás podría esconderse de mí.

Me puse de pie y contemplé la vista desde el balcón del estudio de mi hermano. Una brisa helada agitaba los banderines que colgaban de los aleros de la casa. La ciudad entera se abría ante mí.

Las puertas del estudio se abrieron y, por un momento, pude escuchar los preparativos para la llegada de aprendices de mañana. En aquellas voces y pasos apurados escuché cómo se desplegaban todos los años pasados, todos ellos demasiado similares como para separarlos. Todos salvo dos: el año en que un apuesto hombre de las Arenas se robó mi corazón. Y el año en el que le exigí al mismo hombre que me lo arrancara.

¿Con cuánta frecuencia había venido Hakim a este lugar conmigo entre esos dos momentos? La brisa que jugaba con los banderines despeinaría de los rizos de su cabello, ahí parado en el balcón. —Cuánta promesa —diría mientras sus ojos danzaban por las relucientes torres de la ciudad, el brillo de Zaun iluminando los edificios desde abajo—, una máquina tan delicada, todas estas partes trabajando al unísono.

Le dije lo que mi padre me había dicho, que esta era la promesa del progreso, la promesa de Piltóver. Hizo que nuestra ciudad avanzara, pero, le advertí, un engranaje en el lugar incorrecto pondría todo en peligro. Un solo pistón que se rehusara a cumplir su papel podría destruir la totalidad de la máquina.

La silla de Stevan rechinaba sobre la alfombra. Mis dedos añoraban los rizos del cabello de Hakim o el consuelo del rosario de cristal pulido en mi bolsillo. En su lugar, enrollé en mi mano el látigo de Aviet para formar círculos apretados. Hakim siempre intentó sacarme de esta oscuridad, solo para darse cuenta, demasiado tarde, de que mi trabajo, mi deber para con mi familia, era algo tan arraigado en mí como mi propia sombra.

—¿Camille?—

No dije nada, incapaz de separar mis ojos de la frágil vista y mis aún más frágiles pensamientos del pasado. El mecanismo seguía en marcha y las ruedas de la silla de Stevan lo trajeron a mi espalda.

—Regresaste—, dijo. —¿Aviet?—

En ese momento, lancé el látigo de Aviet sobre la manta de lana en su regazo.

—Ya veo—.

—Cumplió su propósito—, agregué.

—¿Y cuál era?— Para haber estado sentado durante tanto tiempo, mi hermano era un bailarín astuto. Tiró del alambre del látigo.

—Recordarme el mío—, respondí.

—¿Tu propósito?— El nerviosismo inicial de Stevan dio paso a la agitación. Sabía que moriría esta misma noche. Lo habían atrapado, no tenía escapatoria, y menos de mí. Su único consuelo era intentar herirme con la misma profundidad antes de que su tiempo se agotara. Atado como estaba por su fragilidad, las únicas armas que le quedaban eran las palabras.

—Tu deber es conmigo—, dijo. —Así como fue con nuestro padre—.

Deber. Mi padre. Una palabra puede ser más filosa que una navaja.

—Estás aquí para servirme—, gruñó.

—No, mi servidumbre es con esta casa—. El juramento que había tomado retumbaba en mi mente, el juramento de todos los recabadores. Lo repetí sin ningún esfuerzo o arrepentimiento. —A esta casa, seré fiel y leal, sus necesidades vendrán antes que las mías. Para esto, comprometeré mi alma, mi cuerpo y mi corazón—.

Fueron las mismas palabras que le dije a Hakim la noche que terminé todo entre nosotros. Nunca podría ser suya pues ya me había prometido a otro.

—El deber del recabador debía ser mío—. La voz de Stevan me trajo de vuelta al presente. Apretó los brazos de la silla hasta que los nudillos se le pudieron blancos. —Tomaste un juramento con nuestro padre, ¿y qué hiciste? Murió porque no tenías la fuerza suficiente. Y luego casi abandonas esta casa. ¿Por qué? ¿Amor? ¿Atención? ¿Dónde estaba tu deber entonces?—

Escupió las palabras en el espacio entre nosotros. Estas venas ennegrecidas, esta plaga, había dejado que se infectara durante mucho tiempo. ¿Qué tipo de favor le había hecho a esta casa al ignorar su locura?

—Arranqué mi corazón por la familia. Por ti, Stevan—, le contesté. —Di todo lo que soy. Después de todos estos años, ¿puedes decir lo mismo?—

Stevan chisporroteaba como una chispa mojada, desesperada por avivar su vida, pero sabía que le quedaba poco tiempo para encenderse.

—Padre solo te dio esto, pero fui yo el que pasó toda su vida probándole que era yo quien lo merecía—, dijo. Sus palabras estaban cargadas de repulsión. La ira de mi hermano se apoderó de él rápidamente, la toxicidad envenenaba el aire como un derrame químico. —Quizás me veas como tu traidor, pero tú eres la responsable, hermana. Si hubiera podido confiar en ti, en que tomarías las decisiones correctas, no habría tenido que intervenir—.

Yo había permitido que se convirtiera en este monstruo. Había tolerado sus nefastos planes y motivaciones solo porque no estaba dispuesta a enfrentar un futuro sin él, un futuro en el que nadie recordara la mujer que fui. Si mi determinación hubiera sido más fuerte, podría haber acabado esto años atrás. Había renunciado partes de mí misma, pero en todo ese tiempo, nunca tuve el coraje para sacrificar la pieza que sabía que contaminaba nuestra casa.

—Esa noche habría huido con Hakim si no te hubieras esforzado por recordarme mi deber—, le respondí.

Él había venido ante mí, ensangrentado y quebrado, para obligarme a enfrentar la realidad de haber abandonado mi cargo. Incluso cuando descubrí la verdad un par de años después, que él era el responsable de su propio ataque, me había sentido aliviada. Al borde de una decisión nublada por los sentimientos, mi hermano me había dado el empujón que me había permitido separar el honor de la emoción. Sabía que, sin él, habría renunciado a quien se supone que debía ser. Fue su motivación oscura la que me permitió adoptar por completo el manto que llevo hoy.

Me moví hacia él y dejé que mis dedos descansaran en su hombro. Podía sentir sus huesos envejecidos bajo la rica seda y su piel marchita. Las vibraciones en mi pecho se intensificaron. Stevan me miró, el azul de sus ojos se endureció como fragmentos de cristal destrozado mientras la energía alrededor de mi amplificación se hacía más fuerte.

—Siempre has sido mi responsabilidad, hermano—. El frío en el aire se apoderó de mis palabras. —Stevan, ya no te fallaré más—.

Pude sentir cómo la carga electrificaba los vellos de mi nuca. Dejé que mi mano se arrastrara desde su hombro hasta el borde de su rostro. El mechón de cabello de aspecto juvenil que caía sobre su frente había disminuido y desaparecido hacía varios años. La chispa se arqueó a través de mis yemas y envolvió a Stevan.

Su corazón no tardó mucho en llegar al límite, el músculo atrofiado que impulsaba a mi hermano a esos lugares oscuros por fin cedió en su pecho. Se le cerraron los ojos y el mentón se apoyó sobre mi mano.

La vibración de los cristales en mi pecho se hizo más lenta, hasta alcanzar un ritmo tranquilo. Me volví para contemplar la ciudad. El frío de esta noche se adentraría en sus huesos metálicos, pero mañana continuaría avanzando, llena de vida. Hacia el progreso.

Una máquina tan delicada.

Referencias

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