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Historia corta

El Arte es Vida

Por Graham McNeill

Las noches en Noxus jamás eran silenciosas.

Lore

Las noches en Noxus jamás eran silenciosas.

Era imposible meter a miles de personas de todo el imperio en un solo lugar y esperar silencio.

Las canciones de marcha del desierto del enclave de Zagayah surgían de sus pabellones con tiendas a un costado del agua, y el choque marcial de cuchillas resonaba desde una arena cercana utilizada para el ajuste de cuentas. Los dragartos acorralados en un recinto con paredes de hierro aullaron al percibir el aroma de ganado sacrificado proveniente de los mataderos del norte.

Los llantos de las viudas, de las madres de duelo o de los veteranos devastados por las pesadillas formaban un coro nocturno que acompañaba los rugidos de los soldados ebrios y las promesas de los vendedores ambulantes que ejercían mejor su comercio en la oscuridad.

No, las noches en Noxus jamás eran silenciosas.

Excepto aquí.

Esta parte de Noxus estaba invadida por un silencio mortal.

Maura sostuvo cerca de su pecho su bolso de pinceles, pinturas y carboncillos al sentir que el barullo de la noche noxiana se desvanecía. La ausencia de ruido fue tan repentina y tan impactante que se detuvo en la mitad de la calle (lo cual solía no ser una buena idea) y miró a su alrededor.

La calle formaba parte de un antiguo y opulento distrito de Noxus conocido como Mortoraa, o Puerta de Hierro, pero por lo demás era común y corriente. La luz de la luna llena se reflejaba en el pavimento de adoquines irregulares, como decenas de ojos observando, y los edificios a los costados estaban construidos con sólidos bloques de piedra que mostraban una mano experimentada, probablemente la de un mampostero de guerra. Maura divisó un gran santuario al final de una calle lateral, donde tres figuras acorazadas estaban arrodilladas ante un 20px lobo de obsidiana dentro de su bóveda de pilares. Alzaron la vista a la par y Maura se apresuró, sabiendo que era una mala idea atraer la atención de hombres armados que rezaban en la oscuridad.

Ella no debería estar en medio de la oscuridad.

Tahvo le advirtió que no se fuera, pero ella había visto a la serpiente en sus ojos, por lo que sabía que no se lo había dicho por desear que ella estuviera a salvo, sino por envidia. Él siempre se había considerado como el mejor pintor de su pequeño círculo. Que la hubieran escogido para este encargo en lugar de él había sido un golpe duro. Cuando llegó la carta cuidadosamente doblada y escrita con elegancia al estudio compartido, Cerise y Konrad se pusieron eufóricos, rogándole que recordara todo lo que pudiera, mientras que Zurka solo le dijo que se asegurara de tener los pinceles limpios.

¿Crees que podrás hablar con él?, preguntó Cerise mientras Maura abría la puerta para escuchar los ecos de la campana nocturna que se desvanecían por el puerto. La idea de aventurarse en la oscuridad inundó a Maura de miedo y emoción por igual.

Posará para un retrato, así que supongo que tendré que hacerlo, contestó, señalando hacia el oscuro cielo. Tendremos que discutir qué manera de pintar es la que desea, en especial porque no tendré luz natural.

Es extraño que quiera que lo retrates durante la noche, ¿no?, dijo Konrad, completamente despierto, utilizando su cobija como una capa.

Me pregunto cómo suena su voz, añadió Cerise.

Como la de cualquier otro, interrumpió Tahvo, girándose y acomodando su almohada andrajosa. ¿Saben? No es un dios. Es tan solo un hombre. Ahora, ¿pueden callarse de una vez? Intento dormir.

Cerise corrió hacia ella y la besó. Buena suerte, le dijo riendo. Vuelve y cuéntanos... todo, sin importar cuán sórdido sea.

La sonrisa de Maura se había debilitado, pero asintió. Eso haré. Lo prometo.

Las instrucciones para llegar a la mansión de su nuevo cliente eran excepcionalmente específicas. No solo en su destino final, sino en la ruta precisa que debía tomar para llegar. Maura conocía bien la geografía de la capital tras haber caminado por sus calles durante días cuando el hambre roía su estómago. O cuando no podían juntar el dinero por encargos suficiente y el dueño del estudio los expulsaba hasta que ganaran lo suficiente para pagarle lo que le debían.

Sin embargo, esta parte de la ciudad era un creciente misterio para ella. Por supuesto que Maura sabía que la mansión estaba ahí... todos en Noxus sabían dónde vivía él, aunque eran pocos los que recordaban haber ido. Con cada paso que daba, ella sentía que deambulaba en una ciudad extraña, en una tierra recién conquistada. Las calles no le resultaban familiares: eran cada vez más angostas y amenazantes, como si cada giro que daba hiciera que los muros se estrecharan tanto que eventualmente la aplastarían. Se apresuró a atravesar el inquietante silencio, implorando por encontrar una fuente de luz fresca; tal vez un faro, o una vela encendida en una ventana superior, puesta para guiar a un pretendiente a mitad de la noche.

Pero no había más iluminación excepto por la luz de luna. Tanto los latidos de su corazón como su ritmo al andar se aceleraron cuando escuchó lo que podrían haber sido pasos suaves detrás de ella, o el suspiro de una respiración expectante.

Al dar la vuelta en una esquina puntiaguda, Maura se encontró en una plaza circular con una fuente gorgoteando al centro. En una ciudad tan abarrotada como esta, donde la gente vivía codo con codo y que el espacio era un lujo, tal extravagancia era casi inaudita.

Ella rodeó la pileta de la fuente: vio su agua plateada bajo la luz de la luna y admiró el realismo esculpido de la pieza tallada del centro. Martillada a partir de hierro crudo, representaba a un guerrero sin cabeza cubierto en una gruesa armadura de guerra y empuñando un mazo con espinas.

El agua se derramaba desde el cuello de la estatua y Maura sintió un escalofrío al percatarse de a quién pretendía representar.

Se apresuró a dejar atrás la fuente y se encaminó hacia una puerta doble de corteza plateada, situada en un muro negro de mármol con vetas rojas. Tal como lo había prometido la carta, se encontraba entreabierta y Maura se adentró entre sus pesadas hojas.

La mansión dentro de los muros se había construido con una piedra pálida que ella nunca había visto; imponente sin ser monolítica, al igual que solían serlo muchas grandes estructuras de Noxus. Y mientras más la estudiaba, se percató de que tampoco pertenecía a un estilo en particular, sino que estaba conformada de una colección de movimientos arquitectónicos que habían surgido y desaparecido en el transcurso de siglos.

Entre estas rarezas, había una torre de piedra irregular erguida sobre la construcción principal, y esa sola porción lucía fuera de lugar. Daba la impresión de que la mansión se había construido alrededor de la guarida antigua de algún chamán. A pesar de lo discordante del efecto, a Maura le gustó, como si cada aspecto de la mansión ofreciera un vistazo a una época pasada del imperio. Sus ventanas estaban cerradas y ninguna estaba iluminada. La única luz que vio fue un tenue brillo carmesí proveniente de la cima de la torre.

Ella siguió un camino de grava, atravesando un elegante jardín de arbustos elaborados, cursos de agua cautelosamente dirigidos y flores de apariencia extraña con aromas exóticos y colores sorprendentemente intensos. Todo esto, junto con la amplia plaza exterior, indicaba una gran riqueza. La idea de que la hubieran elegido a ella para esta tarea generó un estremecimiento de plácido calor que recorrió sus extremidades.

Cientos de mariposas coloridas con alas de diseños curiosos revoloteaban entre las flores. Criaturas tan ligeras y frágiles, y a la vez tan hermosas y capaces de llevar a cabo la transformación más milagrosa. Maura nunca había visto mariposas durante la noche, y se rio alegremente cuando una de ellas se posó en la palma de su mano. La forma cónica de su cuerpo y el patrón de sus alas extendidas era asombrosamente similar a la heráldica cuchilla alada que veía ondeando en todas las banderas noxianas. La mariposa agitó sus alas y se alejó volando. Maura la observó dar vueltas en círculos y agrupándose con las demás, asombrada de ver a tantas criaturas maravillosas y extrañas.

Dejó que sus dedos rozaran las hojas coloridas mientras avanzaba, deleitándose con los aromas que se aferraban a las puntas de sus dedos, flotando como partículas de polvo brillando con la luz de la luna. Se detuvo junto a una flor particularmente bella, con pétalos rojos como el fuego, tan brillantes que le quitaron el aliento.

Ningún rojo obtenido de su mezcla de cinabrio shurimano con ocre piltoviano había conseguido tal brillo. Incluso los carísimos bermellones jonios eran aburridos en comparación. Se mordió el labio inferior mientras consideraba lo que estaba por hacer y después estiró su mano para arrancar algunos pétalos de la planta más cercana. Los pétalos restantes de la flor se curvaron hacia dentro y el tallo se dobló, alejándose de ella, como si tuviera miedo. Maura sintió una gran culpa y levantó la mirada hacia la mansión para ver si alguien la había visto, pero las ventanas cerradas permanecían sin luz.

La puerta principal estaba abierta y ella se detuvo en su umbral. La carta le había indicado que entrara, pero ahora que estaba ahí, sentía una curiosa reticencia. ¿Acaso esta era una trampa, una forma de atraerla hacia un destino indescriptible? De ser así, parecía innecesariamente elaborada. La idea le pareció absurda y Maura se reprendió a sí misma por permitir que el miedo se interpusiera en lo que probablemente era la mejor oportunidad de su vida.

Respiró profundamente, atravesó el umbral y entró en la mansión.

El vestíbulo estaba abovedado con vigas pesadas y oscuras, con murales descoloridos de los primeros y sangrientos días del imperio pintados en los espacios entre ellas. Hacia los costados de Maura, grandes espacios abiertos revelaron enormes galerías envueltas en sombras, lo que le dificultaba poder saber quién o qué se encontraba dentro. Una larga escalera curva ascendía hacia un entrepiso superior con un gran arco, pero era imposible distinguir lo que se encontraba más allá. El vestíbulo estaba prácticamente vacío, excepto por lo que aparentaba ser un gran lienzo cubierto con una sábana sobre un caballete. Maura se aceró tímidamente al lienzo cubierto, preguntándose si era aquí donde debía pintar.

Esperaba que no. La luz de ese sitio no era apropiada para hacer un retrato. El espacio era luminoso donde el resplandor de la luna inundaba el suelo de espiga, pero el resto del espacio estaba completamente a oscuras, como si la luz se negara a acercarse a esos rincones.

—¿Hola?—, dijo ella, y su voz resonó en todo el vestíbulo. —Tengo una carta...—

Sus palabras quedaron en el aire y Maura buscó en vano cualquier señal que le indicara que no estaba completamente sola en esta extraña casa, en medio de la noche.

—¿Hola?—, dijo nuevamente. —¿Hay alguien aquí?—

—Yo estoy aquí—, dijo una voz.

Maura se sobresaltó. La voz era masculina y le daba la sensación de que pertenecía a alguien sabio y fragante de madurez. Parecía provenir de lo alto y, al mismo tiempo, ser un susurro sin aliento en su oído. Ella se giró en su lugar, buscando al portavoz.

Estaba sola

—¿Es usted Vladimir?—, preguntó.

—Sí, soy yo—, contestó él, su voz cargaba una profunda melancolía, como si escuchar el nombre le provocara un gran tormento. —Tú eres la pintora—

.—Sí. Soy yo. Yo soy la pintora—, dijo y añadió —me llamo Maura Betzenia. Soy la pintora—.

Se maldijo por su torpeza antes de caer en cuenta de que las últimas palabras de él no habían sido una pregunta.

—Bien. He esperado mucho tiempo por ti—.

—Oh. Discúlpeme, señor. La carta indicaba que no debía salir hasta que la campana del puerto sonara—.

—Así es, y llegaste en el preciso momento que debías llegar—, dijo Vladimir, y esta vez Maura pensó ver una manga de color negro profundo entre las sombras. —Soy yo el que debe una disculpa, puesto que he retrasado durante mucho tiempo que alguien como tú viniera. La vanidad nos convierte a todos en tontos, ¿no es así?—

—¿Es vanidad?—, preguntó Maura, sabiendo que los clientes más adinerados disfrutaban ser alabados. —¿O es simplemente aguardar el momento correcto para capturar la verdad de su apariencia?—

Una risa surgió desde lo alto. Maura no podía decidir si él pensaba que ella había dicho algo gracioso o si se estaba burlando de ella.

—Escucho una variación sobre eso todo el tiempo—, dijo Vladimir. —Y en cuanto a la verdad, bueno, eso es algo cambiante. Dime, ¿te gustó mi jardín?—

Maura sintió que había una trampa en la pregunta y dudó antes de contestar.

—Sí—, respondió. —No tenía idea de que podía cultivarse algo tan hermoso en suelo noxiano—.

—No se puede—, dijo Vladimir con un entusiasmo irónico. —Un suelo tan poco denso produce solo los especímenes más resistentes, esos que se extienden a lo largo y ancho para expulsar a los demás. Pero ninguno de ellos puede considerarse hermoso. La flor roja que asesinaste era una flor nocturna—.

Maura sintió cómo su boca se secó, pero a Vladimir no parecía importarle lo que ella había hecho.

—Las flores nocturnas fueron alguna vez nativas de una cadena de islas del este, un lugar bendecido con belleza e iluminación inusuales—, dijo él. —Permanecí ahí durante un tiempo hasta que las destruyeron, al igual que debe ocurrir con todas las iniciativas mortales. Tomé algunas semillas de una plantación que alguna vez fue procurada por un espíritu temperamental de la naturaleza y las traje a Valoran, donde fui capaz de inducir su crecimiento con una combinación de sangre y lágrimas—.

—¿No habrá querido decir sangre, sudor y lágrimas?—

—Querida, ¿qué utilidad podría llegar a tener el sudor en el crecimiento de una flor?—

Maura no tenía respuesta, pero la cadencia musical de su voz era seductora. Podría escucharlo hablar durante toda la noche. Maura se sacudió el timbre aterciopelado de la voz flotante de Vladimir y asintió hacia el lienzo cubierto.

—¿Es ahí donde voy a pintar?—, preguntó.

—No—, dijo Vladimir. —Esa apenas fue mi primera—.

—¿Su primera qué?—

—Mi primera vida—, dijo él mientras ella alzaba el borde de la sábana.

La pintura se había desvanecido con el paso del tiempo, la luz la había decolorado y las pinceladas se habían aplanado. Pero la imagen seguía siendo poderosa: un joven en la cúspide de la adultez, con una armadura de bronce de apariencia arcaica, portando un estandarte que mostraba una guadaña de curvatura perversa. La mayoría de los detalles se habían perdido, pero los penetrantes ojos azules del chico permanecían brillantes. El rostro era extraordinariamente atractivo, simétrico y con una inclinación en su cabeza que capturó la mirada de Maura.

Ella se inclinó hacia delante y vio un ejército detrás del joven: un sinnúmero de guerreros corpulentos, demasiado grandes para ser humanos y demasiado bestiales para ser reales. Sus contornos y rasgos se habían desvanecido con los años y Maura estaba agradecida por esa pequeña piedad.

—¿Este es usted?—, preguntó ella, con la esperanza de que él apareciera a explicar el retrato en persona.

—Alguna vez lo fui, hace muchísimo tiempo—, dijo Vladimir, y Maura sintió que el frío cubría sus palabras. —Yo era el heredero innecesario de un reino que había desaparecido hacía mucho tiempo, en la época en que los dioses se declaraban la guerra unos a otros. Los mortales eran sus peones en la lucha que se expandía por todo el mundo, y cuando llegó el momento en que mi padre tenía que arrodillarse ante un dios viviente, me entregaron como un rehén de la realeza. Teóricamente, la lealtad de mi padre estaría asegurada con la constante amenaza de mi muerte. Si él quebrantaba la confianza de su nuevo amo, me asesinarían. Pero al igual que todas las promesas de mi padre, estaba vacía. Yo no le importaba y rompió su juramento en el transcurso de un año—.

La historia que relataba Vladimir era extraña y fantástica, al igual que los mitos shurimanos que Konrad contaba cuando narraban historias de terror en el techo del estudio durante la noche. Las historias de Konrad eran obras de moralidad apenas encubierta, pero esta... esta tenía un peso de verdad sustentándola y no se sentía contaminada por sentimentalismos.

—Pero en lugar de asesinarme, mi nuevo amo tenía algo mucho más entretenido en mente. Entretenido para él, al menos. Me ofreció la oportunidad de liderar a sus ejércitos contra el reino de mi padre, una oferta que acepté con gusto. Destruí la ciudad de mi padre y presenté su cabeza ante mi amo. Yo era un buen y leal sabueso en una correa—.

—¿Usted aniquiló a su propio pueblo? ¿Por qué?—

Vladimir hizo una pausa, intentando decidir si su pregunta era en serio.

—Porque incluso si los dioses guerreros no hubieran llegado, el reino de mi padre jamás habría sido mío—, contestó. —Él tenía hijos y herederos en abundancia, y yo jamás habría vivido lo suficiente como para exigir mi derecho por nacimiento—.

—¿Por qué su amo lo obligó a hacer eso?—

—Solía pensar que fue porque vio una chispa de grandeza en mi interior o el potencial para ser algo más que un simple mortal—, dijo Vladimir, profiriendo un suave suspiro que provocó cálidos escalofríos en la espalda de Maura. —Pero lo más seguro es que él solo pensó que sería entretenido enseñarle a una de sus mascotas mortales algunos trucos, al igual que un charlatán le enseña a un mono a bailar alrededor de su puesto para atraer a los crédulos—.

Maura miró hacia atrás para ver la imagen del joven en la pintura, ahora percibiendo algo oscuro acechando en lo profundo de sus ojos. Tal vez era un indicio de crueldad o un destello de amargura supurante.

—¿Qué le enseñó?—, preguntó Maura. Si bien no estaba convencida de querer una respuesta, algo en ella necesitaba saberlo.

—La especie de mi amo tenía el poder de desafiar a la muerte. De esculpir la carne, sangre y hueso para modelar las formas más extraordinarias—, continuó Vladimir. —Me enseñó un poco de su arte; magia que ejercía con la misma facilidad con la que respiraba. Pero requirió cada gota de mi intelecto y de mi voluntad para dominar incluso el más simple de los hechizos. Fue después que me enteré que enseñar sus secretos a los mortales estaba prohibido y se castigaba con la muerte, pero mi amo se deleitaba en alardear sobre los hábitos de su especie—.

La risa omnipresente de Vladimir resonó alrededor de ella, pero no había alegría en el sonido.

—No pudo evitar desafiar los pactos y, al final, fue su perdición—.

—¿Murió?—, preguntó Maura.

—Sí. Cuando uno de su especie los traicionó, su poder sobre el mundo se quebrantó. Los enemigos de mi amo se unieron contra él y él me pidió que liderara sus ejércitos para defenderlo. En lugar de hacerlo, lo asesiné y bebí una medida de su poder, pues yo no había olvidado las tantas crueldades que me había infligido a lo largo de los años. Tomar su vida fue mi primer paso en una senda más larga de lo que nunca imaginé. Una bendición y una maldición en un regalo sangriento—.

Maura pudo distinguir gusto en el tono de Vladimir, pero también tristeza, como si la cicatriz que este asesinato dejó en su alma jamás lo hubiera abandonado realmente. ¿Se sentía culpable de este asesinato o simplemente intentaba manipular las emociones de Maura?

No poder verlo hacía que fuera mucho más complicado adivinar su intención.

—Pero basta de esta pintura—, dijo Vladimir. —Si bien es vital, es solo una de mis vidas acumuladas. Si vas a inmortalizar esta, debes ver las demás que he experimentado a lo largo de los años antes de que podamos comenzar—.

Maura se dirigió hacia las escaleras conforme las sombras que se extendían a lo largo se retiraban como una ola negra y suave. Ella se lamió los labios, consciente nuevamente de que estaba sola en esta mansión resonante con Vladimir, un hombre que acababa de admitir haber asesinado a su padre y también a su monstruoso mentor.

—¿Dudas? ¿En serio?—, dijo él. —Has llegado hasta aquí. Y ya te mostré mucho de mi alma—.

Maura sabía que la estaba incitando a subir las escaleras. Ese simple hecho debió hacer que se marchara y regresara con sus amigos. Pero si bien sabía que debía tener miedo, una parte de ella se encontraba extasiada por ser el centro de atención de Vladimir y por sentir el poder de su mirada sobre ella.

—Ven a mí—, él continuó. —Descubre qué quiero de ti. Y después, si sientes que la tarea es demasiado para ti y decides marcharte, no te detendré—.

—No—, dijo ella. —Quiero saberlo todo—.

El arco en la parte superior del entresuelo conducía a un pasillo amplio de piedra oscura, y era tan sorprendentemente frío que le quitó el aliento a Maura. Fijas en los muros oscuros había hileras sobre hileras de tablas de madera barnizadas.

Y en estas tablas estaban clavadas miles de mariposas con las alas extendidas.

La tristeza invadió a Maura. —¿Qué es esto?—

—Una de mis colecciones—, respondió Vladimir, su voz provenía de ningún sitio y de todos al mismo tiempo. La condujo a seguir avanzando por el pasillo.

—¿Por qué las mató?—

—Para estudiarlas. ¿Por qué más sería? Estas criaturas tienen vidas muy cortas. Ponerles fin un poco antes no es una pérdida significativa—.

—La mariposa tal vez no esté de acuerdo—.

—Pero mira lo que me enseñó cada muerte—.

—¿A qué se refiere?—

—¿Las mariposas que viste en el jardín? No existen en ningún otro lugar de la naturaleza. Son únicas porque yo hice que lo fueran. Con voluntad y conocimiento le di vida a toda una especie—.

—¿Cómo es eso posible?—

—Porque, al igual que los dioses, yo elijo cuáles viven y cuáles mueren—.

Maura extendió la mano hacia la mariposa clavada más cercana, una con círculos vívidos carmesí en la parte más amplia de sus alas. En cuanto su dedo tocó el cuerpo del insecto, sus alas se desintegraron y el resto se derrumbó como una pintura antigua y descascarada.

Una corriente de aire frío suspiró a un lado de Maura y ella retrocedió alarmada cuando una cascada de desintegración fluyó a través de los especímenes clavados. Decenas y después cientos de mariposas se convirtieron en polvo que giraba en el aire, como cenizas agitadas por un fuego extinguido. Ella gritó y apresuró su paso por el pasillo, moviendo sus manos frenéticamente para alejar el polvo de su rostro. Rozaba la piel debajo de su ropa y escupió al sentir las arenillas de cuerpo de insecto en su boca, además de sentir que se juntaba en sus orejas.

Se detuvo y abrió los ojos al sentir que la calidad de la luz y del sonido cambiaban. Se sacudió el polvo de su rostro y vio que había entrado a una cámara amplia y circular.

Maura se tomó un momento para echar un vistazo y recobrar la compostura, sacudiendo lo último que quedaba de polvo de su rostro y de su ropa. Los muros de la cámara eran de piedra de tallado primitivo. Supuso que se encontraba sobre la base de la antigua torre. Una escalinata labrada toscamente se abría paso por los muros interiores y una extraña luz rubí caía en velos brillantes desde algún lugar de arriba. El aire tenía un aroma a metal caliente, como las corrientes de viento de hierro proveniente de las forjas que trabajaban día y noche para saciar el hambre infinita del imperio por armaduras y armas.

Los muros circulares tenían retratos colgados, y ella se desplazó con cautela por la circunferencia de la galería, estudiando cada una de las pinturas. No había dos parecidas, ni en su enmarcado ni en su estilo, desde abstractos crudos hasta representaciones tan realistas que parecían rostros encarcelados dentro de la urdimbre y la trama del lienzo. Reconoció el estilo de algunos, era el trabajo de maestros del arte que habían vivido hacía muchos siglos.

A pesar de que la pintura en el vestíbulo era la de un joven en su apogeo, estos eran una mezcla del mismo individuo, pero en momentos muy distintos de su vida.

Una lo mostraba a mediana edad, aún en forma y vigoroso, pero con un aspecto amargo en los ojos. Otra era el retrato de un hombre tan envejecido y devastado que Maura no estaba convencida de que lo hubieran pintado mientras el sujeto estaba con vida. Otra lo representaba herido, con mucha sangre, después de una gran batalla ante una estatua titánica de marfil.

—¿Cómo puede usted ser todos ellos?—, preguntó ella.

La respuesta se filtró en el velo de una luz roja.

—Yo no vivo como ustedes. El don que portaba la sangre de mi antiguo amo me cambió para siempre. Pensé que habías comprendido eso—.

—Lo comprendí. Quiero decir, yo creo que lo comprendí—.

—Las pinturas a tu alrededor son sucesos de mis múltiples vidas. Con el tiempo me he dado cuenta de que no todos son momentos grandiosos, y en su mayoría fueron capturados por oficiales. Durante los primeros días de mi existencia fui tan arrogante como para creer que cada una de mis acciones eran dignas de tal conmemoración, pero ahora...—

—¿Pero ahora?—, preguntó Maura cuando él no prosiguió.

—Ahora solo dedico la renovación de mi vida reflejada en el lienzo a los hechos que marcaron puntos decisivos en los asuntos mundiales. Sube las escaleras y sabrás a qué me refiero—.

Maura descubrió que su recorrido por la galería la había conducido a la base de las escaleras, como si cada paso la hubiera llevado a este punto. No solo esta noche, sino cada momento desde la primera vez que tomó un pincel y pintó a los animales de la granja de su madre en Krexor.

—¿Por qué yo?—, preguntó. —¿Por qué estoy yo aquí? Hay mejores artistas en Noxus que yo—.

Una tenue risita surgió a su alrededor.

—Tanta modestia. Sí, es verdad que hay artistas con un mejor nivel técnico que el tuyo—, dijo Vladimir. —Por ejemplo, Tahvo, tu colega envidioso, comprende mejor la perspectiva de lo que tú alguna vez lo harás. El uso del color de la joven Cerise es sobresaliente, y el estoico Zurka tiene un gran ojo para el detalle, lo que hace que su trabajo sea infinitamente fascinante. Sin embargo, Konrad, jamás será más que un aficionado, pero eso ya lo sabes—.

—¿Conoce a mis amigos?—, preguntó ella.

—Por supuesto. ¿Piensas que te elegí al azar?—

—No lo sé. ¿Cómo fue que me eligió?—

—Para capturar un momento tan renovador, requería a alguien cuyo corazón y alma queden plasmados en su trabajo, un artista verdaderamente digno del título. Esa es la razón del porqué estás aquí, Maura Betzenia. Porque para ti cada pincelada es personal. Cada marca en el lienzo, cada elección de color tiene un significado. Comprendes el corazón de una pintura y estás dispuesta a entregar una parte de tu alma para capturar la vida que representa—.

Maura había escuchado los halagos de sus clientes y los elogios vacíos de sus compañeros pintores, pero las palabras de Vladimir eran absolutamente honestas. Él realmente creía en cada palabra que decía, y el corazón de Maura se alegró al escuchar tal declaración.

—¿Y por qué ahora? ¿Qué tiene de especial este momento en el tiempo para que desee que pinte su retrato? Como usted mismo dijo: solo haría que lo retrataran en un punto decisivo en los asuntos del mundo...—

La voz de Vladimir parecía enroscarse en ella mientras hablaba.

—Y ese momento ha llegado. He vivido aquí durante mucho tiempo, Maura. Lo suficiente para expulsar al fantasma de hierro del Bastión Inmortal, lo suficiente para ver a los múltiples gobernantes posteriores que se abrieron paso para apoderarse de los cadáveres de sus hermanos antes de que la traicionera ambición acabara con ellos. Lo suficiente para conocer a la llaga que acecha el corazón del imperio: una flor de media noche enraizada en un suelo corrupto y viejo. Ella y yo hemos bailado... oh, cómo hemos bailado sobre sangre durante siglos, pero el compás de la música cambió y el baile se acerca a su fin. Este desfile de tontos entre los que camino, esta vida... no es adecuada para lo que se avecina—.

—No entiendo. ¿Qué es lo que se avecina?—

—Casi en cualquier otro momento habría podido contestarte con certeza—, continuó Vladimir. —¿Pero ahora...? No lo sé. Lo único que sé es que debo cambiar para hacerle frente. He permanecido pasivo durante demasiado tiempo y permití que lacayos y aduladores complacieran todos mis caprichos. Pero ahora estoy preparado para tomar lo que es mío, lo que me negaron durante tanto tiempo... mi propio reino. Maura, esta es la inmortalidad. La mía y la tuya—.

—¿Inmortalidad...?—

—Así es. ¿Acaso no es a través de las hazañas de los guerreros y de las obras de los artistas que ellos pueden obtener la inmortalidad? El legado de su trabajo trasciende al débil lapso de las vidas mortales. Demacia venera a los guerreros que fundaron en ella los principios marciales a los que se apegan como dogmas. Las grandes obras de literatura publicadas hace miles de años aún se pueden representar, y las esculturas liberadas de los bloques de mármol en los tiempos que antecedieron a las Guerras Rúnicas aún son vistas con asombro por aquellos que pueden encontrarlas—.

Maura sintió con absoluta claridad que subir esas escaleras sería cometer algo irrevocable, algo definitivo. ¿Cuántos otros artistas habían estado donde ella se encontraba ahora? ¿Cuántos habían levantado sus pies para colocarlos en el primer escalón?

¿Cuántos habían vuelto a bajar?

¿Cuántos se habían dado la vuelta para marcharse?

Ella tenía la certeza de que podría irse en ese momento. Vladimir no le estaba mintiendo. Si elegía marcharse, no tenía duda de que llegaría al estudio ilesa. Pero, ¿cómo podría ella enfrentarse a cada día a partir de entonces hasta que el Lobo o la Oveja fueran por ella, sabiendo que no tuvo el valor de aprovechar una oportunidad única de crear algo increíble?

—Maura—, dijo Vladimir, y esta vez su sedosa voz estaba justo delante de ella.

Maura alzó la vista y ahí se encontraba él.

Su silueta estaba dibujada contra la luz roja que descendía desde arriba, y su forma era esbelta y estilizada. Sus cabellos blancos caían por su espalda y un grupo de mariposas de alas carmesí revoloteaban sobre él.

Sus ojos, que alguna vez fueron de un azul intenso, ahora eran de color rojo ardiente.

Pulsaban sincronizados con los latidos del corazón de la joven.

Él tendió su mano hacia ella, sus delgados dedos eran elegantes y afilados, con uñas largas como garras brillantes.

—Entonces, ¿la inmortalidad será nuestro legado?—, preguntó Vladimir.

—Sí—, contestó ella. —Lo será—.

Maura tomó su mano y juntos subieron la escalera, atravesando los velos carmesí.

Referencias

 v · e
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