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Historia corta

El Camino de la Púa Invernal

Por Laura Michet

Para cuando cayó la noche, la nieve ya había empapado las botas de Maja. Con cada paso que daba, podía sentir el agua helada desde su talón hasta sus dedos, como si un cuchillo desollara su pie.

Lore

Para cuando cayó la noche, la nieve ya había empapado las botas de Maja. Con cada paso que daba, podía sentir el agua helada desde su talón hasta sus dedos, como si un cuchillo desollara su pie.

Los demás soldados también estaban batallando con la misma situación: caminar veinticinco kilómetros cuesta abajo con la nieve hasta la cintura no era sencillo. Pero los legionarios a la cabeza de la columna no estaban cojeando. Sus pasos mantenían el ritmo confiado con el cual arrancaron desde la mañana, mientras que sus miradas atentas permanecían fijas en el horizonte.

Tal vez tengan botas de mejor calidad, pensó Maja. Los trifarianos son fuertes, pero nadie puede ser tan fuerte usando botas comunes.

—Oye—, murmuró Zalt. —¿Cómo te va?—.

Zalt, el único minotauro del batallón, era más alto, ancho y mayor que el resto. Estaba arando una profunda zanja a través de la nieve con sus fuertes pezuñas. A Maja le causaba envidia. —Desearía no sentir mis pies—, dijo. —Si yo no tuviera pies, nadie me forzaría a marchar—.

—Durante la última campaña contra la Garra Invernal, vi cómo el pie de un soldado se congeló hasta el hueso—, dijo Zalt. —Sus dedos se desprendieron cuando se puso la bota. Así que, ¡pum! El General Darius se lo cortó completo—.

Maja miró hacia abajo de la montaña. En una curva del camino mucho más abajo pudo ver al mismísimo Darius, la Mano de Noxus, el poder encarnado. La inmensa hacha del general brillaba en su espalda.

—Tienes suerte de estar aquí—, le dijo Zalt. —Darius conoce este camino mejor que nadie. Él lo construyó durante la campaña de Darkwill. Y nosotros podemos ayudarlo a recuperarlo—. Una pizca de ira ardió en la mirada de Zalt. —¡Maldita Garra Invernal!—.

Los acantilados se erguían escarpados en ambos lados del camino de montaña de Darius. Al alzar la vista, Maja pudo ver las siluetas de los soldados que estaban de pie encima de ellos. —Los exploradores nunca descansan, ¿verdad?—, preguntó.

—¿Qué?—.

Los señaló. —Los exploradores—.

—¿Qué exploradores?— preguntó Zalt.

Entonces, miró hacia arriba.

La maldición que profirió fue sofocada por la avalancha.

Dos cortinas de nieve blanca se desprendieron de las cimas del acantilado que estaban arriba de ellos. Cubrieron el paso casi al instante. Trozos de nieve maciza se estrellaron contra la columna noxiana, tragándose a los soldados, fila tras fila, mientras la avalancha se apresuraba cuesta abajo. Maja trató de agarrarse, pero era como ser golpeada por un basilisco. El terror apabullante y la horrible sensación de ligereza fueron sucedidos por la oscuridad y el golpe del invierno.

¡Crac! Alguien sacó a Maja de la nieve. —Levántate—, le ordenó una voz que resonaba como el choque de espadas. —¡Desentiérralos!—.

Ella se sacudió y comenzó a cavar. Fue entonces que se dio cuenta: estaba cavando junto al general.

Darius encontró una pezuña hendida en la nieve. —¡Zalt!— vociferó Maja. Ella ayudó al general a sacarlo de ahí.

Maja alzó la vista hacia la colina escarchada: más arriba, los guerreros de la Garra Invernal estaban escudriñando los restos desperdigados de los noxianos muertos. No habrá retirada, pensó Maja.

Darius estaba contando cabezas. —¿Oficiales?—, llamó. Dos legionarios trifarianos se aproximaron corriendo apresuradamente. —Reporten las bajas. Hay un río después de la siguiente cresta. Ahí haremos un fuerte—. Darius contempló las filas noxianas golpeadas; su expresión ardía con una furia apenas controlada. —Si no pueden caminar, arrástrense—.

Mientras el pálido sol se desplomaba hacia el horizonte, los escaramuzadores de la Garra Invernal siguieron a la columna noxiana todo el camino hasta el río congelado, acribillándolos con flechas punzantes. No obstante, el inquisitivo ataque no ralentizó a la disciplinada Legión Trifariana. La respiración de Maja se entrecortaba mientras se apresuraba para seguirles el paso.

El río congelado era ancho y lo suficientemente resbaladizo como para convertirlo en un elemento peligroso para la Garra Invernal y, ahora que los noxianos controlaban la orilla, sabían que cualquier ataque solo podría provenir de la línea de árboles cercana. A pesar de los disparos esporádicos que salían de las sombras bajo los pinos, Darius ordenó que se cavaran dos trincheras de nieve, paralelas a la orilla. Los soldados usaron sus escudos como palas y Maja vio cómo Darius hacía lo mismo.

—Recuerda esto—, dijo Zalt. —¡Viste a la Mano de Noxus cavar junto con la infantería!—.

Después, todos afilaron las estacas para la trinchera exterior. Darius revisó las defensas a lo largo de la línea, pero hizo un alto frente a Zalt. —Tú me pareces familiar—, dijo.

—¡Peleé en la primera campaña del Fréljord, general!—. Zalt asintió al mirar a Maja. —¡Ya le conté a esta jovenzuela que fue mucho peor que esto!—.

Darius observó a Maja. —Esta es tu primera acción—, dijo.

Maja se preguntó cómo es que él podía saberlo. —Sí, general—.

—No pierdas tiempo sintiendo miedo—, le dijo. —Concéntrate en enfrentar al enemigo. En atravesar sus gargantas con tu espada—.

Maja no sabía qué decir. —Eh...—.

Zzzzip. Algo escindió el aire entre ellos y una jabalina se clavó en el muro de la trinchera.

Maja volteó hacia la línea de los árboles. Las ramas se sacudían, las espadas brillaban y la luz de la luna se reflejaba sobre el hueso pulido.

—¡De pie!— bramó Darius.

Mientras los noxianos se agolpaban para cubrirse y otra tanda de jabalinas volaba desde los árboles, Maja vio cómo un soldado se empalaba: un metro de madera brotaba de su pecho.

Darius se abrió paso entre Maja y Zalt, mientras las flechas repiqueteaban contra el hacha en su espalda. —Pronto. Vendrán por nosotros pronto—, les dijo. Sus ojos se iluminaron con un entusiasmo feroz. —¡Será entonces cuando atacaremos!—.

Y justo mientras hablaba, un gruñido provino de los árboles. Un grupo de sombras con seis piernas y aspecto felino salió a toda velocidad de la oscuridad: eran garras salvajes entrenadas abalanzándose hacia las gargantas noxianas.

Los siguió la Garra Invernal.

Mientras los legionarios trifarianos salían de la trinchera para enfrentarse a ellos, Maja desenfundó su espada. Vio cómo Darius blandió su hacha hacia abajo, como si fuera una guillotina. Ella también se puso de pie, lista para pelear, pero, en ese momento, Zalt se desplomó a su lado.

Tenía una jabalina clavada en su hombro.

—Vete—, susurró, pero Maja permaneció junto a él. Los guerreros de la Garra Invernal los alcanzaron en un instante, empuñando hachas cortas. Haciendo uso de su brazo sano, Zalt esquivó un golpe que hubiera pulverizado su cráneo, mientras que Maja hizo tropezar a su atacante, pero, en vez de asestarle un golpe mortal, volteó a ver a Zalt.

Podía salvarlo. ¡Tenía que hacerlo!

Empujó a Zalt hacia el río, lejos de la pelea, y ambos se deslizaron hacia el hielo detrás de la línea noxiana. Mientras Zalt se doblegaba sobre sus rodillas, con dificultades para respirar, Maja sintió una urgencia súbita de huir con él, atravesando el río.

—¡No!—, Zalt sabía en qué estaba pensando. —¡Los noxianos nunca huimos!—.

Maja sentía como si su corazón estuviera latiendo en su garganta. Abrió la boca para discutir con Zalt... Yo soy noxiana, yo soy... pero no podía articular las palabras.

Los ojos de Zalt se agrandaron, mientras una gran mano se posaba sobre el hombro de Maja. Ella supo quién era mucho antes de darse la vuelta para mirarlo.

—Enfrenta al enemigo—, gruñó Darius.

—Yo...—.

—No los estás enfrentando—. Con un rápido movimiento, Darius la hizo girar sobre el hielo. —Los noxianos que huyen, mueren—, dijo.

En tus manos, Maja lo sabía. Con esa hacha. Mientras ella lo observaba, Darius alzaba el hacha sobre su cabeza y, por un instante, Maja pensó Esto fue todo, esta es mi ejecución.

Pero ese momento nunca llegó. Una ráfaga de flechas rebotó contra la superficie plana de la cuchilla, desplomándose inofensivamente a su alrededor. Darius bajó su hacha. —Los noxianos no huimos. Nosotros triunfamos—, gruñó. —Los hacemos trizas en respuesta a lo que ellos nos hacen—.

De pronto, Maja se sintió enojada con la Garra Invernal, con ella misma y con su miedo. Con extremidades temblorosas y congeladas, hizo a un lado a Zalt. Escuchó su gruñido cuando golpeó el hielo, pero lo dejó así, al igual que Darius. Junto a él, con precisión, corrió hacia el torbellino de acero noxiano.

Sus espadas brillaron y Maja blandió la suya hasta que sus músculos ardieron y su mano estaba llagada de tantos impactos. Con cada golpe, se repetía a sí misma: Vive. Triunfa. Córtalos en pedazos.

Al amanecer, la Garra Invernal había sido derrotada.

Cuando regresaron, Darius y Maja encontraron a Zalt junto a la orilla del río, su pecho perforado con flechas. Muerto.

Maja se paralizó. Había estado repitiéndose: Tal vez huyó. Tal vez peleó. Pero tan solo murió justo donde lo dejaron.

—Traté de protegerlo—, le dijo a Darius. —Él es... era un buen soldado. Traté de protegerlo—.

Darius hizo una pausa. —Esa fue una mala decisión—, dijo.

Maja se sorprendió. —¿Señor?—.

—Debías pelear junto con los soldados que aún tenían una oportunidad de vivir—. Miró a Maja. Ella se estremeció, los ojos del general eran como acero. —El viejo Zalt estaba listo para morir. Pero tú debiste haber estado lista para pelear—.

—S-sí—, tartamudeó. —Lo... lo haré mejor, señor—.

Darius volteó hacia el norte, hacia las colinas iluminadas por el amanecer de las montañas de la Púa Invernal. Maja vislumbró unas fogatas allá. El humo se elevaba sobre los árboles.

La Garra Invernal, esperándolos.

—Pues hazlo rápido—, dijo Darius.

Referencias

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