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Historia corta • Lectura de 2 minutos

El Cazador Cazado

Por Leslee Sullivant Heintz

La jungla no perdona la ceguera. Cada rama rota cuenta una historia.

Lore

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La jungla no perdona la ceguera. Cada rama rota cuenta una historia.

Cacé Cacé a todas las criaturas que habitan esta jungla. Tenía la certeza de que ya no albergaba más retos, pero apareció algo nuevo. Cada una de sus huellas es tan grande como un cid colmilludo y sus garras semejan cimitarras. Podría partir en dos a un hombre. Por fin, una presa digna.

Mientras sigo sus pasos a través de la jungla, comienzo a ver la destrucción que ha sembrado. Entro en un claro de árboles hechos pedazos. Estos gigantescos centinelas de madera llevaban incontables eones custodiando esta tierra, sin que las frágiles hachas de los idiotas que intentaban talarlos pudieran hacer mella en su férrea corteza. La criatura los hizo pedazos como si fueran ramitas.

¿Cómo puede desaparecer tan fácilmente una criatura de semejante fuerza? Y sin embargo, aunque dejó tras de sí un rastro de destrucción imposible de ignorar, no pude posar la vista sobre ella. ¿Cómo es posible que caiga sobre la jungla como un huracán para luego desaparecer en ella igual que el rocío matutino?

La mera idea de encontrarme ante tal criatura me hace temblar de emoción. ¡Qué trofeo trofeo más fabuloso!

Tras cruzar el claro, sigo el sonido de un arroyo para volver a orientarme. Allí veo una pequeña mata de pelo anaranjado que parece agazapada, como esperando algo. La espío desde lejos. Un pececillo emerge del arroyo de un salto y la criatura, tratando de atraparlo, se zambulle gozosamente en las rápidas aguas. Con satisfacción, descubro que se trata de un yordle. ¡Y un cazador, nada menos!

Es un buen augurio. Voy a encontrar a la criatura. No podrá eludirme.

El yordle levanta sus grandes orejas y se vuelve hacia mí. Corre a cuatro patas, con un Búmeran Búmeran de hueso en la mano, hasta detenerse a poca distancia. Dice algo ininteligible.

Le respondo con un gesto de asentimiento antes de seguir mi camino. Atravieso sin dificultad el terreno escabroso, tratando de encontrar algún rastro de mi presa. Mientras intento localizar su olor, hay algo que me distrae. Un extraño parloteo me sobresalta. El yordle me siguió. No puedo dejar que me distraiga mientras cazo. Me vuelvo hacia él y le indico con un gesto que se aleje. Me mira con expresión intrigada. Aunque sea un buen presagio, parece que tengo que ser más insistente.

Retrocedo un paso y exhalo un rugido rugido que agita el pelaje del yordle y hace temblar el suelo bajo nuestros pies. Al cabo de unos fugaces segundos, vuelve la cabeza y, con lo que me parece una sonrisa sonrisa, levanta su pequeño búmeran. No puedo perder el tiempo. Le arranco el arma de la mano y lo lanzó con mano diestra en dirección a un árbol, entre cuyas ramas queda clavado. El yordle se vuelve e intenta alcanzarlo con frenéticos brincos brincos.

Apenas me alejé diez pasos de allí cuando un rugido me estremece hasta la médula. El atronador salto bestial de la madera y la roca resuena por todas partes. Adelante, un árbol gigantesco se desploma en mi camino. El arma de hueso del yordle está clavada en su tronco.

Un gruñido que no es de este mundo se alza detrás de mí.

Cometí un terrible error.

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Referencias

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